que vos, Rincon, os llameis Rinconete, y vos, Cortado, Cortadillo, que
son nombres que asientan como de molde á vuestra edad y á nuestras
ordenanzas, debajo de las cuales cae tener necesidad de saber el nombre
de los padres de nuestros cofrades, porque tenemos de costumbre de
hacer decir cada año ciertas misas por las ánimas de nuestros difuntos
y bienhechores, sacando el estupendo para la limosna de quien las
dice, de alguna parte de lo que se garbea; y estas tales misas, así
dichas como pagadas, dicen que aprovechan á las tales ánimas por via de
naufragio: y caen debajo de nuestros bienhechores el procurador que nos
defiende, el guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene lástima, el
que cuando alguno de nosotros va huyendo por la calle, y detras le van
dando voces: al ladron, al ladron, deténganle, deténganle, uno se pone
en medio, y se opone al raudal de los que le siguen, diciendo: déjenle
al cuitado, que harta mala ventura lleva, allá se lo haya, castíguele
su pecado; son tambien bienhechoras nuestras las socorridas, que de su
sudor nos socorren así en la trena como en las guras; y tambien lo son
nuestros padres y madres que nos echan al mundo, y el escribano que
si anda de buena, no hay delito que sea culpa, ni culpa á quien se dé
mucha pena; y por todos estos que he dicho, hace nuestra hermandad
cada año su adversario con la mayor popa y soledad que podemos.
--Por cierto, dijo Rinconete (ya confirmado con este nombre) que es
obra digna del altísimo y profundísimo ingenio que hemos oido decir que
vuesa merced, señor Monipodio, tiene; pero nuestros padres aun gozan
de la vida; si en ella les alcanzáremos, daremos luego noticia á esta
felicísima y abonada confraternidad para que por sus almas se les haga
ese naufragio ó tormenta, ó ese adversario que vuesa merced dice, con
la solenidad y pompa acostumbrada; si ya no es que se hace con popa y
soledad, como tambien apuntó vuesa merced en sus razones.
--Así se hará, ó no quedará de mí pedazo, replicó Monipodio.
Y llamando á la guia, le dijo:
Ven acá, Ganchuelo, ¿están puestas las postas?
--Sí, dijo la guia, que Ganchuelo era su nombre, tres centinelas quedan
avizorando, y no hay que temer que nos cojan de sobresalto.
--Volviendo pues á nuestro propósito, dijo Monipodio, querria saber,
hijos, lo que sabeis, para daros el oficio y ejercicio conforme á
vuestra inclinacion y habilidad.
--Yo, respondió Rinconete, sé un poquito de floreo de villano;
entiéndeseme el reten: tengo buena vista para el humillo; juego bien
de la sola, de las cuatro y de las ocho; no se me va por piés el
raspadillo, berrugueta y el colmillo; éntrome por la boca de lobo como
por mi casa, y atreveríame á hacer un tercio de chanza mejor que un
tercio de Nápoles, y á dar un astillazo al mas pintado, mejor que dos
reales prestados.
--Principios son, dijo Monipodio; pero todas esas son flores de
cantueso, viejas y tan usadas, que no hay principiante que no las sepa,
y solo sirven para alguno que sea tan blanco que se deje matar de media
noche abajo; pero andará el tiempo, y vernos hemos, que asentando sobre
ese fundamento media docena de liciones, yo espero en Dios que habeis
de salir oficial famoso, y aun quizá maestro.
--Todo se hará para servir á vuesa merced y á los señores cofrades,
respondió Rinconete.
--Y vos, Cortadillo, ¿qué sabeis? preguntó Monipodio.
--Yo, respondió Cortadillo, sé la treta que dicen mete dos y saca
cinco, y sé dar tiento á una faldriquera con mucha puntualidad y
destreza.
--¿Sabeis mas? dijo Monipodio.
--No, por mis grandes pecados, respondió Cortadillo.
--No os aflijais, hijo, replicó Monipodio, que á puerto y á escuela
habeis llegado, donde ni os anegaréis, ni dejaréis de salir muy bien
aprovechado en todo aquello que mas os conviniere; y en esto del ánimo,
¿cómo os va, hijos?
--¿Cómo nos ha de ir, respondió Rinconete, sino muy bien? ánimo tenemos
para acometer cualquiera empresa de las que tocaren á nuestro arte y
ejercicio.
--Está bien, replicó Monipodio; pero querria yo que tambien le
tuviésedes para sufrir si fuese menester media docena de ansias, sin
desplegar los labios, y sin decir esta boca es mia.
--Ya sabemos aquí, dijo Cortadillo, señor Monipodio, qué quiere decir
ansias, y para todo tenemos ánimos, porque no somos tan ignorantes,
que no se nos alcance que lo que dice la lengua paga la gorja, y harta
merced le hace el cielo al hombre atrevido, por no darle otro título,
que le deja en su lengua su vida ó su muerte, como si tuviese mas
letras un no que un sí.
--Alto, no es menester mas, dijo á esta sazon Monipodio: digo que sola
esta razon me convence, me obliga, me persuade y me fuerza á que desde
luego asenteis por cofrades mayores, y que se os sobrelleve el año del
noviciado.
--Yo soy dese parecer, dijo uno de los bravos.
Y á una voz lo confirmaron todos los presentes, que toda la plática
habian estado escuchando, y pidieron á Monipodio que desde luego les
concediese y permitiese gozar de las inmunidades de su cofradía, porque
su presencia agradable y su buena plática lo merecia todo.
Él respondió que por dallos contento á todos desde aquel punto se
las concedia, advirtiéndoles que las estimasen en mucho, porque era
no pagar media anata del primer hurto que hiciesen; no hacer oficios
menores en todo aquel año, conviene á saber, no llevar recaudo
de ningun hermano mayor á la cárcel ni á la casa de parte de sus
contribuyentes; piar el turco puro; hacer banquete cuando, como y
adonde quisieren, sin pedir licencia á su mayoral; entrar á la parte
desde luego con lo que entrujasen los hermanos mayores, como uno
dellos, y otras cosas que ellos tuvieron por merced señaladísima, y los
demas con palabras muy comedidas las agradecieron mucho.
Estando en esto, entró un muchacho corriendo y desalentado, y dijo:
--El alguacil de los vagamundos viene encaminado á esta casa; pero no
trae consigo gurullada.
--Nadie se alborote, dijo Monipodio, que es amigo, y nunca viene por
nuestro daño: sosiéguense, que yo le saldré á hablar.
Todos se sosegaron, que ya estaban algo sobresaltados, y Monipodio
salió á la puerta, donde halló al alguacil, con el cual estuvo hablando
un rato, y luego volvió á entrar Monipodio, y preguntó:
--¿Á quién le cupo hoy la plaza de San Salvador?
--Á mí, dijo el de la guia.
--Pues ¿cómo, dijo Monipodio, no se me ha manifestado una bolsilla de
ámbar, que esta mañana en aquel mismo paraje dió al traste con quince
escudos de oro y dos reales de á dos, y no sé cuántos cuartos?
--Verdad es, dijo la guia, que hoy faltó esa bolsa; pero yo no la he
tomado, ni puedo imaginar quién la tomase.
--No hay levas conmigo, replicó Monipodio, la bolsa ha de parecer,
porque la pide el alguacil, que es amigo, y nos hace mil placeres al
año.
Tornó á jurar el mozo que no sabia della: comenzóse á encolerizar
Monipodio de manera, que parecia que fuego vivo lanzaba por los ojos,
diciendo:
--Nadie se burle con quebrantar la mas mínima cosa de nuestra órden,
que le costará la vida: manifiéstese la cica, y si se encubre por no
pagar los derechos, yo le daré enteramente lo que le toca, y pondré lo
demas de mi casa, porque en todas maneras ha de ir contento el alguacil.
Tornó de nuevo á jurar el mozo, y á maldecirse, diciendo que él no
habia tomado tal bolsa, ni vístola de sus ojos: todo lo cual fué poner
mas fuego á la cólera de Monipodio, y dar ocasion á que toda la junta
se alborotase, viendo que se rompian sus estatutos y buenas ordenanzas.
Viendo Rinconete pues tanta disension y alboroto, parecióle que seria
bien sosegalle y dar contento á su mayor, que reventaba de rabia, y
aconsejándose con su amigo Cortadillo, con parecer de entrambos sacó la
bolsa del sacristan, y dijo:
--Cese toda cuestion, mis señores, que esta es la bolsa, sin faltarle
nada de lo que el alguacil manifiesta, que hoy mi camarada Cortadillo
le dió alcance con un pañuelo que al mismo dueño se le quitó por
añadidura.
Luego sacó Cortadillo el pañizuelo y lo puso de manifiesto. Viendo lo
cual Monipodio, dijo:
--Cortadillo el bueno (que con este título y renombre ha de quedar
de aquí adelante) se quede con el pañuelo, y á mi cuenta se queda la
satisfaccion deste servicio, y la bolsa se ha de llevar el alguacil,
que es de un sacristan pariente suyo, y conviene que se cumpla aquel
refran que dice: no es mucho que á quien te da la gallina entera, tú
dés una pierna della; mas disimula este buen alguacil en un dia, que
nosotros le podemos ni solemos dar en ciento.
De comun consentimiento aprobaron todos la hidalguía de los dos
modernos, y la sentencia y parecer de su mayoral, el cual salió á dar
la bolsa al alguacil, y Cortadillo se quedó confirmado con el renombre
de bueno, bien como si fuera D. Alonso Perez de Guzman el Bueno, que
arrojó el cuchillo por los muros de Tarifa para degollar á su único
hijo.
Al volver que volvió Monipodio, entraron con él dos mozas, afeitados
los rostros, llenos de color los labios y de albayalde los pechos,
cubiertas con medios mantos de añascote, llenas de desenfado y
desvergüenza: señales claras por donde en viéndolas Rinconete y
Cortadillo conocieron que eran de la casa llana, y no se engañaron en
nada; y así como entraron se fueron con los brazos abiertos la una á
Chiquiznaque y la otra á Maniferro, que estos eran los nombres de los
dos bravos; y el de Maniferro era porque traia una mano de hierro en
lugar de otra que le habian cortado por justicia: ellos las abrazaron
con grande regocijo, y les preguntaron si traian algo con que mojar la
canal maestra.
--Pues ¿habia de faltar, diestro mio? respondió la una, que se llamaba
la Gananciosa: no tardará mucho á venir Silbatillo tu trainel con la
canasta de colar atestada de lo que Dios ha sido servido.
Y así fué verdad, porque al instante entró un muchacho con una canasta
de colar cubierta con una sábana.
Alegráronse todos con la entrada de Silbato, y al momento mandó sacar
Monipodio una de las esteras de enea que estaban en el aposento, y
tenderla en medio del patio; y ordenó asimismo que todos se sentasen
á la redonda; porque en cortando la cólera se trataria de lo que mas
conviniese. Á esto dijo la vieja que habia rezado á la imágen:
--Hijo Monipodio, yo no estoy para fiestas, porque tengo un vaguido de
cabeza dos dias ha que me trae loca, y mas, que ántes que sea mediodía
tengo de ir á cumplir mis devociones, y poner mis candelicas á nuestra
Señora de las Aguas, y al santo Crucifijo de santo Agustin, que no lo
dejaria de hacer, si nevase y ventiscase: á lo que he venido es que
anoche el Renegado y Centopiés llevaron á mi casa una canasta de colar
algo mayor que la presente, llena de ropa blanca, y en Dios y en mi
ánima que venia con su cernada y todo, que los pobretes no debieron de
tener lugar de quitalla, y venian sudando la gota tan gorda, que era
una compasion verlos entrar jadeando y corriendo agua de sus rostros,
que parecian unos angelicos: dijéronme que iban en seguimiento de un
ganadero que habia pesado ciertos carneros en la carnicería, por ver si
le podian dar un tiento en un grandísimo gato de reales que llevaba:
no desembanastaron ni contaron la ropa, fiados en la entereza de mi
conciencia, y así me cumpla Dios mis buenos deseos y nos libre á todos
de poder de justicia, que no he tocado la canasta, y que se está tan
entera como cuando nació.
--Todo se le cree, señora madre, respondió Monipodio, y estése así la
canasta, que yo iré allá á boca de sorna, y haré cala y cata de lo que
tiene, y daré á cada uno lo que le tocare, bien y fielmente, como tengo
de costumbre.
--Sea como vos lo ordenáredes, hijo, respondió la vieja, y porque se me
hace tarde, dadme un traguillo si teneis, para consolar este estómago,
que tan desmayado anda de contino.
--Y ¿qué tal lo beberéis, madre mia? dijo á esta sazon la Escalanta,
que así se llamaba la compañera de la Gananciosa.
Y descubriendo la canasta, se manifestó una bota á modo de cuero, con
hasta dos arrobas de vino, y un corcho que podria caber sosegadamente y
sin apremio hasta una azumbre, y llevándole la Escalanta, se le puso en
las manos á la devotísima vieja, la cual tomándole con ambas manos, y
habiéndole soplado un poco de espuma, dijo:
--Mucho echaste, hija Escalanta, pero Dios dará fuerzas para todo.
Y aplicándosele á los labios, de un tiron y sin tomar aliento lo
trasegó del corcho al estómago, y acabó diciendo:
--De Guadalcanal es, y aun tiene un es no es de yeso el señorico; Dios
te consuele, hija, que así me has consolado, sino que temo que me ha
de hacer mal, porque no me he desayunado.
--No hará, madre, respondió Monipodio, porque es trasañejo.
--Así lo espero yo en la Vírgen, respondió la vieja.
Y añadió:
--Mirad, niñas, si teneis acaso algun cuarto para comprar las
candelicas de mi devocion, porque con la priesa y gana que tenia
de venir á traer las nuevas de la canasta, se me olvidó en casa la
escarcela.
--Yo sí tengo, señora Pipota, que este era el nombre de la buena vieja,
respondió la Gananciosa, tome, ahí le doy dos cuartos; del uno le ruego
que compre una para mí, y se la ponga al señor S. Miguel, y si puede
comprar dos, ponga la otra al señor S. Blas, que son mis abogados:
quisiera que pusiera otra á la señora Sta. Lucía (que por lo de los
ojos tambien la tengo devocion), pero no tengo trocado, mas otro dia
habrá donde se cumpla con todo.
--Muy bien harás, hija, y mira no seas miserable, que es de mucha
importancia llevar la persona las candelas delante de sí ántes que se
muera, y no aguardar á que las pongan los herederos ó albaceas.
--Bien dice la madre Pipota, dijo la Escalanta.
Y echando mano á la bolsa, le dió otro cuarto, y le encargó que pusiese
otras dos candelicas á los santos que á ella le pareciesen que eran
de los mas aprovechados y agradecidos. Con esto se fué la Pipota,
diciéndoles:
--Holgáos, hijos, ahora que teneis tiempo; que vendrá la vejez y
lloraréis en ella los ratos que perdisteis en la mocedad como yo los
lloro, y encomendadme á Dios en vuestras oraciones, que yo voy á hacer
lo mismo por mí y por vosotros, porque él nos libre y conserve en
nuestro trato peligroso, sin sobresaltos de justicia.
Y con esto se fué.
Ida la vieja, se sentaron todos al rededor de la estera, y la
Gananciosa tendió la sábana por manteles; y lo primero que sacó de
la cesta fué un gran haz de rábanos y hasta dos docenas de naranjas
y limones, y luego una cazuela grande llena de tajadas de bacallao
frito: manifestó luego medio queso de Flándes, y una olla de famosas
aceitunas, y un plato de camarones, y gran cantidad de cangrejos con
su llamativo de alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas
blanquísimas de Gandul: serian los del almuerzo hasta catorce, y
ninguno dellos dejó de sacar su cuchillo de cachas amarillas, si no fué
Rinconete, que sacó su media espada; á los dos viejos de bayeta y á
la guia tocó el escanciar con el corcho de colmena. Mas apénas habian
comenzado á dar asalto á las naranjas, cuando les dió á todos gran
sobresalto los golpes que dieron á la puerta: mandóles Monipodio que
se sosegasen, y entrando en la sala baja, y descolgando un broquel,
puesto mano á la espada, llegó á la puerta, y con voz hueca y espantosa
preguntó:
--¿Quién llama?
Respondieron de fuera:
--Yo soy, que no es nadie, señor Monipodio: Tagarote soy, centinela
desta mañana, y vengo á decir que viene aquí Juliana la Cariharta, toda
desgreñada y llorosa, que parece haberle sucedido algun desastre.
En esto llegó la que decia, sollozando, y sintiéndola Monipodio, abrió
la puerta, y mandó á Tagarote que se volviese á su posta, y que de
allí adelante avisase lo que viese, con ménos estruendo y ruido: él
dijo que así lo haria. Entró la Cariharta, que era una moza del jaez
de las otras y del mismo oficio: venia descabellada, y la cara llena
de tolondrones, y así como entró en el patio, se cayó en el suelo
desmayada: acudieron á socorrerla la Gananciosa y la Escalanta, y
desabrochándole el pecho, la hallaron toda denegrida y como magullada.
Echáronle agua en el rostro, y ella volvió en sí diciendo á voces:
--La justicia de Dios y del rey venga sobre aquel ladron desuellacaras,
sobre aquel cobarde bajamanero, sobre aquel pícaro lendroso, que le he
quitado mas veces de la horca que tiene pelos en las barbas: desdichada
de mí, mirad por quién he perdido y gastado mi mocedad y la flor de mis
años, sino por un bellaco desalmado, facinoroso é incorregible.
--Sosiégate, Cariharta, dijo á esta sazon Monipodio, que aquí estoy
yo que te haré justicia; cuéntanos tu agravio, que mas estarás tú en
contarle que yo en hacerte vengada; díme si has habido algo con tu
respeto; que si así es, y quieres venganza, no has menester mas que
boquear.
--¿Qué respeto? respondió Juliana: respetada me vea yo en los
infiernos, si mas lo fuere de aquel leon con las ovejas, y cordero con
los hombres: ¿con aquel habia yo de comer mas pan á manteles, ni yacer
en uno? primero me vea yo comida de adivas estas carnes, que me ha
parado de la manera que ahora veréis.
Y alzándose al instante las faldas hasta la rodilla y aun un poco mas,
las descubrió llenas de cardenales:
--Desta manera, prosiguió, me ha parado aquel ingrato del Repolido,
debiéndome mas que á la madre que le parió: y ¿por qué pensais que lo
ha hecho? montas que le di yo ocasion para ello: no por cierto, no lo
hizo mas sino porque estando jugando y perdiendo, me envió á pedir con
Cabrillas, su trainel, treinta reales, y no le envié mas de veinte y
cuatro, que el trabajo y afan con que yo los habia ganado, ruego yo
á los cielos que vaya en descuento de mis pecados; y en pago desta
cortesía y buena obra, creyendo él que yo le sisaba algo de la cuenta
que él allá en su imaginacion habia hecho de lo que yo podria tener,
esta mañana me sacó al campo detras de la huerta del Rey, y allí entre
unos olivares me desnudó, y con la pretina, sin escusar ni recoger
los hierros, que en malos grillos y hierros le vea yo, me dió tantos
azotes, que me dejó por muerta: de la cual verdadera historia son
buenos testigos estos cardenales que mirais.
Aquí tornó á levantar las voces, aquí volvió á pedir justicia, y aquí
se la prometió de nuevo Monipodio y todos los bravos que allí estaban.
La Gananciosa tomó la mano á consolalla, diciéndole que ella diera de
muy buena gana una de las mejores preseas que tenia, porque le hubiera
pasado otro tanto con su querido.
--Porque quiero, dijo, que sepas, hermana Cariharta, si no lo sabes,
que á lo que se quiere bien se castiga, y cuando estos bellacones nos
dan, y azotan y acocean, entónces nos adoran; si no, confiésame una
verdad por tu vida: despues que te hubo Repolido castigado y brumado,
¿no te hizo alguna caricia?
--¿Cómo una? respondió la llorosa, cien mil me hizo, y diera él un dedo
de la mano porque me fuera con él á su posada, y aun me parece que casi
se le saltaron las lágrimas de los ojos despues de haberme molido.
--No hay dudar en eso, replicó la Gananciosa, y lloraria él de pena de
ver cuál te habia puesto, que en estos tales hombres y en tales casos
no han cometido la culpa, cuando les viene el arrepentimiento: y tú
verás, hermana, si no viene á buscarte ántes que de aquí nos vamos, y á
pedirte perdon de todo lo pasado, rindiéndosete como un cordero.
--En verdad, respondió Monipodio, que no ha de entrar por estas puertas
el cobarde embesado, si primero no hace una manifiesta penitencia del
cometido delito: ¿las manos habia él de ser osado ponerlas en el rostro
de la Cariharta ni en sus carnes, siendo persona que puede competir en
limpieza y ganancia con la misma Gananciosa que está delante, que no lo
puedo mas encarecer?
--¡Ay! dijo á esta sazon la Juliana, no diga vuesa merced, señor
Monipodio, mal de aquel maldito, que con cuan malo es, le quiero mas
que á las telas de mi corazon, y hanme vuelto el alma al cuerpo las
razones que en su abono ha dicho mi amiga la Gananciosa, y en verdad
que estoy por ir á buscarle.
--Eso no harás tú por mi consejo, replicó la Gananciosa, porque se
estenderá y ensanchará, y hará tretas en tí como en cuerpo muerto.
Sosiégate, hermana, que ántes de mucho le verás venir tan arrepentido
como he dicho, y si no viniere, escribirémosle un papel en coplas que
le amargue.
--Eso sí, dijo la Cariharta, que tengo mil cosas que escribirle.
--Yo seré el secretario cuando sea menester, dijo Monipodio; y aunque
no soy nada poeta, todavía, si el hombre se arremanga, se atreverá á
hacer dos millares de coplas en daca las pajas, y cuando no salieren
como deben, yo tengo un barbero amigo, gran poeta, que nos henchirá
las medidas á todas horas, y en la de agora acabemos lo que teníamos
comenzado del almuerzo, que despues todo se andará.
Fué contenta la Juliana de obedecer á su mayor, y así todos volvieron
á su _gaudeamus_, y en poco espacio vieron el fondo de la canasta
y las heces del cuero: los viejos bebieron _sine fine_, los mozos
adunia, las señoras los quiries: los viejos pidieron licencia para
irse, diósela luego Monipodio, encargándoles viniesen á dar noticia con
toda puntualidad de todo aquello que viesen ser útil y conveniente á
la comunidad: respondieron que ellos se lo tenian bien en cuidado, y
fuéronse.
Rinconete, que de suyo era curioso, pidiendo primero perdon y licencia,
preguntó á Monipodio que ¿de qué servian en la cofradía dos personajes
tan canos, tan graves y apersonados? á lo cual respondió Monipodio que
aquellos en su germania y manera de hablar se llamaban abispones, y
que servian de andar de dia por toda la ciudad, abispando en qué casa
se podia dar tiento de noche, y en seguir los que sacaban dinero de
la Contratacion ó casa de la moneda, para ver dónde lo llevaban, y
aun dónde lo ponian; y en sabiéndolo, tanteaban la groseza del muro
de la tal casa, y deseñaban el lugar mas conveniente para hacer los
guzpataros (que son agujeros) para facilitar la entrada: en resolucion
dijo que era la gente de mas ó de tanto provecho que habia en su
hermandad, y que de todo aquello que por su industria se hurtaba
llevaban el quinto, como su Majestad de los tesoros, y que con todo
esto eran hombres de mucha verdad, y muy honrados, y de buena vida y
fama, temerosos de Dios y de sus conciencias, que cada dia oian misa
con estraña devocion.
--Y hay dellos tan comedidos, especialmente estos dos que de aquí se
van agora, que se contentan con mucho ménos de lo que por nuestros
aranceles les toca: otros dos hay, que son palanquines, los cuales como
por momentos mudan casas, saben las entradas y salidas de todas las de
la ciudad, y cuáles pueden ser de provecho, y cuáles no.
--Todo me parece de perlas, dijo Rinconete, y querria ser de algun
provecho á tan famosa cofradía.
--Siempre favorece el cielo á los buenos deseos, dijo Monipodio.
Estando en esta plática llamaron á la puerta; salió Monipodio á ver
quién era, y preguntándolo, respondieron:
--Abra voacé, señor Monipodio, que el Repolido soy.
Oyó esta voz Cariharta, y alzando al cielo la suya, dijo:
--No le abra vuesa merced, señor Monipodio, no le abra á ese marinero
de Tarpeya, á ese tigre de Ocaña.
No dejó por esto Monipodio de abrir á Repolido; pero viendo la
Cariharta que le abria, se levantó corriendo y se entró en la sala de
los broqueles, y cerrando tras sí la puerta, desde dentro á grandes
voces decia:
--Quítenmelo de delante á ese gesto de por demas, á ese verdugo de
inocentes, asombrador de palomas duendas.
Maniferro y Chiquiznaque tenian á Repolido, que en todas maneras queria
entrar donde la Cariharta estaba; pero como no le dejaban, decia desde
afuera:
--No haya mas, enojada mia; por tu vida que te sosiegues, ansí te veas
casada.
--¿Casada yo, malino? respondió la Cariharta; mira en qué tecla toca;
ya quisieras tú que lo fuera contigo, y ántes lo seria yo con una
notomía de muerte, que contigo.
--Ea, boba, replicó Repolido, acabemos ya, que es tarde, y mire no
se ensanche por verme hablar tan manso, y venir tan rendido, porque
vive el dador, si se me sube la cólera al campanario, que sea peor la
recaida que la caida; humíllese, y humillémonos todos, y no demos de
comer al diablo.
--Y aun de cenar le daria yo, dijo la Cariharta, porque te llevase
donde nunca mas mis ojos te viesen.
--¿No os digo yo? dijo Repolido; por Dios, que voy oliendo, señora
trinquete, que lo tengo de echar todo á doce, aunque nunca se venda.
Á esto dijo Monipodio:
--En mi presencia no ha de haber demasías: la Cariharta saldrá, no por
amenazas, sino por amor mio, y todo se hará bien; que las riñas entre
los que bien se quieren, son causa de mayor gusto cuando se hacen las
paces: ¡ah, Juliana, ah niña, ah Cariharta mia! Sal acá fuera por mi
amor, que yo haré que el Repolido te pida perdon de rodillas.
--Como él eso haga, dijo la Escalanta, todas seremos en su favor y en
rogar á Juliana salga acá fuera.
--Si esto ha de ir por via de rendimiento que güela á menoscabo de
la persona, dijo el Repolido, no me rendiré á un ejército formado de
esguízaros; mas si es por via de que la Cariharta gusta dello, no digo
yo hincarme de rodillas, pero un clavo me hincaré por la frente en su
servicio.
Riéronse desto Chiquiznaque y Maniferro, de lo cual se enojó tanto
el Repolido, pensando que hacian burla dél, que dijo con muestras de
infinita cólera:
--Cualquiera que se riere ó se pensase reir de lo que la Cariharta
contra mí, ó yo contra ella, hemos dicho ó dijéremos, digo que miente y
mentirá todas las veces que se riere ó lo pensare, como ya he dicho.
Miráronse Chiquiznaque y Maniferro de tan mal garbo y talle, que
advirtió Monipodio que pararia en un gran mal, si no lo remediaba; y
así poniéndose luego en medio dellos, dijo: