Venia vestida, por ser invierno, de una saya entera de terciopelo

negro, llovida de botones de oro y perlas, cintura y collar de

diamantes; sus mismos cabellos, que eran luengos y no demasiadamente

rubios, le servian de adorno y tocas, cuya invencion de lazos,

y rizos, y vislumbres de diamantes que con ellos se entretejian,

turbaban la luz de los ojos que los miraban. Era Leocadia de gentil

disposicion y brio; traia de la mano á su hijo, y delante della venian

dos doncellas, alumbrándola con dos velas de cera en dos candeleros de

plata.

Levantáronse todos á hacerla reverencia, como si fuera alguna cosa del

cielo que allí milagrosamente se habia aparecido. Ninguno de los que

allí estaban embebecidos mirándola, parece que de atónitos no acertaron

á decirle palabra. Leocadia con airosa gracia y discreta crianza se

humilló á todos, y tomándola de la mano Estefanía, la sentó junto á sí

frontero de Rodolfo. Al niño sentaron junto á su abuelo.

Rodolfo, que desde mas cerca miraba la incomparable belleza de

Leocadia, decia entre sí:

«Si la mitad desta hermosura tuviera la que mi madre me tiene escogida

por esposa, tuviérame yo por el mas dichoso hombre del mundo. ¡Válame

Dios! ¡qué es esto que veo! ¿es por ventura algun ángel humano el que

estoy mirando?»

Y en esto se le iba entrando por los ojos á tomar posesion de su alma

la hermosa imágen de Leocadia, la cual, en tanto que la cena venia,

viendo tambien tan cerca de sí al que ya queria mas que á la luz de los

ojos con que alguna vez á hurto le miraba, comenzó á revolver en su

imaginacion lo que con Rodolfo habia pasado: comenzaron á enflaquecerse

en su alma las esperanzas que de ser su esposo su madre le habia dado,

temiendo que á la cortedad de su ventura habian de corresponder las

promesas de su madre; consideraba cuán cerca estaba de ser dichosa

ó sin dicha para siempre; y fué la consideracion tan intensa y los

pensamientos tan revueltos, que le apretaron el corazon de manera, que

comenzó á sudar y á perderse de color en un punto, sobreviniéndole

un desmayo, que le forzó á reclinar la cabeza en los brazos de Doña

Estefanía, que como ansí la vió, con turbacion la recebió en ellos.

Sobresaltáronse todos, y dejando la mesa, acudieron á remediarla. Pero

el que dió mas muestras de sentirlo, fué Rodolfo, pues por llegar

presto á ella tropezó y cayó dos veces. Ni por desabrocharla ni echarla

agua en el rostro volvia en sí, ántes el levantado pecho y el pulso,

que no se le hallaban, iban dando precisas señales de su muerte; y las

criadas y criados de casa, como ménos considerados, dieron voces y la

publicaron por muerta. Estas amargas nuevas llegaron á los oidos de

los padres de Leocadia, que para mas gustosa ocasion los tenia Doña

Estefanía escondidos. Los cuales con el cura de la parroquia, que

ansimismo con ellos estaba, rompiendo el órden de Estefanía, salieron á

la sala.

Llegó el cura presto, por ver si por algunas señales daba indicios

de arrepentirse de sus pecados para absolverla dellos; y donde pensó

hallar un desmayado, halló dos, porque ya estaba Rodolfo puesto el

rostro sobre el pecho de Leocadia. Dióle su madre lugar que á ella

llegase como á cosa que habia de ser suya; pero cuando vió que tambien

estaba sin sentido, estuvo á pique de perder el suyo, y le perdiera,

si no viera que Rodolfo tornaba en sí, como volvió, corrido de que le

hubiesen visto hacer tan estremados estremos; pero su madre, casi como

adivina de lo que su hijo sentia, le dijo:

--No te corras, hijo, de los estremos que has hecho, sino córrete

de los que no hicieres, cuando sepas lo que no quiero tenerte mas

encubierto, puesto que pensaba dejarlo hasta mas alegre coyuntura: has

de saber, hijo de mi alma, que esta desmayada que en los brazos tengo,

es tu verdadera esposa; llamo verdadera, porque yo y tu padre te la

teníamos escogida, que la del retrato es falsa.

Cuando esto oyó Rodolfo, llevado de su amoroso y encendido deseo, y

quitándole el nombre de esposo todos los estorbos que la honestidad

y decencia del lugar le podian poner, se abalanzó al rostro de

Leocadia, y juntando su boca con la della, estaba como esperando que

se le saliese el alma para darle acogida en la suya. Pero cuando mas

las lágrimas de todos por lástima crecian, y por dolor las voces se

aumentaban, y los cabellos y barbas de la madre y padre de Leocadia

arrancados venian á ménos, y los gritos de su hijo penetraban los

cielos, volvió en sí Leocadia, y con su vuelta volvió la alegría y el

contento que de los pechos de los circunstantes se habia ausentado.

Hallóse Leocadia entre los brazos de Rodolfo, y quisiera con honesta

fuerza desasirse dellos; pero él le dijo:

--No, señora, no ha de ser ansí, no es bien que pugneis por apartaros

de los brazos de aquel que os tiene en el alma.

Á esta razon acabó de todo en todo de cobrar Leocadia sus sentidos,

y acabó Doña Estefanía de no llevar mas adelante su determinacion

primera, diciendo al cura que luego desposase á su hijo con Leocadia;

él lo hizo ansí, que por haber sucedido este caso en tiempo cuando

con sola la voluntad de los contrayentes, sin las diligencias y

prevenciones justas y santas que ahora se usan, quedaba hecho el

matrimonio, no hubo dificultad que impidiese el desposorio.

El cual hecho, déjese á otra pluma y á otro ingenio mas delicado que el

mio el contar la alegría universal de todos los que en él se hallaron;

los abrazos que los padres de Leocadia dieron á Rodolfo; las gracias

que dieron al cielo y á sus padres; los ofrecimientos de las partes;

la admiracion de los camaradas de Rodolfo, que tan impensadamente

vieron la misma noche de su llegada tan hermoso desposorio, y mas

cuando supieron, por contarlo delante de todos Doña Estefanía, que

Leocadia era la doncella que en su compañía su hijo habia robado, de

que no ménos suspenso quedó Rodolfo; y por certificarse mas de aquella

verdad, preguntó á Leocadia le dijese alguna señal por donde viniese en

conocimiento entero de lo que no dudaba, por parecerle que sus padres

lo tendrian bien averiguado.

Ella respondió:

--Cuando yo recordé y volví en mí de otro desmayo, me hallé, señor, en

vuestros brazos sin honra; pero yo lo doy por bien empleado, pues al

volver del que ahora he tenido, ansimismo me hallé en los brazos del

de entónces, pero honrada; y si esta señal no basta, baste la de una

imágen de un crucifijo, que nadie os la pudo hurtar sino yo: si es que

por la mañana le echastes ménos, y si es el mismo que tiene mi señora...

--Vos lo sois de mi alma, y lo seréis los años que Dios ordenare, bien

mio.

Y abrazándola de nuevo volvieron las bendiciones y parabienes que les

dieron.

Vino la cena, y vinieron músicos que para esto estaban prevenidos.

Vióse Rodolfo á sí mismo en el espejo del rostro de su hijo; lloraron

sus cuatro abuelos de gusto; no quedó rincon en toda la casa que no

fuese visitado del júbilo, del contento y de la alegría; y aunque la

noche volaba con sus lijeras y negras alas, le parecia á Rodolfo que

iba y caminaba no con alas, sino con muletas: tan grande era el deseo

de verse á solas con su querida esposa.

Llegóse en fin la hora deseada, porque no hay fin que no le tenga.

Fuéronse á acostar todos, quedó toda la casa sepultada en silencio,

en el cual no quedará la verdad deste cuento, pues no lo consentirán

los muchos hijos y la ilustre descendencia que en Toledo dejaron, y

agora viven, estos dos venturosos desposados, que muchos y felices años

gozaron de sí mismos, de sus hijos y de sus nietos, permitido todo por

el cielo y por _La Fuerza de la Sangre_, que vió derramada en el suelo

el valeroso, ilustre y cristiano abuelo de Luisico.

EL CELOSO ESTREMEÑO.

No ha muchos años que de un lugar de Estremadura salió un hidalgo,

nacido de padres nobles, el cual como un otro pródigo, por diversas

partes de España, Italia y Flándes anduvo gastando así los años como

la hacienda; y al fin de muchas peregrinaciones (muertos ya sus padres

y gastado su patrimonio) vino á parar á la gran ciudad de Sevilla,

donde halló ocasion muy bastante para acabar de consumir lo poco que

le quedaba. Viéndose pues tan falto de dineros, y aun no con muchos

amigos, se acogió al remedio á que otros muchos perdidos en aquella

ciudad se acogen, que es el pasarse á las Indias, refugio y amparo de

los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de

los homicidas, pala y cubierta de los jugadores (á quien llaman ciertos

los peritos en el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño

comun de muchos y remedio particular de pocos.

En fin, llegado el tiempo en que una flota partia para Tierrafirme,

acomodándose con el almirante della, aderezó su matalotaje y su mortaja

de esparto, y embarcándose en Cádiz, echando la bendicion á España,

zarpó la flota, y con general alegría dieron las velas al viento, que

blando y próspero soplaba; el cual en pocas horas les encubrió la

tierra, y les descubrió las anchas y espaciosas llanuras del gran padre

de las aguas, el mar Océano.

Iba nuestro pasajero pensativo, revolviendo en su memoria los muchos

y diversos peligros que en los años de su peregrinacion habia pasado,

y el mal gobierno que en todo el discurso de su vida habia tenido: y

sacaba de la cuenta que á sí mismo se iba tomando, una firme resolucion

de mudar manera de vida, y de tener otro estilo en guardar la hacienda

que Dios fuese servido de darle, y de proceder con mas recato que hasta

allí con las mujeres.

La flota estaba como en calma, cuando pasaba consigo esta tormenta

Felipe de Carrizales, que este es el nombre del que ha dado materia á

nuestra novela. Tornó á soplar el viento, impeliendo con tanta fuerza

los navíos, que no dejó nadie en sus asientos, y así le fué forzoso

á Carrizales dejar sus imaginaciones, y dejarse llevar de solos los

cuidados que el viaje le ofrecia, el cual viaje fué tan próspero, que

sin recebir algun reves ni contraste, llegaron al puerto de Cartagena;

y por concluir con todo lo que no hace á nuestro propósito, digo que

la edad que tenia Felipe, cuando pasó á las Indias, seria de cuarenta

y ocho años, y en veinte que en ellas estuvo, ayudado de su industria

y diligencia, alcanzó á tener mas de ciento y cincuenta mil pesos

ensayados.

Viéndose pues rico y próspero, tocado del natural deseo que todos

tienen de volver á su patria, pospuestos grandes intereses que se

le ofrecian, dejando el Perú, donde habia granjeado tanta hacienda,

trayéndola toda en barras de oro y plata, y registrada, por quitar

inconvenientes, se volvió á España: desembarcó en Sanlúcar; llegó á

Sevilla tan lleno de años como de riquezas; sacó sus partidas sin

zozobras; buscó sus amigos, hallólos todos muertos; quiso partirse á

su tierra, aunque ya habia tenido nuevas que ningun pariente le habia

dejado la muerte: y si cuando iba á Indias pobre y menesteroso le

iban combatiendo muchos pensamientos sin dejarle sosegar un punto en

mitad de las ondas del mar, no ménos ahora en el sosiego de la tierra

le combatian, aunque por diferente causa; que si entónces no dormia

por pobre, ahora no podia sosegar de rico: que tan pesada carga es la

riqueza al que no está usado á tenerla ni saber usar della, como lo

es la pobreza al que continuo la tiene. Cuidados acarrea el oro, y

cuidados la falta dél; pero los unos se remedian con alcanzar alguna

mediana cantidad, y los otros se aumentan miéntras mas parte se alcanza.

Contemplaba Carrizales en sus barras, no por miserable, porque en

algunos años que fué soldado aprendió á ser liberal, sino en lo

que habia de hacer dellas, á causa que tenerlas en sér, era cosa

infructuosa; y tenerlas en casa, cebo para los codiciosos y despertador

para los ladrones.

