desmayó el deseo, y estando en esto oyó la trompa de Paris: acudió
al puesto, halló á sus amigos que le dieron un botecico de ungüento
de la propiedad que le habian significado: tomólo Loaysa y díjoles
que esperasen un poco, que les daria la muestra de la llave: volvióse
al torno, y dijo á la dueña, que era la que con mas ahinco mostraba
desear su entrada, que se lo llevase á la señora Leonora, diciéndole la
propiedad que tenia, y que procurase untar á su marido con tal tiento
que no lo sintiese, y que veria maravillas. Hízolo así la dueña, y
llegándose á la gatera, halló que estaba Leonora esperando tendida en
el suelo de largo á largo, puesto el rostro en la gatera. Llegó la
dueña, y tendiéndose de la misma manera, puso la boca en el oido de su
señora, y con voz baja le dijo que traia el ungüento, y de la manera
que habia de probar su virtud. Ella tomó el ungüento, y respondió á
la dueña como en ninguna manera podia tomar la llave á su marido,
porque no la tenia debajo de la almohada como solia, sino entre los dos
colchones y casi debajo de la mitad de su cuerpo; pero que dijese al
maese que si el ungüento obraba como él decia, con facilidad sacarian
la llave todas las veces que quisiesen, y ansí no seria necesario
sacarla en cera: dijo que fuese á decirlo luego, y volviese á ver lo
que el ungüento obraba, porque luego le pensaba untar á su velado.
Bajó la dueña á decirlo al maese Loaysa, y él despidió á sus amigos
que esperando la llave estaban. Temblando y pasito, y casi sin osar
despedir el aliento de la boca, llegó Leonora á untar los pulsos del
celoso marido, y asimismo le untó las ventanas de las narices, y cuando
á ellas le llegó, le parecia que se estremecia, y ella quedó mortal,
pareciéndole que la habia cogido en el hurto. En efeto, como mejor pudo
le acabó de untar todos los lugares que le dijeron ser necesarios, que
fué lo mismo que haberle embalsamado para la sepultura.
Poco espacio tardó el alopiado ungüento en dar manifiestas señales de
su virtud, porque luego comenzó á dar el viejo tan grandes ronquidos,
que se pudieran oir en la calle: música á los oidos de su esposa mas
acordada que la del maese de su negro; y aun mal segura de lo que
veia, se llegó á él, y le estremeció un poco, y luego mas, y luego
otro poquito mas por ver si despertaba; y á tanto se atrevió que le
volvió de una parte á otra sin que despertase: como vió esto, se fué á
la gatera de la puerta, y con voz tan baja como la primera llamó á la
dueña que allí la estaba esperando, y le dijo:
--Dáme albricias, hermana, que Carrizales duerme mas que un muerto.
--Pues ¿á qué aguardas á tomar la llave, señora? dijo la dueña; mira
que está el músico aguardándola mas ha de una hora.
--Espera, hermana, que ya voy por ella, respondió Leonora.
Y volviendo á la cama, metió la mano por entre los colchones, y sacó
la llave de en medio dellos, sin que el viejo lo sintiese; y tomándola
en sus manos, comenzó á dar brincos de contento, y sin mas esperar
abrió la puerta, y la presentó á la dueña, que la recebió con la mayor
alegría del mundo.
Mandó Leonora que fuese á abrir al músico, y que le trujese á los
corredores, porque ella no osaba quitarse de allí por lo que podia
suceder; pero que ante todas cosas hiciese que de nuevo ratificase el
juramento que habia hecho de no hacer mas de lo que ellas le ordenasen,
y que si no le quisiese confirmar y hacer de nuevo, en ninguna manera
le abriesen.
--Así será, dijo la dueña, y á fe que no ha de entrar si primero no
jura y rejura, y besa la cruz seis veces.
--No le pongas tasa, dijo Leonora, bésela él, y sean las veces
que quisiere; pero mira que jure por la vida de sus padres, y por
todo aquello que bien quiere, porque con esto estaremos seguras, y
nos hartaremos de oir cantar y tañer, que en mi ánima que lo hace
delicadamente; y anda, no te detengas mas, porque no se nos pase la
noche en pláticas.
Alzóse las faldas la buena dueña, y con no vista lijereza se puso en el
torno, donde estaba toda la gente de la casa esperando, y habiéndoles
mostrado la llave que traia, fué tanto el contento de todas, que la
alzaron en peso como á catedrático, diciendo: viva, viva; y mas cuando
les dijo que no habia necesidad de contrahacer la llave, porque segun
el untado viejo dormia, bien se podian aprovechar de la de casa todas
las veces que la quisiesen.
--Ea pues, amiga, dijo una de las doncellas, ábrase esa puerta, y entre
este señor, que ha mucho que aguarda, y démonos un verde de música, que
no haya mas que ver.
--Mas ha de haber que ver, replicó la dueña, que le hemos de tomar
juramento como la otra noche.
--Él es tan bueno, dijo una de las esclavas, que no reparará en
juramentos.
Abrió en esto la dueña la puerta, y teniéndola entreabierta, llamó á
Loaysa que todo lo habia estado escuchando por el agujero del torno, el
cual llegándose á la puerta, quiso entrarse de golpe; mas poniéndole la
dueña la mano en el pecho, le dijo:
--Sabrá vuesa merced, señor mio, que en Dios y en mi conciencia todas
las que estamos dentro de las puertas desta casa somos doncellas como
las madres que nos parieron, escepto mi señora, y aunque yo debo de
parecer de cuarenta años, no teniendo treinta cumplidos, porque les
faltan dos meses y medio, tambien lo soy, mal pecado; y si acaso
parezco vieja, corrimientos, trabajos y desabrimientos echan un cero
á los años, y á veces dos, segun se les antoja: y siendo esto ansí,
como lo es, no seria razon que á trueco de oir dos, ó tres, ó cuatro
cantares, nos pusiésemos á perder tanta virginidad como aquí se
encierra; porque hasta esta negra, que se llama Guiomar, es doncella.
Así que, señor de mi corazon, vuesa merced nos ha de hacer, primero que
entre en nuestro reino, un muy solene juramento de que no ha de hacer
mas de lo que nosotras le ordenáremos, y si le parece que es mucho lo
que se le pide, considere que es mucho mas lo que se aventura: y si
es que vuesa merced viene con buena intencion, poco le ha de doler el
jurar, que al buen pagador no le duelen prendas.
--Bien y rebien ha dicho la señora Marialonso, dijo una de las
doncellas, en fin como persona discreta y que está en las cosas como se
debe, y si es que el señor no quiere jurar, no entre acá dentro.
Á esto dijo Guiomar la negra, que no era muy ladina:
--Por mí, mas que nunca jura, entre con todo diablo, que aunque mas
jura, si acá estás todo olvida.
Oyó con gran sosiego Loaysa la arenga de la señora Marialonso, y con
grave reposo y autoridad respondió:
--Por cierto, señoras hermanas y compañeras mias, que nunca mi intento
fué, es, ni será otro que daros gusto y contento en cuanto mis fuerzas
alcanzaren; y así no se me hará cuesta arriba este juramento que me
piden; pero quisiera yo que se fiara algo de mi palabra, porque dada
de tal persona como yo soy, era lo mismo que hacer una obligacion
guarentigia; y quiero hacer saber á vuesa merced que debajo del sayal
hay al, y que debajo de mala capa suele estar un buen bebedor; mas
para que todas estén seguras de mi buen deseo, determino de jurar como
católico y buen varon: y así juro por la intemerata eficacia donde
mas santa y largamente se contiene, y por las entradas y salidas del
santo Líbano monte, y por todo aquello que en su proemio encierra la
verdadera historia de Carlomagno, con la muerte del gigante Fierabras,
de no salir ni pasar del juramento hecho, y del mandamiento de la mas
mínima y desechada destas señoras, so pena que si otra cosa hiciere ó
quisiere hacer, desde ahora para entónces, y desde entónces para ahora
lo doy por nulo, y no hecho ni valedero.
Aquí llegaba con su juramento el buen Loaysa, cuando una de las
doncellas que con atencion le habia estado escuchando, dió una gran
voz, diciendo:
--Este sí que es juramento para enternecer las piedras; mal haya yo, si
mas quiero que jures, pues con solo lo jurado podias entrar en la misma
sima de Cabra.
Y asiéndole de los gregüescos le metió dentro, y luego todas las
demas se le pusieron á la redonda. Luego fué una á dar las nuevas á
su señora, la cual estaba haciendo centinela al sueño de su esposo,
y cuando la mensajera le dijo que ya subia el músico, se alegró y se
turbó en un punto, y preguntó si habia jurado. Respondióle que sí, y
con la mas nueva forma de juramento que en su vida habia visto.
--Pues si ha jurado, dijo Leonora, asido le tenemos: ¡oh qué avisada
que anduve en hacelle que jurase!
En esto llegó toda la caterva junta, y el músico en medio,
alumbrándolos el negro y Guiomar la negra. Y viendo Loaysa á Leonora,
hizo muestras de arrojársele á los piés para besarle las manos. Ella,
callando y por señas, le hizo levantar, y todas estaban como mudas sin
osar hablar, temerosas que su señor las oyese: lo cual considerado por
Loaysa, les dijo que bien podian hablar alto, porque el ungüento con
que estaba untado su señor tenia tal virtud, que fuera de quitar la
vida, ponia á un hombre como muerto.
--Así lo creo yo, dijo Leonora; que si así no fuera, ya él hubiera
despertado veinte veces, segun le hacen de sueño lijero sus muchas
indisposiciones; pero despues que le unté, ronca como un animal.
--Pues eso es así, dijo la dueña, vámonos á aquella sala frontera,
donde podremos oir cantar aquí al señor, y regocijarnos un poco.
--Vamos, dijo Leonora; pero quédese aquí Guiomar por guarda, que nos
avise si Carrizales despierta.
Á lo cual respondió Guiomar:
--Yo, negra, quedo, blancas van, Dios perdone á todas.
Quedóse la negra, fuéronse á la sala, donde habia un rico estrado,
y cogiendo al señor en medio, se sentaron todas. Y tomando la buena
Marialonso una vela, comenzó á mirar de arriba abajo al bueno del
músico, y una decia: ¡Ay qué copete que tiene tan lindo y tan rizado!
otra: ¡Ay qué blancura de dientes! ¡mal año para piñones mondados, que
mas blancos ni mas lindos sean! otra: ¡Ay qué ojos tan grandes y tan
rasgados; y por el siglo de mi madre, que son verdes, que no parecen
sino que son de esmeraldas! Esta alababa la boca, aquella los piés, y
todas juntas hicieron del una menuda anatomía y pepitoria. Sola Leonora
callaba, y le miraba, y le iba pareciendo de mejor talle que su velado.
En esto la dueña tomó la guitarra que tenia el negro, y se la puso
en las manos de Loaysa, rogándole que la tocase, y que cantase unas
coplillas que entónces andaban muy validas en Sevilla, que decian:
_Madre, la mi madre,_
_Guardas me poneis._
Cumplióle Loaysa su deseo. Levantáronse todas, y se comenzaron á hacer
pedazos bailando. Sabia la dueña las coplas, y cantólas con mas gusto
que buena voz, y fueron estas:
_Madre, la mi madre,_
_Guardas me poneis;_
_Que si yo no me guardo,_
_No me guardaréis._
Dicen que está escrito,
Y con gran razon,
Ser la privacion
Causa de apetito:
Crece en infinito
Encerrado amor,
Por eso es mejor
Que no me encerreis:
_Que si yo_, etc.
Si la voluntad
Por sí no se guarda,
No la harán la guarda
Miedo ó calidad:
Romperá en verdad
Por la misma muerte,
Hasta hallar la suerte
Que vos no entendeis.
_Que si yo_, etc.
Quien tiene costumbre
De ser amorosa,
Como mariposa
Se irá tras su lumbre,
Aunque muchedumbre
De guardas le pongan,
Y aunque mas propongan
De hacer lo que haceis:
_Que si yo_, etc.
Es de tal manera
La fuerza amorosa,
Que á la mas hermosa
La vuelve en quimera:
El pecho de cera,
De fuego la gana,
Las manos de lana,
De fieltro los piés.
_Que si yo no me guardo,_
_Mal me guardaréis._
Al fin llegaban de su canto y baile el corro de las mozas, guiado
por la buena dueña, cuando llegó Guiomar la centinela, toda turbada,
hiriendo de pié y de mano como si tuviera alferecía, y con voz entre
ronca y bajo, dijo:
--Despierto señor, señora; y señora, despierto señor, y levantas y
viene.
Quien ha visto banda de palomas estar comiendo en el campo sin miedo
lo que ajenas manos sembraron, que al furioso estrépito de disparada
escopeta se azora y levanta, y olvidada del pasto, confusa y atónita
cruza por los aires: tal se imagine que quedó la banda y corro de
las bailadoras pasmadas y temerosas, oyendo la no esperada nueva que
Guiomar habia traido; y procurando cada una su disculpa y todas juntas
su remedio, cuál por una, y cuál por otra parte, se fueron á esconder
por los desvanes y rincones de la casa, dejando solo al músico, el cual
dejando la guitarra y el canto, lleno de turbacion no sabia qué hacerse.
