quiere decir filosofía; que aunque yo la nombro, no sé lo que es; solo
me doy á entender que es cosa buena.
CIPION. Con brevedad te lo diré. Este nombre se compone de dos nombres
griegos, que son: _filos_ y _sofia_: _filos_ quiere decir amor, y
_sofia_ la ciencia: así que _filosofía_ significa amor de la ciencia, y
filósofo, amador de la ciencia.
BERGANZA. Mucho sabes, Cipion, ¿quién diablos te enseñó á tí nombres
griegos?
CIPION. Verdaderamente, Berganza, que eres simple, pues desto haces
caso; porque estas son cosas que las saben los niños de la escuela, y
tambien hay quien presuma saber la lengua griega sin saberla, como la
latina ignorándola.
BERGANZA. Eso es lo que yo digo, y quisiera que á estos tales los
pusieran en una prensa, y á fuerza de vueltas les sacaran el jugo de lo
que saben, porque no anduviesen engañando al mundo con el oropel de sus
gregüescos rotos y sus latines falsos, como hacen los portugueses con
los negros de Guinea.
CIPION. Ahora sí, Berganza, que te puedes morder la lengua, y
tarazármela yo, porque todo cuanto decimos es murmurar.
BERGANZA. Sí, que no estoy obligado á hacer lo que he oido decir
que hizo un llamado Corondas, tirio, el cual puso ley que ninguno
entrase en el ayuntamiento de su ciudad con armas, so pena de la vida:
descuidóse desto, y otro dia entró en el cabildo ceñida la espada:
advirtiéronselo, y acordándose de la pena por él puesta, al momento
desenvainó su espada, y se pasó con ella el pecho, y fué el primero
que puso y quebrantó la ley, y pagó la pena. Lo que yo dije no fué
poner ley, sino prometer que me morderia la lengua cuando murmurase;
pero ahora no van las cosas por el tenor y rigor de las antiguas: hoy
se hace una ley, y mañana se rompe, y quizá conviene que así sea:
ahora promete uno de enmendarse de sus vicios, y de allí á un momento
cae en otros mayores: una cosa es alabar la disciplina, y otra el
darse con ella; y en efecto, del dicho al hecho hay gran trecho:
muérdase el diablo, que yo no quiero morderme, ni hacer finezas detras
de una estera, donde de nadie soy visto que pueda alabar mi honrosa
determinacion.
CIPION. Segun eso, Berganza, si tú fueras persona, fueras hipócrita,
y todas las obras que hicieras, fueran aparentes, fingidas y falsas,
cubiertas con la capa de la virtud, solo por que te alabaran, como
todos los hipócritas hacen.
BERGANZA. No sé lo que entónces hiciera: esto sé que quiero hacer
ahora, que es no morderme, quedándome tantas cosas por decir, que no sé
cómo ni cuándo podré acabarlas, y mas estando temeroso, que al salir
del sol nos hemos de quedar á escuras, faltándonos la habla.
CIPION. Mejor lo hará el cielo, sigue tu historia, y no te desvíes del
camino carretero con impertinentes digresiones; y así por larga que
sea, la acabarás presto.
BERGANZA. Digo pues, que habiendo visto la insolencia, latrocinio y
deshonestidad de los negros, determiné, como buen criado, estorbarlo
por los mejores medios que pudiese, y pude tan bien, que salí con mi
intento. Bajaba la negra, como has oido, á refocilarse con el negro,
fiada en que me enmudecian los pedazos de carne, pan ó queso que me
arrojaba: mucho pueden las dádivas, Cipion.
CIPION. Mucho: no te diviertas, pasa adelante.
BERGANZA. Acuérdome que cuando estudiaba oí decir al preceptor un
refran latino, que ellos llaman adagio, que decia: _habet bovem in
lingua_.
CIPION. ¡Oh! que en hora mala hayais encajado vuestro latin. ¿Tan
presto se te ha olvidado lo que poco ha dijimos contra los que
entremeten latines en las conversaciones de romances?
BERGANZA. Este latin viene aquí de molde: que has de saber que los
atenienses usaban entre otras de una moneda sellada con la figura de un
buey, y cuando algun juez dejaba de decir ó hacer lo que era razon y
justicia por estar cohechado, decian: este tiene el buey en la lengua.
CIPION. La aplicacion falta.
BERGANZA. ¿No está bien clara, si las dádivas de la negra me tuvieron
muchos dias mudo, que ni queria ni osaba ladrar cuando bajaba á verse
con su negro enamorado? por lo que vuelvo á decir que pueden mucho las
dádivas.
CIPION. Ya te he respondido que pueden mucho; y si no fuera por no
hacer ahora una larga digresion, con mil ejemplos probara lo mucho que
las dádivas pueden; mas quizá lo diré, si el cielo me concede tiempo,
lugar y habla para contarte mi vida.
BERGANZA. Dios te dé lo que deseas, y escucha. Finalmente, mi buena
intencion rompió por las malas dádivas de la negra, á la cual bajando
una noche muy escura á su acostumbrado pasatiempo, arremetí sin
ladrar, porque no se alborotasen los de casa, y en un instante le hice
pedazos toda la camisa, y le arranqué un pedazo de muslo: burla que
fué bastante á tenerla de veras mas de ocho dias en la cama, fingiendo
para con sus amos no sé qué enfermedad. Sanó, volvió otra noche, y yo
volví á la pelea con mi perra, y sin morderla la arañé todo el cuerpo
como si la hubiera cardado como manta: nuestras batallas eran á la
sorda, de las cuales salia siempre vencedor, y la negra mal parada,
y peor contenta; pero sus enojos se parecian bien en mi pelo y en mi
salud: alzóseme con la racion y los huesos, y los mios poco á poco iban
señalando los ñudos del espinazo: con todo esto, aunque me quitaron el
comer, no me pudieron quitar el ladrar. Pero la negra, por acabarme de
una vez, me trujo una esponja frita con manteca: conocí la maldad, vi
que era peor que comer zarazas; porque á quien la come se le hincha el
estómago, y no sale dél sin llevarse tras sí la vida; y pareciéndome
ser imposible guardarme de las asechanzas de tan indignados enemigos,
acordé de poner tierra en medio, quitándomeles delante de los ojos:
halléme un dia suelto, y sin decir adios á ninguno de casa, me puse
en la calle, y á ménos de cien pasos me deparó la suerte al alguacil,
que dije al principio de mi historia que era grande amigo de mi amo
Nicolas el Romo, el cual apénas me hubo visto, cuando me conoció y me
llamó por mi nombre: tambien le conocí yo, y al llamarme, me llegué
á él con mis acostumbradas ceremonias y caricias: asióme del cuello,
y dijo á los corchetes suyos: Este es famoso perro de ayuda, que fué
de un grande amigo mio, llevémosle á casa. Holgáronse los corchetes,
y dijeron que si era de ayuda, á todos seria de provecho: quisieron
asirme para llevarme, y mi amo dijo que no era menester asirme que yo
me iria, porque le conocia. Háseme olvidado decirte que las carlancas
con puntas de acero que saqué cuando me desgarré y ausenté del ganado,
me las quitó un jitano en una venta, y ya en Sevilla andaba sin ellas;
pero el alguacil me puso un collar tachonado todo de laton morisco.
Considera, Cipion, ahora esta rueda variable de la fortuna mia: ayer me
vi estudiante, y hoy me ves corchete.
CIPION. Así va el mundo, y no hay para qué te pongas ahora á exagerar
los vaivenes de fortuna, como si hubiera mucha diferencia de ser mozo
de un jifero á serlo de un corchete: no puedo sufrir ni llevar en
paciencia oir las quejas que dan de la fortuna algunos hombres, que la
mayor que tuvieron, fué tener premisas y esperanzas de llegar á ser
escuderos: ¡con qué maldiciones la maldicen! ¡con cuántos improperios
la deshonran! y no por mas de que porque piense el que los oye, que de
alta, próspera y buena ventura han venido á la desdichada y baja en que
los miran.
BERGANZA. Tienes razon; y has de saber que este alguacil tenia amistad
con un escribano con quien se acompañaba: estaban los dos amancebados
con dos mujercillas, no de poco mas ó ménos, sino de ménos en todo:
verdad es que tenian algo de buenas caras, pero mucho de desenfado
y de taimería putesca: estas les servian de red y de anzuelo para
pescar en seco, en esta forma: vestíanse de suerte que por la pinta
descubrian la figura, y á tiro de arcabuz mostraban ser damas de la
vida libre: andaban siempre á caza de estranjeros, y cuando llegaba
la vendeja á Cádiz y á Sevilla, llegaba la huella de su ganancia, no
quedando breton con quien no embistiesen: y en cayendo el grasiento con
alguna destas limpias, avisaban al alguacil y al escribano adónde y á
qué posada iban, y en estando juntos les daban asalto y los prendian
por amancebados; pero nunca los llevaban á la cárcel, á causa que los
estranjeros siempre redimian la vejacion con dineros.
»Sucedió pues que la Colindres, que así se llamaba la amiga del
alguacil, pescó un breton, unto y bisunto: concertó con él cena y
noche en su posada; dió el cañuto á su amigo, y apénas se habian
desnudado, cuando el alguacil, el escribano, dos corchetes y yo dimos
con ellos. Alborotáronse los amantes, exageró el alguacil el delito,
mandólos vestir á toda priesa para llevarlos á la cárcel, afligióse
el breton, terció movido de caridad el escribano, y á puros ruegos
redujo la pena á solo cien reales. Pidió el breton unos follados de
camuza, que habia puesto en una silla á los piés de la cama, donde
tenia dineros para pagar su libertad, y no parecieron los follados
ni podian parecer; porque así como yo entré en el aposento, llegó á
mis narices un olor de tocino que me consoló todo, descubríle con el
olfato, y halléle en una faldriquera de los follados: digo que hallé
en ella un pedazo de jamon famoso, y por gozarle y poderle sacar sin
rumor, saqué los follados á la calle, y allí me entregué en el jamon á
toda mi voluntad, y cuando volví al aposento, hallé que el breton daba
voces, diciendo en lenguaje adúltero y bastardo, aunque se entendia,
que le volviesen sus calzas, que en ellas tenia cincuenta _escuti_ de
oro _in oro_: imaginó el escribano ó que la Colindres ó los corchetes
se los habian robado: el alguacil pensó lo mismo: llamóles aparte, no
confesó ninguno, y diéronse al diablo todos. Viendo yo lo que pasaba,
volví á la calle donde habia dejado los follados para volverlos, pues
á mí no me aprovechaba nada el dinero: no los hallé, porque ya algun
venturoso que pasó se los habia llevado. Como el alguacil vió que
el breton no tenia dinero para el cohecho, se desesperaba, y pensó
sacar de la huéspeda de casa lo que el breton no tenia: llamóla, y
vino medio desnuda, y como oyó las voces y quejas del breton, y á la
Colindres desnuda y llorando, al alguacil en cólera, y al escribano
enojado, y á los corchetes despabilando lo que hallaban en el aposento,
no le plugo mucho: mandó el alguacil que se cubriese y se viniese
con él á la cárcel, porque consentia en su casa hombres y mujeres de
mal vivir. Aquí fué ello: aquí sí que fué cuando se aumentaron las
voces y creció la confusion, porque dijo la huéspeda: Señor alguacil
y señor escribano, no conmigo tretas, que entrevo toda costura: no
conmigo dijes ni poleos, callen la boca, y váyanse con Dios; si no,
por mi santiguada que arroje el bodegon por la ventana, y que saque á
plaza toda la chirinola desta historia, que bien conozco á la señora
Colindres, y sé que há muchos meses que es su cobertor el señor
alguacil, y no hagan que me aclare mas, sino vuélvase el dinero á este
señor, y quedemos todos por buenos; porque yo soy mujer honrada, y
tengo un marido con su carta de ejecutoria, y con _á perpenan rei de
memoria_, con sus colgaderos de plomo, Dios sea loado, y hago este
oficio muy limpiamente y sin daño de barras: el arancel tengo clavado
donde todo el mundo le vea, y no conmigo cuentos, que por Dios que sé
despolvorearme: bonita soy yo, para que por mi órden entren mujeres con
los huéspedes: ellos tienen las llaves de sus aposentos, y yo no soy
quince, que tengo de ver tras siete paredes.
»Pasmados quedaron mis amos de haber oido la arenga de la huéspeda, y
de ver cómo les leia la historia de sus vidas; pero como vieron que
no tenian de quien sacar dinero, si della no, porfiaban en llevarla
á la cárcel. Quejábase ella al cielo de la sinrazon y injusticia que
la hacian, estando su marido ausente y siendo tan principal hidalgo.
El breton bramaba por sus cincuenta _escuti_. Los corchetes porfiaban
que ellos no habian visto los follados, ni Dios permitiese tal. El
escribano por lo callado insistia al alguacil que mirase los vestidos
de la Colindres, que le daba sospecha que ella debia de tener los
cincuenta _escuti_, por tener de costumbre visitar los escondrijos y
faldriqueras de aquellos que con ella se envolvian. Ella decia que el
breton estaba borracho, y que debia de mentir en lo del dinero. En
efeto, todo era confusion, gritos y juramentos, sin llevar modo de
apaciguarse, ni se apaciguaran si al instante no entrara en el aposento
el teniente de asistente, que viniendo á visitar aquella posada, las
voces le llevaron adonde era la grita: preguntó la causa de aquellas
voces: la huéspeda se la dió muy por menudo: dijo quién era la ninfa
Colindres, que ya estaba vestida: publicó la pública amistad suya y del
alguacil, echó en la calle sus tretas y modo de robar, disculpóse á sí
misma de que con su consentimiento jamas habia entrado en su casa mujer
de mala sospecha: canonizóse por santa y á su marido por un bendito,
y dió voces á una moza que fuese corriendo y trujese de un cofre la
carta ejecutoria de su marido, para que la viese el señor teniente,
diciéndole que por ella echaria de ver, que mujer de tan honrado marido
no podia hacer cosa mala, y que si tenia aquel oficio de casa de camas,
era á no poder mas, que Dios sabia lo que le pesaba, y si quisiera ella
mas tener alguna renta y pan cotidiano para pasar la vida, que tener
aquel ejercicio. El teniente enfadado de su mucho hablar y presumir de
ejecutoria, le dijo: Hermana camera, yo quiero creer que vuestro marido
tiene carta de hidalguía, con que vos me confeseis que es hidalgo
mesonero. Y con mucha honra, respondió la huéspeda, y ¿qué linaje hay
en el mundo, por bueno que sea, que no tenga algun díme y diréte? Lo
que yo os digo, hermana, es que os cubrais, que habeis de venir á la
cárcel: la cual nueva dió con ella en el suelo, arañóse el rostro, alzó
el grito; pero con todo eso, el teniente demasiadamente severo, los
llevó á todos á la cárcel: conviene á saber, al breton, á la Colindres
y á la huéspeda. Despues supe que el breton perdió sus cincuenta
_escuti_, y mas dicen, que le condenaron en las costas: la huéspeda
pagó otro tanto, y la Colindres salió libre por la puerta afuera; y el
mismo dia que la soltaron, pescó á un marinero que pagó por el breton
con el mismo embuste del soplo; porque veas, Cipion, cuántos y cuán
grandes inconvenientes nacieron de mi golosina.
CIPION. Mejor dijeras de la bellaquería de tu amo.
BERGANZA. Pues escucha, que aun mas adelante tiraba la barra, puesto
que me pesa de decir mal de alguaciles y de escribanos.
CIPION. Sí, que decir mal de uno, no es decirlo de todos: sí, que
muchos y muy muchos escribanos hay buenos, fieles y legales, y amigos
de hacer placer sin daño de tercero: sí, que no todos entretienen los
pleitos, ni avisan á las partes, ni todos llevan mas de sus derechos,
ni todos van buscando é inquiriendo las vidas ajenas para ponerlas en
tela de juicio, ni todos se aunan con el juez para hazme la barba, y
hacerte he el copete, ni todos los alguaciles se conciertan con los
vagamundos y fulleros, ni tienen todos las amigas como la de tu amo
para sus embustes: muchos y muy muchos hay hidalgos por naturaleza, y
de hidalgas condiciones: muchos no son arrojados, insolentes ni mal
criados, ni rateros como los que andan por los mesones midiendo las
espadas á los estranjeros, y hallándolas un pelo mas de la marca,
destruyen á sus dueños: sí, que no todos como prenden sueltan, y son
jueces y abogados cuando quieren.
BERGANZA. Mas alto picaba mi amo, otro camino era el suyo: presumia
de valiente y de hacer prisiones famosas; sustentaba la valentía sin
peligro de su persona, pero á costa de su bolsa: un dia acometió en la
puerta de Jerez él solo á seis famosos rufianes, sin que yo le pudiese
ayudar en nada, porque llevaba con un freno de cordel impedida la boca
(que así me traia de dia, y de noche me le quitaba): quedé maravillado
de ver su atrevimiento, su brio y su denuedo: así se entraba y salia
por las seis espadas de los rufos, como si fueran varas de mimbre: era
cosa maravillosa ver la lijereza con que acometia, las estocadas que
tiraba, los reparos, la cuenta, el ojo alerta porque no le tomasen las
espaldas. Finalmente, él quedó, en mi opinion y en la de todos cuantos
la pendencia miraron y supieron, por un nuevo Radamonte, habiendo
llevado á sus enemigos desde la puerta de Jerez hasta los mármoles
del colegio de maese Rodrigo, que hay mas de cien pasos: dejólos
encerrados, y volvió á coger los trofeos de la batalla, que fueron tres
vainas, y luego se las fué á mostrar al asistente, que si mal no me
acuerdo, lo era entónces el licenciado Sarmiento de Valladares, famoso
por la destruicion de la Sauceda. Miraban á mi amo por las calles do
pasaba, señalándole con el dedo, como si dijeran: aquel es el valiente
que se atrevió á reñir solo con la flor de los bravos de la Andalucía.
En dar vueltas á la ciudad para dejarse ver, se pasó lo que quedaba
del dia; y la noche nos halló en Triana en una calle junto al molino
de la pólvora, y habiendo mi amo avizorado (como en la jácara se dice)
si álguien le veia, se entró en una casa, y yo tras él, y hallámos en
un patio á todos los jayanes de la pendencia sin capas ni espadas, y
todos desabrochados; y uno que debia de ser el huésped, tenia un gran
jarro de vino en la una mano, y en la otra una copa grande de taberna,
la cual colmándola de vino generoso y espumante, brindaba á toda la
compañía: apénas hubieron visto á mi amo, cuando todos se fueron á él
con los brazos abiertos, y todos le brindaron, y él hizo la razon á
todos, y aun la hiciera á otros tantos, si le fuera algo en ello, por
ser de condicion afable y amigo de no enfadar á nadie por pocas cosas.
Quererte yo contar ahora lo que allí se trató, la cena que cenaron, las
peleas que se contaron, los hurtos que se refirieron, las damas que de
su trato se calificaron, y las que se reprobaron, las alabanzas que
los unos á los otros se dieron, los bravos ausentes que se nombraron,
la destreza que allí se puso en su punto, levantándose en mitad de la
cena á poner en práctica las tretas que se les ofrecian, esgrimiendo
con las manos los vocablos tan esquisitos de que usaban, y finalmente
el talle de la persona del huésped, á quien todos respetaban como á
señor y padre, seria meterme en un laberinto donde no me fuese posible
salir cuando quisiese. Finalmente, vine á entender con toda certeza,
que el dueño de la casa, á quien llamaban Monipodio, era encubridor
de ladrones y pala de rufianes, y que la gran pendencia de mi amo
habia sido primero concertada con ellos, con las circunstancias del
retirarse y de dejar las vainas, las cuales pagó mi amo allí luego de
contado, con todo cuanto Monipodio dijo que habia costado la cena, que
se concluyó casi al amanecer con mucho gusto de todos; y fué su postre
dar soplo á mi amo de un rufian forastero que nuevo y flamante habia
llegado á la ciudad: debia de ser mas valiente que ellos, y de envidia
le soplaron: prendióle mi amo la siguiente noche, desnudo en la cama,
que si vestido estuviera, yo vi en su talle que no se dejara prender
tan á mansalva. Con esta prision, que sobrevino sobre la pendencia,
creció la fama de mi cobarde, que lo era mi amo mas que una liebre, y
á fuerza de meriendas y tragos sustentaba la fama de ser valiente, y
todo cuanto con su oficio y con sus inteligencias granjeaba, se le iba
y desaguaba por la canal de la valentía. Pero ten paciencia, y escucha
ahora un cuento que le sucedió, sin añadir ni quitar de la verdad una
tilde.
»Dos ladrones hurtaron en Antequera un caballo muy bueno: trujéronle
á Sevilla, y para venderle sin peligro usaron de un ardid, que á mi
parecer tiene del agudo y del discreto: fuéronse á posadas diferentes,
y el uno se fué á la justicia, y pidió por una peticion que Pedro de
Losada le debia cuatrocientos reales prestados, como parecia por una
cédula firmada de su nombre, de la cual hacia presentacion. Mandó
el teniente que el tal Losada reconociese la cédula, y que si la
reconociese, le sacasen prendas de la cantidad, ó le pusiesen en la
cárcel: tocó hacer esta diligencia á mi amo y al escribano su amigo:
llevóles el ladron á la posada del otro, y al punto reconoció su firma,
y confesó la deuda, y señaló por prenda de la ejecucion el caballo,
el cual visto por mi amo, le creció el ojo y le marcó por suyo, si
acaso se vendiese. Dió el ladron por pasados los términos de la ley,
y el caballo se puso en venta, y se remató en quinientos reales en un
tercero que mi amo echó de manga, para que se le comprase: valia el
caballo tanto y medio mas de lo que dieron por él; pero como el bien
del vendedor estaba en la brevedad de la venta, á la primer postura
remató su mercaduría. Cobró en un ladron la deuda que no le debian, y
el otro la carta de pago que no habia menester, y mi amo se quedó con
el caballo, que para él fué peor que el Seyano lo fué para sus dueños.
Mondaron luego la haza los ladrones, y de allí á dos dias, despues de
haber trastejado mi amo las guarniciones y otras faltas del caballo,
pareció sobre él en la plaza de San Francisco, mas hueco y pomposo que
aldeano vestido de fiesta: diéronle mil parabienes de la buena compra,
afirmándole que valia ciento y cincuenta ducados, como un huevo un
maravedí, y él volteando y revolviendo el caballo, representaba su
tragedia en el teatro de la referida plaza. Y estando en sus caracoles
y rodeos, llegaron dos hombres de buen talle y de mejor ropaje, y el
uno dijo: ¡Vive Dios, que este es Piedehierro, mi caballo, que ha
pocos dias que me le hurtaron en Antequera! Todos los que venian con
él, que eran cuatro criados, dijeron que así era la verdad, que aquel
era Piedehierro, el caballo que le habian hurtado. Pasmóse mi amo,
querellóse el dueño, hubo pruebas, y fueron las que hizo el dueño tan
buenas, que salió la sentencia en su favor, y mi amo fué desposeido del
caballo. Súpose la burla y la industria de los ladrones, que por manos
é intervencion de la misma justicia vendieron lo que habian hurtado, y
casi todos se holgaban de que la codicia de mi amo le hubiese rompido
el saco.
»Y no paró en esto su desgracia, que aquella noche saliendo á rondar
el mismo asistente, por haberle dado noticia que hácia los barrios de
San Julian andaban ladrones, al pasar de una encrucijada vieron pasar
un hombre corriendo, y dijo á este punto el asistente, asiéndome por el
collar y zuzándome: Al ladron, Gavilan, ea, Gavilan hijo, al ladron.
Yo, á quien ya tenian cansado las maldades de mi amo, por cumplir lo
que el señor asistente me mandaba sin discrepar en nada, arremetí con
mi propio amo, y sin que pudiese valerse, di con él en el suelo, y si
no me le quitaran, yo hiciera á mas de cuatro vengados; quitáronme con
mucha pesadumbre de entrambos. Quisieran los corchetes castigarme, y
aun matarme á palos, y lo hicieran si el asistente no les dijera: No
le toque nadie, que el perro hizo lo que yo le mandé. Entendióse la
malicia, y yo sin despedirme de nadie, por un agujero de la muralla
salí al campo, y ántes que amaneciese me puse en Mairena, que es un
lugar que está cuatro leguas de Sevilla. Quiso mi buena suerte, que
hallé allí una compañía de soldados, que segun oí decir se iban á
embarcar á Cartagena: estaban en ella cuatro rufianes de los amigos de
mi amo, y el atambor era uno que habia sido corchete y gran chocarrero,
como lo suelen ser los mas atambores: conociéronme todos, y todos me
hablaron, y así me preguntaban por mi amo, como si les hubiera de
responder; pero el que mas aficion me mostró fué el atambor, y así
determiné de acomodarme con él, si él quisiese, y seguir aquella
jornada, aunque me llevase á Italia ó á Flándes; porque me parece á mí,
y aun á tí te debe parecer lo mismo, que puesto que dice el refran:
Quien necio es en su villa, necio es en Castilla, el andar tierras y
comunicar con diversas gentes hace á los hombres discretos.
CIPION. Es eso tan verdad, que me acuerdo haber oido decir á un amo
que tuve, de bonísimo ingenio, que al famoso griego, llamado Ulíses,
le dieron renombre de prudente, por solo haber andado muchas tierras,
y comunicado con diversas gentes y varias naciones; y así alabo la
intencion que tuviste de irte donde te llevasen.