Acabóse la cena, alzáronse los manteles, y en tanto que D. Rafael se

desnudaba, habiéndole dicho lo que del mancebo sospechaba, con su

parecer y licencia se apartó con el mancebo á un balcon de una ancha

ventana que á la calle salia, y en él puestos los dos de pechos,

Teodoro así comenzó á hablar con el mozo.

--Quisiera, señor Francisco (que así habia dicho él que se llamaba),

haberos hecho tantas buenas obras, que os obligara á no negarme

cualquiera cosa que pudiera ó quisiera pediros; pero el poco tiempo que

há que os conozco, no ha dado lugar á ello: podria ser que en el que

está por venir conociésedes lo que merece mi deseo; y si al que ahora

tengo no gustáredes de satisfacer, no por eso dejaré de ser vuestro

servidor, como lo soy tambien ántes que os le descubra. Quiero tambien

que sepais que aunque tengo tan pocos años como los vuestros, tengo mas

esperiencia de las cosas de mundo que ellos prometen, pues con ella he

venido á sospechar que vos no sois varon como vuestro traje lo muestra,

sino mujer, y tan bien nacida como vuestra hermosura publica, y quizá

tan desdichada como lo da á entender la mudanza del traje; pues jamas

tales mudanzas son por bien de quien las hace: si es verdad lo que

sospecho, decídmelo, que os juro por la fe de caballero que profeso, de

ayudaros y serviros en todo aquello que pudiere. De que seais mujer,

no me lo podeis negar, pues por las ventanas de vuestras orejas se

ve esta verdad bien clara, y habeis andado descuidada en no cerrar y

disimular esos agujeros con alguna cera encarnada, que pudiera ser que

otro tan curioso como yo y no tan honrado, sacara á luz lo que vos tan

mal habeis sabido encubrir: digo que no dudeis de decirme quién sois,

con presupuesto que os ofrezco mi ayuda, y os aseguro el secreto que

quisiéredes que tenga.

Con grande atencion estaba el mancebo escuchando lo que Teodoro le

decia, y viendo que ya callaba, ántes que le respondiese palabra, le

tomó las manos, y llegándoselas á la boca, se las besó por fuerza, y

aun se las bañó con gran cantidad de lágrimas que de sus hermosos ojos

derramaba, cuyo estraño sentimiento le causó en Teodoro de manera,

que no pudo dejar de acompañarle en ellas (propia y natural condicion

de mujeres principales enternecerse de los sentimientos y trabajos

ajenos); pero despues que con dificultad retiró sus manos de la boca

del mancebo, estuvo atenta á ver lo que le respondia, el cual dando un

profundo gemido, acompañado de muchos suspiros, dijo:

--No quiero ni puedo negaros, señor, que vuestra sospecha no haya sido

verdadera: mujer soy, y la mas desdichada que echaron al mundo las

mujeres; y pues las obras que me habeis hecho y los ofrecimientos que

me haceis, me obligan á obedeceros en cuanto me mandáredes, escuchad,

que yo os diré quién soy (si ya no os cansa oir ajenas desventuras).

--En ellas viva yo siempre, replicó Teodoro, si no llegue el gusto

de saberlas á la pena que me darán el ser vuestras, que ya las voy

sintiendo como propias mias.

Y tornándole á abrazar, y á hacer nuevos y verdaderos ofrecimientos, el

mancebo algo mas sosegado comenzó á decir estas razones.

--En lo que toca á mi patria, la verdad he dicho: en lo que toca á

mis padres, no la dije; porque D. Enrique no lo es, sino mi tio, y

su hermano D. Sancho mi padre, que yo soy la hija desventurada que

vuestro hermano dice que D. Sancho tiene tan celebrada de hermosa, cuyo

engaño y desengaño se echa de ver en la ninguna hermosura que tengo:

mi nombre es Leocadia: la ocasion de la mudanza de mi traje oiréis

ahora. Dos leguas de mi lugar está otro de los mas ricos y nobles de la

Andalucía, en el cual vive un principal caballero que trae su origen

de los nobles y antiguos Adornos de Génova: este tiene un hijo, que

si no es que la fama se adelanta en sus alabanzas, como en las mias,

es de los gentiles-hombres que desearse puede. Este pues, así por la

vecindad de los lugares, como por ser aficionado al ejercicio de la

caza cómo mi padre, algunas veces venia á mi casa, y en ella se estaba

cinco ó seis dias, que todos y aun parte de las noches él y mi padre

las pasaban en el campo: desta ocasion tomó la fortuna, ó el amor, ó

mi poca advertencia la que fué bastante para derribarme de la alteza

de mis buenos pensamientos, á la bajeza del estado en que me veo;

pues habiendo mirado, mas de aquello que fuera lícito á una recatada

doncella, la gentileza y discrecion de Marco Antonio, y considerado

la calidad de su linaje y la mucha cantidad de los bienes que llaman

de fortuna, que su padre tenia, me pareció que si le alcanzaba por

esposo, era toda la felicidad que podia caber en mi deseo: con este

pensamiento le comencé á mirar con mas cuidado, y debió de ser sin duda

con mas descuido, pues él vino á caer en que yo le miraba; y no quiso

ni le fué menester al traidor otra entrada para entrarse en el secreto

de mi pecho, y robarme las mejores prendas de mi alma. Mas no sé para

qué me pongo á contaros, señor, punto por punto las menudencias de mis

amores, pues hacen tan poco al caso, sino deciros de una vez lo que él

con muchas de solicitud granjeó conmigo, que fué que habiéndome dado

su fe y palabra, debajo de grandes, á mi parecer, firmes y cristianos

juramentos de ser mi esposo, me ofrecí á que hiciese de mí todo lo que

quisiese; pero aun no bien satisfecha de sus juramentos y palabras,

porque no se las llevase el viento, hice que las escribiese en una

cédula que él me dió firmada de su nombre, con tantas circunstancias y

fuerzas escrita, que me satisfizo. Recebida la cédula, di traza como

una noche viniese de su lugar al mio, y entrase por las paredes de un

jardin á mi aposento, donde sin sobresalto alguno podia coger el fruto

que para él solo estaba destinado. Llegóse en fin la noche por mí tan

deseada.

Hasta este punto habia estado callando Teodoro, teniendo pendiente el

alma de las palabras de Leocadia, que con cada una dellas le traspasaba

el alma, especialmente cuando oyó el nombre de Marco Antonio, y vió

la peregrina hermosura de Leocadia, y consideró la grandeza de su

valor con la de su rara discrecion, que bien lo mostraba en el modo de

contar su historia. Mas cuando llegó á decir: llegó la noche por mí tan

deseada, estuvo por perder la paciencia, y sin poder hacer otra cosa le

salteó la razon, diciendo:

--¿Y bien? así como llegó esa felicísima noche, ¿que hizo? ¿entró por

dicha? ¿gozásteisle? ¿confirmó de nuevo la cédula? ¿quedó contento

en haber alcanzado de vos lo que decís que era suyo? ¿súpolo vuestro

padre, ó en que pararon tan honestos y sabios principios?

--Pararon, dijo Leocadia, en ponerme de la manera que veis, porque no

le gocé, ni me gozó, ni vino al concierto señalado.

Respiró con estas razones Teodosia, detuvo los espíritus que poco á

poco la iban dejando, estimulados y apretados de la rabiosa pestilencia

de los celos, que á mas andar se le iban entrando por los huesos y

médulas, para tomar entera posesion de su paciencia; mas no la dejó

tan libre, que no volviese á escuchar con sobresalto lo que Leocadia

prosiguió, diciendo:

--No solamente no vino, pero de allí á ocho dias supe por nueva cierta

que se habia ausentado de su pueblo y llevado de casa de sus padres

á una doncella de su lugar, hija de un principal caballero, llamada

Teodosia, doncella de estremada hermosura y de rara discrecion; y

por ser de tan nobles padres, se supo en mi pueblo el robo, y luego

llegó á mis oidos, y con él la fria y temida lanza de los celos que

me pasó el corazon, y me abrasó el alma en fuego tal, que en él se

hizo ceniza mi honra y se consumió mi crédito, se secó mi paciencia

y se acabó mi cordura: ¡Ay de mí, desdichada! que luego se me figuró

en la imaginacion Teodosia mas hermosa que el sol, y mas discreta que

la discrecion misma, y sobre todo mas venturosa que yo sin ventura.

Leí luego las razones de la cédula, vilas firmes y valederas, y que

no podian faltar en la fe que publicaban; y aunque á ellas como á

cosa sagrada se acogiera mi esperanza, en cayendo en la cuenta de la

sospechosa compañía que Marco Antonio llevaba consigo, daba con todas

ellas en el suelo: maltraté mi rostro, arranqué mis cabellos, maldije

mi suerte, y lo que mas sentia era no poder hacer estos sacrificios

á todas horas, por la forzosa presencia de mi padre: en fin, por

acabar de quejarme sin impedimento ó por acabar la vida, que es lo mas

cierto, determiné dejar la casa de mi padre; y como para poner por

obra un mal pensamiento parece que la ocasion facilita y allana todos

los inconvenientes, sin temor alguno hurté á un paje de mi padre sus

vestidos, y á mi padre mucha cantidad de dineros, y una noche, cubierta

con su negra capa, salí de casa, y á pié caminé algunas leguas, y

llegué á un lugar que se llama Osuna, y acomodándome en un carro, de

allí á dos dias entré en Sevilla, que fué haber entrado en la seguridad

posible para no ser hallada, aunque me buscasen: allí compré otros

vestidos y una mula, y con unos caballeros que venian á Barcelona

con priesa por no perder la comodidad de unas galeras que pasaban á

Italia, caminé hasta ayer, que me sucedió lo que ya habréis sabido de

los bandoleros que me quitaron cuanto traia, y entre otras cosas la

joya que sustentaba mi salud y aliviaba la carga de mis trabajos, que

fué la cédula de Marco Antonio, que pensaba con ella pasar á Italia,

y hallando Marco Antonio presentársela por testigo de su poca fe, y á

mí por abono de mi mucha firmeza, y hacer de suerte que me cumpliese

la promesa; pero juntamente con esto he considerado que con facilidad

negará las palabras que en un papel están escritas, el que niega las

obligaciones que debian estar grabadas en el alma: que claro está, que

si él tiene en su compañía á la sin par Teodosia, no ha de querer mirar

á la desdichada Leocadia: aunque con todo esto pienso morir, ó ponerme

en la presencia de los dos, para que mi vista los turbe su sosiego: no

piense aquella enemiga de mi descanso gozar tan á poca costa lo que es

mio: yo la buscaré, yo la hallaré y yo la quitaré la vida, si puedo.

--¿Pues qué culpa tiene Teodosia, dijo Teodoro, si ella quizá tambien

fué engañada de Marco Antonio, como vos, señora Leocadia, lo habeis

sido?

--¿Puede ser eso así, dijo Leocadia, si se la llevó consigo? Y

estando juntos los que bien se quieren, ¿qué engaño puede haber?

Ninguno por cierto: ellos están contentos, pues están juntos, ora

estén como suele decirse en los remotos y abrasados desiertos de

Libia, ó en los solos y apartados de la helada Escitia: ella le goza

sin duda, sea donde fuere, y ella sola ha de pagar lo que he sentido

hasta que le halle.

--Podia ser que os engañásedes, replicó Teodosia, que yo conozco

muy bien á esa enemiga vuestra que decís, y sé de su condicion y

recogimiento que nunca ella se aventuraria á dejar la casa de sus

padres ni acudir á la voluntad de Marco Antonio: y cuando lo hubiese

hecho, no conociéndoos, ni sabiendo cosa alguna de lo que con él

teníades, no os agravió en nada, y donde no hay agravio, no viene bien

la venganza.

--Del recogimiento, dijo Leocadia, no hay que tratarme, que tan

recosida y tan honesta era yo como cuantas doncellas hallarse

pudieran, y con todo eso hice lo que habeis oido: de que él la llevase,

no hay duda; y de que ella no me haya agraviado, mirándolo sin pasion,

yo lo confieso; mas el dolor que siento de los celos, me la representa

en la memoria, bien así como espada que atravesada tengo por mitad

de las entrañas, y no es mucho que como á instrumento que tanto me

lastima, le procure arrancar dellas y hacerle pedazos: cuanto mas, que

prudencia es apartar de nosotros las cosas que nos dañan, y es natural

cosa aborrecer las que nos hacen mal y aquellas que nos estorban el

bien.

