Todas estas razones oyeron los circunstantes, y el asistente, y

vicario, y provisor del arzobispo, y de oirlas se admiraron y

suspendieron, y quisieron que luego se les dijese qué historia era

aquella, qué estranjero aquel, y de qué casamiento trataban. Á todo

lo cual respondió el padre de Isabela, diciendo que aquella historia

pedia otro lugar y algun término para decirse; y así suplicaba á todos

aquellos que quisiesen saberla, diesen la vuelta á su casa, pues estaba

tan cerca, que allí se la contarian de modo que con la verdad quedasen

satisfechos, y con la grandeza y estrañeza de aquel suceso admirados.

En esto, uno de los presentes alzó la voz, diciendo:

--Señores, este mancebo es un gran cosario inglés, que yo le conozco, y

es aquel que habrá poco mas de dos años tomó á los cosarios de Argel

la nave de Portugal que venia de las Indias: no hay duda sino que es

él, que yo le conozco; porque él me dió libertad y dineros para venir á

España, y no solo á mí, sino á otros trescientos cautivos.

Con estas razones se alborotó la gente, y se avivó el deseo que todos

tenian de saber y ver la claridad de tan intricadas cosas. Finalmente,

la gente mas principal con el asistente y aquellos dos señores

eclesiásticos volvieron á acompañar á Isabela á su casa, dejando á las

monjas tristes, confusas y llorando por lo que perdian en no tener

en su compañía á la hermosa Isabela, la cual estando en su casa, en

una gran sala della hizo que aquellos señores se sentasen; y aunque

Ricaredo quiso tomar la mano en contar su historia, todavía le pareció

que era mejor fiarlo de la lengua y discrecion de Isabela, y no de la

suya, que no muy espertamente hablaba la lengua castellana.

Callaron todos los presentes, y teniendo las almas pendientes de las

razones de Isabela, ella así comenzó su cuento: el cual le reduzco yo á

que dijo todo aquello que, desde el dia que Clotaldo la robó de Cádiz

hasta que entró y volvió á él, le habia sucedido, contando asimismo

la batalla que Ricaredo habia tenido con los turcos: la liberalidad

que habia usado con los cristianos: la palabra que entrambos á dos se

habian dado de ser marido y mujer: la promesa de los dos años: las

nuevas que habia tenido de su muerte, tan ciertas á su parecer, que la

pusieron en el término que habian visto de ser religiosa: engrandeció

la liberalidad de la reina: la cristiandad de Ricaredo y de sus padres;

y acabó con decir que dijese Ricaredo lo que le habia sucedido despues

que salió de Lóndres hasta el punto presente, donde le veian con hábito

de cautivo, y con una señal de haber sido rescatado por limosna.

--Así es, dijo Ricaredo, y en breves razones sumaré los inmensos

trabajos mios.

Despues que me partí de Lóndres por escusar el casamiento que no

podia hacer con Clisterna, aquella doncella escocesa católica con

quien ha dicho Isabela que mis padres me querian casar, llevando en

mi compañía á Guillarte, aquel paje que mi madre escribe que llevó á

Lóndres las nuevas de mi muerte, atravesando por Francia llegué á Roma,

donde se alegró mi alma y se fortaleció mi fe: besé los piés al Sumo

Pontífice, confesé mis pecados con el mayor penitenciero, absolvióme

dellos, y dióme los recaudos necesarios que diesen fe de mi confesion

y penitencia, y de la reduccion que habia hecho á nuestra universal

madre la Iglesia. Hecho esto, visité los lugares tan santos como

innumerables que hay en aquella ciudad santa, y de dos mil escudos que

tenia en oro, di los mil y seiscientos á un cambio, que me los libró

en esta ciudad sobre un tal Roqui, florentin: con los cuatrocientos

que me quedaron, con intencion de venir á España me partí para Génova,

donde habia tenido nuevas que estaban dos galeras de aquella señoría,

de partida para España. Llegué con Guillarte mi criado á un lugar que

se llama Aquapendente, que viniendo de Roma á Florencia es el último

que tiene el Papa, y en una hostería ó posada donde me apeé, hallé al

conde Arnesto, mi mortal enemigo, que con cuatro criados disfrazados, y

encubierto, mas por ser curioso que por ser católico, entendí que iba á

Roma; creí sin duda que no me habia conocido; encerréme en un aposento

con mi criado, y estuve con cuidado y con determinacion de mudarme á

otra posada en cerrando la noche: no lo hice ansí, porque el descuido

grande que noté que tenian el conde y sus criados, me aseguró que no

me habian conocido; cené en mi aposento, cerré la puerta, apercebí mi

espada, encomendéme á Dios y no quise acostarme; durmióse mi criado,

y yo sobre una silla me quedé medio dormido; mas poco despues de la

media noche me despertaron para hacerme dormir el eterno sueño cuatro

pistoletes que, como despues supe, dispararon contra mí el conde y sus

criados, y dejándome por muerto, teniendo ya á punto los caballos se

fueron, diciendo al huésped de la posada que me enterrase, porque era

hombre principal.

Mi criado, segun dijo despues el huésped, despertó al ruido, y con

el miedo se arrojó por una ventana que caia á un patio, y diciendo:

¡desventurado de mí, que han muerto á mi señor! se salió del meson; y

debió de ser con tal miedo, que no debió de parar hasta Lóndres, pues

él fué el que llevó las nuevas de mi muerte.

Subieron los de la hostería, y halláronme atravesado con cuatro balas,

y con muchos perdigones; pero todos por partes, que de ninguna fué

mortal la herida. Pedí confesion, y todos los sacramentos como católico

cristiano; diéronmelos, curáronme, y no estuve para ponerme en camino

en dos meses, al cabo de los cuales vine á Génova, donde no hallé otro

pasaje, sino en dos falucas que fletamos yo y otros dos principales

españoles, la una para que fuese delante descubriendo, y la otra donde

nosotros fuésemos.

Con esta seguridad nos embarcamos, navegando tierra á tierra con

intencion de no engolfarnos; pero llegando á un paraje que llaman las

Tres Marías, que es en la costa de Francia, yendo nuestra primera

faluca descubriendo, á deshora salieron de una cala dos galeotas

turquescas, y tomándonos la una la mar y la otra la tierra, cuando

íbamos á embestir en ella nos cortaron el camino, y nos cautivaron:

en entrando en la galeota nos desnudaron hasta dejarnos en carnes:

despojaron las falucas de cuanto llevaban, y dejáronlas embestir en

tierra sin echarlas á fondo, diciendo que aquellas les servirian

otra vez de traer otra galima, que con este nombre llaman ellos á los

despojos que de los cristianos toman: bien se me podrá creer, si digo

que sentí en el alma mi cautiverio, y sobre todo la pérdida de los

recaudos de Roma, donde en una caja de lata los traia, con la cédula de

los mil y seiscientos ducados; mas la buena suerte quiso que viniese á

manos de un cristiano cautivo español, que los guardó; que si viniera

á poder de los turcos, por lo ménos habia de dar por mi rescate lo que

rezaba la cédula, que ellos averiguarian cuya era.

Trujéronnos á Argel, donde hallé que estaban rescatando los padres

de la Santísima Trinidad: hablélos, díjeles quién era, y movidos de

caridad, aunque yo era estranjero, me rescataron en esta forma: que

dieron por mí trescientos ducados, los ciento luego, y los doscientos

cuando volviese el bajel de la limosna á rescatar al padre de la

redencion, que se quedaba en Argel empeñado en cuatro mil ducados, que

habia gastado mas de los que traia; porque á toda esta misericordia

y liberalidad se estiende la caridad destos padres, que dan su

libertad por la ajena, y se quedan cautivos por rescatar los cautivos.

Por añadidura del bien de mi libertad hallé la caja perdida, con

los recaudos y la cédula: mostrésela al bendito padre que me habia

rescatado, y ofrecíle quinientos ducados mas de los de mi rescate

para ayuda de su empeño. Casi un año se tardó en volver la nave de

la limosna; y lo que en este año me pasó, á poderlo contar ahora,

fuera otra nueva historia: solo diré que fuí conocido de uno de los

veinte turcos, que di libertad con los demas cristianos ya referidos,

y fué tan agradecido y tan hombre de bien, que no quiso descubrirme;

porque á conocerme los turcos por aquel que habia echado á fondo sus

dos bajeles, y quitádoles de las manos la gran nave de India, ó me

presentaran al Gran Turco, ó me quitaran la vida; y de presentarme

al Gran Señor redundara no tener libertad en mi vida. Finalmente, el

padre redentor vino á España conmigo, y con otros cincuenta cristianos

rescatados. En Valencia hicimos la procesion general, y desde allí cada

uno se partió donde mas le plugo, con las insignias de su libertad,

que son estos hábitos: hoy llegué á esta ciudad con tanto deseo de ver

á Isabela mi esposa, que sin detenerme á otra cosa, pregunté por este

monasterio, donde me habian de dar nuevas de mi esposa: lo que en él me

ha sucedido ya se ha visto: lo que queda por ver son estos recaudos,

para que se pueda tener por verdadera mi historia, que tiene tanto de

milagrosa como de verdadera.

Y luego en diciendo esto, sacó de una caja de lata los recaudos que

decia, y se los puso en las manos del provisor, que los vió junto con

el señor asistente, y no halló en ellos cosa que le hiciese dudar

de la verdad que Ricaredo habia contado. Y para mas confirmacion

della, ordenó el cielo que se hallase presente á todo esto el mercader

florentin, sobre quien venia la cédula de los mil y seiscientos

ducados, el cual pidió que le mostrasen la cédula, y mostrándosela la

reconoció, y la aceptó para luego, porque él muchos meses habia que

tenia aviso desta partida: todo esto fué añadir admiracion á admiracion

y espanto á espanto. Ricaredo dijo que de nuevo ofrecia los quinientos

ducados que habia prometido. Abrazó el asistente á Ricaredo y á los

padres de Isabela, y á ella, ofreciéndoseles á todos con corteses

razones. Lo mismo hicieron los dos señores eclesiásticos, y rogaron

á Isabela que pusiese toda aquella historia por escrito, para que la

leyese su señor al arzobispo, y ella lo prometió.

El grande silencio que todos los circunstantes habian tenido,

escuchando el estraño caso, se rompió en dar alabanzas á Dios por sus

grandes maravillas, y dando desde el mayor hasta el mas pequeño el

parabien á Isabela, á Ricaredo y á sus padres, los dejaron: y ellos

suplicaron al asistente honrase sus bodas, que de allí á ocho dias

pensaban hacerlas. Holgó de hacerlo así el asistente, y de allí á ocho

dias, acompañado de los mas principales de la ciudad, se halló en ellas.

Por estos rodeos y por estas circunstancias, los padres de Isabela

cobraron su hija y restauraron su hacienda, y ella favorecida del cielo

y ayudada de sus muchas virtudes, á despecho de tantos inconvenientes

halló marido tan principal como Ricaredo, en cuya compañía se piensa

que aun hoy vive en las casas que alquilaron frontero de Santa Paula,

que despues las compraron de los herederos de un hidalgo burgales, que

se llamaba Hernando de Cifuentes.

Esta novela nos podria enseñar cuánto puede la virtud y cuánto la

hermosura, pues son bastante juntas y cada una de por sí á enamorar aun

hasta los mismos enemigos, y de cómo sabe el cielo sacar de las mayores

adversidades nuestras, nuestros mayores provechos.

EL LICENCIADO VIDRIERA.

Paseándose dos caballeros estudiantes por las riberas del Tórmes,

hallaron en ellas debajo de un árbol durmiendo á un muchacho de hasta

edad de once años, vestido como labrador: mandaron á un criado que

le despertase: despertó, y preguntáronle de adónde era y qué hacia

durmiendo en aquella soledad; á lo cual el muchacho respondió, que

el nombre de su tierra se le habia olvidado, y que iba á la ciudad

de Salamanca á buscar un amo á quien servir, por solo que le diese

estudio. Preguntáronle si sabia leer; respondió que sí, y escribir

tambien.

--Desa manera, dijo uno de los caballeros, no es por falta de memoria

habérsete olvidado el nombre de tu patria.

--Sea por lo que fuere, respondió el muchacho, que ni el della, ni el

de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos á ellos y á

ella.

--Pues ¿de qué suerte los piensas honrar? preguntó el caballero.

--Con mis estudios, respondió el muchacho, siendo famoso por ellos;

porque yo he oido decir que de los hombres se hacen los obispos.

Esta respuesta movió á los dos caballeros á que le recebiesen y

llevasen consigo, como lo hicieron; dándole estudio de la manera que

se usa dar en aquella universidad á los criados que sirven. Dijo el

muchacho que se llamaba Tomas Rodaja, de donde infirieron sus amos por

el nombre y por el vestido, que debia de ser hijo de algun labrador

pobre. Á pocos dias le vistieron de negro, y á pocas semanas dió

Tomas muestras de tener raro ingenio, sirviendo á sus amos con tanta

fidelidad, puntualidad y diligencia, que con no faltar un punto á sus

estudios, parecia que solo se ocupaba en servirlos; y como el buen

servir del siervo mueve la voluntad del señor á tratarle bien, ya Tomas

no era criado de sus amos, sino su compañero. Finalmente, en ocho años

que estuvo con ellos se hizo tan famoso en la universidad por su buen

ingenio y notable habilidad, que de todo género de gentes era estimado

y querido.

Su principal estudio fué de leyes; pero en lo que mas se mostraba era

en letras humanas: y tenia tan felice memoria, que era cosa de espanto,

é ilustrábala tanto con su buen entendimiento, que no era ménos famoso

por él que por ella.

Sucedió que se llegó el tiempo que sus amos acabaron sus estudios, y se

fueron á su lugar, que era una de las mejores ciudades de Andalucía:

lleváronse consigo á Tomas, y estuvo con ellos algunos dias; pero

como le fatigasen los deseos de volver á sus estudios y á Salamanca

(que enhechiza la voluntad de volver á ella á todos los que de la

apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió á sus amos licencia

para volverse. Ellos corteses y liberales se la dieron, acomodándole de

suerte que con lo que le dieron se pudiera sustentar tres años.

Despidióse dellos, mostrando en sus palabras su agradecimiento, y salió

de Málaga (que esta era la patria de sus señores), y al bajar de la

cuesta de la Zambra, camino de Antequera, se topó con un gentil hombre,

á caballo, vestido bizarramente de camino, con dos criados tambien á

caballo. Juntóse con él, y supo como llevaba su mismo viaje: hicieron

camarada, departieron de diversas cosas, y á pocos lances dió Tomas

muestras de su raro ingenio, y el caballero las dió de su bizarría y

cortesano trato; y dijo que era capitan de infantería por su Majestad,

y que su alférez estaba haciendo la compañía en tierra de Salamanca:

alabó la vida de la soldadesca, pintóle muy al vivo la belleza de la

ciudad de Nápoles, las holguras de Palermo, la abundancia de Milan,

los festines de Lombardía, las espléndidas comidas de las hosterías:

dibujóle dulce y puntualmente el aconcha patron, pasa acá manigoldo,

venga la macarela, li polastri, é li macarroni: puso las alabanzas en

el cielo de la vida libre del soldado, y de la libertad de Italia; pero

no le dijo nada del frio de las centinelas, del peligro de los asaltos,

del espanto de las batallas, de la hambre de los cercos, de la ruina de

las minas, con otras cosas deste jaez, que algunos las toman y tienen

por añadiduras del peso de la soldadesca, y son la carga principal

della. En resolucion tantas cosas le dijo, y tan bien dichas, que la

discrecion de nuestro Tomas Rodaja comenzó á titubear, y la voluntad á

aficionarse á aquella vida que tan cerca tiene la muerte.

El capitan, que D. Diego de Valdivia se llamaba, contentísimo de la

buena presencia, ingenio y desenvoltura de Tomas, le rogó que se fuese

con él á Italia, siquiera por curiosidad de verla, que él le ofrecia su

mesa, y aun si fuese necesario su bandera, porque su alférez la habia

de dejar presto. Poco fué menester para que Tomas aceptase el envite,

haciendo consigo en un instante un breve discurso, de que seria bueno

ver á Italia y Flándes, y otras diversas tierras y países, pues las

luengas peregrinaciones hacen á los hombres discretos, y que en esto á

lo mas largo podia gastar tres ó cuatro años, que añadidos á los pocos

que él tenia, no serian tantos que impidiesen volver á sus estudios:

y como si todo hubiera de suceder á la medida de su gusto, dijo al

capitan que era contento de irse con él á Italia; pero habia de ser

con condicion que no se habia de sentar debajo de bandera, ni poner en

lista de soldado, por no obligarse á seguir su bandera. Y aunque el

capitan le dijo que no importaba ponerse en lista, que ansí gozaria de

los socorros y pagas que á la compañía se diesen, porque él le daria

licencia todas las veces que se la pidiese.

--Eso seria, dijo Tomas, ir contra mi conciencia y contra la del señor

capitan, y así mas quiero ir suelto que obligado.

--Conciencia tan escrupulosa, dijo D. Diego, mas es de religioso que de

soldado; pero como quiera que sea, ya somos camaradas.

Llegaron aquella noche á Antequera, y en pocos dias y grandes jornadas

se pusieron donde estaba la compañía, ya acabada de hacer, y que

comenzaba á marchar la vuelta de Cartagena, alojándose ella y otras

cuatro por los lugares que les venian á mano. Allí notó Tomas la

autoridad de los comisarios, la comodidad de algunos capitanes, la

solicitud de los aposentadores, la industria y cuenta de los pagadores,

las quejas de los pueblos, el rescatar de las boletas, las insolencias

de los bisoños, las pendencias de los huéspedes, el pedir bagajes mas

de los necesarios, y finalmente la necesidad casi precisa de hacer todo

aquello que notaba y mal le parecia.

Habíase vestido Tomas de papagayo, renunciando los hábitos de

estudiante, y púsose á lo de Dios es Cristo, como se suele decir. Los

muchos libros que tenia los redujo á unas Horas de Nuestra Señora, y un

Garcilaso sin comento, que en las dos faldriqueras llevaba.

Llegaron mas presto de lo que quisieran á Cartagena, porque la vida de

los alojamientos es ancha y varia, y cada dia se topan cosas nuevas

y gustosas. Allí se embarcaron en cuatro galeras de Nápoles, y allí

notó tambien Tomas Rodaja la estraña vida de aquellas marítimas casas,

adonde lo mas del tiempo maltratan las chinches, roban los forzados,

enfadan los marineros, destruyen los ratones y fatigan las maretas.

Pusiéronle temor las grandes borrascas y tormentas, especialmente en

el golfo de Leon, que tuvieron dos: que la una los echó en Córcega, y

la otra los volvió á Tolon, en Francia. En fin, trasnochados, mojados

y con ojeras llegaron á la hermosa y bellísima ciudad de Génova, y

desembarcándose en su recogido mandrache, despues de haber visitado

una iglesia, dió el capitan con todos sus camaradas en una hostería,

donde pusieron en olvido todas las borrascas pasadas, con el presente

gaudeamus.

Allí conocieron la suavidad del treviano, el valor del monte frascon,

la ninerca del Asperino, la generosidad de los dos griegos Candía y

Soma, la grandeza del de las cinco viñas, la dulzura y apacibilidad de

la señora Garnacha, la rusticidad de la chéntola, sin que entre todos

estos señores osase parecer la bajeza del romanesco. Y habiendo hecho

el huésped la reseña de tantos y tan diferentes vinos, se ofreció de

hacer parecer allí, sin usar de tropelía ni como pintados en mapa, sino

real y verdaderamente, á Madrigal, Coca, Alaejos, y á la imperial mas

que real ciudad, recámara del dios de la risa: ofreció á Esquivias, á

Alanis, á Cazalla, Guadalcanal y la Membrilla, sin que se olvidase de

Ribadavia y de Descargamaria. Finalmente, mas vinos nombró el huésped,

y mas les dió que pudo tener en sus bodegas el mismo Baco.

Admiráronle tambien al buen Tomas los rubios cabellos de las genovesas,

y la gentileza y gallarda disposicion de los hombres, la admirable

belleza de la ciudad, que en aquellas peñas parece que tiene las casas

engastadas como diamantes en oro.

Otro dia se desembarcaron todas las compañías que habian de ir al

Piamonte; pero no quiso Tomas hacer este viaje, sino irse desde allí

por tierra á Roma y á Nápoles, como lo hizo, quedando de volver por la

gran Venecia, y por Loreto á Milan y al Piamonte, donde dijo D. Diego

de Valdivia que le hallaria, si ya no los hubiesen llevado á Flándes,

segun se decia. Despidióse Tomas del capitan de allí á dos dias, y en

cinco llegó á Florencia, habiendo visto primero á Luca, ciudad pequeña,

pero muy bien hecha, y en la que mejor que en otras partes de Italia

son bien vistos y agasajados los españoles.

Contentóle Florencia en estremo, así por su agradable asiento como

por su limpieza, suntuosos edificios, fresco rio y apacibles calles:

estuvo en ella cuatro dias, y luego se partió á Roma, reina de las

ciudades y señora del mundo. Visitó sus templos, adoró sus reliquias

y admiró su grandeza; y así como por las uñas del leon se viene en

conocimiento de su grandeza y ferocidad, así él sacó la de Roma por sus

despedazados mármoles, medias y enteras estatuas, por sus rotos arcos y

derribadas termas, por sus magníficos pórticos y anfiteatros grandes,

por su famoso y santo rio, que siempre llena sus márgenes de agua, y

las beatifica con las infinitas reliquias de cuerpos de mártires que

en ellas tuvieron sepultura: por sus puentes, que parece que se están

mirando unas á otras, y por sus calles que con solo el nombre cobran

autoridad sobre todas las de las otras ciudades del mundo: la via Apia,

la Flaminia, la Julia, con otras de este jaez. Pues no le admiraba

ménos la division de sus montes dentro de sí misma: el Celio, el

Quirinal y el Vaticano, con los otros cuatro, cuyos nombres manifiestan

la grandeza y majestad romana. Notó tambien la autoridad del colegio de

los cardenales, la majestad del Sumo Pontífice, el concurso y variedad

de gentes y naciones. Todo lo miró, y notó, y puso en su punto. Y

habiendo andado la estacion de las siete iglesias, y confesádose con

un penitenciero y besado el pié á su Santidad, lleno de _agnusdei_ y

cuentas determinó irse á Nápoles, y por ser tiempo de mutacion, malo

y dañoso para todos los que en él entran ó salen de Roma como hayan

caminado por tierra, se fué por mar á Nápoles, donde á la admiracion

que traia de haber visto á Roma, añadió la que le causó ver á Nápoles,

ciudad á su parecer y al de todos cuantos la han visto, la mejor de

Europa, y aun de todo el mundo.

Desde allí se fué á Sicilia, y vió á Palermo, y despues á Mesina: de

Palermo le pareció bien el asiento y belleza, y de Mesina el puerto,

y de toda la isla la abundancia, por quien propiamente y con verdad

es llamada granero de Italia. Volvióse á Nápoles y á Roma, y de allí

fué á Nuestra Señora de Loreto, en cuyo santo templo no vió paredes

ni murallas, porque todas estaban cubiertas de muletas, de mortajas,

de cadenas, de grillos, de esposas, de cabelleras, de medios bultos

de cera, y de pinturas y retratos que daban manifiesto indicio de las

innumerables mercedes que muchos habian recebido de la mano de Dios

por intercesion de su divina Madre, que aquella sacrosanta imágen

suya quiso engrandecer y autorizar con muchedumbre de milagros, en

recompensa de la devocion que le tienen aquellos que con semejantes

doseles tienen adornados los muros de su casa. Vió el mismo aposento y

estancia donde se relató la mas alta embajada y de mas importancia, que

vieron y no entendieron todos los cielos, y todos los ángeles y todos

los moradores de las moradas sempiternas.

Desde allí, embarcándose en Ancona, fué á Venecia, ciudad, que á no

haber nacido Colon en el mundo, no tuviera en él semejante; merced al

cielo y al gran Hernando Cortés, que conquistó la gran Méjico para

que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le opusiese.

Estas dos famosas ciudades se parecen en las calles, que son todas de

agua: la de Europa admiracion del mundo antiguo, la de América espanto

del mundo nuevo. Parecióle que su riqueza era infinita, su gobierno

prudente, su sitio inespugnable, su abundancia mucha, sus contornos

alegres, y finalmente toda ella en sí y en sus partes digna de la fama

que de su valor por todas las partes del orbe se estiende, dando causa

de acreditar mas esta verdad la máquina de su famoso arsenal, que es el

lugar donde se fabrican las galeras, con otros bajeles que no tienen

número. Por poco fueran los de Calipso los regalos y pasatiempos que

halló nuestro curioso viajero en Venecia, pues casi le hacian olvidar

de su primer intento. Pero habiendo estado un mes en ella, por Ferrara,

Parma y Plasencia volvió á Milan, oficina de Vulcano, ojeriza del reino

de Francia, ciudad en fin de quien se dice, que puede decir y hacer,

haciéndola magnífica la grandeza suya y de su templo, y su maravillosa

abundancia de todas las cosas á la vida humana necesarias.

Desde allí se fué á Aste, y llegó á tiempo que otro dia marchaba el

tercio á Flándes. Fué muy bien recebido de su amigo el capitan, y en

su compañía y camarada pasó á Flándes, y llegó á Ambéres, ciudad no

ménos para maravillar que las que habia visto en Italia. Vió á Gante y

á Bruselas, y vió que todo el país se disponia á tomar las armas para

salir en campaña el verano siguiente.

Novelas ejemplares · 第 16 / 41 段