fuerzas y los deseos de Rodolfo se enflaquecieron; y como la insolencia
que con Leocadia habia usado no tuvo otro principio que de un ímpetu
lascivo, del cual nunca nace el verdadero amor que permanece, en lugar
del ímpetu que se pasa, queda, si no el arrepentimiento, á lo ménos una
tibia voluntad de segundalle. Frio pues y cansado Rodolfo, sin hablar
palabra alguna, dejó á Leocadia en su cama, en su casa, y cerrando el
aposento, se fué á buscar á sus camaradas para aconsejarse con ellos de
lo que hacer debia.
Sintió Leocadia que quedaba sola y encerrada, y levantándose del lecho,
anduvo todo el aposento, tentando las paredes con las manos, por ver
si hallaba puerta por do irse, ó ventana por do arrojarse: halló la
puerta, pero bien cerrada, y topó una ventana que pudo abrir, por
donde entró el resplandor de la luna, tan clara, que pudo distinguir
Leocadia las colores de unos damascos que el aposento adornaban: vió
que era dorada la cama, y tan ricamente compuesta, que mas parecia
lecho de príncipe, que de algun particular caballero: contó las sillas
y los escritorios: notó la parte donde la puerta estaba, y aunque vió
pendientes de las paredes algunas tablas, no pudo alcanzar á ver las
pinturas que contenian: la ventana era grande, guarnecida y guardada
de una gruesa reja; la vista caia á un jardin que tambien se cerraba
con paredes altas: dificultades que se opusieron á la intencion que
de arrojarse á la calle tenia: todo lo que vió y notó de la capacidad
y ricos adornos de aquella estancia, le dió á entender que el dueño
della debia de ser hombre principal y rico, y no como quiera, sino
aventajadamente: en un escritorio que estaba junto á la ventana, vió
un crucifijo pequeño todo de plata, el cual tomó, y se le puso en la
manga de la ropa, no por devocion ni por hurto, sino llevada de un
discreto designio suyo: hecho esto, cerró la ventana como ántes estaba,
y volvióse al lecho, esperando qué fin tendria el mal principio de su
suceso.
No habria pasado á su parecer media hora, cuando sintió abrir la puerta
del aposento, y que á ella se llegó una persona, y sin hablar palabra,
con un pañuelo le vendó los ojos, y tomándola del brazo la sacó fuera
de la estancia, y sintió que volvia á cerrar la puerta. Esta persona
era Rodolfo, el cual, aunque habia ido á buscar á sus camaradas, no
quiso hallarlos, pareciéndole que no le estaba bien hacerlos testigos
de lo que con aquella doncella habia pasado; ántes se resolvió en
decirles que arrepentido del mal hecho y movido de sus lágrimas, la
habia dejado en la mitad del camino. Con este acuerdo volvió tan presto
á poner á Leocadia junto á la iglesia mayor, como ella se lo habia
pedido, ántes que amaneciese y el dia le estorbase de echalla y le
forzase á tenerla en su aposento hasta la noche venidera, en el cual
espacio de tiempo, ni él queria volver á usar de sus fuerzas, ni dar
ocasion á ser conocido.
Llevóla pues hasta la plaza que llaman de Ayuntamiento, y allí en
voz trocada y en lengua medio portuguesa y castellana, le dijo que
seguramente podia irse á su casa, porque de nadie seria seguida; y
ántes que ella tuviese lugar de quitarse el pañuelo, ya él se habia
puesto en parte donde no pudiese ser visto.
Quedó sola Leocadia, quitóse la venda, reconoció el lugar donde la
dejaron, miró á todas partes, no vió á persona; pero sospechosa que
desde léjos la siguiesen, á cada paso se detenia, dándolos hácia su
casa, que no muy léjos de allí estaba: y por desmentir las espías,
si acaso le seguian, se entró en una casa que halló abierta, y de
allí á poco se fué á la suya, donde halló á sus padres atónitos y sin
desnudarse, y aun sin tener pensamiento de tomar descanso alguno.
Cuando la vieron corrieron á ella con los brazos abiertos, y con
lágrimas en los ojos la recebieron. Leocadia, llena de sobresalto y
alborozo, hizo á sus padres que se retirasen con ella aparte, como
lo hicieron, y allí en breves palabras les dió cuenta de todo su
desastrado suceso, con todas las circunstancias dél, y de la ninguna
noticia que traia del salteador y robador de su honra: díjoles lo
que habia visto en el teatro donde se representó la tragedia de su
desventura: la ventana, el jardin, la reja, los escritorios, la cama,
los damascos, y á lo último les mostró el crucifijo que habia traido,
ante cuya imágen se renovaron las lágrimas, se hicieron deprecaciones,
se pidieron venganzas y desearon milagrosos castigos: dijo ansimismo,
que aunque ella no deseaba venir en conocimiento de su ofensor, que si
á sus padres les parecia ser bien conocelle, que por medio de aquella
imágen podrian, haciendo que los sacristanes dijesen en los púlpitos
de todas las parroquias de la ciudad, que el que hubiese perdido tal
imágen la hallaria en poder del religioso que ellos señalasen; y que
ansí, sabiendo el dueño de la imágen, se sabria la casa y aun la
persona de su enemigo.
Á esto replicó el padre:
--Bien habias dicho, hija, si la malicia ordinaria no se opusiera á
tu discreto discurso, pues está claro que esta imágen hoy en este dia
se ha de echar ménos en el aposento que dices, y el dueño della ha de
tener por cierto que la persona que con él estuvo se la llevó, y de
llegar á su noticia que la tiene algun religioso, ántes ha de servir
de conocer quién se la dió al tal que la tiene, que no de declarar el
dueño que la perdió; porque puede hacer que venga por ella otra á quien
el dueño haya dado las señas; y siendo esto ansí, ántes quedaremos
confusos que informados, puesto que podamos usar del mismo artificio
que sospechamos, dándola al religioso por tercera persona: lo que
has de hacer, hija, es guardarla y encomendarte á ella, que pues ella
fué testigo de tu desgracia, permitirá que haya juez que vuelva por
tu justicia; y advierte, hija, que mas lastima una onza de deshonra
pública, que una arroba de infamia secreta; y pues puedes vivir honrada
con Dios en público, no te pene de estar deshonrada contigo en secreto:
la verdadera deshonra está en el pecado, y la verdadera honra en la
virtud: con el dicho, con el deseo y con la obra se ofende á Dios; y
pues tú ni en dicho, ni en pensamiento, ni en hecho le has ofendido,
tente por honrada, que yo por tal te tendré, sin que jamas te mire sino
como verdadero padre tuyo.
Con estas prudentes razones consoló su padre á Leocadia; y abrazándola
de nuevo su madre, procuró tambien consolarla: ella gimió y lloró
de nuevo, y se redujo á cubrir la cabeza, como dicen, y á vivir
recogidamente debajo del amparo de sus padres, con vestido tan honesto
como pobre.
Rodolfo en tanto vuelto á su casa, echando ménos la imágen del
crucifijo, imaginó quién podia haberla llevado; pero no se le dió nada,
y como rico no hizo cuenta dello, ni sus padres se la pidieron, cuando
de allí á tres dias que él partió á Italia, entregó por cuenta á una
camarera de su madre todo lo que en el aposento dejaba.
Muchos dias habia que tenia Rodolfo determinado de pasar á Italia, y
su padre, que habia estado en ella, se lo persuadia, diciéndole que
no eran caballeros los que solamente lo eran en su patria, que era
menester serlo tambien en las ajenas. Por estas y otras razones se
dispuso la voluntad de Rodolfo de cumplir la de su padre, el cual le
dió crédito de muchos dineros para Barcelona, Génova, Roma y Nápoles;
y él con dos de sus camaradas se partió luego, goloso de lo que habia
oido decir á algunos soldados de la abundancia de las hosterías de
Italia y Francia, y de la libertad que en los alojamientos tenian
los españoles. Sonábale bien aquel: _Eco li buoni polastri, picioni,
presuto et salcicie_, con otros nombres deste jaez, de quien los
soldados se acuerdan cuando de aquellas partes vienen á estas, y
pasan por la estrecheza é incomodidades de las ventas y mesones de
España. Finalmente, él se fué con tan poca memoria de lo que con
Leocadia le habia sucedido, como si nunca hubiera pasado.
Ella en este entre tanto pasaba la vida en casa de sus padres con el
recogimiento posible, sin dejar verse de persona alguna, temerosa que
su desgracia se la habian de leer en la frente. Pero á pocos meses vió
serle forzoso hacer por fuerza lo que hasta allí de grado hacia: vió
que le convenia vivir retirada y escondida, porque se sintió preñada;
suceso por el cual las en algun tanto olvidadas lágrimas volvieron á
sus ojos, y los suspiros y lamentos comenzaron de nuevo á herir los
vientos, sin ser parte la discrecion de su buena madre á consolalla.
Voló el tiempo, y llegóse el punto del parto, y con tanto secreto, que
aun no se osó fiar de la partera; usurpando este oficio la madre, dió á
la luz del mundo un niño de los hermosos que pudieran imaginarse. Con
el mismo recato y secreto que habia nacido le llevaron á una aldea,
donde se crió cuatro años, al cabo de los cuales, con nombre de sobrino
le trujo su abuelo á su casa, donde se criaba, si no muy rica, á lo
ménos muy virtuosamente.
Era el niño (á quien pusieron nombre Luis, por llamarse así su abuelo)
de rostro hermoso, de condicion mansa, de ingenio agudo, y en todas las
acciones que en aquella edad tierna podia hacer, daba señales de ser
de algun noble padre engendrado; y de tal manera su gracia, belleza y
discrecion enamoraron á sus abuelos, que vinieron á tener por dicha
la desdicha de su hija por haberles dado tal nieto. Cuando iba por
la calle llovian sobre él millares de bendiciones: unos bendecian su
hermosura, otros la madre que le habia parido, estos el padre que le
engendró, aquellos á quien tan bien criado le criaba. Con este aplauso
de los que le conocian y no conocian, llegó el niño á la edad de siete
años, en la cual ya sabia leer latin y romance, y escribir formada
y muy buena letra; porque la intencion de sus abuelos era hacerle
virtuoso y sabio, ya que no le podian hacer rico: como si la sabiduría
y la virtud no fuesen las riquezas sobre quien no tienen jurisdiccion
los ladrones ni la que llaman fortuna.
Sucedió pues que un dia que el niño fué con un recaudo de su abuela á
una parienta suya, acertó á pasar por una calle donde habia carrera de
caballeros: púsose á mirar, y por mejorarse de puesto pasó de una parte
á otra á tiempo que no pudo huir de ser atropellado de un caballo, á
cuyo dueño no fué posible detenerle en la furia de su carrera: pasó por
encima dél, y dejóle como muerto tendido en el suelo, derramando mucha
sangre de la cabeza. Apénas esto hubo sucedido, cuando un caballero
anciano que estaba mirando la carrera, con no vista lijereza se arrojó
de su caballo, y fué donde estaba el niño, y quitándole de los brazos
de uno que ya le tenia, le puso en los suyos, y sin tener cuenta con
sus canas ni con su autoridad, que era mucha, á paso largo se fué á
su casa, ordenando á sus criados que le dejasen y fuesen á buscar un
cirujano que al niño curase. Muchos caballeros le siguieron lastimados
de la desgracia de tan hermoso niño, porque luego salió la voz que el
atropellado era Luisico, el sobrino del tal caballero, nombrando á su
abuelo. Esta voz corrió de boca en boca hasta que llegó á los oidos de
sus abuelos y de su encubierta madre, los cuales, certificados bien
del caso, como desatinados y locos salieron á buscar á su querido; y
por ser tan conocido y tan principal el caballero que le habia llevado,
muchos de los que encontraron les dijeron su casa, á la cual llegaron á
tiempo que ya estaba el niño en poder del cirujano.
El caballero y su mujer, dueños de la casa, pidieron á los que pensaron
ser sus padres que no llorasen ni alzasen la voz á quejarse, porque
no le seria al niño de ningun provecho. El cirujano, que era famoso,
habiéndole curado con grandísimo tiento y maestría, dijo que no era
tan mortal la herida como él al principio habia temido. En la mitad
de la cura volvió Luis en su acuerdo, que hasta allí habia estado sin
él, y alegróse en ver á sus tios, los cuales le preguntaron llorando
que cómo se sentia. Respondió que bueno, sino que le dolia mucho el
cuerpo y la cabeza. Mandó el médico que no hablasen con él, sino que
le dejasen reposar: hízose ansí, y su abuelo comenzó á agradecer al
señor de la casa la gran caridad que con su sobrino habia usado. Á lo
cual respondió el caballero que no tenia que agradecelle; porque le
hacia saber que cuando vió al niño caido y atropellado, le pareció que
habia visto el rostro de un hijo suyo, á quien él queria tiernamente,
y que esto le movió á tomarle en sus brazos y traerle á su casa, donde
estaria todo el tiempo que la cura durase, con el regalo que fuese
posible y necesario. Su mujer, que era una noble señora, dijo lo mismo,
y hizo aun mas encarecidas promesas.
Admirados quedaron de tanta cristiandad los abuelos; pero la madre
quedó mas admirada, porque habiendo con las nuevas del cirujano
sosegádose algun tanto su alborotado espíritu, miró atentamente
el aposento donde su hijo estaba, y claramente por muchas señales
conoció que aquella era la estancia donde se habia dado fin á su
honra y principio á su desventura; y aunque no estaba adornada de los
damascos que entónces tenia, conoció la disposicion della, vió la
ventana de la reja que caia al jardin, y por estar cerrada á causa
del herido, preguntó si aquella ventana respondia á algun jardin. Y
fuéle respondido que sí; pero lo que mas conoció fué que aquella era
la misma cama que tenia por tumba de su sepultura; y mas que el propio
escritorio, sobre el cual estaba la imágen que habia traido, se estaba
en el mismo lugar.
Finalmente, sacaron á luz la verdad de todas sus sospechas los
escalones que ella habia contado cuando la sacaron del aposento tapados
los ojos, digo, los escalones que habia desde allí á la calle, que
con advertencia discreta contó; y cuando volvió á su casa, dejando á
su hijo, los volvió á contar y halló cabal el número; y confiriendo
unas señales con otras, de todo punto certificó por verdadera su
imaginacion, de lo cual dió por estenso cuenta á su madre, que como
discreta se informó si el caballero donde su nieto estaba, habia tenido
ó tenia algun hijo; y halló que el que llamamos Rodolfo lo era, y que
estaba en Italia; tanteando el tiempo que le dijeron que habia faltado
de España, vió que eran los mismos siete años que el nieto tenia.
Dió aviso de todo esto á su marido, y entre los dos y su hija acordaron
de esperar lo que Dios hacia del herido, el cual dentro de quince dias
estuvo fuera de peligro, y á los treinta se levantó, en todo el cual
tiempo fué visitado de la madre y de la abuela, y regalado de los
dueños de la casa como si fuera su mismo hijo; y algunas veces hablando
con Leocadia Doña Estefanía, que así se llamaba la mujer del caballero,
le decia que aquel niño se parecia tanto á un hijo suyo que estaba en
Italia, que ninguna vez le miraba que no le pareciese ver á su hijo
delante. Destas razones tomó ocasion de decirle una vez que se halló
sola con ella, las que con acuerdo de sus padres habia determinado de
decille, que fueron estas ú otras semejantes:
--El dia, señora, que mis padres oyeron decir que su sobrino estaba tan
mal parado, creyeron y pensaron que se les habia cerrado el cielo y
caido todo el mundo á cuestas: imaginaron que ya les faltaba la lumbre
de sus ojos y el báculo de su vejez, faltándoles este sobrino á quien
ellos quieren con amor de tal manera, que con muchas ventajas escede
al que suelen tener otros padres á sus hijos; mas como decirse suele,
que cuando Dios da la llaga da la medicina, la halló el niño en esta
casa, y yo en ella el acuerdo de unas memorias que no las podré olvidar
miéntras la vida me durare: yo, señora, soy noble, porque mis padres lo
son, y lo han sido todos mis antepasados, que con una medianía de los
bienes de fortuna han sustentado su honra felizmente donde quiera que
han vivido.
Admirada y suspensa estaba Doña Estefanía escuchando las razones de
Leocadia, y no podia creer, aunque lo veia, que tanta discrecion
pudiese encerrarse en tan pocos años, puesto que á su parecer la
juzgaba por de veinte, poco mas ó ménos; y sin decirle ni replicarle
palabra, esperó todas las que quiso decirle, que fueron aquellas que
bastaron para contarle la travesura de su hijo, la deshonra suya, el
robo, el cubrirle los ojos, el traerla á aquel aposento, las señales
en que habia conocido ser aquel mismo que sospechaba; para cuya
confirmacion sacó del pecho la imágen del crucifijo, que habia llevado,
á quien dijo:
--Tú, Señor, que fuiste testigo de la fuerza que se me hizo, sé juez
de la enmienda que se me debe hacer: de encima de aquel escritorio te
llevé con propósito de acordarte siempre mi agravio, no para pedirte
venganza dél, que no la pretendo, sino para rogarte me dieses algun
consuelo con que llevar en paciencia mi desgracia. Este niño, señora,
con quien habeis mostrado el estremo de vuestra caridad, es vuestro
verdadero nieto: permision fué del cielo el haberlo atropellado, para
que trayéndole á vuestra casa, hallase yo en ella, como espero que he
de hallar, si no el remedio que mejor convenga con mi desventura, á lo
ménos el medio con que pueda sobrellevarla.
Diciendo esto, abrazada con el crucifijo, cayó desmayada en los brazos
de Estefanía, la cual en fin, como mujer y noble, en quien la compasion
y misericordia suele ser tan natural como la crueldad en el hombre,
apénas vió el desmayo de Leocadia, cuando juntó su rostro con el suyo,
derramando sobre él tantas lágrimas, que no fué menester esparcirle
otra agua encima para que Leocadia en sí volviese.
Estando las dos desta manera, acertó á entrar el caballero, marido
de Estefanía, que traia á Luisico de la mano, y viendo el llanto de
Estefanía y el desmayo de Leocadia, preguntó á gran priesa le dijesen
la causa de do procedia. El niño abrazaba á su madre por su prima y á
su abuela por su bienhechora, y asimismo preguntaba por qué lloraban.
--Grandes cosas, señor, hay que deciros, respondió Estefanía á su
marido, cuyo remate se acabará con deciros, que hagais cuenta que esta
desmayada es hija vuestra y este niño vuestro nieto. Esta verdad que
os digo me ha dicho esta niña, y la ha confirmado y confirma el rostro
deste niño, en el cual entrambos habemos visto el de nuestro hijo.
--Si mas no os declarais, señora, yo no os entiendo, replicó el
caballero.
En esto volvió en sí Leocadia, y abrazada del crucifijo, parecia
estar convertida en un mar de llanto. Todo lo cual tenia puesto en
gran confusion al caballero, de la cual salió contándole su mujer
todo aquello que Leocadia le habia contado; y él lo creyó por divina
permision del cielo, como si con muchos y verdaderos testigos se lo
hubieran probado. Consoló y abrazó á Leocadia, besó á su nieto, y
aquel mismo dia despacharon un correo á Nápoles, avisando á su hijo se
viniese luego, porque le tenian concertado casamiento con una mujer
hermosa sobremanera, y tal cual para él convenia. No consintieron que
Leocadia ni su hijo volviesen mas á la casa de sus padres, los cuales
contentísimos del buen suceso de su hija, daban infinitas gracias á
Dios por ello.
Llegó el correo á Nápoles, y Rodolfo con la golosina de gozar tan
hermosa mujer como su padre le significaba, de allí á dos dias que
recebió la carta, ofreciéndosele ocasion de cuatro galeras que estaban
á punto de venir á España, se embarcó en ellas con sus dos camaradas,
que aun no le habian dejado, y con próspero suceso en doce dias llegó á
Barcelona, y de allí por la posta en otros siete se puso en Toledo, y
entró en casa de su padre, tan galan y tan bizarro, que los estremos de
la gala y de la bizarría estaban en él todos juntos.
Alegráronse sus padres con la salud y bienvenida de su hijo.
Suspendióse Leocadia, que de parte escondida le miraba por no salir
de la traza y órden que Doña Estefanía le habia dado. Los camaradas
de Rodolfo quisieran irse á sus casas luego, pero no lo consintió
Estefanía por haberlos menester para su designio. Estaba cerca la
noche cuando Rodolfo llegó, y en tanto que se aderezaba la cena,
Estefanía llamó aparte los camaradas de su hijo, creyendo sin duda
alguna que ellos debian de ser los dos de los tres que Leocadia habia
dicho que iban con Rodolfo la noche que la robaron, y con grandes
ruegos les pidió le dijesen si se acordaban que su hijo habia robado
á una mujer tal noche, tantos años habia; porque el saber la verdad
desto importaba la honra y el sosiego de todos sus parientes: y con
tales y tantos encarecimientos se lo supo rogar, y de tal manera les
asegurar que de descubrir este robo no les podia suceder daño alguno,
que ellos tuvieron por bien de confesar ser verdad que una noche de
verano, yendo ellos dos y otro amigo con Rodolfo, robaron en la misma
que ella señalaba á una muchacha, y que Rodolfo se habia venido con
ella miéntras ellos detenian á la gente de su familia, que con voces la
querian defender, y que otro dia les habia dicho Rodolfo que la habia
llevado á su casa, y solo esto era lo que podian responder á lo que les
preguntaban.
La confesion destos dos fué echar la llave á todas las dudas que en
tal caso se podian ofrecer; y así determinó de llevar al cabo su buen
pensamiento, que fué este. Poco ántes que se sentasen á cenar, se entró
en un aposento á solas su madre con Rodolfo, y poniéndole un retrato en
las manos, le dijo:
--Yo quiero, Rodolfo hijo, darte una gustosa cena con mostrarte á tu
esposa; este es su verdadero retrato; pero quiérote advertir que lo
que le falta de belleza le sobra de virtud: es noble y discreta, y
medianamente rica, y pues tu padre y yo te la hemos escogido, asegúrote
que es la que te conviene.
Atentamente miró Rodolfo el retrato, y dijo:
--Si los pintores que ordinariamente suelen ser pródigos de la
hermosura con los rostros que retratan, lo han sido tambien con este,
sin duda creo que el original debe de ser la misma fealdad; á la fe,
señora y madre mia, justo es y bueno que los hijos obedezcan á sus
padres en cuanto les mandaren, pero tambien es conveniente y mejor que
los padres den á sus hijos el estado de que mas gustaren; y pues el
del matrimonio es ñudo que no le desata sino la muerte, bien será que
sus lazos sean iguales y de unos mismos hilos fabricados: la virtud,
la nobleza, la discrecion y los bienes de la fortuna bien pueden
alegrar el entendimiento de aquel á quien le cupieron en suerte con su
esposa; pero que la fealdad della alegre los ojos del esposo, paréceme
imposible: mozo soy, pero bien se me entiende que se compadece con el
sacramento del matrimonio el justo y debido deleite que los casados
gozan; que si él falta, cojea el matrimonio y desdice de su segunda
intencion; pues pensar que un rostro feo, que se ha de tener á todas
horas delante de los ojos en la sala, en la mesa y en la cama, pueda
deleitar, otra vez digo que lo tengo por casi imposible: por vida de
vuesa merced, madre mia, que me dé compañera que me entretenga y no
enfade; porque sin torcer á una ó á otra parte, igualmente y por camino
derecho llevemos ambos á dos el yugo donde el cielo nos pusiere; si
esta señora es noble, discreta y rica, como vuesa merced dice, no le
faltará esposo que sea de diferente humor que el mio: unos hay que
buscan nobleza, otros discrecion, otros dineros, y otros hermosura,
y yo soy destos últimos; porque nobleza, gracias al cielo y á mis
pasados, y á mis padres, ellos me la dejaron por herencia; discrecion,
como una mujer no sea necia, tonta ó boba, bástale que ni por aguda
despunte ni por boba no aproveche; de las riquezas, tambien las de mis
padres me hacen no estar temeroso de venir á ser pobre: la hermosura
busco, la belleza quiero, no con otra dote que con la de la honestidad
y buenas costumbres, que si esto trae mi esposa, yo serviré á Dios con
gusto y daré buena vejez á mis padres.
Contentísima quedó su madre de las razones de Rodolfo, por haber
conocido por ellas que iba saliendo bien con su designio: respondióle
que ella procuraria casarle conforme su deseo, que no tuviese pena
alguna, que era fácil deshacerse los conciertos que de casarle con
aquella señora estaban hechos. Agradecióselo Rodolfo, y por ser llegada
la hora de cenar se fueron á la mesa; y habiéndose ya sentado á ella el
padre y la madre, Rodolfo y sus dos camaradas, dijo doña Estefanía al
descuido:
--¡Pecadora de mí, y qué bien que trato á mi huéspeda! andad vos, dijo
á un criado, decid á la señora Doña Leocadia que sin entrar en cuentas
con su mucha honestidad, nos venga á honrar esta mesa, que los que á
ella están todos son mis hijos y sus servidores.
Todo esto era traza suya, y de todo lo que habia de hacer estaba
avisada y advertida Leocadia. Poco tardó en salir Leocadia, y dar de
sí la improvisa y mas hermosa muestra que pudo dar jamas compuesta y
natural hermosura.