Contentísimo quedó el cadí con el parecer de sus esclavos, y con la

imaginada alegría ofreció desde luego libertad á Mahamut, mandándole la

mitad de su hacienda despues de sus dias: asimismo prometió á Mario,

si alcanzaba lo que queria, libertad y dineros con que volviese á su

tierras rico, honrado y contento: si él fué liberal en prometer, sus

cautivos fueron pródigos, ofreciéndole de alcanzar la luna del cielo,

cuanto mas á Leonisa, como él diese comodidad de hablarla.

--Esa daré yo á Mario cuanta él quisiere, respondió el cadí, porque

haré que Halima se vaya en casa de sus padres, que son griegos

cristianos, por algunos dias, y estando fuera, mandaré al portero que

deje entrar á Mario dentro de casa todas las veces que él quisiere,

y diré á Leonisa que bien podrá hablar con su paisano cuando le diere

gusto.

Desta manera comenzó á volver el viento de la ventura de Ricardo,

soplando en su favor, sin saber lo que hacian sus mismos amos.

Tomando pues entre los tres este apuntamiento, quien primero le puso

en plática fué Halima, bien así como mujer, cuya naturaleza es fácil

y arrojadiza para todo aquello que es de su gusto. Aquel mismo dia

dijo el cadí á Halima que cuando quisiese podria irse á casa de sus

padres á holgarse con ellos los dias que gustase; pero como ella

estaba alborozada con las esperanzas que Leonisa le habia dado, no

solo no se fuera á casa de sus padres, sino al fingido paraíso de

Mahoma no quisiera irse; y así le respondió que por entónces no tenia

tal voluntad, y que cuando ella la tuviese lo diria, mas que habia de

llevar consigo á la cautiva cristiana.

--Eso no, replicó el cadí, que no es bien que la prenda del Gran Señor

sea vista de nadie, y mas que se le ha de quitar que converse con

cristianos, pues sabeis que en llegando á poder del Gran Señor la han

de encerrar en el serrallo y volverla turca, quiera ó no quiera.

--Como ella ande conmigo, replicó Halima, no importa que esté en casa

de mis padres, ni que comunique con ellos, que mas comunico yo, y no

dejo por eso de ser buena turca; y mas que lo mas que pienso estar en

su casa serán hasta cuatro ó cinco dias, porque el amor que os tengo no

me dará licencia para estar tanto ausente y sin veros.

No la quiso replicar el cadí por no darle ocasion de engendrar alguna

sospecha de su intencion.

Llegóse en esto el viérnes, y él se fué á la mezquita, de la cual no

podia salir en casi cuatro horas; y apénas le vió Halima apartado de

los umbrales de casa, cuando mandó llamar á Mario; mas no le dejara

entrar un cristiano corso que servia de portero en la puerta del patio,

si Halima no le diera voces que le dejase, y así entró confuso y

temblando como si fuera á pelear con un ejército de enemigos.

Estaba Leonisa del mismo modo y traje que cuando entró en la tienda

del bajá, sentada al pié de una escalera grande de mármol, que á los

corredores subia: tenia la cabeza inclinada sobre la palma de la mano

derecha y el brazo sobre las rodillas, los ojos á la parte contraria

de la puerta por donde entró Mario, de manera que aunque él iba hácia

la parte donde ella estaba, ella no le veia. Así como entró Ricardo,

paseó toda la casa con los ojos, y no vió en toda ella sino un mudo y

sosegado silencio, hasta que paró la vista donde Leonisa estaba: en un

instante al enamorado Ricardo le sobrevinieron tantos pensamientos, que

le suspendieron y alegraron, considerándose veinte pasos á su parecer,

ó poco mas, desviado de su felicidad y contento; considerábase cautivo,

y á su gloria en poder ajeno: estas cosas revolviendo entre sí mismo,

se movia poco á poco, y con temor y sobresalto, alegre y triste,

temoroso y esforzado se iba llegando al centro en donde estaba el de su

alegría, cuando á deshora volvió el rostro Leonisa, y puso los ojos en

los de Ricardo que atentamente la miraba: mas cuando las vistas de los

dos se encontraron, con diferentes efectos dieron señal de lo que sus

almas habian sentido. Ricardo se paró, y no pudo echar pié adelante.

Leonisa, que por la relacion de Mahamut tenia á Ricardo por muerto, y

el verle vivo tan no esperadamente la llenó de temor y espanto, sin

quitar dél los ojos ni volver las espaldas volvió atras cuatro ó cinco

escalones, y sacando una pequeña cruz del seno, la besaba muchas veces,

y se santiguó infinitas, como si alguna fantasma ú otra cosa del otro

mundo estuviera mirando. Volvió Ricardo de su embelesamiento, y conoció

por lo que Leonisa hacia la verdadera causa de su temor, y así la dijo:

--Á mí me pesa, oh hermosa Leonisa, que no hayan sido verdad las nuevas

que de mi muerte te dió Mahamut, porque con ella escusara los temores

que ahora tengo de pensar si todavía está en su ser y entereza el rigor

que continuo has usado conmigo. Sosiégate, señora, y baja, y si te

atreves á hacer lo que nunca hiciste, que es llegarte á mí, llega y

verás que no soy cuerpo fantástico: Ricardo soy, Leonisa, Ricardo, el

de tanta ventura cuanta tú quisieres que tenga.

Púsose Leonisa en esto el dedo en la boca, por lo cual entendió Ricardo

que era señal de que callase ó hablase mas quedo; y tomando algun

poco de ánimo, se fué llegando á ella en distancia que pudo oir estas

razones:

--Habla paso, Mario, que así me parece que te llamas ahora, y no

trates de otra cosa de la que yo te tratare: y advierte que podria

ser que el habernos oido fuese parte para que nunca nos volviésemos á

ver: Halima nuestra ama creo que nos escucha, la cual me ha dicho que

te adora: hame puesto por intercesora de su deseo: si á él quisieres

corresponder, aprovecharte ha mas para el cuerpo que para el alma: y

cuando no quieras, es forzoso que lo finjas, siquiera porque yo te lo

ruego y por lo que merecen deseos de mujer declarados.

Á esto respondió Ricardo:

--Jamas pensé ni pude imaginar, hermosa Leonisa, que cosa que me

pidieras trujera consigo imposible de cumplirla; pero la que me pides

me ha desengañado: ¿es por ventura la voluntad tan lijera que se pueda

mover y llevar donde quisieren llevarla? ¿ó estarle ha bien al varon

honrado y verdadero fingir en cosas de tanto peso? Si á tí te parece

que alguna destas cosas se debe ó puede hacer, haz lo que mas gustares,

pues eres señora de mi voluntad; mas ya sé que tambien me engañas

en esto, pues jamas la has conocido, y así no sabes lo que has de

hacer della; pero á trueco que no digas que en la primera cosa que me

mandaste dejaste de ser obedecida, yo perderé del derecho que debo á

ser quien soy, y satisfaré tu deseo y el de Halima fingidamente como

dices, si es que se ha de granjear con esto el bien de verte; y así

finge tú las respuestas á tu gusto, que desde aquí las firma y confirma

mi fingida voluntad: y en pago desto que por tí hago, que es lo mas que

á mi parecer podré hacer aunque de nuevo te dé el alma que tantas veces

te he dado, te ruego que brevemente me digas cómo escapaste de las

manos de los cosarios, y cómo veniste á las del judío que te vendió.

--Mas espacio, respondió Leonisa, pide el cuento de mis desgracias;

pero con todo eso te quiero satisfacer en algo: sabrás pues que á cabo

de un dia que nos apartamos, volvió el bajel de Yzuf con un recio

viento á la misma isla de la Pantanalea, donde tambien vimos á vuestra

galeota; pero la nuestra sin poderlo remediar embistió en las peñas:

viendo pues mi amo tan á los ojos su perdicion, vació con gran presteza

dos barriles que estaban llenos de agua, tapólos muy bien, y atólos con

cuerdas el uno con el otro, púsome á mí entre ellos, desnudóse luego, y

tomando otro barril entre los brazos, se ató con un cordel el cuerpo,

y con el mismo cordel dió cabo á mis barriles, y con grande ánimo se

arrojó á la mar, llevándome tras sí: yo no tuve ánimo para arrojarme,

que otro turco me impelió y me arrojó tras Yzuf, donde caí sin ningun

sentido, ni volví en mí hasta que me hallé en tierra en brazos de dos

turcos, que vuelta la boca al suelo me tenian, derramando gran cantidad

de agua que habia bebido: abrí los ojos atónita y espantada, y vi á

Yzuf junto á mí, hecha la cabeza pedazos, que segun despues supe, al

llegar á tierra dió con ella en las peñas, donde acabó la vida: los

turcos asimismo me dijeron que tirando de la cuerda me sacaron á tierra

casi ahogada: solas ocho personas se escaparon de la desdichada galeota.

Ocho dias estuvimos en la isla, guardándome los turcos el mismo respeto

que si fuera su hermana, y aun mas: estábamos escondidos en una cueva,

temerosos ellos que no bajasen de una fuerza de cristianos que está en

la isla, y los cautivasen: sustentáronse con el bizcocho mojado que

la mar echó á la orilla, de lo que llevaban en la galeota, lo cual

salian á coger de noche: ordenó la suerte para mayor mal mio, que la

fuerza estuviese sin capitan, que pocos dias habia que era muerto, y en

la fuerza no habia sino veinte soldados: esto se supo de un muchacho

que los turcos cautivaron, que bajó de la fuerza á coger conchas á la

marina: á los ocho dias llegó á aquella costa un bajel de moros que

ellos llaman caramuzales; viéronle los turcos, y salieron de donde

estaban, haciendo señas al bajel que estaba cerca de tierra, tanto que

conoció ser turcos los que los llamaban: ellos contaron sus desgracias,

y los moros los recibieron en su bajel, en el cual venia un judío,

riquísimo mercader, que toda la mercancía del bajel ó la mas era suya;

era de barraganes y alquiceles, y de otras cosas que de Berbería se

llevan á Levante, en que ordinariamente tratan los judíos: en el mismo

bajel los turcos se fueron á Tripol, y en el camino me vendieron al

judío que dió por mí dos mil doblas, precio escesivo, si no le hiciera

liberal el amor que el judío me descubrió.

Dejando pues los turcos en Tripol, tornó el bajel á hacer su viaje,

y el judío dió en solicitarme descaradamente: yo le hice la cara que

merecian sus torpes deseos: viéndose pues desesperado de alcanzarlos,

determinó de deshacerse de mí en la primera ocasion que se le

ofreciese; y sabiendo que los dos bajáes Alí y Hazan, estaban en

aquella isla, donde podia vender su mercaduría tan bien como en Xio,

en quien pensaba venderla, se vino aquí con intencion de venderme á

alguno de los bajáes, y por eso me vistió de la manera que ahora me

ves, por aficionarles la voluntad á que me comprasen: he sabido que me

ha comprado este cadí para llevarme á presentar al Gran Turco, de que

estoy no poco temerosa: aquí he sabido de tu fingida muerte, y séte

decir, si lo quieres creer, que me pesó en el alma, y que te tuve mas

envidia que lástima, y no por quererte mal, que ya que soy desamorada,

no soy ingrata ni desconocida, sino porque habias acabado con la

tragedia de tu vida.

--No dices mal, señora, respondió Ricardo, si la muerte no me hubiera

estorbado el bien de volver á verte; que ahora en mas estimo este

instante de gloria que gozo en mirarte, que otra ventura, como no fuera

la eterna, que en la vida ó en la muerte pudiera asegurarme mi deseo:

el que tiene mi amo el cadí, á cuyo poder he venido por no ménos varios

accidentes que los tuyos, es el mismo para contigo que para conmigo lo

es el de Halima: hame puesto á mí por intérprete de sus pensamientos,

acepté la empresa no por darle gusto, sino por el que granjeaba en la

comodidad de hablarte; porque veas, Leonisa, el término á que nuestras

desgracias nos han traido, á tí á ser medianera de un imposible que

en lo que me pides conoces: á mí á serlo tambien de la cosa que ménos

pensé, y de la que daré por no alcanzarla la vida, que ahora estimo en

lo que vale la alta ventura de verte.

--No sé qué te diga, Ricardo, replicó Leonisa, ni qué salida se tome

al laberinto donde, como dices, nuestra corta ventura nos tiene

puestos: solo sé decir que es menester usar en esto lo que de nuestra

condicion no se puede esperar, que es el fingimiento y engaño, y así

digo que de tí daré á Halima algunas razones que ántes la entretengan

que desesperen: tú de mí podrás decir al cadí lo que para seguridad de

mi honor y de su engaño vieres que mas convenga; y pues yo pongo mi

honor en tus manos, bien puedes creer dél que le tengo con la entereza

y verdad que podia poner en duda tantos caminos como he andado y

tantos combates como he sufrido: el hablarnos será fácil, y á mí será

de grandísimo gusto el hacello, con presupuesto que jamas me has de

tratar cosa que á tu declarada pretension pertenezca, que en la hora

que tal hicieres, en la misma me despediré de verte, porque no quiero

que pienses que es de tan pocos quilates mi valor, que ha de hacer con

él la cautividad lo que la libertad no pudo: como el oro tengo de ser

con el favor del cielo, que miéntras mas se acrisola, queda con mas

pureza y mas limpio: conténtate con que he dicho que no me dará como

solia fastidio tu vista; porque te hago saber, Ricardo, que siempre

te tuve por desabrido y arrogante, y que presumias de tí algo mas de

lo que debias: confieso tambien que me engañaba, y que podria ser que

hacer ahora la esperiencia me pusiese la verdad delante de los ojos el

desengaño, y estando desengañada, fuese con ser honesta mas humana:

véte con Dios, que temo no nos haya escuchado Halima, la cual entiende

algo de la lengua cristiana, ó á lo ménos de aquella mezcla de lenguas

que se usa, con que todos nos entendemos.

--Dices muy bien, señora, respondió Ricardo, y agradézcote infinito

el desengaño que me has dado, que le estimo en tanto como la merced

que me haces en dejarme verte, y como tú dices, quizá la esperiencia

te dará á entender cuán llana es mi condicion y cuán humilde,

especialmente para adorarte, y sin que tú pusieras término ni raya

á mi trato, fuera él tan honesto para contigo, que no acertaras á

desearle mejor: en lo que toca á entretener al cadí, vive descuidada;

haz tú lo mismo con Halima, y entiende, señora, que despues que te he

visto ha nacido en mí una esperanza tal, que me asegura que presto

hemos de alcanzar la libertad deseada: y con esto quédate á Dios, que

otra vez te contaré los rodeos por donde la fortuna me trujo á este

estado despues que de tí me aparté, ó por mejor decir, me apartaron.

Con esto se despidieron, y quedó Leonisa contenta y satisfecha del

llano proceder de Ricardo, y él contentísimo de haber oido una palabra

de la boca de Leonisa sin aspereza.

Estaba Halima cerrada en su aposento, rogando á Mahoma trujese

Leonisa buen despacho de lo que le habia encomendado: el cadí estaba

en la mezquita recompensando con los suyos los deseos de su mujer,

teniéndolos solícitos y colgados de la respuesta que esperaba oir de

su esclavo, á quien habia dejado encargado hablase á Leonisa, pues

para poderlo hacer le daria comodidad Mahamut, aunque Halima estuviese

en casa. Leonisa acrecentó en Halima el torpe deseo y deshonesto amor,

dándole muy buenas esperanzas que Mario haria todo lo que pudiese, pero

que habia de dejar pasar primero dos lunas ántes que concediese con

lo que deseaba él mucho mas que ella, y este tiempo y término pedia

á causa que hacia una plegaria y oracion á Dios para que le diese

libertad. Contentóse Halima de la disculpa y de la relacion de su

querido Mario, á quien ella diera libertad ántes del término del voto,

como él condescendiera con su deseo: y así rogó á Leonisa le rogase

dispensase con el tiempo, y acortase la dilacion, que ella le ofrecia

cuanto el cadí pidiese por su rescate.

Antes que Ricardo respondiese á su amo, se aconsejó con Mahamut de qué

le responderia: y acordaron entre los dos que le desesperase, y le

aconsejase que lo mas presto que pudiese la llevase á Constantinopla,

y que en el camino ó por grado ó por fuerza alcanzaria su deseo; y

que para el inconveniente que se podia ofrecer de cumplir con el

Gran Señor, seria bueno comprar otra esclava, y en el viaje fingir ó

hacer de modo como Leonisa cayese enferma, y que una noche echarian

la cristiana comprada á la mar, diciendo que era Leonisa la cautiva

del Gran Señor que se habia muerto; y que esto se podia hacer y se

haria en modo que jamas la verdad fuese descubierta, y él quedase

sin culpa con el Gran Señor, y con el cumplimiento de su voluntad; y

que para la duracion de su gusto despues se daria traza conveniente

y mas provechosa. Estaba tan ciego el mísero y anciano cadí, que si

otros mil disparates le dijeran, como fueran encaminados á cumplir sus

esperanzas, todos los creyera, cuanto mas que le pareció que todo lo

que decian llevaba buen camino y prometia próspero suceso: y así era

la verdad, si la intencion de los dos consejeros no fuera levantarse

con el bajel y darle á él la muerte en pago de sus locos pensamientos.

Ofreciósele al cadí otra dificultad á su parecer mayor de las que en

aquel caso se le podian ofrecer; y era pensar que su mujer Halima no

le habia de dejar ir á Constantinopla, si no la llevaba consigo; pero

presto la facilitó, diciendo que en cambio de la cristiana que habian

de comprar para que muriese por Leonisa, serviria Halima, de quien

deseaba librarse mas que de la muerte.

Con la misma facilidad que él lo pensó, con la misma se lo concedieron

Mahamut y Ricardo; y quedando firmes en esto, aquel mismo dia dió

cuenta el cadí á Halima del viaje que pensaba hacer á Constantinopla á

llevar la cristiana al Gran Señor, de cuya liberalidad esperaba que le

hiciese gran cadí del Cairo ó de Constantinopla. Halima le dijo que le

parecia muy bien su determinacion, creyendo que se dejaria á Mario en

casa; mas cuando el cadí la certificó que le habia de llevar consigo y

á Mahamut tambien, tornó á mudar de parecer, y á desaconsejarle lo que

primero le habia aconsejado, con las mas eficaces razones que su deseo

le supo enseñar. En resolucion concluyó que si no la llevaba consigo,

no pensaba dejarle ir en ninguna manera. Contentóse el cadí de hacer

lo que ella queria, porque pensaba sacudir presto de su cuello aquella

para él tan pesada carga.

No se descuidaba en este tiempo Hazan bajá de solicitar al cadí

le entregase la esclava, ofreciéndole montes de oro, y habiéndole

dado á Ricardo de balde, cuyo rescate apreciaba en dos mil escudos,

facilitábale la entrega con la misma industria que él se habia

imaginado de hacer muerta la cautiva cuando el Gran Turco enviase por

ella. Todas estas dádivas y promesas aprovecharon con el cadí no mas de

ponerle en la voluntad que abreviase su partida; y así solicitado de su

deseo y de las importunaciones de Hazan, y aun de las de Halima, que

tambien fabricaba en el aire vanas esperanzas, dentro de veinte dias

aderezó un bergantin de quince bancos, y le armó de buenas boyas, moros

y algunos cristianos griegos; embarcó en él toda su riqueza, y Halima

no dejó en su casa cosa de momento, y rogó á su marido que la dejase

llevar consigo á sus padres para que viesen á Constantinopla: era la

intencion de Halima la misma que la de Mahamut, hacer con él y con

Ricardo que en el camino se alzasen con el bergantin; pero no les quiso

declarar su pensamiento hasta verse embarcada, y esto con voluntad de

irse á tierra de cristianos, y volverse á lo que primero habia sido,

y casarse con Ricardo, pues era de creer que llevando tantas riquezas

consigo, y volviéndose cristiana, no dejaria de tomarla por mujer.

En este tiempo habló otra vez Ricardo con Leonisa, y le declaró toda

su intencion, y ella le dijo la que tenia Halima, que con ella habia

comunicado: encomendáronse los dos el secreto, y encomendándose á

Dios, esperaban el dia de la partida: el cual llegado, salió Hazan

acompañándolos hasta la marina con todos sus soldados, y no les dejó

hasta que se hicieron á la vela, ni aun quitó los ojos del bergantin

hasta perderle de vista; y parece que el aire de los suspiros que el

enamorado moro arrojaba, impelia con mayor fuerza las velas que le

apartaban y llevaban el alma; mas como aquel á quien el amor habia

tanto tiempo que sosegar no le dejaba, pensando en lo que habia de

hacer para no morir á manos de sus deseos, puso luego por obra lo que

con largo discurso y resoluta determinacion tenia pensado: y así en un

bajel de diez y siete bancos, que en otro puerto habia hecho armar,

puso en él cincuenta soldados, todos amigos y conocidos suyos, á quien

él tenia obligados con muchas dádivas y promesas, y dióles órden que

saliesen al camino y tomasen el bajel del cadí y sus riquezas, pasando

á cuchillo cuantos en él iban, si no fuese á Leonisa la cautiva;

que á ella sola queria por despojo aventajado á los muchos haberes

que el bergantin llevaba: ordenóles tambien que le echasen á fondo,

de manera que ninguna cosa quedase que pudiese dar indicio de su

perdicion. La codicia del saco les puso alas en los piés y esfuerzo en

el corazon, aunque bien vieron que poca defensa habian de hallar en

los del bergantin, segun iban desarmados y sin sospecha de semejante

acontecimiento.

Dos dias habia ya que el bergantin caminaba, que al cadí se le hicieron

dos siglos, porque luego en el primero quisiera poner en efecto su

determinacion; mas aconsejáronle sus esclavos que convenia primero

hacer de suerte que Leonisa cayese mala, para dar color á su muerte, y

que esto habia de ser con algunos dias de enfermedad: él no quisiera

sino decir que habia muerto de repente, y acabar presto con todo, y

despachar á su mujer, y aplacar el fuego que las entrañas poco á poco

le iba consumiendo; pero en efecto hubo de condescender con el parecer

de los dos.

Ya en esto habia Halima declarado su intento á Mahamut y á Ricardo, y

ellos estaban en ponerlo por obra al pasar de las cruces de Alejandría,

ó al entrar de los castillos de la Natolia; pero fué tanta la priesa

que el cadí les daba, que se ofrecieron de hacerlo en la primera

comodidad que se les ofreciese; y un dia, al cabo de seis que navegaban

y que ya le parecia al cadí que bastaba el fingimiento de la enfermedad

de Leonisa, importunó á sus esclavos que otro dia concluyesen con

Halima, y la arrojasen al mar amortajada, diciendo ser la cautiva del

Gran Señor.

Amaneciendo pues el dia en que segun la intencion de Mahamut y de

Ricardo habia de ser el cumplimiento de sus deseos, ó el fin de sus

dias, descubrieron un bajel que á vela y remo les venia dando caza:

temieron fuese de cosarios cristianos, de los cuales ni los unos ni

los otros podian esperar buen suceso; porque de serlo, se temia ser

los moros cautivos, y los cristianos, aunque quedasen con libertad,

quedarian desnudos y robados; pero Mahamut y Ricardo con la libertad

de Leonisa y de la de entrambos se contentaran: con todo esto que se

imaginaban, temian la insolencia de la gente cosaria, pues jamas la que

se da á tales ejercicios, de cualquiera ley ó nacion que sea, deja de

tener un ánimo cruel y una condicion insolente. Pusiéronse en defensa,

sin dejar los remos de las manos y hacer todo cuanto pudiesen; pero

pocas horas tardaron que vieron que les iban entrando, de modo que en

ménos de dos se les pusieron á tiro de cañon: viendo esto, amainaron,

soltaron los remos, tomaron las armas, y los esperaron, aunque el cadí

dijo que no temiesen, porque el bajel era turquesco, y que no les haria

daño alguno: mandó poner luego una bandera blanca de paz en el peñol

de la popa, porque le viesen los que ya ciegos y codiciosos venian con

gran furia á embestir el mal defendido bergantin. Volvió en esto la

cabeza Mahamut, y vió que de la parte de poniente venia una galeota á

su parecer de veinte bancos, y díjoselo al cadí, y algunos cristianos

que iban al remo dijeron que el bajel que se descubria era de

cristianos: todo lo cual les dobló la confusion y el miedo, y estaban

suspensos sin saber lo que harian, temiendo y esperando el suceso que

Dios quisiese darles.

Paréceme que diera el cadí en aquel punto por hallarse en Nicosia toda

la esperanza de su gusto: tanta era la confusion en que se hallaba;

aunque le quitó presto della el bajel primero, que sin respeto de

las banderas de paz ni de lo que á su religion debian, embistieron

con el del cadí con tanta furia que estuvo poco en echarle á fondo:

luego conoció el cadí los que le acometian, y vió que eran soldados de

Nicosia, y adivinó lo que podia ser, y dióse por perdido y muerto; y si

no fuera que los soldados se dieron ántes á robar que á matar, ninguno

quedara con vida; mas cuando ellos andaban mas encendidos y mas atentos

en su robo, dió un turco voces, diciendo:

--Arma, soldados, que un bajel de cristianos nos embiste.

Así era la verdad, porque el bajel que descubrió el bergantin del

cadí venia con insignias y banderas cristianescas, el cual llegó con

toda furia á embestir el bajel de Hazan; pero ántes que llegase,

preguntó uno desde la proa en lengua turquesca, qué bajel era aquel.

Respondiéronle que era de Hazan bajá, virey de Chipre.

--Pues ¿cómo, replicó el turco, siendo vosotros mosolimanes, embestís

y robais á ese bajel, que nosotros sabemos que va en él el cadí de

Nicosia?

Á lo cual respondieron que ellos no sabian otra cosa mas de que el

bajá les habia ordenado le tomasen, y que ellos como sus soldados y

obedientes habian hecho su mandamiento.

Novelas ejemplares · 第 8 / 41 段