En esto llegaron el señor de la casa, Marco Antonio y Leocadia, y á

todos alojó en ella con mucho amor y magnificencia: ordenó luego

como se llamase un cirujano famoso de la ciudad para que de nuevo

curase á Marco Antonio: vino, pero no quiso curarle hasta otro dia,

diciendo que siempre los cirujanos de los ejércitos y armadas eran muy

esperimentados, por los muchos heridos que á cada paso tenian entre las

manos, y así no convenia curarle hasta otro dia: lo que ordenó fué le

pusiesen en un aposento abrigado, donde le dejasen sosegar.

Llegó en aquel instante el cirujano de las galeras, y dió cuenta al de

la ciudad de la herida, y de cómo le habia curado, y del peligro que de

la vida á su parecer tenia el herido; con lo cual se acabó de enterar

el de la ciudad, que estaba bien curado; y ansimismo (segun la relacion

que se le habia hecho) exageró el peligro de Marco Antonio.

Oyeron esto Leocadia y Teodosia con aquel sentimiento que si oyeran

la sentencia de su muerte; mas por no dar muestras de su dolor, le

reprimieron y callaron, y Leocadia determinó de hacer lo que le pareció

convenir para satisfacion de su honra: y fué que así como se fueron

los cirujanos, se entró en el aposento de Marco Antonio, y delante del

señor de la casa, de D. Rafael, Teodosia y de otras personas, se llegó

á la cabecera del herido, y asiéndole de la mano, le dijo estas razones:

--No estais en tiempo, señor Marco Antonio Adorno, en que se puedan

ni deban gastar con vos muchas palabras; y así solo querria que me

oyésedes algunas que convienen, si no para la salud de vuestro cuerpo,

convendrán para la de vuestra alma, y para decíroslas es menester que

me deis licencia, y me advirtais si estais con sujeto de escucharme:

que no seria razon, que habiendo yo procurado desde el punto que os

conocí, no salir de vuestro gusto, en este instante que le tengo por el

postrero, seros causa de pesadumbre.

Á estas razones abrió Marco Antonio los ojos, y los puso atentamente en

Leocadia, y habiéndola casi conocido, mas por el órgano de la voz, que

por la vista, con voz debilitada y doliente le dijo:

--Decid, señor, lo que quisiéredes, que no estoy tan al cabo que no

pueda escucharos, ni esa voz me es tan desagradable, que me cause

fastidio el oirla.

Atentísima estaba á todo este coloquio Teodosia, y cada palabra que

Leocadia decia, era una aguda saeta que le atravesaba el corazon, y

aun el alma de D. Rafael, que asimismo la escuchaba. Y prosiguiendo

Leocadia, dijo:

--Si el golpe de la cabeza, ó por mejor decir, el que á mí me han dado

en el alma, no os ha llevado, señor Marco Antonio, de la memoria la

imágen de aquella, que poco tiempo ha que vos decíades ser vuestra

gloria y vuestro cielo, bien os debeis acordar quién fué Leocadia, y

cuál fué la palabra que le distes firmada en una cédula de vuestra

mano y letra, ni se os habrá olvidado el valor de sus padres, la

entereza de su recato y honestidad, y la obligacion en que le estais,

por haber acudido á vuestro gusto en todo lo que quisistes: si esto

no se os ha olvidado, aunque me veais en este traje tan diferente,

conoceréis con facilidad que yo soy Leocadia, que temerosa que nuevos

accidentes y nuevas ocasiones no me quitasen lo que tan justamente

es mio, así como supe que de vuestro lugar os habíades partido,

atropellando por infinitos inconvenientes, determiné seguiros en este

hábito, con intencion de buscaros por todas las partes de la tierra

hasta hallaros: de lo cual no os debeis maravillar, si es que alguna

vez habeis sentido hasta dónde llegan las fuerzas de un amor verdadero,

y la rabia de una mujer engañada. Algunos trabajos he pasado en esta

mi demanda, todos los cuales los juzgo y tengo por descanso, con el

descuento que han traido de veros; que puesto que esteis de la manera

que estais, si fuere Dios servido de llevaros desta á mejor vida, con

hacer lo que debeis á quien sois ántes de la partida, me juzgaré por

mas que dichosa, prometiéndoos, como os prometo, de darme tal vida

despues de vuestra muerte, que bien poco tiempo se pase sin que os siga

en esta última y forzosa jornada: y así os ruego primeramente por Dios,

á quien mis deseos y intentos van encaminados, y luego por vos, que

debeis mucho á ser quien sois, últimamente por mí, á quien debeis mas

que á otra persona del mundo, que aquí luego me recibais por vuestra

legítima esposa, no permitiendo haga la justicia lo que con tantas

veras y obligaciones la razon os persuade.

No dijo mas Leocadia, y todos los que en la sala estaban guardaron

un maravilloso silencio en tanto que estuvo hablando, y con el mismo

silencio esperaban la respuesta de Marco Antonio, que fué esta:

--No puedo negar, señora, el conoceros, y que vuestra voz y vuestro

rostro no consentirán que lo niegue: tampoco puedo negar lo mucho

que os debo, ni el gran valor de vuestros padres junto con vuestra

incomparable honestidad y recogimiento; ni os tengo ni os tendré

en ménos por lo que habeis hecho en venirme á buscar en traje tan

diferente del vuestro; ántes por esto os estimo y estimaré en el mayor

grado que ser pueda; pero pues mi corta suerte me ha traido á término,

como vos decís, que creo que será el postrero de mi vida, y son los

semejantes trances los apuraderos de las verdades, quiero deciros una

verdad, que si no os fuere ahora de gusto, podria ser que despues os

fuese de provecho. Confieso, hermosa Leocadia, que os quise bien y que

me quisistes, y juntamente con esto confieso que la cédula que os hice,

fué mas por cumplir con vuestro deseo que con el mio; porque ántes

que la firmase, con muchos dias, tenia entregada mi voluntad y mi

alma á otra doncella de mi mismo lugar, que vos bien conoceis, llamada

Teodosia, hija de tan nobles padres como los vuestros; y si á vos os di

cédula firmada de mi mano, á ella le di la mano firmada y acreditada

con tales obras y testigos, que quedé imposibilitado de dar mi libertad

á otra persona en el mundo. Los amores que con vos tuve fueron de

pasatiempo, sin que dellos alcanzase otra cosa sino las flores que vos

sabeis, las cuales no os ofendieron, ni pueden ofender en cosa alguna:

lo que con Teodosia me pasó, fué alcanzar el fruto que ella pudo darme,

y yo quise que me diese, con fe y seguro de ser su esposo, como lo

soy; y si á ella y á vos os dejé en un mismo tiempo, á vos suspensa

y engañada, y á ella temerosa y á su parecer sin honra, hícelo con

poco discurso y con juicio de mozo, como lo soy, creyendo que todas

aquellas cosas eran de poca importancia, y que las podia hacer sin

escrúpulo alguno, con otros pensamientos que entónces me vinieron y

solicitaron lo que queria hacer, que fué venirme á Italia, y emplear en

ella algunos de los años de mi juventud, y despues volver á ver lo que

Dios habia hecho de vos y de mi verdadera esposa; mas doliéndose de mí

el cielo, sin duda creo que ha permitido ponerme de la manera que me

veis, para que confesando estas verdades, nacidas de mis muchas culpas,

pague en esta vida lo que debo, y vos quedeis desengañada y libre para

hacer lo que mejor os pareciere; y si en algun tiempo Teodosia supiere

mi muerte, sabrá de vos y de los que están presentes, como en la muerte

le cumplí la palabra que le di en la vida; y si en el poco tiempo que

della me queda, señora Leocadia, os puedo servir en algo, decídmelo,

que como no sea recebiros por esposa, pues no puedo, ninguna otra cosa

dejaré de hacer que á mí sea posible, por daros gusto.

En tanto que Marco Antonio decia estas razones, tenia la cabeza sobre

el codo, y en acabándolas dejó caer el brazo, dando muestras que se

desmayaba. Acudió luego D. Rafael, y abrazándole estrechamente, le dijo:

--Volved en vos, señor mio, y abrazad á vuestro amigo y á vuestro

hermano, pues vos quereis que lo sea: conoced á D. Rafael, vuestro

camarada, que será el verdadero testigo de vuestra voluntad, y de la

merced que á su hermana quereis hacer con admitirla por vuestra.

Volvió en sí Marco Antonio, y al momento conoció á D. Rafael, y

abrazándole estrechamente y besándole en el rostro, le dijo:

--Ahora digo, hermano y señor mio, que la suma alegría que he recebido

en veros, no puede traer ménos descuento que un pesar grandísimo, pues

se dice que tras el gusto se sigue la tristeza; pero yo daré por bien

empleada cualquiera que me viniere, á trueco de haber gustado del

contento de veros.

--Pues yo os le quiero hacer mas cumplido, replicó D. Rafael, con

presentaros esta joya, que es vuestra amada esposa.

Y buscando á Teodosia la halló llorando detras de toda la gente,

suspensa y atónita entre el pesar y la alegría por lo que veia, y por

lo que habia oido decir. Asióla su hermano de la mano, y ella sin

hacer resistencia se dejó llevar donde él quiso, que fué ante Marco

Antonio, que la conoció y se abrazó con ella, llorando los dos tiernas

y amorosas lágrimas.

Admirados quedaron cuantos en la sala estaban, viendo tan estraño

acontecimiento: mirábanse unos á otros, sin hablar palabra, esperando

en qué habian de parar aquellas cosas. Mas la desengañada y sin ventura

Leocadia, que vió por sus ojos lo que Marco Antonio hacia, y vió al que

pensaba ser hermano de D. Rafael en brazos del que tenia por su esposo,

viendo junto con esto burlados sus deseos y perdidas sus esperanzas,

se hurtó de los ojos de todos (que atentos estaban mirando lo que el

enfermo hacia con el paje que abrazado tenia), y se salió de la sala ó

aposento, y en un instante se puso en la calle con intencion de irse

desesperada por el mundo, ó adonde gentes no la viesen; mas apénas

habia llegado á la calle, cuando D. Rafael la echó ménos, y como si le

faltara el alma, preguntó por ella, y nadie le supo dar razon dónde

se habia ido; y así sin esperar mas, desesperado salió á buscarla, y

acudió adonde le dijeron que posaba Calvete, por si habia ido allá á

procurar alguna cabalgadura en que irse; y no hallándola allí, andaba

como loco por las calles, buscándola de unas partes á otras; y pensando

si por ventura se habia vuelto á las galeras, llegó á la marina, y un

poco ántes que llegase, oyó que á grandes voces llamaban desde tierra

el esquife de la capitana, y conoció que quien las daba era la hermosa

Leocadia, la cual recelosa de algun desman, sintiendo pasos á sus

espaldas, empuñó la espada, y esperó apercebida que llegase D. Rafael,

á quien ella luego conoció, y le pesó de que la hubiese hallado, y mas

en parte tan sola, que ya ella habia entendido, por mas de una muestra

que D. Rafael le habia dado, que no la queria mal, sino tan bien que

tomara por buen partido que Marco Antonio la quisiera otro tanto.

¿Con qué razones podré yo decir ahora las que D. Rafael dijo á

Leocadia, declarándole su alma, que fueron tantas y tales, que no me

atrevo á escribirlas? Mas pues es forzoso decir algunas, las que entre

otras le dijo, fueron estas:

--Si con la ventura que me falta, me faltase ahora ¡oh hermosa

Leocadia! el atrevimiento de descubriros los secretos de mi alma,

quedaria enterrada en los senos del perpetuo olvido la mas enamorada

y honesta voluntad, que ha nacido ni puede nacer en un enamorado

pecho. Pero por no hacer este agravio á mi justo deseo, véngame lo que

viniere, quiero, señora, que advirtais, si es que os da lugar vuestro

arrebatado pensamiento, que en ninguna cosa se me aventaja Marco

Antonio, sino es en el bien de ser de vos querido: mi linaje es tan

bueno como el suyo, y en los bienes que llaman de fortuna, no me hace

mucha ventaja; en los de naturaleza no conviene que me alabe, y mas

si á los ojos vuestros no son de estima: todo esto digo, apasionada

señora, porque tomeis el remedio y el medio que la suerte os ofrece en

el estremo de vuestra desgracia: ya veis que Marco Antonio no puede ser

vuestro, porque el cielo le hizo de mi hermana, y el mismo cielo, que

hoy os ha quitado á Marco Antonio, os quiere hacer recompensa conmigo,

que no deseo otro bien en esta vida que entregarme por esposo vuestro:

mirad que el buen suceso está llamando á las puertas que hasta ahora

habeis tenido del malo, y no penseis que el atrevimiento que habeis

mostrado en buscar á Marco Antonio, ha de ser parte para que no os

estime y tenga en lo que mereciérades, si nunca le hubiérades tenido,

que en la hora que quiero y determino igualarme con vos, eligiéndoos

por perpetua señora mia, en aquella misma se me ha de olvidar, y ya

se me ha olvidado todo cuanto en esto he sabido y visto; que bien sé

que las fuerzas que á mí me han forzado á que tan de rondon y á rienda

suelta me disponga á adoraros y á entregarme por vuestro, estas mismas

os han traido á vos al estado en que estais, y así no habrá necesidad

de buscar disculpa, donde no ha habido yerro alguno.

Callando estuvo Leocadia á todo cuanto D. Rafael le dijo, sino que de

cuando en cuando daba unos profundos suspiros, salidos de lo íntimo de

sus entrañas: tuvo atrevimiento D. Rafael de tomarle una mano, y ella

no tuvo esfuerzo para estorbárselo, y allí besándosela muchas veces, le

decia:

--Acabad, señora de mi alma, de serlo del todo á vista destos

estrellados cielos que nos cubren, y deste sosegado mar que nos

escucha, y destas bañadas arenas que nos sustentan: dadme ya el sí, que

sin duda conviene tanto á vuestra honra, como á mi contento: vuélvoos á

decir que soy caballero, como vos sabeis, y rico, y que os quiero bien,

que es lo que mas habeis de estimar, y que en cambio de hallaros sola

y en traje que desdice mucho del de vuestra honra, léjos de la casa de

vuestros padres y parientes, sin persona que os acuda á lo que menester

hubiéredes, y sin esperanza de alcanzar lo que buscábades, podeis

volver á vuestra patria en vuestro propio, honrado y verdadero traje,

acompañada de tan buen esposo como el que vos supistes escogeros; rica,

contenta, estimada y servida, y aun loada de todos aquellos á cuya

noticia llegaren los sucesos de vuestra historia: si esto es así, como

lo es, no sé en qué estais dudando: acabad (que otra vez os lo digo) de

levantarme del suelo de mi miseria al cielo de mereceros, que en ello

haréis por vos misma, y cumpliréis con las leyes de la cortesía y del

buen conocimiento, mostrándoos en un mismo punto agradecida y discreta.

--Ea pues, dijo á esta sazon la dudosa Leocadia, pues así lo ha

ordenado el cielo, y no es en mi mano ni en la de viviente alguno

oponerse á lo que él determinado tiene, hágase lo que él quiere y vos

quereis, señor mio; y sabe el mismo cielo con la vergüenza que vengo á

condescender con vuestra voluntad, no porque no entienda lo mucho que

en obedeceros gano, sino porque temo que en cumpliendo vuestro gusto me

habeis de mirar con otros ojos de los que quizá hasta agora, mirándome,

os han engañado; mas sea como fuere, que en fin el nombre de ser mujer

legítima de D. Rafael de Villavicencio no le podré perder, y con este

título solo viviré contenta; y si las costumbres que en mí viéredes,

despues de ser vuestra, fueren parte para que me estimeis en algo,

daré al cielo las gracias de haberme traido por tan estraños rodeos y

por tantos males á los bienes de ser vuestra: dadme, señor D. Rafael,

la mano de ser mio, y veis aquí os la doy de ser vuestra, y sirvan

de testigos los que vos decís, el cielo, la mar, las arenas y este

silencio, solo interrumpido de mis suspiros y de vuestros ruegos.

Diciendo esto se dejó abrazar, y le dió la mano, y D. Rafael le dió la

suya, celebrando el nocturno y nuevo desposorio solas las lágrimas que

el contento, á pesar de la pasada tristeza, sacaba de sus ojos. Luego

se volvieron á casa del caballero, que estaba con grandísima pena de

su falta, y la misma tenian Marco Antonio y Teodosia: los cuales ya

por mano de clérigo estaban desposados, que á persuasion de Teodosia

(temerosa que algun contrario accidente no le turbase el bien que habia

hallado) el caballero envió luego por quien los desposase, de modo que

cuando D. Rafael y Leocadia entraron, y D. Rafael contó lo que con

Leocadia le habia sucedido, ansí les aumentó el gozo, como si ellos

fueran sus cercanos parientes; que es condicion natural y propia de la

nobleza catalana saber ser amigos, y favorecer á los estranjeros que

dellos tienen necesidad alguna.

El sacerdote que presente estaba ordenó que Leocadia mudase el hábito,

y se vistiese en el suyo; y el caballero acudió á ello con presteza,

vistiendo á las dos de dos ricos vestidos de su mujer, que era una

principal señora, del linaje de los Granolleques, famoso y antiguo

en aquel reino. Avisó al cirujano, quien por caridad se dolia del

herido, cómo hablaba mucho, y no le dejaban solo, el cual vino y

ordenó lo primero que le dejasen en silencio. Pero Dios, que así lo

tenia ordenado, tomando por medio é instrumento de sus obras (cuando á

nuestros ojos quiere hacer alguna maravilla) lo que la misma naturaleza

no alcanza, ordenó que el alegría y poco silencio que Marco Antonio

habia guardado, fuese parte para mejorarle, de manera, que otro dia

cuando le curaron le hallaron fuera de peligro, y de allí á catorce se

levantó tan sano, que sin temor alguno se pudo poner en camino.

Es de saber que en el tiempo que Marco Antonio estuvo en el lecho, hizo

voto, si Dios le sanase, de ir en romería á pié á Santiago de Galicia,

en cuya promesa le acompañaron D. Rafael, Leocadia y Teodosia, y aun

Calvete el mozo de mulas (obra pocas veces usada de los de oficios

semejantes); pero la bondad y llaneza que habia conocido en D. Rafael,

le obligó á no dejarle hasta que volviese á su tierra; y viendo que

habian de ir á pié como peregrinos, envió las mulas á Salamanca con la

que era de D. Rafael, que no faltó con quien enviarlas.

Llegóse pues el dia de la partida, y acomodados de sus esclavinas y de

todo lo necesario, se despidieron del liberal caballero, que tanto les

habia favorecido y agasajado, cuyo nombre era D. Sancho de Cardona,

ilustrísimo por sangre, y famoso por su persona: ofreciéronsele

todos de guardar perpetuamente ellos y sus descendientes, á quien se

lo dejarian mandado, la memoria de las mercedes tan singulares dél

recebidas, para agradecellas siquiera, ya que no pudiesen servirles.

Don Sancho los abrazó á todos, diciéndoles que de su natural condicion

nacia hacer aquellas obras, ó otras que fuesen buenas á todos los que

conocia ó imaginaba ser hidalgos castellanos.

Reiteráronse dos veces los abrazos, y con alegría mezclada con algun

sentimiento triste se despidieron, y caminando con la comodidad que

permitia la delicadeza de las dos nuevas peregrinas, en tres dias

llegaron á Monserrate, y estando allí otros tantos, haciendo lo que á

buenos y católicos cristianos debian, con el mismo espacio volvieron á

su camino, y sin sucederles reves ni desman alguno llegaron á Santiago.

Y despues de cumplir su voto con la mayor devocion que pudieron, no

quisieron dejar el hábito de peregrinos hasta entrar en sus casas, á

las cuales llegaron poco á poco, descansados y contentos; mas ántes

que llegasen, estando á vista del lugar de Leocadia (que como se ha

dicho era á una legua del de Teodosia), desde encima de un recuesto

los descubrieron á entrambos, sin poder encubrir las lágrimas, que

el contento de verlos les trujo á los ojos, á lo ménos á las dos

desposadas, que con su vista renovaron la memoria de los pasados

sucesos.

Descubríase desde la parte donde estaban un ancho valle, que los

dos pueblos dividia, en el cual vieron á la sombra de un olivo un

dispuesto caballero, sobre un poderoso caballo, con una blanquísima

adarga en el brazo izquierdo, una gruesa y larga lanza terciada en

el derecho; y mirándole con atencion, vieron que asimismo por entre

unos olivares venian otros dos caballeros con las mismas armas y con

el mismo donaire y apostura, y de allí á poco vieron que se juntaron

todos tres, y habiendo estado un pequeño espacio juntos se apartaron,

y uno de los que á lo último habian venido se apartó con el que estaba

primero debajo del olivo: los cuales, poniendo las espuelas á los

caballos, arremetieron el uno al otro, con muestras de ser mortales

enemigos, comenzando á tirarse bravos y diestros botes de lanza, ya

hurtando los golpes, ya recogiéndolos con tanta destreza, que daban

bien á entender ser maestros en aquel ejercicio: el tercero los estaba

mirando, sin moverse de un lugar: mas no pudiendo D. Rafael sufrir

estar tan léjos, mirando aquella tan reñida y singular batalla, á todo

correr bajó del recuesto, siguiéndole su hermana y su esposa, y en

poco espacio se puso junto á los dos combatientes, á tiempo que ya los

dos caballeros andaban algo heridos; y habiéndosele caido al uno el

sombrero, y con él un casco de acero, al volver el rostro conoció D.

Rafael ser su padre, y Marco Antonio conoció que el otro era el suyo.

Leocadia, que con atencion habia mirado al que no se combatia, conoció

que era el padre que la habia engendrado, de cuya vista todos cuatro

suspensos, atónitos y fuera de sí quedaron; pero dando el sobresalto

lugar al discurso de la razon, los dos cuñados, sin detenerse, se

pusieron en medio de los que peleaban, diciendo á voces:

--No mas, caballeros, no mas, que los que esto os piden y suplican son

vuestros propios hijos: Yo soy Marco Antonio, padre y señor mio, decia

Marco Antonio: yo soy aquel por quien, á lo que imagino, están vuestras

canas venerables puestas en este riguroso trance: templad la furia y

arrojad la lanza, ó volvedla contra otro enemigo, que el que teneis

delante ya de hoy mas ha de ser vuestro hermano.

Casi estas mismas razones decia D. Rafael á su padre, á las cuales se

detuvieron los caballeros, y atentamente se pusieron á mirar á los que

se las decian, y volviendo la cabeza, vieron que D. Enrique, el padre

de Leocadia, se habia apeado, y estaba abrazado con el que pensaban

ser peregrino; y era que Leocadia se habia llegado á él, y dándosele á

conocer, le rogó que pusiese en paz á los que se combatian, contándole

en breves razones, cómo D. Rafael era su esposo, y Marco Antonio lo era

de Teodosia.

Oyendo esto su padre, se apeó, y la tenia abrazada, como se ha dicho;

pero dejándola, acudió á ponerlos en paz, aunque no fué menester,

pues ya los dos habian conocido á sus hijos, y estaban en el suelo,

teniéndolos abrazados, llorando todos lágrimas de amor y de contento

nacidas. Juntáronse todos, y volvieron á mirar á sus hijos, y no sabian

qué decirse: atentábanles los cuerpos, por ver si eran fantásticos,

que su improvisa llegada esta y otras sospechas engendraba; pero

desengañados algun tanto, volvieron á las lágrimas y á los abrazos.

Y en esto asomó por el mismo valle gran cantidad de gente armada,

de á pié y de á caballo, los cuales venian á defender al caballero

de su lugar; pero como llegaron, y los vieron abrazados de aquellos

peregrinos, y preñados los ojos de lágrimas, se apearon y admiraron,

estando suspensos, hasta tanto que D. Enrique les dijo brevemente lo

que Leocadia su hija les habia contado.

Todos fueron á abrazar á los peregrinos con muestras de contento

tales, que no se pueden encarecer. D. Rafael de nuevo contó á todos,

con la brevedad que el tiempo requeria, todo el suceso de sus amores,

y de cómo venia casado con Leocadia, y su hermana Teodosia con Marco

Antonio: nuevas, que de nuevo causaron nueva alegría. Luego de los

mismos caballos de la gente que llegó al socorro, tomaron los que

hubieron menester para los cinco peregrinos, y acordaron de irse

al lugar de Marco Antonio, ofreciéndole su padre de hacer allí las

bodas de todos, y con este parecer se partieron; y algunos de los que

se habian hallado presentes se adelantaron á pedir albricias á los

parientes y amigos de los desposados. En el camino supieron D. Rafael

y Marco Antonio la causa de aquella pendencia, que fué que el padre de

Teodosia y el de Leocadia habian desafiado al padre de Marco Antonio

en razon de que él habia sido sabidor de los engaños de su hijo, y

habiendo venido los dos, y hallándole solo, no quisieron combatirse con

alguna ventaja, sino uno á uno como caballeros, cuya pendencia parara

en la muerte de uno ó en la de entrambos, si ellos no hubieran llegado.

Novelas ejemplares · 第 30 / 41 段