Torcia Leonora sus hermosas manos: abofeteábase el rostro, aunque
blandamente, la señora Marialonso. En fin, todo era confusion,
sobresalto y miedo. Pero la dueña, como mas astuta y reportada, dió
órden que Loaysa se entrase en un aposento suyo, y que ella y su señora
se quedarian en la sala, que no faltaria escusa que dar á su señor, si
allí las hallase.
Escondióse luego Loaysa, y la dueña se puso atenta á escuchar si su
amo venia, y no sintiendo rumor alguno, cobró ánimo, y poco á poco,
paso ante paso se fué llegando al aposento donde su señor dormia, y oyó
que roncaba como primero, y asegurada de que dormia, alzó las faldas y
volvió corriendo á pedir albricias á su señora del sueño de su amo, la
cual se las mandó de muy entera voluntad.
No quiso la buena dueña perder la coyuntura que la suerte le ofrecia
de gozar primero que todas las gracias que ella se imaginaba que debia
tener el músico; y así, diciéndole á Leonora que esperase en la sala en
tanto que iba á llamarlo, la dejó y se entró donde él estaba no ménos
confuso que pensativo, esperando las nuevas de lo que hacia el viejo
untado: maldecia la falsedad del ungüento, y quejábase de la credulidad
de sus amigos y del poco advertimiento que habia tenido en no hacer
primero la esperiencia en otro, ántes de hacerla en Carrizales.
En esto llegó la dueña, y le aseguró que el viejo dormia á mas y
mejor: sosegó el pecho, y estuvo atento á muchas palabras amorosas que
Marialonso le dijo, de las cuales coligió la mala intencion suya, y
propuso en sí de ponerla por anzuelo para pescar á su señora. Y estando
los dos en sus pláticas, las demas criadas que estaban escondidas
por diversas partes de la casa, una de aquí otra de allí, volvieron
á ver si era verdad que su amo habia despertado, y viendo que todo
estaba sepultado en silencio, llegaron á la sala donde habian dejado
á su señora, de la cual supieron el sueño de su amo, y preguntándole
por el músico y por la dueña, les dijo dónde estaban, y todas con el
mismo silencio que habian traido, se llegaron á escuchar por entre las
puertas lo que entrambos trataban.
No faltó de la junta Guiomar la negra; el negro sí, porque así como
oyó que su amo habia despertado, se abrazó con su guitarra, y se fué á
esconder en su pajar, y cubierto con la manta de su pobre cama sudaba y
trasudaba de miedo; y con todo eso no dejaba de tentar las cuerdas de
la guitarra: tanta era (encomendado él sea á Satanas) la aficion que
tenia á la música.
Entreoyeron las mozas los requiebros de la vieja, y cada una le dijo
el nombre de las pascuas: ninguna la llamó vieja, que no fuese con
su epíteto y adjetivo de hechicera y de barbuda, de antojadiza, y de
otros que por buen respeto se callan; pero lo que mas risa causara á
quien entónces las oyera, eran las razones de Guiomar la negra, que
por ser portuguesa, y no muy ladina, era estraña la gracia con que la
vituperaba. En efeto, la conclusion de la plática de los dos fué que él
condescenderia con la voluntad della, cuando ella primero le entregase
á toda su voluntad á su señora.
Cuesta arriba se le hizo á la dueña ofrecer lo que el músico pedia;
pero á trueco de cumplir el deseo que ya se le habia apoderado
del alma, y de los huesos y médulas del cuerpo, le prometiera los
imposibles que pudieran imaginarse: dejóle, y salió á hablar á su
señora; y como vió su puerta rodeada de todas las criadas, les dijo que
se recogiesen á sus aposentos, que otra noche habria lugar para gozar
con ménos ó con ningun sobresalto del músico, que ya aquella noche el
alboroto les habia aguado el gusto.
Bien entendieron todas que la vieja se queria quedar sola; pero no
pudieron dejar de obedecerla, porque las mandaba á todas. Fuéronse las
criadas, y ella acudió á la sala á persuadir á Leonora acudiese á la
voluntad de Loaysa, con una larga y tan concertada arenga, que pareció
que de muchos dias la tenia estudiada: encarecióle su gentileza, su
valor, su donaire y sus muchas gracias: pintóle de cuánto mas gusto
le serian los abrazos del amante mozo, que los del marido viejo,
asegurándole el secreto y la duracion del deleite, con otras cosas
semejantes á estas, que el demonio le puso en la lengua, llenas de
colores retóricos, tan demostrativos y eficaces, que movieran, no solo
el corazon tierno y poco advertido de la simple é incauta Leonora, sino
el de un endurecido mármol. ¡Oh dueñas, nacidas y usadas en el mundo
para perdicion de mil recatadas y buenas intenciones! ¡Oh luengas y
repulgadas tocas, escogidas para autorizar las salas y los estrados
de señoras principales, y cuán al reves de lo que debíades usais de
vuestro casi ya forzoso oficio! En fin, tanto dijo la dueña, tanto
persuadió la dueña, que Leonora se rindió, Leonora se engañó, y Leonora
se perdió, dando en tierra con todas las prevenciones del discreto
Carrizales, que dormia el sueño de la muerte de su honra.
Tomó Marialonso por la mano á su señora, y casi por fuerza, preñados
de lágrimas los ojos, la llevó donde Loaysa estaba, y echándoles la
bendicion con una risa falsa de demonio, cerrando tras sí la puerta,
los dejó encerrados, y ella se puso á dormir en el estrado, ó por mejor
decir á esperar su contento de recudida. Pero como el desvelo de las
pasadas noches la venciese, se quedó dormida en el estrado.
Bueno fuera en esta sazon preguntar á Carrizales, á no saber que
dormia, que ¿adónde estaban sus advertidos recatos, sus recelos, sus
advertimientos, sus persuasiones, los altos muros de su casa, el no
haber entrado en ella ni aun en sombra álguien que tuviese nombre de
varon, el torno estrecho, las gruesas paredes, las ventanas sin luz,
el encerramiento notable, la gran dote en que á Leonora habia dotado,
los regalos continuos que la hacia, el buen tratamiento de sus criadas
y esclavas, el no faltar un punto á todo aquello que él imaginaba
que habian menester y que podian desear? Pero ya queda dicho que no
habia para qué preguntárselo, porque dormia mas de aquello que fuera
menester: y si él lo oyera, y acaso respondiera, no podia dar mejor
respuesta que encoger los hombros, enarcar las cejas y decir: todo
aqueso derribó por los fundamentos la astucia, á lo que yo creo, de
un mozo holgazan y vicioso, y la malicia de una falsa dueña, con la
inadvertencia de una muchacha rogada y persuadida: libre Dios á cada
uno de tales enemigos, contra los cuales no hay escudo de prudencia que
defienda, ni espada de recato que corte.
Pero con todo esto, el valor de Leonora fué tal, que en el tiempo que
mas le convenia, le mostró contra las fuerzas villanas de su astuto
engañador, pues no fueron bastantes á vencerla, y él se cansó en
balde, y ella quedó vencedora, y entrambos dormidos. Y en esto ordenó
el cielo que á pesar del ungüento Carrizales despertase, y como tenia
de costumbre, tentó la cama por todas partes, y no hallando en ella
á su querida esposa, saltó de la cama despavorido y atónito, con mas
lijereza y denuedo que sus muchos años prometian; y cuando en el
aposento no halló á su esposa, y le vió abierto, y que le faltaba la
llave de entre los colchones, pensó perder el juicio; pero reportándose
un poco salió al corredor, y de allí andando pié ante pié por no ser
sentido, llegó á la sala donde la dueña dormia, y viéndola sola sin
Leonora, fué al aposento de la dueña, y abriendo la puerta muy quedo,
vió lo que nunca quisiera haber visto: vió lo que diera por bien
empleado no tener ojos para verlo: vió á Leonora en brazos de Loaysa,
durmiendo tan á sueño suelto, como si en ellos obrara la virtud del
ungüento y no en el celoso anciano.
Sin pulsos quedó Carrizales con la amarga vista de lo que miraba, la
voz se le pegó á la garganta, los brazos se le cayeron de desmayo,
y quedó hecho una estatua de mármol frio; y aunque la cólera hizo su
natural oficio, avivándole los casi muertos espíritus, pudo tanto
el dolor, que no le dejó tomar aliento; y con todo eso tomara la
venganza que aquella grande maldad requeria, si se hallara con armas
para poder tomarla: y así determinó volverse á su aposento á tomar
una daga, y volver á sacar las manchas de su honra con sangre de sus
dos enemigos, y aun con toda aquella de toda la gente de su casa. Con
esta determinacion honrosa y necesaria volvió, con el mismo silencio
y recato que habia venido, á su estancia, donde le apretó el corazon
tanto el dolor y la angustia, que sin ser poderoso á otra cosa, se dejó
caer desmayado sobre el lecho.
Llegóse en esto el dia, y cogió á los nuevos adúlteros enlazados en la
red de sus brazos. Despertó Marialonso, y quiso acudir por lo que á su
parecer le tocaba, pero viendo que era tarde, quiso dejarlo para la
venidera noche. Alborotóse Leonora viendo tan entrado el dia, y maldijo
su descuido y el de la maldita dueña, y las dos con sobresaltados
pasos fueron donde estaba su esposo, rogando entre dientes al cielo
que le hallasen todavía roncando; y cuando le vieron encima de la
cama callando, creyeron que todavía obraba la untura, pues dormia, y
con gran regocijo abrazaron la una á la otra. Llegóse Leonora á su
marido, y asiéndole de un brazo, le volvió de un lado á otro por ver
si despertaba sin ponerles en necesidad de lavarle con vinagre, como
decian era menester para que en sí volviese. Pero volvió Carrizales
de su desmayo, y dando un profundo suspiro, con una voz lamentable y
desmayada dijo:
--¡Desdichado de mí, y á que tristes términos me ha traido mi fortuna!
No entendió bien Leonora lo que dijo su esposo, mas como le vió
despierto y que hablaba, admirada de ver que la virtud del ungüento
no duraba tanto como habian significado, se llegó á él, y poniendo su
rostro con el suyo, teniéndole estrechamente abrazado, le dijo:
--¿Qué teneis, señor mio, que me parece que os estais quejando?
Oyó la voz de la dulce enemiga suya el desdichado viejo, y abriendo los
ojos desencajadamente, como atónito y embelesado, los puso en ella, y
con grande ahinco, sin mover pestaña la estuvo mirando una gran pieza,
al cabo de la cual le dijo:
--Hacedme placer, señora, que luego luego envieis á llamar á vuestros
padres de mi parte, porque siento no sé qué en el corazon, que me da
grandísima fatiga, y temo que brevemente me ha de quitar la vida, y
querríalos ver ántes que me muriese.
Sin duda creyó Leonora ser verdad lo que su marido le decia, pensando
ántes que la fortaleza del ungüento, y no lo que habia visto, le tenia
en aquel trance; y respondiéndole que haria lo que la mandaba, mandó
al negro que luego al punto fuese á llamar á sus padres; y abrazándose
con su esposo, le hacia las mayores caricias que jamas le habia hecho,
preguntándole qué era lo que sentia, con tan tiernas y amorosas
palabras, como si fuera la cosa del mundo que mas amaba. Él la miraba
con el embelesamiento que se ha dicho, siéndole cada palabra ó caricia
que le hacia, una lanzada que le atravesaba el alma.
Ya la dueña habia dicho á la gente de casa y á Loaysa la enfermedad de
su amo, encareciéndoles que debia de ser de momento, pues se le habia
olvidado de mandar cerrar las puertas de la calle cuando el negro salió
á llamar á los padres de su señora: de la cual embajada asimismo se
admiraron, por no haber entrado ninguno dellos en aquella casa despues
que casaron á su hija.
En fin, todos andaban callados y suspensos, no dando en la verdad
de la causa de la indisposicion de su amo, el cual de rato en rato
tan profunda y dolorosamente suspiraba, que con cada suspiro parecia
arrancársele el alma.
Lloraba Leonora por verle de aquella suerte, y reíase él con una risa
de persona que estaba fuera de sí, considerando la falsedad de sus
lágrimas.
En esto llegaron los padres de Leonora, y como hallaron la puerta de la
calle y la del patio abiertas, y la casa sepultada en silencio y sola,
quedaron admirados y con no pequeño sobresalto. Fueron al aposento
de su yerno, y halláronle, como se ha dicho, siempre clavados los
ojos en su esposa, á la cual tenia asida de las manos, derramando los
dos muchas lágrimas, ella con no mas ocasion de verlas derramar á su
esposo: él por ver cuán fingidamente ella las derramaba.
Así como sus padres entraron, habló Carrizales, y dijo:
--Siéntense aquí vuesas mercedes, y todos los demas dejen desocupado el
aposento, y solo quede la señora Marialonso.
Hiciéronlo así, y quedando solos los cinco, sin esperar que otro
hablase, con sosegada voz, limpiándose los ojos, desta manera dijo
Carrizales: