Topó una vez á una tendera que llevaba delante de sí una hija suya muy

fea, pero muy llena de dijes, de galas y de perlas, y díjole á la madre:

--Muy bien habeis hecho en empedralla, porque se pueda pasear.

De los pasteleros dijo que habia muchos años que jugaban á la

dobladilla, sin que les llevasen la pena porque habian hecho el pastel

de á dos (_maravedises_) de á cuatro, el de á cuatro de á ocho, y el de

á ocho de á medio real, por solo su albedrío y beneplácito.

De los titereros decia mil males: decia que era gente vagamunda y que

trataba con indecencia de las cosas divinas, porque con las figuras

que mostraban en sus retratos, volvian la devocion en risa, y que les

acontecia envasar en un costal todas ó las mas figuras del Testamento

viejo y nuevo, y sentarse sobre él á comer y beber en los bodegones y

tabernas: en resolucion, decia que se maravillaba de cómo quien podia

no les ponia perpetuo silencio en sus retablos, ó los desterraba del

reino.

Acertó á pasar una vez por donde él estaba un comediante vestido como

un príncipe; y en viéndole dijo:

--Yo me acuerdo haber visto á este salir al teatro enharinado el rostro

y vestido un zamarro del reves, y con todo esto á cada paso fuera del

tablado jura á fe de hijodalgo.

--Débelo de ser, respondió uno, porque hay muchos comediantes que son

muy bien nacidos y hijosdalgo.

--Así será verdad, replicó Vidriera; pero lo que ménos ha menester

la farsa es personas bien nacidas; galanes sí, gentiles hombres y de

espeditas lenguas: tambien sé decir dellos que en el sudor de su cara

ganan su pan con inllevable trabajo, tomando continuo de memoria,

hechos perpetuos jitanos de lugar en lugar, y de meson en venta,

desvelándose en contentar á otros, porque en el gusto ajeno consiste

su bien propio: tienen mas, que con su oficio no engañan á nadie, pues

por momentos sacan su mercaduría á pública plaza, al juicio y á la

vista de todos: el trabajo de los autores es increible, y su cuidado

estraordinario, y han de ganar mucho para que al cabo del año no salgan

tan empeñados, que les sea forzoso hacer pleito de acreedores; y con

todo esto son necesarios en la república, como lo son las florestas,

las alamedas y las vistas de recreacion, y como lo son las cosas que

honestamente recrean.

Decia que habia sido opinion de un amigo suyo, que el que servia á una

comedianta, en solo una servia á muchas damas juntas, como era á una

reina, á una ninfa, á una diosa, á una fregona, á una pastora, y muchas

veces caia la suerte en que sirviese en ella á un paje y á un lacayo,

que todas estas y mas figuras suele hacer una farsanta.

Preguntóle uno que cuál habia sido el mas dichoso del mundo. Respondió

que _nemo_; porque _nemo novit patrem: nemo sine crimine vivit: nemo

sua sorte contentus: nemo ascendit in cœlum_.

De los diestros dijo una vez que eran maestros de una ciencia ó arte,

que cuando la habian menester no la sabian, y que tocaban algo en

presuntuosos, pues querian reducir á demostraciones matemáticas,

que son infalibles, los movimientos y pensamientos coléricos de sus

contrarios.

Con los que se teñian las barbas tenia particular enemistad; y riñendo

una vez delante dél dos hombres, que el uno era portugues, este dijo al

castellano, asiéndose de las barbas, que tenia muy teñidas:

--Por istas barbas que teño no rostro.

Á lo cual acudió Vidriera, y dijo:

--Olhay, homen, naon digais teño, sino tiño.

Otro traia las barbas jaspeadas y de muchas colores, culpa de la mala

tinta, á quien dijo Vidriera, que tenia las barbas de muladar overo.

Á otro que traia las barbas por mitad blancas y negras por haberse

descuidado, y los cañones crecidos, le dijo que procurase de no porfiar

ni reñir con nadie, porque estaba aparejado á que le dijesen que mentia

por la mitad de la barba.

Una vez contó que una doncella discreta y bien entendida, por acudir á

la voluntad de sus padres, dió el sí de casarse con un viejo todo cano,

el cual la noche ántes del dia del desposorio se fué, no al rio Jordan

como dicen las viejas, sino á la redomilla del agua fuerte y plata,

con que renovó de manera su barba, que la acostó de nieve y la levantó

de pez. Llegóse la hora de darse las manos, y la doncella conoció por

la pinta y por la tinta la figura, y dijo á sus padres que le diesen el

mismo esposo que ellos le habian mostrado, que no queria otro. Ellos

le dijeron que aquel que tenia delante era el mismo que le habian

mostrado y dado por esposo. Ella replicó que no era, y trujo testigos

como el que sus padres le dieron era un hombre grave y lleno de canas,

y que pues el presente no las tenia, no era él, y se llamaba á engaño:

atúvose á esto, corrióse el teñido, y deshízose el casamiento.

Con las dueñas tenia la misma ojeriza que con los escabechados: decia

maravillas de su permafoy, de las mortajas de sus tocas, de sus

muchos melindres, de sus escrúpulos y de su estraordinaria miseria:

amohinábanle sus flaquezas de estómago, sus vaguidos de cabeza, su modo

de hablar con mas repulgos que sus tocas, y finalmente su inutilidad y

sus vainillas.

Uno le dijo:

--¿Qué es esto, señor Licenciado, que os he oido decir mal de muchos

oficios, y jamas lo habeis dicho de los escribanos, habiendo tanto que

decir?

Á lo cual respondió:

--Aunque de vidrio, no soy tan frágil que me dejo ir con la corriente

del vulgo, las mas veces engañado. Paréceme á mí que la gramática

de los murmuradores, y el la, la, la, de los que cantan, son los

escribanos; porque así como no se puede pasar á otras ciencias, si no

es por la puerta de la gramática, y como el músico, primero murmura que

canta, así los maldicientes por donde comienzan á mostrar la malignidad

de sus lenguas, es por decir mal de los escribanos y alguaciles, y de

los otros ministros de la justicia, siendo un oficio el del escribano,

sin el cual andaria la verdad por el mundo á sombra de tejados, corrida

y maltratada; y así dice el Eclesiástico: _In manum Dei potestas

hominis est, et super faciem scribæ imponet honorem_. Es el escribano

persona pública, y el oficio del juez no se puede ejercitar cómodamente

sin el suyo. Los escribanos han de ser libres, y no esclavos, ni hijos

de esclavos; legítimos, no bastardos, ni de ninguna mala raza nacidos:

juran secreto, fidelidad, y que no harán escritura usuraria: que ni

amistad ni enemistad, provecho ó daño les moverá á no hacer su oficio

con buena y cristiana conciencia. Pues si este oficio tantas buenas

partes requiere, ¿por qué se ha de pensar que de mas de veinte mil

escribanos que hay en España, se lleve el diablo la cosecha, como si

fuesen cepas de su majuelo? No lo quiero creer, ni es bien que ninguno

lo crea; porque finalmente digo que es la gente mas necesaria que

habia en las repúblicas bien ordenadas; y que si llevaban demasiados

derechos, tambien hacian demasiados tuertos, y que destos dos estremos

podia resultar un medio que les hiciese mirar por el virote.

De los alguaciles dijo que no era mucho que tuviesen algunos enemigos,

siendo su oficio ó prenderte, ó sacarte la hacienda de casa, ó tenerte

en la suya en guarda, y comer á tu costa. Tachaba la negligencia é

ignorancia de los procuradores y solicitadores, comparándolos á los

médicos, los cuales, que sane ó no sane el enfermo, ellos llevan su

propina: y los procuradores y solicitadores lo mismo, salgan ó no

salgan con el pleito que ayudan.

Preguntóle uno cuál era la mejor tierra. Respondió que la temprana y

agradecida. Replicó el otro:

--No pregunto eso, sino que ¿cuál es mejor lugar, Valladolid ó Madrid?

Y respondió:

--De Madrid los estremos, de Valladolid los medios.

--No lo entiendo, repitió el que se lo preguntaba.

Y dijo:

--De Madrid cielo y suelo; de Valladolid los entresuelos.

Oyó Vidriera que dijo un hombre á otro, que así como habia entrado en

Valladolid habia caido su mujer muy enferma, porque la habia probado la

tierra. Á lo cual dijo Vidriera:

--Mejor fuera que se la hubiera comido, si acaso es celosa.

De los músicos y de los correos de á pié, decia que tenian las

esperanzas y las suertes limitadas; porque los unos la acaban con

llegar á serlo de á caballo, y los otros con alcanzar á ser músicos del

rey.

De las damas que llaman cortesanas, decia que todas ó las mas tenian

mas de corteses que de sanas.

Estando un dia en una iglesia vió que traian á enterrar á un viejo, á

bautizar á un niño, y á velar á una mujer, todo á un mismo tiempo, y

dijo, que los templos eran campos de batalla, donde los viejos acaban,

los niños vencen, y las mujeres triunfan.

Picábale una vez una avispa en el cuello, y no se la osaba sacudir

por no quebrarse: pero con todo eso se quejaba. Preguntóle uno que

cómo sentia aquella avispa si era su cuerpo de vidrio. Y respondió que

aquella avispa debia de ser murmuradora, y que las lenguas y picos de

los murmuradores eran bastantes á desmoronar cuerpos de bronce, no que

de vidrio.

Pasando acaso un religioso muy gordo por donde él estaba dijo uno de

sus oyentes:

--De ético no se puede mover el padre.

Enojóse Vidriera, y dijo:

--Nadie se olvide de lo que dice el Espíritu Santo: _Nolite tangere

christos meos_.

Y subiéndose mas en cólera, dijo: que mirasen en ello, y verian que

de muchos santos, que de pocos años á esta parte habia canonizado

la Iglesia y puesto en el número de los bienaventurados, ninguno

se llamaba el capitan don fulano, ni el secretario don tal de don

tales, ni el conde, marqués ó duque de tal parte; sino fray Diego,

fray Jacinto, fray Raimundo, todos frailes y religiosos; porque las

religiones son los Aranjueces del cielo, cuyos frutos de ordinario se

ponen en la mesa de Dios.

Decia que las lenguas de los murmuradores eran como las plumas del

águila, que roen y menoscaban todas las de las otras aves que á ellas

se juntan. De los gariteros y tahures decia milagros: decia que los

gariteros eran públicos prevaricadores, porque en sacando el barato

del que iba haciendo suertes, deseaban que perdiese, y pasase el naipe

adelante, porque el contrario las hiciese, y él cobrase sus derechos.

Alababa mucho la paciencia de un tahur, que estaba toda una noche

jugando y perdiendo; y con ser de condicion colérico y endemoniado,

á trueco de que su contrario no se alzase, no descosia la boca, y

sufria lo que un mártir de Barrabas. Alababa tambien las conciencias de

algunos honrados gariteros, que ni por imaginacion consentian que en su

casa se jugase otros juegos, que polla y cientos; y con esto á fuego

lento, sin temor y nota de malsines sacaban al cabo del mes mas barato

que los que consentian los juegos de estocada, del reparólo, siete y

llevar, y pinta en la del punto.

En resolucion, él decia tales cosas, que si no fuera por los grandes

gritos que daba cuando le tocaban ó á él se arrimaban, por el hábito

que traia, por la estrecheza de su comida, por el modo con que bebia,

por el no querer dormir sino al cielo abierto en el verano, y el

invierno en los pajares, como queda dicho, con que daba tan claras

señales de su locura, ninguno pudiera creer sino que era uno de los

mas cuerdos del mundo. Dos años ó poco mas duró en esta enfermedad,

porque un religioso de la órden de San Jerónimo, que tenia gracia y

ciencia particular en hacer que los mudos entendiesen y en cierta

manera hablasen, y en curar locos, tomó á su cargo de curar á Vidriera,

movido de caridad, y le curó y sanó, y volvió á su primer juicio,

entendimiento y discurso; y así como le vió sano, le vistió como á

letrado, y le hizo volver á la corte, adonde con dar tantas muestras de

cuerdo, como las habia dado de loco, podia usar su oficio, y hacerse

famoso por él.

Hízolo así, y llamándose el licenciado Rueda, no Rodaja, volvió á

la corte, donde apénas hubo entrado, cuando fué conocido de los

muchachos; mas cuando le vieron en tan diferente hábito del que solia,

no le osaron dar grita ni hacer preguntas; pero seguíanle, y decian

unos á otros: ¿Este no es el loco Vidriera? á fe que es él: ya viene

cuerdo, pero tambien puede ser loco bien vestido como mal vestido:

preguntémosle algo, y salgamos desta confusion. Todo esto oia el

Licenciado, y callaba, y iba mas confuso y mas corrido que cuando

estaba sin juicio.

Pasó el conocimiento de los muchachos á los hombres, y ántes que el

Licenciado llegase al patio de los Consejos, llevaba tras de sí mas

de doscientas personas de todas suertes. Con este acompañamiento, que

era mas que el de un catedrático, llegó al patio donde le acabaron de

circundar cuantos en él estaban. Él, viéndose con tanta turba á la

redonda, alzó la voz, y dijo:

--Señores, yo soy el licenciado Vidriera, pero no el que solia:

soy ahora el licenciado Rueda: sucesos y desgracias que acontecen

en el mundo por permision del cielo me quitaron el juicio, y las

misericordias de Dios me le han vuelto: por las cosas que dicen que

dije cuando loco, podeis considerar las que diré cuando cuerdo: yo soy

graduado en leyes por Salamanca, adonde estudié con pobreza, y adonde

llevé segundo en licencias, de do se puede inferir que mas la virtud

que el favor me dió el grado que tengo: aquí he venido á este gran mar

de la corte para abogar y ganar la vida, pero si no me dejais, habré

venido á bogar y granjear la muerte: por amor de Dios, que no hagais

que el seguirme sea perseguirme, y que lo que alcancé por loco, que

es el sustento, lo pierda por cuerdo: lo que solíades preguntarme en

las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y veréis que el que os

respondia bien de improviso, os responderá mejor de pensado.

Escucháronle todos, y dejáronle algunos. Volvióse á su posada con poco

ménos acompañamiento que habia llevado. Salió otro dia, y fué lo mismo:

hizo otro sermon, y no sirvió de nada. Perdia mucho, y no ganaba cosa,

y viéndose morir de hambre, determinó de dejar la corte y volverse á

Flándes, donde pensaba valerse de las fuerzas de su brazo, pues no se

podia valer de las de su ingenio; y poniéndolo en efecto, dijo al salir

de la corte:

--¡Oh corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes,

y acortas las de los virtuosos encogidos; sustentas abundantemente

á los truhanes desvergonzados, y matas de hambre á los discretos

vergonzosos!

Esto dijo, y se fué á Flándes, donde la vida que habia comenzado á

eternizar por las letras, la acabó de eternizar por las armas en

compañía de su buen amigo el capitan Valdivia, dejando fama en su

muerte de prudente y valentísimo soldado.

LA FUERZA DE LA SANGRE.

Una noche de las calorosas del verano volvian de recrearse del rio, en

Toledo, un anciano hidalgo, con su mujer, un niño pequeño, una hija de

edad de diez y seis años, y una criada. La noche era clara, la hora las

once, el camino solo, y el paso tardo, por no pagar con cansancio la

pension que traen consigo las holguras que en el rio ó en la vega se

toman en Toledo. Con la seguridad que promete la mucha justicia y bien

inclinada gente de aquella ciudad, venia el buen hidalgo con su honrada

familia léjos de pensar en desastre que sucederles pudiese; pero como

las mas de las desdichas que vienen no se piensan, contra todo su

pensamiento les sucedió una que les turbó la holgura, y les dió que

llorar muchos años.

Hasta veinte y dos tendria un caballero de aquella ciudad, á quien

la riqueza, la sangre ilustre, la inclinacion torcida, la libertad

demasiada, y las compañías libres le hacian hacer cosas y tener

atrevimientos que desdecian de su calidad, y le daban renombre de

atrevido. Este caballero pues (que por ahora por buenos respetos

encubriendo su nombre le llamaremos con el de Rodolfo), con otros

cuatro amigos suyos, todos mozos, todos alegres y todos insolentes,

bajaba por la misma cuesta que el hidalgo subia.

Encontráronse los dos escuadrones, el de las ovejas con el de los

lobos; y con deshonesta desenvoltura Rodolfo y sus camaradas, cubiertos

los rostros, miraron los de la madre, y de la hija, y de la criada.

Alborotóse el viejo, y reprochóles y afeóles su atrevimiento: ellos

le respondieron con muecas y burla, y sin desmandarse á mas pasaron

adelante. Pero la mucha hermosura del rostro que habia visto Rodolfo,

que era de Leocadia, que así quieren que se llamase la hija del

hidalgo, comenzó de tal manera á imprimírsele en la memoria, que le

llevó tras sí la voluntad, y despertó en él un deseo de gozarla á pesar

de todos los inconvenientes que sucederle pudiesen: y en un instante

comunicó su pensamiento con sus camaradas, y en otro instante se

resolvieron de volver y robarla, por dar gusto á Rodolfo; que siempre

los ricos que dan en liberales, hallan quien canonice sus desafueros, y

califique por buenos sus malos gustos; y así el nacer el mal propósito,

el comunicarle, y el aprobarle, y el determinarse de robar á Leocadia,

y el robarla, casi todo fué en un punto.

