venia á la cristianesca, dejó de embestir al de Hazan, y acudió al
del cadí, y á la primera rociada mató mas de diez turcos de los que
dentro estaban, y luego le entró con grande ánimo y presteza; mas
apénas hubieron puesto los piés dentro, cuando el cadí conoció que
el que le embestia no era cristiano, sino Alí bajá, el enamorado
de Leonisa; el cual con el mismo intento que Hazan, habia estado
esperando su venida, y por no ser conocido habia hecho vestidos á
sus soldados como cristianos, para que con esta industria fuese
mas cubierto su hurto. El cadí que conoció las intenciones de los
amantes y traidores, comenzó a grandes voces á decir su maldad,
diciendo:
--¿Qué es esto, traidor Alí bajá? ¿Cómo, siendo tu mosoliman (que
quiere decir turco) me salteas como cristiano? Y vosotros, traidores
soldados de Hazan, ¿qué demonio os ha movido á cometer tan grande
insulto? ¿Cómo por cumplir el apetito lascivo del que aquí os envía,
quereis ir contra vuestro natural señor?
Á estas palabras suspendieron todos las armas, y unos á otros se
miraron y se conocieron, porque todos habian sido soldados de un mismo
capitan y militado debajo de una bandera, y confundiéndose con las
razones del cadí y con su mismo maleficio, se les embotaron los filos
de los alfanjes y se les desmayaron los ánimos: solo Alí cerró los ojos
y los oidos á todo, y arremetiendo al cadí, le dió una tal cuchillada
en la cabeza, que si no fuera por la defensa que hicieron cien varas de
toca con que venia ceñida, sin duda se la partiera por medio; pero con
todo le derribó entre los bancos del bajel, y al caer dijo el cadí:
--¡Oh cruel renegado, enemigo de mi divino profeta! ¿Y es posible
que no ha de haber quien castigue tu crueldad y tu grande insolencia?
¿Cómo, maldito, has osado poner las manos y las armas en tu cadí, y en
un ministro de Mahoma?
Estas palabras añadieron fuerza á fuerza á las primeras, las cuales
oidas de los soldados de Hazan, y movidos de temor que los soldados
de Alí les habian de quitar la presa, que ya ellos por suya tenian,
determinaron de ponerlo todo en aventura; y comenzando uno y
siguiéndole todos, dieron en los soldados de Alí con tanta priesa,
rencor y brio, que en poco espacio los pararon tales, que aunque eran
muchos mas que ellos, los redujeron á número pequeño; pero los que
quedaron, volviendo sobre sí, vengaron á sus compañeros, no dejando de
los de Hazan apénas cuatro con vida, y estos muy mal heridos.
Estábanlos mirando Ricardo y Mahamut, que de cuando en cuando sacaban
la cabeza por el escotillon de la cámara de popa, por ver en qué paraba
aquella grande herrería que sonaba; y viendo como los turcos estaban
casi todos muertos, y los vivos mal heridos, y cuán fácilmente se podia
dar cabo de todos, llamó Mahamut á dos sobrinos de Halima que ella
habia hecho embarcar consigo, para que ayudasen á levantar el bajel,
y con ellos y con su padre, tomando alfanjes de los muertos, saltaron
en crujía, y apellidando libertad, libertad, y ayudados de las buenas
boyas, cristianos griegos, con facilidad y sin recebir herida los
degollaron á todos, y pasando sobre la galeota de Alí que sin defensa
estaba, fácilmente la rindieron y ganaron cuanto en ella venia. De los
que en el segundo encuentro murieron, fué de los primeros Alí bajá, que
un turco en venganza del cadí le mató á cuchilladas.
Diéronse luego todos por consejo de Ricardo á pasar cuantas cosas
habia de precio en su bajel y en el de Hazan á la galeota de Alí, que
era bajel mayor y acomodado para cualquier cargo ó viaje, y ser los
remeros cristianos, los cuales contentos con la alcanzada libertad y
con muchas cosas que Ricardo repartió entre todos, se ofrecieron de
llevarle hasta Trápana, y aun hasta el cabo del mundo, si quisiese: y
con esto Mahamut y Ricardo llenos de gozo por el buen suceso, se fueron
á la mora Halima, y la dijeron que si queria volverse á Chipre, que
con las buenas boyas le armarian su mismo bajel, y le darian la mitad
de las riquezas que habia embarcado; mas ella, que en tanta calamidad
aun no habia perdido el cariño y amor que á Ricardo tenia, dijo que
queria irse con ellos á tierra de cristianos, de lo cual sus padres se
holgaron en estremo.
El cadí volvió en su acuerdo, y le curaron como la ocasion les dió
lugar, á quien tambien dijeron que escogiese una de dos: ó que se
dejase llevar á tierra de cristianos, ó volverse en su mismo bajel á
Nicosia. Él respondió que ya que la fortuna le habia traido á tales
términos, les agradecia la libertad que le daban, y que queria ir á
Constantinopla á quejarse al Gran Señor del agravio que de Hazan y de
Alí habia recebido; mas cuando supo que Halima le dejaba y se queria
volver cristiana, estuvo en poco de perder el juicio. En resolucion le
armaron su bajel, y le proveyeron de todas las cosas necesarias para su
viaje, y aun le dieron algunos cequíes de los que habian sido suyos, y
despidiéndose de todos con determinacion de volverse á Nicosia, pidió
ántes que se hiciese á la vela, que Leonisa le abrazase, que aquella
merced y favor seria bastante para poner en olvido toda su desventura.
Todos suplicaron á Leonisa diese aquel favor á quien tanto la queria,
pues en ello no iria contra el decoro de su honestidad: hizo Leonisa
lo que le rogaron, y el cadí le pidió le pusiese las manos sobre la
cabeza, porque él llevase esperanzas de sanar de su herida: en todo
le contentó Leonisa. Hecho esto, y habiendo dado un barreno al bajel
de Hazan, favoreciéndoles un levante fresco que parecia que llamaba
las velas para entregarse en ellas, se las dieron, y en breves horas
perdieron de vista al bajel del cadí, el cual con lágrimas en los ojos
estaba mirando cómo se llevaban los vientos su hacienda, su gusto, su
mujer y su alma.
Con diferentes pensamientos de los del cadí navegaban Ricardo y
Mahamut; y así sin querer tocar en tierra en ninguna parte, pasaron á
la vista de Alejandría de golfo lanzado; y sin amainar velas, y sin
tener necesidad de aprovecharse de los remos, llegaron á la fuerte
isla de Corfú, donde hicieron agua, y luego sin detenerse pasaron
por los infamados riscos acroceraunos, y desde léjos al segundo dia
descubrieron á Paquino, promontorio de la fertilísima Tinacria, á
vista de la cual y de la insigne isla de Malta volaron, que no con
ménos lijereza navegaba el dichoso leño.
En resolucion, bajando la isla, de allí á cuatro dias descubrieron
la Lampadosa, y luego la isla donde se perdieron, con cuya vista se
estremeció Leonisa, viniéndole á la memoria el peligro en que ella se
habia visto: otro dia vieron delante de sí la deseada y amada patria,
renovóse la alegría en sus corazones, alborotáronse sus espíritus con
el nuevo contento, que es uno de los mayores que en esta vida se pueden
tener, llegar despues de luengo cautiverio salvo y sano á su patria; y
al que á este se le puede igualar es el que se recibe de la victoria
alcanzada de los enemigos.
Habíase hallado en la galeota una caja llena de banderetas y flámulas
de diversas colores de sedas, con las cuales hizo Ricardo adornar la
galeota: poco despues de amanecer seria, cuando se hallaron á ménos de
una legua de la ciudad, y bogando á cuarteles, y alzando de cuando en
cuando alegres voces y gritos, se iban llegando al puerto, en el cual
en un instante pareció infinita gente del pueblo, que habiendo visto
cómo aquel bien adornado bajel tan de espacio se llegaba á tierra, no
quedó gente en toda la ciudad que dejase de salir á la marina.
En este entre tanto habia Ricardo pedido y suplicado á Leonisa, que se
adornase y vistiese de la misma manera que cuando entró en la tienda de
los bajáes; porque queria hacer una graciosa burla á sus padres. Hízolo
así, y añadiendo galas á galas, perlas á perlas, y belleza á belleza,
que suele acrecentarse con el contento, se vistió de modo que de nuevo
causó admiracion y maravilla: vistióse asimismo Ricardo á la turquesca,
y lo mismo hizo Mahamut, y todos los cristianos del remo, que para
todos hubo en los vestidos de los turcos muertos.
Cuando llegaron al puerto serian las ocho de la mañana, que tan serena
y clara se mostraba, que parecia que estaba atenta mirando aquella
alegre entrada. Antes de entrar en el puerto hizo Ricardo disparar las
piezas de la galeota, que eran un cañon de crujía y dos falconetes:
respondió la ciudad con otras tantas.
Estaba toda la gente confusa, esperando llegase el bizarro bajel; pero
cuando vieron de cerca que era turquesco, porque se divisaban los
blancos turbantes de los que moros parecian, temerosos y con sospecha
de algun engaño, tomaron las armas y acudieron al puerto todos los que
en la ciudad son de milicia, y la gente de á caballo se tendió por toda
la marina: de todo lo cual recebieron gran contento los que poco á
poco se fueron llegando hasta entrar en el puerto, dando fondo junto á
tierra, y arrojando en ella la plancha, soltando á una los remos, todos
uno á uno, como en procesion, salieron á tierra, la cual con lágrimas
de alegría besaron una y muchas veces, señal clara que dió á entender
ser cristianos que con aquel bajel se habian alzado: á la postre de
todos salieron el padre y madre de Halima, y sus dos sobrinos, como
está dicho, vestidos á la turquesca: hizo fin y remate la hermosa
Leonisa, cubierto el rostro con un tafetan carmesí: traíanla en medio
Ricardo y Mahamut, cuyo espectáculo llevó tras sí los ojos de toda
aquella infinita multitud que los miraba. En llegando á tierra hicieron
como los demas, besándola postrados por el suelo.
En esto llegó á ellos el capitan y gobernador de la ciudad, que bien
conoció que eran los principales de todos; mas apénas hubo llegado,
cuando conoció á Ricardo, y corrió con los brazos abiertos y con
señales de grandísimo contento á abrazarle. Llegaron con el gobernador,
Cornelio y su padre, y los de Leonisa con todos sus parientes y los
de Ricardo, que todos eran los mas principales de la ciudad: abrazó
Ricardo al gobernador, y respondió á todos los parabienes que le daban:
trabó de la mano á Cornelio (el cual como le conoció y se vió asido
dél, perdió la color del rostro, y casi comenzó á temblar de miedo), y
teniendo asimismo de la mano á Leonisa, dijo:
--Por cortesía os ruego, señores, que ántes que entremos en la ciudad y
en el templo á dar las debidas gracias á nuestro Señor de las grandes
mercedes que en nuestra desgracia nos ha hecho, me escucheis ciertas
razones que deciros quiero.
Á lo cual el gobernador respondió que dijese lo que quisiese, que todos
le escucharian con gusto y con silencio. Rodeáronle luego todos los mas
de los principales, y él alzando un poco la voz, dijo desta manera:
--Bien se os debe acordar, señores, de la desgracia que algunos meses
ha en el jardin de las Salinas me sucedió con la pérdida de Leonisa:
tambien no se os habrá caido de la memoria la diligencia que yo puse
en procurar su libertad, pues olvidándome de la mia ofrecí por su
rescate toda mi hacienda (aunque esta que al parecer fué liberalidad,
no puede ni debe redundar en mi alabanza, pues la daba por el rescate
de mi alma); lo que despues acá á los dos ha sucedido requiere para
mas tiempo otra sazon y coyuntura, y otra lengua no tan turbada como
la mia: basta deciros por ahora, que despues de varios y estraños
acaecimientos, y despues de mil perdidas esperanzas de alcanzar remedio
de nuestras desdichas, el piadoso cielo sin ningun merecimiento nuestro
nos ha vuelto á la deseada patria, cuanto llenos de contento, colmados
de riquezas: y no nace dellas ni de la libertad alcanzada el sin igual
gusto que tengo, sino del que imagino que tiene esta en paz y en guerra
dulce enemiga mia, así por verse libre, como por ver como ve el
retrato de su alma: todavía me alegro de la general alegría que tienen
los que me han sido compañeros en la miseria; y aunque las desventuras
y tristes acontecimientos suelen mudar las condiciones y aniquilar
los ánimos valerosos, no ha sido así con el verdugo de mis buenas
esperanzas; porque con mas valor y entereza que buenamente decirse
puede, ha pasado el naufragio de sus desdichas y los encuentros de mis
ardientes cuanto honestas importunaciones: en lo cual se verifica que
mudan el cielo y no las costumbres los que en ellas tal vez hicieron
asiento. De todo esto que he dicho, quiero inferir que yo le ofrecí
mi hacienda en rescate, y le di mi alma en mis deseos: di traza en su
libertad y aventuré por ella mas que por la mia la vida, y todos estos
que en otro sujeto mas agradecido pudieran ser cargos de algun momento,
no quiero yo que lo sean; solo quiero lo sea este en que te pongo ahora.
Y diciendo esto, alzó la mano y con honesto comedimiento quitó el
antifaz del rostro de Leonisa, que fué como quitarse la nube que tal
vez cubre la hermosa claridad del sol; y prosiguió diciendo:
--Ves aquí, oh Cornelio, te entrego la prenda que tú debes de estimar
sobre las cosas que son dignas de estimarse; y ves aquí tú, hermosa
Leonisa, te doy al que tú siempre has tenido en la memoria: esta
sí quiero que se tenga por liberalidad; en cuya comparacion dar la
hacienda, la vida y la honra no es nada: recíbela, oh venturoso
mancebo, recíbela, y si llega tu conocimiento á tanto que llegue á
conocer valor tan grande, estímate por el mas venturoso de la tierra:
con ella te daré asimismo todo cuanto me tocare de parte en lo que á
todos el cielo nos ha dado, que bien creo que pasará de treinta mil
escudos: de todo puedes gozar á tu sabor con libertad, y quietud y
descanso; y plega al cielo que sea por luengos y felices años: yo sin
ventura, pues quedo sin Leonisa, gusto de quedar pobre; que á quien
Leonisa le falta, la vida le sobra.
Y en diciendo esto calló, como si al paladar se hubiera pegado la
lengua; pero desde allí á un poco, ántes que ninguno hablase, dijo:
--¡Válame Dios, y cómo los apretados trabajos turban los
entendimientos! Yo, señores, con el deseo que tengo de hacer bien,
no he mirado lo que he dicho, porque no es posible que nadie pueda
demostrarse liberal de lo ajeno: ¿qué jurisdiccion tengo yo en Leonisa
para darla á otro? ó ¿cómo puedo ofrecer lo que está tan léjos de
ser mio? Leonisa es suya, y tan suya, que á faltarle sus padres,
que felices años vivan, ningun opósito tuviera su voluntad; y si se
pudieran poner las obligaciones que como discreta debe de pensar que
me tiene, desde aquí las borro, las cancelo y doy por ningunas; y así
de lo dicho me desdigo, y no doy á Cornelio nada, pues no puedo; solo
confirmo la manda de mi hacienda hecha á Leonisa, sin querer otra
recompensa sino que tenga por verdaderos mis honestos pensamientos,
y que crea dellos que nunca se encaminaron ni miraron á otro punto,
que el que pide su incomparable honestidad, su gran valor é infinita
hermosura.
Calló Ricardo en diciendo esto; á lo cual Leonisa respondió en esta
manera:
--Si algun favor, oh Ricardo, imaginas que yo hice á Cornelio en el
tiempo que tú andabas de mí enamorado y celoso, imagina que fué tan
honesto, como guiado por la voluntad y órden de mis padres, que atentos
á que le moviesen á ser mi esposo, permitian que se los diese: si
quedas desto satisfecho, bien lo estarás de lo que de mí te ha mostrado
la esperiencia cerca de mi honestidad y recato: esto digo por darte
á entender, Ricardo, que siempre fuí mia, sin estar sujeta á otro
que á mis padres, á quien ahora humildemente, como es razon, suplico
me den licencia y libertad para disponer la que tu mucha valentía y
liberalidad me ha dado.
Sus padres dijeron que se la daban, porque fiaban de su mucha
discrecion que usaria della de modo que siempre redundase en su honra y
en su provecho.
--Pues con esa licencia, prosiguió la discreta Leonisa, quiero que
no se me haga de mal mostrarme desenvuelta á trueque de no mostrarme
desagradecida: y así, oh valiente Ricardo, mi voluntad hasta aquí
recatada, perpleja y dudosa, se declara en favor tuyo; porque sepan los
hombres que no todas las mujeres son ingratas, mostrándome yo siquiera
agradecida: tuya soy, Ricardo, y tuya seré hasta la muerte, si otro
mejor conocimiento no te mueve á negar la mano que de mi esposo te pido.
Quedó como fuera de sí á estas razones Ricardo, y no supo ni pudo
responder con otras á Leonisa, que con hincarse de rodillas ante ella
y besarle las manos, que le tomó por fuerza muchas veces, bañándoselas
en tiernas y amorosas lágrimas: derramólas Cornelio de pesar, y de
alegría los padres de Leonisa, y de admiracion y de contento todos los
circunstantes.
Hallóse presente el obispo ó arzobispo de la ciudad, y con su
bendicion y licencia los llevó al templo, y dispensando en el tiempo
los desposó en el mismo punto. Derramóse la alegría por toda la
ciudad, de la cual dieron muestra aquella noche infinitas luminarias,
y otros muchos dias la dieron muchos juegos y regocijos que hicieron
los parientes de Ricardo y de Leonisa. Reconciliáronse con la Iglesia
Mahamut y Halima, la cual imposibilitada de cumplir el deseo de verse
esposa de Ricardo, se contentó con serlo de Mahamut. Á sus padres
y á los sobrinos de Halima dió la liberalidad de Ricardo, de las
partes que le cupieron del despojo, suficientemente con que viviesen.
Todos en fin quedaron contentos, libres y satisfechos, y la fama
de Ricardo, saliéndose de los términos de Sicilia, se estendió por
todos los de Italia y de otras muchas partes, debajo del nombre del
_Amante liberal_, y aun hasta hoy dura en los muchos hijos que tuvo
en Leonisa, que fué ejemplo raro de discrecion, honestidad, recato y
hermosura.
RINCONETE Y CORTADILLO.
En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos
campos de Alcudia, como vamos de Castilla á la Andalucía, un dia de los
calorosos del verano se hallaron en ella acaso dos muchachos de hasta
edad de catorce á quince años el uno, y el otro no pasaba de diez y
siete: ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados:
capa no la tenian, los calzones eran de lienzo, y las medias de carne;
bien es verdad que lo enmendaban los zapatos, porque los del uno eran
alpargates tan traidos como llevados, y los del otro picados y sin
suelas, de manera que mas le servian de cormas, que de zapatos: traia
el uno montera verde de cazador, el otro un sombrero sin toquilla, bajo
de copa y ancho de falda: á la espalda, y ceñida por los pechos, traia
uno una camisa de color de camuza, encerrada y recogida toda en una
manga: el otro venia escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se
le parecia un gran bulto, que á lo que despues pareció, era un cuello
de los que llaman valonas almidonadas, almidonado con grasa, y tan
deshilado de roto, que todo parecia hilachas: venian en él envueltos y
guardados unos naipes de figura ovada, porque de ejercitarlos, se les
habian gastado las puntas, y porque durasen mas, se las cercenaron y
los dejaron de aquel talle: estaban los dos quemados del sol, las uñas
caireladas, y las manos no muy limpias: el uno tenia una media espada,
y el otro un cuchillo de cachas amarillas, que los suelen llamar
vaqueros.
Saliéronse los dos á sestear en un portal ó cobertizo que delante de la
venta se hace, y sentándose frontero el uno del otro, el que parecia
de mas edad dijo al mas pequeño:
--¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentilhombre, y para dónde
bueno camina?
--Mi tierra, señor caballero, respondió el preguntado, no la sé, ni
para dónde camino tampoco.
--Pues en verdad, dijo el mayor, que no parece vuesa merced del cielo,
y que este no es lugar para hacer su asiento en él, que por fuerza se
ha de pasar adelante.
--Así es, respondió el mediano; pero yo he dicho verdad en lo que he
dicho, porque mi tierra no es mia, pues no tengo en ella mas de un
padre que no me tiene por hijo, y una madrastra que me trata como
alnado: el camino que llevo es á la ventura, y allí le daria fin donde
hallase quien me diese lo necesario para pasar esta miserable vida.
--Y ¿sabe vuesa merced algun oficio?, preguntó el grande.
Y el menor respondió:
--No sé otro sino que corro como una liebre, y salto como un gamo, y
corto de tijera muy delicadamente.
--Todo eso es muy bueno, útil y provechoso, dijo el grande, porque
habrá sacristan que le dé á vuesa merced la ofrenda de Todos Santos,
porque para el Juéves Santo le corte florones de papel para el
monumento.
--No es mi corte desa manera, respondió el menor, sino que mi padre
por la misericordia del cielo es sastre y calcetero, y me enseñó á
cortar antiparas, que como vuesa merced bien sabe, son medias calzas
con avanpiés, que por su propio nombre se suelen llamar polainas; y
córtolas tan bien, que en verdad que me podria examinar de maestro, si
no que la corta suerte me tiene arrinconado.
--Todo eso y mas acontece por los buenos, respondió el grande, y
siempre he oido decir que las buenas habilidades son las mas perdidas,
pero aun edad tiene vuesa merced para enmendar su ventura: mas si yo
no me engaño y el ojo no me miente, otras gracias tiene vuesa merced
secretas, y no las quiere manifestar.
--Sí tengo, respondió el pequeño; pero no son para en público, como
vuesa merced ha muy bien apuntado.
Á lo cual replicó el grande:
--Pues yo le sé decir que soy uno de los mas secretos mozos que en
grande parte se pueden hallar; y para obligar á vuesa merced que
descubra su pecho y descanse conmigo, le quiero obligar con descubrirle
el mio primero, porque imagino que no sin misterio nos ha juntado aquí
la suerte, y pienso que habemos de ser, deste hasta el último dia de
nuestra vida, verdaderos amigos. Yo, señor hidalgo, soy natural de la
Fuenfrida, lugar conocido y famoso por los ilustres pasajeros que por
él de contino pasan: mi nombre es Pedro del Rincon, mi padre es persona
de calidad, porque es ministro de la Santa Cruzada, quiero decir, que
es bulero ó buldero, como los llama el vulgo: algunos dias le acompañé
en el oficio, y le aprendí de manera, que no daria ventaja en echar las
bulas al que mas presumiese en ello; pero habiéndome un dia aficionado
mas al dinero de las bulas, que á las mismas bulas, me abracé con un
talego, y di conmigo y con él en Madrid, donde con las comodidades
que allí de ordinario se ofrecen, en pocos dias saqué las entrañas
al talego, y le dejé con mas dobleces que pañizuelo de desposado:
vino el que tenia á cargo el dinero tras mí, prendiéronme, tuve poco
favor, aunque viendo aquellos señores mi poca edad se contentaron
con que me arrimasen al aldabilla, y me mosqueasen las espaldas por
un rato, y con que saliese desterrado por cuatro años de la corte:
tuve paciencia, encogí los hombros, sufrí la tanda y mosqueo, y salí
á cumplir mi destierro con tanta priesa, que no tuve lugar de buscar
cabalgaduras: tomé de mis alhajas las que pude y las que me parecieron
mas necesarias, y entre ellas saqué estos naipes (y á este tiempo
descubrió los que se han dicho, que en el cuello traia), con los cuales
he ganado mi vida por los mesones y ventas que hay desde Madrid aquí,
jugando á la veintiuna; y aunque vuesa merced los ve tan astrosos y
maltratados, usan de una maravillosa virtud con quien los entiende,
que no alzará que no quede un as debajo, y si vuesa merced es versado
en este juego, verá cuánta ventaja lleva el que sabe que tiene cierto
un as á la primera carta, que le puede servir de un punto y de once;
que con esta ventaja, siendo la veintiuna envidada, el dinero se queda
en casa: fuera desto aprendí de un cocinero de un embajador ciertas
tretas de quínolas y del parar, á quien tambien llaman el andaboba; que
así como vuesa merced se puede examinar en la corte de sus antiparas,
así puedo yo ser maestro en la ciencia villanesca: con esto voy seguro
de no morir de hambre, porque aunque llegue á un cortijo, hay quien
quiera pasar tiempo jugando un rato, y desto hemos de hacer luego la
esperiencia los dos: armemos la red, y veamos si cae algun pájaro
destos arrieros que aquí hay, quiero decir, que juguemos los dos á la
veintiuna como si fuese de veras, que si alguno quisiere ser tercero,
él será el primero que deje la pecunia.