Habíase muerto en él la gana de volver al inquieto trato de las

mercancías, y parecíale que conforme á los años que tenia, le sobraban

dineros para pasar la vida, y quisiera pasarla en su tierra, y dar en

ella su hacienda á tributo, pasando en ella los años de su vejez en

quietud y sosiego, dando á Dios lo que podia, pues habia dado al mundo

mas de lo que debia: por otra parte consideraba que la estrecheza de

su patria era mucha, y la gente muy pobre, y que el irse á vivir á

ella, era ponerse por blanco de todas las importunidades que los pobres

suelen dar al rico que tienen por vecino, y mas cuando no hay otro en

el lugar á quien acudir con sus miserias: quisiera tener á quien dejar

sus bienes despues de sus dias, y con este deseo tomaba el pulso á su

fortaleza, y parecíale que aun podia llevar la carga del matrimonio;

y en viniéndole este pensamiento, le sobresaltaba un tan gran miedo,

que así se le desbarataba y deshacia, como hace á la niebla el viento,

porque de su natural condicion era el mas celoso hombre del mundo, aun

sin estar casado, pues con solo la imaginacion de serlo, le comenzaban

á ofender los celos, á fatigar las sospechas y á sobresaltar las

imaginaciones, y esto con tanta eficacia y vehemencia, que de todo en

todo propuso de no casarse.

Y estando resuelto en esto, y no lo estando en lo que habia de hacer

de su vida, quiso su suerte que pasando un dia por una calle, alzase

los ojos y viese á una ventana puesta una doncella al parecer de edad

de trece á catorce años, de tan agradable rostro y tan hermosa, que

sin ser poderoso para defenderse el buen viejo Carrizales, rindió la

flaqueza de sus muchos años á los pocos de Leonora, que así era el

nombre de la hermosa doncella; y luego sin mas detenerse, comenzó á

hacer un gran monton de discursos, y hablando consigo mismo decia:

«Esta muchacha es hermosa, y á lo que muestra la presencia desta casa,

no debe de ser rica, y ella es niña; sus pocos años pueden asegurar

mis sospechas: casarme he con ella, encerraréla, haréla á mis mañas, y

con esto no tendrá otra condicion que aquella que yo le enseñare: yo

no soy tan viejo que pueda perder la esperanza de tener hijos que me

hereden: de que tenga dote ó no, no hay para qué hacer caso, pues el

cielo me dió para todo, y los ricos no han de buscar en sus matrimonios

hacienda, sino gusto, que el gusto alarga la vida, y los disgustos

entre los casados la acortan: alto pues; echada está la suerte, y esta

es la que el cielo quiere que yo tenga.»

Y así hecho este soliloquio, no una vez sino ciento, al cabo de algunos

dias habló con los padres de Leonora, y supo cómo, aunque pobres, eran

nobles, y dándoles cuenta de su intencion y de la calidad de su persona

y hacienda, les rogó muy encarecidamente le diesen por mujer á su hija.

Ellos le pidieron tiempo para informarse de lo que decia, y que él

tambien le tendria para enterarse ser verdad lo que de su nobleza le

habian dicho.

Despidiéronse, informáronse las partes, y hallaron ser ansí lo

que entrambos dijeron; y finalmente, Leonora quedó por esposa de

Carrizales, habiéndola dotado primero en veinte mil ducados: tal estaba

de abrasado el pecho del celoso viejo. El cual apénas dió el sí de

esposo, cuando de golpe le embistió un tropel de rabiosos celos, y

comenzó sin causa alguna á temblar, y á tener mayores cuidados que

jamas habia tenido: y la primera muestra que dió de su condicion

celosa, fué no querer que sastre alguno tomase la medida á su esposa

de los muchos vestidos que pensaba hacerle; y así anduvo mirando cuál

otra mujer tendria poco mas ó ménos el talle y cuerpo de Leonora, y

halló una pobre á cuya medida hizo hacer una ropa, y probándosela su

esposa, halló que le venia bien, y por aquella medida hizo los demas

vestidos, que fueron tantos y tan ricos, que los padres de la desposada

se tuvieron por mas que dichosos en haber acertado con tan buen yerno

para remedio suyo y de su hija. La niña estaba asombrada de ver tantas

galas, á causa que las que ella en su vida se habia puesto, no pasaban

de una saya de raja y una ropilla de tafetan.

La segunda señal que dió Felipe, fué no querer juntarse con su esposa

hasta tenerla puesta casa aparte, la cual aderezó en esta forma. Compró

una en doce mil ducados en un barrio principal de la ciudad, que tenia

agua de pié y jardin con muchos naranjos: cerró todas las ventanas que

miraban á la calle, y dióles vista al cielo, y lo mismo hizo de todas

las otras de casa: en el portal de la calle, que en Sevilla llaman

casapuerta, hizo una caballeriza para una mula, y encima della un pajar

y apartamiento, donde estuviese el que habia de curar della, que fué

un negro viejo y eunuco: levantó las paredes de las azoteas de tal

manera que el que entraba en la casa habia de mirar al cielo por línea

recta, sin que pudiese ver otra cosa: hizo torno que de la casapuerta

respondia al patio.

Compró un rico menaje para adornar la casa, de modo que por tapicerías,

estrados y doseles ricos, mostraba ser de un gran señor: compró

asimismo cuatro esclavas blancas, y herrólas en el rostro, y otras dos

negras bozales.

Concertóse con un despensero que le trujese y comprase de comer, con

condicion que no durmiese en casa, ni entrase en ella, sino hasta el

torno, por el cual habia de dar lo que trujese: hecho esto, dió parte

de su hacienda á censo, situada en diversas y buenas partes: otra puso

en el Banco, y quedóse con alguna para lo que se le ofreciese: hizo

asimismo llave maestra para toda la casa, y encerró en ella todo lo que

suele comprarse en junto y en sus sazones para la provision de todo

el año; y teniéndolo todo así aderezado y compuesto, se fué á casa de

sus suegros, y pidió á su mujer, que se la entregaron no con pocas

lágrimas, porque les pareció que la llevaban á la sepultura.

La tierna Leonora aun no sabia lo que la habia acontecido, y así

llorando con sus padres, les pidió su bendicion, y despidiéndose

dellos, rodeada de sus esclavas y criadas, asida de la mano de su

marido, se vino á su casa, y entrando en ella les hizo Carrizales un

sermon á todas, encargándoles la guarda de Leonora, y que por ninguna

via ni en ningun modo dejasen entrar á nadie de la segunda puerta

adentro, aunque fuese el negro eunuco: y á quien mas encargó la guarda

y regalo de Leonora, fué á una dueña de mucha prudencia y gravedad, que

recebió como para aya de Leonora, y para que fuese superintendente de

todo lo que en la casa se hiciese, y para que mandase á las esclavas

y á otras dos doncellas de la misma edad de Leonora, que para que se

entretuviese con las de sus mismos años asimismo habia recebido.

Prometióles que las trataria y regalaria á todas de manera que no

sintiesen su encerramiento, y que los dias de fiesta todos, sin faltar

ninguno, irian á oir misa, pero tan de mañana, que apénas tuviese la

luz lugar de verlas. Prometiéronle las criadas y esclavas de hacer

todo aquello que les mandaba, sin pesadumbre, con pronta voluntad y

buen ánimo: y la nueva esposa, encogiendo los hombros, bajó la cabeza,

y dijo que ella no tenia otra voluntad que la de su esposo y señor, á

quien estaba siempre obediente.

Hecha esta prevencion, y recogido el buen estremeño en su casa, comenzó

á gozar como pudo los frutos del matrimonio, los cuales á Leonora,

como no tenia esperiencia de otros, ni eran gustosos ni desabridos, y

así pasaba el tiempo con su dueña, doncellas y esclavas; y ellas por

pasarle mejor dieron en ser golosas, y pocos dias se pasaban sin hacer

mil cosas, á quien la miel y el azúcar hacen sabrosas. Sobrábales para

esto en grande abundancia lo que habian menester, y no ménos sobraba

en su amo la voluntad de dárselo, pareciéndole que con ello las tenia

entretenidas y ocupadas, sin tener lugar donde ponerse á pensar en su

encerramiento.

Leonora andaba á lo igual con sus criadas, y se entretenia en lo mismo

que ellas, y aun dió con su simplicidad en hacer muñecas, y en otras

niñerías que mostraban la llaneza de su condicion y la terneza de

sus años: todo lo cual era de grandísima satisfaccion para el celoso

marido, pareciéndole que habia acertado á escoger la vida mejor que

se la supo imaginar, y que por ninguna via la industria ni la malicia

humana podia perturbar su sosiego; y así solo se desvelaba en traer

regalos á su esposa, y en acordarle le pidiese todos cuantos le

viniesen al pensamiento, que de todos seria servida.

Los dias que iba á misa, que como está dicho era entre dos luces,

venian sus padres, y en la iglesia hablaban á su hija delante de su

marido, el cual les daba tantas dádivas, que aunque tenian lástima de

su hija por la estrecheza en que vivia, la templaban con las muchas

dádivas que Carrizales, su liberal yerno, les daba.

Levantábase de mañana, y aguardaba á que el despensero viniese, á

quien de la noche ántes por una cédula que ponian en el torno, le

avisaban lo que habia de traer otro dia, y en viniendo el despensero,

salia de casa Carrizales las mas veces á pié, dejando cerradas las dos

puertas, la de la calle y la de en medio, y entre las dos quedaba el

negro.

Íbase á sus negocios, que eran pocos, y con brevedad daba la vuelta,

y encerrándose, se entretenia en regalar á su esposa y acariciar á

sus criadas, que todas le querian bien por ser de condicion llana y

agradable; y sobre todo, por mostrarse tan liberal con todas.

Desta manera pasaron un año de noviciado, y hicieron profesion en

aquella vida, determinándose de llevarla hasta el fin de las suyas; y

así fuera, si el sagaz perturbador del género humano no lo estorbara,

como ahora oiréis.

Dígame ahora el que se tuviere por mas discreto y recatado: ¿qué mas

prevenciones para su seguridad podia haber hecho el anciano Felipe,

pues aun no consintió que dentro de su casa hubiese algun animal que

fuese varon? Á los ratones della jamas los persiguió gato, ni en

ella se oyó ladrido de perro, todos eran del género femenino: de dia

pensaba, y de noche no dormia: él era la ronda y centinela de su casa,

y el Argos de lo que bien queria: jamas entró hombre de la puerta

adentro del patio: con sus amigos negociaba en la calle: las figuras de

los paños que sus salas y cuadros adornaban, todas eran hembras, flores

y boscajes: toda su casa olia á honestidad, recogimiento y recato, aun

hasta en las consejas, que en las largas noches del invierno en la

chimenea sus criadas contaban; por estar él presente en ninguna ningun

género de lascivia se descubria: la plata de las canas del viejo á los

ojos de Leonora parecian cabellos de oro puro, porque el amor primero

que las doncellas tienen se les imprime en el alma, como el sello en

la cera: su demasiada guarda le parecia advertido recato: pensaba y

creia que lo que ella pasaba, pasaban todas las recien casadas: no se

desmandaban sus pensamientos á salir de las paredes de su casa, ni su

voluntad deseaba otra cosa mas de aquella que la de su marido queria:

solo los dias que iba á misa veia las calles, y esto era tan de mañana,

que si no era al volver de la iglesia, no habia luz para mirallas.

No se vió monasterio tan cerrado, ni monjas mas recogidas, ni manzanas

de oro tan guardadas; y con todo esto, no pudo en ninguna manera

prevenir ni escusar de caer en lo que recelaba: á lo ménos en pensar

que habia caido.

Hay en Sevilla un género de gente ociosa y holgazana, á quien

comunmente suelen llamar gente de barrio: estos son los hijos de vecino

de cada colacion y de los mas ricos della, gente baldía, atildada y

melíflua; de la cual, y de su traje y manera de vivir, de su condicion

y de las leyes que guardan entre sí, habia mucho que decir; pero por

buenos respetos se deja.

Uno destos galanes pues, que entre ellos es llamado virote, mozo

soltero (que á los recien casados llaman matones), acertó á mirar la

casa del recatado Carrizales; y viéndola siempre cerrada, le tomó gana

de saber quién vivia dentro; y con tanto ahinco y curiosidad hizo la

diligencia, que de todo en todo vino á saber lo que deseaba.

Supo la condicion del viejo, la hermosura de su esposa, y el modo que

tenia en guardarla: todo lo cual le encendió el deseo de ver si seria

posible espugnar por fuerza ó por industria fortaleza tan guardada: y

comunicándolo con dos virotes y un maton, sus amigos, acordaron que

se pusiese por obra; que nunca para tales obras faltan consejeros y

ayudadores.

Dificultaban el modo que se tendria para intentar tan dificultosa

hazaña; y habiendo entrado en bureo muchas veces, convinieron en esto:

que fingiendo Loaysa, que así se llamaba el virote, que iba fuera de la

ciudad por algunos dias, se quitase de los ojos de sus amigos, como lo

hizo; y hecho esto, se puso unos calzones de lienzo limpio, y camisa

limpia, pero encima se puso unos vestidos tan rotos y remendados, que

ningun pobre en toda la ciudad los traia tan astrosos: quitóse un poco

de barba que tenia, cubrióse un ojo con un parche, vendóse una pierna

estrechamente, y arrimándose á dos muletas, se convirtió en un pobre

tullido, tal que el mas verdadero estropeado no se le igualaba.

Novelas ejemplares · 第 20 / 41 段