mujer sobre una pia, vestida de camino, y el rostro cubierto con una
mascarilla, ó por mejor encubrirse, ó por guardarse del sol y del aire.
Paró el caballo D. Juan en medio del camino, y estuvo con el rostro
descubierto á que llegasen los caminantes, y en llegando cerca, el
talle, el brio, el poderoso caballo, la bizarría del vestido y las
luces de los diamantes, llevaron tras sí los ojos de cuantos allí
venian, especialmente los del duque de Ferrara, que era uno dellos, el
cual como puso los ojos en el cintillo, luego se dió á entender que
el que le traia era D. Juan de Gamboa, el que le habia librado en la
pendencia; y tan de veras aprendió esta verdad, que sin hacer otro
discurso, arremetió su caballo hácia D. Juan, diciendo:
--No creo que me engañaré en nada, señor caballero, si os llamo D. Juan
de Gamboa, que vuestra gallarda disposicion y el adorno dese capelo me
lo están diciendo.
--Así es la verdad, respondió D. Juan, porque jamas supe ni quise
encubrir mi nombre: pero decidme, señor, quién sois, porque yo no caiga
en alguna descortesía.
--Eso será imposible, respondió el duque, que para mí tengo que no
podeis ser descortés en ningun caso: con todo eso os digo, señor D.
Juan, que yo soy el duque de Ferrara, y el que está obligado á serviros
todos los dias de su vida, pues no ha cuatro noches que vos se la
disteis.
No acabó de decir esto el duque, cuando D. Juan, con estraña lijereza,
saltó del caballo, y acudió á besar los piés del duque; pero por presto
que llegó, ya el duque estaba fuera de la silla, de modo que se acabó
de apear en brazos de D. Juan.
El señor Lorenzo, que desde algo léjos miraba estas ceremonias, no
pensando que lo eran de cortesía, sino de cólera, arremetió su caballo;
pero en la mitad del repelon le detuvo, porque vió abrazados muy
estrechamente al duque y á D. Juan, que ya habia conocido al duque.
El duque, por cima de los hombros de don Juan, miró á Lorenzo, y
conocióle, de cuyo conocimiento algun tanto se sobresaltó, y así como
estaba abrazado preguntó á D. Juan si Lorenzo Bentibolli, que allí
estaba, venia con él ó no. Á lo cual D. Juan respondió:
--Apartémonos algo de aquí, y contaréle á vuestra Escelencia grandes
cosas.
Hízolo así el duque, y D. Juan le dijo:
--Señor, Lorenzo Bentibolli, que allí veis, tiene una queja de vos, no
pequeña: dice que habrá cuatro noches que sacastes á su hermana, la
señora Cornelia, de casa de una prima suya, y que la habeis engañado
y deshonrado, y quiere saber de vos qué satisfacion le pensais hacer,
para que él vea lo que le conviene: pidióme que fuese su valedor y
medianero: yo se lo ofrecí, porque por los barruntos que él me dió de
la pendencia, conocí que vos, señor, érades el dueño deste cintillo,
que por liberalidad y cortesía vuestra quisistes que fuese mio, y
viendo que ninguno podia hacer vuestras partes mejor que yo, como ya he
dicho, le ofrecí mi ayuda: querria yo agora, señor, me dijésedes lo que
sabeis acerca deste caso, y si es verdad lo que Lorenzo dice.
--¡Ay, amigo! respondió el duque; es tan verdad, que no me atreveria á
negarla aunque quisiese: yo no he engañado ni sacado á Cornelia, aunque
sé que falta de la casa que dice: no la he engañado, porque la tengo
por mi esposa: no la he sacado, porque no sé della: si públicamente
no celebré mis desposorios, fué porque aguardaba que mi madre (que
está ya en lo último) pasase desta á mejor vida, que tiene deseo que
sea mi esposa la señora Livia, hija del duque de Mantua, y por otros
inconvenientes quizá mas eficaces que los dichos, y no conviene que
ahora se digan: lo que pasa es que la noche que me socorristes, la
habia de traer á Ferrara, porque estaba ya en el mes de dar á la luz la
prenda que ordenó el cielo que en ella depositase; ó ya fuese por la
riña, ó ya por mi descuido, cuando llegué á su casa hallé que salia la
secretaria de nuestros conciertos: preguntéle por Cornelia, díjome que
ya habia salido, y que aquella noche habia parido un niño, el mas bello
del mundo, y que se le habia dado á un Fabio mi criado: la doncella
es aquella que allí viene: el Fabio está aquí, y el niño ni Cornelia
no parecen: y yo he estado estos dos dias en Bolonia, esperando y
escudriñando oir algunas nuevas de Cornelia, pero no he sentido nada.
--Dese modo, señor, dijo D. Juan, que cuando Cornelia y vuestro hijo
pareciesen ¿no negaréis ser vuestra esposa y él vuestro hijo?
--No por cierto; porque aunque me precio de caballero, mas me precio
de cristiano; y mas que Cornelia es tal, que merece ser señora de un
reino: pareciese ella, y viva ó muera mi madre, que el mundo sabrá, que
si supe ser amante, supe la fe que di en secreto guardarla en público.
--Luego ¿bien diréis, dijo D. Juan, lo que á mí me habeis dicho, á
vuestro hermano el señor Lorenzo?
--Antes me pesa, respondió el duque, de que tarde tanto en saberlo.
Al instante hizo D. Juan señas á Lorenzo que se apease y viniese donde
ellos estaban, como lo hizo, bien ajeno de pensar la buena nueva que le
esperaba. Adelantóse el duque á recebirle con los brazos abiertos, y la
primera palabra que le dijo fué llamarle hermano.
Apénas supo Lorenzo responder á salutacion tan amorosa, ni á tan cortés
recebimiento; y estando así suspenso, ántes que hablase palabra, D.
Juan le dijo:
--El duque, señor Lorenzo, confiesa la conversacion secreta que ha
tenido con vuestra hermana la señora Cornelia: confiesa asimismo que es
su legítima esposa, y que como lo dice aquí lo dirá públicamente cuando
se ofreciere: concede asimismo que fué ha cuatro noches á sacarla
de casa de su prima para traerla á Ferrara, y aguardar coyuntura de
celebrar sus bodas, que las ha dilatado por justísimas causas que me
ha dicho: dice asimismo la pendencia que con vos tuvo, y que cuando
fué por Cornelia encontró con Sulpicia, su doncella, que es aquella
mujer que allí viene, de quien supo que Cornelia no habia una hora que
habia parido, y que ella dió la criatura á un criado del duque, y que
luego Cornelia, creyendo que estaba allí el duque, habia salido de
casa medrosa, porque imaginaba que ya vos, señor Lorenzo, sabíades sus
tratos. Sulpicia no dió el niño al criado del duque, sino á otro en
su cambio: Cornelia no parece, él se culpa de todo, y dice que cada y
cuando que la señora Cornelia parezca, la recebirá como á su verdadera
esposa: mirad, señor Lorenzo, si hay mas que decir, ni mas que desear,
sino es el hallazgo de las dos tan ricas como desgraciadas prendas.
Á esto respondió el señor Lorenzo, arrojándose á los piés del duque,
que porfiaba por levantarlo:
--De vuestra cristiandad y grandeza, serenísimo señor y hermano mio,
no podíamos mi hermana y yo esperar menor bien del que á entrambos nos
haceis: á ella en igualarla con vos, y á mí en ponerme en el número de
vuestros criados.
Ya en esto se le arrasaban los ojos de lágrimas, y al duque lo mismo,
enternecidos, el uno con la pérdida de su esposa, y el otro con el
hallazgo de tan buen cuñado; pero considerando que pareceria flaqueza
dar muestras con lágrimas de tanto sentimiento, las reprimieron y
volvieron á encerrar en los ojos; y los de D. Juan alegres casi les
pedian las albricias de haber parecido Cornelia y su hijo, pues los
dejaba en su misma casa.
En esto estaban, cuando se descubrió D. Antonio de Isunza, que fué
conocido de D. Juan en el cuartago desde algo léjos, pero cuando
llegó cerca se paró, y vió los caballos de D. Juan y de Lorenzo, que
los mozos tenian del diestro y acullá desviados: conoció á D. Juan y
á Lorenzo, pero no al duque, y no sabia qué hacerse, si llegaria ó
no adonde D. Juan estaba: y llegándose á los criados del duque, les
preguntó si conocian á aquel caballero que con los otros dos estaba,
señalando al duque. Fuéle respondido, ser el duque de Ferrara: con que
quedó mas confuso y ménos sin saber qué hacerse; pero sacóle de su
perplejidad D. Juan llamándole por su nombre. Apeóse D. Antonio, viendo
que todos estaban á pié, y llegóse á ellos: recebióle el duque con
mucha cortesía, porque D. Juan le dijo que era su camarada. Finalmente,
D. Juan contó á D. Antonio todo lo que con el duque le habia sucedido
hasta que él llegó. Alegróse en estremo D. Antonio, y dijo á D. Juan:
--¿Por qué, señor D. Juan, no acabais de poner la alegría y el contento
destos señores en su punto, pidiendo las albricias del hallazgo de la
señora Cornelia y de su hijo?
--Si vos no llegárades, señor D. Antonio, yo las pidiera, pero pedidlas
vos, que yo aseguro que os las den de muy buena gana.
Como el duque y Lorenzo oyeron tratar del hallazgo de Cornelia y de
albricias, preguntaron qué era aquello.
--¿Qué ha de ser, respondió D. Antonio, sino que yo quiero hacer
un personaje en esta trágica comedia, y ha de ser el que pide las
albricias del hallazgo de la señora Cornelia y de su hijo, que quedan
en mi casa?
Y luego les contó punto por punto todo lo que hasta aquí se ha dicho:
de lo cual el duque y el señor Lorenzo recebieron tanto placer y gusto,
que D. Lorenzo se abrazó con D. Juan, y el duque con D. Antonio; el
duque prometiendo todo su Estado en albricias, y el señor Lorenzo
su hacienda, su vida y su alma. Llamaron á la doncella, que entregó
á D. Juan la criatura, la cual habiendo conocido á Lorenzo, estaba
temblando: preguntáronle si conoceria al hombre á quien habia dado el
niño. Dijo que no, sino que ella le habia preguntado si era Fabio, y él
habia respondido que sí, y con esta buena fe se le habia entregado.
--Así es la verdad, respondió D. Juan; y vos, señora, cerrastes la
puerta luego, y me dijistes que la pusiese en cobro y diese luego la
vuelta.
--Así es, señor, respondió la doncella llorando.
Y el duque dijo:
--Ya no son menester lágrimas aquí, sino júbilos y fiestas: el caso
es, que yo no tengo de entrar en Ferrara, sino dar la vuelta luego á
Bolonia, porque todos estos contentos son en sombra hasta que los haga
verdaderos la vista de Cornelia.
Y sin mas decir, de comun consentimiento dieron la vuelta á Bolonia.
Adelantóse D. Antonio para apercebir á Cornelia, por no sobresaltarla
con la improvisa llegada del duque y de su hermano; pero como no la
halló ni los pajes le supieron decir nuevas della, quedó el mas triste
y confuso hombre del mundo; y como vió que faltaba el ama, imaginó que
por su industria faltaba Cornelia. Los pajes le dijeron que faltó el
ama el mismo dia que ellos habian faltado, y que la Cornelia por quien
preguntaba, nunca ellos la vieron. Fuera de sí quedó D. Antonio con el
no pensado caso, temiendo que quizá el duque los tendria por mentirosos
ó embusteros, ó quizá imaginaria otras peores cosas, que redundasen
en perjuicio de su honra y del buen crédito de Cornelia. En esta
imaginacion estaba, cuando entraron el duque, y D. Juan y Lorenzo, que
por calles desusadas y encubiertas, dejando la demas gente fuera de la
ciudad, llegaron á la casa de D. Juan, y hallaron á D. Antonio sentado
en una silla, con la mano en la mejilla, y con una color de muerto.
Preguntóle D. Juan qué mal tenia y dónde estaba Cornelia. Respondió D.
Antonio:
--¿Qué mal quereis que no tenga? pues Cornelia no parece, que con el
ama que la dejamos para su compañía, el mismo dia que de aquí faltámos,
faltó ella.
Poco le faltó al duque para espirar, y á Lorenzo para desesperarse,
oyendo tales nuevas. Finalmente, todos quedaron turbados, suspensos é
imaginativos. En esto se llegó un paje á D. Antonio, y al oido le dijo:
--Señor, Santisteban, el paje del señor don Juan, desde el dia que
vuesas mercedes se fueron, tiene una mujer muy bonita encerrada en su
aposento, y yo creo que se llama Cornelia, que así la he oido llamar.
Alborótose de nuevo D. Antonio, y mas quisiera que no hubiera parecido
Cornelia, que sin duda pensó que era la que el paje tenia escondida,
que no que la hallaran en tal lugar. Con todo eso no dijo nada, sino
callando se fué al aposento del paje, y halló cerrada la puerta, y que
el paje no estaba en casa: llegóse á la puerta, y dijo con voz baja:
--Abrid, señora Cornelia, y salid á recebir á vuestro hermano y al
duque vuestro esposo, que vienen á buscaros.