Pusiéronse los pañizuelos en los rostros, y desenvainadas las espadas,

volvieron, y á pocos pasos alcanzaron á los que no habian acabado de

dar gracias á Dios, que de las manos de aquellos atrevidos les habia

librado.

Arremetió Rodolfo con Leocadia, y cogiéndola en brazos, dió á huir con

ella, la cual no tuvo fuerzas para defenderse, y el sobresalto le quitó

la voz para quejarse, y aun la luz de los ojos, pues desmayada y sin

sentido ni vió quién la llevaba, ni adónde la llevaban. Dió voces su

padre, gritó su madre, lloró su hermanico, arañóse la criada; pero ni

las voces fueron oidas, ni los gritos escuchados, ni movió á compasion

el llanto, ni los araños fueron de provecho alguno; porque todo lo

cubria la soledad del lugar, y el callado silencio de la noche, y las

crueles entrañas de los malhechores. Finalmente, alegres se fueron los

unos, y tristes se quedaron los otros.

Rodolfo llegó á su casa sin impedimento alguno, y los padres de

Leocadia llegaron á la suya lastimados, afligidos y desesperados:

ciegos, sin los ojos de su hija, que eran la lumbre de los suyos:

solos, porque Leocadia era su dulce y agradable compañía: confusos,

sin saber si seria bien dar noticia de su desgracia á la justicia,

temerosos no fuesen ellos el principal instrumento de publicar su

deshonra.

Veíanse necesitados de favor, como hidalgos pobres: no sabian de quién

quejarse, sino de su corta ventura. Rodolfo en tanto, sagaz y astuto,

tenia ya en su casa y en su aposento á Leocadia, á la cual, puesto

que sintió que iba desmayada cuando la llevaba, la habia cubierto los

ojos con un pañuelo, porque no viese las calles por donde la llevaba,

ni la casa, ni el aposento donde estaba, en el cual sin ser visto de

nadie, á causa que él tenia un cuarto aparte en la casa de su padre,

que aun vivia, y tenia de su estancia la llave y las de todo el cuarto

(inadvertencia de padres que quieren tener sus hijos recogidos), ántes

que de su desmayo volviese Leocadia, habia cumplido su deseo Rodolfo;

que los ímpetus no castos de la mocedad, pocas veces ó ninguna reparan

en comodidades y requisitos que mas los inciten y levanten. Ciego de

la luz del entendimiento, á escuras robó la mejor prenda de Leocadia; y

como los pecados de la sensualidad por la mayor parte no tiran mas allá

la barra del término del cumplimiento dellos, quisiera luego Rodolfo

que de allí se desapareciera Leocadia, y le vino á la imaginacion de

ponella en la calle así desmayada como estaba; y yéndolo á poner en

obra, sintió que volvia en sí, diciendo:

--¿Adónde estoy, desdichada? ¿Qué escuridad es esta, qué tinieblas me

rodean? ¿Estoy en el limbo de mi inocencia, ó en el infierno de mis

culpas? ¡Jesus! ¿quién me toca? ¿Yo en cama, yo lastimada? ¿Escúchasme,

madre y señora mia? ¿Óyesme, querido padre? ¡Ay sin ventura de mí!

que bien advierto que mis padres no me escuchan, y que mis enemigos

me tocan: venturosa seria yo, si esta escuridad durase para siempre,

sin que mis ojos volviesen á ver la luz del mundo, y que este lugar

donde ahora estoy, cualquiera que él se fuese, sirviese de sepultura

á mi honra, pues es mejor la deshonra que se ignora, que la honra que

está puesta en opinion de las gentes: ya me acuerdo (¡que yo nunca me

acordara!) que ha poco que venia en la compañía de mis padres: ya me

acuerdo que me saltearon: ya me imagino y veo que no es bien que me

vean las gentes: ó tú, cualquiera que seas, que aquí estás conmigo (y

en esto tenia asido de las manos á Rodolfo), si es que tu alma admite

género de ruego alguno, te ruego que ya que has triunfado de mi fama,

triunfes tambien de mi vida: quítamela al momento, que no es bien que

la tenga la que no tiene honra: mira que el rigor de la crueldad que

has usado conmigo en ofenderme, se templará con la piedad que usarás en

matarme; y así en un mismo punto vendrás á ser cruel y piadoso.

Confuso dejaron las razones de Leocadia á Rodolfo, y como mozo poco

esperimentado, ni sabia qué decir, ni qué hacer, cuyo silencio admiraba

mas á Leocadia, la cual con las manos procuraba desengañarse si era

fantasma ó sombra el que con ella estaba; pero como tocaba cuerpo y se

le acordaba de la fuerza que se le habia hecho viniendo con sus padres,

caia en la verdad del cuento de su desgracia; y con este pensamiento

tornó á añudar las razones que los muchos sollozos y suspiros habian

interrumpido, diciendo:

--Atrevido mancebo, que de poca edad hacen tus hechos que te juzgue, yo

te perdono la ofensa que me has hecho, con solo que me prometas y jures

que como la has cubierto con esta escuridad, la cubrirás con perpetuo

silencio sin decirla á nadie: poca recompensa te pido de tan grande

agravio; pero para mí será la mayor que yo sabré pedirte, ni tú querrás

darme: advierte en que yo nunca he visto tu rostro, ni quiero verle,

porque ya que se me acuerde de mi ofensa, no quiero acordarme de mi

ofensor, ni guardar en la memoria la imágen del autor de mi daño: entre

mí y el cielo pasarán mis quejas, sin querer que las oiga el mundo, el

cual no juzga por los sucesos las cosas, sino conforme á él se asienta

en la estimacion: no sé cómo te digo estas verdades, que se suelen

fundar en la esperiencia de muchos casos y en el discurso de muchos

años, no llegando los mios á diez y siete; por do me doy á entender que

el dolor de una misma manera ata y desata la lengua del afligido, unas

veces exagerando su mal para que se le crean, otras veces no diciéndole

porque no se le remedien: de cualquier manera, que yo calle ó hable,

creo que he de moverte á que me creas, ó que me remedies, pues el no

creerme será ignorancia, y el remediarme imposible de tener algun

alivio: no quiero desesperarme, porque te costará poco el dármele, y es

este: mira, no aguardes ni confíes que el discurso del tiempo temple

la justa saña que contra tí tengo, ni quieras amontonar los agravios:

miéntras ménos me gozares, y habiéndome ya gozado, ménos se encenderán

tus malos deseos: haz cuenta que me ofendiste por accidente, sin dar

lugar á ningun buen discurso; yo la haré de que no nací en el mundo, ó

que si nací fué para ser desdichada: ponme luego en la calle, ó á lo

ménos junto á la iglesia mayor, porque desde allí bien sabré volverme

á mi casa; pero tambien has de jurar de no seguirme, ni saberla, ni

preguntarme el nombre de mis padres, ni el mio, ni el de mis parientes;

que á ser tan ricos como nobles, no fueran en mí tan desdichados:

respóndeme á esto, y si temes que te pueda conocer con la habla, hágote

saber, que fuera de mi padre y de mi confesor, no he hablado con hombre

alguno en mi vida, y á pocos he oido hablar en tanta comunicacion, que

pueda distinguirles por el sonido de la habla.

La respuesta que dió Rodolfo á las discretas razones de la lastimada

Leocadia, no fué otra que abrazarla, dando muestras que queria volver

á confirmar en él su gusto, y en ella su deshonra. Lo cual visto por

Leocadia, con mas fuerzas de las que su tierna edad prometia, se

defendió con los piés, con las manos, con los dientes y con la lengua,

diciéndole:

--Haz cuenta, traidor y desalmado hombre, quien quiera que seas, que

los despojos que de mí has llevado, son los que pudiste tomar de un

tronco ó de una coluna sin sentido, cuyo vencimiento y triunfo ha de

redundar en tu infamia y menosprecio; pero el que ahora pretendes no le

has de alcanzar sino con mi muerte: desmayada me pisaste y aniquilaste,

mas ahora que tengo brios, ántes podrás matarme: que si ahora despierta

sin resistencia concediese con tan abominable gusto, podrias imaginar

que mi desmayo fué fingido, cuando te atreviste á destruirme.

Novelas ejemplares · 第 18 / 41 段