--Sea en buen hora, dijo el otro, y en merced muy grande tengo la que

vuesa merced me ha hecho en darme cuenta de su vida, con que me ha

obligado á que yo no le encubra la mia, que diciéndola mas breve, es

esta: Yo nací en el Pedroso, lugar puesto entre Salamanca y Medina del

Campo: mi padre es sastre, enseñóme su oficio, y de corte de tijera con

mi buen ingenio salté á cortar bolsas: enfadóme la vida estrecha de

la aldea y el desamorado trato de mi madrastra: dejé mi pueblo, vine

á Toledo á ejercitar mi oficio, y en él he hecho maravillas; porque

no pende relicario de toca, ni hay faldriquera tan escondida, que mis

dedos no visiten, ni mis tijeras no corten, aunque le estén guardando

con los ojos de Argos: y en cuatro meses que estuve en aquella

ciudad, nunca fuí cogido entre puertas, ni sobresaltado ni corrido de

corchetes, ni soplado de ningun cañuto; bien es verdad que habrá ocho

dias que una espía doble dió noticia de mi habilidad al corregidor, el

cual aficionado á mis buenas partes quisiera verme; mas yo que por ser

humilde no quiero tratar con personas tan graves, procuré de no verme

con él, y así salí de la ciudad con tanta priesa, que no tuve lugar de

acomodarme de cabalgaduras, ni blancas, ni de algun coche de retorno, ó

por lo ménos de un carro.

--Eso se borre, dijo Rincon, y pues ya nos conocemos, no hay para qué

aquesas grandezas ni altiveces: confesemos llanamente que no tenemos

blanca ni aun zapatos.

--Sea así, respondió Diego Cortado (que así dijo el menor que se

llamaba), y pues nuestra amistad, como vuesa merced, señor Rincon, ha

dicho, ha de ser perpetua, comencémosla con santas y loables ceremonias.

Y levantándose Diego Cortado abrazó á Rincon, y Rincon á él tierna y

estrechamente, y luego se pusieron los dos á jugar á la veintiuna con

los ya referidos naipes, limpios de polvo y de paja, mas no de grasa y

malicia: y á pocas manos alzaba tan bien por el as Cortado, como Rincon

su maestro.

Salió en esto un arriero á refrescarse al portal, y pidió que queria

hacer tercio: acogiéronle de buena gana, y en ménos de media hora le

ganaron doce reales y veinte y dos maravedises, que fué darle doce

lanzadas y veinte y dos mil pesadumbres: y creyendo el arriero que

por ser muchachos no se lo defenderian, quiso quitarles el dinero;

mas ellos poniendo el uno mano á su media espada, y el otro al de

las cachas amarillas, le dieron tanto que hacer, que á no salir sus

compañeros, sin duda lo pasara harto mal.

Á esta sazon pasaron acaso por el camino una tropa de caminantes á

caballo, que iban á sestear á la venta del Alcalde, que está media

legua mas adelante, los cuales viendo la pendencia del arriero con

los dos muchachos, los apaciguaron y les dijeron que si acaso iban á

Sevilla que se viniesen con ellos.

--Allá vamos, dijo Rincon, y serviremos á vuesas mercedes en todo

cuanto nos mandaren.

Y sin mas detenerse saltaron delante de las mulas, y se fueron

con ellos, dejando al arriero agraviado y enojado, y á la ventera

admirada de la buena crianza de los pícaros, que les habia estado

oyendo su plática, sin que ellos advirtiesen en ello; y cuando dijo

al arriero que les habia oido decir que los naipes que traian eran

falsos, se pelaba las barbas, y queria ir á la venta tras ellos á

cobrar su hacienda, porque decia que era grandísima afrenta y caso

de ménos valer, que dos muchachos hubiesen engañado á un hombrazo

tan grande como él: sus compañeros le detuvieron y aconsejaron que

no fuese, siquiera por no publicar su inhabilidad y simpleza. En fin

tales razones le dijeron, que aunque no le consolaron, le obligaron á

quedarse.

En esto Cortado y Rincon se dieron tan buena maña en servir á los

caminantes, que lo mas del camino los llevaban á las ancas; y aunque

se les ofrecian algunas ocasiones de tentar las balijas de sus medios

amos, no las admitieron por no perder la ocasion tan buena del viaje de

Sevilla, donde ellos tenian grande deseo de verse.

Con todo esto á la entrada de la ciudad, que fué á la oracion y por la

puerta de la Aduana á causa del registro y almojarifazgo que se paga,

no se pudo contener Cortado de no cortar la balija ó maleta que á las

ancas traia un frances de la camarada, y así con el de sus cachas le

dió tan larga y profunda herida, que se parecian patentemente las

entrañas, y sutilmente le sacó dos camisas buenas, un reloj de sol, y

un libro de memoria, cosas que cuando las vieron, no les dieron mucho

gusto; y pensando que pues el frances llevaba á las ancas aquella

maleta, no la habia de haber ocupado con tan poco peso como era el que

tenian aquellas preseas, quisieran volver á darle otro tiento; pero no

lo hicieron, imaginando que ya lo habrian echado ménos, y puesto en

recaudo lo que quedaba.

Habíanse despedido ántes que el salto hiciesen, de los que hasta

allí los habian sustentado; y otro dia vendieron las camisas en el

malbaratillo que se hace fuera de la puerta del Arenal, y dellas

hicieron veinte reales. Hecho esto se fueron á ver la ciudad, y

admiróles la grandeza y suntuosidad de su mayor iglesia, el gran

concurso de gente del rio, porque era en tiempo de cargazon de flota, y

habia en él seis galeras, cuya vista les hizo suspirar y aun temer el

dia que sus culpas les habian de traer á morar en ellas de por vida:

echaron de ver los muchos muchachos de la esportilla que por allí

andaban; informáronse de uno dellos qué oficio era aquel, y si era de

mucho trabajo y de qué ganancia.

Un muchacho asturiano, que fué á quien hicieron la pregunta, respondió

que el oficio era descansado, y de que no se pagaba alcabala, y que

algunos dias salia con cinco y con seis reales de ganancia, con que

comia y bebia, y triunfaba como cuerpo de rey, libre de buscar amo á

quien dar fianzas, y seguro de comer á la hora que quisiese, pues á

todas lo hallaba en el mas mínimo bodegon de toda la ciudad, en la cual

habia tantos y tan buenos.

No les pareció mal á los dos amigos la relacion del asturianillo, ni

les descontentó el oficio, por parecerles que venia como de molde

para poder usar el suyo con cubierta y seguridad, por la comodidad

que ofrecia de entrar en todas las casas; y luego determinaron de

comprar los instrumentos necesarios para usalle, pues lo podian usar

sin exámen: y preguntándole al asturiano qué habian de comprar, les

respondió que sendos costales pequeños, limpios, ó nuevos, y cada uno

tres espuertas de palma, dos grandes y una pequeña, en las cuales se

repartia la carne, pescado y fruta, en el costal el pan, y él les

guió donde lo vendian, y ellos del dinero de la galima del frances

lo compraron todo; y dentro de dos horas pudieran estar graduados en

el nuevo oficio segun les ensayaban las esportillas, y asentaban los

costales; avisóles su adalid de los puestos donde habian de acudir: por

las mañanas á la carnicería y á la plaza de San Salvador, los dias de

pescado á la Pescadería y á la Costanilla, todas las tardes al rio, los

juéves á la feria.

Toda esta leccion tomaron bien de memoria, y otro dia bien de mañana

se plantaron en la plaza de San Salvador, y apénas hubieron llegado,

cuando los rodearon otros mozos del oficio, que por lo flamante de

los costales y espuertas vieron ser nuevos en la plaza; hiciéronles

mil preguntas, y á todas respondian con discrecion y mesura: en esto

llegaron un medio estudiante y un soldado, y convidados de la limpieza

de las espuertas de los dos novatos, el que parecia estudiante llamó á

Cortado, y el soldado á Rincon.

--En nombre sea de Dios, dijeron ambos.

--Para bien se comience el oficio, dijo Rincon, que vuesa merced me

estrena, señor mio.

Á lo cual respondió el soldado:

--La estrena no será mala, porque estoy de ganancia, y soy enamorado, y

tengo de hacer hoy banquete á unas amigas de mi señora.

--Pues cargue vuesa merced á su gusto, que ánimo tengo y fuerzas para

llevarme toda esta plaza, y aun si fuere menester que ayude á guisallo,

lo haré de muy buena voluntad.

Contentóse el soldado de la buena gracia del mozo, y díjole que si

queria servir, que él le sacaria de aquel abatido oficio: á lo cual

respondió Rincon que por ser aquel el dia primero que le usaba, no le

queria dejar tan presto hasta ver á lo ménos lo que tenia de malo ó

bueno; y cuando no le contentase, él daba su palabra de servirle á él,

y ántes que á un canónigo.

Rióse el soldado, cargóle muy bien, mostróle la casa de su dama para

que la supiese de allí adelante, y él no tuviese necesidad, cuando otra

vez le enviase, de acompañarle. Rincon prometió fidelidad y buen trato:

dióle el soldado tres cuartos, y en un vuelo volvió á la plaza por

no perder coyuntura; porque tambien desta diligencia les advirtió el

asturiano, y de que cuando llevasen pescado menudo, conviene á saber,

albures, ó sardinas, ó acedías, bien podian tomar algunas, y hacerlas

la salva, siquiera para el gasto de aquel dia; pero que esto habia

de ser con toda sagacidad y advertimiento, porque no se perdiese el

crédito, que era lo que mas importaba en aquel ejercicio.

Por presto que volvió Rincon, ya halló en el mismo puesto á Cortado.

Llegóse Cortado á Rincon, y preguntóle que cómo le habia ido. Rincon

abrió la mano, y mostróle los tres cuartos. Cortado entró la suya en

el seno, y sacó una bolsilla que mostraba haber sido de ámbar en los

pasados tiempos; venia algo hinchada, y dijo:

--Con esta me pagó su reverencia del estudiante y con dos cuartos mas;

tomadla vos, Rincon, por lo que puede suceder.

Y habiéndosela ya dado secretamente, veis aquí do vuelve el estudiante

trasudando y turbado de muerte, y viendo á Cortado le dijo si acaso

habia visto una bolsa de tales y tales señas, que con quince escudos de

oro en oro, y con tres reales de á dos, y tantos maravedís en cuartos

y en ochavos le faltaba, y que le dijese si la habia tomado en el

entre tanto que con él habia andado comprando. Á lo cual con estraño

disimulo, sin alterarse ni mudarse en nada, respondió Cortado:

--Lo que yo sabré decir desa bolsa es que no debe de estar perdida, si

ya no es que vuesa merced la puso á mal recaudo.

--Eso es ello, pecador de mí, respondió el estudiante, que la debí de

poner á mal recaudo, pues me la hurtaron.

--Lo mismo digo yo, dijo Cortado: pero para todo hay remedio, si no

es para la muerte, y el que vuesa merced podrá tomar es lo primero y

principal tener paciencia, que de ménos nos hizo Dios, y un dia viene

tras otro dia, y donde las dan las toman, y podria ser que con el

tiempo el que llevó la bolsa se viniese á arrepentir, y se la volviese

á vuestra merced sahumada.

--El sahumerio le perdonaríamos, respondió el estudiante.

Y Cortado prosiguió diciendo:

--Cuanto mas que cartas de descomunion hay paulinas, y buena

diligencia, que es madre de la buenaventura, aunque á la verdad no

quisiera yo ser el llevador de la bolsa, porque si es que vuesa merced

tiene alguna órden sacra, parecermeia á mí que habia cometido algun

grande incesto ó sacrilegio.

--Y ¿cómo que ha cometido sacrilegio? dijo á esto adolorido el

estudiante; que puesto caso que yo no soy sacerdote sino sacristan de

unas monjas, el dinero de la bolsa era del tercio de una capellanía que

me dió á cobrar un sacerdote amigo mio, y es dinero sagrado y bendito.

--Con su pan se lo coma, dijo Rincon á este punto, no le arriendo

la ganancia, dia de juicio hay donde todo saldrá, como dicen, en la

colada, y entónces se verá quién fué Callejas, y el atrevido que se

atrevió á tomar, hurtar y menoscabar el tercio de la capellanía: y

¿cuánto renta cada año, dígame, señor sacristan, por su vida?

--Renta la puta que me parió; y ¡estoy yo agora para decir lo que

renta! respondió el sacristan con algun tanto de demasiada cólera:

decidme, hermano, si sabeis algo, si no quedad con Dios, que yo la

quiero hacer pregonar.

--No me parece mal remedio ese, dijo Cortado, pero advierta vuesa

merced no se le olviden las señas de la bolsa, ni la cantidad

puntualmente del dinero que va en ella, que si yerra en un ardite, no

parecerá en dias del mundo, y esto le doy por hado.

--No hay que temer deso, respondió el sacristan, que lo tengo mas en la

memoria que el tocar de las campanas: no me erraré en un átomo.

Sacó en esto de la faldriquera un pañuelo randado para limpiarse el

sudor que llovia de su rostro como de alquitara; y apénas le hubo visto

Cortado, cuando le marcó por suyo: y habiéndose ido el sacristan,

Cortado le siguió y le alcanzó en las gradas, donde le llamó y le

retiró á una parte, y allí le comenzó á decir tantos disparates al modo

de lo que llaman bernardinas, cerca del hurto y hallazgo de su bolsa,

dándole buenas esperanzas, sin concluir jamas razon que comenzase, que

el pobre sacristan estaba embelesado escuchándole; y como no acababa de

entender lo que le decia, hacia que le repitiese la razon dos y tres

veces.

Estábale mirando Cortado á la cara atentamente, y no quitaba los ojos

de sus ojos: el sacristan le miraba de la misma manera, estando colgado

de sus palabras: este tan grande embelesamiento dió lugar á Cortado que

concluyese su obra, y sutilmente le sacó el pañuelo de la faldriquera,

y despidiéndose dél, le dijo que á la tarde procurase de verle en aquel

mismo lugar, porque él traia entre ojos que un muchacho de su mismo

oficio y de su mismo tamaño, que era algo ladroncillo, le habia tomado

la bolsa, y que él se obligaba á saberlo dentro de pocos ó de muchos

dias.

Con esto se consoló algo el sacristan, y se despidió de Cortado, el

cual se vino donde estaba Rincon, que todo lo habia visto un poco

apartado dél, y mas abajo estaba otro mozo de la esportilla que vió

todo lo que habia pasado, y cómo Cortado daba el pañuelo á Rincon; y

llegándose á ellos les dijo:

--Díganme, señores galanes, ¿voacedes son de mala entrada, ó no?

--No entendemos esa razon, señor galan, respondió Rincon.

--¿Qué, no entrevan, señores murcios? respondió el otro.

--No somos de Teba ni de Murcia, dijo Cortado; si otra cosa quiere,

dígala; si no, váyase con Dios.

--¿No lo entienden? dijo el mozo, pues yo se lo daré á entender y á

beber con una cuchara de plata: quiero decir, señores ¿si son vuesas

mercedes ladrones? mas no sé para qué les pregunto esto, pues sé ya que

lo son; mas díganme, ¿cómo no han ido á la aduana del señor Monipodio?

--¿Págase en esta tierra almojarifazgo de ladrones, señor galan? dijo

Rincon.

--Si no se paga, respondió el mozo, á lo ménos regístranse ante el

señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su amparo; y así les

aconsejo que vengan conmigo á darle la obediencia, ó si no no se

atrevan á hurtar sin su señal, que les costará caro.

--Yo pensé, dijo Cortado, que el hurtar era oficio libre, horro de

pecho y alcabala, y que si se paga es por junto, dando por fiadores

á la garganta y á las espaldas; pero pues así es, y en cada tierra

hay su uso, guardemos nosotros el desta, que por ser la mas principal

del mundo, será el mas acertado de todo él; y así puede vuesa merced

guiarnos donde está ese caballero que dice, que ya yo tengo barruntos,

segun lo que he oido decir, que es muy calificado y generoso, y ademas

hábil en el oficio.

--Y ¿cómo que es calificado, hábil y suficiente? respondió el mozo:

eslo tanto, que en cuatro años que ha que tiene el cargo de ser nuestro

mayor y padre, no han padecido sino cuatro en el finibusterre, y obra

de treinta embesados, y de sesenta y dos en gurapas.

--En verdad, señor, dijo Rincon, que así entendemos esos nombres como

volar.

--Comencemos á andar, que yo los iré declarando por el camino,

respondió el mozo, con otros algunos que así les conviene saberlos como

el pan de la boca.

Y así les fué diciendo y declarando otros nombres, de los que ellos

llaman germanescos ó de la germania, en el discurso de su plática, que

no fué corta, porque el camino era largo, en el cual dijo Rincon á su

guia:

--¿Es vuesa merced por ventura ladron?

--Sí, respondió él, para servir á Dios y á la buena gente, aunque no de

los muy cursados, que todavía estoy en el año del noviciado.

Á lo cual respondió Cortado:

--Cosa nueva es para mí, que haya ladrones en el mundo para servir á

Dios y á la buena gente.

Á lo cual respondió el mozo:

--Señor, yo no me meto en teologías; lo que sé es que cada uno en su

oficio puede alabar á Dios, y mas con la órden que tiene dada Monipodio

á todos sus ahijados.

--Sin duda, dijo Rincon, debe de ser buena y santa, pues hace que los

ladrones sirvan á Dios.

--Es tan santa y buena, replicó el mozo, que no sé yo si se podrá

mejorar en nuestro arte. Él tiene ordenado que de lo que hurtáremos

demos alguna cosa ó limosna para el aceite de la lámpara de una imágen

muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes

cosas por esta buena obra; porque los dias pasados dieron tres ansias

á un cuatrero que habia murciado dos roznos, y con estar flaco y

cuartanario, así los sufrió sin cantar, como si fueran nada; y esto

atribuimos los del arte á su buena devocion, porque sus fuerzas no eran

bastantes para sufrir el primer desconcierto del verdugo: y porque sé

que me han de preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero

curarme en salud y decírselo ántes que me lo pregunten: sepan voacedes

que cuatrero es ladron de bestias: ansia es el tormento: roznos los

asnos, hablando con perdon: primer desconcierto es las primeras vueltas

de cordel que da el verdugo: tenemos mas, que rezamos nuestro rosario

repartido en toda la semana, y algunos de nosotros no hurtamos el dia

del viérnes, ni tenemos conversacion con mujer que se llame María, el

dia del sábado.

--De perlas me parece todo eso, dijo Cortado; pero dígame vuesa merced,

¿hácese otra restitucion, ó otra penitencia mas de la dicha?

--En esto de restituir no hay que hablar, respondió el mozo, porque

es cosa imposible por las muchas partes en que se divide lo hurtado,

llevando cada uno de los ministros y contrayentes la suya, y así el

primer hurtador no puede restituir nada; cuanto mas, que no hay quien

nos mande hacer esta diligencia á causa que nunca nos confesamos, y si

sacan cartas de descomunion, jamas llegan á nuestra noticia, porque

jamas vamos á la iglesia al tiempo que se leen, sino es los dias de

jubileo, por la ganancia que nos ofrece el concurso de la mucha gente.

--¿Y con solo eso que hacen, dicen esos señores, dijo Cortado, que su

vida es santa y buena?

--Pues ¿qué tiene de mala? replicó el mozo: ¿no es peor ser hereje, ó

renegado, ó matar á su padre y madre, ó ser solomico?

--Sodomita querrá decir vuesa merced, respondió Rincon.

--Eso digo, dijo el mozo.

--Todo es malo, replicó Cortado; pero pues nuestra suerte ha querido

que entremos en esta cofradía, vuesa merced alargue el paso, que muero

por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan.

--Presto se les cumplirá su deseo, dijo el mozo, que ya desde aquí se

descubre su casa: vuesas mercedes se queden á la puerta, que yo entraré

á ver si está desocupado, porque estas son las horas cuando él suele

dar audiencia.

--En buena sea, dijo Rincon.

Y adelantándose un poco el mozo, entró en una casa no muy buena, sino

de muy mala apariencia; y los dos se quedaron esperando á la puerta: él

salió luego y los llamó, y ellos entraron, y su guia les mandó esperar

en un pequeño patio ladrillado que de puro limpio y aljofifado parecia

que vertia carmin de lo mas fino: al un lado estaba un banco de tres

piés, y al otro un cántaro desbocado, con un jarrillo encima no ménos

falto que el cántaro: á otra parte estaba una estera de enea, y en el

medio un tiesto, que en Sevilla llaman maceta de albahaca.

Miraban los mozos atentamente las alhajas de la casa, en tanto que

bajaba el señor Monipodio, y viendo que tardaba, se atrevió Rincon á

entrar en una sala baja de dos pequeñas que en el patio estaban, y vió

en ella dos espadas de esgrima y dos broqueles de corcho pendientes de

cuatro clavos, y una arca grande sin tapa ni cosa que la cubriese, y

otras tres esteras de enea tendidas por el suelo: en la pared frontera

estaba pegada á la pared una imágen de nuestra Señora, destas de mala

estampa, y mas abajo pendia una esportilla de palma, y encajada en la

pared una almofia blanca, por do coligió Rincon que la esportilla

servia de cepo para limosna, y la almofia de tener agua bendita; y así

era la verdad.

Estando en esto entraron en la casa dos mozos de hasta veinte años cada

uno, vestidos de estudiantes, y de allí á poco dos de la esportilla

y un ciego, y sin hablar palabra ninguna, se comenzaron á pasear por

el patio: no tardó mucho cuando entraron dos viejos de bayeta con

antojos que los hacian graves y dignos de ser respetados, con sendos

rosarios de sonadoras cuentas en las manos: tras ellos entró una vieja

halduda, y sin decir nada se fué á la sala, y habiendo tomado agua

bendita con grandísima devocion, se puso de rodillas ante la imágen,

y al cabo de una buena pieza, habiendo primero besado tres veces el

suelo, y levantado los brazos y los ojos al cielo otras tantas, se

levantó y echó su limosna en la esportilla, y se salió con los demas

al patio. En resolucion, en poco espacio se juntaron en el patio hasta

catorce personas de diferentes trajes y oficios: llegaron tambien de

los postreros dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sombreros

de grande falda, cuellos á la valona, medias de color, ligas de gran

balumba, espadas de mas de marca, sendos pistoletes cada uno en lugar

de dagas, y sus broqueles pendientes de la pretina: los cuales así como

entraron, pusieron los ojos al traves en Rincon y Cortado á modo de que

los estrañaban y no conocian, y llegándose á ellos les preguntaron si

eran de la cofradía. Rincon respondió que sí, y muy servidores de sus

mercedes.

Llegóse en esto la sazon y punto en que bajó el señor Monipodio, tan

esperado como bien visto de toda aquella virtuosa compañía: parecia de

edad de cuarenta y cinco á cuarenta y seis años, alto de cuerpo, moreno

de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso, los ojos hundidos: venia

en camisa, y por la abertura de delante descubria un bosque, tanto

era el vello que tenia en el pecho: traia cubierta una capa de bayeta

casi hasta los piés, en los cuales traia unos zapatos enchancletados;

cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo anchos y largos hasta

los tobillos, el sombrero era de los de la ampa, campanudo de copa

y tendido de falda; atravesábale un tahalí por espalda y pechos, á

do colgaba una espada ancha y corta, á modo de las del perrillo; las

manos eran cortas y pelosas, los dedos gordos, y las uñas hembras

y remachadas; las piernas no se le parecian, pero los piés eran

descomunales de anchos y juanetudos. En efecto, él representaba el mas

rústico y disforme bárbaro del mundo. Bajó con él la guia de los dos, y

trabándoles de las manos, los presentó ante Monipodio, diciéndole:

--Estos son los dos buenos mancebos que á vuesa merced dije, mi señor

Monipodio; vuesa merced los desamine y verá cómo son dignos de entrar

en nuestra congregacion.

--Eso haré yo de muy buena gana, respondió Monipodio.

Olvidábaseme de decir que así como Monipodio bajó, al punto todos los

que aguardándole estaban, le hicieron una profunda y larga reverencia,

escepto los dos bravos, que á medio mogate, como entre ellos se dice,

le quitaron los capelos, y luego volvieron á su paseo. Por una parte

del patio y por la otra se paseaba Monipodio, el cual preguntó á los

nuevos el ejercicio, la patria y padres.

Á lo cual Rincon respondió:

--El ejercicio ya está dicho, pues venimos ante vuesa merced; la patria

no me parece de mucha importancia decirla, ni los padres tampoco, pues

no se ha de hacer informacion para recebir algun hábito honroso.

Á lo cual respondió Monipodio:

--Vos, hijo mio, estais en lo cierto, y es cosa muy acertada encubrir

eso que decís, porque si la suerte no corriere como debe, no es bien

que quede asentado debajo de signo de escribano ni en el libro de las

entradas: fulano, hijo de fulano, vecino de tal parte, tal dia le

ahorcaron, ó le azotaron, ó otra cosa semejante, que por lo ménos suena

mal á los buenos oidos; y así torno á decir que es provechoso documento

callar la patria, encubrir los padres y mudar los propios nombres;

aunque para entre nosotros no ha de haber nada encubierto, y solo ahora

quiero saber los nombres de los dos.

Rincon dijo el suyo, y Cortado tambien.

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