--Sea como vos decís, señora Leocadia, respondió Teodosia, que así como

veo que la pasion que sentís no os deja hacer mas acertados discursos,

veo que no estais en tiempo de admitir consejos saludables: de mí os

sé decir lo que ya os he dicho, que os he de ayudar y favorecer en

todo aquello que fuere justo y yo pudiere; y lo mismo os prometo de mi

hermano, que su natural condicion y nobleza no le dejarán hacer otra

cosa: nuestro camino es á Italia; si gustáredes venir con nosotros,

ya poco mas ó ménos sabeis el trato de nuestra compañía: lo que os

ruego es, me deis licencia que diga á mi hermano lo que sé de vuestra

hacienda, para que os trate con el comedimiento y respeto que se os

debe, y para que se obligue á mirar por vos como es razon: junto con

esto me parece no ser bien que mudeis de traje; y si en este pueblo

hay comodidad de vestiros, por la mañana os compraré los vestidos

mejores que hubiere, y que mas os convengan, y en lo demas de vuestras

pretensiones, dejad el cuidado al tiempo, que es gran maestro de dar y

hallar remedio á los casos mas desesperados.

Agradeció Leocadia á Teodosia, que ella pensaba ser Teodoro, sus

muchos ofrecimientos, y dióle licencia de decir á su hermano todo lo

que quisiese, suplicándole que no la desamparase, pues veia á cuántos

peligros estaba puesta, si por mujer fuese conocida.

Con esto se despidieron y se fueron á acostar, Teodosia al aposento de

su hermano, y Leocadia á otro que junto dél estaba.

No se habia aun dormido D. Rafael, esperando á su hermana por saber lo

que le habia pasado con el que pensaba ser mujer; y en entrando, ántes

que se acostase, se lo preguntó: la cual punto por punto le contó todo

cuanto Leocadia le habia dicho, cúya hija era, sus amores, la cédula de

Marco Antonio, y la intencion que llevaba. Admiróse D. Rafael, y dijo á

su hermana:

--Si ella es la que dice, séos decir, hermana, que es de las mas

principales de su lugar, y una de las mas nobles señoras de toda la

Andalucía: su padre es bien conocido del nuestro, y la fama que ella

tenia de hermosa corresponde muy bien á lo que ahora vemos en su

rostro; y lo que desto me parece es que debemos andar con recato, de

manera, que ella no hable primero con Marco Antonio que nosotros, que

me da algun cuidado la cédula que dice que le hizo, puesto que la haya

perdido; pero sosegáos y acostáos, hermana, que para todo se buscará

remedio.

Hizo Teodosia lo que su hermano la mandaba, en cuanto al acostarse, mas

en lo de sosegarse no fué en su mano, que ya tenia tomada posesion de

su alma la rabiosa enfermedad de los celos. ¡Oh cuánto mas de lo que

ella era se le representaba en la imaginacion la hermosura de Leocadia,

y la deslealtad de Marco Antonio! ¡Oh cuántas veces leia ó fingia leer

la cédula que la habia dado! ¡Qué de palabras y razones la añadia, que

la hacian cierta y de mucho efecto! ¡Cuántas veces no creyó que se le

habia perdido, y cuántas imaginó que sin ella Marco Antonio no dejara

de cumplir su promesa, sin acordarse de lo que á ella estaba obligado!

Pasósele en esto la mayor parte de la noche sin dormir sueño. Y no la

pasó con mas descanso D. Rafael su hermano; porque así como oyó decir

quién era Leocadia, así se le abrasó el corazon en sus amores, como

si de mucho ántes para el mismo efeto la hubiera comunicado; que esta

fuerza tiene la hermosura, que en un punto, en un momento lleva tras

sí el deseo de quien la mira y la conoce: y cuando descubre ó promete

alguna via de alcanzarse y gozarse, enciende con poderosa vehemencia

el alma de quien la contempla, bien así del modo y facilidad con que

se enciende la seca y dispuesta pólvora con cualquiera centella que la

toca.

No la imaginaba atada al árbol, ni vestida en el roto traje de varon,

sino en el suyo de mujer, y en casa de sus padres, ricos y de tan

principal y rico linaje como ellos eran: no detenia ni queria detener

el pensamiento en la causa que la habia traido á que la conociese:

deseaba que el dia llegase para proseguir su jornada, y buscar á

Marco Antonio, no tanto para hacerle su cuñado, como para estorbar

que no fuese marido de Leocadia; y ya le tenian el amor y el celo de

manera, que tomara por buen partido ver á su hermana sin el remedio

que le procuraba, y á Marco Antonio sin vida á trueco de no verse

sin esperanza de alcanzar á Leocadia: la cual esperanza ya le iba

prometiendo felice suceso en su deseo, ó ya por el camino de la fuerza,

ó por el de los regalos y buenas obras, pues para todo le daba lugar el

tiempo y la ocasion.

Con esto que él á sí mismo se prometia, se sosegó algun tanto, y de

allí á poco se dejó venir el dia, y ellos dejaron las camas, y llamando

D. Rafael al huésped le preguntó si habia comodidad en aquel pueblo

para vestir á un paje á quien los bandoleros habian desnudado. El

huésped dijo que él tenia un vestido razonable que vender: trújole,

y vínole bien á Leocadia. Pagóle D. Rafael, y ella se le vistió, y

se ciñó una espada y una daga con tanto donaire y brio, que en aquel

mismo traje suspendió los sentidos de D. Rafael, y dobló los celos

en Teodosia. Ensilló Calvete, y á las ocho del dia partieron para

Barcelona, sin querer subir por entónces al famoso monasterio de

Monserrate, dejándolo para cuando Dios fuese servido de volverlos con

mas sosiego á su patria.

No se podrá contar buenamente los pensamientos que los dos hermanos

llevaban, ni con cuán diferentes ánimos los dos iban mirando á

Leocadia, deseándola Teodosia la muerte, D. Rafael la vida, entrambos

celosos y apasionados: Teodosia buscando tachas que ponerla, por no

desmayar en su esperanza; D. Rafael hallándole perfecciones, que

de punto en punto le obligaban mas á amarla. Con todo esto no se

descuidaron de darse priesa, de modo que llegaron á Barcelona poco

ántes que el sol se pusiese.

Admiróles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de

las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los

circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores,

amparo de los estranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de

lealtad, y satisfacion de todo aquello que de una grande, famosa, rica

y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo.

En entrando en ella, oyeron grandísimo ruido, y vieron correr gran

tropel de gente con grande alboroto, y preguntando la causa de aquel

ruido y movimiento, les respondieron que la gente de las galeras que

estaba en la playa, se habia revuelto y trabado con la de la ciudad.

Oyendo lo cual D. Rafael, quiso ir á ver lo que pasaba, aunque Calvete

le dijo que no lo hiciese, por no ser cordura irse á meter en un

manifiesto peligro, que él sabia bien cuán mal libraban los que en

tales pendencias se metian, que eran ordinarias en aquella ciudad,

cuando á ella llegaban galeras. No fué bastante el buen consejo de

Calvete para estorbar á D. Rafael la ida, y así le siguieron todos: y

en llegando á la marina, vieron muchas espadas fuera de las vainas,

y mucha gente acuchillándose sin piedad alguna: con todo esto, sin

apearse llegaron tan cerca, que distintamente veian los rostros de los

que peleaban, porque aun no era puesto el sol.

Era infinita la gente que de la ciudad acudia, y mucha la que de las

galeras se desembarcaba, puesto que el que las traia á cargo, que

era un caballero valenciano, llamado D. Pedro Vique, desde la popa

de la galera capitana amenazaba á los que se habian embarcado en los

esquifes para ir á socorrer á los suyos; mas viendo que no aprovechaban

sus voces ni sus amenazas, hizo volver las proas de las galeras á la

ciudad, y disparar una pieza sin bala, señal de que si no se apartasen,

otra no iria sin ella.

En esto estaba D. Rafael atentamente mirando la cruel y bien trabada

riña, y vió y notó que de parte de los que mas se señalaban de las

galeras, lo hacia gallardamente un mancebo de hasta veintidos ó poco

mas años, vestido de verde, con un sombrero de la misma color adornado

con un rico trencillo al parecer de diamantes: la destreza con que el

mozo se combatia, y la bizarría del vestido, hacian que volviesen á

mirarle todos cuantos la pendencia miraban; y de tal manera le miraron

los ojos de Teodosia y de Leocadia, que ambas á un mismo punto y tiempo

dijeron:

--¡Válame Dios! Ó yo no tengo ojos, ó aquel de lo verde es Marco

Antonio.

Y en diciendo esto, con gran lijereza saltaron de las mulas, y poniendo

mano á sus dagas y espadas, sin temor alguno se entraron por mitad de

la turba, y se pusieron la una á un lado, y la otra al otro de Marco

Antonio (que él era el mancebo de lo verde que se ha dicho).

--No temais, dijo así como llegó Leocadia, señor Marco Antonio, que

á vuestro lado teneis quien os hará escudo con su propia vida, por

defender la vuestra.

--¿Quién lo duda, replicó Teodosia, estando yo aquí?

D. Rafael que vió y oyó lo que pasaba, las siguió asimismo, y se puso

de su parte. Marco Antonio ocupado en ofender y defenderse, no advirtió

en las razones que las dos le dijeron: ántes cebado en la pelea, hacia

cosas al parecer increibles. Pero como la gente de la ciudad por

momentos crecia, fuéles forzoso á los de las galeras retirarse hasta

meterse en el agua. Retirábase Marco Antonio de mala gana, y á su

mismo compas se iban retirando á sus lados las dos valientes y nuevas

Bradamante y Marfisa, ó Hipólita y Pantasilea.

En esto vino un caballero catalan de la famosa familia de los Cardonas,

sobre un poderoso caballo, y poniéndose en medio de las dos partes,

hacia retirar los de la ciudad, los cuales le tuvieron respeto en

conociéndole. Pero algunos desde léjos tiraban piedras á los que ya se

iban acogiendo al agua; y quiso la mala suerte que una acertase en la

sien á Marco Antonio con tanta furia, que dió con él en el agua, que ya

le daba á la rodilla; y apénas Leocadia le vió caido, cuando se abrazó

con él y le sostuvo en sus brazos, y lo mismo hizo Teodosia. Estaba D.

Rafael un poco desviado, defendiéndose de las infinitas piedras que

sobre él llovian; y queriendo acudir al remedio de su dama, y al de su

hermana y cuñado, el caballero catalan se le puso delante, diciéndole:

--Sosegáos, señor, por lo que debeis á un buen soldado, y hacedme

merced de poneros á mi lado, que yo os libraré de la insolencia y

demasía deste desmandado vulgo.

--¡Ah señor! respondió D. Rafael, dejadme pasar, que veo en gran

peligro puestas las cosas que en esta vida mas quiero.

Dejóle pasar el caballero, mas no llegó tan á tiempo, que ya no

hubiesen recogido en el esquife de la galera capitana á Marco Antonio

y á Leocadia, que jamas le dejó de los brazos, y queriéndose embarcar

con ellos Teodosia, ó ya fuese por estar cansada, ó por la pena de

haber visto herido á Marco Antonio, ó por ver que se iba con él su

mayor enemiga, no tuvo fuerza para subir en el esquife, y sin duda

cayera desmayada en el agua, si su hermano no llegara á tiempo de

socorrerla, el cual no sintió menor pena de ver que con Marco Antonio

se iba Leocadia, que su hermana habia sentido (que ya tambien él habia

conocido á Marco Antonio). El caballero catalan, aficionado de la

gentil presencia de D. Rafael y de su hermana (que por hombre tenia),

los llamó desde la orilla, y les rogó que con él se viniesen; y ellos

forzados de la necesidad, y temerosos de que la gente, que aun no

estaba pacífica, les hiciese algun agravio, hubieron de aceptar la

oferta que se les hacia.

El caballero se apeó, y tomándolos á su lado, con la espada desnuda

pasó por medio de la turba alborotada, rogándoles que se retirasen,

y así lo hicieron. Miró D. Rafael á todas partes por ver si veria á

Calvete con las mulas, y no le vió á causa que él así como ellos se

apearon, las antecogió y se fué á un meson donde solia posar otras

veces.

Llegó el caballero á su casa, que era una de las principales de la

ciudad, y preguntando á D. Rafael en cuál galera venia, le respondió

que en ninguna, pues habia llegado á la ciudad al mismo punto que se

comenzaba la pendencia, y que por haber conocido en ella al caballero

que llevaron herido de la pedrada en el esquife, se habia puesto en

aquel peligro, y que le suplicaba diese órden como sacasen á tierra al

herido, que en ello le importaba el contento y la vida.

--Eso haré yo de buena gana, dijo el caballero, y sé que me le dará

seguramente el general, que es principal caballero y pariente mio.

Y sin detenerse mas, volvió á la galera, y halló que estaban curando

á Marco Antonio, y la herida que tenia era peligrosa, por ser en la

sien izquierda y decir el cirujano ser de peligro: alcanzó con el

general se le diese para curarle en tierra, y puesto con gran tiento

en el esquife, le sacaron, sin quererle dejar Leocadia, que se embarcó

con él como en seguimiento del norte de su esperanza. En llegando á

tierra, hizo el caballero traer de su casa una silla de manos, donde le

llevasen. En tanto que esto pasaba, habia enviado D. Rafael á buscar á

Calvete, que en el meson estaba con cuidado de saber lo que la suerte

habia hecho de sus amos, y cuando supo que estaban buenos, se alegró en

estremo, y vino adonde D. Rafael estaba.

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