traeros testigos para que me creais una verdad que quiero deciros: bien
se os debe acordar (que no es posible se os haya caido de la memoria)
con cuánto amor, con cuán buenas entrañas hace hoy un año, un mes,
cinco dias y nueve horas, que me entregasteis á vuestra querida hija
por legítima mujer mia: tambien sabeis con cuánta liberalidad la doté,
pues fué tal la dote, que mas de tres de su misma calidad pudieran
casar con opinion de ricas: asimismo se os debe acordar la diligencia
que puse en vestirla y adornarla de todo aquello que ella se acertó á
desear y yo alcanzé á saber que le convenia: ni mas ni ménos habeis
visto, señores, cómo llevado de mi natural condicion, y temeroso del
mal de que sin duda he de morir, y esperimentado por mi mucha edad
en los estraños y varios acaecimientos del mundo, quise guardar esta
joya que yo escogí y vosotros me disteis, con el mayor recato que
me fué posible; alcé las murallas desta casa, quité la vista á las
ventanas de la calle, doblé las cerraduras de las puertas, púsele
torno como á monasterio de monjas, desterré perpetuamente della todo
aquello que sombra ó nombre de varon tuviese; dile criadas y esclavas
que la sirviesen, ni les negué á ellas ni á ella cuanto quisieron
pedirme; hícela mi igual, comuniquéle mis mas secretos pensamientos,
y entreguéla toda mi hacienda: todas estas eran obras para que, si
bien lo considerara, yo viviera seguro de gozar sin sobresalto lo
que tanto me habia costado, y ella procurara no darme ocasion á que
ningun género de temor celoso entrara en mi pensamiento; mas como no
se puede prevenir con diligencia humana el castigo que la voluntad
divina quiere dar á los que en ella no ponen del todo en todo sus
deseos y esperanzas, no es mucho que yo quede defraudado en las mias,
y que yo mismo haya sido el fabricador del veneno que me va quitando
la vida; pero porque veo la suspension en que todos estais, colgados
de las palabras de mi boca, quiero concluir los largos preámbulos
desta plática con deciros en una palabra lo que no es posible decirse
en millares dellas: digo pues, señores, que todo lo que he dicho y
hecho ha parado en que esta madrugada hallé á esta, nacida en el mundo
para perdicion de mi sosiego y fin de mi vida (y esto señalando á su
esposa) en los brazos de un gallardo mancebo, que en la estancia desta
pestífera dueña ahora está encerrado.
Apénas acabó estas últimas palabras Carrizales, cuando á Leonora se
le cubrió el corazon, y en las mismas rodillas de su marido se cayó
desmayada. Perdió la color Marialonso, y á las gargantas de los padres
de Leonora se les atravesó un ñudo que no les dejaba hablar palabra.
Pero prosiguiendo adelante Carrizales, dijo:
--La venganza que pienso tomar desta afrenta no es ni ha de ser de las
que ordinariamente suelen tomarse; pues quiero que así como yo fuí
estremado en lo que hice, así sea la venganza que tomare, tomándola de
mí mismo como del mas culpado en este delito, que debiera considerar
que mal podian estar ni compadecerse en uno los quince años desta
muchacha con los casi ochenta mios, y yo fuí el que como el gusano
de seda me fabriqué la casa donde muriese; y á tí no te culpo, ¡oh
niña mal aconsejada! (Y diciendo esto se inclinó y besó el rostro
de la desmayada Leonora.) No te culpo, digo, porque persuasiones de
viejas taimadas, y requiebros de mozos enamorados, fácilmente vencen y
triunfan del poco ingenio que los pocos años encierran; mas porque todo
el mundo vea el valor de los quilates de la voluntad y fe con que te
quise, en este último trance de mi vida quiero mostrarlo de modo que
quede en el mundo por ejemplo, si no de bondad, al ménos de simplicidad
jamas oida ni vista: y así quiero que se traiga luego aquí un escribano
para hacer de nuevo mi testamento, en el cual mandaré doblar la dote á
Leonora, y le rogaré que despues de mis dias, que serán bien breves,
disponga su voluntad, pues lo podrá hacer sin fuerza, á casarse con
aquel mozo, á quien nunca ofendieron las canas deste lastimado viejo;
y así verá que si viviendo jamas salí un punto de lo que pude pensar
ser su gusto, en la muerte hago lo mismo, y quiero que le tenga con
el que ella debe de querer tanto: la demas hacienda mandaré á otras
obras pias, y á vosotros, señores mios, dejaré con que podais vivir
honradamente lo que de la vida os queda: la venida del escribano sea
luego, porque la pasion que tengo me aprieta de manera, que á mas andar
me va acortando los pasos de la vida.
Esto dicho, le sobrevino un terrible desmayo, y se dejó caer tan junto
de Leonora, que se juntaron los rostros: ¡estraño y triste espectáculo
para los padres, que á su querida hija y á su amado yerno miraban! No
quiso la mala dueña esperar á las reprensiones que pensó le darian
los padres de su señora; y así se salió del aposento, y fué á decir á
Loaysa todo lo que pasaba, aconsejándole que luego al punto se fuese
de aquella casa, que ella tendria cuidado de avisarle con el negro lo
que sucediese, pues ya no habia puertas ni llaves que lo impidiesen.
Admiróse Loaysa con tales nuevas, y tomando el consejo, volvió á
vestirse como pobre, y fuese á dar cuenta á sus amigos del estraño y
nunca visto suceso de sus amores.
En tanto pues que los dos estaban transportados, el padre de Leonora
envió á llamar á un escribano amigo suyo, el cual vino á tiempo que ya
habian vuelto hija y yerno en su acuerdo. Hizo Carrizales su testamento
en la manera que habia dicho, sin declarar el yerro de Leonora, mas
de que por buenos respetos le pedia y rogaba se casase, si acaso él
muriese, con aquel mancebo que él la habia dicho en secreto. Cuando
esto oyó Leonora se arrojó á los piés de su marido, y saltándole el
corazon en el pecho, le dijo:
--Vivid vos muchos años, mi señor y mi bien todo, que puesto caso que
no estais obligado á creerme ninguna cosa de las que os dijere, sabed
que no os he ofendido sino con el pensamiento.
Y comenzando á disculparse y á contar por estenso la verdad del caso,
no pudo mover la lengua, y volvió á desmayarse. Abrazóla así desmayada
el lastimado viejo, abrazáronla sus padres, lloraron todos tan
amargamente, que obligaron y aun forzaron á que en ellas les acompañase
el escribano que hacia el testamento, en el cual dejó de comer á todas
las criadas de casa, horras las esclavas y negro, y á la falsa de
Marialonso no le mandó otra cosa que la paga de su salario; mas sea lo
que fuere, el dolor le apretó de manera, que al seteno dia le llevaron
á la sepultura.
Quedó Leonora viuda, llorosa y rica; y cuando Loaysa esperaba que
cumpliese lo que ya él sabia que su marido en su testamento dejaba
mandado, vió que dentro de una semana se entró monja en uno de los mas
recogidos monasterios de la ciudad: él despechado y casi corrido se
pasó á las Indias. Quedaron los padres de Leonora tristísimos, aunque
se consolaron con lo que su yerno les habia dejado y mandado por su
testamento. Las criadas se consolaron con lo mismo, y las esclavas y
esclavo con la libertad, y la malvada de la dueña, pobre y defraudada
de todos sus malos pensamientos.
Y yo quedé con el deseo de llegar al fin deste suceso, ejemplo y espejo
de lo poco que hay que fiar de llaves, tornos y paredes, cuando queda
la voluntad libre; y de lo ménos que hay que confiar de verdes y pocos
años, si les andan al oido eshortaciones destas dueñas de monjil negro
y tendido, y tocas blancas y luengas. Solo no sé qué fué la causa que
Leonora no puso mas ahinco en disculparse y dar á entender á su celoso
marido cuán limpia y sin ofensa habia quedado en aquel suceso; pero la
turbacion le ató la lengua, y la priesa que se dió á morir su marido no
dió lugar á su disculpa.
LA ILUSTRE FREGONA.
En Búrgos, ciudad ilustre y famosa, no ha muchos años que en ella
vivian dos caballeros principales y ricos: el uno se llamaba D. Diego
de Carriazo, y el otro D. Juan de Avendaño. El D. Diego tuvo un hijo á
quien llamó de su mismo nombre, y el D. Juan otro á quien puso D. Tomas
de Avendaño. Á estos dos caballeros mozos, como quien han de ser las
principales personas deste cuento, por escusar y ahorrar letras, les
llamaremos con solos los nombres de Carriazo y de Avendaño.
Trece años ó poco mas tendria Carriazo, cuando llevado de una
inclinacion picaresca, sin forzarle á ello algun mal tratamiento
que sus padres le hiciesen, solo por su gusto y antojo se desgarró,
como dicen los muchachos, de casa de sus padres, y se fué por ese
mundo adelante, tan contento de la vida libre, que en la mitad de
las incomodidades y miserias que trae consigo, no echaba ménos la
abundancia de la casa de su padre, ni el andar á pié le cansaba, ni el
frio le ofendia, ni el calor le enfadaba: para él todos los tiempos
del año le eran dulce y templada primavera: tan bien dormia en parvas,
como en colchones: con tanto gusto se soterraba en un pajar de un
meson, como si se acostara entre dos sábanas de Holanda: finalmente, él
salió tan bien con el asunto de pícaro, que pudiera leer cátedra en la
facultad al famoso de Alfarache.
En tres años que tardó en parecer y volver á su casa aprendió á jugar
á la taba en Madrid, y al rentoy en las ventillas de Toledo, y á presa
y pinta en pié en las barbacanas de Sevilla; pero con serle anejo
á este género de vida la miseria y estrecheza, mostraba Carriazo
ser un príncipe en sus obras: á tiro de escopeta en mil señales
descubria ser bien nacido, porque era generoso y bien partido con sus
camaradas; visitaba pocas veces las ermitas de Baco; y aunque bebia
vino, era tan poco, que nunca pudo entrar en el número de los que
llaman desgraciados, que con alguna cosa que beban demasiado, luego se
les pone el rostro como si se le hubiesen jalbegado con bermellon y
almagre. En fin, en Carriazo vió el mundo un pícaro virtuoso, limpio,
bien criado, y mas que medianamente discreto: pasó por todos los grados
de pícaro, hasta que se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara,
donde es el finibusterre de la picaresca.
¡Oh pícaros de cocina, sucios, gordos y lucios: pobres fingidos,
tullidos falsos, cicateruelos de Zocodover y de la plaza de Madrid,
vistosos oracioneros, esportilleros de Sevilla, mandilejos de la hampa,
con toda la caterva innumerable que se encierra debajo deste nombre
pícaro! Bajad el toldo, amainad el brio, no os llameis pícaros si no
habeis cursado dos cursos en la academia de la pesca de los atunes:
allí, allí está en su centro el trabajo junto con la poltronería:
allí está la suciedad limpia, la gordura rolliza, la hambre pronta,
la hartura abundante, sin disfraz el vicio, el juego siempre, las
pendencias por momentos, las muertes por puntos, las pullas á cada
paso, los bailes como en bodas, las seguidillas como en estampa, los
romances con estribos, la poesía sin acciones: aquí se canta, allí
se reniega, acullá se riñe, acá se juega, y por todo se hurta: allí
campea la libertad y luce el trabajo: allí van ó envían muchos padres
principales á buscar á sus hijos, y los hallan; y tanto sienten
sacarlos de aquella vida, como si los llevaran á dar la muerte.
Pero toda esta dulzura que he pintado, tiene un amargo acíbar que
la amarga; y es no poder dormir sueño seguro sin el temor de que en
un instante los trasladen de Zahara á Berbería: por esto las noches
se recogen á unas torres de la marina, y tienen sus atajadores y
centinelas, en confianza de cuyos ojos cierran ellos los suyos;
puesto que tal vez ha sucedido que centinelas y atajadores, pícaros,
mayorales, barcos y redes, con toda la turbamulta que allí se ocupa,
han anochecido en España y amanecido en Tetuan. Pero no fué parte este
temor para que nuestro Carriazo dejase de acudir allí tres veranos á
darse buen tiempo: el último verano le dijo tan bien la suerte, que
ganó á los naipes cerca de setecientos reales, con los cuales quiso
vestirse, y volverse á Búrgos, y á los ojos de su madre, que habia
derramado por él muchas lágrimas: despidióse de sus amigos, que los
tenia muchos y muy buenos: prometióles que el verano siguiente seria
con ellos, si enfermedad ó muerte no lo estorbase: dejó con ellos la
mitad de su alma, y todos sus deseos entregó á aquellas secas arenas,
que á él parecian mas frescas y verdes que los campos Elíseos: y por
estar ya acostumbrado á caminar á pié, tomó el camino en la mano, y
sobre dos alpargates se llegó desde Zahara hasta Valladolid, cantando
las tres ánades, madre: estúvose allí quince dias para reformar la
color del rostro, sacándola de mulata á flamenca, y para trastejarse y
sacarse del borrador de pícaro, y ponerse en limpio de caballero.
