determinó volverse á España y á Salamanca á acabar sus estudios; y como
lo pensó lo puso luego por obra, con pesar grandísimo de su camarada,
que le rogó al tiempo de despedirse le avisase de su salud, llegada y
suceso. Prometióselo ansí como lo pedia, y por Francia volvió á España
sin haber visto á Paris, por estar puesta en armas. En fin llegó á
Salamanca, donde fué bien recebido de sus amigos, y con la comodidad
que ellos le hicieron, prosiguió sus estudios hasta graduarse de
licenciado en leyes.
Sucedió que en este tiempo llegó á aquella ciudad una dama de todo
rumbo y manejo. Acudieron luego á la añagaza y reclamo todos los
pájaros del lugar, sin quedar _vademecum_ que no la visitase. Dijéronle
á Tomas que aquella dama decia que habia estado en Italia y en Flándes,
y por ver si la conocia fué á visitarla, de cuya visita y vista quedó
ella enamorada de Tomas; y él sin echar de ver en ello, si no era por
fuerza y llevado de otros no queria entrar en su casa. Finalmente, ella
le descubrió su voluntad y le ofreció su hacienda. Pero como él atendia
mas á sus libros que á otros pasatiempos, en ninguna manera respondia
al gusto de la señora, la cual, viéndose desdeñada y á su parecer
aborrecida, y que por medios ordinarios y comunes no podia conquistar
la roca de la voluntad de Tomas, acordó de buscar otros modos á su
parecer mas eficaces, y bastantes para salir con el cumplimiento de sus
deseos.
Y así, aconsejada de una morisca, en un membrillo toledano dió á Tomas
unos destos que llaman hechizos, creyendo que le daba cosa que le
forzase la voluntad á quererla, como si hubiese en el mundo yerbas,
encantos ni palabras suficientes á forzar el libre albedrío; y así, las
que dan estas bebidas ó comidas amatorias se llaman benéficas, porque
no es otra cosa lo que hacen sino dar veneno á quien las toma, como lo
tiene mostrado la esperiencia en muchas y diversas ocasiones.
Comió en tan mal punto Tomas el membrillo, que al momento comenzó á
herir de pié y de mano como si tuviera alferecía, y sin volver en sí
estuvo muchas horas, al cabo de las cuales volvió como atontado, y dijo
con lengua turbada y tartamuda, que un membrillo que habia comido le
habia muerto, y declaró quién se lo habia dado. La justicia, que tuvo
noticia del caso, fué á buscar la malhechora; pero ya ella, viendo el
mal suceso, se habia puesto en cobro, y no pareció jamas.
Seis meses estuvo en la cama Tomas, en los cuales se secó y se puso,
como suele decirse, en los huesos, y mostraba tener turbados todos los
sentidos; y aunque le hicieron los remedios posibles, solo le sanaron
la enfermedad del cuerpo, pero no la del entendimiento, porque quedó
sano, y loco de la mas estraña locura que entre las locuras hasta
entónces se habia visto. Imaginóse el desdichado que era todo hecho
de vidrio, y con esta imaginacion, cuando alguno se llegaba á él,
daba terribles voces, pidiendo y suplicando con palabras y razones
concertadas que no se le acercasen porque le quebrarian, que real y
verdaderamente él no era como los otros hombres, que todo era de vidrio
de piés á cabeza.
Para sacarle desta estraña imaginacion, muchos, sin atender á sus
voces y rogativas, arremetieron á él y le abrazaron, diciéndole que
advirtiese y mirase cómo no se quebraba. Pero lo que se granjeaba en
esto era que el pobre se echaba en el suelo, dando mil gritos y luego
le tomaba un desmayo, del cual no volvia en sí en cuatro horas, y
cuando volvia era renovando las plegarias y rogativas de que otra vez
no llegasen. Decia que le hablasen desde léjos y le preguntasen lo que
quisiesen, porque á todo les responderia con mas entendimiento, por ser
hombre de vidrio y no de carne; que el vidrio por ser de materia sutil
y delicada, obra por ella el alma con mas prontitud y eficacia, que no
por la del cuerpo, pesada y terrestre.
Quisieron algunos esperimentar si era verdad lo que decia, y así
le preguntaron muchas y difíciles cosas, á las cuales respondió
espontáneamente con grandísima agudeza de ingenio, cosa que causó
admiracion á los mas letrados de la universidad y á los profesores de
la medicina y filosofía, viendo que en un sugeto donde se contenia tan
estraordinaria locura como el pensar que fuese de vidrio, se encerrase
tan grande entendimiento, que respondiese á toda pregunta con propiedad
y agudeza.
Pidió Tomas le diesen alguna funda donde pusiese aquel vaso quebradizo
de su cuerpo, porque al vestirse algun vestido estrecho no se
quebrase; y así le dieron una ropa parda y una camisa muy ancha, que
él se vistió con mucho tiento y se ciñó con una cuerda de algodon: no
quiso zapatos en ninguna manera, y el órden que tuvo para que le diesen
de comer sin que á él llegasen, fué poner en la punta de una vara una
vasera de orinal, en la cual le ponian alguna cosa de fruta de las que
la sazon del tiempo les ofrecia: carne ni pescado no lo queria; no
bebia sino en fuente ó en rio, y esto con las manos: cuando andaba por
las calles, iba por la mitad dellas, mirando á los tejados, temeroso
no le cayese alguna teja encima y le quebrase: los veranos dormia en
el campo á cielo abierto, y los inviernos se metia en algun meson,
y en el pajar se enterraba hasta la garganta, diciendo que aquella
era la mas propia y mas segura cama que podian tener los hombres de
vidrio: cuando tronaba, temblaba como un azogado, y se salia al campo
y no entraba en poblado hasta haber pasado la tempestad; tuviéronle
encerrado sus amigos mucho tiempo, pero viendo que su desgracia pasaba
adelante, determinaron de condescender con lo que él les pedia, que
era le dejasen andar libre, y así le dejaron, y él salió por la ciudad
causando admiracion y lástima á todos los que le conocian. Cercáronle
luego los muchachos; pero él con la vara los detenia y les rogaba
le hablasen apartados, porque no se quebrase, que por ser hombre de
vidrio era muy tierno y quebradizo. Los muchachos, que son la mas
traviesa generacion del mundo, á despecho de sus ruegos y voces le
comenzaron á tirar trapos y aun piedras, por ver si era de vidrio como
él decia; pero él daba tantas voces y hacia tales estremos, que movia
á los hombres á que riñesen y castigasen á los muchachos porque no le
tirasen. Mas un dia, que le fatigaron mucho, se volvió á ellos diciendo:
--¿Qué me quereis, muchachos, porfiados como moscas, sucios como
chinches, atrevidos como pulgas? ¿Soy yo por ventura el monte Testacho
de Roma para que me tireis tantos tiestos y tejas?
Por oirle reñir y responder á todos, le seguian siempre muchos, y los
muchachos tomaron y tuvieron por mejor partido ántes oille que tiralle.
Pasando pues una vez por la ropería de Salamanca, le dijo una ropera:
--En mi ánima, señor Licenciado, que me pesa de su desgracia; pero ¿qué
haré que no puedo llorar?
Él se volvió á ella, y muy mesurado le dijo:
--_Filiæ Hierusalem, plorate super vos, et super filios vestros_.
Entendió el marido de la ropera la malicia del dicho, y díjole:
--Hermano licenciado Vidriera (que así decia él que se llamaba), mas
teneis de bellaco que de loco.
--No se me da un ardite, respondió él, como no tenga nada de necio.
Pasando un dia por la casa llana y venta comun[1], vió que estaban á
la puerta della muchas de sus moradoras, y dijo que eran bagajes del
ejército de Satanas, que estaban alojados en el meson del infierno.
Preguntóle uno, que qué consejo ó consuelo daria á un amigo suyo que
estaba muy triste porque su mujer se le habia ido con otro.
Á lo cual respondió:
--Díle que dé gracias á Dios por haber permitido le llevasen de casa á
su enemigo.
--Luego ¿no irá á buscarla? dijo el otro.
--Ni por pienso, replicó Vidriera, porque seria el hallarla hallar un
perpetuo y verdadero testigo de su deshonra.
--Ya que eso sea así, dijo el mismo, ¿qué haré yo para tener paz con mi
mujer?
Respondióle:
--Dále lo que hubiere menester; déjala que mande á todos los de tu
casa, pero no sufras que ella te mande á tí.
Díjole un muchacho:
--Señor licenciado Vidriera, yo me quiero desgarrar de mi padre, porque
me azota muchas veces.
Y respondióle:
--Advierte, niño, que los azotes que los padres dan á los hijos honran,
y los del verdugo afrentan.
Estando á la puerta de una iglesia, vió que entraba un labrador de
los que siempre blasonan de cristianos viejos, y detras venia uno que
no estaba en tan buena opinion como el primero, y el Licenciado dió
grandes voces al labrador, diciendo:
--Esperad, Domingo, á que pase el sábado.
De los maestros de escuela decia que eran dichosos, pues trataban
siempre con ángeles dichosísimos, si los angelitos no fueran mocosos.
Otro le preguntó, que qué le parecia de las alcahuetas. Respondió que
no lo eran las apartadas, sino las vecinas.
Las nuevas de su locura y de sus respuestas y dichos, se estendieron
por toda Castilla, y llegando á noticia de un príncipe ó señor que
estaba en la corte, quiso enviar por él, y encargóselo á un caballero
amigo suyo que estaba en Salamanca, que se lo enviase, y topándole el
caballero un dia, le dijo:
--Sepa el señor licenciado Vidriera, que un gran personaje de la corte
le quiere ver y envía por él.
Á lo cual respondió:
--Vuesa mercé me escuse con ese señor, que yo no soy bueno para
palacio, porque tengo vergüenza y no sé lisonjear.
Con todo esto, el caballero le envió á la corte, y para traerle usaron
con él desta invencion: pusiéronle en unas argueñas de paja, como
aquellas donde llevan el vidrio, igualando los tercios con piedras, y
entre paja puestos algunos vidrios, porque se diese á entender que como
vaso de vidrio le llevaban.
Llegó á Valladolid, donde en aquel tiempo estaba la corte; entró de
noche y desembanastáronle en la casa del señor que habia enviado por
él, de quien fué muy bien recebido, diciéndole:
--Sea muy bien venido el señor licenciado Vidriera: ¿cómo ha ido en el
camino? ¿Cómo va de salud?
Á lo cual respondió:
--Ningun camino hay malo como se acabe, sino es el que va á la horca:
de salud estoy neutral, porque están encontrados mis pulsos con mi
celebro.
Otro dia, habiendo visto en muchas alcándaras muchos neblíes y otros
pájaros de volatería, dijo que la caza de altanería era digna de
príncipes y de grandes señores; pero que advirtiesen, que con ella
echaba el gusto censo sobre el provecho á mas de dos mil por uno. La
caza de liebres dijo que era muy gustosa, y mas cuando se cazaba con
galgos prestados.
El caballero gustó de su locura, y dejóle salir por la ciudad debajo
del amparo y guarda de un hombre que tuviese cuenta que los muchachos
no le hiciesen mal, de los cuales y de toda la corte fué conocido
en seis dias, y á cada paso, en cada calle y en cualquiera esquina,
respondia á todas las preguntas que le hacian, entre las cuales le
preguntó un estudiante si era poeta, porque le parecia que tenia
ingenio para todo. Á lo cual respondió:
--Hasta ahora no he sido tan necio ni tan venturoso.
--No entiendo eso de necio y venturoso, dijo el estudiante.
Y respondió Vidriera:
--No he sido tan necio que diese en poeta malo, ni tan venturoso que
haya merecido serlo bueno.
Preguntóle otro estudiante que en qué estimacion tenia á los poetas.
Respondió que á la ciencia en mucha, pero que á los poetas en ninguna.
Replicáronle que por qué decia aquello. Respondió que del infinito
número de poetas que habia, eran tan pocos los buenos, que casi no
hacian número; y así como si no hubiese poetas, no los estimaba; pero
que admiraba y reverenciaba la ciencia de la poesía, porque encerraba
en sí todas las ciencias; porque de todas se sirve, de todas se adorna
y pule, y saca á luz sus maravillosas obras, con que llena el mundo de
provecho, de deleite y de maravilla.
Añadió mas:
--Yo bien sé en lo que se debe estimar un buen poeta, porque se me
acuerda de aquellos versos de Ovidio, que dicen:
_Cura ducum fuerunt olim Regumque poetæ:_
_Præmiaque antiqui magna tulere chori._
_Santaque majestas, et erat venerabile nomen_
_Vatibus: et largæ sæpe dabantur opes._
Y ménos se me olvida la alta calidad de los poetas, pues los llama
Platon intérpretes de los dioses, y de ellos dice Ovidio:
_Est Deus in nobis, agitante calescimus illo._
Y tambien dice:
_At sacri vates, et Divum cura vocamur._
Esto se dice de los buenos poetas; que de los malos, de los
churrulleros, ¿qué se ha de decir sino que son la idiotez y la
ignorancia del mundo?
Y añadió mas:
--¿Qué es ver á un poeta destos de la primera impresion, cuando quiere
decir un soneto á otros que le rodean, las salvas que les hace,
diciendo: vuesas mercedes escuchen un sonetillo que anoche á cierta
ocasion hice, que á mi parecer, aunque no vale nada, tiene un no sé
qué de bonito? Y en esto tuerce los labios, pone en arco las cejas, se
rasca la faldriquera, y de entre otros mil papeles mugrientos y medio
rotos, donde queda otro millar de sonetos, saca el que quiere relatar,
y al fin le dice con tono melífluo y alfeñicado: si acaso los que le
escuchan, de socarrones ó de ignorantes no se le alaban, dice: ó
vuesas mercedes no han entendido el soneto, ó yo no le he sabido decir,
y así será bien recitarle otra vez, y que vuesas mercedes le presten
mas atencion, porque en verdad en verdad que el soneto lo merece; y
vuelve como primero á recitarle con nuevos ademanes y nuevas pausas.
Pues ¿qué es verlos censurar los unos á los otros? ¿qué diré del ladrar
que hacen los cachorros y modernos á los mastinazos antiguos y graves?
y ¿qué de los que murmuran de algunos ilustres y escelentes sujetos,
donde resplandece la verdadera luz de la poesía, que tomándola por
alivio y entretenimiento de sus muchas y graves ocupaciones, muestran
la divinidad de sus ingenios y la alteza de sus conceptos, á despecho
y pesar del circunspecto ignorante, que juzga de lo que no sabe y
aborrece lo que no entiende? ¿y del que quiere que se estime y tenga en
precio la necedad que se sienta debajo de doseles, y la ignorancia que
se arrima á los sitiales?
Otra vez le preguntaron qué era la causa de que los poetas por la mayor
parte eran pobres. Respondió que porque ellos querian, pues estaba
en su mano ser ricos, si se sabian aprovechar de la ocasion que por
momentos traian entre las manos, que eran las de sus damas, que todas
eran riquísimas en estremo, pues tenian los cabellos de oro, la frente
de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil,
los labios de coral, y la garganta de cristal trasparente, y que lo que
lloraban eran líquidas perlas, y mas que lo que sus plantas pisaban,
por dura y estéril tierra que fuese, al momento producia jazmines y
rosas, que su aliento era de puro ámbar, almizcle y algalia; y que
todas estas cosas eran señales y muestras de su mucha riqueza. Estas y
otras cosas decia de los malos poetas; que de los buenos siempre dijo
bien, y los levantó sobre el cuerno de la luna.
Vió un dia en la acera de San Francisco unas figuras pintadas de mala
mano, y dijo que los buenos pintores imitaban la naturaleza, pero que
los malos la vomitaban.
Arrimóse un dia, con grandísimo tiento porque no se quebrase, á la
tienda de un librero, y díjole:
--Este oficio me contentara mucho, si no fuera por una falta que tiene.
Preguntóle el librero se la dijese. Respondióle:
--Los melindres que hacen, cuando compran el privilegio de un libro,
y la burla que hacen á su autor si acaso le imprime á su costa, pues
en lugar de mil quinientos imprimen tres mil libros, y cuando el autor
piensa que se venden los suyos se despachan los ajenos.
Acaeció este mismo dia que pasaron por la plaza seis azotados, y
diciendo el pregon: Al primero por ladron; dió grandes voces á los que
estaban delante dél, diciéndoles:
--Apartáos, hermanos, no comience aquella cuenta por alguno de vosotros.
Y cuando el pregonero llegó á decir: al trasero, dijo:
--Aquel por ventura debe ser el fiador de los muchachos.
Un muchacho le dijo:
--Hermano Vidriera, mañana sacan á azotar á una alcahueta.
Respondióle:
--Si dijeras que sacaban á azotar á un alcahuete, entendiera que
sacaban á azotar un coche.
Hallóse allí uno destos que llevan sillas de manos, y díjole:
--De nosotros, Licenciado, ¿no teneis qué decir?
--No, respondió Vidriera, sino que sabe cada uno de vosotros mas
pecados que un confesor; mas es con esta diferencia, que el confesor
los sabe para tenerlos secretos, y vosotros para publicarlos por las
tabernas.
Oyó esto un mozo de mulas, porque de todo género de gente le estaba
escuchando contino, y díjole:
--De nosotros, señor Redoma, poco ó nada hay que decir, porque somos
gente de bien y necesaria en la república.
Á lo cual respondió Vidriera:
--La honra del amo descubre la del criado; segun esto: mira á quién
sirves, y verás cuán honrado eres: mozos sois vosotros de la mas ruin
canalla que sustenta la tierra: una vez, cuando no era de vidrio,
caminé una jornada en una mula de alquiler, tal que le conté ciento
y veinte y una tachas, todas capitales y enemigas del género humano:
todos los mozos de mulas tienen su punta de rufianes, su punta de
cacos, y su es no es de truhanes: si sus amos (que así llaman ellos
á los que llevan en sus mulas) son boquimuelles, hacen mas suertes
en ellos que las que echaron en esta ciudad los años pasados: si son
estranjeros, los roban; si estudiantes, los maldicen; si religiosos,
los reniegan; y si soldados, los tiemblan: estos, y los marineros, y
carreteros, y arrieros, tienen un modo de vivir estraordinario, y solo
para ellos: el carretero pasa lo mas de la vida en espacio de vara y
media de lugar, que poco mas debe de haber del yugo de las mulas á la
boca del carro; canta la mitad del tiempo, y la otra mitad reniega; y
en decir, háganse á zaga, se les pasa otra muy gran parte; y si acaso
les queda por sacar alguna rueda de algun atolladero, mas se ayudan
de dos pésetes que de tres mulas. Los marineros son gente gentil é
inurbana, que no sabe otro lenguaje que el que se usa en los navíos: en
la bonanza son diligentes, y en la borrasca perezosos; en la tormenta
mandan muchos y obedecen pocos; su Dios es su arca y su rancho, y su
pasatiempo ver mareados á los pasajeros. Los arrieros son gente que ha
hecho divorcio con las sábanas y se ha casado con las enjalmas; son tan
diligentes y presurosos, que á trueco de no perder la jornada, perderán
el alma; su música es la del mortero; su salsa la hambre; sus maitines
levantarse á dar sus piensos, y sus misas no oir ninguna.
Cuando esto decia estaba á la puerta de un boticario, y volviéndose al
dueño, le dijo:
--Vuesa merced tiene un saludable oficio, si no fuese tan enemigo de
sus candiles.
--¿En qué modo soy enemigo de mis candiles? preguntó el boticario.
Y respondió Vidriera:
--Esto digo, porque en faltando cualquiera aceite, lo suple el del
candil que está mas á mano; y aun tiene otra cosa este oficio, bastante
á quitar el crédito al mas acertado médico del mundo.
Preguntándole por qué, respondió que habia boticario que por no
atreverse ni osar decir que faltaba en su botica lo que recetaba el
médico, por las cosas que le faltaban ponia otras, que á su parecer
tenian la misma virtud y calidad, no siendo así; y con esto la
medicina mal compuesta obraba al reves de lo que habia de obrar la
bien ordenada. Preguntóle entónces que qué sentia de los médicos, y
respondió esto:
--_Honora medicum propter necessitatem, etenim creavit eum Altissimus:
a Deo enim est omnis medela, et a Rege accipiet donationem: disciplina
medici exaltavit caput illius, et in conspectu magnatum collaudabitur:
Altissimus de terra creavit medicinam, et vir prudens non abhorrebit
illam_. Esto dice, dijo, el Eclesiástico, de la medicina y de los
buenos médicos, y de los malos se podria decir todo al reves, porque no
hay gente mas dañosa á la república que ellos. El juez nos puede torcer
ó dilatar la justicia; el letrado sustentar por su interes nuestra
injusta demanda; el mercader chuparnos la hacienda; finalmente, todas
las personas con quien de necesidad tratamos, nos pueden hacer algun
daño; pero quitarnos la vida sin quedar sujetos al temor del castigo,
ninguno: solo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y á
pié quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe; y no hay
descubrirse sus delitos, porque al momento los meten debajo de la
tierra: acuérdaseme que cuando yo era hombre de carne, y no de vidrio
como agora soy, que á un médico destos de segunda clase le despidió
un enfermo por curarse con otro, y el primero de allí á cuatro dias
acertó á pasar por la botica donde recetaba el segundo, y preguntó al
boticario que cómo le iba al enfermo que él habia dejado, y que si le
habia recetado alguna purga el otro médico. El boticario le respondió
que allí tenia una receta de purga que el dia siguiente habia de tomar
el enfermo; dijo que se la mostrase, y vió que al fin della estaba
escrito: _sumat diluculo_, y dijo: Todo lo que lleva esta purga me
contenta, sino es este _diluculo_, porque es húmido demasiadamente.
Por estas y otras cosas que decia de todos los oficios se andaban tras
él sin hacerle mal y sin dejarle sosegar; pero con todo esto no se
pudiera defender de los muchachos, si su guardian no le defendiera.
Preguntóle uno qué haria para no tener envidia á nadie.
Respondióle:
--Duerme; que todo el tiempo que durmieres, serás igual al que envidias.
Otro le preguntó qué remedio tendria para salir con una comision que
habia dos años que la pretendia. Y díjole:
--Parte á caballo y á la mira de quien la lleva, y acompáñale hasta
salir de la ciudad, y así saldrás con ella.
Pasó acaso una vez por delante donde él estaba un juez de comision, que
iba de camino á una causa criminal, y llevaba mucha gente consigo y dos
alguaciles; preguntó quién era, y como se lo dijeron, dijo:
--Yo apostaré que lleva aquel juez víboras en el seno, pistoletes en
la tinta y rayos en las manos, para destruir todo lo que alcanzare
su comision. Yo me acuerdo haber tenido un amigo que en una comision
criminal que tuvo dió una sentencia tan exorbitante, que escedia en
muchos quilates á la culpa de los delincuentes: preguntéle que por
qué habia dado aquella tan cruel sentencia y hecho tan manifiesta
injusticia. Respondióme que pensaba otorgar la apelacion, y que con
esto dejaba campo abierto á los señores del consejo para mostrar su
misericordia, moderando y poniendo aquella su rigurosa sentencia en su
punto y debida proporcion. Yo le respondí que mejor fuera haberla dado
de manera que les quitara de aquel trabajo, pues con esto le tuvieran á
él por juez recto y acertado.
En la rueda de la mucha gente, que como se ha dicho siempre le estaba
oyendo, estaba un conocido suyo en hábito de letrado, al cual otro le
llamó señor licenciado, y sabiendo Vidriera que el tal á quien llamaron
licenciado no tenia ni aun título de bachiller, le dijo:
--Guardáos, compadre, no encuentren con vuestro título los frailes de
la redencion de cautivos, que os le llevarán por mostrenco.
Á lo cual dijo el amigo:
--Tratémonos bien, señor Vidriera, pues ya sabeis vos que soy hombre de
altas y de profundas letras.
Respondióle Vidriera:
--Ya yo sé que sois un Tántalo en ellas, porque se os van por altas, y
no las alcanzais de profundas.
Estando una vez arrimado á la tienda de un sastre, vióle que estaba
mano sobre mano, y díjole:
--Sin duda, señor maese, que estais en camino de salvacion.
--¿En qué lo veis? preguntó el sastre.
--¿En qué lo veo? respondió Vidriera: véolo en que pues no teneis qué
hacer, no tendréis ocasion de mentir.
Y añadió:
--Desdichado del sastre que no miente, y cose las fiestas: cosa
maravillosa es, que casi en todos los deste oficio apénas se hallará
uno que haga un vestido justo, habiendo tantos que los hagan pecadores.
De los zapateros decia que jamas hacian conforme á su parecer zapato
malo; porque si al que se le calzaba venia estrecho y apretado, le
decian que así habia de ser por ser de galanes calzar justo, y que en
trayéndolos dos horas, vendrian mas anchos que alpargates; y si le
venian anchos, decian que así habian de venir por amor de la gota.
Un muchacho agudo, que escribia en un oficio de provincia, le apretaba
mucho con preguntas y demandas, y le traia nuevas de lo que en la
ciudad pasaba, porque sobre todo discantaba, y á todo respondia. Este
le dijo una vez:
--Vidriera, esta noche se murió en la cárcel un banco que estaba
condenado á ahorcar.
Á lo cual respondió:
--Él hizo bien á darse priesa á morir ántes que el verdugo se sentara
sobre él.
En la acera de San Francisco estaba un corro de genoveses, y pasando
por allí, uno dellos le llamó, diciéndole:
--Lléguese acá el señor Vidriera, y cuéntenos un cuento.
Él respondió:
--No quiero, porque no me le paseis á Génova[2].