tienen como me ves; si no quieres que deje la vida en manos de las
mayores penas que pueden imaginarse, responda el tuyo á mi buen deseo,
que no es otro que el de recebirte por mi esposa á hurto de mis padres,
de los cuales temo que, por no conocer lo que yo conozco que mereces,
me han de negar el bien que tanto me importa: si me das la palabra de
ser mia, yo te la doy desde luego como verdadero y católico cristiano
de ser tuyo; que puesto que no llegue á gozarte, como no llegaré hasta
que con bendicion de la Iglesia y de mis padres sea, aquel imaginar
que con seguridad eres mia, será bastante á darme salud y á mantenerme
alegre y contento hasta que llegue el feliz punto que deseo.
En tanto que esto dijo Ricaredo, estuvo escuchándole Isabela los ojos
bajos, mostrando en aquel punto que su honestidad se igualaba á su
hermosura, y á su mucha discrecion su recato; y así viendo que Ricaredo
callaba, honesta, hermosa y discreta le respondió desta suerte:
--Despues que quiso el rigor ó la clemencia del cielo (que no sé á cuál
destos estremos lo atribuya) quitarme á mis padres, señor Ricaredo, y
darme á los vuestros, agradecida á las infinitas mercedes que me han
hecho, determiné que jamas mi voluntad saliese de la suya, y así sin
ella tendria no por buena, sino por mala fortuna la inestimable merced
que quereis hacerme; si con su sabiduría fuere yo tan venturosa que os
merezca, desde aquí os ofrezco la voluntad que ellos me dieren, y en
tanto que esto se dilate, ó no fuere, entretenga vuestros deseos saber
que los mios serán eternos y limpios en desearos el bien que el cielo
puede daros.
Aquí puso silencio Isabela á sus honestas y discretas razones, y allí
comenzó la salud de Ricaredo, y comenzaron á revivir las esperanzas de
sus padres, que en su enfermedad muertas estaban.
Despidiéronse los dos cortésmente: él con lágrimas en los ojos, ella
con admiracion en el alma de ver tan rendida á su amor la de Ricaredo;
el cual levantado del lecho, al parecer de sus padres por milagro, no
quiso tenerles mas tiempo ocultos sus pensamientos; y así un dia se
los manifestó á su madre, diciéndole en el fin de su plática, que fué
larga, que si no le casaban con Isabela, que el negársela y darle la
muerte era todo una misma cosa: con tales encarecimientos subió al
cielo las virtudes de Isabela Ricaredo, que le pareció á su madre que
Isabela era la engañada en llevar á su hijo por esposo. Dió buenas
esperanzas á su hijo de disponer á su padre á que con gusto viniese en
lo que ya ella tambien venia; y así fué, que diciendo á su marido las
mismas razones que á ella habia dicho su hijo, con facilidad le movió á
querer lo que tanto su hijo deseaba, fabricando escusas que impidiesen
el casamiento que casi tenia concertado con la doncella de Escocia.
Á esta sazon tenia Isabela catorce, y Ricaredo veinte años, y en esta
tan verde y tan florida edad su mucha discrecion y conocida prudencia
los hacia ancianos.
Cuatro dias faltaban para llegarse aquel en el cual los padres de
Ricaredo querian que su hijo inclinase el cuello al yugo santo del
matrimonio, teniéndose por prudentes y dichosísimos de haber escogido á
su prisionera por su hija, teniendo en mas la dote de sus virtudes que
la mucha riqueza que con la escocesa se les ofrecia: las galas estaban
ya á punto, los parientes y los amigos convidados, y no faltaba otra
cosa sino hacer á la reina sabedora de aquel concierto, porque sin su
voluntad y consentimiento entre los de ilustre sangre no se efectúa
casamiento alguno; pero no dudaron de la licencia, y así se detuvieron
en pedirla. Digo pues que estando todo en este estado, cuando faltaban
los cuatro dias hasta el de la boda, una tarde turbó todo su regocijo
un ministro de la reina, que dió un recaudo á Clotaldo, que su Majestad
mandaba que otro dia por la mañana llevasen á su presencia á su
prisionera la española de Cádiz. Respondióle Clotaldo que de muy buena
gana haria lo que su Majestad le mandaba. Fuése el ministro, y dejó
llenos los pechos de todos de turbacion, de sobresalto y miedo.
--¡Ay, decia la señora Catalina, si sabe la reina que yo he criado á
esta niña á lo católico, de aquí viene á inferir que todos los desta
casa somos cristianos! pues si la reina le pregunta qué es lo que ha
aprendido en ocho años que ha que es prisionera, ¿qué ha de responder
la cuitada que no nos condene, por mas discrecion que tenga?
Oyendo lo cual Isabela, le dijo:
--No le dé pena alguna, señora mia, ese temor, que yo confío en el
cielo, que me ha de dar palabras en aquel instante por su divina
misericordia, que no solo no os condenen, sino que redunden en provecho
vuestro.
Temblaba Ricaredo, casi como adivino de algun mal suceso. Clotaldo
buscaba modos que pudiesen dar ánimo á su mucho temor, y no los hallaba
sino en la mucha confianza que en Dios tenia y en la prudencia de
Isabela, á quien encomendó mucho que por todas las vias que pudiese
escusase el condenallos por católicos; que puesto que estaban prontos
con el espíritu á recebir martirio, todavía la carne enferma rehusaba
su amarga carrera. Una y muchas veces les aseguró Isabela estuviesen
seguros que por su causa no sucederia lo que temian y sospechaban;
porque aunque ella entónces no sabia lo que habia de responder á las
preguntas que en tal caso le hiciesen, tenia viva y cierta esperanza
que habia de responder de modo que, como otra vez habia dicho, sus
respuestas les sirviesen de abono.
Discurrieron aquella noche en muchas cosas, especialmente en que si
la reina supiera que eran católicos, no les enviaria recaudo tan
manso, por donde se podia inferir que solo queria ver á Isabela, cuya
sin igual hermosura y habilidades habrian llegado á sus oidos como á
todos los de la ciudad; pero ya en no habérsela presentado se hallaban
culpados, de la cual culpa hallaron seria bien disculparse con decir,
que desde el punto que entró en su poder la escogieron y señalaron para
esposa de su hijo Ricaredo; pero tambien en esto se culpaban, por haber
hecho el casamiento sin licencia de la reina, aunque esta culpa no les
pareció digna de gran castigo.
Con esto se consolaron, y acordaron que Isabela no fuese vestida
humildemente como prisionera, sino como esposa, pues ya lo era de tan
principal esposo como su hijo.
Resueltos en esto, otro dia vistieron á Isabela á la española, con una
saya entera de raso verde acuchillada, y forrada en rica tela de oro,
tomadas las cuchilladas con unas eses de perlas, y toda ella bordada de
riquísimas perlas: collar y cintura de diamantes, y con abanico á modo
de las señoras damas españolas: sus mismos cabellos, que eran muchos,
rubios y largos, entretejidos y sembrados de diamantes y perlas,
le servian de tocado. Con este adorno riquísimo, y con su gallarda
disposicion y milagrosa belleza, se mostró aquel dia á Lóndres sobre
una hermosa carroza, llevando colgados de su vista las almas y los ojos
de cuantos la miraban. Iban con ella Clotaldo y su mujer, y Ricaredo
en la carroza, y á caballo muchos ilustres parientes suyos. Toda esta
honra quiso hacer Clotaldo á su prisionera, por obligar á la reina la
tratase como á esposa de su hijo.
Llegados pues á palacio, y á una gran sala donde la reina estaba, entró
por ella Isabela, dando de sí la mas hermosa muestra que pudo caber
en humana imaginacion. Era la sala grande y espaciosa, y á dos pasos
se quedó el acompañamiento, y se adelantó Isabela, y como quedó sola,
pareció lo mismo que parece la estrella ó exhalacion que por la region
del fuego en serena y sosegada noche suele moverse, ó bien ansí como
rayos del sol que al salir el dia, por entre dos montañas se descubre:
todo esto pareció, y aun cometa que pronosticó el incendio de mas de
una alma de los que allí estaban, á quien amor abrasó con los rayos de
los hermosos soles de Isabela. La cual, llena de humildad y cortesía,
se fué á poner de hinojos ante la reina, y en lengua inglesa le dijo:
--Dé vuestra Majestad las manos á esta su sierva, que desde hoy mas se
tendrá por señora, pues ha sido tan venturosa que ha llegado á ver la
grandeza vuestra.
Estúvola la reina mirando por un buen espacio, sin hablarle palabra,
pareciéndole, como despues dijo á su camarera, que tenia delante un
cielo estrellado, cuyas estrellas eran las muchas perlas y diamantes
que Isabela traia, su bello rostro y sus ojos el sol y la luna, y toda
ella una nueva maravilla de hermosura. Las damas que estaban con la
reina quisieran hacerse todas ojos, porque no les quedase cosa por
mirar en Isabela: cuál alababa la viveza de sus ojos, cuál la color del
rostro, cuál la gallardía del cuerpo y cuál la dulzura de la habla, y
tal hubo que de pura invidia, dijo:
--Buena es la española, pero no me contenta el traje.
Despues que pasó algun tanto la suspension de la reina, haciendo
levantar á Isabela, le dijo:
--Habladme en español, doncella, que yo le entiendo bien, y gustaré
dello.
Y volviéndose á Clotaldo, dijo:
--Clotaldo, agravio me habeis hecho en tenerme este tesoro tantos años
ha encubierto; mas él es tal que os habrá movido á codicia: obligado
estais á restituírmele, porque de derecho es mio.
--Señora, respondió Clotaldo, mucha verdad es lo que vuestra Majestad
dice: confieso mi culpa, si lo es haber guardado este tesoro á que
estuviese en la perfeccion que convenia para parecer ante los ojos
de vuestra Majestad; y ahora que lo está, pensaba traerle mejorado,
pidiendo licencia á vuestra Majestad, para que Isabela fuese esposa de
mi hijo Ricaredo, y daros, alta Majestad, en los dos todo cuanto puedo
daros.
--Hasta el nombre me contenta, respondió la reina; no le faltaba mas
sino llamarse Isabela la española, para que no me quedase nada de
perfeccion que desear en ella; pero advertid, Clotaldo, que sé que sin
mi licencia la teníades prometida á vuestro hijo.
--Así es verdad, señora, respondió Clotaldo; pero fué en confianza
que los muchos y relevados servicios que yo y mis pasados tenemos
hechos á esta corona, alcanzarian de vuestra Majestad otras mercedes
mas dificultosas que las desta licencia: cuanto mas que aun no está
desposado mi hijo.
--Ni lo estará, dijo la reina, con Isabela hasta que por sí mismo
lo merezca; quiero decir, que no quiero que para esto le aprovechen
vuestros servicios, ni de sus pasados: él por sí mismo se ha de
disponer á servirme, y á merecer por sí esta prenda, que yo la estimo
como si fuese mi hija.
Apénas oyó esta última palabra Isabela, cuando se volvió á hincar de
rodillas ante la reina, diciéndole en lengua castellana:
--Las desgracias que tales descuentos traen, serenísima señora, ántes
se han de tener por dichas que por desventuras: ya vuestra Majestad me
ha dado nombre de hija: sobre tal prenda ¿qué males podré temer, ó qué
bienes no podré esperar?
Con tanta gracia y donaire decia cuanto decia Isabela, que la reina se
le aficionó en estremo, y mandó que se quedase en su servicio, y se la
entregó á una gran señora, su camarera mayor, para que la enseñase el
modo de vivir suyo.
Ricaredo que se vió quitar la vida en quitarle á Isabela, estuvo á
pique de perder el juicio; y así temblando y con sobresalto se fué á
poner de rodillas ante la reina, á quien dijo:
--Para servir yo á vuestra Majestad no es menester incitarme con otros
premios que con aquellos que mis padres y mis pasados han alcanzado por
haber servido á sus reyes; pero pues vuestra Majestad gusta que yo la
sirva con nuevos deseos y pretensiones, querria saber en qué modo, en
qué ejercicio podré mostrar que cumplo con la obligacion en que vuestra
Majestad me pone.
--Dos navíos, respondió la Reina, están para partirse en corso, de los
cuales he hecho general al baron de Lansac: del uno dellos os hago á
vos capitan; porque la sangre de do venís me asegura que ha de suplir
la falta de vuestros años; y advertid á la merced que os hago, pues
os doy ocasion en ella á que correspondiendo á quien sois, sirviendo
á vuestra reina, mostreis el valor de vuestro ingenio y de vuestra
persona, y alcanceis el mejor premio que á mi parecer vos mismo podeis
acertar á desearos: yo misma os seré guarda de Isabela, aunque ella
da muestras que su honestidad será su mas verdadera guarda: id con
Dios, que pues vais enamorado, como imagino, grandes cosas me prometo
de vuestras hazañas: felice fuera el rey batallador que tuviera en su
ejército diez mil soldados amantes, que esperaran que el premio de sus
victorias habia de ser gozar de sus amadas. Levantáos, Ricaredo, y
mirad si teneis ó quereis decir algo á Isabela, porque mañana ha de ser
vuestra partida.
Besó las manos Ricaredo á la reina, estimando en mucho la merced que le
hacia, y luego se fué á hincar de rodillas ante Isabela, y queriéndola
hablar no pudo, porque se le puso un nudo en la garganta, que le ató la
lengua, y las lágrimas acudieron á los ojos, y él acudió á disimularlas
lo mas que le fué posible; pero con todo eso no se pudieron encubrir á
los ojos de la reina, pues dijo:
--No os afrenteis, Ricaredo, de llorar, ni os tengais en ménos por
haber dado en este trance tan tiernas muestras de vuestro corazon, que
una cosa es pelear con los enemigos, y otra despedirse de quien bien se
quiere: abrazad, Isabela, á Ricaredo, y dadle vuestra bendicion, que
bien lo merece su sentimiento.
Isabela, que estaba suspensa y atónita de ver la humildad y dolor de
Ricaredo, que como á su esposo le amaba, no entendió lo que la reina
le mandaba, ántes comenzó á derramar lágrimas tan sin pensar lo que
hacia, y tan ciega y tan sin movimiento alguno, que no parecia sino
que lloraba una estatua de alabastro. Estos afectos de los dos amantes,
tan tiernos y tan enamorados, hicieron verter lágrimas á muchos de los
circunstantes, y sin hablar mas palabra Ricaredo y sin haberle hablado
alguna á Isabela, haciendo Clotaldo y los que con él venian reverencia
á la reina, se salieron de la sala, llenos de compasion, de despecho y
de lágrimas.
Quedó Isabela como huérfana que acaba de enterrar sus padres, y con
temor que la nueva señora quisiese que mudase las costumbres en que
la primera la habia criado. En fin, se quedó, y de allí á dos dias
Ricaredo se hizo á la vela, combatido entre otros muchos de dos
pensamientos que le tenian fuera de sí: era el uno considerar que le
convenia hacer hazañas que le hiciesen merecedor de Isabela, y el
otro que no podia hacer ninguna, si habia de responder á su católico
intento, que le impedia no desenvainar la espada contra católicos, y
si no la desenvainaba, habia de ser notado de cristiano, ó de cobarde,
y todo esto redundaba en perjuicio de su vida y en obstáculo de su
pretension. Pero en fin, determinó de posponer al gusto de enamorado el
que tenia de ser católico, y en su corazon pedia al cielo le deparase
ocasiones, donde con ser valiente cumpliese con ser cristiano, dejando
á su reina satisfecha y á Isabela merecida.
Seis dias navegaron los dos navíos con próspero viento, siguiendo
la derrota de las islas Terceras, paraje donde nunca faltan ó naves
portuguesas de las Indias orientales, ó algunas derrotadas de las
occidentales. Y al cabo de los seis dias les dió de costado un recísimo
viento que en el mar Océano tiene otro nombre que en el Mediterráneo,
donde se llama mediodía, el cual viento fué tan durable y tan recio,
que sin dejarles tomar las islas, les fué forzoso correr á España; y
junto á su costa, á la boca del estrecho de Gibraltar, descubrieron
tres navíos, uno poderoso y grande, y los dos pequeños: arribó la nave
de Ricaredo á su capitana por saber de su general si queria embestir
á los tres navíos que se descubrian; y ántes que á ella llegase, vió
poner sobre la gavia mayor un estandarte negro, y llegándose mas cerca,
oyó que tocaban en la nave clarines y trompetas roncas, señales claras
ó que el general era muerto, ó alguna otra principal persona de la
nave. Con este sobresalto llegaron á poderse hablar, que no lo habian
hecho despues que salieron del puerto; dieron voces de la nave capitana
diciendo que el capitan Ricaredo pasase á ella, porque el general la
noche ántes habia muerto de una apoplejía. Todos se entristecieron, si
no fué Ricaredo que se alegró, no por el daño de su general, sino por
ver que quedaba él libre para mandar en los dos navíos; que así fué
la órden de la reina, que faltando el general, lo fuese Ricaredo, el
cual con presteza se pasó á la capitana, donde halló que unos lloraban
por el general muerto, y otros se alegraban con el vivo: finalmente los
unos y los otros le dieron luego la obediencia, y le aclamaron por su
general con breves ceremonias, no dando lugar á otra cosa dos de los
tres navíos que habian descubierto, los cuales desviándose del grande,
á las dos naves se venian.
Luego conocieron ser galeras y turquescas, por las medias lunas
que en las banderas traian, de que recebió gran gusto Ricaredo,
pareciéndole que aquella presa, si el cielo se la concediese, seria de
consideracion, sin haber ofendido á ningun católico. Las dos galeras
turquescas llegaron á reconocer los navíos ingleses, los cuales no
traian insignias de Ingalaterra, sino de España, por desmentir á quien
llegase á reconocellos, y no los tuviesen por navíos de cosarios.
Creyeron los turcos ser naves derrotadas de las Indias, y que con
facilidad las rendirian. Fuéronse entrando poco á poco, y de industria
los dejó llegar Ricaredo hasta tenerlos á gusto de su artillería, la
cual mandó disparar á tan buen tiempo, que con cinco balas dió en la
mitad de una de las galeras con tanta furia, que la abrió por medio
toda; dió luego á la banda, y comenzó á irse á pique sin poderse
remediar. La otra galera, viendo tan mal suceso, con mucha priesa le
dió cabo, y le llevó á poner debajo del costado del gran navío; pero
Ricaredo que tenia los suyos prestos y lijeros, que salian y entraban
como si tuvieran remos, mandando cargar de nuevo la artillería, los fué
siguiendo hasta la nave, lloviendo sobre ellos infinidad de balas.
Los de la galera abierta así como llegaron á la nave la desampararon,
y con priesa y celeridad procuraban acogerse á la nave. Lo cual visto
por Ricaredo, y que la galera sana se ocupaba con la rendida, cargó
sobre ella con sus dos navíos, y sin dejarla rodear ni valerse de los
remos, la puso en estrecho, que los turcos se aprovecharon ansimismo
del refugio de acogerse á la nave, no para defenderse en ella, sino por
escapar las vidas por entónces.
Los cristianos, de quien venian armadas las galeras, arrancando las
branzas y rompiendo las cadenas, mezclados con los turcos, tambien
se recogieron á la nave, y como iban subiendo por su costado, con la
arcabucería de los navíos los iban tirando como al blanco; á los turcos
no mas, que á los cristianos mandó Ricaredo que nadie los tirase. Desta
manera casi todos los mas turcos fueron muertos, y los que en la nave
entraron, por los cristianos que con ellos se mezclaron aprovechándose
de sus mismas armas, fueron hechos pedazos; que la fuerza de los
valientes cuando caen, se pasa á la flaqueza de los que se levantan:
y así con el calor que les daba á los cristianos pensar que los
navíos ingleses eran españoles, hicieron por su libertad maravillas.
Finalmente, habiendo muerto casi todos los turcos, algunos españoles
se pusieron á bordo del navío, y á grandes voces llamaron á los que
pensaban ser españoles, entrasen á gozar el premio del vencimiento.
Preguntándoles Ricaredo en español que ¿qué navío era aquel?
respondieron que era una nave que venia de la India de Portugal,
cargada de especería, y con tantas perlas y diamantes, que valia mas de
un millon de oro, y que con tormenta habia arribado á aquella parte,
toda destruida y sin artillería, por haberla echado á la mar la gente
enferma y casi muerta de sed y de hambre, y que aquellas dos galeras,
que eran del cosario Arnaute Mamí, el dia ántes la habian rendido, sin
haberse puesto en defensa, y que á lo que habian oido decir, por no
poder pasar tanta riqueza á sus dos bajeles, la llevaban á jorro para
meterla en el rio de Larache, que estaba allí cerca.
Ricaredo les respondió que si ellos pensaban que aquellos dos navíos
eran españoles, se engañaban, que no eran sino de la señora reina
de Ingalaterra, cuya nueva dió que pensar y que temer á los que la
oyeron, pensando, como era razon que pensasen, que de un lazo habian
caido en otro. Pero Ricaredo les dijo que no temiesen algun daño, y
que estuviesen ciertos de su libertad, con tal que no se pusiesen en
defensa.
--Ni es posible ponernos en ella, respondieron; porque, como se ha
dicho, este navío no tiene artillería, ni nosotros armas: así que nos
es forzoso acudir á la gentileza y liberalidad de vuestro general; pues
será justo que quien nos ha librado del insufrible cautiverio de los
turcos, lleve adelante tan gran merced y beneficio, pues le podrá hacer
famoso en todas las partes, que serán infinitas, donde llegare la nueva
desta memorable vitoria y de su liberalidad, mas de nosotros esperada
que temida.
No le parecieron mal á Ricaredo las razones del español, y llamando á
consejo los de su navío, les preguntó cómo haria para enviar todos los
cristianos á España, sin ponerse á peligro de algun siniestro suceso,
si el ser tantos les daba ánimo para levantarse. Pareceres hubo, que
los hiciese pasar uno á uno á su navío, y así como fuesen entrando
debajo de cubierta, matarles, y desta manera matarlos á todos, y llevar
la gran nave á Lóndres sin temor ni cuidado alguno.
Á esto respondió Ricaredo:
--Pues que Dios nos ha hecho tan gran merced en darnos tanta riqueza,
no quiero corresponderle con ánimo cruel y desagradecido, ni es bien
que lo que puedo remediar con la industria, lo remedie con la espada;
y así soy de parecer que ningun cristiano católico muera, no porque
los quiero bien, sino porque me quiero á mí muy bien, y querria que
esta hazaña de hoy ni á mí ni á vosotros, que en ella me habeis sido
compañeros, nos diese, mezclado con el nombre de valientes, el renombre
de crueles, porque nunca dijo bien la crueldad con la valentía: lo que
se ha de hacer es que toda la artillería de un navío destos se ha de
pasar á la gran nave portuguesa, sin dejar en el navío otras armas ni
otra cosa mas del bastimento, y no alejando la nave de nuestra gente,
la llevaremos á Ingalaterra, y los españoles se irán á España.
Nadie osó contradecir lo que Ricaredo habia propuesto, y algunos le
tuvieron por valiente y magnánimo y de buen entendimiento; otros le
juzgaron en sus corazones por mas católico que debia. Resuelto pues en
esto Ricaredo, pasó con cincuenta arcabuceros á la nave portuguesa,
todos alerta y con las cuerdas encendidas: halló en la nave casi
trecientas personas, de las que habian escapado de las galeras: pidió
luego el registro de la nave, y respondióle aquel mismo que desde el
borde le habló la vez primera, que el registro le habia tomado el
cosario de los bajeles, que con ellos se habia ahogado. Al instante
puso el torno en órden, y acostando su segundo bajel á la gran nave,
con maravillosa presteza y con fuerza de fortísimos cabestrantes,
pasaron la artillería del pequeño bajel á la mayor nave: luego
haciendo una breve plática á los cristianos, les mandó pasar al bajel
desembarazado, donde hallaron bastimento en abundancia para mas de
un mes y para mas gente; y así como se iban embarcando, dió á cada
uno cuatro escudos de oro españoles, que hizo traer de su navío, para
remediar en parte su necesidad cuando llegasen á tierra, que estaba tan
cerca, que las altas montañas de Ávila y Calpe desde allí se parecian.
Todos le dieron infinitas gracias por la merced que les hacia, y el
último que se iba á embarcar fué aquel que por los demas habia hablado,
el cual le dijo: