hados? ¿Qué camino es el mio, ó qué salida espero tener del intricado
laberinto donde me hallo? ¡Ay pocos y mal esperimentados años,
incapaces de toda buena consideracion y consejo! ¿Qué fin ha de tener
esta no sabida peregrinacion mia? ¡Ay honra menospreciada, ay amor mal
agradecido, ay respetos de honrados padres y parientes atropellados, y
ay de mí una y mil veces, que tan á rienda suelta me dejé llevar de mis
deseos! ¡Ó palabras fingidas, que tan de veras me obligastes á que con
obras os respondiese! Pero ¿de quién me quejo, cuitada? ¿Yo no soy la
que quise engañarme? ¿No soy yo la que tomó el cuchillo en sus mismas
manos, con que corté y eché por tierra mi crédito, con el que de mi
valor tenian mis ancianos padres? ¡Oh fementido Marco Antonio! ¿Cómo es
posible que en las dulces palabras que me decias, viniese mezclada la
hiel de tus descortesías y desdenes? ¿Adónde estás, ingrato, adónde te
fuiste, desconocido? Respóndeme, que te hablo: espérame, que te sigo:
susténtame, que descaezco: págame lo que me debes: socórreme, pues por
tantas vias te tengo obligado.
Calló en diciendo esto, dando muestra en los ayes y suspiros que
no dejaban los ojos de derramar tiernas lágrimas. Todo lo cual con
sosegado silencio estuvo escuchando el segundo huésped, coligiendo
por las razones que habia oido, que sin duda alguna era mujer la que
se quejaba, cosa que le avivó mas el deseo de conocella, y estuvo
muchas veces determinado de irse á la cama de la que creia ser mujer;
y hubiéralo hecho, si en aquella sazon no le sintiera levantar, y
abriendo la puerta de la sala dió voces al huésped de casa que le
ensillase el cuartago, porque queria partirse. Á lo cual, al cabo de un
buen rato que el mesonero se dejó llamar, le respondió que se sosegase,
porque aun no era pasada la media noche, y que la escuridad era tanta,
que seria temeridad ponerse en camino. Quietóse con esto, y volviendo á
cerrar la puerta se arrojó en la cama de golpe, dando un recio suspiro.
Parecióle al que escuchaba que seria bien hablarle, y ofrecerle para
su remedio lo que de su parte podia, por obligarle con esto á que se
descubriese, y su lastimera historia le contase, y así le dijo: Por
cierto, señor gentilhombre, que si los suspiros que habeis dado y las
palabras que habeis dicho no me hubieran movido á condolerme del mal
de que os quejais, entendiera que carecia de natural sentimiento, ó
que mi alma era piedra, y mi pecho de bronce duro; y si esta compasion
que os tengo, y el presupuesto que en mí ha nacido de poner mi vida
por vuestro remedio (si es que vuestro mal le tiene) merece alguna
cortesía, en recompensa ruégoos que la useis conmigo, declarándome, sin
encubrirme cosa, la causa de vuestro dolor.
--Si él no me hubiera sacado de sentido, respondió el que se quejaba,
bien debiera yo de acordarme que no estaba solo en este aposento, y
así hubiera puesto mas freno á mi lengua y mas tregua á mis suspiros;
pero en pago de haberme faltado la memoria en parte donde tanto me
importaba tenerla, quiero hacer lo que me pedís, porque renovando la
amarga historia de mis desgracias, podria ser que el nuevo sentimiento
me acabase; mas si quereis que haga lo que me pedís, habeisme de
prometer por la fe que me habeis mostrado en el ofrecimiento que me
habeis hecho, y por quien vos sois (que á lo que en vuestras palabras
mostrais, prometeis mucho) que por cosas que de mí oigais en lo que
os dijere, no os habeis de mover de vuestro lecho, ni venir al mio,
ni preguntarme mas de aquello que yo quisiere deciros; porque si al
contrario desto hiciéredes, en el punto que os sienta mover, con una
espada que á la cabecera tengo, me pasaré el pecho.
Esotro (que mil imposibles prometiera por saber lo que tanto deseaba)
le respondió que no saldria un punto de lo que le habia pedido,
afirmándoselo con mil juramentos.
--Con ese seguro pues, dijo el primero, yo haré lo que hasta agora no
he hecho, que es dar cuenta de mi vida á nadie, y así escuchad. Habeis
de saber, señor, que yo que en esta posada entré, como sin duda os
habrán dicho, en traje de varon, soy una desdichada doncella, á lo
ménos una que lo fué no ha ocho dias, y lo dejó de ser por inadvertida
y loca, y por creerse de palabras compuestas y afeitadas de fementidos
hombres: mi nombre es Teodosia, mi patria un principal lugar desta
Andalucía, cuyo nombre callo (porque no os importa á vos tanto el
saberlo, como á mí el encubrirlo): mis padres son nobles y mas que
medianamente ricos, los cuales tuvieron un hijo y una hija, él para
descanso y honra suya, y ella para todo lo contrario: á él enviaron
á estudiar á Salamanca: á mí me tenian en su casa, adonde me criaban
con el recogimiento y recato que su virtud y nobleza pedian, y yo sin
pesadumbre alguna siempre les fuí obediente, ajustando mi voluntad á
la suya sin discrepar un solo punto, hasta que mi suerte menguada ó
mi mucha demasía me ofreció á los ojos un hijo de un vecino nuestro
mas rico que mis padres, y tan noble como ellos: la primera vez que le
miré no sentí otra cosa que fuese mas de una complacencia de haberle
visto; y no fué mucho, porque su gala, gentileza, rostro y costumbres
eran de los alabados y estimados del pueblo, con su rara discrecion y
cortesía; pero ¿de qué me sirve alabar á mi enemigo ni ir alargando con
razones el suceso tan desgraciado mio, ó por mejor decir, el principio
de mi locura? Digo en fin, que él me vió una y muchas veces desde
una ventana que frontero de otra mia estaba; desde allí, á lo que me
pareció, me envió el alma por los ojos, y los mios con otra manera
de contento que el primero gustaron de miralle, y aun me forzaron á
que creyese que eran puras verdades cuanto en sus ademanes y en su
rostro leia: fué la vista la intercesora y medianera de la habla, la
habla de declarar su deseo, su deseo de encender el mio y de dar fe al
suyo: llegóse á todo esto las promesas, los juramentos, las lágrimas,
los suspiros, y todo aquello que á mi parecer puede hacer un firme
amador, para dar á entender la entereza de su voluntad y la firmeza
de su pecho, y en mí, desdichada (que jamas en semejantes ocasiones
y trances me habia visto) cada palabra era un tiro de artillería que
derribaba parte de la fortaleza de mi honra; cada lágrima era un fuego
en que se abrasaba mi honestidad: cada suspiro un furioso viento que el
incendio aumentaba de tal suerte, que acabó de consumir la virtud que
hasta entónces aun no habia sido tocada; y finalmente, con la promesa
de ser mi esposo á pesar de sus padres (que para otra le guardaban),
di con todo mi recogimiento en tierra, y sin saber cómo me entregué en
su poder á hurto de mis padres, sin tener otro testigo de mi desatino,
que un paje de Marco Antonio (que este es el nombre del inquietador
de mi sosiego); y apénas hubo tomado de mí la posesion que quiso,
cuando de allí á dos dias desapareció del pueblo, sin que sus padres
ni otra persona alguna supiesen decir ni imaginar dónde habia ido.
Cual yo quedé, dígalo quien tuviere poder para decirlo, que yo no sé
ni supe mas de sentillo: castigué mis cabellos, como si ellos tuvieran
la culpa de mi yerro; martiricé mi rostro, por parecerme que él habia
dado toda la ocasion á mi desventura; maldije mi suerte, acusé mi
presta determinacion, derramé muchas é infinitas lágrimas, víme casi
ahogada entre ellas y entre los suspiros que de mi lastimado pecho
salian, quejéme en silencio al cielo, discurrí con la imaginacion, por
ver si descubria algun camino ó senda á mi remedio, y la que hallé fué
vestirme en hábito de hombre, y ausentarme de la casa de mis padres, y
irme á buscar á este segundo engañador Enéas, á este cruel y fementido
Vireno, á este defraudador de mis buenos pensamientos y legítimas y
bien fundadas esperanzas; y así sin ahondar mucho en mis discursos,
ofreciéndome la ocasion un vestido de camino de mi hermano, y un
cuartago de mi padre que yo ensillé, una noche escurísima salí de casa
con intencion de ir á Salamanca, donde, segun despues se dijo, creian
que Marco Antonio podia haber venido; porque tambien es estudiante, y
camarada del hermano mio que os he dicho: no dejé asimismo de sacar
cantidad de dineros en oro, para todo aquello que en mi impensado viaje
pueda sucederme; lo que mas me fatiga es que mis padres me han de
seguir y hallar por las señas del vestido y del cuartago que traigo, y
cuando esto no tema, temo á mi hermano que está en Salamanca, del cual
si soy conocida, ya se puede entender el peligro en que está puesta
mi vida; porque aunque él escuche mis disculpas, el menor punto de su
honor pasa á cuantas yo pudiere darle: con todo esto, mi principal
determinacion es, aunque pierda la vida, buscar al desalmado de mi
esposo, que no puede negar el serlo sin que le desmientan las prendas
que dejó en mi poder, que son una sortija de diamantes, con unas
cifras que dicen: Es Marco Antonio esposo de Teodosia. Si le hallo,
sabré dél qué halló en mí que tan presto le movió á dejarme; y en
resolucion haré que me cumpla la palabra y fe prometida, ó le quitaré
la vida, mostrándome tan presta á la venganza, como fuí fácil al dejar
agraviarme; porque la nobleza de la sangre que mis padres me han dado,
va despertando en mí brios que me prometen ó ya remedio, ó ya venganza
de mi agravio. Esta es, señor caballero, la verdadera y desdichada
historia que deseábades saber, la cual será bastante disculpa de los
suspiros y palabras que os despertaron: lo que os ruego y suplico es,
que ya que no podais darme remedio, á lo ménos me deis consejo con que
pueda huir los peligros que me contrastan, y templar el temor que tengo
de ser hallada, y facilitar los modos que he de usar para conseguir lo
que tanto deseo y he menester.
Un gran espacio de tiempo estuvo sin responder palabra el que habia
estado escuchando la historia de la enamorada Teodosia, y tanto, que
ella pensó que estaba dormido y que ninguna cosa le habia oido; y para
certificarse de lo que sospechaba, le dijo:
--¿Dormís, señor? y no seria malo que durmiésedes, porque el apasionado
que cuenta sus desdichas á quien no las siente, bien es que causen en
quien las escucha mas sueño que lástima.
--No duermo, respondió el caballero, ántes estoy tan despierto, y
siento tanto vuestra desventura, que no sé si diga que en el mismo
grado me aprieta y duele que á vos misma, y por esta causa el consejo
que me pedís, no solo ha de parar en aconsejaros, sino en ayudaros
con todo aquello que mis fuerzas alcanzaren; que puesto que en el
modo que habeis tenido en contarme vuestro suceso, se ha mostrado
el raro entendimiento de que sois dotada, y que conforme á esto os
debió de engañar mas vuestra voluntad rendida que las persuasiones
de Marco Antonio, todavía quiero tomar por disculpa de vuestro yerro
vuestros pocos años, en los cuales no cabe tener esperiencia de los
muchos engaños de los hombres: sosegad, señora, y dormid, si podeis,
lo poco que debe de quedar de la noche; que en viniendo el dia nos
aconsejaremos los dos y veremos qué salida se podrá dar á vuestro
remedio.
Agradecióselo Teodosia lo mejor que supo, y procuró reposar un rato
por dar lugar á que el caballero durmiese, el cual no fué posible
sosegar un punto, ántes comenzó á volcarse por la cama y á suspirar de
manera que le fué forzoso á Teodosia preguntarle qué era lo que sentia,
que si era alguna pasion á quien ella pudiese remediar, lo haria con la
voluntad misma que él á ella se le habia ofrecido. Á esto respondió el
caballero:
--Puesto que sois vos, señora, la que causa el desasosiego que en mí
habeis sentido, no sois vos la que podais remedialle, que á serlo, no
tuviera yo pena alguna.
No pudo entender Teodosia adónde se encaminaban aquellas confusas
razones; pero todavía sospechó que alguna pasion amorosa le fatigaba,
y aun pensó ser ella la causa, y era de sospechar y de pensar, pues la
comodidad del aposento, la soledad y la escuridad, y el saber que era
mujer, no fuera mucho haber despertado en él algun mal pensamiento,
y temerosa desto se vistió con grande priesa y con mucho silencio, y
se ciñó su espada y daga, y de aquella manera, sentada sobre la cama
estuvo esperando el dia, que de allí á poco espacio dió señal de su
venida con la luz que entraba por los muchos lugares y entradas que
tienen los aposentos de los mesones y ventas: y lo mismo que Teodosia
habia hecho el caballero, y apénas vió estrellado el aposento con la
luz del dia, cuando se levantó de la cama, diciendo:
--Levantáos, señora Teodosia, que yo quiero acompañaros en esta
jornada, y no dejaros de mi lado hasta que como legítimo esposo tengais
en el vuestro á Marco Antonio, ó que él ó yo perdamos las vidas; y aquí
veréis la obligacion y voluntad en que me ha puesto vuestra desgracia.
Y diciendo esto, abrió las ventanas y puertas del aposento.
Estaba Teodosia deseando ver la claridad, para ver con la luz qué talle
y parecer tenia aquel con quien habia estado hablando toda la noche;
mas cuando le miró y le conoció, quisiera que jamas hubiera amanecido,
sino que allí en perpetua noche se le hubieran cerrado los ojos;
porque apénas hubo el caballero vuelto los ojos á mirarla (que tambien
deseaba verla), cuando ella conoció que era su hermano, de quien tanto
se temia, á cuya vista casi perdió la de sus ojos, y quedó suspensa,
y muda, sin color en el rostro; pero sacando del temor esfuerzos, y
del peligro discrecion, echando mano á la daga, la tomó por la punta,
y se fué á hincar de rodillas delante de su hermano, diciendo con voz
turbada y temerosa:
--Toma, señor y querido hermano mio, y haz con este hierro el castigo
del que he cometido, satisfaciendo tu enojo, que para tan grande culpa
como la mia no es bien que ninguna misericordia me valga: yo confieso
mi pecado, y no quiero que me sirva de disculpa mi arrepentimiento:
solo te suplico que la pena sea de suerte, que se estienda á quitarme
la vida, y no la honra, que puesto que yo la he puesto en manifiesto
peligro, ausentándome de casa de mis padres, todavía quedará en
opinion, si el castigo que me dieres fuere secreto.
Mirábala su hermano, y aunque la soltura de su atrevimiento le
incitaba á la venganza, las palabras tan tiernas y tan eficaces con
que manifestaba su culpa le ablandaron de tal suerte las entrañas, que
con rostro agradable y semblante pacífico la levantó del suelo, y la
consoló lo mejor que pudo y supo, diciéndole entre otras razones, que
por no hallar castigo igual á su locura, le suspendia por entónces; y
así por esto, como por parecerle que aun no habia cerrado la fortuna de
todo en todo las puertas á su remedio, queria ántes procurársele por
todas las vias posibles, que no tomar venganza del agravio que de su
mucha liviandad en él redundaba.
Con estas razones volvió Teodosia á cobrar los perdidos espíritus,
tornó la color á su rostro, y revivieron sus casi muertas esperanzas.
No quiso mas D. Rafael (que así se llamaba su hermano) tratarle de su
suceso: solo le dijo que mudase el nombre de Teodosia en Teodoro, que
diesen luego la vuelta á Salamanca los dos juntos á buscar á Marco
Antonio, puesto que él imaginaba que no estaba en ella, porque siendo
su camarada, le hubiera hablado, aunque podia ser que el agravio que le
habia hecho le enmudeciese y le quitase la gana de verle. Remitióse el
nuevo Teodoro á lo que su hermano quiso. Entró en esto el huésped, al
cual ordenaron que les diese algo de almorzar, porque querian partirse
luego.
Entre tanto que el mozo de mulas ensillaba, y el almuerzo venia, entró
en el meson un hidalgo que venia de camino, que de D. Rafael fué
conocido luego. Conocíale tambien Teodoro, y no osó salir del aposento
por no ser visto. Abrazáronse los dos, y preguntó D. Rafael al recien
venido qué nuevas habia en su lugar. Á lo cual respondió, que él venia
del Puerto de Santa María, adonde dejaba cuatro galeras de partida
para Nápoles, y que en ellas habia visto embarcado á Marco Antonio
Adorno, el hijo de D. Leonardo Adorno. Con las cuales nuevas se holgó
D. Rafael, pareciéndole que pues tan sin pensar habia sabido nuevas de
lo que tanto le importaba, era señal que tendria buen fin su suceso:
rogóle á su amigo que trocase con el cuartago de su padre (que él muy
bien conocia) la mula que él traia, no diciéndole que venia, sino
que iba á Salamanca, y que no queria llevar tan buen cuartago en tan
largo camino. El otro, que era comedido y amigo suyo, se contentó del
trueco, y se encargó de dar el cuartago á su padre. Almorzaron juntos,
y Teodoro solo, y llegado el punto de partirse el amigo, tomó el camino
de Cazalla, donde tenia una rica heredad.
No partió D. Rafael con él, que por hurtarle el cuerpo le dijo que le
convenia volver aquel dia á Sevilla; y así como le vió ido, estando en
órden las cabalgaduras, hecha la cuenta y pagado el huésped, diciendo
adios, se salieron de la posada, dejando admirados á cuantos en ella
quedaban de su hermosura y gentil disposicion, que no tenia para hombre
menor gracia, brio y compostura D. Rafael, que su hermana belleza y
donaire.
Luego en saliendo contó don Rafael á su hermana las nuevas que de
Marco Antonio le habian dado, y que le parecia que con la diligencia
posible caminasen la vuelta de Barcelona, donde de ordinario suelen
parar algun dia las galeras que pasan á Italia ó vienen á España, y que
si no hubiesen llegado podian esperarlas, y allí sin duda hallarian á
Marco Antonio. Su hermana le dijo que hiciese todo aquello que mejor le
pareciese, porque ella no tenia mas voluntad que la suya.
Dijo D. Rafael al mozo de mulas que consigo llevaba, que tuviese
paciencia, porque convenia pasar á Barcelona, asegurándole la paga á
todo su contento del tiempo que con él anduviese. El mozo, que era
de los alegres del oficio, y que conocia que D. Rafael era liberal,
respondió que hasta el cabo del mundo le acompañaria y serviria.
Preguntó D. Rafael á su hermana qué dineros llevaba. Respondió que no
los tenia contados, y que no sabia mas de que en el escritorio de su
padre habia metido la mano siete ó ocho veces, y sacádola llena de
escudos de oro, y segun aquello imaginó D. Rafael que podia llevar
hasta quinientos escudos, que con otros doscientos que él tenia, y una
cadena de oro que llevaba, le pareció no ir muy desacomodado; y mas
persuadiéndose que habia de hallar en Barcelona á Marco Antonio.
Con esto se dieron priesa á caminar sin perder jornada, y sin
acaecerles desman ó impedimento alguno, llegaron á dos leguas de un
lugar que está nueve de Barcelona, que se llama Igualada. Habia sabido
en el camino como un caballero, que pasaba por embajador á Roma, estaba
en Barcelona esperando las galeras, que aun no habian llegado; nueva
que les dió mucho contento. Con este gusto caminaron hasta entrar en un
bosquecillo que en el camino estaba, del cual vieron salir un hombre
corriendo y mirando atras como espantado. Púsosele D. Rafael delante
diciéndole:
--¿Por qué huís, buen hombre, ó que caso os ha acontecido, que con
muestras de tanto miedo os hace parecer tan lijero?
--¿No quereis que corra apriesa y con miedo, respondió el hombre, si
por milagro me he escapado de una compañía de bandoleros que queda en
ese bosque?
--Malo, dijo el mozo de mulas, malo, vive Dios: ¿bandoleritos á estas
horas? Para mi santiguada que ellos nos pongan como nuevos.
--No os congojeis, hermano, replicó el del bosque, que ya los
bandoleros se han ido, y han dejado atados á los árboles deste bosque
mas de treinta pasajeros, dejándolos en camisa: á solo un hombre
dejaron libre para que desatase á los demas despues que ellos hubiesen
traspuesto una montañuela que le dieron por señal.
--Si eso es, dijo Calvete (que así se llamaba el mozo de mulas),
seguros podemos pasar, á causa que al lugar donde los bandoleros hacen
el salto no vuelven por algunos dias, y puedo asegurar esto como
aquel que ha dado dos veces en sus manos, y sabe de molde su usanza y
costumbres.
--Así es, dijo el hombre.
Lo cual oido por D. Rafael, determinó pasar adelante; y no anduvieron
mucho, cuando dieron en los atados, que pasaban de cuarenta, que
los estaba desatando el que dejaron suelto. Era estraño espectáculo
el verlos: unos desnudos del todo: otros vestidos con los vestidos
astrosos de los bandoleros: unos llorando de verse robados, otros
riendo de ver los estraños trajes de los otros: este contaba por menudo
lo que le llevaban: aquel decia que le pesaba mas de una caja de
_agnus_ que de Roma traia, que de otras infinitas cosas que llevaba. En
fin, todo cuanto allí pasaban eran llantos y gemidos de los miserables
despojados. Todo lo cual miraban, no sin mucho dolor, los dos hermanos,
dando gracias al cielo que de tan grande y tan cercano peligro los
habia librado. Pero lo que mas compasion les puso, especialmente á
Teodoro, fué ver al tronco de una encina atado un muchacho de edad, al
parecer, de diez y seis años, con sola la camisa y unos calzones de
lienzo; pero tan hermoso de rostro, que forzaba y movia á todos que le
mirasen.
Apeóse Teodoro á desatarle, y él le agradeció con muy corteses razones
el beneficio; y por hacérsele mayor, pidió á Calvete, el mozo de mulas,
le prestase su capa hasta que en el primer lugar comprasen otra para
aquel gentil mancebo. Dióla Calvete, y Teodoro cubrió con ella al mozo,
preguntándole de dónde era, de dónde venia y adónde caminaba.
Á todo esto estaba presente D. Rafael, y el mozo respondió que era de
Andalucía, y de un lugar, que en nombrándole, vieron que no distaba
del suyo sino dos leguas: dijo que venia de Sevilla, y que su designio
era pasar á Italia á probar ventura en el ejercicio de las armas, como
otros muchos españoles acostumbraban; pero que la suerte suya habia
salido azar con el mal encuentro de los bandoleros, que le llevaban una
buena cantidad de dineros, y tales vestidos, que no se compraran tan
buenos con trecientos escudos; pero que con todo eso pensaba proseguir
su camino, porque no venia de casta que se le habia de helar al primer
mal suceso el calor de su fervoroso deseo.
Las buenas razones del mozo (junto con haber oido que era tan cerca
de su lugar, y mas con la carta de recomendacion que en su hermosura
traia) pusieron voluntad en los dos hermanos de favorecerle en cuanto
pudiesen, y repartiendo entre los que mas necesidad á su parecer
tenian, algunos dineros, especialmente entre frailes y clérigos,
que habia mas de ocho, hicieron que subiese el mancebo en la mula
de Calvete, y sin detenerse mas, en poco espacio se pusieron en
Igualada, donde supieron que las galeras, el dia ántes, habian llegado
á Barcelona, y que de allí á dos dias se partirian, si ántes no les
forzaba la poca seguridad de la playa.
Estas nuevas hicieron que la mañana siguiente madrugasen ántes que
el sol, puesto que aquella noche no la durmieron toda, sino con
mas sobresalto de los hermanos que ellos se pensaron, causado de
que estando á la mesa, y con ellos el mancebo que habian desatado,
Teodoro puso ahincadamente los ojos en su rostro, y mirándole algo
curiosamente, le pareció que tenia las orejas horadadas, y en esto y
en un mirar vergonzoso que tenia, sospechó que debia de ser mujer,
y deseaba acabar de cenar para certificarse á solas de su sospecha;
y entre la cena le preguntó D. Rafael que cúyo hijo era, porque él
conocia toda la gente principal de su lugar, si era aquel que habia
dicho. Á lo cual respondió el mancebo que era hijo de D. Enrique de
Cárdenas, caballero bien conocido. Á esto dijo D. Rafael que él conocia
bien á D. Enrique de Cárdenas; pero que sabia y tenia por cierto que
no tenia hijo alguno; mas que si lo habia dicho por no descubrir sus
padres, que no importaba, y que nunca mas se lo preguntaria.
--Verdad es, replicó el mozo, que D. Enrique no tiene hijos; pero
tiénelos un hermano suyo, que se llama don Sancho.
--Ese tampoco, respondió D. Rafael, tiene hijos, sino una hija sola, y
aun dicen que es de las mas hermosas doncellas que hay en la Andalucía,
y esto no lo sé mas de por fama; que aunque muchas veces he estado en
su lugar, jamas la he visto.
--Todo lo que, señor, decís es verdad, respondió el mancebo, que D.
Sancho no tiene mas de una hija, pero no tan hermosa como su fama dice;
y si yo dije que era hijo de D. Enrique, fué porque me tuviésedes,
señores, en algo, pues no lo soy sino de un mayordomo de D. Sancho, que
ha muchos años que le sirve, y yo nací en su casa, y por cierto enojo
que di á mi padre, habiéndole tomado buena cantidad de dineros, quise
venirme á Italia, como os he dicho, y seguir el camino de la guerra,
por quien vienen, segun he visto, á hacerse ilustres aun los de oscuro
linaje.
Todas estas razones y el modo con que las decia, notaba atentamente
Teodoro, y siempre se iba confirmando en su sospecha.