Dieron gracias á Dios los cuatro peregrinos del suceso feliz. Y otro

dia, despues que llegaron, con real y espléndida magnificencia y

suntuoso gasto, hizo celebrar el padre de Marco Antonio las bodas de

su hijo y Teodosia, y las de D. Rafael y Leocadia. Los cuales luengos

y felices años vivieron en compañía de sus esposas, dejando de sí

ilustre generacion y descendencia, que hasta hoy dura en estos dos

lugares, que son de los mejores de la Andalucía; y si no se nombran, es

por guardar el decoro á las dos doncellas, á quien quizá las lenguas

maldicientes, ó neciamente escrupulosas, les harán cargo de la lijereza

de sus deseos, y del súbito mudar de trajes: á los cuales ruego que no

se arrojen á vituperar semejantes libertades, hasta que miren en sí, si

alguna vez han sido tocados destas que llaman flechas de Cupido, que en

efeto es una fuerza, si así se puede llamar, incontrastable, que hace

el apetito á la razon.

Calvete, el mozo de mulas, se quedó con la que D. Rafael habia enviado

á Salamanca, y con otras muchas dádivas que los dos desposados le

dieron; y los poetas de aquel tiempo tuvieron ocasion donde emplear sus

plumas, exagerando la hermosura y los sucesos de las dos tan atrevidas

cuanto honestas doncellas, sujeto principal deste estraño suceso.

LA SEÑORA CORNELIA.

Don Antonio de Isunza y D. Juan de Gamboa, caballeros principales,

de una edad, muy discretos y grandes amigos, siendo estudiantes en

Salamanca determinaron de dejar sus estudios por irse á Flándes,

llevados del hervor de la sangre moza y del deseo, como decirse suele,

de ver mundo, y por parecerles que el ejercicio de las armas, aunque

arma y dice bien á todos, principalmente asienta y dice mejor en los

bien nacidos y de ilustre sangre.

Llegaron pues á Flándes á tiempo que estaban las cosas en paz, ó en

conciertos y tratos de tenerla presto. Recebieron en Ambéres cartas de

sus padres, donde les escribieron el grande enojo que habian recebido,

por haber dejado sus estudios sin avisárselo, para que hubieran venido

con la comodidad que pedia el ser quien eran. Finalmente, conociendo

la pesadumbre de sus padres, acordaron de volverse á España, pues no

habia que hacer en Flándes; pero ántes de volverse quisieron ver todas

las mas famosas ciudades de Italia; y habiéndolas visto todas pararon

en Bolonia, y admirados de los estudios de aquella insigne universidad,

quisieron en ella proseguir los suyos. Dieron noticia de su intento á

sus padres, de que se holgaron infinito, y lo mostraron con proveerles

magníficamente, y de modo, que mostrasen en su tratamiento quiénes

eran y qué padres tenian: y desde el primero dia que salieron á las

escuelas, fueron conocidos de todos por caballeros, galanes, discretos

y bien criados.

Tendria D. Antonio hasta veinte y cuatro años, y D. Juan no pasaba

de veinte y seis; y adornaban esta buena edad con ser muy gentiles

hombres, músicos, poetas, diestros y valientes: partes que los hacian

amables y bien queridos de cuantos los comunicaban.

Tuvieron luego muchos amigos así estudiantes españoles, de los muchos

que en aquella universidad cursaban, como de los mismos de la ciudad

y de los estranjeros: mostrábanse con todos liberales y comedidos, y

muy ajenos de la arrogancia que dicen que suelen tener los españoles;

y como eran mozos y alegres, no se disgustaban de tener noticia de

las hermosas de la ciudad; y aunque habia muchas señoras doncellas y

casadas con gran fama de ser honestas y hermosas, á todas se aventajaba

la señora Cornelia Bentibolli, de la antigua y generosa familia de los

Bentibollis, que un tiempo fueron señores de Bolonia.

Era Cornelia hermosísima en estremo, y estaba debajo de la guarda

y amparo de Lorenzo Bentibolli, su hermano, honradísimo y valiente

caballero, huérfanos de padre y madre: que aunque los dejaron solos,

los dejaron ricos, y la riqueza es grande alivio de orfandad.

Era el recato de Cornelia tanto, y la solicitud de su hermano tanta en

guardarla, que ni ella se dejaba ver, ni su hermano consentia que la

viesen. Esta fama traia deseosos á D. Juan y á D. Antonio de vella,

aunque fuera en la iglesia; pero el trabajo que en ello pusieron fué en

balde, y el deseo, por la imposibilidad cuchillo de la esperanza, fué

menguando; y así con solo el amor de sus estudios y el entretenimiento

de algunas honestas mocedades, pasaban una vida tan alegre como

honrada; pocas veces salian de noche, y si salian, iban juntos y bien

armados.

Sucedió pues que habiendo de salir una noche, dijo D. Antonio á D.

Juan, que él se queria quedar á rezar ciertas devociones, que se fuese,

que luego le seguiria.

--No hay para qué, dijo D. Juan, que yo os aguardaré, y si no

saliéremos esta noche, importa poco.

--No, por vida vuestra, replicó D. Antonio, salid á coger el aire, que

yo seré luego con vos, si es que vais por donde solemos ir.

--Haced vuestro gusto, dijo D. Juan, quedáos en buenhora, y si

saliéredes, las mismas estaciones andaré esta noche que las pasadas.

Fuése D. Juan, y quedóse D. Antonio. Era la noche entre escura, y

la hora las once; y habiendo andado dos ó tres calles, y viéndose

solo, y que no tenia con quién hablar, determinó volverse á su casa,

y poniéndolo en efeto, al pasar por una calle que tenia portales

sustentados en mármoles, oyó que de una puerta le ceceaban. La

escuridad de la noche, y la que causaban los portales, no le dejaban

atinar el ceceo. Detúvose un poco, estuvo atento, y vió entreabrir una

puerta: llegóse á ella, y oyó una voz baja, que dijo:

--¿Sois por ventura Fabio?

D. Juan, por sí ó por no, respondió que sí.

--Pues tomad, respondieron de dentro, y ponedlo en cobro, y volved

luego, que importa.

Alargó la mano D. Juan, y topó un bulto, y queriéndolo tomar, vió que

eran menester las dos manos, y así le hubo de asir con entrambas; y

apénas se le dejaron en ellas, cuando le cerraron la puerta, y él se

halló cargado en la calle, y sin saber de qué. Pero casi luego comenzó

á llorar una criatura, al parecer recien nacida, á cuyo lloro quedó

D. Juan confuso y suspenso, sin saber qué hacerse, ni qué corte dar

en aquel caso; porque en volver á llamar á la puerta, le pareció que

podia correr algun peligro cuya era la criatura, y en dejarla allí,

la criatura misma; pues el llevarla á su casa, no tenia en ella quien

la remediase, ni él conocia en toda la ciudad persona adonde poder

llevarla, pero viendo que le habian dicho que la pusiese en cobro, y

que volviese luego, determinó de traerla á su casa, y dejarla en poder

de una ama que los servia, y volver luego á ver si era menester su

favor en alguna cosa, puesto que bien habia visto que le habian tenido

por otro, y que habia sido error darle á él la criatura.

Finalmente, sin hacer mas discursos se vino á casa con ella, á tiempo

que ya D. Antonio no estaba en ella: entróse en un aposento, y llamó

al ama, descubrió la criatura, y vió que era la mas hermosa que jamas

hubiese visto: los paños en que venia envuelta mostraban ser de ricos

padres nacida: desenvolvióla el ama, y hallaron que era varon.

--Menester es, dijo D. Juan, dar de mamar á este niño, y ha de ser

desta manera: que vos, ama, le habeis de quitar estas ricas mantillas,

y ponerle otras mas humildes, y sin decir que yo le he traido, le

habeis de llevar en casa de una partera, que las tales siempre suelen

dar recado y remedio á semejantes necesidades: llevaréis dineros con

que la dejeis satisfecha, y daréisle los padres que quisiéredes, para

encubrir la verdad de haberlo yo traido.

Respondió el ama que así lo haria, y D. Juan con la priesa que pudo

volvió á ver si le ceceaban otra vez; pero un poco ántes que llegase

á la casa adonde le habian llamado, oyó gran ruido de espadas, como

de mucha gente que se acuchillaba. Estuvo atento y no sintió palabra

alguna: la herrería era á la sorda; y á la luz de las centellas que

las piedras heridas de las espadas levantaban, casi pudo ver que eran

muchos los que á uno solo acometian; confirmóse en esta verdad oyendo

decir:

--¡Ah traidores, que sois muchos, y yo solo! pero con todo eso, no os

ha de valer vuestra superchería.

Oyendo y viendo lo cual D. Juan, llevado de su valeroso corazon, en dos

brincos se puso á su lado, y metiendo mano á la espada, y á un broquel

que llevaba, dijo al que se defendia, en lengua italiana por no ser

conocido por español:

--No temais, que socorro os ha venido que no os faltará hasta perder la

vida; menead los puños, que traidores pueden poco, aunque sean muchos.

Á estas razones respondió uno de los contrarios:

--Mientes, que aquí no hay ningun traidor, que el querer cobrar la

honra perdida, á toda demasía da licencia.

No le habló mas palabras, porque no les daba lugar á ello la priesa

que se daban á herirse los enemigos, que al parecer de D. Juan debian

de ser seis. Apretaron tanto á su compañero, que de dos estocadas

que le dieron á un tiempo en los pechos, dieron con él en tierra. D.

Juan creyó que le habian muerto, y con lijereza y valor estraño se

puso delante de todos, y los hizo arredrar á fuerza de una lluvia de

cuchilladas y estocadas; pero no fuera bastante su diligencia para

ofender y defender, si no le ayudara la buena suerte con hacer que los

vecinos de la calle sacasen lumbres á las ventanas, y á grandes voces

llamasen á la justicia; lo cual visto por los contrarios, dejaron la

calle y á espaldas vueltas se ausentaron.

Ya en esto se habia levantado el caido, porque las estocadas hallaron

un peto como de diamante en que toparon. Habíasele caido á D. Juan el

sombrero en la refriega, y buscándole, halló otro, que se puso acaso,

sin mirar si era el suyo ó no. El caido se llegó á él, y le dijo:

--Señor caballero, quien quiera que seais, yo confieso que os debo la

vida que tengo, la cual con lo que valgo y puedo gastaré á vuestro

servicio: hacedme merced de decirme quién sois y vuestro nombre, para

que yo sepa á quién tengo de mostrarme agradecido.

Á lo cual respondió D. Juan:

--No quiero ser descortés, ya que soy desinteresado: por hacer,

señor, lo que me pedís y por daros gusto, solamente os digo que soy

un caballero español, y estudiante en esta ciudad: si el nombre os

importara saberlo, os lo dijera; mas por si acaso os quisiéredes

servir de mí en otra cosa, sabed que me llamo D. Juan de Gamboa.

--Mucha merced me habeis hecho, respondió el caido; pero yo, señor

D. Juan de Gamboa, no quiero deciros quién soy ni mi nombre, porque

he de gustar mucho de que lo sepais de otro que de mí, y yo tendré

cuidado de que os hagan sabidor dello.

Habíale preguntado primero D. Juan si estaba herido, porque le habia

visto dar dos grandes estocadas; y habíale respondido, que un famoso

peto que traia puesto, despues de Dios, le habia defendido; pero que

con todo esto sus enemigos le acabaran, si él no se hallara á su lado.

En esto vieron venir hácia ellos un bulto de gente, y D. Juan dijo:

--Si estos son los enemigos que vuelven, apercibíos, señor, y haced

como quien sois.

--Á lo que yo creo no son enemigos sino amigos los que aquí vienen.

Y así fué la verdad, porque los que llegaron, que fueron ocho hombres,

rodearon al caido, y hablaron con él pocas palabras, pero tan calladas

y secretas, que D. Juan no las pudo oir.

Volvió luego el defendido á D. Juan, y díjole:

--Á no haber venido estos amigos, en ninguna manera, señor D. Juan, os

dejara hasta que acabáredes de ponerme en salvo; pero ahora os suplico

con todo encarecimiento, que os vais, y me dejeis, que me importa.

Hablando esto, se tentó la cabeza, y vió que estaba sin sombrero, y

volviéndose á los que habian venido, pidió que le diesen un sombrero,

que se le habia caido el suyo. Apénas lo hubo dicho, cuando D.

Juan le puso el que habia hallado en la calle. Tentóle el caido, y

volviéndosele á D. Juan, dijo:

--Este sombrero no es mio: por vida del señor D. Juan, que se le lleve

por trofeo desta refriega, y guárdele, que creo que es conocido.

Diéronle otro sombrero al defendido, y D. Juan, por cumplir lo que le

habia pedido, pasando algunos aunque breves comedimentos, le dejó sin

saber quién era, y se vino á su casa, sin querer llegar á la puerta

donde le habian dado la criatura, por parecerle que todo el barrio

estaba despierto y alborotado con la pendencia.

Sucedió pues que volviéndose á su posada, en la mitad del camino

encontró con D. Antonio de Isunza, su camarada, y conociéndose, dijo D.

Antonio:

--Volved conmigo, D. Juan, hasta aquí arriba, y en el camino os contaré

un estraño cuento que me ha sucedido, que no le habréis oido tal vez en

toda vuestra vida.

--Como esos cuentos os podré contar yo, respondió D. Juan; pero vamos

donde quereis, y contadme el vuestro.

Guió D. Antonio, y dijo:

--Habeis de saber, que poco mas de una hora despues que salisteis

de casa, salí á buscaros, y no treinta pasos de aquí vi venir casi

á encontrarme un bulto negro de persona, que venia muy aguijando, y

llegándose cerca, conocí ser mujer en el hábito largo, la cual con voz

interrumpida de sollozos y de suspiros me dijo: Por ventura, señor,

¿sois estranjero, ó de la ciudad? Estranjero soy, y español, respondí

yo. Y ella: Gracias al cielo, que no quiere que muera sin sacramentos.

¿Venís herida, señora, repliqué yo, ó traeis algun mal de muerte?

Podria ser que el que traigo lo fuese, si presto no se me da remedio:

por la cortesía que siempre suele reinar en los de vuestra nacion, os

suplico, señor español, que me saqueis destas calles, y me lleveis

á vuestra posada con la mayor priesa que pudiéredes, que allá si

gustáredes dello, sabréis el mal que llevo, y quién soy, aunque sea á

costa de mi crédito. Oyendo lo cual, pareciéndome que tenia necesidad

de lo que pedia, sin replicarla mas, la así de la mano, y por calles

desusadas la llevé á la posada. Abrióme Santisteban el paje, hícele

que se retirase, y sin que él la viese, la llevé á mi estancia, y ella

en entrando, se arrojó encima de mi lecho desmayada. Lleguéme á ella,

y descubríla el rostro, que con el manto traia cubierto, y descubrí

en él la mayor belleza que humanos ojos han visto: será á mi parecer

de edad de diez y ocho años, ántes ménos que mas: quedé suspenso de

ver tal estremo de belleza: acudí á echarle un poco de agua en el

rostro, con que volvió en sí, suspirando tiernamente; y lo primero que

me dijo, fué: ¿Conoceisme, señor? No, respondí yo, ni es bien que yo

haya tenido ventura de haber conocido tanta hermosura. Desdichada de

aquella, respondió ella, á quien se la da el cielo para mayor desgracia

suya; pero, señor, no es tiempo este de alabar hermosuras, sino de

remediar desdichas: por quien sois que me dejeis aquí encerrada y no

permitais que ninguno me vea, y volved luego al mismo lugar que me

topastes, y mirad si riñe alguna gente, y no favorezcais á ninguno de

los que riñeren, sino poned paz, que cualquier daño de las partes ha de

resultar en acrecentar el mio. Déjola encerrada, y vengo á poner en paz

esta pendencia.

--¿Teneis mas que decir, D. Antonio? preguntó D. Juan.

--Pues ¿no os parece que he dicho harto, respondió D. Antonio, pues he

dicho que tengo debajo de llave y en mi aposento la mayor belleza que

humanos ojos han visto?

--El caso es estraño sin duda, dijo D. Juan; pero oid el mio: y luego

le contó todo lo que le habia sucedido, y cómo la criatura que le

habian dado estaba en casa en poder de su ama, y la órden que le habia

dejado de mudarle las ricas mantillas en pobres, y de llevarla adonde

la criasen, ó á lo ménos socorriesen la presente necesidad; y dijo mas,

que la pendencia que él venia á buscar ya era acabada y puesta en paz,

que él se habia hallado en ella, y que á lo que él imaginaba, todos los

de la riña debian de ser gentes de prendas y de gran valor.

Quedaron entrambos admirados del suceso de cada uno, y con priesa se

volvieron á la posada, por ver lo que habia menester la encerrada. En

el camino dijo D. Antonio á D. Juan que él habia prometido á aquella

señora que no la dejaria ver de nadie, ni entraria en aquel aposento

sino él solo, en tanto que ella no gustase de otra cosa.

--No importa nada, respondió D. Juan, que no faltará órden para verla,

que ya lo deseo en estremo, segun me la habeis alabado de hermosa.

Llegaron en esto, y á la luz que sacó uno de tres pajes que tenian,

alzó los ojos D. Antonio al sombrero que D. Juan traia, y vióle

resplandeciente de diamantes; quitósele, y vió que las luces salian

de muchos que en un cintillo riquísimo traia. Miráronle entrambos; y

concluyeron que si todos eran finos como parecian, valia mas de doce

mil ducados. Aquí acabaron ser gente principal la de la pendencia,

especialmente el socorrido de D. Juan, de quien se acordó haberle dicho

que trujese el sombrero y le guardase, porque era conocido. Mandaron

retirar los pajes, y D. Antonio abrió su aposento, y halló á la señora

sentada en la cama, con la mano en la mejilla, derramando tiernas

lágrimas. D. Juan, con el deseo que tenia de verla, se asomó á la

puerta tanto, cuanto pudo entrar la cabeza, y al punto la lumbre de los

diamantes dió en los ojos de la que lloraba, y alzándolos, dijo:

--Entrad, señor duque, entrad; ¿para qué me quereis dar con tanta

escaseza el bien de vuestra visita?

Á esto dijo D. Antonio:

--Aquí, señora, no hay ningun duque que se escuse de veros.

--¿Cómo no? replicó ella; el que allí se asomó ahora es el duque de

Ferrara, que mal le puede encubrir la riqueza de su sombrero.

--En verdad, señora, que el sombrero que vistes no le trae ningun

duque; y si quereis desengañaros con ver quién le trae, dadle licencia

que entre.

--Entre enhorabuena, dijo ella, aunque si no fuese el duque, mis

desdichas serian mayores.

Todas estas razones habia oido D. Juan, y viendo que tenia licencia

para entrar, con el sombrero en la mano entró en el aposento, y así

como se le puso delante, y ella conoció no ser quien decia el del rico

sombrero, con voz turbada y lengua presurosa dijo:

--¡Ay desdichada de mí! Señor mio, decidme luego, sin tenerme mas

suspensa: ¿conoceis el dueño dese sombrero? ¿Dónde le dejastes, ó cómo

vino á vuestro poder? ¿Es vivo por ventura, ó son esas las nuevas que

me envía de su muerte? ¡Ay bien mio, qué sucesos son estos! ¡Aquí veo

tus prendas, aquí me veo sin tí encerrada, y en poder que, á no saber

que es de gentiles hombres españoles, el temor de perder mi honestidad

me hubiera quitado la vida!

--Sosegáos, señora, dijo D. Juan, que ni el dueño deste sombrero es

muerto, ni estais en parte donde se os ha de hacer agravio alguno, sino

serviros con cuanto las fuerzas nuestras alcanzaren, hasta poner las

vidas por defenderos y ampararos; que no es bien que os salga vana la

fe que teneis de la bondad de los españoles; y pues nosotros lo somos,

y principales (que aquí viene bien esta que parece arrogancia), estad

segura que se os guardará el decoro que vuestra presencia merece.

--Así lo creo yo, respondió ella; pero con todo eso, decidme, señor,

¿cómo vino á vuestro poder ese rico sombrero, ó adónde está su dueño,

que por lo ménos es Alfonso de Este, duque de Ferrara?

Entónces D. Juan, por no tenerla mas suspensa, le contó cómo le habia

hallado en una pendencia, y en ella habia favorecido y ayudado á un

caballero, que por lo que ella decia, sin duda debia de ser el duque

de Ferrara, y que en la pendencia habia perdido el sombrero y hallado

aquel, y que aquel caballero le habia dicho que le guardase, que era

conocido, y que la refriega se habia concluido sin quedar herido el

caballero, ni él tampoco, y que despues de acabada habia llegado gente,

que al parecer debian de ser criados ó amigos del que él pensaba ser el

duque, el cual le habia pedido le dejase y se viniese, mostrándose muy

agradecido al favor que yo le habia dado.

--De manera, señora mia, que este rico sombrero vino á mi poder por la

manera que os he dicho, y su dueño, si es el duque, como vos decís, no

ha una hora que le dejé bueno, sano y salvo: sea esta verdad parte para

vuestro consuelo, si es que le tendréis con saber del buen estado del

duque.

--Para que sepais, señores, si tengo razon y causa para preguntar por

él, estadme atentos, y escuchad no sé si diga mi desdichada historia.

Todo el tiempo en que esto pasó le entretuvo el ama en paladear al niño

con miel, y en mudarle las mantillas de ricas en pobres; y ya que lo

tuvo todo aderezado, quiso llevarle en casa de una partera, como D.

Juan se lo dejó ordenado, y al pasar con él por junto á la estancia

donde estaba la que queria comenzar su historia, lloró la criatura de

modo que lo sintió la señora, y levantándose en pié, púsose atentamente

á escuchar, y oyó mas distintamente el llanto de la criatura, y dijo:

--Señores mios, ¿qué criatura es aquella que parece recien nacida?

D. Juan respondió:

--Es un niño que esta noche nos han echado á la puerta de casa, y va el

ama á buscar quien le dé de mamar.

--Tráiganmele aquí, por amor de Dios, dijo la señora, que yo haré esa

caridad á los hijos ajenos, pues no quiere el cielo que la haga con los

propios.

Llamó D. Juan al ama, y tomóle el niño, y entrósele á la que le pedia,

y púsosele en los brazos, diciendo:

--Veis aquí, señora, el presente que nos han hecho esta noche, y no ha

sido este el primero, que pocos meses se pasan que no hallemos á los

quicios de nuestras puertas semejantes hallazgos.

Tomóle ella en los brazos, y miróle atentamente así el rostro como los

pobres aunque limpios paños en que venia envuelto, y luego sin poder

tener las lágrimas, se echó la toca de la cabeza encima de los pechos,

para poder dar con honestidad de mamar á la criatura, y aplicándosela á

ellos, juntó su rostro con el suyo, y con la leche le sustentaba, y con

las lágrimas le bañaba el rostro; y desta manera estuvo sin levantar

el suyo tanto espacio, cuanto el niño no quiso dejar el pecho. En este

espacio guardaban todos cuatro silencio: el niño mamaba; pero no era

ansí, porque las recien paridas no pueden dar el pecho, y así cayendo

en la cuenta la que se lo daba, se volvió á D. Juan, diciendo:

--En balde me he mostrado caritativa; bien parezco nueva en estos

casos: haced, señor, que á este niño le paladeen con un poco de miel, y

no consintais que á estas horas le lleven por las calles: dejad llegar

el dia, y ántes que le lleven, vuélvanmele á traer, que me consuelo en

verle.

Volvió el niño Don Juan á la ama, y ordenóle le entretuviese hasta el

dia, y que le pusiese las ricas mantillas con que le habia traido,

y que no le llevase sin primero decírselo. Y volviendo á entrar, y

estando los tres solos, la hermosa Cornelia dijo:

--Si quereis que hable, dadme primero algo que coma, que me desmayo, y

tengo bastante ocasion para ello.

Acudió prestamente D. Antonio á un escritorio, y sacó dél muchas

conservas, y de algunas comió la desmayada, y bebió un vidrio de agua

fria, con que volvió en sí, y algo sosegada, dijo:

--Sentáos, señores, y escuchadme.

Hiciéronlo ansí, y ella recogiéndose encima del lecho, y abrigándose

bien con las faldas del vestido, dejó descolgar por las espaldas un

velo que en la cabeza traia, dejando el rostro exento y descubierto,

mostrando en él el mismo de la luna, ó por mejor decir, del mismo sol,

cuando mas hermoso y mas claro se muestra: llovíanle líquidas perlas de

los ojos, y limpiábaselas con un lienzo blanquísimo, y con unas manos

tales, que entre ellas y el lienzo fuera de buen juicio el que supiera

diferenciar la blancura. Finalmente, despues de haber dado muchos

suspiros, y despues de haber procurado sosegar algun tanto el pecho,

con voz algo doliente y turbada dijo:

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