Respondiéronle de dentro: ¿Hacen burla de mí? pues en verdad que no soy
tan fea ni tan desdichada que no podian buscarme duques y condes, y eso
se merece la persona que trata con pajes.
Por las cuales palabras entendió D. Antonio que no era Cornelia la que
respondia. Estando en esto vino Santisteban el paje, y acudió luego á
su aposento, y hallando allí á D. Antonio, que pedia que le trujesen
las llaves que habia en casa, por ver si alguna hacia á la puerta, el
paje hincado de rodillas, y con la llave en la mano le dijo:
--El ausencia de vuesas mercedes, y mi bellaquería, por mejor decir, me
hizo traer una mujer estas tres noches á estar conmigo: suplico á vuesa
merced, señor D. Antonio de Isunza, así oiga buenas nuevas de España,
que si no lo sabe mi señor D. Juan de Gamboa, que no se lo diga, que yo
la echaré al momento.
--Y ¿cómo se llama la tal mujer? preguntó D. Antonio.
--Llámase Cornelia, respondió el paje.
El paje que habia descubierto la celada, que no era muy amigo de
Santisteban, ni se sabe si simplemente ó con malicia bajó donde estaban
el duque, D. Juan y Lorenzo, diciendo:
--Tómame el paje, por Dios que le han hecho gormar á la señora
Cornelia: escondidita la tenia: á buen seguro que no quisiera él que
hubieran venido los señores para alargar el _gaudeamus_ tres ó cuatro
dias mas.
Oyó esto Lorenzo, y preguntóle:
--¿Qué es lo que decís, gentilhombre? ¿Dónde está Cornelia?
--Arriba, respondió el paje.
Apénas oyó esto el duque, cuando como un rayo subió la escalera arriba
á ver á Cornelia, que imaginó que habia parecido, y dió luego en el
aposento donde estaba D. Antonio, y entrando dijo:
--¿Dónde está Cornelia, dónde está la vida de la vida mia?
--Aquí está Cornelia, respondió una mujer que estaba envuelta en una
sábana de la cama, y cubierto el rostro, y prosiguió diciendo: ¡Válanos
Dios! ¿es este algun buey de hurto? ¿Es cosa nueva dormir una mujer con
un paje, para hacer tantos milagrones?
Lorenzo que estaba presente, con despecho y cólera tiró de un cabo de
la sábana, y descubrió una mujer moza y no de mal parecer, la cual de
vergüenza se puso las manos delante del rostro y acudió á tomar sus
vestidos, que le servian de almohada, porque la cama no la tenia, y en
ellos vieron que debia de ser alguna pícara de las perdidas del mundo.
Preguntóle el duque que si era verdad que se llamaba Cornelia:
respondió que sí, y que tenia muy honrados parientes en la ciudad, y
nadie dijese desta agua no beberé. Quedó tan corrido el duque, que casi
estuvo por pensar si hacian los españoles burla dél; pero por no dar
lugar á tan mala sospecha, volvió las espaldas, y sin hablar palabra,
siguiéndole Lorenzo, subieron en sus caballos y se fueron, dejando á D.
Juan y á D. Antonio harto mas corridos que ellos iban, y determinaron
de hacer las diligencias posibles y aun imposibles en buscar á
Cornelia y satisfacer al duque de su verdad y buen deseo. Despidieron
á Santisteban por atrevido, y echaron á la pícara Cornelia, y en aquel
punto se les vino á la memoria que se les habia olvidado de decir al
duque las joyas del _agnus_ y la cruz de diamantes que Cornelia les
habia ofrecido, pues con estas señas creeria que Cornelia habia estado
en su poder, y que si faltaba no habia estado en su mano. Salieron á
decirle esto, pero no le hallaron en casa de Lorenzo, donde creyeron
que estaria: á Lorenzo sí, el cual les dijo que sin detenerse un punto
se habia vuelto á Ferrara, dejándole órden de buscar á su hermana.
Dijéronle lo que iban á decirle, pero Lorenzo les dijo que el duque
iba muy satisfecho de su buen proceder, y que entrambos habian echado
la falta de Cornelia á su mucho miedo, y que Dios seria servido de
que pareciese, pues no habia de haber tragado la tierra al niño, y
al ama, y á ella. Con esto se consolaron todos, y no quisieron hacer
la inquisicion de buscalla por bandos públicos, sino por diligencias
secretas, pues de nadie sino de su prima se sabia su falta; y entre los
que no sabian la intencion del duque, correria riesgo el crédito de su
hermana, si la pregonasen, y ser gran trabajo andar satisfaciendo á
cada uno de las sospechas que una vehemente presuncion les infunde.
Siguió su viaje el duque, y la buena suerte, que iba disponiendo
su ventura, hizo que llegase á la aldea del cura, donde ya estaban
Cornelia, y el niño, y su ama y la consejera; y ellas le habian dado
cuenta de su vida, y pedídole consejo de lo que harian.
Era el cura grande amigo del duque, en cuya casa, acomodada á lo de
clérigo rico y curioso, solia el duque venirse desde Ferrara muchas
veces, y desde allí salia á caza, porque gustaba mucho así de la
curiosidad del cura, como de su donaire, que le tenia en cuanto decia
y hacia. No se alborotó por ver al duque en su casa, porque como se ha
dicho no era la vez primera; pero descontentóle verle venir triste,
porque luego echó de ver que con alguna pasion traia ocupado el ánimo.
Entreoyó Cornelia que el duque de Ferrara estaba allí, y turbóse en
estremo, por no saber con qué intencion venia: torcíase las manos, y
andaba de una parte á otra, como persona fuera de sentido: quisiera
hablar Cornelia al cura, pero estaba entreteniendo al duque, y no tenia
lugar de hablarle.
El duque le dijo:
--Yo vengo, padre mio, tristísimo, y no quiero hoy entrar en Ferrara,
sino ser vuestro huésped; decid á los que vienen conmigo, que pasen á
Ferrara, y que solo se quede Fabio.
Hízolo así el buen cura, y luego fué á dar órden como regalar y servir
al duque, y con esta ocasion le pudo hablar Cornelia, la cual tomándole
de las manos le dijo:
--¡Ay, padre y señor mio! y ¿qué es lo que quiere el duque? por amor de
Dios, señor, que le dé algun toque en mi negocio, y procure descubrir
y tomar algun indicio de su intencion; en efeto, guíelo como mejor le
pareciere y su mucha discrecion le aconsejare.
Á esto le respondió el cura:
--El duque viene triste, hasta ahora no me ha dicho la causa: lo que
se ha de hacer es, que luego se aderece ese niño muy bien, y ponedle,
señora, las joyas todas que tuviéredes, principalmente las que os
hubiere dado el duque, y dejadme hacer, que yo espero en el cielo, que
hemos de tener hoy un buen dia.
Abrazóle Cornelia, y besóle la mano, y retiróse á aderezar y componer
el niño. El cura salió á entretener al duque en tanto que se hacia hora
de comer, y en el discurso de su plática preguntó el cura al duque, si
era posible saberse la causa de su melancolía, porque sin duda de una
legua se echaba de ver que estaba triste.
--Padre, respondió el duque, claro está que las tristezas del corazon
salen al rostro; en los ojos se lee la relacion de lo que está en el
alma; y lo peor es, que por ahora no puedo comunicar mi tristeza con
nadie.
--Pues en verdad, señor, respondió el cura, que si estuviérades para
ver cosas de gusto, que os enseñara yo una, que tengo para mí que os le
causara y grande.
--Simple seria, respondió el duque, aquel que ofreciéndole el alivio de
su mal, no quisiese recebirle: por vida mia, padre, que me mostreis eso
que decís, que debe de ser alguna de vuestras curiosidades, que para mí
son todas de grandísimo gusto.
Levantóse el cura, y fué donde estaba Cornelia, que ya tenia adornado á
su hijo, y puéstole las ricas joyas de la cruz y del _agnus_, con otras
tres piezas preciosísimas, todas dadas del duque á Cornelia, y tomando
al niño entre sus brazos, salió adonde el duque estaba, y diciéndole
que se levantase, y se llegase á la claridad de una ventana, quitó al
niño de sus brazos, y le puso en los del duque, el cual cuando miró
y reconoció las joyas, y vió que eran las mismas que él habia dado á
Cornelia, quedó atónito; y mirando ahincadamente al niño, le pareció
que miraba su mismo retrato; y lleno de admiracion preguntó al cura
cúya era aquella criatura, que en su adorno y aderezo parecia hijo de
algun príncipe.
--No sé, respondió el cura, solo sé que habrá no sé cuántas noches,
que aquí me le trujo un caballero de Bolonia, y me encargó mirase por
él, y le criase, que era hijo de un valeroso padre, y de una principal
y hermosísima madre: tambien vino con el caballero una mujer para dar
leche al niño, á quien yo he preguntado si sabe algo de los padres
desta criatura, y responde que no sabe palabra; y en verdad que si la
madre es tan hermosa como el ama, que debe ser la mas hermosa mujer de
Italia.
--¿No la veríamos? preguntó el duque.
--Sí por cierto, respondió el cura; veníos, señor, conmigo, que si os
suspende el adorno y la belleza desa criatura, como creo que os ha
suspendido, el mismo efeto entiendo que ha de hacer la vista de su ama.
Quísole tomar la criatura el cura al duque, pero él no la quiso dejar,
ántes la apretó en sus brazos, y le dió muchos besos. Adelantóse el
cura un poco, y dijo á Cornelia que saliese sin turbacion alguna á
recebir al duque. Hízolo así Cornelia, y con el sobresalto le salieron
tales colores al rostro, que sobre el modo mortal la hermosearon.
Pasmóse el duque cuando la vió, y ella arrojándose á sus piés, se
los quiso besar. El duque sin hablar palabra dió el niño al cura, y
volviendo las espaldas se salió con gran priesa del aposento. Lo cual
visto por Cornelia, volviéndose al cura, dijo:
--¡Ay, señor mio! ¿si se ha espantado el duque de verme? ¿si me
tiene aborrecida? ¿si le he parecido fea? ¿si se le han olvidado las
obligaciones que me tiene? ¿no me hablará siquiera una palabra? ¿tanto
le cansaba ya su hijo, que así le arrojó de sus brazos?
Á todo lo cual no respondia palabra el cura, admirado de la huida del
duque, que así le pareció que fuese huida, ántes que otra cosa, y no
fué sino que salió á llamar á Fabio, y decirle:
--Corre, Fabio amigo, y á toda diligencia vuelve á Bolonia, y dí que al
momento Lorenzo Bentibolli, y los dos caballeros españoles, D. Juan de
Gamboa y D. Antonio de Isunza, sin poner escusa alguna, vengan luego á
esta aldea: mira, amigo, que vuelvas, y no te vengas sin ellos, que me
importa la vida el verlos.
No fué perezoso Fabio, que luego puso en efeto el mandamiento de su
señor.
El duque volvió luego adonde Cornelia estaba derramando hermosas y
cristalinas lágrimas: cogióla el duque en sus brazos, y añadiendo
lágrimas á lágrimas, mil veces le bebió el aliento de la boca,
teniéndoles el contento atadas las lenguas; y así en silencio honesto y
amoroso se gozaban los dos felices amantes y esposos verdaderos.
El ama del niño y la Crivela por lo ménos, como ella decia, que por
entre las puertas de otro aposento habian estado mirando lo que entre
el duque y Cornelia pasaba, de gozo se daban de calabazadas por las
paredes, que no parecia sino que habian perdido el juicio. El cura daba
mil besos al niño, que tenia en sus brazos, y con la mano derecha,
que desocupó, no se hartaba de echar bendiciones á los dos abrazados
señores. El ama del cura, que no se habia hallado presente al grave
caso, por estar ocupada aderezando la comida, cuando la tuvo en su
punto, entró á llamarlos que se sentasen á la mesa. Esto apartó los
estrechos abrazos, y el duque desembarazó al cura del niño, y le tomó
en sus brazos, y en ellos le tuvo todo el tiempo que duró la limpia
y bien sazonada, mas que suntuosa comida: y en tanto que comian, dió
cuenta Cornelia de todo lo que le habia sucedido hasta venir á aquella
casa por consejo de la ama de los dos caballeros españoles, que la
habian servido, amparado y guardado con el mas honesto y puntual decoro
que pudiera imaginarse. El duque le contó asimismo á ella todo lo que
por él habia pasado hasta aquel punto. Halláronse presentes las dos
amas, y hallaron en el duque grandes ofrecimientos y promesas. En todos
se renovó el gusto con el felice fin de su suceso, y solo esperaban á
colmarle y á ponerle en el estado mejor que acertara á desearse con la
venida de Lorenzo, de D. Juan y D. Antonio, los cuales de allí á tres
dias vinieron desalados y deseosos por saber si alguna nueva sabia el
duque de Cornelia, que Fabio, que los fué á llamar, no les pudo decir
ninguna cosa de su hallazgo, pues no la sabia.
Saliólos á recebir el duque á una sala ántes de donde estaba Cornelia,
y esto sin muestras de contento alguno, de que los recien venidos se
entristecieron. Hízolos sentar el duque, y él se sentó con ellos, y
encaminando su plática á Lorenzo, le dijo: