de turbacion y sobresalto.
La moza, que de aquel modo le vió responder, dijo:
--Vaya, hermano, norabuena, que las que servimos no hemos menester
criados.
Y llamando á su señor, le dijo:
--Mire, señor, lo que busca este mancebo.
Salió su amo, y preguntóle qué buscaba. Él respondió que á unos
caballeros de Búrgos que iban á Sevilla, uno de los cuales era su
señor, el cual le habia enviado delante por Alcalá de Henáres, donde
habia de hacer un negocio que les importaba, y que junto con esto le
mandó que se viniese á Toledo y le esperase en la posada del Sevillano,
donde vendria á apearse, y que pensaba que llegaria aquella noche ó
otro dia á mas tardar. Tan buen color dió Avendaño á su mentira, que á
la cuenta del huésped pasó por verdad, pues le dijo:
--Quédese, amigo, en la posada, que aquí podrá esperar á su señor
hasta que venga.
--Muchas mercedes, señor huésped, respondió Avendaño, y mande vuesa
merced que se me dé un aposento para mí y un compañero que viene
conmigo, que está allí fuera, que dinero traemos para pagarlo tan bien
como otro.
--En buen hora, respondió el huésped.
Y volviéndose á la moza, dijo:
--Costancica, dí á la Argüello que lleve á estos dos galanes al
aposento del rincon, y que les eche sábanas limpias.
--Sí haré, señor, respondió Costanza, que así se llamaba la doncella.
Y haciendo una reverencia á su amo, se les quitó delante, cuya ausencia
fué para Avendaño lo que suele ser al caminante ponerse el sol y
sobrevenir la noche lóbrega y escura: con todo esto salió á dar cuenta
á Carriazo de lo que habia visto y de lo que dejaba negociado. El
cual por mil señales conoció cómo su amigo venia herido de la amorosa
pestilencia; pero no le quiso decir nada por entónces, hasta ver si
lo merecia la causa de quien nacian las estraordinarias alabanzas y
grandes hipérboles con que la belleza de Costanza sobre los mismos
cielos levantaba.
Entraron en fin en la posada, y la Argüello, que era una mujer de hasta
cuarenta y cinco años, superintendente de las camas y aderezo de los
aposentos, los llevó á uno que ni era de caballeros ni de criados, sino
de gente que podia hacer medio entre los dos estremos. Pidieron de
cenar, respondióles la Argüello que en aquella posada no daban de comer
á nadie, puesto que guisaban y aderezaban lo que los huéspedes traian
de fuera comprado; pero que bodegones y casas de estado habia cerca,
donde sin escrúpulo de conciencia podian ir á cenar lo que quisiesen.
Tomaron los dos el consejo de la Argüello, y dieron con sus cuerpos en
un bodegon, donde Carriazo cenó lo que le dieron, y Avendaño lo que con
él llevaba, que fueron pensamientos y imaginaciones.
Lo poco ó nada que Avendaño comia admiraba á Carriazo. Por enterarse
del todo de los pensamientos de su amigo, al volverse á la posada, le
dijo:
--Conviene que mañana madruguemos, porque ántes que entre la calor
estemos ya en Orgaz.
--No estoy en eso, respondió Avendaño, porque pienso, ántes que desta
ciudad me parta, ver lo que dicen que hay famoso en ella, como es el
Sagrario, el artificio de Juanelo, las vistillas de San Agustin, la
huerta del Rey y la Vega.
--Norabuena, respondió Carriazo, eso en dos dias se podrá ver.
--En verdad que lo he de tomar despacio, que no vamos á Roma á alcanzar
alguna vacante.
--Ta, ta, replicó Carriazo, á mí me maten, amigo, si no estais vos con
mas deseo de quedaros en Toledo que de seguir nuestra comenzada romería.
--Así es la verdad, respondió Avendaño, y aun tan imposible será
apartarme de ver el rostro desta doncella, como no es posible ir al
cielo sin buenas obras.
--¡Gallardo encarecimiento, dijo Carriazo, y determinacion digna de
un tan generoso pecho como el vuestro! ¡Bien cuadra un D. Tomas de
Avendaño, hijo de D. Juan de Avendaño, caballero lo que es bueno, rico
lo que basta, mozo lo que alegra, discreto lo que admira, con enamorado
y perdido por una fregona que sirve en el meson del Sevillano!
--Lo mismo me parece á mí que es, respondió Avendaño, considerar un D.
Diego de Carriazo, hijo del mismo, caballero del hábito de Alcántara el
padre, y el hijo á pique de heredarle con su mayorazgo, no ménos gentil
en el cuerpo que en el ánimo, y con todos estos generosos atributos
verle enamorado, ¿de quién, si pensais? ¿De la reina Ginebra? no por
cierto, sino de la almadraba de Zahara, que es mas fea á lo que creo
que un miedo de Santo Anton.
--Pata es la traviesa, amigo, respondió Carriazo, por los filos que te
herí me has muerto, quédese aquí nuestra pendencia, y vamos á dormir, y
amanecerá Dios y medraremos.
--Mira, Carriazo, hasta ahora no has visto á Costanza; en viéndola te
doy licencia para que me digas todas las injurias ó reprensiones que
quisieres.
--Ya sé yo en qué ha de parar esto, dijo Carriazo.
--¿En qué? replicó Avendaño.
--En que yo me iré con mi almadraba, y tú te quedarás con tu fregona,
dijo Carriazo.
--No seré yo tan venturoso, dijo Avendaño.
--Ni yo tan necio, respondió Carriazo, que por seguir tu mal gusto deje
de conseguir el bueno mio.
--En estas pláticas llegaron á la posada, y aun se las pasó en otras
semejantes la mitad de la noche; y habiendo dormido á su parecer poco
mas de una hora, los despertó el son de muchas chirimías que en la
calle sonaban. Sentáronse en la cama, y estuvieron atentos, y dijo
Carriazo:
--Apostaré que es ya de dia, y que debe hacerse alguna fiesta en un
monasterio de Nuestra Señora del Cármen que está aquí cerca, y por eso
tocan estas chirimías.
--No es eso, respondió Avendaño, porque no ha tanto que dormimos que
pueda ser ya de dia.
Estando en esto sintieron llamar á la puerta de su aposento, y
preguntando quién llamaba, respondieron de fuera, diciendo:
--Mancebos, si quereis oir una brava música, levantáos y asomáos á una
reja que sale á la calle, que está en aquella sala frontera, que no hay
nadie en ella.
Levantáronse los dos, y cuando abrieron no hallaron persona ni supieron
quién les habia dado el aviso; mas porque oyeron el son de una arpa,
creyeron ser verdad la música, y así en camisa como se hallaron, se
fueron á la sala donde ya estaban otros tres ó cuatro huéspedes puestos
á las rejas; hallaron lugar, y de allí á poco, al son de la arpa y de
una vihuela, con maravillosa voz oyeron cantar este soneto, que no se
le pasó de la memoria á Avendaño.
Raro humilde sugeto, que levantas
Á tan escelsa cumbre la belleza,
Que en ella se escedió naturaleza
Á sí misma, y al cielo la adelantas.
Si hablas, ó si ries, ó si cantas,
Si muestras mansedumbre ó aspereza
(Efeto solo de tu gentileza)
Las potencias del alma nos encantas:
Para que pueda ser mas conocida
La sin par hermosura que contienes,
Y la alta honestidad de que blasonas,
Deja el servir, pues debes ser servida
De cuantos ven tus manos, y tus sienes
Resplandecer con cetros y coronas.
No fué menester que nadie les dijese á los dos que aquella música se
daba por Costanza, pues bien claro lo habia descubierto el soneto,
que sonó de tal manera en los oidos de Avendaño, que diera por bien
empleado por no haberle oido haber nacido sordo y estarlo todos los
dias de la vida que le quedaba, á causa que desde aquel punto la
comenzó á tener tan mala, como quien se halló traspasado el corazon de
la rigurosa lanza de los celos, y era lo peor que no sabia de quién
debia ó podia tenerlos. Pero presto le sacó deste cuidado uno de los
que á la reja estaban, diciendo:
--¡Que tan simple sea este hijo del corregidor, que se ande dando
músicas á una fregona! Verdad es que ella es de las mas hermosas
muchachas que yo he visto, y he visto muchas, mas no por esto habia de
solicitarla con tanta publicidad.
Á lo cual añadió otro de los de la reja:
--Pues en verdad que he oido yo decir por cosa muy cierta que así hace
ella cuenta dél, como si no fuese nadie: apostaré que se está ella
agora durmiendo á sueño suelto detras de la cama de su ama, donde dicen
que duerme, sin acordársele de músicas ni canciones.
--Así es la verdad, replicó el otro, porque es la mas honesta doncella
que se sabe, y es maravilla que con estar en esta casa de tanto
tráfago, y donde hay cada dia gente nueva, y andar por todos los
aposentos, no se sabe della el menor desman del mundo.
Con esto que oyó Avendaño tornó á revivir y á cobrar aliento para poder
escuchar otras muchas cosas que al son de diversos instrumentos los
músicos cantaron, todas encaminadas á Costanza, la cual, como dijo el
huésped, se estaba durmiendo sin ningun cuidado.
Por venir el dia se fueron los músicos, despidiéndose con las
chirimías. Avendaño y Carriazo se volvieron á su aposento, donde durmió
el que pudo hasta la mañana. La cual venida, se levantaron los dos,
entrambos con deseo de ver á Costanza; pero el deseo del uno era deseo
curioso, y el del otro deseo enamorado. Pero á entrambos se los cumplió
Costanza, saliendo de la sala de su amo tan hermosa, que á los dos les
pareció que todas cuantas alabanzas le habia dado el mozo de mulas,
eran cortas y de ningun encarecimiento.
Su vestido era una saya y corpiños de paño verde, con unos ribetes del
mismo paño. Los corpiños eran bajos, pero la camisa alta, plegado el
cuello con un cabezon labrado de seda negra, puesta una gargantilla de
estrellas de azabache sobre un pedazo de una coluna de alabastro, que
no era ménos blanca su garganta: ceñida con un cordon de S. Francisco,
y de una cinta pendiente al lado derecho un gran manojo de llaves: no
traia chinelas, sino zapatos de dos suelas, colorados, con unas calzas
que no se le parecian, sino cuanto por un perfil mostraban tambien ser
coloradas: traia trenzados los cabellos con unas cintas blancas de
hiladillo, pero tan largo el trenzado, que por las espaldas le pasaba
de la cintura: el color salia de castaño, y tocaba en rubio; pero al
parecer tan limpio, tan igual y tan peinado, que ninguno, aunque fuera
de hebras de oro, se le pudiera comparar: pendíanle de las orejas dos
calabacillas de vidrio que parecian perlas; los mismos cabellos le
servian de garbin y de tocas.
Cuando salió de la sala, se persignó y santiguó, y con mucha devocion
y sosiego hizo una profunda reverencia á una imágen de nuestra Señora
que en una de las paredes del patio estaba colgada; y alzando los ojos
vió á los dos que mirándola estaban, y apénas los hubo visto, cuando
se retiró y volvió á entrar en la sala, desde la cual dió voces á la
Argüello, que se levantase.
Resta ahora por decir qué es lo que le pareció á Carriazo de la
hermosura de Costanza, que de lo que le pareció á Avendaño, ya está
dicho, cuando la vió la vez primera. No digo mas sino que á Carriazo le
pareció tan bien como á su compañero; pero enamoróle mucho ménos, y tan
ménos, que quisiera no anochecer en la posada, sino partirse luego para
sus almadrabas.
En esto á las voces de Costanza salió á los corredores la Argüello, con
otras dos mocetonas tambien criadas de casa, de quien se dice que eran
gallegas, y el haber tantas lo requeria la mucha gente que acude á la
posada del Sevillano, que es una de las mejores y mas frecuentadas que
hay en Toledo. Acudieron tambien los mozos de los huéspedes á pedir
cebada: salió el huésped de casa á dársela, maldiciendo á sus mozas,
que por ellas se le habia ido un mozo que la solia dar con muy buena
cuenta y razon, sin que le hubiese hecho ménos á su parecer un solo
grano. Avendaño que oyó esto, dijo:
--No se fatigue, señor huésped, déme el libro de la cuenta, que los
dias que hubiere de estar aquí yo la tendré tan buena en dar la cebada
y paja que pidieren, que no eche ménos al mozo que dice que se le ha
ido.
--En verdad que os lo agradezco, mancebo, respondió el huésped, porque
yo no puedo atender á esto, porque tengo otras muchas cosas á que
acudir fuera de casa: bajad, daros he el libro, y mirad que estos mozos
de mulas son el mismo diablo, y hacen trampantojos un celemin de cebada
con ménos conciencia que si fuese de paja.
Bajó al patio Avendaño, y entregóse en el libro, y comenzó á despachar
celemines como agua, y asentarlos por tan buena órden, que el huésped,
que lo estaba mirando, quedó contento, y tanto, que dijo:
--Pluguiese á Dios que vuestro amo no viniese, y que á vos os diese
gana de quedaros en casa, que á fe que otro gallo os cantase, porque
el mozo que se me fué vino á mi casa habrá ocho meses roto y flaco,
y ahora lleva dos pares de vestidos muy buenos y va gordo como una
nutria; porque quiero que sepais, hijo, que en esta casa hay muchos
provechos, amen de los salarios.
--Si yo me quedase, replicó Avendaño, no repararia mucho en la
ganancia, que con cualquiera cosa me contentaria á trueco de estar en
esta ciudad, que me dicen que es la mejor de España.
--Á lo ménos, respondió el huésped, es de las mejores y mas abundantes
que hay en ella; mas otra cosa nos falta ahora, que es buscar quien
vaya por agua al rio, que tambien se me fué otro mozo, que con un asno
que tengo famoso me tenia rebosando las tinajas y hecha un lago de agua
la casa; y una de las causas porque los mozos de mulas se huelgan de
traer sus amos á mi posada, es por la abundancia de agua que hallan
siempre en ella, porque no llevan su ganado al rio, sino dentro de casa
beben las cabalgaduras en grandes barreños.
Todo esto estaba oyendo Carriazo, el cual viendo que ya Avendaño estaba
acomodado y con oficio en casa, no quiso él quedarse á buenas noches,
y mas que consideró el gran gusto que haria á Avendaño si le seguia el
humor; y así dijo al huésped:
--Venga el asno, señor huésped, que tambien sabré yo cinchalle y
cargalle, como sabe mi compañero asentar en el libro su mercancía.
--Sí, dijo Avendaño, mi compañero Lope, asturiano, servirá de traer
agua como un príncipe, y yo le fío.
La Argüello, que estaba atenta desde el corredor á todas estas
pláticas, oyendo decir á Avendaño, que él fiaba á su compañero, dijo:
--Dígame, gentilhombre, y ¿quién le ha de fiar á él? que en verdad que
me parece que mas necesidad tiene de ser fiado que de ser fiador.
--Calla, Argüello, dijo el huésped, no te metas donde no te llaman, yo
los fio á entrambos, y por vida de vosotras, que no tengais dares ni
tomares con los mozos de casa, que por vosotras se me van todos.
--Pues ¿qué? dijo otra moza ¿ya se quedan en casa estos mancebos? Para
mi santiguada, que si yo fuera camino con ellos, que nunca les fiara la
bota.
--Déjese de chocarrerías, señora gallega, respondió el huésped, y haga
su hacienda, y no se entremeta con los mozos, que la moleré á palos.
--Por cierto sí, replicó la gallega, ¡mirad que joyas para codiciallas!
Pues en verdad que no me ha hallado el señor mi amo tan juguetona
con los mozos de casa ni de fuera para tenerme en la mala piñon que
me tiene: ellos son bellacos, y se van cuando se les antoja, sin que
nosotras les demos ocasion alguna: bonica gente es ella por cierto,
para tener necesidad de apetitos que les inciten á dar un madrugon á
sus amos cuando ménos se percatan.
--Mucho hablais, gallega hermana, respondió su amo: punto en boca, y
atended á lo que teneis á vuestro cargo.
Ya en esto tenia Carriazo enjaezado el asno, y subiendo en él de un
brinco, se encaminó al rio, dejando á Avendaño muy alegre de haber
visto su gallarda resolucion.
Hé aquí tenemos ya (en buen hora se cuente) á Avendaño hecho mozo de
meson, con nombre de Tomas Pedro, que así dijo que se llamaba, y á
Carriazo, con el de Lope asturiano, hecho aguador: transformaciones
dignas de anteponerse á las del narigudo poeta.
Á malas penas acabó de entender la Argüello que los dos se quedaban en
casa, cuando hizo designio sobre el asturiano, y le marcó por suyo,
determinándose á regalarle de suerte, que aunque él fuese de condicion
esquiva y retirada, le volviese mas blando que un guante. El mismo
discurso hizo la gallega melindrosa sobre Avendaño, y como las dos
por trato y conversacion y por dormir juntas fuesen grandes amigas,
al punto declaró la una á la otra su determinacion amorosa, y desde
aquella noche determinaron de dar principio á la conquista de sus dos
desapasionados amantes; pero lo primero que advirtieron fué en que les
habian de pedir que no las habian de pedir celos por cosas que las
viesen hacer de sus personas, porque mal pueden regalar las mozas á los
de dentro, si no hacen tributarios á los de fuera de casa.
--Callad hermanos, decian ellas (como si los tuvieran presentes y
fueran ya sus verdaderos mancebos ó amancebados), callad y tapáos los
ojos, y dejad tocar el pandero á quien sabe, y que guie la danza quien
la entiende, y no habrá par de canónigos mas regalados que vosotros lo
seréis destas tributarias vuestras.
Estas y otras razones desta sustancia y jaez dijeron la gallega y la
Argüello. Y en tanto caminaba nuestro buen Lope asturiano la vuelta
del rio por la cuesta del Cármen, puestos los pensamientos en sus
almadrabas y en la súbita mutacion de su estado: ó ya fuese por esto
ó porque la suerte así lo ordenase, en un paso estrecho, al bajar de
la cuesta encontró con un asno de un aguador que subia cargado, y como
él descendia y su asno era gallardo, bien dispuesto y poco trabajado,
tal encuentro dió al cansado y flaco que subia, que dió con él en el
suelo, y por haberse quebrado los cántaros se derramó tambien el agua,
por cuya desgracia el aguador antiguo despechado y lleno de cólera
arremetió al aguador moderno, que aun se estaba caballero, y ántes que
se desenvolviese y apease, le habia pegado y atentado una docena de
palos tales, que no le supieron bien al asturiano.
Apeóse en fin, pero con tan malas entrañas, que arremetió á su enemigo,
y asiéndole con ambas manos por la garganta dió con él en el suelo, y
tal golpe dió con la cabeza sobre una piedra, que se la abrió por dos
partes, saliendo tanta sangre que pensó que le habia muerto.
Otros muchos aguadores que allí venian, como vieron á su compañero
tan mal parado, arremetieron á Lope, y tuviéronle asido fuertemente,
gritando.
--Justicia, justicia, que este aguador ha muerto un hombre.
Y á vuelta destas razones y gritos le molian á mojicones y á palos.
Otros acudieron al caido, y vieron que tenia hendida la cabeza, y que
casi estaba espirando. Subieron las voces de boca en boca por la cuesta
arriba, y en la plaza del Cármen dieron en los oidos de un alguacil, el
cual con dos corchetes, con mas lijereza que si volara, se puso en el
lugar de la pendencia á tiempo que ya el herido estaba atravesado sobre
su asno, y el de Lope asido, y Lope rodeado de mas de veinte aguadores
que no le dejaban menear, ántes le brumaban las costillas de manera que
mas se pudiera temer de su vida que de la del herido, segun menudeaban
sobre él los puños y las varas aquellos vengadores de la ajena injuria.
Llegó el alguacil, apartó la gente, entregó á sus corchetes al
asturiano, y antecogiendo á su asno, y al herido sobre el suyo, dió con
ellos en la cárcel, acompañado de tanta gente y de tantos muchachos que
le seguian, que apénas podia hender por las calles.
Al rumor de la gente salió Tomas Pedro y su amo á la puerta de casa
á ver de qué procedia tanta grita, y descubrieron á Lope entre los
dos corchetes, lleno de sangre el rostro y la boca: miró luego por su
asno el huésped, y vióle en poder de otro corchete que ya se les habia
juntado: preguntó la causa de aquellas prisiones, fuéle respondida la
verdad del suceso, pesóle por su asno, temiendo que le habia de perder
ó á lo ménos de hacer mas costas por cobrarle que él valia.
Tomas Pedro siguió á su compañero, sin que le dejasen llegar á hablarle
una palabra: tanta era la gente que lo impedia y el recato de los
corchetes y del alguacil que le llevaba. Finalmente, no le dejó hasta
verle poner en la cárcel y en un calabozo con dos pares de grillos, y
al herido en la enfermería, donde se halló á verle curar, y vió que la
herida era peligrosa y mucho, y lo mismo dijo el cirujano.
El alguacil se llevó á su casa los dos asnos, y mas cinco reales de á
ocho, que los corchetes habian quitado á Lope.
Volvióse á la posada lleno de confusion y de tristeza, halló al que ya
tenia por amo con no ménos pesadumbre que él traia, á quien dijo de la
manera que quedaba su compañero, y del peligro de muerte en que estaba
el herido, y del suceso de su asno: díjole mas, que á su desgracia se
le habia añadido otra de no menor fastidio, y era que un grande amigo
de su señor le habia encontrado en el camino, y le habia dicho que su
señor por ir muy de priesa y ahorrar dos leguas de camino, desde Madrid
habia pasado por la barca de Aceca, y que aquella noche dormia en
Orgaz, y que le habia dado doce escudos que le diese, con órden de que
se fuese á Sevilla, donde le esperaba.
--Pero no puede ser así, añadió Tomas, pues no será razon que yo deje
á mi amigo y camarada en la cárcel y en tanto peligro: mi amo me podrá
perdonar por ahora, cuanto mas que él es tan bueno y honrado, que dará
por bien cualquier falta que le hiciere, á trueco que no la haga á mi
camarada: vuesa merced, señor amo, me la haga de tomar este dinero, y
acudir á este negocio; y en tanto que este se gasta, yo escribiré á mi
señor lo que pasa, y sé que me enviará dineros que basten á sacarnos de
cualquier peligro.
Abrió los ojos de un palmo el huésped, alegre de ver que en parte iba
saneando la pérdida de su asno: tomó el dinero y consoló á Tomas,
diciéndole que él tenia personas en Toledo de tal calidad, que valian
mucho con la justicia, especialmente una señora monja, parienta
del corregidor, que le mandaba con el pié, y que una lavandera del
monasterio de la tal monja tenia una hija que era grandísima amiga de
una hermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de la
dicha monja: la cual lavandera lavaba la ropa en casa.
--Y como esta pida á su hija, que sí pedirá, hable á la hermana del
fraile, que hable á su hermano que hable al confesor, y el confesor
á la monja, y la monja guste de dar un billete (que será cosa fácil)
para el corregidor, donde le pida encarecidamente mire por el negocio
de Tomas, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso: y esto ha de
ser con tal que el aguador no muera, y con que no falte ungüento para
untar á todos los ministros de la justicia, porque si no están untados,
gruñen mas que carretas de bueyes.
En gracia le cayó á Tomas los ofrecimientos del favor que su amo le
habia hecho, y los infinitos y revueltos arcaduces por donde le habia
derivado; y aunque conoció que ántes lo habia dicho de socarron, que
de inocente, con todo eso le agradeció su buen ánimo, y le entregó
el dinero con promesa que no faltaria mucho mas, segun él tenia la
confianza en su señor, como ya le habia dicho.
La Argüello, que vió atraillado á su nuevo cuyo, acudió luego á la
cárcel á llevarle de comer; mas no se le dejaron ver, de que ella
volvió muy sentida y mal contenta, pero no por esto desistió de su buen
propósito.
En resolucion, dentro de quince dias estuvo fuera de peligro el herido,
y á los veinte declaró el cirujano que estaba del todo sano: y ya en
este tiempo habia dado traza Tomas como le viniesen cincuenta escudos
de Sevilla, y sacándolos él de su seno, se los entregó al huésped con
cartas y cédula fingida de su amo; y como al huésped le iba poco en
averiguar la verdad de aquella correspondencia, cogia el dinero, que
por ser en escudos de oro le alegraba mucho.
Por seis ducados se apartó de la querella el herido; en diez y en el
asno y las costas sentenciaron al asturiano. Salió de la cárcel, pero
no quiso volver á estar con su compañero, dándole por disculpa que
en los dias que habia estado preso le habia visitado la Argüello y
requerídole de amores, cosa para él de tanta molestia y enfado, que
ántes se dejara ahorcar que corresponder con el deseo de tan mala
hembra; que lo que pensaba hacer era, ya que él estaba determinado de
seguir y pasar adelante con su propósito, comprar un asno y usar el
oficio de aguador en tanto que estuviesen en Toledo, que con aquella
cubierta no seria juzgado ni preso por vagamundo, y sin eso era oficio
que con mucho descanso y comodidad suya podia usar, pues que con sola
una carga de agua se podia andar todo el dia por la ciudad á sus
anchuras mirando bobas.
--Antes mirarás hermosas que bobas en esta ciudad, que tiene fama
de tener las mas discretas mujeres de España, y que andan á una su
discrecion con su hermosura; y si no, míralo por Costancica, de cuyas
sobras de belleza puede enriquecer no solo á las hermosas desta ciudad,
sino á las de todo el mundo.
--Paso, señor Tomas, replicó Lope, vamos poquito á poquito en esto de
las alabanzas de la señora fregona, si no quiere que como le tengo por
loco, le tenga por hereje.
--¿Fregona has llamado á Costanza, hermano Lope? respondió Tomas: Dios
te lo perdone y te traiga á verdadero conocimiento de tu yerro.
--Pues ¿no es fregona? replicó el asturiano.