--No pasen mas adelante, caballeros, cesen aquí palabras mayores, y

desháganse entre los dientes; y pues las que se han dicho no llegan á

la cintura, nadie las tome por sí.

--Bien seguros estamos, respondió Chiquiznaque, que no se dijeron ni

dirán semejantes monitorios por nosotros; que si se hubiera imaginado

que se decian, en manos estaba el pandero que lo supieran bien tañer.

--Tambien tenemos acá pandero, seor Chiquiznaque, replicó el Repolido,

y tambien si fuere menester sabremos tocar los cascabeles, y ya he

dicho que el que se huelga, miente; y quien otra cosa pensare, sígame,

que con un palmo de espada ménos hará el hombre que sea lo dicho dicho.

Y diciendo esto, se iba á salir por la puerta afuera.

Estábalo escuchando la Cariharta, y cuando sintió que se iba enojado,

salió diciendo:

--Ténganle, no se vaya, que hará de las suyas: ¿no ven que va enojado,

y es un Júdas Macarelo en esto de la valentía? vuelve acá, valenton del

mundo y de mis ojos.

Y cerrando con él le asió fuertemente de la capa, y acudiendo tambien

Monipodio le detuvieron.

Chiquiznaque y Maniferro no sabian si enojarse, ó si no, y estuviéronse

quedos esperando lo que Repolido haria; el cual viéndose rogar de la

Cariharta y de Monipodio, volvió diciendo:

--Nunca los amigos han de dar enojo á los amigos, ni hacer burla de los

amigos, y mas cuando ven que se enojan los amigos.

--No hay aquí amigo, respondió Maniferro, que quiera enojar ni hacer

burla de otro amigo; y pues todos somos amigos, dénse las manos los

amigos.

Á esto dijo Monipodio:

--Todos voacedes han hablado como buenos amigos, y como tales amigos se

den las manos de amigos.

Diéronselas luego; y la Escalanta quitándose un chapin comenzó á tañer

en él como en un pandero; la Gananciosa tomó una escoba de palma nueva,

que allí se halló acaso, y rasgándola hizo un son, que aunque ronco y

áspero, se concertaba con el del chapin. Monipodio rompió un plato, y

hizo dos tejoletas que puestas entre dos dedos y repicadas con gran

lijereza, llevaba el contrapunto al chapin y á la escoba.

Espantáronse Rinconete y Cortadillo de la nueva invencion de la escoba,

porque hasta entónces nunca la habian visto. Conociólo Maniferro, y

díjoles:

--¿Admíranse de la escoba? pues bien hacen: pues música mas presta y

mas sin pesadumbre, ni mas barata, no se ha inventado en el mundo: en

verdad que oí decir el otro dia á un estudiante, que ni el Negrofeo que

sacó á la Arauz del infierno, ni Marion, que subió sobre el delfin, y

salió del mar como si viniera caballero sobre una mula de alquiler, ni

el otro gran músico que hizo una ciudad que tenia cien puertas y otros

tantos postigos, nunca inventaron mejor género de música tan fácil de

deprender, tan mañera de tocar, tan sin trastes, clavijas ni cuerdas,

y tan sin necesidad de templarse, y aun voto á tal, que dice que la

inventó un galan desta ciudad, que se pica de ser un Héctor en la

música.

--Eso creo yo muy bien, respondió Rinconete, pero escuchemos lo que

quieren cantar nuestros músicos, que parece que la Gananciosa ha

escupido, señal de que quiere cantar.

Y así era la verdad, porque Monipodio le habia rogado que cantase

algunas seguidillas de las que se usaban; mas la que comenzó primero

fué la Escalanta, y con voz sutil y quebradiza cantó lo siguiente:

Por un sevillano, rufo á lo valon,

Tengo socarrado todo el corazon.

Siguió la Gananciosa cantando:

Por un morenico de color verde

¿Cuál es la fogosa que no se pierde?

Y luego Monipodio, dándose gran priesa al meneo de sus tejoletas, dijo:

Riñen dos amantes, hácese la paz,

Si el enojo es grande, es el gusto mas.

No quiso la Cariharta pasar su gusto en silencio, porque tomando otro

chapin, se metió en danza, y acompañó á las demas, diciendo:

Detente, enojado, no me azotes mas,

Que si bien lo miras, á tus carnes das.

Cántese á lo llano, dijo á esta sazon Repolido, y no se toquen

historias pasadas, que no hay para qué: lo pasado sea pasado, y tómese

otra vereda, y basta.

Talle llevaban de no acabar tan presto el comenzado cántico, si no

sintieran que llamaban á la puerta apriesa, y con ella salió Monipodio

á ver quién era, y la centinela le dijo como al cabo de la calle

habia asomado el alcalde de la justicia, y que delante dél venian el

Tordillo y el Cernícalo, corchetes neutrales. Oyéronlo los de dentro,

y alborotáronse todos, de manera que la Cariharta y la Escalanta se

calzaron sus chapines al reves: dejó la escoba la Gananciosa, Monipodio

sus tejoletas, y quedó en turbado silencio toda la música: enmudeció

Chiquiznaque, pasmóse el Repolido, y suspendióse Maniferro, y todos,

cuál por una y cuál por otra parte, desaparecieron, subiéndose á las

azoteas y tejados para escaparse y pasar por ellos á otra calle. Nunca

disparado arcabuz á deshora, ni trueno repentino espantó así á banda

de descuidadas palomas, como puso en alboroto y espanto á toda aquella

recogida compañía y buena gente la nueva de la venida del alcalde de la

justicia y su corchetada: los dos novicios Rinconete y Cortadillo no

sabian qué hacerse, y estuviéronse quedos, esperando ver en qué paraba

aquella repentina borrasca, que no paró en mas de volver la centinela

á decir que el alcalde se habia pasado de largo, sin dar muestra ni

resabio de mala sospecha alguna.

Y estando diciendo esto á Monipodio, llegó un caballero mozo á la

puerta, vestido, como se suele decir, de barrio: Monipodio le entró

consigo, y mandó llamar á Chiquiznaque, á Maniferro y al Repolido, y

que de los demas no bajase alguno: como se habian quedado en el patio

Rinconete y Cortadillo pudieron oir toda la plática que pasó Monipodio

con el caballero recien venido, el cual dijo á Monipodio, que por

qué se habia hecho tan mal lo que le habia encomendado. Monipodio

respondió que aun no sabia lo que se habia hecho, pero que allí estaba

el oficial á cuyo cargo estaba su negocio, y que él daria muy buena

cuenta de sí.

Bajó en esto Chiquiznaque, y preguntóle Monipodio si habia cumplido con

la obra que se le encomendó de la cuchillada de á catorce.

--¿Cuál, respondió Chiquiznaque: es la de aquel mercader de la

encrucijada?

--Esa es, dijo el caballero.

--Pues lo que en eso pasa, respondió Chiquiznaque, es que yo le aguardé

anoche á la puerta de su casa, y él vino ántes de la oracion: lleguéme

cerca dél, marquéle el rostro con la vista, y vi que le tenia tan

pequeño que era imposible de toda imposibilidad caber en él cuchillada

de catorce puntos; y hallándome imposibilitado de poder cumplir lo

prometido, y de hacer lo que llevaba en mi destruicion...

--Instruccion querrá vuesa merced decir, dijo el caballero, que no

destruicion.

--Eso quise decir, respondió Chiquiznaque: digo que viendo que en

la estrecheza y poca cantidad de aquel rostro no cabian los puntos

propuestos, porque no fuese mi ida en balde, di la cuchillada á un

lacayo suyo, que á buen seguro que la pueden poner por mayor de marca.

--Mas quisiera, dijo el caballero, que se le hubiera dado al amo una

de á siete, que al criado la de catorce: en efeto conmigo no se ha

cumplido, como era razon, pero no importa; poca mella me harán los

treinta ducados que dejé en señal: beso á vuesas mercedes las manos.

Y diciendo esto, se quitó el sombrero, y volvió las espaldas para

irse; pero Monipodio le asió de la capa de mezcla que traia puesta,

diciéndole:

--Voacé se detenga, y cumpla su palabra, pues nosotros hemos cumplido

la nuestra con mucha honra y con mucha ventaja: veinte ducados faltan,

y no ha de salir de aquí voacé sin darlos, ó prendas que lo valgan.

--Pues ¿á esto llama vuesa merced cumplimiento de palabra, respondió el

caballero, dar la cuchillada al mozo, habiéndose de dar al amo?

--¡Qué bien está en la cuenta el señor! dijo Chiquiznaque; bien parece

que no se acuerda de aquel refran que dice: Quien bien quiere á

Beltran, bien quiere á su can.

--Pues ¿en qué modo puede venir aquí á propósito este refran? replicó

el caballero.

--¿Pues no es lo mismo, prosiguió Chiquiznaque, decir: quien mal quiere

á Beltran, mal quiere á su can? y así Beltran es el mercader, voacé le

quiere mal, su lacayo es su can, y dando al can se da á Beltran, y la

deuda queda líquida, y trae aparejada ejecucion: por eso no hay mas

sino pagar luego sin apercebimiento de remate.

--Eso juro yo bien, añadió Monipodio, y de la boca me quitaste,

Chiquiznaque amigo, todo cuanto aquí has dicho: y así voacé, señor

galan, no se meta en puntillos con sus servidores y amigos, sino tome

mi consejo y pague luego lo trabajado, y si fuere servido que se le dé

otra al amo, de la cantidad que pueda llevar su rostro, haga cuenta

que ya se la está curando.

--Como eso sea, respondió el galan, de muy entera voluntad y gana

pagaré la una y la otra por entero.

--No dude en esto, dijo Monipodio, mas que en ser cristiano, que

Chiquiznaque se la dará pintiparada, de manera que parezca que allí se

le nació.

--Pues con esa seguridad y promesa, respondió el caballero, recíbase

esta cadena en prendas de los veinte ducados atrasados y de cuarenta

que ofrezco por la venidera cuchillada: pesa mil reales, y podria ser

que se quedase rematada, porque traigo entre ojos que serán menester

otros catorce puntos ántes de mucho.

Quitóse en esto una cadena de vueltas menudas del cuello, y diósela

á Monipodio, que al tocar y al peso bien vió que no era de alquimia.

Monipodio la recebió con mucho contento y cortesía, porque era en

estremo bien criado: la ejecucion quedó á cargo de Chiquiznaque, que

solo tomó término de aquella noche. Fuése muy satisfecho el caballero,

y luego Monipodio llamó á todos los ausentes y azorados: bajaron todos,

y poniéndose Monipodio en medio dellos, sacó un libro de memoria que

traia en la capilla de la capa, y diósele á Rinconete que leyese,

porque él no sabia leer. Abriólo Rinconete, y en la primera hoja vió

que decia:

MEMORIA DE LAS CUCHILLADAS QUE SE HAN DE DAR ESTA SEMANA.

_La primera al mercader de la encrucijada: vale cincuenta escudos:

están recebidos treinta á buena cuenta. Secutor, Chiquiznaque._

--No creo que haya otra, hijo, dijo Monipodio: pasa adelante, y mira

donde dice: _Memoria de palos_.

Volvió la hoja Rinconete, y vió que en otra estaba escrito: _Memoria de

palos_.

Y mas abajo decia:

_Al bodegonero de la Alfalfa doce palos de mayor cuantía, á escudo

cada uno: están dados á buena cuenta ocho: el término seis dias.

Secutor, Maniferro._

--Bien podia borrarse esa partida, dijo Maniferro, porque esta noche

traeré finiquito della.

--¿Hay mas, hijo? dijo Monipodio.

--Sí, otra, respondió Rinconete, que dice así:

_Al sastre corcobado, que por mal nombre se llama el Silguero,

seis palos de mayor cuantía á pedimento de la dama que dejó la

gargantilla. Secutor, el Desmochado._

--Maravillado estoy, dijo Monipodio, cómo todavía está esa partida en

ser; sin duda alguna debe de estar mal dispuesto el Desmochado, pues

son dos dias pasados del término, y no ha dado puntada en esta obra.

--Yo le topé ayer, dijo Maniferro, y me dijo que por haber estado

retirado por enfermo el corcobado, no habia cumplido con su débito.

--Eso creo yo bien, dijo Monipodio, porque tengo por tan buen oficial

al Desmochado, que si no fuera por tan justo impedimento, ya él hubiera

dado al cabo con mayores empresas. ¿Hay mas, mocito?

--No, señor, respondió Rinconete.

--Pues pasad adelante, dijo Monipodio, y mirad donde dice: _Memorial de

agravios comunes_.

Pasó adelante Rinconete, y en otra hoja halló escrito:

_Memorial de agravios comunes, conviene á saber: redomazos, untos

de miera, clavazon de sambenitos y cuernos, matracas, espantos,

alborotos y cuchilladas fingidas, publicacion de nibelos_, etc.

--¿Qué dice mas abajo? dijo Monipodio.

--Dice, dijo Rinconete, _unto de miera en la casa_...

--No se lea la casa, que ya yo sé dónde es, respondió Monipodio, y yo

soy el tuautem y esecutor de esa niñería, y están dados á buena cuenta

cuatro escudos, y el principal es ocho.

--Así es la verdad, dijo Rinconete, que todo eso está aquí escrito; y

aun mas abajo dice: _clavazon de cuernos_.

--Tampoco se lea, dijo Monipodio, la casa, ni adónde, que basta que

se les haga el agravio, sin que se diga en público, que es gran cargo

de conciencia: á lo ménos mas querria yo clavar cien cuernos y otros

tantos sambenitos, como se me pagase mi trabajo, que decillo sola una

vez, aunque fuese á la madre que me parió.

--El esecutor desto es, dijo Rinconete, el Narigueta.

--Ya está eso hecho y pagado, dijo Monipodio; mirad si hay mas, que si

mal no me acuerdo, ha de haber ahí un espanto de veinte escudos: está

dada la mitad, y el esecutor es la comunidad toda, y el término es todo

el mes en que estamos, y cumpliráse al pié de la letra, sin que falte

un tilde, y será una de las mejores cosas que hayan sucedido en esta

ciudad de muchos tiempos á esta parte: dadme el libro, mancebo, que yo

sé que no hay mas, y sé tambien que anda muy flaco el oficio; pero tras

este tiempo vendrá otro, y habrá que hacer mas de lo que quisiéremos;

que no se mueve la hoja sin la voluntad de Dios, y no hemos de hacer

nosotros que se vengue nadie por fuerza; cuanto mas, que cada uno en su

causa suele ser valiente, y no quiere pagar las hechuras de la obra que

él se puede hacer por sus manos.

--Así es, dijo á esto el Repolido. Pero mire vuesa merced, señor

Monipodio, lo que nos ordena y manda, que se va haciendo tarde, y va

entrando el calor mas que de paso.

--Lo que se ha de hacer, respondió Monipodio, es que todos se vayan

á sus puestos, y nadie se mude hasta el domingo, que nos juntaremos

en este mismo lugar, y se repartirá todo lo que hubiere caido, sin

agraviar á nadie. Á Rinconete el bueno y á Cortadillo se les da por

distrito hasta el domingo, desde la torre del Oro por defuera de

la ciudad, hasta el postigo del Alcázar, donde se puede trabajar á

sentadillas con sus flores: que yo he visto á otros de ménos habilidad

que ellos salir cada dia con mas de veinte reales en menudos, amen

de la plata, con una baraja sola, y esa con cuatro naipes ménos:

este distrito os enseñará Ganchoso; y aunque os estendais hasta San

Sebastian y Santelmo, importa poco, puesto que es justicia mera mista,

que nadie se entre en pertenencia de nadie.

Besáronle la mano los dos por la merced que se les hacia, y

ofreciéronse á hacer su oficio bien y fielmente, con toda diligencia y

recato.

Sacó en esto Monipodio un papel doblado de la capilla de la capa, donde

estaba la lista de los cofrades, y dijo á Rinconete que pusiese allí su

nombre y el de Cortadillo; mas porque no habia tintero le dió el papel

para que lo llevase, y en el primer boticario los escribiese, poniendo:

Rinconete y Cortadillo cofrades: noviciado ninguno: Rinconete floreo,

Cortadillo bajon, y el dia, mes y año, callando padres y patria.

Estando en esto entró uno de los viejos abispones, y dijo:

--Vengo á decir á vuesas mercedes como agora topé en Gradas á Lobillo

el de Málaga, y díceme que viene mejorado en su arte de tal manera, que

con naipe limpio quitará el dinero al mismo Satanas, y que por venir

maltratado no viene luego á registrarse, y á dar la sólita obediencia;

pero que el domingo será aquí sin falta.

--Siempre se me asentó á mí, dijo Monipodio, que este Lobillo habia de

ser único en su arte, porque tiene las mejores y mas acomodadas manos

para ello, que se pueden desear; que para ser uno buen oficial en su

oficio, tanto ha menester los buenos instrumentos con que le ejercita,

como el ingenio con que le aprende.

--Tambien topé, dijo el viejo, en una casa de posadas en la calle de

Tintores, al judío en hábito de clérigo, que se ha ido á posar allí,

por tener noticia que dos peruleros viven en la misma casa, y querria

ver si pudiese trabar juego con ellos, aunque fuese de poca cantidad,

que de allí podria venir á mucha: dice tambien que el domingo no

faltará de la junta y dará cuenta de su persona.

--Ese judío tambien, dijo Monipodio, es gran sacre, y tiene gran

conocimiento; dias ha que no le he visto, y no lo hace bien; pues á fe

que si no se enmienda, que yo le deshaga la corona, que no tiene mas

órdenes el ladron, que las que tiene el turco, ni sabe mas latin que mi

madre: ¿hay mas de nuevo?

--No, dijo el viejo, á lo ménos que yo sepa.

--Pues sea en buen hora, dijo Monipodio; voacedes tomen esta miseria,

y repartió entre todos hasta cuarenta reales, y el domingo no falte

nadie, que no faltará nada de lo corrido.

Todos le volvieron las gracias: tornáronse á abrazar Repolido y

la Cariharta: la Escalanta con Maniferro, y la Gananciosa con

Chiquiznaque, concertando que aquella noche despues de haber alzado de

obra en la casa, se viesen en la de la Pipota, donde tambien dijo que

iria Monipodio al registro de la canasta de colar, y que luego habia de

ir á cumplir y borrar la partida de la miera: abrazó á Rinconete y á

Cortadillo, y echándoles su bendicion los despidió, encargándoles que

no tuviesen jamas posada cierta, ni de asiento, porque así convenia á

la salud de todos. Acompañólos Ganchoso hasta enseñarles sus puestos,

acordándoles que no faltasen el domingo, porque á lo que creia y

pensaba, Monipodio habia de leer una licion de oposicion acerca de

las cosas concernientes á su arte. Con esto se fué, dejando á los dos

compañeros admirados de lo que habian visto.

Era Rinconete, aunque muchacho, de muy buen entendimiento, y tenia

un buen natural, y como habia andado con su padre en el ejercicio de

las bulas, sabia algo de buen lenguaje, y dábale gran risa pensar en

los vocablos que habia oido á Monipodio y á los demas de su compañía

y bendita comunidad; y mas cuando por decir _per modum suffragii_,

habia dicho por modo de naufragio; y que sacaban el estupendo, por

decir estipendio, de lo que se garbeaba; y cuando la Cariharta dijo

que era Repolido como un marinero de Tarpeya y un tigre de Ocaña, por

decir Hircania, con otras mil impertinencias: especialmente le cayó en

gracia cuando dijo que el trabajo que habia pasado en ganar los veinte

y cuatro reales, lo recebiese el cielo en descuento de sus pecados; y

sobre todo le admiraba la seguridad que tenian y la confianza de irse

al cielo con no faltar á sus devociones, estando tan llenos de hurtos,

y de homicidios y ofensas de Dios: y reíase de la otra buena vieja

de la Pipota, que dejaba la canasta de colar hurtada, guardada en su

casa, y se iba á poner las candelillas de cera á las imágenes, y con

ello pensaba irse al cielo calzada y vestida: no ménos le suspendia

la obediencia y respeto que todos tenian á Monipodio, siendo un

hombre bárbaro, rústico y desalmado: consideraba lo que habia leido

en su libro de memoria, y los ejercicios en que todos se ocupaban:

finalmente, exageraba cuán descuidada justicia habia en aquella tan

famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivia en ella gente

tan perniciosa y tan contraria á la misma naturaleza; y propuso en sí

de aconsejar á su compañero no durase mucho en aquella vida tan perdida

y tan mala, tan inquieta y tan libre y disoluta; pero con todo esto,

llevado de sus pocos años y de su poca esperiencia, pasó con ella

adelante algunos meses, en los cuales le sucedieron cosas que piden

mas larga escritura, y así se deja para otra ocasion contar su vida y

milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquellos

de la infame academia, que todos serán de grande consideracion, y que

podrán servir de ejemplo y aviso á los que los leyeren.

LA ESPAÑOLA INGLESA.

Entre los despojos que los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz,

Clotaldo, un caballero inglés, capitan de una escuadra de navíos,

llevó á Lóndres una niña de edad de siete años, poco mas ó ménos, y

esto contra la voluntad y sabiduría del conde de Essex, que con gran

diligencia hizo buscar la niña para volvérsela á sus padres, que

ante él se quejaron de la falta de su hija, pidiéndole que pues se

contentaba con las haciendas y dejaba libres las personas, no fuesen

ellos tan desdichados, que ya que quedaban pobres quedasen sin su hija,

que era la lumbre de sus ojos, y la mas hermosa criatura que habia en

toda la ciudad.

Mandó el conde echar bando por toda su armada, que so pena de la

vida volviese la niña, cualquiera que la tuviese; mas ningunas penas

ni temores fueron bastantes á que Clotaldo la obedeciese, que la

tenia escondida en su nave, aficionado, aunque cristianamente, á

la incomparable hermosura de Isabela, que así se llamaba la niña.

Finalmente, sus padres se quedaron sin ella, tristes y desconsolados,

y Clotaldo alegre sobre modo llegó á Lóndres, y entregó por riquísimo

despojo á su mujer á la hermosa niña.

Quiso la buena suerte que todos los de la casa de Clotaldo eran

católicos secretos, aunque en lo público mostraban seguir la opinion

de su reina. Tenia Clotaldo un hijo llamado Ricaredo, de edad de

doce años, enseñado de sus padres á amar y temer á Dios, y á estar

muy entero en las verdades de la fe católica. Catalina, la mujer

de Clotaldo, noble, cristiana y prudente señora, tomó tanto amor á

Isabela, que como si fuera su hija la criaba, regalaba é industriaba;

y la niña era de tan buen natural, que con facilidad aprendia todo

cuanto le enseñaban: con el tiempo y con los regalos fué olvidando

los que sus padres verdaderos le habian hecho; pero no tanto que

dejase de acordarse y de suspirar por ellos muchas veces; y aunque iba

aprendiendo la lengua inglesa, no perdia la española, porque Clotaldo

tenia cuidado de traerle á casa secretamente españoles que hablasen con

ella; desta manera, sin olvidar la suya, como está dicho, hablaba la

lengua inglesa como si hubiera nacido en Lóndres.

Despues de haberle enseñado todas las cosas de labor, que puede y debe

saber una doncella bien nacida, la enseñaron á leer y escribir mas

que medianamente; pero en lo que tuvo estremo fué en tañer todos los

instrumentos que á una mujer son lícitos, y esto con toda perfeccion de

música, acompañándola con una voz que le dió el cielo tan estremada,

que encantaba cuando cantaba.

Todas estas gracias, adquiridas y puestas sobre la natural suya, poco

á poco fueron encendiendo el pecho de Ricaredo, á quien ella como á

hijo de su señor queria y servia: al principio le salteó amor con un

modo de agradarse y complacerse de ver la singular belleza de Isabela,

y de considerar sus infinitas virtudes y gracias, amándola como si

fuera su hermana, sin que sus deseos saliesen de los términos honrados

y virtuosos. Pero como fué creciendo Isabela, que ya cuando Ricaredo

ardia, tenia doce años, aquella benevolencia primera, y aquella

complacencia y agrado de mirarla, se volvió en ardentísimos deseos de

gozarla y de poseerla: no porque aspirase á esto por otros medios que

por los de ser su esposo, pues de la incomparable honestidad de Isabela

(que así la llamaban ellos) no se podia esperar otra cosa, ni aun él

quisiera esperarla aunque pudiera; porque la noble condicion suya y

la estimacion en que á Isabela tenia, no consentian que ningun mal

pensamiento echase raíces en su alma.

Mil veces determinó manifestar su voluntad á sus padres, y otras tantas

no aprobó su determinacion, porque él sabia que le tenian dedicado para

ser esposo de una muy rica y principal doncella escocesa, asimismo

secreta cristiana como ellos; y estaba claro, segun él decia, que

no habian de querer dar á una esclava (si este nombre se podia dar

á Isabela) lo que ya tenian concertado de dar á una señora: y así

perplejo y pensativo, sin saber qué camino tomar para venir al fin de

su buen deseo, pasaba una vida tal, que le puso á punto de perderla;

pero pareciéndole ser gran cobardía dejarse morir sin intentar algun

género de remedio á su dolencia, se animó y esforzó á declarar su

intento á Isabela.

Andaban todos los de su casa tristes y alborotados por la enfermedad

de Ricaredo, que de todos era querido, y de sus padres con el estremo

posible, así por no tener otro, como porque lo merecia su mucha

virtud y su gran valor y entendimiento: no le acertaban los médicos

la enfermedad, ni él osaba ni queria descubrírsela. En fin, puesto

en romper por las dificultades que él se imaginaba, un dia que entró

Isabela á servirle, viéndola sola, con desmayada voz y lengua turbada

le dijo:

Novelas ejemplares · 第 12 / 41 段