--Yo, señores, soy aquella que muchas veces habréis sin duda alguna

oido nombrar por ahí, porque la fama de mi belleza, tal cual ella

es, pocas lenguas hay que no la publiquen: soy en efeto Cornelia

Bentibolli, hermana de Lorenzo Bentibolli, que con deciros esto,

quizá habré dicho dos verdades: la una de mi nobleza, la otra de mi

hermosura. De pequeña edad quedé huérfana de padre y madre, en poder

de mi hermano, el cual desde niña puso en mi guarda el recato mismo,

puesto que mas confiaba de mi honrada condicion, que de la solicitud

que ponia en guardarme. Finalmente, entre paredes y entre soledades,

acompañada no mas que de mis criadas, fuí creciendo, y juntamente

conmigo crecia la fama de mi gentileza, sacada en público de los

criados y de aquellos que en secreto me trataban, y de un retrato que

mi hermano mandó hacer á un famoso pintor, para que, como él decia,

no quedase sin mí el mundo, ya que el cielo á mejor vida me llevase;

pero todo esto fuera poca parte para apresurar mi perdicion, si no

sucediera venir el duque de Ferrara á ser padrino de unas bodas de una

prima mia, donde me llevó mi hermano con sana intencion y por honra de

mi parienta: allí miré y fuí vista; allí, segun creo, rendí corazones,

avasallé voluntades; allí sentí que daban gusto las alabanzas, aunque

fuesen dadas por lisonjeras lenguas; allí, finalmente, vi al duque y

él me vió á mí, de cuya vista ha resultado verme ahora como me veo.

No os quiero decir, señores, porque seria proceder en infinito, los

términos, las trazas y los modos por donde el duque y yo vinimos

á conseguir al cabo de dos años los deseos que en aquellas bodas

nacieron; porque ni guardas, ni recatos, ni honrosas amonestaciones,

ni otra humana diligencia fué bastante para estorbar el juntarnos,

que en fin hubo de ser debajo de la palabra, que él me dió, de ser mi

esposo, porque sin ella fuera imposible rendir la roca de la valerosa

presuncion mia: mil veces le dije que públicamente me pidiese á mi

hermano, pues no era posible que me negase, y que no habia que dar

disculpas al vulgo de la culpa que le pondrian de la desigualdad de

nuestro casamiento, pues no desmentia en nada la nobleza del linaje

Bentibolli á la suya Estense. Á esto me respondió con escusas que yo

las tuve por bastantes y necesarias, y confiada como rendida, creí como

enamorada, y entreguéme de toda mi voluntad á la suya por intercesion

de una criada mia, mas blanda á las dádivas y promesas del duque, que

lo que debia á la confianza que de su fidelidad mi hermano hacia. En

resolucion, al cabo de pocos dias me sentí preñada, y ántes que mis

vestidos manifestasen mis libertades (por no darles otro nombre), me

fingí enferma y melancólica, y hice que mi hermano me trujese en casa

de aquella mi prima, de quien habia sido padrino el duque: allí le hice

saber en el término en que estaba y el peligro que me amenazaba, y la

poca seguridad que tenia de mi vida, por tener barruntos de que mi

hermano sospechaba mi desenvoltura: quedó de acuerdo entre los dos que

entrando en el mes mayor se lo avisase, que él vendria por mí con otros

amigos suyos, y me llevaria á Ferrara, donde en la sazon que esperaba

se casaria públicamente conmigo: esta noche en que estamos fué la del

concierto de su venida, y esta misma noche, estándole esperando, sentí

pasar á mi hermano con otros muchos hombres al parecer armados, segun

les crujian las armas, de cuyo sobresalto de improviso me sobrevino

el parto, y en un instante parí un hermoso niño. Aquella criada mia,

sabidora y medianera de mis hechos, que estaba ya prevenida para el

caso, envolvió la criatura en otros paños, que no los que tiene la que

á vuestra puerta echaron; y saliendo á la puerta de la calle, la dió,

á lo que ella dijo, á un criado del duque. Yo desde allí á un poco,

acomodándome lo mejor que pude (segun la presente necesidad), salí de

la casa, creyendo que estaba en la calle el duque, y no lo debiera

hacer hasta que él llegara á la puerta; mas el miedo que me habia

puesto la cuadrilla armada de mi hermano, creyendo que ya esgrimia

su espada sobre mi cuello, no me dejó hacer otro mejor discurso; y

así desatentada y loca salí donde me sucedió lo que habeis visto: y

aunque me veo sin hijo y sin esposo, y con temor de peores sucesos, doy

gracias al cielo, que me ha traido á vuestro poder, de quien me prometo

todo aquello que de la cortesía española puedo prometerme, y mas de la

vuestra, que la sabréis realzar por ser tan nobles como pareceis.

Diciendo esto, se dejó caer del todo encima del lecho, y acudiendo los

dos á ver si se desmayaba, vieron que no, sino que amargamente lloraba,

y díjole D. Juan:

--Si hasta aquí, hermosa señora, yo y D. Antonio, mi camarada, os

teníamos compasion y lástima por ser mujer, ahora que sabemos vuestra

calidad, la lástima y compasion pasa á ser obligacion precisa de

serviros: cobrad ánimo y no desmayeis, y aunque no acostumbrada á

semejantes casos, tanto mas mostraréis quién sois, cuanto mas con

paciencia supiéredes llevarlos: creed, señora, que imagino que estos

tan estraños sucesos han de tener un feliz fin, que no han de permitir

los cielos que tanta belleza se goce mal, y tan honestos pensamientos

se malogren: acostáos, señora, y curad de vuestra persona, que lo

habeis menester, que aquí entrará una criada nuestra que os sirva,

de quien podeis hacer la misma confianza que de nuestras personas:

tan bien sabrá tener en silencio vuestras desgracias, como acudir á

vuestras necesidades.

--Tal es la que tengo, que á cosas mas dificultosas me obliga,

respondió ella; entre, señor, quien vos quisiéredes, que encaminada por

vuestra parte, no puedo dejar de tenerla muy buena en la que menester

hubiere; pero con todo eso os suplico que no me vean mas que vuestra

criada.

--Así será, respondió D. Antonio.

Y dejándola sola se salieron, y D. Juan dijo al ama que entrase dentro,

y llevase la criatura con los ricos paños, si se los habia puesto. El

ama dijo que sí, y que ya estaba de la misma manera que él la habia

traido. Entró el ama advertida de lo que habia de responder á lo que

acerca de aquella criatura la señora que hallaria allí dentro le

preguntase.

En viéndola Cornelia, le dijo:

--Vengais en buen hora, amiga mia, dadme esa criatura, y llegadme aquí

esa vela.

Hízolo así el ama, y tomando el niño Cornelia en sus brazos, se turbó

toda, y le miró ahincadamente, y dijo al ama:

--Decidme, señora, ¿este niño y el que me trujisteis, ó me trujeron

poco há, es todo uno?

--Sí, señora, respondió el ama.

--Pues ¿cómo trae tan trocadas las mantillas? replicó Cornelia: en

verdad, amiga, que me parece ó que estas son otras mantillas, ó que

esta no es la misma criatura.

--Todo podia ser, respondió el ama.

--Pecadora de mí, dijo Cornelia, ¿cómo todo podia ser? ¿cómo es esto,

ama mia? que el corazon me revienta en el pecho hasta saber este

trueco: decídmelo, amiga, por todo aquello que bien quereis: digo que

me digais ¿de dónde habeis habido estas tan ricas mantillas? porque os

hago saber que son mias, si la vista no me miente ó la memoria no se

acuerda: con estas mismas ó otras semejantes entregué yo á mi doncella

la prenda querida de mi alma: ¿quién se las quitó? ¡ay desdichada! y

¿quién las trujo aquí? ¡ay sin ventura!

D. Juan y D. Antonio, que todas estas quejas escuchaban, no quisieron

que mas adelante pasase en ellas, ni permitieron que el engaño de las

trocadas mantillas mas la tuviese en pena, y así entraron, y D. Juan le

dijo:

--Esas mantillas y ese niño son cosa vuestra, señora Cornelia.

Y luego le contó punto por punto cómo él habia sido la persona á quien

su doncella habia dado el niño, y de cómo le habia traido á casa,

con el órden que habia dado al ama del trueco de las mantillas, y la

ocasion por que lo habia hecho; aunque despues que le contó su parto,

siempre tuvo por cierto que aquel era su hijo, y que si no se lo habia

dicho, habia sido porque tras el sobresalto del estar en duda de

conocerle, sobreviniese la alegría de haberle conocido.

Allí fueron infinitas las lágrimas de alegría de Cornelia, infinitos

los besos que dió á su hijo, infinitas las gracias que rindió á sus

favorecedores, llamándolos ángeles humanos de su guarda, y otros

títulos que de su agradecimiento daban notoria muestra. Dejáronla con

el ama, encomendándole mirase por ella, y la sirviese cuanto fuese

posible, advirtiéndola en el término en que estaba, para que acudiese á

su remedio, pues ella por ser mujer sabia mas de aquel menester que no

ellos.

Con esto se fueron á reposar lo que faltaba de la noche con intencion

de no entrar en el aposento de Cornelia, si no fuese ó que ella los

llamase, ó la necesidad precisa. Vino el dia, y el ama trujo á quien

secretamente y á escuras diese de mamar al niño, y ellos preguntaron

por Cornelia. Dijo el ama que reposaba un poco. Fuéronse á las

escuelas, y pasaron por la calle de la pendencia y por la casa de donde

habia salido Cornelia, por ver si era ya pública su falta, ó si hacian

corrillos della; pero en ningun modo sintieron ni oyeron cosa ni de la

riña, ni de la ausencia de Cornelia. Con esto, oidas sus lecciones, se

volvieron á su posada.

Llamólos Cornelia con el ama, á quien respondieron que tenian

determinado de no poner los piés en su aposento, para que con mas

decoro se guardase el que á su honestidad se debia; pero ella replicó

con lágrimas y con ruegos que entrasen á verla, que aquel era el decoro

mas conveniente, si no para su remedio, á lo ménos para su consuelo.

Hiciéronlo así, y ella los recebió con rostro alegre, y con mucha

cortesía: pidióles le hiciesen merced de salir por la ciudad, y ver si

oian algunas nuevas de su atrevimiento: respondiéronle que ya estaba

hecha aquella diligencia con toda curiosidad, pero que no se decia nada.

En esto llegó un paje, de tres que tenian, á la puerta del aposento, y

desde fuera dijo:

--Á la puerta está un caballero con dos criados, que dice se llama

Lorenzo Bentibolli, y busca á mi señor D. Juan de Gamboa.

Á este recado cerró Cornelia ambos puños, y se los puso en la boca, y

por entre ellos salió la voz baja y temerosa, y dijo:

--Mi hermano, señores, mi hermano es ese: sin duda debe haber sabido

que estoy aquí, y viene á quitarme la vida: socorro, señores, y amparo.

--Sosegáos, señora, le dijo D. Antonio, que en parte estais y en poder

de quien no os dejará hacer el menor agravio del mundo. Acudid vos,

señor D. Juan, y mirad lo que quiere ese caballero, y yo me quedaré

aquí á defender, si menester fuere, á Cornelia.

D. Juan sin mudar semblante bajó abajo, y luego D. Antonio hizo traer

dos pistoletes armados, y mandó á los pajes que tomasen sus espadas, y

estuviesen apercebidos. El ama viendo aquellas prevenciones, temblaba:

Cornelia temerosa de algun mal suceso, temia: solos D. Antonio y D.

Juan estaban en sí, y muy bien puestos en lo que habian de hacer. En la

puerta de la calle halló D. Juan á D. Lorenzo, el cual en viendo á D.

Juan, le dijo:

--Suplico á V. S. (que esta es la manera de Italia) me haga merced de

venirse conmigo á aquella iglesia que está allí frontero, que tengo un

negocio que comunicar con V. S. en que me va la vida y la honra.

--De muy buena gana, respondió D. Juan; vamos, señor, donde quisiéredes.

Dicho esto, mano á mano se fueron á la iglesia, sentándose en un

escaño, y en parte donde no pudiesen ser oidos. Lorenzo habló primero,

y dijo:

--Yo, señor español, soy Lorenzo Bentibolli, si no de los mas ricos, de

los mas principales desta ciudad; ser esta verdad tan notoria servirá

de disculpa de alabarme yo propio: quedé huérfano algunos años ha, y

quedó en mi poder una mi hermana, tan hermosa, que á no tocarme tanto,

quizá os la alabara de manera, que me faltaran encarecimientos por no

poder ningunos corresponder del todo á su belleza: ser yo honrado, y

ella muchacha y hermosa, me hacian andar solícito en guardarla; pero

todas mis prevenciones y diligencias las ha defraudado la voluntad

arrojada de mi hermana Cornelia, que este es su nombre: finalmente por

acortar, por no cansaros este que pudiera ser cuento largo, digo que

el duque de Ferrara, Alfonso de Este, con ojos de lince venció á los

de Argos, derribó y triunfó de mi industria, venciendo á mi hermana, y

anoche me la llevó y sacó de casa de una parienta nuestra, y aun dicen

que recien parida: anoche lo supe, y anoche le salí á buscar, y creo

que le hallé y acuchillé; pero fué socorrido de algun ángel, que no

consintió que con su sangre sacase la mancha de mi agravio: hame dicho

mi parienta, que es la que todo esto me ha dicho, que el duque engañó

á mi hermana debajo de palabra de recebirla por mujer: esto yo no lo

creo, por ser desigual el matrimonio en cuanto á los bienes de fortuna,

que en los de naturaleza el mundo sabe la calidad de los Bentibollis

de Bolonia: lo que creo es que él se atuvo á lo que se atienen los

poderosos, que quieren atropellar una doncella temerosa y recatada,

poniéndole á la vista el dulce nombre de esposo, haciéndola creer

que por ciertos respetos no se desposaba luego: mentiras aparentes

de verdades, pero falsas y mal intencionadas. Pero sea lo que fuere,

yo me veo sin hermana y sin honra, puesto que todo esto hasta agora,

por mi parte lo tengo puesto debajo de la llave del silencio, y no he

querido contar á nadie este agravio, hasta ver si le puedo remediar y

satisfacer en alguna manera; que las infamias mejor es que se presuman

y sospechen, que no que se sepan de cierto y distintamente, que entre

el sí y el no de la duda, cada uno puede inclinarse á la parte que

mas quisiere, y cada una tendrá sus valedores. Finalmente, yo tengo

determinado de ir á Ferrara, y pedir al mismo duque la satisfacion de

mi ofensa, y si la negare, desafiarle sobre el caso; y esto no ha de

ser con escuadrones de gente, pues no los puedo ni formar ni sustentar,

sino de persona á persona; para lo cual queria el ayuda de la vuestra,

y que me acompañásedes en este camino, confiado en que lo haréis por

ser español y caballero, como ya estoy informado; y por no dar cuenta

á ningun pariente ni amigo mio, de quien no espero sino consejos y

disuasiones, y de vos puedo esperar los que sean buenos y honrosos,

aunque rompan por cualquier peligro: vos, señor, me habeis de hacer

merced de venir conmigo, que llevando un español á mi lado, y tal como

vos me pareceis, haré cuenta que llevo en mi guarda los ejércitos de

Jerjes: mucho os pido, pero á mas obliga la deuda de responder á lo que

la fama de vuestra nacion pregona.

--No mas, señor Lorenzo, dijo á esta sazon don Juan (que hasta allí sin

interrumpirle palabra le habia estado escuchando), no mas, que desde

aquí me constituyo por vuestro defensor y consejero, y tomo á mi cargo

la satisfacion ó venganza de vuestro agravio; y esto no solo por ser

español, sino por ser caballero, y serlo vos tan principal como habeis

dicho, y como yo sé, y como todo el mundo sabe: mirad cuándo quereis

que sea nuestra partida, y seria mejor que fuese luego, porque el

hierro se ha de labrar miéntras estuviese encendido, y el ardor de la

cólera acrecienta el ánimo, y la injuria reciente despierta la venganza.

Levantóse Lorenzo y abrazó apretadamente á D. Juan, y dijo:

--Á tan generoso pecho como el vuestro, señor D. Juan, no es menester

moverle con ponerle otro interes delante que el de la honra que ha

de ganar en este hecho, la cual desde aquí os la doy, si salimos

felizmente deste caso, y por añadidura os ofrezco cuanto tengo, puedo

y valgo: la ida quiero que sea mañana, porque hoy pueda prevenir lo

necesario para ella.

--Bien me parece, dijo don Juan, y dadme licencia, señor Lorenzo, que

yo pueda dar cuenta deste hecho á un caballero, camarada mio, de cuyo

valor y silencio os podeis prometer harto mas que del mio.

--Pues vos, señor D. Juan, segun decís habeis tomado mi honra á

vuestro cargo, disponed della como quisiéredes, y decid della lo que

quisiéredes y á quien quisiéredes; cuanto mas, que camarada vuestro

¿quién puede ser que muy bueno no sea?

Con esto se abrazaron y despidieron, quedando que otro dia por la

mañana le enviaria á llamar, para que fuera de la ciudad se pusiesen á

caballo, y siguiesen disfrazados su jornada.

Volvió D. Juan, y dió cuenta á D. Antonio y á Cornelia de lo que con

Lorenzo habia pasado, y el concierto que quedaba hecho.

--¡Válame Dios! dijo Cornelia, grande es, señor, vuestra cortesía, y

grande vuestra confianza: ¿cómo? y ¿tan presto os habeis arrojado á

emprender una hazaña llena de inconvenientes? y ¿qué sabeis vos, señor,

si os lleva mi hermano á Ferrara, ó á otra parte? pero donde quiera

que os llevare, bien podeis hacer cuenta que va con vos la fidelidad

misma, aunque yo como desdichada en los átomos del sol tropiezo, de

cualquier sombra temo; y ¿no quereis que tema, si está puesta en la

respuesta del duque mi vida ó mi muerte, y qué sé yo, si responderá tan

atentamente, que la cólera de mi hermano se contenga en los límites

de su discrecion? y cuando así no salga, ¿paréceos que tiene flaco

enemigo? y ¿no os parece que los dias que tardáredes he de quedar

colgada, temerosa y suspensa, esperando las dulces ó amargas nuevas del

suceso? ¿Quiero yo tan poco al duque, ó á mi hermano, que de cualquiera

de los dos no tema las desgracias y las sienta en el alma?

--Mucho discurrís, y mucho temeis, señora Cornelia, dijo don Juan; pero

dad lugar entre tantos miedos á la esperanza, y fiad en Dios, en mi

industria y buen deseo, que habeis de ver con toda felicidad cumplido

el vuestro: la ida de Ferrara no se escusa, ni el dejar de ayudar yo

á vuestro hermano, tampoco: hasta agora no sabemos la intencion del

duque, ni tampoco si él sabe vuestra falta, y todo esto se ha de saber

de su boca, y nadie se lo podrá preguntar como yo: entended, señora

Cornelia, que la salud y contento de vuestro hermano y el del duque

llevo puestos en las niñas de mis ojos: yo miraré por ellos como por

ellas.

--Si así os da el cielo, señor D. Juan, respondió Cornelia, poder para

remediar, como gracia para consolar, en medio destos mis trabajos me

cuento por bien afortunada; ya querria veros ir y volver, por mas que

el temor me aflija en vuestra ausencia, ó la esperanza me suspenda.

D. Antonio aprobó la determinacion de D. Juan, y le alabó la buena

correspondencia que en él habia hallado la confianza de Lorenzo

Bentibolli: díjole mas, que él querria ir á acompañarlos, por lo que

podia suceder.

--Eso no, dijo D. Juan, así porque no será bien que la señora Cornelia

quede sola, como porque no piense el señor Lorenzo, que me quiero valer

de esfuerzos ajenos.