Todo esto hizo segun y como le dieron comodidad quinientos reales con
que llegó á Valladolid, y aun dellos reservó ciento para alquilar una
mula y un mozo, con que se presentó á sus padres honrado y contento.
Ellos le recebieron con mucha alegría, y todos sus amigos y parientes
vinieron á darle el parabien de la buena venida del señor D. Diego de
Carriazo su hijo. Es de advertir que en su peregrinacion D. Diego, mudó
el nombre de Carriazo en el de Urdiales, y con este nombre se hizo
llamar de los que el suyo no sabian.
Entre los que vinieron á ver el recien llegado fueron D. Juan de
Avendaño y su hijo D. Tomas, con quien Carriazo, por ser ambos de una
misma edad y vecinos, trabó y confirmó una amistad estrechísima.
Contó Carriazo á sus padres y á todos mil magníficas y luengas mentiras
de cosas que le habian sucedido en los tres años de su ausencia; pero
nunca tocó ni por pienso en las almadrabas, puesto que en ellas tenia
de contino puesta la imaginacion, especialmente cuando vió que se
llegaba el tiempo donde habia prometido á sus amigos la vuelta: ni le
entretenia la caza en que su padre le ocupaba, ni los muchos, honestos
y gustosos convites que en aquella ciudad se usan, le daban gusto;
todo pasatiempo le cansaba, y á todos los mayores que se le ofrecian
anteponia el que habia recebido en las almadrabas.
Avendaño, su amigo, viéndole muchas veces melancólico é imaginativo,
fiado en su amistad se atrevió á preguntarle la causa, y se obligó á
remediarla, si pudiese y fuese menester, con su sangre misma. No quiso
Carriazo tenérsela encubierta, por no agraviar á la grande amistad que
le profesaba; y así le contó punto por punto la vida de la jábega, y
cómo todas sus tristezas y pensamientos nacian del deseo que tenia de
volver á ella: pintósela de modo, que Avendaño, cuando le acabó de oir,
ántes alabó que vituperó su gusto.
En fin, el de la plática fué disponer Carriazo la voluntad de Avendaño
de manera, que determinó de irse con él á gozar un verano de aquella
felicísima vida que le habia descrito, de lo cual quedó sobre modo
contento Carriazo, por parecerle que habia ganado un testigo de abono
que calificase su baja determinacion: trazaron ansimismo de juntar todo
el dinero que pudiesen, y el mejor modo que hallaron fué que de allí á
dos meses habia de ir Avendaño á Salamanca, donde por su gusto tres
años habia estado estudiando las lenguas griega y latina, y su padre
queria que pasase adelante y estudiase la facultad que él quisiese; y
que del dinero que le diese habria para lo que deseaban.
En este tiempo propuso Carriazo á su padre que tenia voluntad de irse
con Avendaño á estudiar á Salamanca. Vino su padre con tanto gusto en
ello, que hablando al de Avendaño, ordenaron de ponerles juntos casa en
Salamanca, con todos los requisitos que pedian ser hijos suyos.
Llegóse el tiempo de la partida: proveyéronles de dinero, y enviaron
con ellos un ayo que los gobernase, que tenia mas de hombre de bien que
de discreto. Los padres dieron documentos á sus hijos de lo que habian
de hacer, y de cómo se habian de gobernar para salir aprovechados en
la virtud y en las ciencias, que es el fruto que todo estudiante debe
pretender sacar de sus trabajos y vigilias, principalmente los bien
nacidos. Mostráronse los hijos humildes y obedientes, lloraron las
madres, recebieron la bendicion de todos, pusiéronse en camino con
mulas propias y con dos criados de casa, amen del ayo, que se habia
dejado crecer la barba porque diese autoridad á su cargo.
En llegando á la ciudad de Valladolid, dijeron al ayo que querian
estarse en aquel lugar dos dias para verle, porque nunca le habian
visto ni estado en él. Reprendióles mucho el ayo severa y ásperamente
la estada, diciéndoles que los que iban á estudiar con tanta priesa
como ellos, no se habian de detener una hora á mirar niñerías, cuanto
mas dos dias, y que él formaria escrúpulo si los dejaba detener un solo
punto, y que se partiesen luego, y si no, que sobre eso morena.
Hasta aquí se estendia la habilidad del señor ayo ó mayordomo, como
mas nos diere gusto llamarle. Los mancebitos, que tenian ya hecho su
agosto y su vendimia, pues habian ya sacado cuatrocientos escudos de
oro que llevaba su mayordomo, dijeron que solos los dejase aquel dia,
en el cual querian ir á ver la fuente de Argales, que la comenzaban á
conducir á la ciudad por grandes y espaciosos acueductos. En efecto,
aunque con dolor de su ánima, les dió licencia, porque él quisiera
escusar el gasto de aquella noche, y hacerle en Valdeastillas, y
repartir las diez y ocho leguas que hay desde Valdeastillas á Salamanca
en dos dias, y no las veinte y dos que hay desde Valladolid; pero como
uno piensa el bayo y otro el que le ensilla, todo le sucedió al reves
de lo que él quisiera.
Los mancebos, con solo un criado, y á caballo en dos muy buenas y
caseras mulas, salieron á ver la fuente de Argales, famosa por su
antigüedad y sus aguas, á despecho del caño dorado y de la reverenda
priora, con paz sea dicho, de Leganitos, y de la estremadísima fuente
Castellana, en cuya competencia pueden callar Corpa y la Pizarra de
la Mancha. Llegaron á Argales, y cuando creyó el criado que sacaba
Avendaño de las bolsas del cojin alguna cosa con que beber, vió que
sacó una carta cerrada, diciéndole que luego al punto volviese á la
ciudad, y se la diese á su ayo, y que en dándola les esperase en la
puerta del Campo.
Obedeció el criado, tomó la carta, volvió á la ciudad, y ellos
volvieron las riendas, y aquella noche durmieron en Mojados, y de allí
á dos dias en Madrid, y en otros cuatro se vendieron las mulas en
pública plaza, y hubo quien les fiase por seis escudos de prometido, y
aun quien les diese el dinero en oro por sus cabales. Vistiéronse á lo
payo, con capotillos de dos haldas, zahones ó zaragüelles y medias de
paño pardo. Ropero hubo que por la mañana les compró sus vestidos, y
á la noche los habia mudado de manera, que no los conociera la propia
madre que los habia parido.
Puestos pues á la lijera y del modo que Avendaño quiso y supo, se
pusieron en camino de Toledo _ad pedem litteræ_ y sin espadas, que
tambien el ropero, aunque no atañian á su menester, se las habia
comprado.
Dejémoslos ir por ahora, pues van contentos y alegres, y volvamos á
contar lo que el ayo hizo cuando abrió la carta que el criado le llevó,
y halló que decia desta manera:
«Vuesa merced será servido, señor Pedro Alonso, de tener paciencia
y dar la vuelta á Búrgos, donde dirá á nuestros padres que habiendo
nosotros sus hijos con madura consideracion considerado cuán mas
propias son de los caballeros las armas que las letras, habemos
determinado de trocar á Salamanca por Bruselas y á España por
Flándes; los cuatrocientos escudos llevamos, las mulas pensamos
vender; nuestra hidalga intencion y el largo camino es bastante
disculpa de nuestro yerro, aunque nadie le juzgará por tal, si no
es cobarde; nuestra partida es ahora, la vuelta será cuando Dios
fuere servido, el cual guarde á vuesa merced como puede y estos sus
menores discípulos deseamos. De la fuente de Argales, puesto ya el
pié en el estribo para caminar á Flándes. -- CARRIAZO Y AVENDAÑO.»
Quedó Pedro Alonso suspenso en leyendo la epístola, y acudió presto
á su balija, y el hallarla vacía le acabó de confirmar la verdad de
la carta, y luego al punto en la mula que le habia quedado se partió
á Búrgos á dar las nuevas á sus amos con toda presteza, porque con
ella pusiesen remedio y diesen traza de alcanzar á sus hijos; pero
destas cosas no dice nada el autor desta novela, porque así como dejó
puesto á caballo á Pedro Alonso, volvió á contar lo que les sucedió
á Avendaño y á Carriazo á la entrada de Illescas, diciendo: que al
entrar de la puerta de la villa encontraron dos mozos de mulas, al
parecer andaluces, en calzones de lienzo anchos, jubones acuchillados
de anjeo, sus coletos de ante, dagas de gancho y espadas sin tiros;
al parecer el uno venia de Sevilla, y el otro iba á ella: el que iba
estaba diciendo al otro:
--Si no fueran mis amos tan adelante, todavía me detuviera algo mas á
preguntar mil cosas que deseo saber, porque me has maravillado mucho
con lo que has contado de que el conde ha ahorcado á Alonso Gines y á
Ribera, sin querer otorgarles la apelacion.
--¡Oh pecador de mí! replicó el sevillano, armóles el conde zancadilla,
y cogiólos debajo de su jurisdicion, que eran soldados, y por
contrabando se aprovechó dellos, sin que la audiencia se los pudiese
quitar: sábete, amigo, que tiene un Bercebú en el cuerpo este conde de
Puñonrostro, que nos mete los dedos de su puño en el alma: barrida está
Sevilla y diez leguas á la redonda de jácaros: no para ladron en sus
contornos: todos le temen como al fuego, aunque ya se suena que dejará
presto el cargo de asistente, porque no tiene condicion para verse á
cada paso en dímes ni dirétes con los señores de la audiencia.
--Vivan ellos mil años, dijo el que iba á Sevilla, que son padres de
los miserables y amparo de los desdichados: ¡cuántos pobretes están
mascando barro, no mas de por la cólera de un juez absoluto, de un
corregidor ó mal informado ó bien apasionado! Mas ven muchos ojos que
dos: no se apodera tan presto el veneno de la injusticia de muchos
corazones, como se apodera de uno solo.
--Predicador te has vuelto, dijo el de Sevilla, y segun llevas la
retahila, no acabarás tan presto, y yo no te puedo aguardar; y esta
noche no vayas á posar donde sueles, sino en la posada del Sevillano,
porque verás en ella la mas hermosa fregona que se sabe: Marinilla
la de la venta Tejada es asco en su comparacion; no te digo mas sino
que hay fama que el hijo del corregidor bebe los vientos por ella:
uno desos mis amos que allá van, jura que al volver que vuelva al
Andalucía, se ha de estar dos meses en Toledo y en la misma posada
solo por hartarse de mirarla: ya le dejo yo en señal un pellizco, y
me llevo en contracambio un gran torniscon; es dura como un mármol y
zahareña como villana de Sayago, y áspera como una ortiga; pero tiene
una cara de pascua y un rostro de buen año: en una mejilla tiene el sol
y en la otra la luna; la una es hecha de rosas y la otra de claveles,
y en entrambas hay tambien azucenas y jazmines; no te digo mas sino
que la veas, y verás que no te he dicho nada, segun lo que te pudiera
decir acerca de su hermosura: en las dos mulas rucias que sabes que
tengo mias, la dotara de buena gana, si me la quisieran dar por mujer;
pero yo sé que no me la darán, que es joya para un arcipreste ó para
un conde; y otra vez torno á decir que allá lo verás, y adios, que me
mudo.
Con esto se despidieron los dos mozos de mulas, cuya plática y
conversacion dejó mudos á los dos amigos que escuchado la habian,
especialmente Avendaño, en quien la simple relacion que el mozo de
mulas habia hecho de la hermosura de la fregona, despertó en él un
intenso deseo de verla: tambien le despertó en Carriazo; pero no de
manera que no desease mas llegar á sus almadrabas, que detenerse á ver
las pirámides de Egipto, ó otra de las siete maravillas, ó todas juntas.
En repetir las palabras de los mozos y en remedar y contrahacer el
modo y los ademanes con que las decian, entretuvieron el camino hasta
Toledo, y luego siendo la guia Carriazo, que ya otra vez habia estado
en aquella ciudad, bajando por la Sangre de Cristo, dieron con la
posada del Sevillano; pero no se atrevieron á pedirla allí, porque su
traje no lo pedia.
Era ya anochecido, y aunque Carriazo importunaba á Avendaño que fuesen
á otra parte á buscar posada, no le pudo quitar de la puerta de la
del Sevillano, esperando si acaso parecia la tan celebrada fregona.
Entrábase la noche, y la fregona no salia: desesperábase Carriazo,
y Avendaño se estaba quedo, el cual por salir con su intencion, con
escusa de preguntar por unos caballeros de Búrgos que iban á la ciudad
de Sevilla, se entró hasta el patio de la posada, y apénas hubo
entrado, cuando de una sala que en el patio estaba vió salir una moza,
al parecer de quince años poco mas ó ménos, vestida como labradora, con
una vela encendida en un candelero. No puso Avendaño los ojos en el
vestido y traje de la moza, sino en su rostro, que le parecia ver en
él los que suelen pintar de los ángeles: quedó suspenso y atónito de
su hermosura, y no acertó á preguntarle nada: tal era su suspension y
embelesamiento. La moza, viendo aquel hombre delante de sí, le dijo:
--¿Qué busca, hermano? ¿Es por ventura criado de alguno de los
huéspedes de casa?