--No importa, dijo Lope, no haberle visto fregar el primer plato, si le
has visto fregar el segundo, y aun el centésimo.
--Yo te digo, hermano, replicó Tomas, que ella no friega ni entiende en
otra cosa que en su labor, y en ser guarda de la plata labrada que hay
en casa, que es mucha.
--Pues ¿cómo la llaman por toda la ciudad, dijo Lope, la Fregona
ilustre, si es que no friega? mas sin duda debe de ser que como friega
plata y no loza, le dan nombre de ilustre. Pero dejando esto aparte,
díme, Tomas, ¿en qué estado están tus esperanzas?
--En el de perdicion, respondió Tomas, porque en todos estos dias que
has estado preso, nunca la he podido hablar una palabra, y á muchas que
los huéspedes le dicen, con ninguna otra cosa responde que con bajar
los ojos y no desplegar los labios; tal es su honestidad y su recato,
que no ménos enamora con su recogimiento que con su hermosura: lo que
me trae alcanzado de paciencia, es saber que el hijo del corregidor,
que es mozo brioso y algo atrevido, muere por ella, y la solicita con
músicas, que pocas noches se pasan sin dársela, y tan al descubierto,
que en lo que cantan la nombran, la alaban y la solenizan; pero ella no
las oye, ni desde que anochece hasta la mañana no sale del aposento de
su ama, escudo que no deja que me pase el corazon la dura saeta de los
celos.
--Pues ¿qué piensas hacer con el imposible que se te ofrece en la
conquista desta Porcia, desta Minerva y desta nueva Penélope, que en
figura de doncella y de fregona te enamora, te acobarda y te desvanece?
--Haz la burla que de mí quisieres, amigo Lope, que yo sé que estoy
enamorado del mas hermoso rostro que pudo formar naturaleza, y de
la mas incomparable honestidad que ahora se puede usar en el mundo.
Costanza se llama, y no Porcia, Minerva ó Penélope: en un meson sirve,
que no lo puedo negar; pero ¿qué puedo yo hacer, si me parece que el
destino con oculta fuerza me inclina, y la eleccion con claro discurso
me mueve á que la adore? Mira, amigo, no sé como te diga, prosiguió
Tomas, de la manera con que amor el bajo sugeto desta fregona (que tú
llamas) me le encumbra y levanta tan alto, que viéndole no le vea, y
conociéndole le desconozca: no es posible que, aunque lo procuro, pueda
un breve término contemplar, si así se puede decir, en la bajeza de su
estado, porque luego acuden á borrarme este pensamiento su belleza,
su donaire, su sosiego, su honestidad y recogimiento, y me dan á
entender que debajo de aquella rústica corteza debe de estar encerrada
y escondida alguna mina de gran valor y de merecimiento grande:
finalmente, sea lo que se fuere, yo la quiero bien, y no con aquel amor
vulgar con que á otras he querido, sino con amor tan limpio, que no se
estiende á mas que á servir y á procurar que ella me quiera, pagándome
con honesta voluntad lo que á la mia tambien honesta se debe.
Á este punto dió una gran voz el asturiano, y como esclamando dijo:
--¡Oh amor platónico! ¡Oh fregona ilustre! ¡Oh felicísimos tiempos los
nuestros, donde vemos que la belleza enamora sin malicia, la honestidad
enciende sin que abrase, el donaire da gusto sin que incite, y la
bajeza del estado humilde obliga y fuerza á que le suban sobre la rueda
de la que llaman fortuna! ¡Oh pobres atunes mios, que os pasais este
año sin ser visitados deste tan enamorado y aficionado vuestro! Pero el
que viene, yo haré la enmienda de manera que no se quejen de mí los
mayorales de las mis deseadas almadrabas.
Á esto dijo Tomas:
--Ya veo, asturiano, cuán al descubierto te burlas de mí; lo que podias
hacer es irte norabuena á tu pesquería, que yo me quedaré en mi casa, y
aquí me hallarás á la vuelta; si quisieres llevarte contigo el dinero
que te toca, luego te lo daré, y vé en paz, y cada uno siga la senda
por donde su destino le guiare.
--Por mas discreto te tenia, replicó Lope; y ¿tú no ves que lo que
digo es burlando? pero ya que sé que tú hablas de veras, de veras te
serviré en todo aquello que fuere de tu gusto: una cosa sola te pido
en recompensa de las muchas que pienso hacer en tu servicio, y es que
no me pongas en ocasion de que la Argüello me requiebre ni solicite,
porque ántes romperé con tu amistad, que ponerme á peligro de tener la
suya: vive Dios, amigo, que habla mas que un relator, y que le huele
el aliento á rasuras desde una legua: todos los dientes de arriba son
postizos, y tengo para mí que los cabellos son cabellera, y para adobar
y suplir estas faltas, despues que me descubrió su mal pensamiento, ha
dado en afeitarse con albayalde, y así se jalbega el rostro, que no
parece sino mascaron de yeso puro.
--Todo eso es verdad, replicó Tomas, y no es tan mala la gallega que á
mí me martiriza: lo que se podrá hacer es, que esta noche sola estés
en la posada, y mañana comprarás el asno que dices y buscarás dónde
estar, y así huirás los encuentros de la Argüello, y yo quedaré sujeto
á los de la gallega y á los irreparables de los rayos de la vista de mi
Costanza.
En esto se convinieron los dos amigos, y se fueron á la posada, adonde
de la Argüello fué con muestra de mucho amor recebido el asturiano.
Aquella noche hubo un baile á la puerta de la posada de muchos mozos de
mulas, que en ella y en las convecinas habia. El que tocó la guitarra
fué el asturiano: las bailadoras, amen de las dos gallegas y de la
Argüello, fueron otras tres mozas de otra posada: juntáronse muchos
embozados con mas deseo de ver á Costanza que el baile; pero ella no
pareció ni salió á verle, con que dejó burlados muchos deseos.
De tal manera tocaba la guitarra Lope, que decian que la hacia hablar.
Pidiéronle las mozas, y con mas ahinco la Argüello, que cantase algun
romance: él dijo que como ellas le bailasen al modo como se canta y
baila en las comedias, que le cantaria, y que para que no lo errasen,
que hiciesen todo aquello que él dijese cantando, y no otra cosa.
Habia entre los mozos de mulas bailarines, y entre las mozas ni mas
ni ménos. Mondó el pecho Lope escupiendo dos veces, en el cual tiempo
pensó lo que diria, y como era de presto, fácil y lindo ingenio, con
una felicísima corriente, de improviso comenzó á cantar desta manera.
Salga la hermosa Argüello
Moza, una vez y no mas,
Y haciendo una reverencia
Dé dos pasos hácia atras.
De la mano la arrebate
El que llaman Barrabas,
Andaluz, mozo de mulas,
Canónigo del compas.
De las dos mozas gallegas
Que en esta posada están,
Salga la mas carigorda,
En cuerpo y sin devantal.
Engarráfela Torote,
Y todos cuatro á la par
Con mudanzas y meneos
Den principio á un contrapas.
Todo lo que iba cantando el asturiano hicieron al pié de la letra ellos
y ellas; mas cuando llegó á decir que diesen principio á un contrapas,
respondió Barrabas, que así le llamaban por mal nombre al bailarin mozo
de mulas:
--Hermano músico, mire lo que canta, y no moteje á nadie de mal
vestido, porque aquí no hay nadie con trapos, y cada uno se viste como
Dios le ayuda.
El huésped que oyó la ignorancia del mozo, le dijo:
--Hermano mozo, contrapas es un baile estranjero, y no motejo de mal
vestidos.
--Si eso es, replicó el mozo, no hay para qué nos metan en dibujos:
toquen sus zarabandas, chaconas y folías al uso, y escudillen como
quisieren, que aquí hay personas que le sabrán llenar las medidas hasta
el gollete.
El asturiano sin replicar palabra prosiguió su canto, diciendo:
Entren pues todas las ninfas
Y los ninfos que han de entrar,
Que el baile de la Chacona
Es mas ancho que la mar.
Requieran las castañetas,
Y bájense á refregar
Las manos por esa arena,
Ó tierra del muladar.
Todos lo han hecho muy bien,
No tengo que les retar:
Santígüense, y den al diablo
Dos higas de su higueral.
Escupan al hideputa,
Porque nos deje holgar,
Puesto que de la Chacona
Nunca se suele apartar.
Cambio el son, divina Argüello,
Mas bella que un hospital,
Pues eres mi nueva musa,
Tu favor me quieras dar.
_El baile de la Chacona_
_Encierra la vida bona._
Hállase allí el ejercicio
Que la salud acomoda,
Sacudiendo de los miembros
Á la pereza poltrona.
Bulle la risa en el pecho
De quien baila y de quien toca,
Del que mira y del que escucha
Baile y música sonora.
Vierten azogue los piés,
Derrítese la persona,
Y con gusto de sus dueños
Las mulillas se descorchan.
El brio y la lijereza
En los viejos se remoza,
Y en los mancebos se ensalza
Y sobre modo se entona.
_El baile de la Chacona_
_Encierra la vida bona._
¡Qué de veces ha intentado
Aquesta noble señora
Con la alegre zarabanda,
El pésame, y perra mora,
Entrarse por los resquicios
De las casas religiosas,
Á inquietar la honestidad
Que en las santas celdas mora!
¡Cuántas fué vituperada
De los mismos que la adoran!
Porque imagina el lascivo,
Y al que es necio se le antoja
_Que el baile de la Chacona_
_Encierra la vida bona_.
Esta indiana amulatada,
De quien la fama pregona
Que ha hecho mas sacrilegios
É insultos, que hizo Aroba:
Ésta, á quien es tributaria
La turba de las fregonas,
La caterva de los pajes,
Y de lacayos las tropas,
Dice, jura, y no revienta,
Que á pesar de la persona
Del soberbio zambapalo,
Ella es la flor de la olla;
Y que sola la Chacona
_Encierra la vida bona_.
En tanto que Lope cantaba, se hacian rajas bailando la turbamulta de
los mulantes y fregatrices del baile, que llegaban á doce; y en tanto
que Lope se acomodaba á pasar adelante cantando otras cosas de mas
tomo, sustancia y consideracion de las cantadas, uno de los muchos
embozados que el baile miraban, dijo sin quitarse el embozo:
--Calla, borracho, calla cuero, calla odrina, poeta de viejo, músico
falso.
Tras esto acudieron otros diciéndole tantas injurias y muecas, que Lope
tuvo por bien de callar; pero los mozos de mulas lo tuvieron tan á mal,
que si no fuera por el huésped que con buenas razones los sosegó, allí
fuera la de Mazagatos, y aun con todo eso no dejaran de menear las
manos, si á aquel instante no llegara la justicia y los hiciera recoger
á todos.
Apénas se habian retirado, cuando llegó á los oidos de todos los que
en el barrio despiertos estaban, una voz de un hombre que sentado
sobre una piedra frontero de la posada del Sevillano, cantaba con tan
maravillosa y suave armonía, que los dejó suspensos, y les obligó á que
le escuchasen hasta el fin. Pero el que mas atento estuvo fué Tomas
Pedro, como aquel á quien mas le tocaba, no solo el oir la música, sino
entender la letra, que para él no fué oir canciones, sino cartas de
escomunion que le congojaban el alma, porque lo que el músico cantó,
fué este romance.
