Non si de’ lamentar s’altri l’inganna.
Que responden en nuestro castellano: Que el que tiene costumbre y gusto
de engañar á otro, no se debe quejar cuando es engañado.
--Yo no me quejo, respondió el alférez, sino lastímome: que el culpado,
no por conocer su culpa, deja de sentir la pena del castigo: bien veo
que quise engañar y fuí engañado, porque me hirieron por mis propios
filos; pero no puedo tener tan á raya el sentimiento, que no me queje
de mí mismo. Finalmente, por venir á lo que hace mas al caso á mi
historia (que este nombre se le puede dar al cuento de mis sucesos),
digo que supe que se habia llevado á Doña Estefanía el primo que dije
que se halló á nuestros desposorios, el cual de luengos tiempos atras
era su amigo á todo ruedo: no quise buscarla, por no hallar el mal
que me faltaba: mudé posada, y mudé el pelo dentro de pocos dias;
porque comenzaron á pelárseme las cejas y las pestañas, y poco á poco
me dejaron los cabellos, y ántes de edad me hice calvo, dándome una
enfermedad que llaman lupicia, y por otro nombre mas claro la pelarela:
halléme verdaderamente hecho pelon; porque ni tenia barbas que peinar,
ni dineros que gastar: fué la enfermedad caminando al paso de mi
necesidad, y como la pobreza atropella á la honra, y á unos lleva á la
horca, y á otros al hospital, y á otros les hace entrar por las puertas
de sus enemigos con ruegos y sumisiones, que es una de las mayores
miserias que puede suceder á un desdichado, por no gastar en curarme
los vestidos que me habian de cubrir y honrar en salud, llegado el
tiempo en que se dan los sudores en el hospital de la Resurreccion, me
entré en él, donde he tomado cuarenta sudores: dicen que quedaré sano,
si me guardo: espada tengo, lo demas Dios lo remedie.
Ofreciósele de nuevo el licenciado, admirándose de las cosas que le
habia contado.
--Pues de poco se maravilla vuesa merced, señor Peralta, dijo el
alférez, que otros sucesos me quedan por decir que esceden á toda
imaginacion, pues van fuera de todos los términos de naturaleza: no
quiera vuesa merced saber mas, sino que son de suerte que doy por bien
empleadas todas mis desgracias, por haber sido parte de haberme puesto
en el hospital, donde vi lo que ahora diré, que es lo que ahora ni
nunca vuesa merced podrá creer, ni habrá persona en el mundo que lo
crea.
Todos estos preámbulos y encarecimientos, que el alférez hacia ántes de
contar lo que habia visto, encendian el deseo de Peralta, de manera que
con no menores encarecimientos le pidió que luego luego le dijese las
maravillas que le quedaban por decir.
--Ya vuesa merced habrá visto, dijo el alférez, dos perros que con dos
linternas andan de noche con los hermanos de la Capacha, alumbrándoles
cuando piden limosna.
--Sí he visto, respondió Peralta.
--Tambien habrá visto ó oido vuesa merced, dijo el alférez, lo que
dellos se cuenta, que si acaso echan limosna de las ventanas y se cae
en el suelo, ellos acuden luego á alumbrar, á buscar lo que se cae, y
se paran delante de las ventanas, donde saben que tienen costumbre de
darles limosna, y con ir allí con tanta mansedumbre, que mas parecen
corderos que perros, en el hospital son unos leones, guardando la casa
con grande cuidado y vigilancia.
--Yo he oido decir, dijo Peralta, que todo es así; pero eso no me puede
ni debe causar maravilla.
--Pues lo que ahora diré dellos, dijo el alférez, es razon que la
cause, y que sin hacerse cruces, ni alegar imposibles ni dificultades,
vuesa merced se acomode á creerlo; y es que yo oí y casi vi con
mis ojos á estos dos perros, que el uno se llamaba Cipion, el otro
Berganza, estar una noche, que fué la penúltima que acabé de sudar,
echados detras de mi cama en unas esteras viejas, y á la mitad de
aquella noche, estando á escuras y desvelado, pensando en mis pasados
sucesos y presentes desgracias, oí hablar allí junto, y estuve con
atento oido escuchando, por ver si podia venir en conocimiento de los
que hablaban, y de lo que hablaban, y á poco rato vine á conocer, por
lo que hablaban, los que hablaban, que eran los dos perros Cipion y
Berganza.
Apénas acabó de decir esto Campuzano, cuando levantándose el
licenciado, dijo:
--Vuesa merced quede mucho en buen hora, señor Campuzano, que hasta
aquí estaba en duda si creeria ó no lo que de su casamiento me habia
contado; y esto que ahora me cuenta de que oyó hablar los perros, me
ha hecho declarar por la parte de no creelle ninguna cosa: por amor de
Dios, señor alférez, que no cuente estos disparates á persona alguna,
si ya no fuere á quien sea tan su amigo como yo.
--No me tenga vuesa merced por tan ignorante, replicó Campuzano, que no
entienda que, si no es por milagro, no pueden hablar los animales: que
bien sé que si los tordos, picazas y papagayos hablan, no son sino las
palabras que aprenden y toman de memoria, y por tener la lengua estos
animales cómoda para poder pronunciarlas; mas no por esto pueden hablar
y responder con discurso concertado, como estos perros hablaban; y así
muchas veces despues que los oí, yo mismo no he querido dar crédito á
mí mismo, y he querido tener por cosa soñada lo que realmente estando
despierto con todos mis cinco sentidos, tales cuales nuestro Señor fué
servido dármelos, oí, escuché, noté, y finalmente escribí sin faltar
palabra por su concierto, de donde se puede tomar indicio bastante
que mueva y persuada á creer esta verdad que digo: las cosas de que
trataron fueron grandes y diferentes, y mas para ser tratadas por
varones sabios, que para ser dichas de bocas de perros: así que, pues
yo no las pude inventar de mio, á mi pesar y contra mi opinion vengo á
creer que no soñaba, y que los perros hablaban.
--¡Cuerpo de mí, replicó el licenciado, si se nos ha vuelto el tiempo
de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, ó el de Esopo, cuando
departia el gallo con la zorra y unos animales con otros!
--Uno dellos seria yo y el mayor, replicó el alférez, si creyese que
ese tiempo ha vuelto, y aun tambien lo seria, si dejase de creer lo que
oí y lo que vi, y lo que me atreveré á jurar con juramento que obligue
y aun fuerce á que lo crea la misma incredulidad; pero puesto caso que
me haya engañado y que mi verdad sea sueño, y el porfiarla disparate,
¿no se holgara vuesa merced, señor Peralta, de ver escritas en un
coloquio las cosas que estos perros, ó sean quien fueren, hablaron?
--Como vuesa merced, replicó el licenciado, no se canse mas en
persuadirme que oyó hablar á los perros, de muy buena gana oiré ese
coloquio, que por ser escrito y notado del buen ingenio del señor
alférez, ya le juzgo por bueno.
--Pues hay en esto otra cosa, dijo el alférez, que como yo estaba
tan atento y tenia delicado el juicio, delicada, sotil y desocupada
la memoria (merced á las muchas pasas y almendras que habia comido),
todo lo tomé de coro, y casi por las mismas palabras que habia oido,
lo escribí otro dia, sin buscar colores retóricas para adornarlo, ni
que añadir ni quitar, para hacerle gustoso. No fué una noche sola la
plática, que fueron dos consecutivamente, aunque yo no tengo escrita
mas de una, que es la vida de Berganza; y la del compañero Cipion
pienso escribir (que fué la que se contó la noche segunda) cuando viere
ó que esta se crea, ó á lo ménos no se desprecie: el coloquio traigo
en el seno; púselo en forma de coloquio, por ahorrar de _dijo Cipion,
respondió Berganza_, que suele alargar la escritura.
Y en diciendo esto, sacó del pecho un cartapacio, y le puso en las
manos del licenciado, el cual le tomó riyéndose, y como haciendo burla
de todo lo que habia oido, y de lo que pensaba leer.
--Yo me recuesto, dijo el alférez, en esta silla, en tanto que vuesa
merced lee si quiere esos sueños ó disparates, que no tienen otra cosa
de bueno, sino es el poderlos dejar cuando enfaden.
--Haga vuesa merced su gusto, dijo Peralta, que yo con brevedad me
despediré desta letura.
Recostóse el alférez, abrió el licenciado el cartapacio, y en el
principio vió que estaba puesto este título:
COLOQUIO QUE PASO ENTRE CIPION Y BERGANZA,
PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCION,
QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA DE LA PUERTA DEL CAMPO, Á
QUIEN COMUNMENTE LLAMAN LOS PERROS DE MAHUDES.
CIPION. Berganza amigo, dejemos esta noche el hospital en guarda de la
confianza, y retirémonos á esta soledad y entre estas esteras, donde
podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en
un mismo punto á los dos nos ha hecho.
BERGANZA. Cipion hermano, óyote hablar, y sé que te hablo, y no puedo
creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de
naturaleza.
CIPION. Así es la verdad, Berganza, y viene á ser mayor este milagro,
en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como
si fuéramos capaces de razon, estando tan sin ella, que la diferencia
que hay del animal bruto al hombre, es ser el hombre animal racional, y
el bruto irracional.
BERGANZA. Todo lo que dices, Cipion, entiendo, y el decirlo tú y
entenderlo yo, me causa nueva admiracion y nueva maravilla; bien es
verdad, que en el discurso de mi vida, diversas y muchas veces he oido
decir grandes prerogativas nuestras, tanto que parece que algunos han
querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan agudo en
muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco para mostrar que
tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de discurso.
CIPION. Lo que yo he oido alabar y encarecer, es nuestra mucha memoria,
el agradecimiento y gran fidelidad nuestra, tanto que nos suelen pintar
por símbolo de la amistad; y así habrás visto (si has mirado en ello)
que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de
los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre
los dos, á los piés, una figura de perro, en señal que se guardaron en
la vida amistad y fidelidad inviolable.
BERGANZA. Bien sé que ha habido perros tan agradecidos, que se han
arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura:
otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus
señores, sin apartarse dellas, sin comer hasta que se les acababa la
vida: sé tambien que despues del elefante, el perro tiene el primer
lugar de parecer que tiene entendimiento: luego el caballo, y el último
la jimia.
CIPION. Ansí es; pero bien confesarás que ni has visto ni oido decir
jamas que haya hablado ningun elefante, perro, caballo ó mona: por
donde me doy á entender que este nuestro hablar tan de improviso, cae
debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos, las cuales
cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la esperiencia que
alguna calamidad grande amenaza á las gentes.
BERGANZA. Desa manera no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo
que oí decir los dias pasados á un estudiante, pasando por Alcalá de
Henáres.
CIPION. ¿Qué le oiste decir?
BERGANZA. Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la
universidad, los dos mil oian medicina.
CIPION. Pues ¿qué vienes á inferir deso?
BERGANZA. Infiero, ó que estos dos mil médicos han de tener enfermos
que curar (que seria harta plaga y mala ventura), ó ellos se han de
morir de hambre.
CIPION. Pero sea lo que fuere, nosotros hablamos, sea portento ó no,
que lo que el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni
sabiduría humana que lo pueda prevenir: y así no hay para qué ponernos
á disputar nosotros cómo ó por qué hablamos: mejor será que este
buen dia ó buena noche la metamos en nuestra casa, y pues la tenemos
tan buena en estas esteras, y no sabemos cuánto durará esta nuestra
ventura, sepamos aprovecharnos della, y hablemos toda esta noche, sin
dar lugar al sueño que nos impida este gusto, de mí por largos tiempos
deseado.
BERGANZA. Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso,
tuve deseo de hablar para decir cosas que depositaba en la memoria, y
allí de antiguas y muchas, ó se enmohecian, ó se me olvidaban; empero
ahora, que tan sin pensarlo me veo enriquecido deste divino don de la
habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo mas que pudiere, dándome
priesa á decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada
y confusamente, porque no sé cuándo me volverán á pedir este bien, que
por prestado tengo.
CIPION. Sea esta la manera, Berganza amigo, que esta noche me cuentes
tu vida, y los trances por donde has venido al punto en que ahora te
hallas; y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te contaré
la mia, porque mejor será gastar el tiempo en contar las propias, que
en procurar saber las ajenas vidas.
BERGANZA. Siempre, Cipion, te he tenido por discreto y por amigo, y
ahora mas que nunca, pues como amigo quieres decirme tus sucesos y
saber los mios, y como discreto has repartido el tiempo, donde podamos
manifestallos; pero advierte primero, si nos oye alguno.
CIPION. Ninguno, á lo que creo, puesto que aquí cerca está un soldado
tomando sudores; pero en esta sazon mas estará para dormir que para
ponerse á escuchar á nadie.
BERGANZA. Pues si puedo hablar con ese seguro, escucha, y si te cansare
lo que te fuere diciendo, ó me reprende, ó manda que calle.
CIPION. Habla hasta que amanezca, ó hasta que seamos sentidos, que yo
te escucharé de muy buena gana, sin impedirte, sino cuando viere ser
necesario.
BERGANZA. Paréceme que la primera vez que vi el sol, fué en Sevilla,
y en su matadero, que está fuera de la puerta de la Carne; por donde
imaginara (si no fuera por lo que despues diré) que mis padres debieron
de ser alanos de aquellos que crian los ministros de aquella confusion,
á quien llaman jiferos: el primero que conocí por amo, fué uno llamado
Nicolas el Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo son todos
aquellos que ejercitan la jifería: este tal Nicolas me enseñaba á mí y
á otros cachorros, á que en compañía de alanos viejos arremetiésemos á
los toros, y les hiciésemos presa de las orejas: con mucha facilidad
salí un águila en esto.
CIPION. No me maravillo, Berganza, que como el hacer mal viene de
natural cosecha, fácilmente se aprende el hacerle.
BERGANZA. ¿Qué te diria, Cipion hermano, de lo que vi en aquel
matadero, y de las cosas exorbitantes que en él pasan? Primero has de
presuponer, que todos cuantos en él trabajan, desde el menor hasta el
mayor, es gente ancha de conciencia, desalmada, sin temer al rey ni
á su justicia: los mas, amancebados: son aves de rapiña carniceras:
mantiénense ellos y sus amigas de lo que hurtan: todas las mañanas
que son dias de carne, ántes que amanezca están en el matadero gran
cantidad de mujercillas y muchachos, todos con talegas, que viniendo
vacías, vuelven llenas de pedazos de carne, y las criadas con
criadillas y lomos medio enteros: no hay res alguna que se mate, de
quien no lleve esta gente diezmos y primicias de lo mas sabroso y bien
parado; y como en Sevilla no hay obligado de la carne, cada uno puede
traer la que quisiere, y la que primero se mata ó es la mejor, ó la de
mas baja postura; y con este concierto hay siempre mucha abundancia:
los dueños se encomiendan á esta buena gente que he dicho, no para que
no les hurten (que esto es imposible), sino para que se moderen en las
tajadas y socaliñas que hacen en las reses muertas, que las escamondan
y podan, como si fuesen sauces ó parras; pero ninguna cosa me admiraba
mas ni me parecia peor, que el ver que estos jiferos con la misma
facilidad matan á un hombre, que á una vaca; por quítame allá esa paja,
á dos por tres, meten un cuchillo de cachas amarillas por la barriga
de una persona, como si acocotasen un toro: por maravilla se pasa dia
sin pendencias y sin heridas, y á veces sin muertes: todos se pican de
valientes, y aun tienen sus puntas de rufianes: no hay ninguno que no
tenga su ángel de guarda en la plaza de San Francisco, granjeado con
lomos y lenguas de vaca: finalmente, oí decir á un hombre discreto, que
tres cosas tenia el rey por ganar en Sevilla: la calle de la Caza, la
Costanilla y el Matadero.
CIPION. Si en contar las condiciones de los amos que has tenido y las
faltas de sus oficios, te has de estar, amigo Berganza, tanto como
esta vez, menester será pedir al cielo nos conceda la habla siquiera
por un año, y aun temo que al paso que llevas, no llegarás á la mitad
de tu historia: y quiérote advertir de una cosa, de la cual verás la
esperiencia cuando te cuente los sucesos de mi vida; y es que los
cuentos unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos, otros en el
modo de contarlos: quiero decir, que algunos hay, que aunque se cuenten
sin preámbulos y ornamentos de palabras, dan contento; otros hay, que
es menester vestirlos de palabras, y con demostraciones del rostro y
de las manos, y con mudar la voz se hacen algo de nonada, y de flojos
y desmayados se vuelven agudos y gustosos; y no se te olvide este
advertimiento para aprovecharte dél en lo que te queda por decir.
BERGANZA. Yo lo haré así, si pudiere, y si me da lugar la grande
tentacion que tengo de hablar, aunque me parece que con grandísima
dificultad me podré ir á la mano.
CIPION. Véte á la lengua, que en ella consisten los mayores daños de la
humana vida.
BERGANZA. Digo pues que mi amo me enseñó á llevar una espuerta en la
boca, y á defenderla de quien quitármela quisiese: enseñóme tambien
la casa de su amiga, y con esto se escusó la venida de su criada al
matadero, porque yo le llevaba las madrugadas lo que él habia hurtado
las noches: y un dia, que entre dos luces iba yo diligente á llevarle
la porcion, oí que me llamaban por mi nombre desde una ventana; alcé
los ojos, y vi una moza hermosa en estremo; detúveme un poco, y ella
bajó á la puerta de la calle, y me tornó á llamar: lleguéme á ella como
si fuera á ver lo que me queria, que no fué otra cosa que quitarme
lo que llevaba en la cesta, y ponerme en su lugar un chapin viejo:
entónces dije entre mí: la carne se ha ido á la carne. Díjome la moza
en habiéndome quitado la carne: Andad, Gavilan, ó como os llamais, y
decid á Nicolas el Romo, vuestro amo, que no se fie de animales, y que
del lobo un pelo, y ese de la espuerta. Bien pudiera yo volver á quitar
lo que me quitó, pero no quise, por no poner mi boca jifera y sucia en
aquellas manos limpias y blancas.
CIPION. Hiciste muy bien, por ser prerogativa de la hermosura, que
siempre se le tenga respeto.
BERGANZA. Así lo hice yo, y así me volví á mi amo sin la porcion, y con
el chapin: parecióle que volví presto, vió el chapin, imaginó la burla,
sacó uno de cachas, y tiróme una puñalada, que á no desviarme, nunca tú
oyeras ahora este cuento, ni aun otros muchos que pienso contarte. Puse
piés en polvorosa, y tomando el camino en las manos y en los piés por
detras de San Bernardo, me fuí por aquellos campos de Dios, adonde la
fortuna quisiese llevarme. Aquella noche dormí al cielo abierto, y otro
dia me deparó la suerte un hato ó rebaño de ovejas y carneros: así como
le vi, creí que habia hallado en él el centro del reposo, pareciéndome
ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra
donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de
los poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden. Apénas
me hubo visto uno de tres pastores que el ganado guardaban, cuando
diciendo, to to, me llamó, y yo, que otra cosa no deseaba, me llegué á
él, bajando la cabeza y meneando la cola: trújome la mano por el lomo,
abrióme la boca, escupióme en ella, miróme las presas, conoció mi edad,
y dijo á otros pastores, que yo tenia todas las señales de ser perro
de casta. Llegó á este instante el señor del ganado sobre una yegua
rucia á la gineta, con lanza y adarga, que mas parecia atajador de la
costa, que señor de ganado: preguntó al pastor: ¿Qué perro es este, que
tiene señales de ser bueno? Bien lo puede vuesa merced creer, respondió
el pastor, que yo le he cotejado bien, y no hay señal en él que no
muestre y prometa que ha de ser un gran perro: agora se llegó aquí,
y no sé cúyo sea, aunque sé que no es de los rebaños de la redonda.
Pues así es, respondió el señor, ponle luego el collar de Leoncillo,
el perro que se murió, y denle la racion que á los demas, y acaríciale
todo cuanto pudieres, porque tome cariño al hato, y se quede de hoy
adelante en él. En diciendo esto se fué, y el pastor me puso luego
al cuello unas carlancas llenas de puntas de acero, habiéndome dado
primero en un dornajo gran cantidad de sopas en leche, y asimismo me
puso nombre, y me llamó Barcino. Vime harto y contento con el segundo
amo, y con el nuevo oficio: mostréme solícito y diligente en la guarda
del rebaño, sin apartarme dél sino las siestas que me iba á pasarlas
ó ya á la sombra de algun árbol, ó de algun ribazo, ó peña, ó á la de
alguna mata, ó á la márgen de algun arroyo de los muchos que por allí
corrian; y estas horas de mi sosiego no las pasaba ociosas, porque en
ellas ocupaba la memoria en acordarme de muchas cosas, especialmente en
la vida que habia tenido en el matadero, y en la que tenia mi amo, y
todos los que como él están sujetos á cumplir los gustos impertinentes
de sus amigas: ¡oh qué de cosas te pudiera decir ahora, de las que
aprendí en la escuela de aquella jifera dama de mi amo! pero habrélas
de callar, porque no me tengas por largo y por murmurador.
CIPION. Por haber oido decir que dijo un gran poeta de los antiguos,
que era difícil cosa el escribir sátiras, consentiré que murmures un
poco de luz y no de sangre; quiero decir, que señales, y no hieras ni
des mate á ninguno en cosa señalada: que no es buena la murmuracion,
aunque haga reir mucho, si mata á uno; y si puedes agradar sin ella, te
tendré por muy discreto.
BERGANZA. Yo tomaré tu consejo y esperaré con gran deseo que llegue
el tiempo en que me cuentes tus sucesos; que de quien tan bien sabe
conocer y enmendar los defectos que tengo en contar los mios, bien se
puede esperar que contará los suyos de manera que enseñen y deleiten
á un mismo punto. Pero anudando el roto hilo de mi cuento, digo,
que en aquel silencio y soledad de mis siestas, entre otras cosas
consideraba que no debia de ser verdad lo que habia oido contar de la
vida de los pastores, á lo ménos de aquellos que la dama de mi amo
leia en unos libros cuando yo iba á su casa, que todos trataban de
pastores y pastoras, diciendo que se les pasaba toda la vida cantando
y tañendo con gaitas, zampoñas, rabeles y churumbelas, y con otros
instrumentos estraordinarios: deteníame á oirla leer, y leia cómo
el pastor de Anfriso cantaba estremada y divinamente, alabando á la
sin par Belisarda, sin haber en todos los montes de Arcadia árbol en
cuyo tronco no se hubiese sentado á cantar desde que salia el sol
en los brazos de la Aurora, hasta que se ponia en los de Tétis; y
aun despues de haber tendido la negra noche por la faz de la tierra
sus negras y escuras alas, él no cesaba de sus bien cantadas y mejor
lloradas quejas: no se le quedaba entre renglones el pastor Elicio, mas
enamorado que atrevido, de quien decia que sin atender á sus amores
ni á su ganado, se entraba en los cuidados ajenos: decia tambien que
el gran pastor de Fílida, único pintor de un retrato, habia sido mas
confiado que dichoso: de los desmayos de Sireno y arrepentimiento de
Diana, decia que daba gracias á Dios y á la sabia Felicia, que con
su agua encantada deshizo aquella máquina de enredos, y aclaró aquel
laberinto de dificultades: acordábame de otros muchos libros que de
este jaez le habia oido leer, pero no eran dignos de traerlos á la
memoria.
CIPION. Aprovechándote vas, Berganza, de mi aviso; murmura, pica, y
pasa, y sea tu intencion limpia, aunque la lengua no lo parezca.
BERGANZA. En estas materias nunca tropieza la lengua, si no cae primero
la intencion; pero si acaso por descuido ó por malicia murmurare,
responderé á quien me reprendiere, lo que respondió Mauleon, poeta
tonto, y académico de burla de la academia de los Imitadores, á uno que
le preguntó qué queria decir _Deum de Deo_, y respondió que: dé donde
diere.
CIPION. Esta fué respuesta de un simple; pero tú, si eres discreto ó
lo quieres ser, nunca has de decir cosa de que debas dar disculpa: dí
adelante.