--El mio es el vuestro mismo, replicó D. Antonio, y así, aunque sea

desconocido y desde léjos, os tengo de seguir, que la señora Cornelia

sé que gustará dello, y no queda tan sola que le falte quien la sirva,

la guarde y acompañe. Á lo cual Cornelia dijo:

--Gran consuelo será para mí, señores, si sé que vais juntos, ó á lo

ménos de modo que os favorezcais el uno á otro, si el caso lo pidiere;

y pues al que vais á mí se me semeja ser de peligro, hacedme merced,

señores, de llevar estas reliquias con vosotros.

Y diciendo esto, sacó del seno una cruz de diamantes de inestimable

valor, y un _agnus_ de oro tan rico como la cruz. Miraron los dos

las ricas joyas, y apreciáronlas aun mas que lo que habian apreciado

el cintillo; pero volviéronselas, no queriendo tomarlas en ninguna

manera, diciendo que ellos llevarian reliquias consigo, si no tan bien

adornadas, á lo ménos en su calidad tan buenas. Pesóle á Cornelia el no

aceptarlas, pero al fin hubo de estar á lo que ellos querian.

El ama tenia gran cuidado de regalar á Cornelia, y sabiendo la partida

de sus amos, de que le dieron cuenta, pero no á lo que iban ni adónde

iban, se encargó de mirar por la señora (cuyo nombre aun no sabia), de

manera que sus mercedes no hiciesen falta. Otro dia bien de mañana ya

estaba Lorenzo á la puerta, y D. Juan de camino con el sombrero del

cintillo, á quien adornó de plumas negras y amarillas, y cubrió el

cintillo con una toquilla negra. Despidiéronse de Cornelia, la cual

imaginando que tenia á su hermano tan cerca, estaba tan temerosa, que

no acertó á decir palabra á los dos que della se despidieron.

Salió primero Don Juan, y con Lorenzo se fué fuera de la ciudad, y

en una huerta algo desviada hallaron dos muy buenos caballos, con

dos mozos que del diestro los tenian. Subieron en ellos, y los mozos

delante, por sendas y caminos desusados caminaron á Ferrara: D. Antonio

sobre un cuartago suyo, y otro vestido y disimulado los seguia; pero

parecióle que se recataban dél, especialmente Lorenzo, y así acordó

de seguir el camino derecho de Ferrara, con seguridad que allí los

encontraria.

Apénas hubieron salido de la ciudad, cuando Cornelia dió cuenta al ama

de todos sus sucesos, y de cómo aquel niño era suyo y del duque de

Ferrara, con todos los puntos que hasta aquí se han contado, tocantes

á su historia, no encubriéndole como el viaje que llevaban sus señores

era á Ferrara, acompañando á su hermano, que iba á desafiar al duque

Alfonso. Oyendo lo cual el ama (como si el demonio se lo mandara, para

intricar, estorbar ó dilatar el remedio de Cornelia), dijo:

--¡Ay, señora de mi alma! ¿y todas esas cosas han pasado por vos, y

estais aquí descuidada y á pierna tendida? Ó no teneis alma, ó teneisla

tan desmazalada que no siente. ¿Cómo, y pensais vos por ventura, que

vuestro hermano va á Ferrara? No lo penseis, sino pensad y creed que

ha querido llevar á mis amos de aquí, y ausentarlos desta casa, para

volver á ella y quitaros la vida, que lo podrá hacer, como quien bebe

un jarro de agua: mirad debajo de qué guarda y amparo quedámos, sino

en la de tres pajes, que harto tienen ellos que hacer en rascarse la

sarna de que están llenos, que en meterse en dibujos: á lo ménos de mi

sé decir, que no tendré ánimo para esperar el suceso y ruina que á esta

casa amenaza: ¡el señor Lorenzo, italiano, y que se fie de españoles,

y les pida favor y ayuda! para mi ojo, si tal crea (y dióse ella misma

una higa); si vos, hija mia, quisiéredes tomar mi consejo, yo os le

daria tal que os luciese.

Pasmada, atónita y confusa estaba Cornelia oyendo las razones del ama,

que las decia con tanto ahinco, y con tantas muestras de temor, que le

pareció ser todo verdad lo que le decia, y quizá estaban muertos D.

Juan y D. Antonio, y que su hermano entraba por aquellas puertas, y la

cosia á puñaladas; y así le dijo:

--Y ¿qué consejo me daríades vos, amiga, que fuese saludable, y que

previniese la sobrestante desventura?

--Y como que le daré tal y tan bueno, que no pueda mejorarse, dijo

el ama: yo, señora, he servido á un piovano, á un cura, digo, de una

aldea, que está dos millas de Ferrara: es una persona santa y buena, y

que hará por mí todo lo que yo le pidiere, porque me tiene obligacion

mas que de amo: vámonos allá, que yo buscaré quien nos lleve luego,

y la que viene á dar de mamar al niño es mujer pobre, y se irá con

nosotras al cabo del mundo; y ya, señora, que presupongamos que has de

ser hallada, mejor será que te hallen en casa de un sacerdote de misa,

viejo y honrado, que en poder de dos estudiantes, mozos y españoles,

que los tales, como soy yo buen testigo, no desechan ripio, y agora,

señora, como estás mala, te han guardado respeto; pero si sanas y

convaleces en su poder, Dios lo podrá remediar, porque en verdad, que

si á mí no me hubieran guardado mis repulsas, desdenes y enterezas, ya

hubieran dado conmigo y con mi honra al traste; porque no es todo oro

lo que en ellos reluce: uno dicen, y otro piensan; pero hanlo habido

conmigo, que soy taimada, y sé dó me aprieta el zapato, y sobre todo

soy bien nacida, que soy de los Cribelos de Milan, y tengo el punto de

la honra diez millas mas allá de las nubes; y en esto se podrá echar de

ver, señora mia, las calamidades que por mí han pasado, pues con ser

quien soy, he venido á ser masara de españoles, á quien ellos llaman

ama; aunque á la verdad no tengo de qué quejarme de mis amos, porque

son unos benditos, como no estén enojados, y en esto parecen vizcaínos,

como ellos dicen que lo son; pero quizá para contigo serán gallegos,

que es otra nacion, segun es fama, algo ménos puntual y bien mirada que

la vizcaína.

En efeto, tantas y tales razones le dijo, que la pobre Cornelia

se dispuso á seguir su parecer; y así en ménos de cuatro horas,

disponiéndolo el ama, y consintiéndolo ella, se vieron dentro de una

carroza las dos y la ama del niño, y sin ser sentidas de los pajes,

se pusieron en camino para la aldea del cura; y todo esto se hizo á

persuasion del ama, y con sus dineros, porque la habian pagado sus

señores un año de su sueldo, y así no fué menester empeñar una joya

que Cornelia le daba; y como habian oido decir á D. Juan que él y su

hermano no habian de seguir el camino derecho de Ferrara, sino por

sendas apartadas, quisieron ellas seguir el derecho, y poco á poco por

no encontrarse con ellos, y el dueño de la carroza se acomodó al paso

de la voluntad dellas, porque le pagaron al gusto de la suya.

Dejémoslas ir, que ellas van tan atrevidas como bien encaminadas,

y sepamos qué les sucedió á D. Juan de Gamboa y al señor Lorenzo

Bentibolli: de los cuales se dice que en el camino supieron que el

duque no estaba en Ferrara, sino en Bolonia; y así dejando el rodeo que

llevaban, se vinieron al camino real, ó á la estrada maestra, como allá

se dice, considerando que aquella habia de traer el duque, cuando de

Bolonia volviese. Y á poco espacio que en ella habian entrado, habiendo

tendido la vista hácia Bolonia por ver si por él alguno venia, vieron

un tropel de gente de á caballo, y entónces dijo D. Juan á Lorenzo que

se desviase del camino, porque si acaso entre aquella gente viniese

el duque, le queria hablar allí ántes que se encerrase en Ferrara que

estaba poco distante. Hízolo así Lorenzo, y aprobó el parecer de D.

Juan.

Así como se apartó Lorenzo quitó D. Juan la toquilla que encubria

el rico cintillo, y esto no con falta de discreto discurso, como él

despues lo dijo.

Novelas ejemplares · 第 32 / 41 段