¿Dónde estás que no pareces,
Esfera de la hermosura,
Belleza á la vida humana
De divina compostura?
Cielo impíreo, donde amor
Tiene su estancia segura;
Primer moble que arrebata
Tras sí todas las venturas:
Lugar cristalino, donde
Transparentes aguas puras
Enfrian de amor las llamas,
Las acrecientan y apuran:
Nuevo hermoso firmamento,
Donde dos estrellas juntas
Sin tomar la luz prestada
Al cielo y al suelo alumbran:
Alegría, que se opone
Á las tristezas confusas
Del padre que da á sus hijos
En su vientre sepultura.
Humildad, que se resiste
De la alteza con que encumbran
El gran Jove, á quien influye
Su benignidad, que es mucha:
Red invisible y sutil,
Que pone en prisiones duras
Al adúltero guerrero
Que de las batallas triunfa:
Cuarto cielo y sol segundo,
Que el primero deja á escuras
Cuando acaso deja verse,
Que el verle es caso y ventura:
Grave embajador, que hablas
Con tan estraña cordura,
Que persuades callando
Aun mas de lo que procuras:
Del segundo cielo tienes
No mas que la hermosura,
Y del primero no mas
Que el resplandor de la luna:
Esta esfera sois, Costanza,
Puesta por corta fortuna
En lugar que por indigno
Vuestras venturas deslumbra.
Fabricad vos vuestra suerte,
Consintiendo se reduzca
La entereza á trato al uso,
La esquividad á blandura.
Con esto veréis, señora,
Que envidian vuestra fortuna
Las soberbias por linaje,
Las grandes por hermosura.
Si quereis ahorrar camino,
La mas rica y la mas pura
Voluntad en mí os ofrezco,
Que vió amor en alma alguna.
El acabar estos últimos versos y el llegar volando dos medios
ladrillos, fué todo uno, que si como dieron junto á los piés del
músico, le dieran en mitad de la cabeza, con facilidad le sacaran de
los cascos la música y la poesía. Asombróse el pobre, y dió á correr
por aquella cuesta arriba con tanta priesa, que no alcanzara un galgo:
¡infelice estado de los músicos, murciélagos y lechuzos, siempre
sujetos á semejantes lluvias y desmanes! Á todos los que escuchado
habian la voz del apedreado, les pareció bien; pero á quien mejor, fué
á Tomas Pedro, que admiró la voz y el romance: mas quisiera él que de
otra que Costanza naciera la ocasion de tantas músicas, puesto que á
sus oidos jamas llegó ninguna.
Contrario deste parecer fué Barrabas, el mozo de mulas, que tambien
estuvo atento á la música, porque así como vió huir al músico, dijo:
--Allá irás, mentecato, trovador de Júdas, que pulgas te coman los
ojos; y ¿quién diablos te enseñó á cantar á una fregona cosas de
esferas y de cielos, llamándola lúnes, mártes y ruedas de fortuna?
Dijérasla, noramala para tí y para quien le hubiera parecido bien tu
trova, que es tiesa como un espárrago, entonada como un plumaje, blanca
como una leche, honesta como un fraile novicio, melindrosa y zahareña
como una mula de alquiler, y mas dura que un pedazo de argamasa; que
como esto le dijeras, ella lo entendiera, y se holgara; pero llamarla
embajador, y red, y moble, y alteza, y bajeza, mas es para decirlo á un
niño de la doctrina, que á una fregona: verdaderamente que hay poetas
en el mundo, que escriben trovas que no hay diablo que las entienda;
yo á lo ménos aunque soy Barrabas, estas que ha cantado este músico,
de ninguna manera las entiendo: miren qué hará Costancica; pero ella
lo hace mejor, que se está en su cama haciendo burla del mismo Preste
Juan de las Indias: este músico á lo ménos no es de los del hijo del
corregidor, que aquellos son muchos, y una vez que otra se dejan
entender; pero este, voto á tal, que me deja mohino.
Todos los que escucharon á Barrabas recibieron gran gusto, y tuvieron
su censura y parecer por muy acertado.
Con esto se acostaron todos, y apénas estaba sosegada la gente, cuando
sintió Lope que llamaban á la puerta de su aposento muy paso; y
preguntando quién llama, fuéle respondido con voz baja:
--La Argüello y la gallega somos, ábranos, que nos morimos de frio.
--Pues en verdad, respondió Lope, que estamos en la mitad de los
caniculares.
--Déjate de gracias, Lope, replicó la gallega, levántate y abre, que
venimos hechas unas archiduquesas.
--¿Archiduquesas, y á tal hora? respondió Lope: no creo en ellas, ántes
entiendo que sois brujas, ó unas grandísimas bellacas: idos de ahí
luego, si no, por vida de... hago juramento, que si me levanto, que con
los hierros de mi pretina os tengo de poner las posaderas como unas
amapolas.
Ellas que se vieron responder tan acerbamente y tan fuera de aquello
que primero se imaginaron, temieron la furia del asturiano, y
defraudadas sus esperanzas y borrados sus designios se volvieron
tristes y malaventuradas á sus lechos: aunque ántes de apartarse de la
puerta, dijo la Argüello, poniendo los hocicos por el agujero de la
llave:
--No es la miel para la boca del asno.
Y con esto, como si hubiera dicho una gran sentencia, y tomado una
justa venganza, se volvió como se ha dicho á su triste cama.
Lope, que sintió que se habian vuelto, dijo á Tomas Pedro que estaba
despierto:
--Mirad, Tomas, ponedme vos á pelear con dos gigantes, y en ocasion
que me sea forzoso desquijarar por vuestro servicio media docena ó
una de leones, que yo lo haré con mas facilidad que beber una taza de
vino; pero que me pongais en necesidad, que me tome á brazo partido
con la Argüello, no lo consentiré si me asaetean: mirad qué doncellas
de Dinamarca nos habia ofrecido la suerte esta noche. Ahora bien,
amanecerá Dios, y medraremos.
--Ya te he dicho, amigo, respondió Tomas, que puedes hacer tu gusto,
ó ya en irte á tu romería, ó ya en comprar el asno, y hacerte aguador
como tienes determinado.
--En lo de ser aguador me afirmo, respondió Lope, y durmamos lo poco
que queda hasta venir el dia, que tengo esta cabeza mayor que una cuba,
y no estoy para ponerme ahora á departir contigo.
Durmiéronse, vino el dia, levantáronse, y acudió Tomas á dar cebada, y
Lope se fué al mercado de las bestias, que es allí junto, á comprar un
asno que fuese tal como bueno.
Sucedió pues que Tomas, llevado de sus pensamientos, y de la comodidad
que le daba la soledad de las fiestas, habia compuesto en algunas unos
versos amorosos, y escrítolos en el mismo libro do tenia la cuenta
de la cebada, con intencion de sacarlos aparte en limpio, y romper ó
borrar aquellas hojas; pero ántes que esto hiciese, estando él fuera
de casa, habiéndose dejado el libro sobre el cajon de la cebada, le
tomó su amo, y abriéndole para ver cómo estaba la cuenta, dió con los
versos, que leidos le turbaron y sobresaltaron.
Fuése con ellos á su mujer, y ántes que se los leyese, llamó á
Costanza, y con grandes encarecimientos mezclados con amenazas, le
dijo le dijese si Tomas Pedro el mozo de la cebada le habia dicho
algun requiebro, ó alguna palabra descompuesta ó que diese indicio de
tenerla aficion. Costanza juró que la primera palabra en aquella ó en
otra materia alguna estaba aun por hablarla, y que jamas ni aun con los
ojos le habia dado muestras de pensamiento malo alguno.
Creyéronla sus amos por estar acostumbrados á oirla siempre decir
verdad en todo cuanto le preguntaban. Dijéronla que se fuese de allí, y
el huésped dijo á su mujer:
--No sé qué me diga desto; habréis de saber, señora, que Tomas tiene
escritas en este libro de la cebada unas coplas, que me ponen mala
espina que está enamorado de Costancica.
--Veamos las coplas, respondió la mujer, que yo os diré lo que en eso
debe de haber.
--Así será, sin duda alguna, replicó su marido, que como sois poeta,
luego daréis en su sentido.
--No soy poeta, respondió la mujer, pero ya sabeis vos que tengo buen
entendimiento, y que sé rezar en latin las cuatro oraciones.
--Mejor haríades de rezallas en romance, que ya os dijo vuestro tio el
clérigo que decíades mil gazafatones cuando rezábades en latin, y que
no rezábades nada.
--Esa flecha, de la aljaba de su sobrina ha salido, que está envidiosa
de verme tomar las horas de latin en la mano, y irme por ellas como por
viña vendimiada.
--Sea como vos quisiéredes, respondió el huésped, estad atenta, que las
coplas son estas.
¿Quién de amor venturas halla?
El que calla.
¿Quién triunfa de su aspereza?
La firmeza.
¿Quién da alcance á su alegría?
La porfía.
Dese modo bien podria
Esperar dichosa palma,
Si en esta empresa mi alma
Calla, está firme, y porfía.
¿Con qué se sustenta amor?
Con favor.
¿Y con qué mengua su furia?
Con la injuria.
¿Antes con desdenes crece?
Desfallece.
Claro en esto se parece
Que mi amor será inmortal;
Pues la causa de mi mal
Ni injuria ni favorece.
Quien desespera ¿qué espera?
Muerte entera.
Pues ¿qué muerte el mal remedia?
La que es media.
Luego ¿bien será morir?
Mejor sufrir;
Porque se suele decir,
(Y esta verdad se reciba):
Que tras la tormenta esquiva
Suele la calma venir.
¿Descubriré mi pasion?
En ocasion.
¿Y si jamas me la da?
Sí, hará.
Llegará la muerte en tanto.
Llegue á tanto
Tu limpia fe y esperanza,
Que en sabiéndolo Costanza
Convierta en risa tu llanto.
--¿Hay mas? dijo la huéspeda.
--No, respondió el marido; pero ¿qué os parece destos versos?
--Lo primero, dijo ella, es menester averiguar si son de Tomas.
--En eso no hay que poner duda, replicó el marido, porque la letra de
la cuenta de la cebada y la de las coplas, toda es una, sin que se
pueda negar.
--Mirad, marido, dijo la huéspeda, á lo que yo veo, puesto que las
coplas nombran á Costancica, por donde se puede pensar que se hicieron
para ella, no por eso lo habemos de afirmar nosotros por verdad como
si se los viéramos escribir: cuanto mas, que otras Costanzas que la
nuestra hay en el mundo; pero ya que sea por esta, ahí no le dice nada
que la deshonre, ni la pide cosa que le importe. Estemos á la mira, y
avisemos á la muchacha, que si él está enamorado della, á buen seguro
que él haga mas coplas y que procure dárselas.
--¿No seria mejor, dijo el marido, quitarnos desos cuidados, y echarle
de casa?
--Eso, respondió la huéspeda, en vuestra mano está; pero en verdad
que segun vos decís, el mozo sirve de manera, que seria conciencia el
despedille por tan liviana ocasion.
--Ahora bien, dijo el marido, estaremos alerta, como vos decís, y el
tiempo nos dirá lo que habemos de hacer.
Quedaron en eso, y tornó á poner el huésped el libro donde lo habia
hallado. Volvió Tomas ansioso á buscar su libro, hallóle, y porque no
le diese otro sobresalto, trasladó las coplas, rasgó aquellas hojas, y
propuso de aventurarse á descubrir su deseo á Costanza en la primera
ocasion que se le ofreciese. Pero como ella andaba siempre sobre los
estribos de su honestidad y recato, á ninguno daba lugar de miralla,
cuanto mas de ponerse á pláticas con ella; y como habia tanta gente y
tantos ojos de ordinario en la posada, se aumentaba mas la dificultad
de hablalla, de que se desesperaba el pobre enamorado. Mas habiendo
salido aquel dia Costanza con una toca ceñida por las mejillas, y
dicho á quien se lo preguntó que por qué se la habia puesto, que
tenia un gran dolor de muelas, Tomas, á quien sus deseos avivaban el
entendimiento, en un instante discurrió lo que seria bueno que hiciese,
y dijo:
--Señora Costanza, yo le daré una oracion en escrito que á dos veces
que la rece, se le quitará como con la mano su dolor.
--Norabuena, respondió Costanza, que yo la rezaré, porque sé leer.
--Ha de ser con condicion, dijo Tomas, que no la ha de mostrar á nadie,
porque la estimo en mucho, y no será bien que por saberla muchos se
menosprecie.
--Yo le prometo, dijo Costanza, Tomas, que no la dé á nadie, y démela
luego, porque me fatiga mucho el dolor.
--Yo la trasladaré de la memoria, respondió Tomas, y luego se la daré.
Estas fueron las primeras razones que Tomas dijo á Costanza, y Costanza
á Tomas en todo el tiempo que habia que estaba en casa, que ya pasaban
de veinte y cuatro dias.
Retiróse Tomas, y escribió la oracion, y tuvo lugar de dársela á
Costanza sin que nadie lo viese, y ella con mucho gusto y mas devocion
se entró en un aposento á solas, y abriendo el papel, vió que decia
desta manera.
«Señora de mi alma: Yo soy un caballero natural de Búrgos: si
alcanzo de dias á mi padre, heredo un mayorazgo de seis mil
ducados de renta: á la fama de vuestra hermosura, que por muchas
leguas se estiende, dejé mi patria, mudé vestido, y en el traje
que me veis, vine á servir á vuestro dueño: si vos lo quisiéredes
ser mio, por los medios que mas á vuestra honestidad convengan,
mirad qué pruebas quereis que haga para enteraros desta verdad;
y enterada en ella, siendo gusto vuestro, seré vuestro esposo, y
me tendré por el mas bien afortunado del mundo: solo por ahora os
pido que no echeis tan enamorados y limpios pensamientos como los
mios en la calle; que si vuestro dueño lo sabe, y no los cree, me
condenará á destierro de vuestra presencia, que seria lo mismo que
condenarme á muerte: dejadme, señora, que os vea, hasta que me
creais, considerando que no merece el riguroso castigo de no veros
el que no ha cometido otra culpa que adoraros: con los ojos podréis
responderme á hurto de los muchos que siempre os están mirando; que
ellos son tales que airados matan, y piadosos resucitan.»
En tanto que Tomas entendió que Costanza se habia ido á leer su papel,
le estuvo palpitando el corazon, temiendo y esperando ó ya la sentencia
de su muerte, ó la restauracion de su vida. Salió en esto Costanza tan
hermosa, aunque rebozada, que si pudiera recebir aumento su hermosura
con algun accidente, se pudiera juzgar que el sobresalto de haber
visto en el papel de Tomas otra cosa tan léjos de la que pensaba,
habia acrecentado su belleza. Salió con el papel entre las manos hecho
menudas piezas, y dijo á Tomas, que apénas se podia tener en pié:
--Hermano Tomas, esta tu oracion mas parece hechicería y embuste, que
oracion santa, y así yo no la quiero creer ni usar, y por eso la he
rasgado, porque no la vea nadie que sea mas crédula que yo: aprende
otras oraciones mas fáciles, porque esta será imposible que te sea de
provecho.