--Por mas ventura tuviera, valeroso caballero, que me llevaras contigo

á Ingalaterra, que no que me enviaras á España, porque aunque es mi

patria, y no habrá sino seis dias que della partí, no he de hallar en

ella otra cosa que no sea de ocasiones de tristezas y soledades mias:

sabrás, señor, que en la pérdida de Cádiz, que sucedió habrá quince

años, perdí una hija que los ingleses debieron de llevar á Ingalaterra,

y con ella perdí el descanso de mi vejez y la luz de mis ojos, que

despues que no la vieron, nunca han visto cosa que de su gusto sea:

el grave descontento en que me dejó su pérdida y la de la hacienda,

que tambien me faltó, me pusieron de manera, que ni mas quise, ni mas

pude ejercitar la mercancía, cuyo trato me habia puesto en opinion

de ser el mas rico mercader de toda la ciudad: y así era la verdad,

pues fuera del crédito, que pasaba de muchos centenares de millares

de escudos, valia mi hacienda dentro de las puertas de mi casa mas

de cincuenta mil ducados: todo lo perdí, y no hubiera perdido nada,

como no hubiera perdido á mi hija: tras esta general desgracia, y tan

particular mia, acudió la necesidad á fatigarme hasta tanto que no

pudiéndola resistir, mi mujer y yo, que es aquella triste que allí está

sentada, determinámos irnos á las Indias, comun refugio de los pobres

generosos; y habiéndonos embarcado en un navío de aviso seis dias ha, á

la salida de Cádiz dieron con el navío estos dos bajeles de cosarios, y

nos cautivaron, donde se renovó nuestra desgracia y se confirmó nuestra

desventura; y fuera mayor si los cosarios no hubieran tomado aquella

nave portuguesa, que los entretuvo hasta haber sucedido lo que él habia

visto.

Preguntóle Ricaredo cómo se llamaba su hija. Respondióle que Isabel.

Con esto acabó de confirmarse Ricaredo en lo que ya habia sospechado,

que era, que el que se lo contaba era el padre de su querida Isabela; y

sin darle algunas nuevas della, le dijo que de muy buena gana llevaria

á él y á su mujer á Lóndres, donde podria ser hallasen nuevas de la

que deseaban: hízolos pasar luego á su capitana, poniendo marineros y

guardas bastantes en la nao portuguesa. Aquella noche alzaron velas, y

se dieron priesa á apartarse de las costas de España, porque el navío

de los cautivos libres (entre los cuales tambien iban hasta veinte

turcos, á quien tambien Ricaredo dió libertad, por mostrar que mas

por su buena condicion y generoso ánimo se mostraba liberal, que por

forzarle amor que á los católicos tuviese) rogó á los españoles que

en la primera ocasion que se ofreciese, diesen entera libertad á los

turcos, que ansimismo se le mostraron agradecidos.

El viento, que daba señales de ser próspero y largo, comenzó á calmar

un tanto, cuya calma levantó gran tormenta de temor en los ingleses,

que culpaban á Ricaredo y á su liberalidad, diciéndole que los libres

podian dar aviso en España de aquel suceso, y que si acaso habia

galeones de armada en el puerto, podian salir en su busca, y ponerlos

en aprieto, y en término de perderse. Bien conocia Ricaredo que tenian

razon; pero venciéndolos á todos con buenas razones, los sosegó; pero

mas los quietó el viento que volvió á refrescar de modo, que dándole

en todas las velas, sin tener necesidad de amainallas ni aun de

templallas, dentro de nueve dias se hallaron á la vista de Lóndres, y

cuando en él victoriosos volvieron, habria treinta que dél faltaban.

No quiso Ricaredo entrar en el puerto con muestras de alegría, por la

muerte de su general, y así mezcló las señales alegres con las tristes:

unas veces sonaban clarines regocijados, otras trompetas roncas:

unas tocaban los atambores alegres y sobresaltadas armas, á quien

con señas tristes y lamentables respondian los pífanos: de una gavia

colgada puesta al reves una bandera de medias lunas sembrada: en otra

se veia un luengo estandarte de tafetan negro, cuyas puntas besaban el

agua. Finalmente, con estos tan contrarios estremos entró en el rio

de Lóndres con su navío, porque la nave no tuvo fondo en él que la

sufriese; y así se quedó en la mar á lo largo.

Estas tan contrarias muestras y señales tenian suspenso el infinito

pueblo que desde la ribera les miraba: bien conocieron por algunas

insignias que aquel navío menor era la capitana del baron de Lansac,

mas no podian alcanzar cómo el otro navío se hubiese cambiado con

aquella poderosa nave, que en la mar se quedaba; pero sacólos desta

duda haber saltado en el esquife, armado de todas armas, ricas y

resplandecientes, el valeroso Ricaredo, que á pié, sin esperar otro

acompañamiento que aquel de un innumerable vulgo que le seguia, se fué

á palacio, donde ya la reina puesta á unos corredores estaba esperando

le trujesen la nueva de los navíos.

Estaba con la reina y con las otras damas Isabela vestida á la inglesa,

y parecia tan bien como á la castellana: ántes que Ricaredo llegase,

llegó otro que dió las nuevas á la reina de cómo Ricaredo venia.

Alborotóse Isabela, oyendo el nombre de Ricaredo, y en aquel instante

temió y esperó malos y buenos sucesos de su venida.

Era Ricaredo alto de cuerpo, gentil hombre y bien proporcionado: y como

venia armado de peto, espaldar, gola y brazaletes, escarcelas, con unas

armas milanesas de once vistas, grabadas y doradas, parecia en estremo

bien á cuantos le miraban: no le cubria la cabeza morrion alguno, sino

un sombrero de gran falda, de color leonado, con mucha diversidad

de plumas terciadas á la valona: la espada ancha, los tiros ricos,

las calzas á la esguízara. Con este adorno, y con el paso brioso que

llevaba, algunos hubo que le compararon á Marte, dios de las batallas,

y otros llevados de la hermosura de su rostro dicen que le compararon

á Vénus, que para hacer alguna burla á Marte de aquel modo se habia

disfrazado. En fin él llegó ante la reina. Puesto de rodillas le dijo:

--Alta Majestad, en fuerza de vuestra ventura y en consecucion de mi

deseo, despues de haber muerto de una apoplejía el general de Lansac,

quedando yo en su lugar, merced á la liberalidad vuestra, me deparó la

suerte dos galeras turquescas que llevaban remolcando aquella gran nave

que allí se parece: acometíla, pelearon vuestros soldados como siempre:

echáronse á fondo los bajeles de los cosarios: en el uno de los

nuestros en vuestro real nombre di libertad á los cristianos que del

poder de los turcos escaparon: solo truje conmigo á un hombre y á una

mujer, españoles, que por su gusto quisieron venir á ver la grandeza

vuestra: aquella nave es de las que vienen de la India de Portugal,

la cual por tormenta vino á dar en poder de los turcos, que con poco

trabajo, por mejor decir sin ninguno, la rindieron, y segun dijeron

algunos portugueses de los que en ella venian, pasa de un millon de

oro el valor de la especería y otras mercancías de perlas y diamantes

que en ella vienen: á ninguna cosa se ha tocado, ni los turcos habian

llegado á ella; porque todo lo dedicó el cielo, y yo lo mandé guardar

para vuestra Majestad, que con una joya sola que se me dé, quedaré en

deuda de otras diez naves; la cual joya ya vuestra Majestad me la tiene

prometida, que es á mi buena Isabela: con ella quedaré rico y premiado,

no solo deste servicio, cual él sea, que á vuestra Majestad he hecho,

sino de otros muchos que pienso hacer por pagar alguna parte del todo

casi infinito que en esta joya vuestra Majestad me ofrece.

--Levantáos, Ricaredo, respondió la reina, y creedme que si por precio

os hubiera de dar á Isabela, segun yo la estimo, no la pudiérades

pagar ni con lo que trae esa nave, ni con lo que queda en las Indias:

dóyosla porque os la prometí, y porque ella es digna de vos, y vos lo

sois della: vuestro valor solo la merece; si vos habeis guardado las

joyas de la nave para mí, yo os he guardado la joya vuestra para vos; y

aunque os parezca que no hago mucho en volveros lo que es vuestro, yo

sé que os hago mucha merced en ello; que las prendas que se compran á

deseos y tienen su estimacion en el alma del comprador, aquello valen

que vale una alma, que no hay precio en la tierra con que aprecialla:

Isabela es vuestra, veisla allí; cuando quisiéredes podeis tomar su

entera posesion, y creo será con su gusto, porque es discreta, y sabrá

ponderar la amistad que le haceis, que no la quiero llamar merced,

sino amistad; porque me quiero alzar con el nombre de que yo sola

puedo hacerle mercedes: idos á descansar, y venidme á ver mañana, que

quiero mas particularmente oir vuestras hazañas; y traedme esos dos que

decís que de su voluntad han querido venir á verme, que se lo quiero

agradecer.

Besóle las manos Ricaredo por las muchas mercedes que le hacia. Entróse

la reina en una sala, y las damas rodearon á Ricaredo, y una dellas

que habia tomado grande amistad con Isabela, llamada la señora Tansi,

tenida por la mas discreta, desenvuelta y graciosa de todas, dijo á

Ricaredo:

--¿Qué es esto, señor Ricaredo, qué armas son estas? ¿Pensábades por

ventura que veníades á pelear con vuestros enemigos? Pues en verdad que

aquí todas somos vuestras amigas, si no es la señora Isabela, que como

española está obligada á no teneros buena voluntad.

--Acuérdese ella, señora Tansi, de tenerme alguna, que como yo esté

en su memoria, dijo Ricaredo, yo sé que la voluntad será buena, pues

no puede caber en su mucho valor y entendimiento y rara hermosura la

fealdad de ser desagradecida.

Á lo cual respondió Isabela:

--Señor Ricaredo, pues he de ser vuestra, á vos está tomar de mí toda

la satisfaccion que quisiéredes para recompensaros de las alabanzas que

me habeis dado, y de las mercedes que pensais hacerme.

Estas y otras honestas razones pasó Ricaredo con Isabela y con las

damas, entre las cuales habia una doncella de pequeña edad, la cual

no hizo sino mirar á Ricaredo miéntras allí estuvo; alzábale las

escarcelas, por ver qué traia debajo dellas, tentábale la espada, y

con simplicidad de niña queria que las armas le sirviesen de espejo,

llegándose á mirar de muy cerca en ellas; y cuando se hubo ido,

volviéndose á las damas, dijo:

--Ahora, señoras, yo imagino que debe de ser cosa hermosísima la

guerra, pues aun entre mujeres parecen bien los hombres armados.

--Y ¿cómo si parecen? respondió la señora Tansi; si no, mirad á

Ricaredo, que no parece sino que el sol se ha bajado á la tierra, y en

aquel hábito va caminando por la calle.

Rieron todas del dicho de la doncella y de la disparatada semejanza

de Tansi; y no faltaron murmuradores que tuvieron por impertinencia

el haber venido armado Ricaredo á palacio, puesto que halló disculpa

en otros, que dijeron que como soldado lo pudo hacer para mostrar su

gallarda bizarría.

Fué Ricaredo de sus padres, amigos, parientes y conocidos con muestras

de entrañable amor recebido. Aquella noche se hicieron generales

alegrías en Lóndres por su buen suceso.

Ya los padres de Isabela estaban en casa de Clotaldo, á quien Ricaredo

habia dicho quién eran; pero que no les diesen nueva ninguna de Isabela

hasta que él mismo se la diese. Este aviso tuvo la señora Catalina,

su madre, y todos los criados y criadas de su casa. Aquella misma

noche, con muchos bajeles, lanchas y barcos, y con no ménos ojos que

lo miraban, se comenzó á descargar la gran nave, que en ocho dias no

acabó de dar la mucha pimienta y otras riquísimas mercaderías que en su

vientre encerradas tenia.

El dia que siguió á esta noche fué Ricaredo á palacio, llevando

consigo al padre y madre de Isabela, vestidos de nuevo á la inglesa,

diciéndoles que la reina queria verlos. Llegando todos donde la reina

estaba en medio de sus damas, esperando á Ricaredo, á quien quiso

lisonjear y favorecer con tener junto á sí á Isabela, vestida con

aquel mismo vestido que llevó la vez primera, mostrándose no ménos

hermosa ahora que entónces. Los padres de Isabela quedaron admirados y

suspensos de ver tanta grandeza y bizarría junta. Pusieron los ojos en

Isabela, y no la conocieron, aunque el corazon, presagio del bien que

tan cerca tenian, les comenzó á saltar en el pecho, no con sobresalto

que les entristeciese, sino con un no sé qué de gusto, que ellos no

acertaban á entendelle. No consintió la reina que Ricaredo estuviese de

rodillas ante ella: ántes le hizo levantar y sentar en una silla rasa,

que para solo esto allí puesta tenian, inusitada merced para la altiva

condicion de la reina, y alguno dijo á otro:

--Ricaredo no se sienta hoy sobre la silla que le han dado, sino sobre

la pimienta que él trujo.

Otro acudió, y dijo:

--Ahora se verifica lo que comunmente se dice, que dádivas quebrantan

peñas; pues las que ha traido Ricaredo han ablandado el duro corazon de

nuestra reina.

Otro acudió, y dijo:

--Ahora que está tan bien ensillado, mas de dos se atreverán á correrle.

En efecto, de aquella nueva honra que la reina hizo á Ricaredo,

tomó ocasion la envidia para nacer en muchos pechos de aquellos

que mirándole estaban; porque no hay merced que el príncipe haga

á su privado, que no sea una lanza que atraviese el corazon del

envidioso. Quiso la reina saber de Ricaredo menudamente cómo habia

pasado la batalla con los bajeles de los cosarios: él la contó de

nuevo, atribuyendo la victoria á Dios y á los brazos valerosos de sus

soldados, encareciéndoles á todos juntos, y particularizando algunos

hechos de algunos que mas que los otros se habian señalado, con que

obligó á la reina á hacer á todos merced, y en particular á los

particulares; y cuando llegó á decir la libertad que en nombre de su

Majestad habia dado á los turcos y cristianos, dijo:

--Aquella mujer y aquel hombre que allí están (señalando á los padres

de Isabela) son los que dije ayer á vuestra Majestad, que con deseo de

ver vuestra grandeza, encarecidamente me pidieron los trujese conmigo:

ellos son de Cádiz, y de lo que ellos me han contado, y de lo que en

ellos he visto y notado, sé que son gente principal y de valor.

Mandóles la reina que se llegasen cerca: alzó los ojos Isabela á mirar

los que decian ser españoles, y mas de Cádiz, con deseo de saber si por

ventura conocian á sus padres. Ansí como Isabela alzó los ojos, los

puso en ella su madre y detuvo el paso para mirarla mas atentamente,

y en la memoria de Isabela se comenzaron á despertar unas confusas

noticias, que le querian dar á entender que en otro tiempo ella habia

visto aquella mujer que delante tenia. Su padre estaba en la misma

confusion, sin osar determinarse á dar crédito á la verdad que sus

ojos le mostraban. Ricaredo estaba atentísimo á ver los afectos y

movimientos que hacian las tres dudosas y perplejas almas, que tan

confusas estaban entre el sí y el no de conocerse. Conoció la reina la

suspension de entrambos, y aun el desasosiego de Isabela, porque la

vió trasudar, y levantar la mano muchas veces á componerse el cabello.

En esto deseaba Isabela que hablase la que pensaba ser su madre: quizá

los oidos la sacarian de la duda en que sus ojos la habian puesto. La

reina dijo á Isabela que en lengua española dijese á aquella mujer y á

aquel hombre le dijesen qué causa les habia movido á no querer gozar

de la libertad que Ricaredo les habia dado, siendo la libertad la cosa

mas amada, no solo de la gente de razon, mas aun de los animales que

carecen della.

Todo esto preguntó Isabela á su madre, la cual sin responderle palabra,

desatentadamente y medio tropezando se llegó á Isabela, y sin mirar á

respeto, temores ni miramientos cortesanos, alzó la mano á la oreja

derecha de Isabela, y descubrió un lunar negro que allí tenia, la cual

señal acabó de certificar su sospecha; y viendo claramente ser Isabela

su hija, abrazándose con ella dió una gran voz, diciendo:

--¡Oh hija de mi corazon! ¡Oh prenda cara del alma mia!

Y sin poder pasar adelante, se cayó desmayada en los brazos de Isabela.

Su padre, no ménos tierno que prudente, dió muestras de su sentimiento,

no con otras palabras que con derramar lágrimas, que sesgamente su

venerable rostro y barbas le bañaron. Juntó Isabela su rostro con el de

su madre, y volviendo los ojos á su padre, de tal manera le miró, que

le dió á entender el gusto y el descontento que de verlos allí su alma

tenia. La reina, admirada de tal suceso, dijo á Ricaredo:

--Yo pienso, Ricaredo, que con vuestra discrecion se han ordenado estas

vistas, y no sé si os diga que han sido acertadas, pues sabemos que así

suele matar una súbita alegría como mata una tristeza.

Y diciendo esto, se volvió á Isabela, y la apartó de su madre, la cual,

habiéndole echado agua en el rostro, volvió en sí, y estando un poco

mas en su acuerdo, puesta de rodillas delante de la reina, le dijo:

--Perdone vuestra Majestad mi atrevimiento, que no es mucho perder los

sentidos con la alegría del hallazgo desta amada prenda.

Respondióle la reina que tenia razon, sirviéndole de intérprete, para

que lo entendiese, Isabela, la cual de la manera que se ha contado

conoció á sus padres, y sus padres á ella, á los cuales mandó la reina

quedar en palacio, para que despacio pudiesen ver y hablar á su hija,

y regocijarse con ella; de lo cual Ricaredo se holgó mucho, y de nuevo

pidió á la reina le cumpliese la palabra que le habia dado de dársela,

si es que acaso la merecia; y de no merecerla, le suplicaba desde

luego le mandase ocupar en cosas que le hiciesen digno de alcanzar lo

que deseaba. Bien entendió la reina que estaba Ricaredo satisfecho

de sí mismo y de su mucho valor, que no habia necesidad de nuevas

pruebas para calificarle; y así le dijo que de allí á cuatro dias le

entregaria á Isabela, haciendo á los dos la honra que á ella fuese

posible.

Con esto se despidió Ricaredo contentísimo con la esperanza propincua

que llevaba de tener en su poder á Isabela, sin sobresalto de perderla,

que es el último deseo de los amantes.

Corrió el tiempo, y no con la lijereza que él quisiera; que los que

viven con esperanzas de promesas venideras, siempre imaginan que no

vuela el tiempo, sino que anda sobre los piés de la pereza misma. Pero

en fin llegó el dia, no donde pensó Ricaredo poner fin á sus deseos,

sino de hallar en Isabela gracias nuevas que le moviesen á quererla

mas, si mas pudiese. Mas en aquel breve tiempo, donde él pensaba que la

nave de su buena fortuna corria con próspero viento hácia el deseado

puerto, la contraria suerte levantó en su mar tal tormenta, que mil

veces temió anegarse.

Es pues el caso que la camarera mayor de la reina, á cuyo cargo estaba

Isabela, tenia un hijo de edad de veinte y dos años, llamado el conde

Arnesto. Hacíanle la grandeza de su estado, la alteza de su sangre,

el mucho favor que su madre con la reina tenia; hacíanle, digo, estas

cosas mas de lo justo arrogante, altivo y confiado. Este Arnesto pues

se enamoró de Isabela tan encendidamente, que en la luz de los ojos

de Isabela tenia abrasada el alma; y aunque en el tiempo que Ricaredo

habia estado ausente, con algunas señales le habia descubierto su

deseo, nunca de Isabela fué admitido; y puesto que la repugnancia y

los desdenes en los principios de los amores suelen hacer desistir

de la empresa á los enamorados, en Arnesto obraron lo contrario los

muchos y conocidos desdenes que le dió Isabela, porque con sus celos

ardia y con su honestidad se abrasaba: y como vió que Ricaredo, segun

el parecer de la reina, tenia merecida á Isabela, y que en tan poco

tiempo se le habia de entregar por mujer, quiso desesperarse; pero

ántes que llegase á tan infame y tan cobarde remedio, habló á su madre,

diciéndole pidiese á la reina le diese á Isabela por esposa, donde no,

que pensase que la muerte estaba llamando á las puertas de su vida.

Quedó la camarera admirada de las razones de su hijo, y como conocia la

aspereza de su arrojada condicion, y la tenacidad con que se le pegaban

los deseos en el alma, temió que sus amores habian de parar en algun

infelice suceso. Con todo eso, como madre á quien es natural desear y

procurar el bien de sus hijos, prometió al suyo de hablar á la reina,

no con esperanza de alcanzar della el imposible de romper su palabra,

sino por no dejar de intentar cómo no salir desahuciada de los últimos

remedios.

Y estando aquella mañana Isabela vestida por órden de la reina tan

ricamente, que no se atreve la pluma á contarlo, y habiéndole echado

la misma reina al cuello una sarta de perlas de las mejores que

traia la nave, que las apreciaron en veinte mil ducados, y puéstole

un anillo de un diamante, que se apreció en seis mil escudos, y

estando alborozadas las damas por la fiesta que esperaban del cercano

desposorio, entró la camarera mayor á la reina, y de rodillas le

suplicó suspendiese el desposorio de Isabela por otros dos dias,

que con esta merced sola que su Majestad le hiciese, se tendria por

satisfecha y pagada de todas las mercedes que por sus servicios merecia

y esperaba.

Quiso saber la reina primero por qué le pedia con tanto ahinco aquella

suspension, que tan derechamente iba contra la palabra que tenia dada

á Ricaredo; pero no se la quiso dar la camarera hasta que le hubo

otorgado que haria lo que le pedia: tanto deseo tenia la reina de saber

la causa de aquella demanda. Y así despues que la camarera alcanzó

lo que por entónces deseaba, contó á la reina los amores de su hijo,

y cómo temia que si no le daban por mujer á Isabela, ó se habia de

desesperar, ó hacer algun hecho escandaloso; y que si habia pedido

aquellos dos dias, era por dar lugar á que su Majestad pensase qué

medio seria á propósito y conveniente para dar á su hijo remedio.

La reina respondió que si su real palabra no estuviera de por medio,

que ella hallara salida á tan cerrado laberinto, pero que no la

quebrantaria ni defraudaria las esperanzas de Ricaredo por todo el

interes del mundo. Esta respuesta dió la camarera á su hijo, el cual

sin detenerse un punto, ardiendo en amor y en celos, se armó de todas

armas, y sobre un fuerte y hermoso caballo se presentó ante la casa de

Clotaldo, y á grandes voces pidió que se asomase Ricaredo á la ventana,

el cual á aquella sazon estaba vestido de galas de desposado, y á punto

para ir á palacio con el acompañamiento que tal acto requeria; mas

habiendo oido las voces, y siéndole dicho quién las daba, y del modo

que venia, con algun sobresalto se asomó á una ventana, y como le vió

Arnesto, dijo:

--Ricaredo, estáme atento á lo que decirte quiero: la reina mi señora

te mandó fueses á servirla, y á hacer hazañas que te hiciesen merecedor

de la sin par Isabela: tú fuiste, y volviste cargadas las naves de

oro, con el cual piensas haber comprado y merecido á Isabela; y aunque

la reina mi señora te la ha prometido, ha sido creyendo que no hay

ninguno en su corte que mejor que tú la sirva, ni quien con mejor

título merezca á Isabela, y en esto bien podrá ser se haya engañado:

y así llegándome á esta opinion que yo tengo por verdad averiguada,

digo que ni tú has hecho cosas tales que te hagan merecer á Isabela, ni

ninguna podrás hacer que á tanto bien te levante; y en razon de que no

la mereces, si quisieres contradecirme, te desafío á todo trance de

muerte.

Calló el conde, y desta manera le respondió Ricaredo:

--En ninguna manera me toca salir á vuestro desafío, señor conde,

porque yo confieso, no solo que no merezco á Isabela, sino que no la

merece ninguno de los que hoy viven en el mundo; así que contestando yo

lo que vos decís, otra vez digo que no me toca vuestro desafío; pero yo

le acepto por el atrevimiento que habeis tenido en desafiarme.

Con esto se quitó de la ventana, y pidió apriesa sus armas.

Alborotáronse sus parientes, y todos aquellos que para ir á palacio

habian venido á acompañarle. De la mucha gente que habia visto al conde

Arnesto armado, y le habia oido las voces del desafío, no faltó quien

lo fué á contar á la reina, la cual mandó al capitan de su guarda que

fuese á prender al conde. El capitan se dió tanta priesa, que llegó á

tiempo que ya Ricaredo salia de su casa, armado con las armas con que

se habia desembarcado, puesto sobre un hermoso caballo.

Cuando el conde vió al capitan, luego imaginó á lo que venia, y

determinó de no dejar prenderse, y alzando la voz contra Ricaredo, dijo:

--Ya ves, Ricaredo, el impedimento que nos viene; si tuvieres ganas

de castigarme, tú me buscarás; y por la que yo tengo de castigarte,

tambien te buscaré; y pues dos que se buscan fácilmente se hallan,

dejemos para entónces la ejecucion de nuestros deseos.

--Soy contento, respondió Ricaredo.

En esto llegó el capitan con toda su guarda, y dijo al conde que fuese

preso en nombre de su Majestad. Respondió el conde que sí quedaba;

pero no para que lo llevasen á otra parte que á la presencia de la

reina. Contentóse con esto el capitan, y cogiéndole en medio de la

guarda le llevó á palacio ante la reina, la cual ya de su camarera

estaba informada del amor grande que su hijo tenia á Isabela, y con

lágrimas habia suplicado á la reina perdonase al conde, que como mozo y

enamorado á mayores yerros estaba sujeto.

Llegó Arnesto ante la reina, la cual sin entrar con él en razones, le

mandó quitar la espada, y llevar preso á una torre.

Todas estas cosas atormentaban el corazon de Isabela y de sus padres,

que tan presto veian turbado el mar de su sosiego. Aconsejó la camarera

á la reina que para sosegar el mal que podia suceder entre su parentela

y la de Ricaredo, que se quitase la causa de por medio, que era

Isabela, enviándola á España, y así cesarian los efectos que debian

de temerse: añadiendo á estas razones decir que Isabela era católica,

y tan cristiana que ninguna de sus persuasiones, que habian sido

muchas, la habian podido torcer en nada de su católico intento. Á lo

cual respondió la reina que por eso la estimaba en mas, pues tan bien

sabia guardar la ley que sus padres la habian enseñado, y que en lo de

enviarla á España no tratase, porque su hermosa presencia y sus muchas

gracias y virtudes le daban mucho gusto, y que sin duda, si no aquel

dia, otro se la habia de dar por esposa á Ricaredo, como se lo tenia

prometido.

Novelas ejemplares · 第 14 / 41 段