el que ocupó Costanza cuando la llamaron, estuvo Tomas fuera de sí,
combatida el alma de mil varios pensamientos, sin acertar jamas con
ninguno de su gusto; pero cuando vió que el corregidor se iba y que
Costanza se quedaba, respiró su espíritu, volviéronle los pulsos, que
ya casi desamparado le tenian: no osó preguntar al huésped lo que el
corregidor queria, ni el huésped lo dijo á nadie, sino á su mujer, con
que ella tambien volvió en sí, dando gracias á Dios, que de tan grande
sobresalto la habia librado.
El dia siguiente, cerca de la una, entraron en la posada, con cuatro
hombres de á caballo, dos caballeros ancianos de venerables presencias,
habiendo primero preguntado uno de los mozos que á pié con ellos venian
si era aquella la posada del Sevillano; y habiéndole respondido que sí,
se entraron todos en ella. Apeáronse los cuatro, y fueron á apear los
dos ancianos, señal por do se conoció que aquellos dos eran señores de
los seis. Salió Costanza con su acostumbrada gentileza á ver los nuevos
huéspedes; y apénas la hubo visto uno de los dos ancianos, cuando dijo
al otro:
--Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquello que venimos á
buscar.
Tomas, que acudió á dar recado á las cabalgaduras, conoció luego á dos
criados de su padre, y luego conoció á su padre y al padre de Carriazo,
que eran los dos ancianos á quien los demas respetaban; y aunque se
admiró de su venida, consideró que debian de ir á buscar á él y á
Carriazo á las almadrabas, que no habria faltado quien les hubiese
dicho que en ellas, y no en Flándes, los hallarian; pero no se atrevió
á dejarse conocer en aquel traje, ántes, aventurándolo todo, puesta la
mano en el rostro pasó por delante dellos, y fué á buscar á Costanza,
y quiso la buena suerte que la hallase sola, y apriesa y con lengua
turbada, temeroso que ella no le daria lugar para decirle nada, le dijo:
--Costanza, uno destos dos caballeros ancianos que aquí han llegado
ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar D. Juan de Avendaño;
infórmate de sus criados si tiene un hijo que se llama D. Tomas de
Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir coligiendo y averiguando
que te he dicho verdad en cuanto á la calidad de mi persona, y que te
la diré en cuanto de mi parte te tengo ofrecido; y quédate adios, que
hasta que ellos se vayan no pienso volver á esta casa.
No le respondió nada Costanza, ni él aguardó á que le respondiese, sino
volviéndose á salir cubierto como habia entrado, se fué á dar cuenta á
Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dió voces el huésped
á Tomas que viniese á dar cebada; pero como no pareció, dióla él mismo.
Uno de los dos ancianos llamó aparte á una de las dos mozas gallegas, y
preguntóle cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que habian visto, y
que si era hija ó parienta del huésped ó huéspeda de casa. La gallega
le respondió:
--La moza se llama Costanza, ni es parienta del huésped ni de la
huéspeda, ni sé lo que es: solo digo que la doy á la mala landre, que
no sé qué tiene, que no deja hacer baza á ninguna de las mozas que
estamos en esta casa, pues en verdad que tenemos nuestras faciones como
Dios nos las puso: no entra huésped que no pregunte luego quién es la
hermosa, y que no diga: bonita es, bien parece, á fe que no es mala,
mal año para las mas pintadas, nunca peor me la depare la fortuna; y á
nosotras no hay quien nos diga: ¿qué teneis ahí, diablos, ó mujeres, ó
lo que sois?
--Luego esta niña á esa cuenta, replicó el caballero, debe de dejarse
manosear y requebrar de los huéspedes.
Sí, respondió la gallega, tenedle el pié al herrar, bonita es la niña
para eso: par Dios, señor, si ella se dejara mirar siquiera, manara en
oro: es mas áspera que un erizo: es una traga avemarías, labrando está
todo el dia y rezando: para el dia que ha de hacer milagros, quisiera
yo tener un cuento de renta: mi ama dice que trae un silicio pegado á
las carnes, y que es una santa.
Contentísimo el caballero de lo que habia oido á la gallega, sin
esperar á que le quitasen las espuelas, llamó al huésped, y retirándose
con él aparte en una sala le dijo:
--Yo, señor huésped, vengo á quitaros una prenda mia, que ha algunos
años que teneis en vuestro poder; para quitárosla os traigo mil escudos
de oro y estos trozos de cadena, y este pergamino.
Diciendo esto, sacó los seis de la señal de la cadena que él tenia:
asimismo conoció el pergamino, y alegre sobremanera con el ofrecimiento
de los mil escudos, respondió:
--Señor, la prenda que quereis quitar está en casa; pero no están en
ella la cadena ni el pergamino con que se ha de hacer la prueba de la
verdad, que yo creo que vuesa merced trata; y así le suplico tenga
paciencia, que yo vuelvo luego.
Y al momento fué á avisar al corregidor de lo que pasaba, y de cómo
estaban dos caballeros en su posada, que venian por Costanza.
Acababa de comer el corregidor, y con el deseo que tenia de ver el fin
de aquella historia, subió luego á caballo, y vino á la posada del
Sevillano, llevando consigo el pergamino de la muestra; y apénas hubo
visto á los dos caballeros, cuando abiertos los brazos fué á abrazar al
uno, diciendo:
--¡Válame Dios! ¡qué buena venida es esta, señor D. Juan de Avendaño,
primo y señor mio!
El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:
--Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi venida, pues os veo, y con
la salud que siempre os deseo: abrazad, primo, á este caballero, que es
el señor D. Diego de Carriazo, gran señor, y amigo mio.
--Ya conozco al señor D. Diego, respondió el corregidor, y le soy muy
servidor.
Y abrazándose los dos, despues de haberse recebido con grande amor y
grandes cortesías, se entraron en una sala, donde se quedaron solos con
el huésped, el cual ya tenia consigo la cadena, y dijo:
--Ya el señor corregidor sabe á lo que vuesa merced viene, señor D.
Diego de Carriazo: vuesa merced saque los trozos que faltan á esta
cadena, y el señor corregidor sacará el pergamino que está en su poder,
y hagamos la prueba que ha tantos años que espero á que se haga.
--Desa manera, respondió D. Diego, no habrá necesidad de dar cuenta de
nuevo al señor corregidor de nuestra venida, pues bien se verá que ha
sido á lo que vos, señor huésped, habréis dicho.
--Algo me ha dicho, pero mucho me quedó por saber: el pergamino héle
aquí.
Sacó D. Diego el otro, y juntando las dos partes, se hicieron una, y á
las letras del que tenia el huésped, que como se ha dicho eran E. T. E.
L. S. N. V. D. D. R. respondian en el otro pergamino estas: S. A. S.
A. E. A. L. E. R. A. E. A., que todas juntas decian: _Esta es la señal
verdadera_. Cotejáronse luego los trozos de la cadena, y hallaron ser
las señas verdaderas.
--Esto está hecho, dijo el corregidor: resta ahora saber, si es
posible, quiénes son los padres desta hermosísima prenda.
--El padre, respondió D. Diego, yo lo soy, la madre ya no vive; basta
saber que fué tan principal, que pudiera yo ser su criado; y porque
como se encubre su nombre, no se encubra su fama, ni se culpe lo que
en ella parece manifiesto error y culpa conocida, se ha de saber que
la madre desta prenda, siendo viuda de un gran caballero, se retiró á
una aldea suya, y allí con recato y con honestidad grandísima pasaba
con sus criados y vasallos una vida sosegada y quieta: ordenó la
suerte que un dia, yendo yo á caza por el término de su lugar, quise
visitarla, y era la hora de siesta: cuando llegué á su alcázar, que
así se puede llamar su gran casa, dejé el caballo á un criado mio;
subí sin topar á nadie hasta el mismo aposento donde ella estaba
durmiendo la siesta sobre un estrado negro: era por estremo hermosa,
y el silencio, la soledad, la ocasion, despertaron en mí un deseo mas
atrevido que honesto, y sin ponerme á hacer discretos discursos, cerré
tras mí la puerta, y llegándome á ella, la desperté, y teniéndola
asida fuertemente, le dije: vuesa merced, señora mia, no grite, que
las voces que diere serán pregoneras de su deshonra: nadie me ha visto
entrar en este aposento, que mi suerte, porque la tengo bonísima en
gozaros, ha llovido sueño en todos vuestros criados, y cuando ellos
acudan á vuestras voces, no podrán mas que quitarme la vida: y esto ha
de ser en vuestros mismos brazos, y no por mi muerte dejará de quedar
en opinion vuestra fama. Finalmente yo la gocé contra su voluntad y á
pura fuerza mia: ella cansada, rendida y turbada, ó no pudo ó no quiso
hablarme palabra, y yo dejándola como atontada y suspensa, me volví á
salir por los mismos pasos donde habia entrado, y me vine á la aldea de
otro amigo mio, que estaba dos leguas de la suya. Esta señora se mudó
de aquel lugar á otro, y sin que yo jamas la viese, ni lo procurase, se
pasaron dos años, al cabo de los cuales supe que era muerta; y podrá
haber veinte dias, que con grandes encarecimientos, escribiéndome que
era cosa que me importaba en ella el contento y la honra, me envió á
llamar un mayordomo desta señora; fuí á ver lo que me queria, bien
léjos de pensar en lo que me dijo: halléle á punto de muerte, y por
abreviar razones, en muy breves me dijo cómo al tiempo que murió su
señora le dijo todo lo que conmigo le habia sucedido, y cómo habia
quedado preñada de aquella fuerza, y que por encubrir el bulto habia
venido en romería á Nuestra Señora de Guadalupe, y cómo habia parido
en esta casa una niña que se habia de llamar Costanza: dióme las señas
con que la hallaria, que fueron las que habeis visto de la cadena y
pergamino; y dióme ansimismo treinta mil escudos de oro, que su señora
dejó para casar á su hija: díjome ansimismo que el no habérmelos dado
luego como su señora habia muerto, ni declarádome lo que ella encomendó
á su confianza y secreto, habia sido por pura codicia y por poderse
aprovechar de aquel dinero; pero que ya que estaba á punto de ir á dar
cuenta á Dios, por descargo de su conciencia me daba el dinero, y me
avisaba adónde y cómo habia de hallar mi hija. Recebí el dinero y las
señales, y dando cuenta desto al señor D. Juan de Avendaño, nos pusimos
en camino desta ciudad.
Á estas razones llegaba D. Diego, cuando oyeron que en la puerta de la
calle decian á grandes voces:
--Díganle á Tomas Pedro, el mozo de la cebada, cómo llevan á su amigo
el asturiano preso; que acuda á la cárcel, que allí le espera.
Á la voz de cárcel y de preso, dijo el corregidor que entrase el preso
y el alguacil que le llevaba. Dijeron al alguacil que el corregidor,
que estaba allí, le mandaba entrar con el preso, y así lo hubo de hacer.
Venia el asturiano todos los dientes bañados en sangre, y muy mal
parado, y muy bien asido del alguacil: y así como entró en la sala,
conoció á su padre y al de Avendaño: turbóse, y por no ser conocido,
con un paño como que se limpiaba la sangre se cubrió el rostro.
Preguntó el corregidor que qué habia hecho aquel mozo, que tan mal
parado le llevaban. Respondió el alguacil que aquel mozo era un
aguador, que le llamaban el asturiano, á quien los muchachos por las
calles decian: daca la cola, asturiano, daca la cola; y luego en breves
palabras contó la causa por qué le pedian la tal cola, de que no
riyeron poco todos. Dijo mas: que saliendo por la puerta de Alcántara,
dándole los muchachos priesa con la demanda de la cola, se habia apeado
del asno, y dando tras todos, alcanzó á uno, á quien dejaba medio
muerto á palos, y que queriéndole prender, se habia resistido, y que
por eso iba tan mal parado.
Mandó el corregidor que se descubriese el rostro, y porfiando á no
querer descubrirse, llegó el alguacil, y quitóle el pañuelo, y al
punto le conoció su padre, y dijo todo alterado: Hijo D. Diego, ¿cómo
estás desta manera? ¿qué traje es este? ¿aun no se te han olvidado tus
picardías?
Hincó las rodillas Carriazo, y fuese á poner á los piés de su padre,
que con lágrimas en los ojos le tuvo abrazado un buen espacio. Don
Juan de Avendaño, como sabia que D. Diego habia venido con D. Tomas su
hijo, preguntóle por él: á lo cual respondió que D. Tomas de Avendaño
era el mozo que daba cebada y paja en aquella posada. Con esto que
el asturiano dijo, se acabó de apoderar la admiracion en todos los
presentes, y mandó el corregidor al huésped que trujese allí al mozo de
la cebada.
--Yo creo que no está en casa, respondió el huésped, pero yo le buscaré.
Y así fué á buscalle.
Preguntó D. Diego á Carriazo que qué transformaciones eran aquellas, y
qué les habia movido á ser él aguador, y D. Tomas mozo de meson. Á lo
cual respondió Carriazo que no podia satisfacer á aquellas preguntas
tan en público, que él responderia á solas.
Estaba Tomas Pedro escondido en su aposento, para ver desde allí sin
ser visto lo que hacian su padre y el de Carriazo: teníale suspenso la
venida del corregidor, y el alboroto que en toda la casa andaba. No
faltó quien le dijese al huésped cómo estaba allí escondido: subió por
él, y mas por fuerza que por grado le hizo bajar; y aun no bajara, si
el mismo corregidor no saliera al patio y le llamara por su nombre,
diciendo:
--Baje vuesa merced, señor pariente, que aquí no le aguardan osos ni
leones.
Bajó Tomas, y con los ojos bajos y sumision grande se hincó de rodillas
ante su padre, el cual le abrazó con grandísimo contento, á fuer del
que tuvo el padre del hijo pródigo cuando le cobró de perdido.
Ya en esto habia venido un coche del corregidor para volver en él, pues
la gran fiesta no permitia volver á caballo. Hizo llamar á Costanza, y
tomándola de la mano, se la presentó á su padre, diciendo:
Recebid, señor don Diego, esta prenda, y estimadla por la mas rica que
acertárades á desear; y vos, hermosa doncella, besad la mano á vuestro
padre, y dad gracias á Dios, que con tan honrado suceso ha enmendado,
subido y mejorado la bajeza de vuestro estado.
Costanza, que no sabia ni imaginaba lo que le habia acontecido,
toda turbada y temblando no supo hacer otra cosa que hincarse de
rodillas ante su padre, y tomándole las manos, se las comenzó á
besar tiernamente, bañándoselas con infinitas lágrimas, que por sus
hermosísimos ojos derramaba.
En tanto que esto pasaba, habia persuadido el corregidor á su primo
D. Juan que se viniesen todos con él á su casa; y aunque D. Juan lo
rehusaba, fueron tantas las persuasiones del corregidor, que lo hubo
de conceder; y así entraron en el coche todos; pero cuando dijo el
corregidor á Costanza que entrase tambien en el coche, se le anubló
el corazon, y ella y la huéspeda se asieron una á otra, y comenzaron
á hacer tan amargo llanto, que quebraba los corazones de cuantos le
escuchaban. Decia la huéspeda:
--¿Cómo es esto, hija de mi corazon, que te vas y me dejas? ¿Cómo
tienes ánimo de dejar á esta madre, que con tanto amor te ha criado?
Costanza lloraba, y la respondia con no ménos tiernas palabras. Pero
el corregidor enternecido, mandó que asimismo la huéspeda entrase en el
coche, y que no se apartase de su hija, pues por tal la tenia, hasta
que saliese de Toledo. Así la huéspeda y todos entraron en el coche, y
fueron á casa del corregidor, donde fueron bien recebidos de su mujer,
que era una principal señora. Comieron regalada y suntuosamente, y
despues de comer contó Carriazo á su padre cómo por amores de Costanza
D. Tomas se habia puesto á servir en el meson, y que estaba enamorado
de tal manera della, que sin que le hubiera descubierto ser tan
principal como era, siendo su hija, la tomara por mujer en el estado
de fregona. Vistió luego la mujer del corregidor á Costanza con unos
vestidos de una hija que tenia en la misma edad y cuerpo de Costanza;
y si parecia hermosa con los de labradora, con los cortesanos parecia
cosa del cielo: tan bien la cuadraban, que daba á entender que desde
que nació habia sido señora, y usado los mejores trajes que el uso trae
consigo.
Pero entre tantos alegres, no pudo faltar un triste, que fué D. Pedro,
el hijo del corregidor, que luego se imaginó que Costanza no habia de
ser suya, y así fué la verdad; porque entre el corregidor, y D. Diego
de Carriazo, y D. Juan de Avendaño se concertaron en que D. Tomas se
casase con Costanza, dándole su padre los treinta mil escudos que su
madre le habia dejado; y el aguador D. Diego de Carriazo casase con la
hija del corregidor, y D. Pedro, el hijo del corregidor, con una hija
de D. Juan de Avendaño, que su padre se ofrecia á traer dispensacion
del parentesco.
Desta manera quedaron todos contentos, alegres y satisfechos; y la
nueva de los casamientos y de la ventura de la Fregona ilustre se
estendió por la ciudad, y acudia infinita gente á ver á Costanza en
el nuevo hábito, en el cual tan señora se mostraba como se ha dicho.
Vieron al mozo de la cebada Tomas Pedro vuelto en D. Tomas de Avendaño,
y vestido como señor: notaron que Lope asturiano era muy gentilhombre
despues que habia mudado vestido, y dejado el asno y las aguaderas:
pero con todo eso no faltaba quien en el medio de su pompa, cuando iba
por la calle no le pidiese la cola.
Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del cual se volvieron á Búrgos
D. Diego de Carriazo y su mujer, su padre y Costanza con su marido D.
Tomas, y el hijo del corregidor, que quiso ir á ver á su parienta y
esposa. Quedó el Sevillano rico con los mil escudos, y con muchas joyas
que Costanza dió á su señora, que siempre con este nombre llamaba á la
que la habia criado. Dió ocasion la historia de la Fregona ilustre, á
que los poetas del dorado Tajo ejercitasen sus plumas en solenizar y en
alabar la sin par hermosura de Costanza, la cual aun vive en compañía
de su buen mozo de meson; y Carriazo ni mas ni ménos, con tres hijos,
que sin tomar el estilo del padre, ni acordarse si hay almadrabas en
el mundo, hoy están todos estudiando en Salamanca y su padre apénas ve
algun asno de aguador, cuando se le representa y viene á la memoria el
que tuvo en Toledo, y teme que cuando ménos se cate ha de remanecer en
alguna sátira el daca la cola, asturiano; asturiano, daca la cola.
LAS DOS DONCELLAS.
Cinco leguas de la ciudad de Sevilla está un lugar que se llama
Castilblanco, y en uno de muchos mesones que tiene, á la hora que
anochecia entró un caminante sobre un hermoso cuartago estranjero:
no traia criado alguno, y sin esperar que le tuviesen el estribo, se
arrojó de la silla con gran lijereza.
Acudió luego el huésped (que era hombre diligente y de recato), mas no
fué tan presto que no estuviese ya el caminante sentado en un poyo que
en el portal habia, desabrochándose muy apriesa los botones del pecho,
y luego dejó caer los brazos á una y á otra parte, dando manifiesto
indicio de desmayarse. La huéspeda, que era caritativa, se llegó á él,
y rociándole con agua el rostro, le hizo volver en su acuerdo; y él
dando muestras que le habia pesado de que así le hubiesen visto, se
volvió á abrochar, pidiendo que le diesen luego un aposento donde se
recogiese, y que si fuese posible, fuese solo.
Díjole la huéspeda que no habia mas de una en toda la casa, y que tenia
dos camas, y que era forzoso si algun huésped acudiese, acomodarle en
la una. Á lo cual respondió el caminante que él pagaria los dos lechos,
viniese ó no huésped alguno; y sacando un escudo de oro, se le dió á la
huéspeda con condicion que á nadie diese el lecho vacío.
No se descontentó la huéspeda de la paga, ántes se ofreció de hacer lo
que le pedia, aunque el mismo dean de Sevilla llegase aquella noche á
su casa. Preguntóle si queria cenar, y respondió que no; mas que solo
queria que se tuviese gran cuidado con su cuartago: pidió la llave del
aposento, y llevando consigo unas bolsas grandes de cuero, se entró en
él y cerró tras sí la puerta con llave, y aun á lo que despues pareció
arrimó á ella dos sillas.
Apénas se hubo encerrado, cuando se juntaron á consejo el huésped,
y el mozo que daba la cebada, y otros dos vecinos que acaso allí
se hallaron, y todos trataron de la grande hermosura y gallarda
disposicion del nuevo huésped, concluyendo que jamas tal belleza habian
visto: tanteáronle la edad, y se resolvieron que tendria de diez y
seis á diez y siete años; fueron y vinieron, y dieron y tomaron, como
suele decirse, sobre qué podia haber sido la causa del desmayo que le
dió; pero como no la alcanzaron, quedáronse con la admiracion de su
gentileza. Fuéronse los vecinos á sus casas, y el huésped á pensar el
cuartago, y la huéspeda á aderezar algo de cenar por si otros huéspedes
viniesen. Y no tardó mucho cuando entró otro de poca mas edad que el
primero, y no de ménos gallardía; y apénas le hubo oido la huéspeda,
cuando dijo:
--¡Válame Dios, y qué es esto! ¿vienen por ventura esta noche á posar
ángeles á mi casa?
--¿Por qué dice eso la señora huéspeda? dijo el caballero.
--No lo digo por nada, señor, respondió la mesonera, solo digo que
vuesa merced no se apee, porque no tengo cama que darle, que dos que
tenia las ha tomado un caballero que está en aquel aposento, y me las
ha pagado entrambas, aunque no habia menester mas de la una sola,
porque nadie le entre en el aposento, y es que debe de gustar de la
soledad; y en Dios y en mi ánima que no sé yo por qué, que no tiene él
cara ni disposicion para esconderse, sino para que todo el mundo le vea
y le bendiga.
--¿Tan lindo es, señora huéspeda? replicó el caballero.
--Y ¡cómo si es lindo! dijo ella, y aun mas que relindo.
--Ten aquí, mozo, dijo á esta razon el caballero, que aunque duerma en
el suelo, tengo de ver hombre tan alabado.
Y dando el estribo á un mozo de mulas que con él venia, se apeó, y hizo
que le diesen luego de cenar, y así fué hecho. Y estando cenando, entró
un alguacil del pueblo (como de ordinario en los lugares pequeños se
usa), y sentóse á conversacion con el caballero en tanto que cenaba, y
no dejó entre razon y razon de echar abajo tres cubiletes de vino, y de
roer una pechuga y una cadera de perdiz que le dió el caballero, y todo
se lo pagó el alguacil con preguntarle nuevas de la corte, y de las
guerras de Flándes y bajada del turco, no olvidándose de los sucesos
del transilvano, que nuestro Señor guarde.
El caballero cenaba y callaba, porque no venia de parte que le pudiese
satisfacer á sus preguntas. Ya en esto habia acabado el mesonero de
dar recado al cuartago, y sentóse á hacer tercio en la conversacion,
y á probar de su mismo vino no ménos tragos que el alguacil; y á cada
trago que envasaba, volvia y derribaba la cabeza sobre el hombro
izquierdo, y alababa el vino, que le ponia en las nubes, aunque no se
atrevia á dejarle mucho en ellas, porque no se aguase. De lance en
lance volvieron á las alabanzas del huésped encerrado, y contaron de su
desmayo y encerramiento, y de que no habia querido cenar cosa alguna:
ponderaron el aparato de las bolsas, y la bondad del cuartago y del
vestido vistoso que de camino traia: todo lo cual requeria no venir sin
mozo que le sirviese. Todas estas exageraciones pusieron nuevo deseo
de verle, y rogó al mesonero hiciese de modo como él entrase á dormir
en la otra cama, y le daria un escudo de oro; y puesto que la codicia
del dinero acabó con la voluntad del mesonero de dársela, halló ser
imposible á causa que estaba cerrado por de dentro, y no se atrevia á
despertar al que dentro dormia, y que tan bien tenia pagados los dos
lechos. Todo lo cual facilitó el alguacil, diciendo:
--Lo que se podrá hacer, es que yo llamaré á la puerta, diciendo que
soy la justicia, que por mandado del señor alcalde traigo á aposentar
á este caballero á este meson, y que no habiendo otra cama, se le
manda dar aquella: á lo cual ha de replicar el huésped que se le hace
agravio, porque ya está alquilada, y no es razon quitarla al que
la tiene: con esto quedará el mesonero disculpado, y vuesa merced
conseguirá su intento.
Á todos les pareció bien la traza del alguacil, y por ella le dió el
deseoso cuatro reales.
Púsose luego por obra: y en resolucion, mostrando gran sentimiento el
primer huésped abrió á la justicia, y el segundo pidiéndole perdon del
agravio que al parecer se le habia hecho, se fué á acostar en el lecho
desocupado; pero ni el otro le respondió palabra, ni ménos se dejó
ver el rostro, porque apénas hubo abierto, cuando se fué á su cama, y
vuelta la cara á la pared, por no responder hizo que dormia. El otro se
acostó, esperando cumplir por la mañana su deseo, cuando se levantasen.
Eran las noches de las perezosas y largas de diciembre, y el frio y el
cansancio del camino forzaban á procurar pasarlas con reposo: pero como
no le tenia el huésped primero, á poco mas de la media noche comenzó
á suspirar tan amargamente, que con cada suspiro parecia despedírsele
el alma; y fué de tal manera, que aunque el segundo dormia, hubo de
despertar al lastimero son del que se quejaba, y admirado de los
sollozos, con que acompañaba los suspiros, atentamente se puso á
escuchar lo que al parecer entre sí murmuraba. Estaba la sala escura,
y las camas bien desviadas; pero no por esto dejó de oir entre otras
razones, estas, que con voz debilitada y flaca, el lastimado huésped
primero decia: