Satisfecho de lo que saber queria el capitan del segundo bajel que

venia á la cristianesca, dejó de embestir al de Hazan, y acudió al

del cadí, y á la primera rociada mató mas de diez turcos de los que

dentro estaban, y luego le entró con grande ánimo y presteza; mas

apénas hubieron puesto los piés dentro, cuando el cadí conoció que

el que le embestia no era cristiano, sino Alí bajá, el enamorado

de Leonisa; el cual con el mismo intento que Hazan, habia estado

esperando su venida, y por no ser conocido habia hecho vestidos á

sus soldados como cristianos, para que con esta industria fuese

mas cubierto su hurto. El cadí que conoció las intenciones de los

amantes y traidores, comenzó a grandes voces á decir su maldad,

diciendo:

--¿Qué es esto, traidor Alí bajá? ¿Cómo, siendo tu mosoliman (que

quiere decir turco) me salteas como cristiano? Y vosotros, traidores

soldados de Hazan, ¿qué demonio os ha movido á cometer tan grande

insulto? ¿Cómo por cumplir el apetito lascivo del que aquí os envía,

quereis ir contra vuestro natural señor?

Á estas palabras suspendieron todos las armas, y unos á otros se

miraron y se conocieron, porque todos habian sido soldados de un mismo

capitan y militado debajo de una bandera, y confundiéndose con las

razones del cadí y con su mismo maleficio, se les embotaron los filos

de los alfanjes y se les desmayaron los ánimos: solo Alí cerró los ojos

y los oidos á todo, y arremetiendo al cadí, le dió una tal cuchillada

en la cabeza, que si no fuera por la defensa que hicieron cien varas de

toca con que venia ceñida, sin duda se la partiera por medio; pero con

todo le derribó entre los bancos del bajel, y al caer dijo el cadí:

--¡Oh cruel renegado, enemigo de mi divino profeta! ¿Y es posible

que no ha de haber quien castigue tu crueldad y tu grande insolencia?

¿Cómo, maldito, has osado poner las manos y las armas en tu cadí, y en

un ministro de Mahoma?

Estas palabras añadieron fuerza á fuerza á las primeras, las cuales

oidas de los soldados de Hazan, y movidos de temor que los soldados

de Alí les habian de quitar la presa, que ya ellos por suya tenian,

determinaron de ponerlo todo en aventura; y comenzando uno y

siguiéndole todos, dieron en los soldados de Alí con tanta priesa,

rencor y brio, que en poco espacio los pararon tales, que aunque eran

muchos mas que ellos, los redujeron á número pequeño; pero los que

quedaron, volviendo sobre sí, vengaron á sus compañeros, no dejando de

los de Hazan apénas cuatro con vida, y estos muy mal heridos.

Estábanlos mirando Ricardo y Mahamut, que de cuando en cuando sacaban

la cabeza por el escotillon de la cámara de popa, por ver en qué paraba

aquella grande herrería que sonaba; y viendo como los turcos estaban

casi todos muertos, y los vivos mal heridos, y cuán fácilmente se podia

dar cabo de todos, llamó Mahamut á dos sobrinos de Halima que ella

habia hecho embarcar consigo, para que ayudasen á levantar el bajel,

y con ellos y con su padre, tomando alfanjes de los muertos, saltaron

en crujía, y apellidando libertad, libertad, y ayudados de las buenas

boyas, cristianos griegos, con facilidad y sin recebir herida los

degollaron á todos, y pasando sobre la galeota de Alí que sin defensa

estaba, fácilmente la rindieron y ganaron cuanto en ella venia. De los

que en el segundo encuentro murieron, fué de los primeros Alí bajá, que

un turco en venganza del cadí le mató á cuchilladas.

Diéronse luego todos por consejo de Ricardo á pasar cuantas cosas

habia de precio en su bajel y en el de Hazan á la galeota de Alí, que

era bajel mayor y acomodado para cualquier cargo ó viaje, y ser los

remeros cristianos, los cuales contentos con la alcanzada libertad y

con muchas cosas que Ricardo repartió entre todos, se ofrecieron de

llevarle hasta Trápana, y aun hasta el cabo del mundo, si quisiese: y

con esto Mahamut y Ricardo llenos de gozo por el buen suceso, se fueron

á la mora Halima, y la dijeron que si queria volverse á Chipre, que

con las buenas boyas le armarian su mismo bajel, y le darian la mitad

de las riquezas que habia embarcado; mas ella, que en tanta calamidad

aun no habia perdido el cariño y amor que á Ricardo tenia, dijo que

queria irse con ellos á tierra de cristianos, de lo cual sus padres se

holgaron en estremo.

El cadí volvió en su acuerdo, y le curaron como la ocasion les dió

lugar, á quien tambien dijeron que escogiese una de dos: ó que se

dejase llevar á tierra de cristianos, ó volverse en su mismo bajel á

Nicosia. Él respondió que ya que la fortuna le habia traido á tales

términos, les agradecia la libertad que le daban, y que queria ir á

Constantinopla á quejarse al Gran Señor del agravio que de Hazan y de

Alí habia recebido; mas cuando supo que Halima le dejaba y se queria

volver cristiana, estuvo en poco de perder el juicio. En resolucion le

armaron su bajel, y le proveyeron de todas las cosas necesarias para su

viaje, y aun le dieron algunos cequíes de los que habian sido suyos, y

despidiéndose de todos con determinacion de volverse á Nicosia, pidió

ántes que se hiciese á la vela, que Leonisa le abrazase, que aquella

merced y favor seria bastante para poner en olvido toda su desventura.

Todos suplicaron á Leonisa diese aquel favor á quien tanto la queria,

pues en ello no iria contra el decoro de su honestidad: hizo Leonisa

lo que le rogaron, y el cadí le pidió le pusiese las manos sobre la

cabeza, porque él llevase esperanzas de sanar de su herida: en todo

le contentó Leonisa. Hecho esto, y habiendo dado un barreno al bajel

de Hazan, favoreciéndoles un levante fresco que parecia que llamaba

las velas para entregarse en ellas, se las dieron, y en breves horas

perdieron de vista al bajel del cadí, el cual con lágrimas en los ojos

estaba mirando cómo se llevaban los vientos su hacienda, su gusto, su

mujer y su alma.

Con diferentes pensamientos de los del cadí navegaban Ricardo y

Mahamut; y así sin querer tocar en tierra en ninguna parte, pasaron á

la vista de Alejandría de golfo lanzado; y sin amainar velas, y sin

tener necesidad de aprovecharse de los remos, llegaron á la fuerte

isla de Corfú, donde hicieron agua, y luego sin detenerse pasaron

por los infamados riscos acroceraunos, y desde léjos al segundo dia

descubrieron á Paquino, promontorio de la fertilísima Tinacria, á

vista de la cual y de la insigne isla de Malta volaron, que no con

ménos lijereza navegaba el dichoso leño.

En resolucion, bajando la isla, de allí á cuatro dias descubrieron

la Lampadosa, y luego la isla donde se perdieron, con cuya vista se

estremeció Leonisa, viniéndole á la memoria el peligro en que ella se

habia visto: otro dia vieron delante de sí la deseada y amada patria,

renovóse la alegría en sus corazones, alborotáronse sus espíritus con

el nuevo contento, que es uno de los mayores que en esta vida se pueden

tener, llegar despues de luengo cautiverio salvo y sano á su patria; y

al que á este se le puede igualar es el que se recibe de la victoria

alcanzada de los enemigos.

Habíase hallado en la galeota una caja llena de banderetas y flámulas

de diversas colores de sedas, con las cuales hizo Ricardo adornar la

galeota: poco despues de amanecer seria, cuando se hallaron á ménos de

una legua de la ciudad, y bogando á cuarteles, y alzando de cuando en

cuando alegres voces y gritos, se iban llegando al puerto, en el cual

en un instante pareció infinita gente del pueblo, que habiendo visto

cómo aquel bien adornado bajel tan de espacio se llegaba á tierra, no

quedó gente en toda la ciudad que dejase de salir á la marina.

En este entre tanto habia Ricardo pedido y suplicado á Leonisa, que se

adornase y vistiese de la misma manera que cuando entró en la tienda de

los bajáes; porque queria hacer una graciosa burla á sus padres. Hízolo

así, y añadiendo galas á galas, perlas á perlas, y belleza á belleza,

que suele acrecentarse con el contento, se vistió de modo que de nuevo

causó admiracion y maravilla: vistióse asimismo Ricardo á la turquesca,

y lo mismo hizo Mahamut, y todos los cristianos del remo, que para

todos hubo en los vestidos de los turcos muertos.

Cuando llegaron al puerto serian las ocho de la mañana, que tan serena

y clara se mostraba, que parecia que estaba atenta mirando aquella

alegre entrada. Antes de entrar en el puerto hizo Ricardo disparar las

piezas de la galeota, que eran un cañon de crujía y dos falconetes:

respondió la ciudad con otras tantas.

Estaba toda la gente confusa, esperando llegase el bizarro bajel; pero

cuando vieron de cerca que era turquesco, porque se divisaban los

blancos turbantes de los que moros parecian, temerosos y con sospecha

de algun engaño, tomaron las armas y acudieron al puerto todos los que

en la ciudad son de milicia, y la gente de á caballo se tendió por toda

la marina: de todo lo cual recebieron gran contento los que poco á

poco se fueron llegando hasta entrar en el puerto, dando fondo junto á

tierra, y arrojando en ella la plancha, soltando á una los remos, todos

uno á uno, como en procesion, salieron á tierra, la cual con lágrimas

de alegría besaron una y muchas veces, señal clara que dió á entender

ser cristianos que con aquel bajel se habian alzado: á la postre de

todos salieron el padre y madre de Halima, y sus dos sobrinos, como

está dicho, vestidos á la turquesca: hizo fin y remate la hermosa

Leonisa, cubierto el rostro con un tafetan carmesí: traíanla en medio

Ricardo y Mahamut, cuyo espectáculo llevó tras sí los ojos de toda

aquella infinita multitud que los miraba. En llegando á tierra hicieron

como los demas, besándola postrados por el suelo.

En esto llegó á ellos el capitan y gobernador de la ciudad, que bien

conoció que eran los principales de todos; mas apénas hubo llegado,

cuando conoció á Ricardo, y corrió con los brazos abiertos y con

señales de grandísimo contento á abrazarle. Llegaron con el gobernador,

Cornelio y su padre, y los de Leonisa con todos sus parientes y los

de Ricardo, que todos eran los mas principales de la ciudad: abrazó

Ricardo al gobernador, y respondió á todos los parabienes que le daban:

trabó de la mano á Cornelio (el cual como le conoció y se vió asido

dél, perdió la color del rostro, y casi comenzó á temblar de miedo), y

teniendo asimismo de la mano á Leonisa, dijo:

--Por cortesía os ruego, señores, que ántes que entremos en la ciudad y

en el templo á dar las debidas gracias á nuestro Señor de las grandes

mercedes que en nuestra desgracia nos ha hecho, me escucheis ciertas

razones que deciros quiero.

Á lo cual el gobernador respondió que dijese lo que quisiese, que todos

le escucharian con gusto y con silencio. Rodeáronle luego todos los mas

de los principales, y él alzando un poco la voz, dijo desta manera:

--Bien se os debe acordar, señores, de la desgracia que algunos meses

ha en el jardin de las Salinas me sucedió con la pérdida de Leonisa:

tambien no se os habrá caido de la memoria la diligencia que yo puse

en procurar su libertad, pues olvidándome de la mia ofrecí por su

rescate toda mi hacienda (aunque esta que al parecer fué liberalidad,

no puede ni debe redundar en mi alabanza, pues la daba por el rescate

de mi alma); lo que despues acá á los dos ha sucedido requiere para

mas tiempo otra sazon y coyuntura, y otra lengua no tan turbada como

la mia: basta deciros por ahora, que despues de varios y estraños

acaecimientos, y despues de mil perdidas esperanzas de alcanzar remedio

de nuestras desdichas, el piadoso cielo sin ningun merecimiento nuestro

nos ha vuelto á la deseada patria, cuanto llenos de contento, colmados

de riquezas: y no nace dellas ni de la libertad alcanzada el sin igual

gusto que tengo, sino del que imagino que tiene esta en paz y en guerra

dulce enemiga mia, así por verse libre, como por ver como ve el

retrato de su alma: todavía me alegro de la general alegría que tienen

los que me han sido compañeros en la miseria; y aunque las desventuras

y tristes acontecimientos suelen mudar las condiciones y aniquilar

los ánimos valerosos, no ha sido así con el verdugo de mis buenas

esperanzas; porque con mas valor y entereza que buenamente decirse

puede, ha pasado el naufragio de sus desdichas y los encuentros de mis

ardientes cuanto honestas importunaciones: en lo cual se verifica que

mudan el cielo y no las costumbres los que en ellas tal vez hicieron

asiento. De todo esto que he dicho, quiero inferir que yo le ofrecí

mi hacienda en rescate, y le di mi alma en mis deseos: di traza en su

libertad y aventuré por ella mas que por la mia la vida, y todos estos

que en otro sujeto mas agradecido pudieran ser cargos de algun momento,

no quiero yo que lo sean; solo quiero lo sea este en que te pongo ahora.

Y diciendo esto, alzó la mano y con honesto comedimiento quitó el

antifaz del rostro de Leonisa, que fué como quitarse la nube que tal

vez cubre la hermosa claridad del sol; y prosiguió diciendo:

--Ves aquí, oh Cornelio, te entrego la prenda que tú debes de estimar

sobre las cosas que son dignas de estimarse; y ves aquí tú, hermosa

Leonisa, te doy al que tú siempre has tenido en la memoria: esta

sí quiero que se tenga por liberalidad; en cuya comparacion dar la

hacienda, la vida y la honra no es nada: recíbela, oh venturoso

mancebo, recíbela, y si llega tu conocimiento á tanto que llegue á

conocer valor tan grande, estímate por el mas venturoso de la tierra:

con ella te daré asimismo todo cuanto me tocare de parte en lo que á

todos el cielo nos ha dado, que bien creo que pasará de treinta mil

escudos: de todo puedes gozar á tu sabor con libertad, y quietud y

descanso; y plega al cielo que sea por luengos y felices años: yo sin

ventura, pues quedo sin Leonisa, gusto de quedar pobre; que á quien

Leonisa le falta, la vida le sobra.

Y en diciendo esto calló, como si al paladar se hubiera pegado la

lengua; pero desde allí á un poco, ántes que ninguno hablase, dijo:

--¡Válame Dios, y cómo los apretados trabajos turban los

entendimientos! Yo, señores, con el deseo que tengo de hacer bien,

no he mirado lo que he dicho, porque no es posible que nadie pueda

demostrarse liberal de lo ajeno: ¿qué jurisdiccion tengo yo en Leonisa

para darla á otro? ó ¿cómo puedo ofrecer lo que está tan léjos de

ser mio? Leonisa es suya, y tan suya, que á faltarle sus padres,

que felices años vivan, ningun opósito tuviera su voluntad; y si se

pudieran poner las obligaciones que como discreta debe de pensar que

me tiene, desde aquí las borro, las cancelo y doy por ningunas; y así

de lo dicho me desdigo, y no doy á Cornelio nada, pues no puedo; solo

confirmo la manda de mi hacienda hecha á Leonisa, sin querer otra

recompensa sino que tenga por verdaderos mis honestos pensamientos,

y que crea dellos que nunca se encaminaron ni miraron á otro punto,

que el que pide su incomparable honestidad, su gran valor é infinita

hermosura.

Calló Ricardo en diciendo esto; á lo cual Leonisa respondió en esta

manera:

--Si algun favor, oh Ricardo, imaginas que yo hice á Cornelio en el

tiempo que tú andabas de mí enamorado y celoso, imagina que fué tan

honesto, como guiado por la voluntad y órden de mis padres, que atentos

á que le moviesen á ser mi esposo, permitian que se los diese: si

quedas desto satisfecho, bien lo estarás de lo que de mí te ha mostrado

la esperiencia cerca de mi honestidad y recato: esto digo por darte

á entender, Ricardo, que siempre fuí mia, sin estar sujeta á otro

que á mis padres, á quien ahora humildemente, como es razon, suplico

me den licencia y libertad para disponer la que tu mucha valentía y

liberalidad me ha dado.

Sus padres dijeron que se la daban, porque fiaban de su mucha

discrecion que usaria della de modo que siempre redundase en su honra y

en su provecho.

--Pues con esa licencia, prosiguió la discreta Leonisa, quiero que

no se me haga de mal mostrarme desenvuelta á trueque de no mostrarme

desagradecida: y así, oh valiente Ricardo, mi voluntad hasta aquí

recatada, perpleja y dudosa, se declara en favor tuyo; porque sepan los

hombres que no todas las mujeres son ingratas, mostrándome yo siquiera

agradecida: tuya soy, Ricardo, y tuya seré hasta la muerte, si otro

mejor conocimiento no te mueve á negar la mano que de mi esposo te pido.

Quedó como fuera de sí á estas razones Ricardo, y no supo ni pudo

responder con otras á Leonisa, que con hincarse de rodillas ante ella

y besarle las manos, que le tomó por fuerza muchas veces, bañándoselas

en tiernas y amorosas lágrimas: derramólas Cornelio de pesar, y de

alegría los padres de Leonisa, y de admiracion y de contento todos los

circunstantes.

Hallóse presente el obispo ó arzobispo de la ciudad, y con su

bendicion y licencia los llevó al templo, y dispensando en el tiempo

los desposó en el mismo punto. Derramóse la alegría por toda la

ciudad, de la cual dieron muestra aquella noche infinitas luminarias,

y otros muchos dias la dieron muchos juegos y regocijos que hicieron

los parientes de Ricardo y de Leonisa. Reconciliáronse con la Iglesia

Mahamut y Halima, la cual imposibilitada de cumplir el deseo de verse

esposa de Ricardo, se contentó con serlo de Mahamut. Á sus padres

y á los sobrinos de Halima dió la liberalidad de Ricardo, de las

partes que le cupieron del despojo, suficientemente con que viviesen.

Todos en fin quedaron contentos, libres y satisfechos, y la fama

de Ricardo, saliéndose de los términos de Sicilia, se estendió por

todos los de Italia y de otras muchas partes, debajo del nombre del

_Amante liberal_, y aun hasta hoy dura en los muchos hijos que tuvo

en Leonisa, que fué ejemplo raro de discrecion, honestidad, recato y

hermosura.

RINCONETE Y CORTADILLO.

En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos

campos de Alcudia, como vamos de Castilla á la Andalucía, un dia de los

calorosos del verano se hallaron en ella acaso dos muchachos de hasta

edad de catorce á quince años el uno, y el otro no pasaba de diez y

siete: ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados:

capa no la tenian, los calzones eran de lienzo, y las medias de carne;

bien es verdad que lo enmendaban los zapatos, porque los del uno eran

alpargates tan traidos como llevados, y los del otro picados y sin

suelas, de manera que mas le servian de cormas, que de zapatos: traia

el uno montera verde de cazador, el otro un sombrero sin toquilla, bajo

de copa y ancho de falda: á la espalda, y ceñida por los pechos, traia

uno una camisa de color de camuza, encerrada y recogida toda en una

manga: el otro venia escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se

le parecia un gran bulto, que á lo que despues pareció, era un cuello

de los que llaman valonas almidonadas, almidonado con grasa, y tan

deshilado de roto, que todo parecia hilachas: venian en él envueltos y

guardados unos naipes de figura ovada, porque de ejercitarlos, se les

habian gastado las puntas, y porque durasen mas, se las cercenaron y

los dejaron de aquel talle: estaban los dos quemados del sol, las uñas

caireladas, y las manos no muy limpias: el uno tenia una media espada,

y el otro un cuchillo de cachas amarillas, que los suelen llamar

vaqueros.

Saliéronse los dos á sestear en un portal ó cobertizo que delante de la

venta se hace, y sentándose frontero el uno del otro, el que parecia

de mas edad dijo al mas pequeño:

--¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentilhombre, y para dónde

bueno camina?

--Mi tierra, señor caballero, respondió el preguntado, no la sé, ni

para dónde camino tampoco.

--Pues en verdad, dijo el mayor, que no parece vuesa merced del cielo,

y que este no es lugar para hacer su asiento en él, que por fuerza se

ha de pasar adelante.

--Así es, respondió el mediano; pero yo he dicho verdad en lo que he

dicho, porque mi tierra no es mia, pues no tengo en ella mas de un

padre que no me tiene por hijo, y una madrastra que me trata como

alnado: el camino que llevo es á la ventura, y allí le daria fin donde

hallase quien me diese lo necesario para pasar esta miserable vida.

--Y ¿sabe vuesa merced algun oficio?, preguntó el grande.

Y el menor respondió:

--No sé otro sino que corro como una liebre, y salto como un gamo, y

corto de tijera muy delicadamente.

--Todo eso es muy bueno, útil y provechoso, dijo el grande, porque

habrá sacristan que le dé á vuesa merced la ofrenda de Todos Santos,

porque para el Juéves Santo le corte florones de papel para el

monumento.

--No es mi corte desa manera, respondió el menor, sino que mi padre

por la misericordia del cielo es sastre y calcetero, y me enseñó á

cortar antiparas, que como vuesa merced bien sabe, son medias calzas

con avanpiés, que por su propio nombre se suelen llamar polainas; y

córtolas tan bien, que en verdad que me podria examinar de maestro, si

no que la corta suerte me tiene arrinconado.

--Todo eso y mas acontece por los buenos, respondió el grande, y

siempre he oido decir que las buenas habilidades son las mas perdidas,

pero aun edad tiene vuesa merced para enmendar su ventura: mas si yo

no me engaño y el ojo no me miente, otras gracias tiene vuesa merced

secretas, y no las quiere manifestar.

--Sí tengo, respondió el pequeño; pero no son para en público, como

vuesa merced ha muy bien apuntado.

Á lo cual replicó el grande:

--Pues yo le sé decir que soy uno de los mas secretos mozos que en

grande parte se pueden hallar; y para obligar á vuesa merced que

descubra su pecho y descanse conmigo, le quiero obligar con descubrirle

el mio primero, porque imagino que no sin misterio nos ha juntado aquí

la suerte, y pienso que habemos de ser, deste hasta el último dia de

nuestra vida, verdaderos amigos. Yo, señor hidalgo, soy natural de la

Fuenfrida, lugar conocido y famoso por los ilustres pasajeros que por

él de contino pasan: mi nombre es Pedro del Rincon, mi padre es persona

de calidad, porque es ministro de la Santa Cruzada, quiero decir, que

es bulero ó buldero, como los llama el vulgo: algunos dias le acompañé

en el oficio, y le aprendí de manera, que no daria ventaja en echar las

bulas al que mas presumiese en ello; pero habiéndome un dia aficionado

mas al dinero de las bulas, que á las mismas bulas, me abracé con un

talego, y di conmigo y con él en Madrid, donde con las comodidades

que allí de ordinario se ofrecen, en pocos dias saqué las entrañas

al talego, y le dejé con mas dobleces que pañizuelo de desposado:

vino el que tenia á cargo el dinero tras mí, prendiéronme, tuve poco

favor, aunque viendo aquellos señores mi poca edad se contentaron

con que me arrimasen al aldabilla, y me mosqueasen las espaldas por

un rato, y con que saliese desterrado por cuatro años de la corte:

tuve paciencia, encogí los hombros, sufrí la tanda y mosqueo, y salí

á cumplir mi destierro con tanta priesa, que no tuve lugar de buscar

cabalgaduras: tomé de mis alhajas las que pude y las que me parecieron

mas necesarias, y entre ellas saqué estos naipes (y á este tiempo

descubrió los que se han dicho, que en el cuello traia), con los cuales

he ganado mi vida por los mesones y ventas que hay desde Madrid aquí,

jugando á la veintiuna; y aunque vuesa merced los ve tan astrosos y

maltratados, usan de una maravillosa virtud con quien los entiende,

que no alzará que no quede un as debajo, y si vuesa merced es versado

en este juego, verá cuánta ventaja lleva el que sabe que tiene cierto

un as á la primera carta, que le puede servir de un punto y de once;

que con esta ventaja, siendo la veintiuna envidada, el dinero se queda

en casa: fuera desto aprendí de un cocinero de un embajador ciertas

tretas de quínolas y del parar, á quien tambien llaman el andaboba; que

así como vuesa merced se puede examinar en la corte de sus antiparas,

así puedo yo ser maestro en la ciencia villanesca: con esto voy seguro

de no morir de hambre, porque aunque llegue á un cortijo, hay quien

quiera pasar tiempo jugando un rato, y desto hemos de hacer luego la

esperiencia los dos: armemos la red, y veamos si cae algun pájaro

destos arrieros que aquí hay, quiero decir, que juguemos los dos á la

veintiuna como si fuese de veras, que si alguno quisiere ser tercero,

él será el primero que deje la pecunia.

Novelas ejemplares · 第 9 / 41 段