En diciendo esto se entró con su ama, y Tomas quedó suspenso; pero

algo consolado, viendo que en solo el pecho de Costanza quedaba el

secreto de su deseo, pareciéndole que pues no habia dado cuenta dél á

su amo, por lo ménos no estaba en peligro de que le echasen de casa.

Parecióle que en el primero paso que habia dado en su pretension,

habia atropellado por mil montes de inconvenientes, y que en las cosas

grandes y dudosas la mayor dificultad está en los principios.

En tanto que esto sucedió en la posada, andaba el asturiano comprando

el asno donde los vendian: y aunque halló muchos, ninguno le satisfizo,

puesto que un jitano anduvo muy solícito por encajalle uno que mas

caminaba por el azogue que le habia echado en los oidos, que por

lijereza suya; pero lo que contentaba con el paso, desagradaba con el

cuerpo, que era muy pequeño, y no del grandor y talle que Lope queria,

que le buscaba suficiente para llevarle á él por añadidura, ora fuesen

vacíos ó llenos los cántaros.

Llegóse á él en esto un mozo, y díjole al oido:

--Galan, si busca bestia cómoda para el oficio de aguador, yo tengo un

asno aquí cerca en un prado, que no le hay mejor ni mayor en la ciudad,

y aconséjole que no compre bestia de jitanos, porque aunque parezcan

sanas y buenas, todas son falsas y llenas de dolamas; si quiere comprar

la que le conviene, véngase conmigo y calle la boca.

Creyóle el asturiano, y díjole que guiase adonde estaba el asno que

tanto encarecia. Fuéronse los dos mano á mano, como dicen, hasta

que llegaron á la huerta del Rey, donde á la sombra de una azuda

hallaron muchos aguadores, cuyos asnos pacian en un prado que allí

cerca estaba. Mostró el vendedor su asno, tal, que le hinchó el ojo

al asturiano, y de todos los que allí estaban fué alabado el asno de

fuerte, de caminador y comedor sobremanera. Hicieron su concierto, y

sin otra seguridad ni informacion, siendo corredores y medianeros los

demas aguadores, dió diez y seis ducados por el asno, con todos los

adherentes del oficio.

Hizo la paga real en escudos de oro. Diéronle el parabien de la compra

y de la entrada en el oficio, y certificáronle que habia comprado un

asno dichosísimo, porque el dueño que le dejaba, sin que se le mancase

ni matase, habia ganado con él en ménos tiempo de un año, despues de

haberse sustentado á él y al asno honradamente, dos pares de vestidos,

y mas aquellos diez y seis ducados con que pensaba volver á su tierra,

donde le tenian concertado un casamiento con una media parienta suya.

Amen de los corredores del asno, estaban otros cuatro aguadores jugando

á la primera, tendidos en el suelo, sirviéndoles de bufete la tierra y

de sobremesa sus capas. Púsose el asturiano á mirarlos, y vió que no

jugaban como aguadores, sino como arcedianos, porque tenia de resto

cada uno mas de cien reales en cuartos y en plata. Llegó una mano de

echar todos el resto; y si uno no diera partido á otro, él hiciera

mesa gallega. Finalmente, á los dos en aquel resto se les acabó el

dinero y se levantaron. Viendo lo cual el vendedor del asno, dijo

que si hubiera cuatro, que él jugara, porque era enemigo de jugar en

tercio. El asturiano, que era de propiedad del azúcar, que jamas gastó

menestra, como dice el italiano, dijo que él haria cuarto. Sentáronse

luego, anduvo la cosa de buena manera, y queriendo jugar ántes el

dinero que el tiempo, en poco rato perdió Lope seis escudos que tenia;

y viéndose sin blanca, dijo que si le querian jugar el asno, que él

le jugaria. Acetáronle el envite, y hizo de resto un cuarto del asno,

diciendo que por cuartos queria jugarle. Dióle tan mal, que en cuatro

restos consecutivamente perdió los cuatro cuartos del asno, y ganóselos

el mismo que se le habia vendido; y levantándose para volverse á

entregarse en él, dijo el asturiano que advirtiesen que él solamente

habia jugado los cuatro cuartos del asno, pero la cola que se la

diesen, y se le llevasen norabuena.

Causóles risa á todos la demanda de la cola; y hubo letrados que fueron

de parecer que no tenia razon en lo que pedia, diciendo que cuando

se vende un carnero ó otra res alguna, no se saca ni quita la cola,

que con uno de los cuartos traseros ha de ir forzosamente. Á lo cual

replicó Lope que los carneros de Berbería ordinariamente tienen cinco

cuartos, y que el quinto es la cola; y cuando los tales carneros se

cuartean, tanto vale la cola como cualquier cuarto; y que á lo de ir

la cola junto con la res que se vende viva y no se cuartea, que lo

concedia; pero que la suya no fué vendida, sino jugada, y que nunca

su intencion fué jugar la cola, y que al punto se la volviesen luego

con todo lo á ella anejo y concerniente, que era desde la punta del

celebro, con toda la osamenta del espinazo, donde ella tomaba principio

y descendia, hasta parar en los últimos pelos della.

--Dadme vos, dijo uno, que ello sea así como decís, y que os la den

como la pedís, y sentáos junto á lo que del asno queda.

--Pues así es, replicó Lope, venga mi cola; si no, por Dios que no me

lleven el asno, si bien viniesen por él cuantos aguadores hay en el

mundo; y no piensen que por ser tantos los que aquí están, me han de

hacer superchería, porque soy yo un hombre que me sabré llegar á otro

hombre, y meterle dos palmos de daga por las tripas, sin que sepa de

quién, por dónde ó cómo le vino; y mas, que no quiero que me paguen

la cola rata por cantidad, sino que quiero que me la den en ser, y la

corten del asno como tengo dicho.

Al ganancioso y á los demas les pareció no ser bien llevar aquel

negocio por fuerza, porque juzgaron ser de tal brio el asturiano, que

no consentiria que se la hiciesen; el cual, como estaba hecho al trato

de las almadrabas, donde se ejercita todo género de rumbo y jácara, y

de estraordinarios juramentos y votos, voleó allí el capelo y empuñó

un puñal que debajo del capotillo traia, y púsose en tal postura, que

infundió temor y respeto en toda aquella aguadora compañía. Finalmente,

uno dellos, que parecia de mas razon y discurso, los concertó en que

se echase la cola contra un cuarto del asno á una quínola, ó á dos y

pasante. Fueron contentos, ganó la quínola Lope, picóse el otro, echó

el otro cuarto, y á otras tres manos quedó sin asno. Quiso jugar el

dinero, no queria Lope, pero tanto le porfiaron todos, que lo hubo

de hacer, con que hizo el viaje del desposado, dejándole sin un solo

maravedí; y fué tanta la pesadumbre que desto recebió el perdidoso, que

se arrojó en el suelo, y comenzó á darse de calabazas por la tierra.

Lope, como bien nacido, y como liberal y compasivo, le levantó, y le

volvió todo el dinero que le habia ganado, y los diez y seis ducados

del asno, y aun de los que él tenia repartió con los circunstantes,

cuya estraña liberalidad pasmó á todos: y si fueran los tiempos y las

ocasiones del Tamorlan, le alzaran por rey de los aguadores.

Con grande acompañamiento volvió Lope á la ciudad, donde contó á Tomas

lo sucedido, y Tomas asimismo le dió cuenta de sus buenos sucesos. No

quedó taberna, ni bodegon, ni junta de pícaros donde no se supiese el

juego del asno, el desquite por la cola, y el brio y la liberalidad

del asturiano; pero como la mala bestia del vulgo por la mayor parte

es mala, maldita y maldiciente, no tomó de memoria la liberalidad,

brio y buenas partes del gran Lope, sino solamente la cola; y así

apénas hubo andado dos dias por la ciudad echando agua, cuando se vió

señalar de muchos con el dedo que decian: Este es el aguador de la

cola. Estuvieron los muchachos atentos, supieron el caso, y no habia

asomado Lope por la entrada de cualquiera calle, cuando por toda ella

le gritaban, quién de aquí, y quién de allí: Asturiano, daca la cola,

daca la cola, asturiano.

Lope, que se vió asaetear de tantas lenguas y con tantas voces, dió en

callar, creyendo que en su mucho silencio se anegara tanta insolencia;

mas ni por esas, pues miéntras mas callaba, mas los muchachos gritaban;

y así probó á mudar su paciencia en cólera, y apeándose del asno, dió á

palos tras los muchachos, que fué afinar el polvorin y ponerle fuego, y

fué otro cortar las cabezas de la serpiente, pues en lugar de una que

quitaba, apaleando á algun muchacho, nacian en el mismo instante no

otras siete sino setecientas, que con mayor ahinco y menudeo le pedian

la cola. Finalmente, tuvo por bien de retirarse á una posada, que habia

tomado fuera de la de su compañero, por huir de la Argüello, y de

estarse en ella hasta que la influencia de aquel mal planeta pasase, y

se borrase de la memoria de los muchachos aquella demanda mala de la

cola, que le pedian.

Seis dias se pasaron sin que saliese de casa, sino era de noche, que

iba á ver á Tomas, y á preguntarle del estado en que se hallaba, el

cual le contó que despues que habia dado el papel á Costanza, nunca mas

habia podido hablarla una sola palabra, y que le parecia que andaba mas

recatada que solia, puesto que una vez tuvo lugar de llegar á hablarle,

y viéndolo ella le habia dicho ántes que llegase:

--Tomas, no me duele nada, y así ni tengo necesidad de tus palabras, ni

de tus oraciones: conténtate, que no te acuso á la Inquisicion, y no te

canses.

Pero que estas razones las dijo sin mostrar ira en los ojos, ni otro

desabrimiento que pudiera dar indicio de riguridad alguna. Lope le

contó á él la priesa que le daban los muchachos pidiéndole la cola,

porque él habia pedido la de su asno, con que hizo el famoso desquite.

Aconsejóle Tomas que no saliese de casa, á lo ménos sobre el asno, y

que si saliese, fuese por las calles solas y apartadas, y que cuando

esto no bastase, bastaria dejar el oficio, último remedio de poner

fin á tan poco honesta demanda. Preguntóle Lope si habia acudido mas

la gallega. Tomas dijo que no; pero que no dejaba de sobornarle la

voluntad con regalos y presentes de lo que hurtaba en la cocina á los

huéspedes. Retiróse con esto á su posada Lope con determinacion de no

salir della en otros seis dias, á lo ménos con el asno.

Las once serian de la noche, cuando de improviso y sin pensarlo vieron

entrar en la posada muchas varas de justicia, y al cabo el corregidor.

Alborotóse el huésped, y aun los huéspedes; porque así como los cometas

cuando se muestran, siempre causan temores de desgracias é infortunios,

ni mas ni ménos la justicia, cuando de repente y de tropel se entra en

una casa, sobresalta y atemoriza hasta las conciencias no culpadas.

Entróse el corregidor en una sala, llamó al huésped de casa, el cual

vino temblando á ver lo que el señor corregidor queria. Y así como le

vió el corregidor le preguntó con mucha gravedad:

--¿Sois vos el huésped?

--Sí, señor, respondió él, para lo que vuesa merced me quisiere mandar.

Mandó el corregidor que saliesen de la sala todos los que en ella

estaban, y que le dejasen solo con el huésped. Hiciéronlo así, y

quedándose solos, dijo el corregidor al huésped:

--Huésped, ¿qué gente de servicio teneis en esta vuestra posada?

--Señor, respondió él, tengo dos mozas gallegas, y una ama y un mozo

que tiene cuenta con dar la cebada y paja.

--¿No mas? replicó el corregidor.

--No, señor, respondió el huésped.

--Pues decidme, huésped, dijo el corregidor, ¿dónde está una muchacha

que dicen que sirve en esta casa, tan hermosa, que por toda la ciudad

la llaman la Ilustre Fregona, y aun me han llegado á decir que mi hijo

D. Periquito es su enamorado, y que no hay noche que no le dé músicas?

--Señor, respondió el huésped, esa Fregona ilustre que dicen, es verdad

que está en esta casa; pero ni es mi criada, ni deja de serlo.

--No entiendo lo que decís, huésped, en eso de ser y no ser vuestra

criada la Fregona.

--Yo he dicho bien, añadió el huésped, y si vuesa merced me da

licencia, le diré lo que hay en esto, lo cual jamas he dicho á persona

alguna.

--Primero quiero ver á la Fregona que saber otra cosa: llamadla acá,

dijo el corregidor.

Asomóse el huésped á la puerta de la sala, y dijo:

--¿Oíslo, señora? haced que entre aquí Costancica.

Cuando la huéspeda oyó que el corregidor llamaba á Costanza, turbóse y

comenzó á torcerse las manos, diciendo:

--¡Ay, desdichada de mí, el corregidor á Costanza y á solas! algun

gran mal debe de haber sucedido, que la hermosura desta muchacha trae

encantados los hombres.

Costanza, que lo oia, dijo:

--Señora, no se congoje, que yo iré á ver lo que el señor corregidor

quiere, y si algun mal hubiere sucedido, esté segura vuesa merced que

no tendré yo la culpa.

Y en esto sin aguardar que otra vez la llamasen, tomó una vela

encendida sobre un candelero de plata, y con mas vergüenza que temor,

fué donde el corregidor estaba.

Así como el corregidor la vió, mandó al huésped que cerrase la puerta

de la sala, lo cual hecho, el corregidor se levantó y tomando el

candelero que Costanza traia, llegándole la luz al rostro, la anduvo

mirando toda de arriba abajo; y como Costanza estaba con sobresalto,

habíasele encendido la color del rostro, y estaba tan hermosa y tan

honesta, que al corregidor le pareció que estaba mirando la hermosura

de un ángel en la tierra; y despues de haberla bien mirado, dijo:

--Huésped, esta no es joya para estar en el bajo engaste de un meson;

desde aquí digo que mi hijo Periquito es discreto, pues tan bien ha

sabido emplear sus pensamientos: digo, doncella, que no solamente os

pueden y deben llamar ilustre, sino ilustrísima; pero estos títulos no

habian de caer sobre el nombre de Fregona, sino sobre el de una duquesa.

--No es fregona, señor, dijo el huésped; que no sirve de otra cosa en

casa que de traer las llaves de la plata, que por la bondad de Dios

tengo alguna, con que se sirven los huéspedes honrados que á esta

posada vienen.

--Con todo eso, dijo el corregidor, digo, huésped, que ni es decente ni

conviene que esta doncella esté en un meson: ¿es parienta vuestra, por

ventura?

--Ni es mi parienta, ni es mi criada; y si vuesa merced gustare de

saber quién es, como ella no esté delante, oirá vuesa merced cosas que

juntamente con darle gusto le admiren.

--Sí gustaré, dijo el corregidor, y sálgase Costancica allá fuera, y

prométase de mí lo que de su mismo padre pudiera prometerse, que su

mucha honestidad y hermosura obligan á que todos los que la vieren se

ofrezcan á su servicio.

No respondió palabra Costanza, sino con mucha mesura hizo una profunda

reverencia al corregidor, y salióse de la sala, y halló á su ama

desalada esperándola para saber della qué era lo que el corregidor la

queria. Ella le contó lo que habia pasado, y cómo su señor quedaba con

él para contalle no sé qué cosas que no queria que ella las oyese. No

acabó de sosegarse la huéspeda, y siempre estuvo rezando hasta que se

fué el corregidor, y vió salir libre á su marido, el cual en tanto que

estuvo con el corregidor, le dijo:

--Hoy hacen, señor, segun mi cuenta quince años, un mes y cuatro dias

que llegó á esta posada una señora en hábito de peregrina, en una

litera, acompañada de cuatro criados de á caballo y de dos dueñas y

una doncella, que en un coche venian: traia asimismo dos acémilas

cubiertas con dos ricos reposteros, y cargadas con una rica cama

y con aderezos de cocina: finalmente, el aparato era principal, y

la peregrina representaba ser una gran señora; y aunque en la edad

mostraba ser de cuarenta ó pocos mas años, no por eso dejaba de parecer

hermosa en todo estremo: venia enferma y descolorida, y tan fatigada,

que mandó que luego le hiciesen la cama, y en esta misma sala se la

hicieron sus criados. Preguntáronme cuál era el médico de mas fama

desta ciudad. Díjeles que el doctor de la Fuente. Fueron luego por él,

y él vino luego: comunicó á solas con él su enfermedad; y lo que de

su plática resultó fué que mandó el médico que se le hiciese la cama

en otra parte, y en lugar donde no le diesen ningun ruido. Al momento

la mudaron á otro aposento, que está aquí arriba apartado y con la

comodidad que el doctor pedia. Ninguno de los criados entraba donde su

señora, y solas las dos dueñas y la doncella la servian. Yo y mi mujer

preguntamos á los criados quién era la tal señora y cómo se llamaba, y

de dónde venia y dónde iba, si era casada, viuda ó doncella, y por qué

causa se vestia aquel hábito de peregrina. Á todas estas preguntas que

les hicimos una y muchas veces, no hubo alguno que nos respondiese otra

cosa, sino que aquella peregrina era una señora principal y rica de

Castilla la Vieja, y que no tenia hijos que la heredasen; y que porque

habia algunos meses que estaba enferma de hidropesía, habia ofrecido de

ir á Nuestra Señora de Guadalupe en romería, por la cual promesa iba en

aquel hábito. En cuanto á decir su nombre, traian órden de no llamarla

sino la señora peregrina. Esto supimos por entónces; pero á cabo de

tres dias que por enferma la señora peregrina se estaba en casa, una de

las dueñas nos llamó á mí y á mi mujer de su parte: fuimos á ver lo que

queria, y á puerta cerrada y delante de sus criadas, casi con lágrimas

en los ojos nos dijo creo que estas mismas razones:

--Señores mios, los cielos me son testigos que sin culpa mia me hallo

en el riguroso trance que ahora os diré; yo estoy preñada, y tan cerca

del parto, que ya los dolores me van apretando: ninguno de los criados

que vienen conmigo saben mi necesidad y desgracia: á estas mis mujeres,

ni he podido, ni he querido encubrírselo: por huir de los maliciosos

ojos de mi tierra, y porque esta hora no me tomase en ella, hice voto

de ir á Nuestra Señora de Guadalupe: ella debe de haber sido servida

que en esta vuestra casa me tome el parto: á vosotros está ahora el

remediarme y acudirme con el secreto que merece la que su honra pone en

vuestras manos: la paga de la merced que me hiciéredes, que así quiero

llamarla, si no respondiere al gran beneficio que espero, responderá

á lo ménos á dar muestra de una voluntad muy agradecida, y quiero que

comiencen á dar muestras de mi voluntad estos doscientos escudos de oro

que van en este bolsillo.

Y sacando debajo de la almohada de la cama un bolsillo de aguja de oro

y verde, se le puso en las manos de mi mujer, la cual como simple,

y sin mirar lo que hacia, porque estaba suspensa y colgada de la

peregrina, tomó el bolsillo sin responderle palabra de agradecimiento

ni de comedimiento alguno: yo me acuerdo que le dije que no era

menester nada de aquello, que no éramos personas que por interes mas

que por caridad nos movíamos á hacer bien cuando se ofrecia. Ella

prosiguió diciendo:

--Es menester, amigos, que busqueis donde llevar lo que pariere luego

luego, buscando tambien mentiras que decir á quien lo entregáredes,

que por ahora será en la ciudad, y despues quiero que se lleve á una

aldea: de lo que despues se hubiere de hacer, siendo Dios servido de

alumbrarme y de llevarme á cumplir mi voto, cuando de Guadalupe vuelva,

lo sabréis, porque el tiempo me habrá dado lugar de que piense y escoja

lo mejor que me convenga: partera no la he menester ni la quiero, que

otros partos mas honrados que he tenido, me aseguran que con sola la

ayuda destas mis criadas facilitaré sus dificultades, y ahorraré un

testigo mas de mis sucesos.

Aquí dió fin á su razonamiento la lastimada peregrina, y principio á

un copioso llanto, que en parte fué consolado por las muchas y buenas

razones que mi mujer, ya vuelta en mas acuerdo, le dijo: finalmente,

yo salí luego á buscar donde llevar lo que pariese á cualquier hora

que fuese; y entre las doce y la una de aquella misma noche, cuando

toda la gente de casa estaba entregada al sueño, la buena señora parió

una niña, la mas hermosa que mis ojos hasta entónces habian visto,

que es esta misma que vuesa merced acaba de ver ahora: ni la madre se

quejó en el parto, ni la hija nació llorando: en todos habia sosiego

y silencio maravilloso, y tal, cual convenia para el secreto de aquel

estraño caso. Otros seis dias estuvo en la cama, y en todos ellos venia

el médico á visitarla; pero no porque ella le hubiese declarado de qué

procedia su mal; y las medicinas que le ordenaba, nunca las puso en

ejecucion, porque solo pretendió engañar á sus criados con la visita

del médico. Todo esto me dijo ella misma despues que se vió fuera de

peligro, y á los ocho dias se levantó con el mismo bulto, ó con otro

que se parecia á aquel con que se habia echado.

Fué á su romería, y volvió de allí á veinte dias ya casi sana, porque

poco á poco se iba quitando del artificio, con que despues de parida se

mostraba hidrópica. Cuando volvió estaba ya la niña dada á criar por

mi órden con nombre de mi sobrina, en una aldea dos leguas de aquí: en

el bautismo se le puso por nombre Costanza, que así lo dejó ordenado

su madre, la cual contenta de lo que yo habia hecho, al tiempo de

despedirse me dió una cadena de oro que hasta ahora tengo, de la cual

quitó seis trozos, los cuales dijo que traeria la persona que por la

niña viniese: tambien cortó un blanco pergamino á vueltas y á ondas,

á la traza y manera como cuando se enclavijan las manos, y en los

dedos se escribe alguna cosa, que estando enclavijados los dedos se

puede leer, y despues de apartadas las manos queda dividida la razon,

porque se dividen las letras, que en volviendo á enclavijar los dedos

se juntan y corresponden de manera que se pueden leer continuadamente:

digo que el un pergamino sirve de alma del otro, y encajados se leerán,

y divididos no es posible, si no es adivinando la mitad del pergamino;

y casi toda la cadena quedó en mi poder, y todo lo tengo, esperando el

contraseño hasta ahora; puesto que ella me dijo que dentro de dos años

enviaria por su hija, encargándome que la criase no como quien ella

era, sino del modo que se suele criar una labradora. Encargóme tambien

que si por algun suceso no le fuese posible enviar tan presto por su

hija, que aunque creciese y llegase á tener entendimiento, no la dijese

del modo que habia nacido; y que la perdonase el no decirme su nombre,

ni quién era; que lo guardaba para otra ocasion mas importante. En

resolucion, dándome otros cuatrocientos escudos de oro, y abrazando á

mi mujer con tiernas lágrimas, se partió, dejándonos admirados de su

discrecion, valor, hermosura y recato. Costanza se crió en el aldea

dos años, y luego la truje conmigo, y siempre la he traido en hábito

de labradora, como su madre me lo dejó mandado. Quince años, un mes y

cuatro dias ha que aguardo á quien ha de venir por ella, y la mucha

tardanza me ha consumido la esperanza de ver esta venida, y si en este

año en que estamos no vienen, tengo determinado de prohijalla, y darle

toda mi hacienda, que vale mas de seis mil ducados, Dios sea bendito.

Resta ahora, señor corregidor, decir á vuesa merced, si es posible

que yo sepa decir las bondades y las virtudes de Costancica. Ella, lo

primero y principal es devotísima de Nuestra Señora: confiesa y comulga

cada mes; sabe escribir y leer; no hay mayor randera en Toledo; canta

á la almohadilla como unos ángeles; en ser honesta no hay quien la

iguale, pues en lo que toca á ser hermosa, ya vuesa merced lo ha visto.

El señor D. Pedro, hijo de vuesa merced, en su vida la ha hablado;

bien es verdad que de cuando en cuando le da alguna música, que ella

jamas escucha. Muchos señores, y de título, han posado en esta posada,

y aposta por hartarse de verla han detenido su camino muchos dias; pero

yo sé bien que no habrá ninguno que con verdad se pueda alabar que ella

le haya dado lugar de decirle una palabra sola, ni acompañada. Esta es,

señor, la verdadera historia de la ilustre Fregona, que no friega, en

la cual no he salido de la verdad un punto.

Calló el huésped, y tardó un gran rato el corregidor en hablarle:

tan suspenso le tenia el suceso que el huésped le habia contado; en

fin, le dijo que le trujese allí la cadena y el pergamino, que queria

verlo. Fué el huésped por ello, y trayéndoselo, vió que era así como

le habia dicho: la cadena era de trozos, curiosamente labrada: en el

pergamino estaban escritas, una debajo de otra, en el espacio que habia

de henchir el vacío de la otra mitad, estas letras: E. T. E. L. S. N.

V. D. D. R. Por las cuales letras vió ser forzoso que se juntasen con

las de la mitad del otro pergamino, para poder ser entendidas. Tuvo

por discreta la señal del conocimiento, y juzgó por muy rica á la

señora peregrina, que tal cadena habia dejado al huésped; y teniendo

en pensamiento de sacar de aquella posada á la hermosa muchacha,

cuando hubiese concertado un monasterio donde llevarla, por entónces

se contentó de llevar solo el pergamino, encargando al huésped que si

acaso viniesen por Costanza, le avisase y diese noticia de quién era el

que por ella venia, ántes que le mostrase la cadena, que dejaba en su

poder. Con esto, se fué, tan admirado del cuento y suceso de la Ilustre

Fregona, como de su incomparable hermosura.

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