me causaron ver los diferentes tratos y ejercicios que mis pastores
y todos los demas de aquella marina tenian, de aquellos que habia
oido leer que tenian los pastores de los libros; porque si los mios
cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un _cata
el lobo, do va Juanica_, y otras cosas semejantes, y esto no al son de
churumbelas, rabeles ó gaitas, sino al que hacia el dar un cayado con
otro ó al de algunas tejuelas puestas entre los dedos, y no con voces
delicadas, sonoras y admirables, sino con voces roncas, que solas ó
juntas parecia, no que cantaban, sino que gritaban ó gruñian: lo mas
del dia se les pasaba espulgándose ó remendándose sus abarcas: ni entre
ellos se nombraban Amarilis, Fílidas, Galateas y Dianas, ni habia
Lisardos, Lausos, Jacintos ni Riselos; todos eran Antones, Domingos,
Pablos ó Llorentes; por donde vine á entender lo que pienso que deben
de creer todos, que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien
escritas para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna: que á
serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de aquella felicísima
vida y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas, sagrados montes,
hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos
tan honestos cuanto bien declarados requiebros, y de aquel desmayarse
aquí el pastor, allí la pastora, acullá resonar la zampoña del uno, acá
el caramillo del otro.
CIPION. Basta, Berganza, vuelve á tu senda, y camina.
BERGANZA. Agradézcotelo, Cipion amigo, porque si no me avisaras, de
manera se me iba calentando la boca, que no parara hasta pintarte un
libro entero, destos que me tenian engañado; pero tiempo vendrá en que
lo diga todo con mejores razones y con mejor discurso que ahora.
CIPION. Mírate á los piés, y desharás la rueda, Berganza: quiero decir
que mires que eres un animal que carece de razon, y si ahora muestras
tener alguna, ya hemos averiguado entre los dos ser cosa sobrenatural y
jamas vista.
BERGANZA. Eso fuera así, si yo estuviera en mi primera ignorancia; mas
ahora que me ha venido á la memoria lo que te habia de haber dicho al
principio de nuestra plática, no solo no me maravillo de lo que hablo,
pero espántome de lo que dejo de hablar.
CIPION. Pues ahora ¿no puedes decir lo que ahora se te acuerda?
BERGANZA. Es una cierta historia que me pasó con una grande hechicera,
discípula de la Camacha de Montilla.
CIPION. Digo que me la cuentes ántes que pases mas adelante en el
cuento de tu vida.
BERGANZA. Eso no haré yo por cierto hasta su tiempo; ten paciencia, y
escucha por su órden mis sucesos que así te darán mas gusto, si ya no
te fatiga querer saber los medios ántes de los principios.
CIPION. Sé breve, y cuenta lo que quisieres y como quisieres.
BERGANZA. Digo pues, que yo me hallaba bien con el oficio de guardar
ganado, por parecerme que comia el pan de mi sudor y trabajo, y que la
ociosidad, raíz y madre de todos los vicios, no tenia que ver conmigo,
á causa que si los dias holgaba, las noches no dormia, dándonos asaltos
á menudo, y tocándonos al arma los lobos; y apénas me habian dicho los
pastores, al lobo, Barcino, cuando acudia primero que los otros perros
á la parte que me señalaban que estaba el lobo: corria los valles,
escudriñaba los montes, desentrañaba las selvas, saltaba barrancos,
cruzaba caminos, y á la mañana volvia al hato, sin haber hallado lobo
ni rastro dél, anhelando, cansado, hecho pedazos y los piés abiertos
de los garranchos, y hallaba en el hato, ó ya una oveja muerta, ó
un carnero degollado y medio comido del lobo: desesperábame de ver
de cuán poco servia mi mucho cuidado y diligencia; venia el señor
del ganado, salian los pastores á recebirle con las pieles de la res
muerta: culpaba á los pastores por negligentes, y mandaba castigar á
los perros por perezosos: llovian sobre nosotros palos, y sobre ellos
reprensiones; y así viéndome un dia castigado sin culpa, y que mi
cuidado, lijereza y braveza no eran de provecho para coger el lobo,
determiné de mudar estilo, no desviándome á buscarle, como tenia de
costumbre, léjos del rebaño, sino estarme junto á él, que pues el lobo
allí venia, allí seria mas cierta la presa: cada semana nos tocaban á
rebato, y en una escurísima noche tuve yo vista para ver los lobos, de
quien era imposible que el ganado se guardase: agachéme detras de una
mata, pasaron los perros mis compañeros adelante, y desde allí oteé y
vi que dos pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco, y
le mataron de manera que verdaderamente pareció á la mañana que habia
sido su verdugo el lobo: pasméme, quedé suspenso cuando vi que los
pastores eran los lobos, y que despedazaban el ganado los mismos que le
habian de guardar. Al punto hacian saber á su amo la presa del lobo,
dábanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo mas y lo
mejor: volvia á reñirles el señor, y volvia tambien el castigo de los
perros: no habia lobos, menguaba el rebaño: quisiera yo descubrillo,
hallábame mudo: todo lo cual me traia lleno de admiracion y de congoja:
¡Válame Dios! decia entre mí, ¿quién podrá remediar esta maldad?
¿quién será poderoso á dar á entender que la defensa ofende, que las
centinelas duermen, que la confianza roba, y que el que os guarda os
mata?
CIPION. Y deciais muy bien, Berganza, porque no hay mayor ni mas sutil
ladron que el doméstico, y así mueren muchos mas de los confiados que
de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan
pasar bien las gentes en el mundo, si no se fia y se confía; mas
quédese aquí esto, que no quiero que parezcamos predicadores: pasa
adelante.
BERGANZA. Paso adelante, y digo que determiné dejar aquel oficio,
aunque parecia tan bueno, y escoger otro, donde por hacerle bien, ya
que no fuese remunerado, no fuese castigado: volvíme á Sevilla, y entré
á servir á un mercader muy rico.
CIPION. ¿Qué modo tenias para entrar con amo? porque segun lo que se
usa, con gran dificultad el dia de hoy halla un hombre de bien señor á
quien servir: muy diferentes son los señores de la tierra del Señor del
cielo: aquellos para recebir un criado primero le espulgan el linaje,
examinan la habilidad, le marcan la apostura, y aun quieren saber los
vestidos que tiene; pero para entrar á servir á Dios, el mas pobre es
mas rico, el mas humilde de mejor linaje, y con solo que se disponga
con limpieza de corazon á querer servirle, luego le manda poner en el
libro de sus gajes, señalándoselos tan aventajados, que de muchos y
grandes apénas pueden caber en su deseo.
BERGANZA. Todo eso es predicar, Cipion amigo.
CIPION. Así me lo parece á mí, y así callo.
BERGANZA. Á lo que me preguntaste del órden que tenia para entrar con
amo, digo que ya tú sabes que la humildad es la basa y fundamento
de todas virtudes, y que sin ella no hay ninguna que lo sea: ella
allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre
á gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la
cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios: es
madre de la modestia y hermana de la templanza: en fin, con ella no
pueden atravesar triunfo que les sea de provecho los vicios; porque en
su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las flechas de los
pecados: desta pues me aprovechaba yo, cuando queria entrar á servir en
alguna casa, habiendo primero considerado y mirado muy bien ser casa
que pudiese mantener, y donde pudiese entrar un perro grande: luego
arrimábame á la puerta, y cuando á mi parecer entraba algun forastero,
le ladraba, y cuando venia el señor, bajaba la cabeza, y moviendo
la cola me iba á él, y con la lengua le limpiaba los zapatos: si me
echaban á palos, sufríalos, y con la misma mansedumbre volvia á hacer
halagos al que me apaleaba, que ninguno segundaba, viendo mi porfía y
mi noble término: desta manera á dos porfías me quedaba en casa: servia
bien, queríanme luego bien, y nadie me despidió, sino era que yo me
despidiese, ó por mejor decir, me fuese; y tal vez hallé amo, que este
fuera el dia que yo estuviera en su casa, si la contraria suerte no me
hubiera perseguido.
CIPION. De la misma manera que has contado, entraba yo con los amos que
tuve, y parece que nos leimos los pensamientos.
BERGANZA. Como en esas cosas nos hemos encontrado, si no me engaño,
y yo te las diré á su tiempo, como tengo prometido, y ahora escucha
lo que me sucedió despues que dejé el ganado en poder de aquellos
perdidos. Volvíme á Sevilla, como dije, que es amparo de pobres y
refugio de desechados, que en su grandeza no solo caben los pequeños,
pero no se echan de ver los grandes: arriméme á la puerta de una gran
casa de un mercader, hice mis acostumbradas diligencias, y á pocos
lances me quedé en ella: recebiéronme para tenerme atado detras de la
puerta de dia, y suelto de noche: servia con gran cuidado y diligencia,
ladraba á los forasteros y gruñia á los que no eran muy conocidos: no
dormia de noche, visitando los corrales, subiendo á los terrados, hecho
universal centinela de la mia y de las casas ajenas: agradóse tanto mi
amo de mi buen servicio, que mandó que me tratasen bien, y me diesen
racion de pan y los huesos que se levantasen ó arrojasen de su mesa,
con las sobras de la cocina, á lo que yo me mostraba agradecido, dando
infinitos saltos cuando veia á mi amo, especialmente cuando venia de
fuera, que eran tantas las muestras de regocijo que daba, y tantos los
saltos, que mi amo ordenó que me desatasen y me dejasen andar suelto de
dia y de noche: como me vi suelto, corrí á él, rodeéle todo, sin osar
llegarle con las manos, acordándome de la fábula de Esopo, cuando aquel
asno tan asno, que quiso hacer á su señor las mismas caricias que le
hacia una perrilla regalada suya, que le granjearon ser molido á palos:
parecióme que en esta fábula se nos dió á entender que las gracias y
donaires de algunos no están bien en otros: apode el truhan, juegue de
manos y voltee el istrion, rebuzne el pícaro, imite el canto de los
pájaros, y los diversos gestos y acciones de los animales y los hombres
el hombre bajo que se hubiere dado á ello, y no lo quiera hacer el
hombre principal, á quien ninguna habilidad destas le puede dar crédito
ni nombre honroso.
CIPION. Basta; adelante, Berganza, que ya estás entendido.
BERGANZA. ¡Ojalá que como tú me entiendes, me entendiesen aquellos
por quien lo digo! que no sé qué tengo de buen natural, que me pesa
infinito cuando veo que un caballero se hace chocarrero y se precia que
sabe jugar los cubiletes y las agallas, y que no hay quien como él sepa
bailar la chacona: un caballero conozco yo que se alababa que á ruegos
de un sacristan habia cortado de papel treinta y dos flores para poner
en un monumento sobre paños negros, y destas cortaduras hizo tanto
caudal, que así llevaba á sus amigos á verlas, como si los llevara á
ver las banderas y despojos de enemigos, que sobre la sepultura de sus
padres y abuelos estaban puestas. Este mercader pues tenia dos hijos,
el uno de doce, y el otro de hasta catorce años, los cuales estudiaban
gramática en el estudio de la Compañía de Jesus: iban con autoridad,
con ayo y con pajes que les llevaban los libros, y aquel que llaman
_vade mecum_: el verlos ir con tanto aparato, en sillas si hacia sol,
en coche si llovia, me hizo considerar y reparar en la mucha llaneza
con que su padre iba á la lonja á negociar sus negocios, porque no
llevaba otro criado que un negro, y algunas veces se desmandaba á ir en
un machuelo aun no bien aderezado.
CIPION. Has de saber, Berganza, que es costumbre y condicion de los
mercaderes de Sevilla, y aun de las otras ciudades, mostrar su
autoridad y riqueza, no en sus personas, sino en las de sus hijos;
porque los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos, y como
ellos por maravilla atienden á otra cosa que á sus tratos y contratos,
trátanse modestamente; y como la ambicion y la riqueza muere por
manifestarse, revienta por sus hijos, y así los tratan y autorizan
como si fuesen hijos de algun príncipe; y algunos hay que los procuran
títulos, y ponerles en el pecho la marca que tanto distingue la gente
principal de la plebeya.
BERGANZA. Ambicion es, pero ambicion generosa, la de aquel que pretende
mejorar su estado sin perjuicio de tercero.
CIPION. Pocas ó ninguna vez se cumple con la ambicion, que no sea con
daño de tercero.
BERGANZA. Ya hemos dicho que no hemos de murmurar.
CIPION. Sí, que yo no murmuro de nadie.
BERGANZA. Ahora acabo de confirmar por verdad lo que muchas veces he
oido decir. Acaba un maldiciente murmurador de echar á perder diez
linajes, y de calumniar veinte buenos, y si alguno le reprende por
lo que ha dicho, responde que él no ha dicho nada, y que si ha dicho
algo, no lo ha dicho por tanto, y que si pensara que alguno se habia
de agraviar, no lo dijera: á la fe, Cipion, mucho ha de saber y muy
sobre los estribos ha de andar el que quisiere sustentar dos horas de
conversacion sin tocar los límites de la murmuracion; porque yo veo
en mí, que con ser un animal como soy, á cuatro razones que digo, me
acuden palabras á la lengua como mosquitos al vino, y todas maliciosas
y murmurantes: por lo cual vuelvo á decir lo que otra vez he dicho,
que el hacer y decir mal lo heredamos de nuestros primeros padres, y
lo mamamos en la leche: vese claro en que apénas ha sacado el niño
el brazo de las fajas, cuando levanta la mano con muestras de querer
vengarse de quien á su parecer le ofende: y casi la primera palabra
articulada que habla, es llamar puta á su ama ó á su madre.
CIPION. Así es verdad, y yo confieso mi yerro, y quiero que me le
perdones, pues te he perdonado tantos: echemos pelillos á la mar (como
dicen los muchachos), y no murmuremos de aquí adelante, y sigue tu
cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del mercader
tu amo iban al estudio de la Compañía de Jesus.
BERGANZA. Á él me encomiendo en todo acontecimiento; y aunque el dejar
de murmurar lo tengo por dificultoso, pienso usar de un remedio, que
oí decir que usaba un gran jurador, el cual arrepentido de su mala
costumbre, cada vez que despues de su arrepentimiento juraba, se daba
un pellizco en el brazo ó besaba la tierra en pena de su culpa; pero
con todo esto juraba: así yo cada vez que fuere contra el precepto que
me has dado de que no murmure, y contra la intencion que tengo de no
murmurar, me morderé el pico de la lengua, de modo que me duela, y me
acuerde de mi culpa para no volver á ella.
CIPION. Tal es ese remedio, que si usas dél, espero que te has de
morder tantas veces, que has de quedar sin lengua, y así quedarás
imposibilitado de murmurar.
BERGANZA. Á lo ménos yo haré de mi parte mis diligencias, y supla las
faltas el cielo. Y así digo que los hijos de mi amo se dejaron un dia
un cartapacio en el patio, donde yo á la sazon estaba; y como estaba
enseñado á llevar la esportilla del jifero mi amo, así del _vade mecum_
y fuíme tras ellos con intencion de no soltalle hasta el estudio:
sucedióme todo como lo deseaba, que mis amos que me vieron venir con el
_vade mecum_ en la boca, asido sotilmente de las cintas, mandaron á un
paje me le quitase; mas yo no lo consentí, ni le solté hasta que entré
en el aula, cosa que causó risa á todos los estudiantes: lleguéme al
mayor de mis amos, y á mi parecer con mucha crianza se le puse en las
manos, y quedéme sentado en cuclillas á la puerta del aula, mirando
de hito en hito al maestro que en la cátedra leia. No sé qué tiene la
virtud, que con alcanzárseme á mí tan poco ó nada della, luego recebí
gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con
que aquellos benditos padres y maestros enseñaban á aquellos niños,
enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni
tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las
letras les mostraban: consideraba cómo los reñian con suavidad, los
castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos, los incitaban
con premios, y los sobrellevaban con cordura; y finalmente, cómo
les pintaban la fealdad y horror de los vicios, y les dibujaban la
hermosura de las virtudes, para que aborrecidos ellos y amadas ellas
consiguiesen el fin para que fueron criados.
CIPION. Muy bien dices, Berganza, porque yo he oido decir desa bendita
gente, que para repúblicos del mundo no los hay tan prudentes en todo
él, y para guiadores y adalides del camino del cielo, pocos les llegan:
son espejos donde se mira la honestidad, la católica doctrina, la
singular prudencia, y finalmente la humildad profunda, basa sobre quien
se levanta todo el edificio de la bienaventuranza.
BERGANZA. Todo es así como lo dices. Y siguiendo mi historia, digo que
mis amos gustaron de que les llevase siempre el _vade mecum_, lo que
hice de muy buena voluntad, con lo cual tenia una vida de rey, y aun
mejor, porque era descansada, á causa que los estudiantes dieron en
burlarse conmigo, y domestiquéme con ellos de tal manera, que me metian
la mano en la boca, y los mas chiquillos subian sobre mí: arrojaban
los bonetes ó sombreros, y yo se los volvia á la mano limpiamente y
con muestras de grande regocijo: dieron en darme de comer cuanto ellos
podian, y gustaban de ver que cuando me daban nueces ó avellanas, las
partia como mona, dejando las cáscaras y comiendo lo tierno: tal hubo,
que por hacer prueba de mi habilidad, me trujo en un pañuelo gran
cantidad de ensalada, la cual comí como si fuera persona. Era tiempo
de invierno, cuando campean en Sevilla los molletes y mantequillas,
de quien era tan bien servido, que mas de dos Antonios se empeñaron
ó vendieron para que yo almorzase. Finalmente, yo pasaba una vida de
estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo mas que se puede encarecer
para decir que era buena; porque si la sarna y la hambre no fuesen tan
unas con los estudiantes, en las vidas no habria otra de mas gusto
y pasatiempo, porque corren parejas en ella la virtud y el gusto, y
se pasa la mocedad aprendiendo y holgándose: desta gloria y desta
quietud me vino á quitar una señora, que á mi parecer llaman por ahí
razon de estado, que cuando con ella se cumple se ha de descumplir con
otras razones muchas. Es el caso, que aquellos señores maestros les
pareció que la media hora que hay de licion, á licion, la ocupaban los
estudiantes no en repasar las liciones, sino en holgarse conmigo; y así
ordenaron á mis amos que no me llevasen mas al estudio: obedecieron,
volviéronme á casa, y á la antigua guarda de la puerta, y sin acordarse
el señor viejo de la merced que me habia hecho, de que de dia y de
noche anduviese suelto, volví á entregar el cuello á la cadena y el
cuerpo á una esterilla, que detras de la puerta me pusieron. ¡Ay, amigo
Cipion, si supieses cuán dura cosa es de sufrir el pasar de un estado
felice á un desdichado! Mira: cuando las miserias y desdichas tienen
larga la corriente y son continuas, ó se acaban presto con la muerte,
ó la continuacion dellas hace un hábito y costumbre en padecellas,
que suele en su mayor rigor servir de alivio; mas cuando de la suerte
desdichada y calamitosa, sin pensarlo y de improviso se sale á gozar de
otra suerte próspera, venturosa y alegre, y de allí á poco se vuelve á
padecer la suerte primera, y á los primeros trabajos y desdichas, es un
dolor tan riguroso, que si no acaba la vida, es por atormentarla mas
viviendo. Digo en fin, que volví á mi racion perruna, y á los huesos
que una negra de casa me arrojaba, y aun estos me diezmaban dos gatos
romanos, que como sueltos y lijeros, érales fácil quitarme lo que no
caia debajo del distrito que alcanzaba mi cadena. Cipion hermano, así
el cielo te conceda el bien que deseas, que sin que te enfades me dejes
ahora filosofar un poco, porque si dejase de decir las cosas que en
este instante me han venido á la memoria de aquellas que entónces me
ocurrieron, me parece que no seria mi historia cabal ni de fruto alguno.
CIPION. Advierte, Berganza, no sea tentacion del demonio esa gana de
filosofar que dices te ha venido; porque no tiene la murmuracion mejor
velo para paliar y encubrir su maldad disoluta, que darse á entender el
murmurador, que todo cuanto dice son sentencias de filósofos, y que el
decir mal es reprension, y el descubrir los defectos ajenos buen celo,
y no hay vida de ningun murmurante, que si la consideras y escudriñas,
no la halles llena de vicios y de insolencias; y debajo de saber esto,
filosofa ahora cuanto quisieres.
BERGANZA. Seguro puedes estar, Cipion, de que mas murmure, porque así
lo tengo propuesto. Es pues el caso, que como me estaba todo el dia
ocioso, y la ociosidad sea madre de los pensamientos, di en repasar por
la memoria algunos latines que me quedaron en ella de muchos que oí
cuando fuí con mis amos al estudio, con que á mi parecer me hallé algo
mas mejorado de entendimiento, y determiné, como si hablar supiera,
aprovecharme dellos en las ocasiones que se me ofreciesen; pero en
manera diferente de la que se suelen aprovechar algunos ignorantes. Hay
algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en
cuando con algun latin breve y compendioso, dando á entender á los que
no lo entienden, que son grandes latinos, y apénas saben declinar un
nombre, ni conjugar un verbo.
CIPION. Por menor daño tengo ese que el que hacen los que
verdaderamente saben latin, de los cuales hay algunos tan imprudentes,
que hablando con un zapatero ó con un sastre, arrojan latines como agua.
BERGANZA. Deso podremos inferir que tanto peca el que dice latines
delante de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos.
CIPION. Pues otra cosa puedes advertir, y es que hay algunos que no les
escusa el ser latinos, de ser asnos.
BERGANZA. Pues ¿quién lo duda? La razon está clara, pues cuando en
tiempo de los romanos hablaban todos latin, como lengua materna suya,
algun majadero habria entre ellos, á quien no escusaria el hablar latin
dejar de ser necio.
CIPION. Para saber callar en romance y hablar en latin, discrecion es
menester, hermano Berganza.
BERGANZA. Así es, porque tambien se puede decir una necedad en latin
como en romance, y yo he visto letrados tontos y gramáticos pesados, y
romancistas vareteados con sus listas de latin, que con mucha facilidad
pueden enfadar al mundo, no una, sino muchas veces.
CIPION. Dejemos esto, y comienza á decir tus filosofías.
BERGANZA. Ya las he dicho: estas son que acabo de decir.
CIPION. ¿Cuáles?
BERGANZA. Estas de los latines y romances, que yo comencé y tú acabaste.
CIPION. ¿Al murmurar llamas filosofar? así va ello: canoniza, canoniza,
Berganza, á la maldita plaga de la murmuracion, y dale el nombre que
quisieres, que ella dará á nosotros el de cínicos, que quiere decir
perros murmuradores; y por tu vida que calles ya, y sigas tu historia.
BERGANZA. ¿Cómo la tengo de seguir si callo?
CIPION. Quiero decir que la sigas de golpe, sin que la hagas que
parezca pulpo, segun la vas añadiendo colas.
BERGANZA. Habla con propiedad, que no se llaman colas las del pulpo.
CIPION. Ese es el error que tuvo el que dijo que no era torpedad ni
vicio nombrar las cosas por sus propios nombres, como si no fuese
mejor, ya que sea forzoso nombrarlas, decirlas por circunloquios y
rodeos, que templen la asquerosidad que causa el oirlas por sus mismos
nombres: las honestas palabras dan indicio de la honestidad del que las
pronuncia ó las escribe.
BERGANZA. Quiero creerte, y digo que no contenta mi fortuna de
haberme quitado de mis estudios, y de la vida que en ellos pasaba tan
regocijada y compuesta, y haberme puesto atraillado tras de una puerta,
y de haber trocado la liberalidad de los estudiantes en la mezquindad
de la negra, ordenó de sobresaltarme en lo que ya por quietud y
descanso tenia: mira, Cipion, ten por cierto y averiguado, como yo lo
tengo, que al desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se
esconda en los últimos rincones de la tierra: dígolo porque la negra
de casa estaba enamorada de un negro, asimismo esclavo de casa, el
cual negro dormia en el zaguan que es entre la puerta de la calle y la
de en medio, detras de la cual yo estaba, y no se podian juntar sino
de noche, y para esto habian hurtado ó contrahecho las llaves; y así
las mas de las noches bajaba la negra, y tapándome la boca con algun
pedazo de carne ó queso, abria al negro con quien se daba buen tiempo,
facilitándolo mi silencio, y á costa de muchas cosas que la negra
hurtaba: algunos dias me estragaron la conciencia las dádivas de la
negra, pareciéndome que sin ellas se me apretarian las ijadas, y daria
de mastin en galgo; pero en efecto, llevado de mi buen natural, quise
responder á lo que á mi amo debia, pues tiraba sus gajes y comia su
pan, como lo deben hacer no solo los perros honrados, á quienes se les
da renombre de agradecidos, sino todos aquellos que sirven.
CIPION. Esto sí, Berganza, quiero que pase por filosofía, porque son
razones que consisten en buena verdad y en buen entendimiento; y
adelante, y no hagas soga, por no decir cola, de tu historia.