hermana, de lo que es buen testigo el cielo y mi conciencia: sabeis
asimismo la diligencia con que la he buscado, y el deseo que he tenido
de hallarla para casarme con ella, como se lo tengo prometido: ella
no parece, y mi palabra no ha de ser eterna: yo soy mozo, y no tan
esperto en las cosas del mundo, que no me deje llevar de las que me
ofrece el deleite á cada paso: la misma aficion que me hizo prometer
ser esposo de Cornelia, me llevó tambien á dar ántes que á ella palabra
de matrimonio á una labradora desta aldea, á quien pensaba dejar
burlada por acudir al valor de Cornelia, aunque no acudiera á lo que la
conciencia me pedia, que no fuera pequeña muestra de amor; pero pues
nadie se casa con mujer que no parece, ni es cosa puesta en razon,
que nadie busque la mujer que le deja por no hallar la prenda que le
aborrece: digo que veais, señor Lorenzo, qué satisfaccion puedo daros
del agravio que no os hice, pues jamas tuve intencion de hacérosle, y
luego quiero que me deis licencia para cumplir mi primera palabra, y
desposarme con la labradora, que ya está dentro desta casa.
En tanto que el duque esto decia, el rostro de Lorenzo se iba mudando
de mil colores, y no acertaba á estar sentado de una manera en la
silla, señales claras que la cólera le iba tomando posesion de todos
sus sentidos. Lo mismo pasaba por D. Juan y por D. Antonio, que luego
propusieron de no dejar salir al duque con su intencion, aunque le
quitasen la vida. Leyendo pues el duque en sus rostros sus intenciones,
dijo:
--Sosegáos, señor Lorenzo, que ántes que me respondais palabra, quiero
que la hermosura que veréis en la que quiero recebir por mi esposa, os
obligue á darme la licencia que os pedí; porque es tal y tan estremada,
que de mayores yerros será disculpa.
Esto dicho, se levantó donde Cornelia estaba riquísimamente adornada,
con todas las joyas que el niño tenia, y muchas mas. Cuando el duque
volvió las espaldas, se levantó D. Juan, y puestas ambas manos en los
dos brazos de la silla donde estaba sentado Lorenzo, al oido le dijo:
--Por Santiago de Galicia, señor Lorenzo, y por la fe de cristiano y de
caballero que tengo, que así deje yo salir con su intencion al duque
como volverme moro: aquí, aquí y en mis manos ha de dejar la vida,
ó ha de cumplir la palabra que á la señora Cornelia vuestra hermana
tiene dada, ó lo ménos nos ha de dar tiempo de buscarla, y hasta que de
cierto se sepa que es muerta, él no ha de casarse.
--Yo estoy dese parecer mismo, respondió Lorenzo.
--Pues del mismo estará mi camarada D. Antonio, replicó D. Juan.
En esto entró por la sala adelante Cornelia en medio del cura y del
duque, que la traia de la mano, detras de los cuales venian Sulpicia la
doncella de Cornelia, que el duque habia enviado por ella á Ferrara, y
las dos amas, la del niño y la de los caballeros.
Cuando Lorenzo vió á su hermana, y la acabó de refigurar y conocer, que
al principio la imposibilidad á su parecer de tal suceso no le dejaba
enterar en la verdad, tropezando en sus mismos piés, fué á arrojarse á
los del duque, que le levantó, y le puso en los brazos de su hermana:
quiero decir, que su hermana le abrazó con las muestras de alegría
posibles. D. Juan y D. Antonio dijeron al duque, que habia sido la mas
discreta y mas sabrosa burla del mundo. El duque tomó al niño, que
Sulpicia traia, y dándosele á Lorenzo, le dijo:
--Recebid, señor hermano, á vuestro sobrino y mi hijo, y ved si quereis
darme licencia que me case con esta labradora, que es la primera á
quien he dado palabra de casamiento.
Seria nunca acabar contar lo que respondió Lorenzo, lo que preguntó D.
Juan, lo que sintió D. Antonio, el regocijo del cura, la alegría de
Sulpicia, el contento de la consejera, el júbilo del ama, la admiracion
de Fabio, y finalmente el general contento de todos.
Luego el cura los desposó, siendo su padrino don Juan de Gamboa: y
entre todos se dió traza que aquellos desposorios estuviesen secretos
hasta ver en qué paraba la enfermedad, que tenia muy al cabo á la
duquesa su madre, y que en tanto la señora Cornelia se volviese á
Bolonia con su hermano. Todo se hizo así: la duquesa murió, Cornelia
entró en Ferrara alegrando al mundo con su vista, los lutos se
volvieron en galas, las amas quedaron ricas, Sulpicia por mujer de
Fabio, D. Antonio y D. Juan contentísimos de haber servido en algo al
duque, el cual les ofreció dos primas suyas por mujeres con riquísima
dote. Ellos dijeron que los caballeros de la nacion vizcaína por la
mayor parte se casaban en su patria; y que no por menosprecio, pues no
era posible, sino por cumplir su loable costumbre y la voluntad de sus
padres, que ya los debian de tener casados, no aceptaban tan ilustre
ofrecimiento.
El duque admitió su disculpa, y por modos honestos y honrosos, y
buscando ocasiones lícitas, les envió muchos presentes á Bolonia, y
algunos tan ricos y enviados á tan buena sazon y coyuntura, que aunque
pudieran no admitirse por no parecer que recebian paga, el tiempo en
que llegaban lo facilitaba todo: especialmente los que les envió al
tiempo de su partida para España, y los que les dió cuando fueron á
Ferrara á despedirse dél, y hallaron á Cornelia con otras dos criaturas
hembras, y al duque mas enamorado que nunca. La duquesa dió la cruz de
diamantes á D. Juan, y el _agnus_ á D. Antonio, que sin ser poderosos á
hacer otra cosa, las recebieron.
Llegaron á España y á su tierra, adonde se casaron con ricas,
principales y hermosas mujeres, y siempre tuvieron correspondencia con
el duque y la duquesa, y con el señor Lorenzo Bentibolli con grandísimo
gusto de todos.
EL CASAMIENTO ENGAÑOSO.
Salia del hospital de la Resurreccion, que está en Valladolid, fuera de
la puerta del Campo, un soldado que por servirle su espada de báculo, y
por la flaqueza de sus piernas y amarillez de su rostro, mostraba bien
claro que, aunque no era tiempo muy caluroso, debia de haber sudado en
veinte dias todo el humor que quizá granjeó en una hora: iba haciendo
pinitos, y dando traspiés como convaleciente; y al entrar por la puerta
de la ciudad, vió que hácia él venia un su amigo, á quien no habia
visto en mas de seis meses, el cual santiguándose, como si viera alguna
mala vision llegándose á él le dijo:
--¿Qué es esto, señor alférez Campuzano? ¿Es posible que está vuesa
merced en esta tierra? ¡Como quien soy, que le hacia en Flándes, ántes
terciando allá la pica, que arrastrando aquí la espada! ¿Qué color, qué
flaqueza es esa?
Á lo cual respondió Campuzano:
--Á lo si estoy en esta tierra, ó no, señor licenciado Peralta, el
verme en ella le responde: á las demas preguntas no tengo que decir,
sino que salgo de aquel hospital de sudar catorce cargas de bubas que
me echó á cuestas una mujer que escogí por mia, que no debiera.
--Luego ¿casóse vuesa merced? replicó Peralta.
--Sí, señor, respondió Campuzano.
--Seria por amores, dijo Peralta, y tales casamientos traen consigo
aparejada la ejecucion del arrepentimiento.
--No sabré decir si fué por amores, respondió el alférez, aunque sabré
afirmar que fué por dolores, pues de mi casamiento ó cansamiento, saqué
tantos en el cuerpo y en el alma, que los del cuerpo para entretenerlos
me cuestan cuarenta sudores, y los del alma no hallo remedio para
aliviarlos siquiera; pero porque no estoy para tener largas pláticas
en la calle, vuesa merced me perdone, que otro dia con mas comodidad
le daré cuenta de mis sucesos, que son los mas nuevos y peregrinos que
vuesa merced habrá oido en todos los dias de su vida.
--No ha de ser así, dijo el licenciado, sino que quiero que venga
conmigo á mi posada, y allí haremos penitencia juntos, que la olla es
muy de enfermo; y aunque está tasada para dos, un pastel suplirá con mi
criado, y si la convalecencia lo sufre, unas lonjas de jamon de Rute
nos harán la salva, y sobre todo la buena voluntad con que lo ofrezco,
no solo esta vez, sino todas las que vuesa merced quisiere.
Agradecióselo Campuzano, y aceptó el convite y los ofrecimientos.
Fueron á San Llorente, oyeron misa, llevóle Peralta á su casa, dióle lo
prometido, y ofreciósele de nuevo, y pidióle en acabando de comer, le
contase los sucesos que tanto le habian encarecido. No se hizo de rogar
Campuzano, ántes comenzó á decir desta manera.
--Bien se acordará vuesa merced, señor licenciado Peralta, cómo yo
hacia en esta ciudad camarada con el capitan Pedro de Herrera, que
ahora está en Flándes.
--Bien me acuerdo, respondió Peralta.
--Pues un dia, prosiguió Campuzano, que acabámos de comer en aquella
posada de la Solana, donde vivíamos, entraron dos mujeres de gentil
parecer con dos criadas: la una se puso á hablar con el capitan en
pié, arrimados á una ventana; y la otra se sentó en una silla junto
á mí, derribado el manto hasta la barba, sin dejar ver el rostro mas
de aquello que concedia la raridad del manto; y aunque le supliqué
por cortesía me hiciese merced de descubrirse, no fué posible
acabarlo con ella, cosa que me encendió mas el deseo de verle; y
para acrecentarle mas, ó ya fuese de industria, ó acaso, sacó la
señora una blanca mano, con muy buenas sortijas: estaba yo entónces
bizarrísimo, con aquella gran cadena que vuesa merced debió de
conocerme, el sombrero con plumas y cintillo, el vestido de colores á
fuer de soldado, y tan gallardo á los ojos de mi locura, que me daba
á entender que las podia matar en el aire: con todo esto le rogué
que se descubriese. Á lo que ella me respondió: No seais importuno,
casa tengo, haced á un paje que me siga, que aunque soy mas honrada
de lo que promete esta respuesta, todavía á trueco de ver si responde
vuestra discrecion á vuestra gallardía, holgaré de que me veais mas
despacio.
»Beséle las manos por la grande merced que me hacia, en pago de la cual
le prometí montes de oro. Acabó el capitan su plática. Ellas se fueron:
siguiólas un criado mio. Díjome el capitan que lo que la dama le queria
era que le llevase unas cartas á Flándes á otro capitan, que decia ser
su primo; aunque él sabia que no era, sino su galan.
»Yo quedé abrasado con las manos de nieve que habia visto, y muerto por
el rostro que deseaba ver; y así otro dia, guiándome mi criado, dióseme
libre entrada. Hallé una casa muy bien aderezada, y una mujer de hasta
treinta años, á quien conocí por las manos: no era hermosa en estremo,
pero éralo de suerte, que podia enamorar comunicada, porque tenia un
tono de habla tan suave, que se entraba por los oidos en el alma. Pasé
con ella luengos y amorosos coloquios: blasoné, hendí, rajé, ofrecí,
prometí y hice todas las demostraciones que me pareció ser necesarias
para hacerme bienquisto con ella; pero como ella estaba hecha á oir
semejantes ó mayores ofrecimientos y razones, parecia que les daba
atento oido, ántes que crédito alguno. Finalmente, nuestra plática se
pasó en flores cuatro dias que continué en visitalla, sin que llegase á
coger el fruto que deseaba.
»En el tiempo que la visité, siempre hallé la casa desembarazada,
sin que viese visiones en ella de parientes fingidos, ni de amigos
verdaderos: servíala una moza mas taimada que simple: finalmente,
tratando mis amores como soldado, que está víspera de mudar, apuré á mi
señora Doña Estefanía de Caicedo (que este es el nombre de la que así
me tiene), y respondióme: Señor alférez Campuzano, simplicidad seria,
si yo quisiese venderme á vuesa merced por santa; pecadora he sido, y
aun ahora lo soy; pero no de manera que los vecinos me murmuren, ni
los apartados me noten: ni de mis padres ni de otro pariente heredé
hacienda alguna, y con todo esto vale el menaje de mi casa bien
validos, dos mil y quinientos ducados; y estos en cosas, que puestas
en almoneda, lo que se tardare en ponellas, se tardará en convertirse
en dineros: con esta hacienda busco marido á quien entregarme, y á
quien tener obediencia; á quien juntamente con la enmienda de mi vida,
le entregaré una increible solicitud de regalarle y servirle; porque
no tiene príncipe cocinero mas goloso, ni que mejor sepa dar el punto
á los guisados, que le sé dar yo, cuando mostrando ser casera, me
quiero poner á ello: sé ser mayordomo en casa, moza en la cocina y
señora en la sala: en efecto sé mandar, y sé hacer que me obedezcan:
no desperdicio nada, y allego mucho: mi real no vale ménos, sino mucho
mas, cuando se gasta por mi órden: la ropa blanca que tengo, que es
mucha y muy buena, no se sacó de tiendas ni lenceros; estos pulgares
y los de mis criadas la hilaron, y si pudiera tejerse en casa, se
tejiera: digo estas alabanzas mias, porque no acarrean vituperio,
cuando es forzosa la necesidad de decirlas: finalmente quiero decir,
que yo busco marido que me ampare, me mande y me honre, y no galan
que me sirva y me vitupere: si vuesa merced gustare de aceptar la
prenda que se le ofrece, aquí estoy moliente y corriente, sujeta á
todo aquello que vuesa merced ordenare, sin andar en venta, que es lo
mismo andar en lenguas de casamenteros, y no hay ninguno tan bueno para
concertar el todo, como las mismas partes.
»Yo, que tenia entónces el juicio no en la cabeza, sino en los
carcañales, haciéndoseme el deleite en aquel punto mayor de lo que en
la imaginacion le pintaba, y ofreciéndoseme tan á la vista la cantidad
de hacienda, que ya la contemplaba en dineros convertida, sin hacer
otros discursos de aquellos á que daba lugar el gusto que me tenia
echados grillos al entendimiento, le dije que yo era el venturoso y
bienafortunado en haberme dado el cielo casi por milagro tal compañera
para hacerla señora de mi voluntad y de mi hacienda, que no era tan
poca, que no valiese con aquella cadena que traia al cuello, y con
otras joyuelas que tenia en casa, y con deshacerme de algunas galas
de soldado, mas de dos mil ducados, que juntos con los dos mil y
quinientos suyos, era suficiente cantidad para retirarnos á vivir á una
aldea de donde yo era natural, y adonde tenia algunas raíces, hacienda
tal, que sobrellevada con el dinero, vendiendo los frutos á su tiempo,
nos podia dar una vida alegre y descansada: en resolucion, aquella vez
se concertó nuestro desposorio, y se dió traza como los dos hiciésemos
informacion de solteros, y en los tres dias de fiesta, que vinieron
luego juntos en una pascua, se hicieron las amonestaciones, y al cuarto
dia nos desposámos, hallándose presentes al desposorio dos amigos mios,
y un mancebo que ella dijo ser primo suyo, á quien yo me ofrecí por
pariente con palabras de mucho comedimiento, como lo habian sido todas
las que hasta entónces á mi nueva esposa habia dado, con intencion tan
torcida y traidora que la quiero callar, porque aunque estoy diciendo
verdades, no son verdades de confesion, que no pueden dejar de decirse.
»Mudó mi criado el baul de la posada á casa de mi mujer: encerré en él
delante della mi magnífica cadena: mostréle otras tres ó cuatro, si no
tan grandes, de mejor hechura, con otros tres ó cuatro cintillos de
diversas suertes: hícele patentes mis galas y mis plumas, y entreguéle
para el gasto de casa hasta cuatrocientos reales que tenia. Seis dias
gocé del pan de la boda, espaciándome en casa como el yerno ruin en
la del suegro rico: pisé ricas alfombras, ajé sábanas de Holanda,
alumbréme con candeleros de plata, almorzaba en la cama, levantábame
á las once, comia á las doce, y á las dos sesteaba en el estrado;
bailábanme Doña Estefanía y la moza el agua delante; mi mozo, que hasta
allí le habia conocido perezoso y lerdo, se habia vuelto un corzo; el
rato que Doña Estefanía faltaba de mi lado, la habian de hallar en la
cocina toda solícita en ordenar guisados que me despertasen el gusto y
me avivasen el apetito; mis camisas, cuellos y pañuelos eran un nuevo
Aranjuez de flores, segun olian, bañados en la agua de ángeles y de
azahar, que sobre ellos se derramaba.
»Pasáronse estos dias volando, como se pasan los años que están debajo
de la jurisdicion del tiempo; en los cuales dias por verme tan regalado
y tan bien servido, iba mudando en buena la mala intencion con que
aquel negocio habia comenzado; al cabo de los cuales, una mañana (que
aun estaba con Doña Estefanía en la cama) llamaron con grandes golpes
á la puerta de la calle. Asomóse la moza á la ventana, y quitándose al
momento, dijo:
»--¡Oh, que sea ella la bien venida! ¿Han visto y cómo ha venido mas
presto de lo que escribió el otro dia?
»--¿Quién es la que ha venido, moza? le pregunté.
»--¿Quién? respondió ella, es mi señora Doña Clementa Bueso, y viene
con ella el señor D. Lope Melendez de Almendarez, con otros dos
criados, y Hortigosa, la dueña que llevó consigo.
»--Corre, moza, bien haya yo, y ábreles, dijo á este punto Estefanía;
y vos, señor, por mi amor, que no os alboroteis ni respondais por mí á
ninguna cosa que contra mí oyéredes.
»--Pues ¿quién ha de decir cosa que os ofenda, y mas estando yo
delante? decidme qué gente es esta, que me parece que os ha alborotado
su venida.
»--No tengo lugar de responderos, dijo Doña Estefanía; solo sabed que
todo lo que aquí pasare es fingido, y que tira á cierto designio y
efecto que despues sabréis.
»Y aunque quisiera replicarle á esto, no me dió lugar la señora
Doña Clementa Bueso, que se entró en la sala, vestida de raso verde
prensado, con muchos pasamanos de oro, capotillo de lo mismo y con la
misma guarnicion, sombrero con plumas verdes, blancas y encarnadas, y
con rico cintillo de oro, y con un delgado velo cubierto la mitad del
rostro. Entró con ella el señor D. Lope Melendez de Almendarez, no
ménos bizarro, que ricamente vestido de camino. La dueña Hortigosa fué
la primera que habló, diciendo:
»--¡Jesus! ¿Qué es esto? ¡Ocupado el lecho de mi señora Doña Clementa,
y mas con ocupacion de hombre! milagros veo hoy en esta casa: á fe que
se ha ido bien del pié á la mano la señora Doña Estefanía, fiada en la
amistad de mi señora.
»--Yo te lo prometo, Hortigosa, replicó Doña Clementa; pero yo, yo me
tengo la culpa: ¡que jamas escarmiente yo en tomar amigas, que no lo
saben ser sino es cuando les viene á cuento!
»Á todo lo cual respondió Doña Estefanía:
»--No reciba vuesa merced pesadumbre, mi señora Doña Clementa Bueso, y
entienda que no sin misterio ve lo que ve en esta su casa, que cuando
lo sepa, yo sé que quedaré disculpada y vuesa merced sin ninguna queja.
»En esto ya me habia puesto yo en calzas y en jubon, y tomándome Doña
Estefanía por la mano, me llevó á otro aposento, y allí me dijo, que
aquella su amiga queria hacer una burla á aquel D. Lope que venia con
ella, con quien pretendia casarse, y que la burla era darle á entender
que aquella casa y cuanto estaba en ella era todo suyo, de lo cual
pensaba hacerle carta de dote; y que hecho el casamiento, se le daba
poco que se descubriese el engaño, fiada en el grande amor que el D.
Lope la tenia.
»--Y luego se me volverá lo que es mio, y no se le tendrá á mal á ella
ni á otra mujer alguna, de que procure buscar marido honrado, aunque
sea por medio de cualquier embuste.
»Yo le respondí que era grande estremo de amistad el que queria hacer,
y que primero se mirase bien en ello, porque despues podria ser tener
necesidad de valerse de la justicia para cobrar su hacienda. Pero ella
me respondió con tantas razones, representando tantas obligaciones
que la obligaban á servir á Doña Clementa, aun en cosas de mas
importancia, que mal de mi grado y con remordimiento de mi juicio hube
de condescender con el gusto de Doña Estefanía; asegurándome ella que
solos ocho dias podia durar el embuste, los cuales estaríamos en casa
de otra amiga suya.
»Acabámonos de vestir ella y yo, y luego entrándose á despedir de la
señora Doña Clementa Bueso y del señor D. Lope Melendez de Almendarez,
hizo á mi criado que se cargase el baul, y que la siguiese, á quien yo
tambien seguí, sin despedirme de nadie.
»Paró Doña Estefanía en casa de una amiga suya, y ántes que entrásemos
dentro, estuvo un buen espacio hablando con ella, al cabo del cual
salió una moza, y dijo que entrásemos yo y mi criado. Llevónos á un
aposento estrecho, en el cual habia dos camas tan juntas que parecian
una, á causa que no habia espacio que las dividiese, y las sábanas de
entrambas se besaban.
»En efecto, allí estuvimos seis dias, y en todos ellos no se pasó hora
que no tuviésemos pendencia, diciéndole la necedad que habia hecho en
haber dejado su casa y su hacienda, aunque fuera á su misma madre. En
esto iba yo y venia por momentos, tanto, que la huéspeda de casa un dia
que Doña Estefanía dijo que iba á ver en qué término estaba su negocio,
quiso saber de mí qué era la causa que me movia á reñir tanto con ella,
y qué cosa habia hecho que tanto se la afeaba, diciéndole que habia
sido necedad notoria, mas que amistad perfecta. Contéle todo el cuento,
y cuando llegué á decir que me habia casado con Doña Estefanía, y la
dote que trujo, y la simplicidad que habia hecho en dejar su casa y
hacienda á Doña Clementa, aunque fuese con tan sana intencion, como era
alcanzar tan principal marido como D. Lope, se comenzó á santiguar y
hacerse cruces con tanta priesa, y con tanto ¡Jesus, Jesus, de la mala
hembra! que me puso en gran turbacion, y al fin me dijo:
»--Señor alférez, no sé si voy contra mi conciencia en descubriros lo
que me parece que tambien la cargaria, si lo callase; pero á Dios y
á ventura, sea lo que fuere, viva la verdad, y muera la mentira. La
verdad es, que Doña Clementa Bueso es la verdadera señora de la casa y
de la hacienda de que os hicieron la dote: la mentira es todo cuanto
os ha dicho Doña Estefanía, que ni ella tiene casa, ni hacienda, ni
otro vestido del que trae puesto; y el haber tenido lugar y espacio
para hacer este embuste, fué que Doña Clementa fué á visitar unos
parientes suyos á la ciudad de Plasencia, y de allí fué á tener novenas
en Nuestra Señora de Guadalupe, y en este entre tanto dejó en su casa
á doña Estefanía que mirase por ella, porque en efecto son grandes
amigas; aunque bien mirado, no hay que culpar á la pobre señora, pues
ha sabido granjear á una tal persona, como la del señor alférez por
marido.
»Aquí dió fin á su plática, y yo di principio á desesperarme, y sin
duda lo hiciera, si tantico se descuidara el ángel de mi guarda
en socorrerme, acudiendo á decirme en el corazon que mirase que
era cristiano, y que el mayor pecado de los hombres era el de la
desesperacion, por ser pecado de demonios. Esta consideracion, ó buena
inspiracion, me confortó algo; pero no tanto que dejase de tomar mi
capa y espada, y salir á buscar á Doña Estefanía, con presupuesto de
hacer en ella un ejemplar castigo; pero la suerte, que no sabré decir
si mis cosas empeoraba ó mejoraba, ordenó que en ninguna parte donde
pensé hallar á Doña Estefanía, la hallase: fuíme á San Llorente,
encomendéme á Nuestra Señora, sentéme sobre un escaño, y con la
pesadumbre me tomó un sueño tan pesado, que no despertara tan presto,
si no me despertaran: fuí lleno de pensamientos y congojas á casa de
Doña Clementa, y halléla con tanto reposo como señora de su casa; no le
osé decir nada, porque estaba el señor D. Lope delante: volví en casa
de mi huéspeda, que me dijo haber contado á Doña Estefanía, cómo yo
sabia toda su maraña y embuste, y que ella le preguntó qué semblante
habia yo mostrado con tal nueva, y que le habia respondido que muy
malo, y que á su parecer habia salido yo con mala intencion y con peor
determinacion á buscarla: díjome finalmente, que Doña Estefanía se
habia llevado cuanto en el baul tenia, sin dejarme en él sino un solo
vestido de camino.
»Aquí fué ello, aquí me tuvo de nuevo Dios de su mano: fuí á ver mi
baul, y halléle abierto, y como sepultura que esperaba cuerpo difunto,
y á buena razon habia de ser el mio, si yo tuviera entendimiento para
saber sentir y ponderar tamaña desgracia.
--Bien grande fué, dijo á esta sazon el licenciado Peralta, haberse
llevado Doña Estefanía tanta cadena y tanto cintillo; que como suele
decirse, todos los duelos, etc.
--Ninguna pena me dió esa falta, respondió el alférez, pues tambien
podré decir: Pensóse D. Simueque que me engañaba con su hija la tuerta,
y por el Dios contrecho soy de un lado.
--No sé á qué propósito puede vuesa merced decir eso, respondió Peralta.
--El propósito es, respondió el alférez, de que toda aquella balumba y
aparato de cadenas, cintillos y brincos, podia valer hasta diez ó doce
escudos.
--Eso no es posible, replicó el licenciado, porque la que el señor
alférez traia al cuello, mostraba pesar mas de docientos ducados.
--Así fuera, respondió el alférez, si la verdad respondiera al parecer;
pero como no es todo oro lo que reluce, las cadenas, cintillos, joyas,
brincos, con solo ser de alquimia se contentaron, pero estaban tan bien
hechas, que solo el toque ó el fuego podia descubrir su malicia.
--Desa manera, dijo el licenciado, entre vuesa merced y la señora Doña
Estefanía, pata es la traviesa.
--Y tan pata, respondió el alférez, que podemos volver á barajar; pero
el daño está, señor licenciado, en que ella se podrá deshacer de mis
cadenas, y yo no de la falsía de su término; y en efecto, mal que me
pese es prenda mia.
--Dad gracias á Dios, señor Campuzano, dijo Peralta, que fué prenda con
piés, y que se os ha ido, y que no estais obligado á buscarla.
--Así es, respondió el alférez; pero con todo esto, sin que la busque
la hallo siempre en la imaginacion, y adonde quiera que estoy tengo mi
afrenta presente.
--No sé qué responderos, dijo Peralta, sino es traeros á la memoria dos
versos de Petrarca, que dicen: