Venia acompañado Alí bajá (que así se llamaba el que dejaba el

gobierno) de todos los genízaros que de ordinario están de presidio en

Nicosia despues que los turcos la ganaron, que serian hasta quinientos:

venian en dos alas ó hileras, los unos con escopetas, y los otros

con alfanjes desnudos; llegaron á la puerta del nuevo bajá Hazan, la

rodearon todos, y Alí bajá inclinando el cuerpo, hizo reverencia á

Hazan, y él con ménos inclinacion le saludó: luego se entró Alí en el

pabellon de Hazan, y los turcos le subieron sobre un poderoso caballo

ricamente aderezado, y trayéndole á la redonda de las tiendas y por

todo un buen espacio de la campaña, daban voces y gritos, diciendo en

su lengua:

--Viva, viva Soliman sultan, y Hazan bajá en su nombre.

Repitieron esto muchas veces, reforzando las voces y los alaridos, y

luego le volvieron á la tienda, donde habia quedado Alí bajá, el cual

con el cadí y Hazan se encerraron en ella por espacio de una hora solos.

Dijo Mahamut á Ricardo, que se habia encerrado á tratar de lo que

convenia hacer en la ciudad acerca de las obras que allí dejaba

comenzadas.

De allí á poco tiempo salió el cadí á la puerta de la tienda, y dijo

á voces en lengua turquesca, arábiga y griega, que todos los que

quisiesen entrar á pedir justicia, ó otra cosa contra Alí bajá, podrian

entrar libremente, que allí estaba Hazan bajá, á quien el Gran Señor

enviaba por virey de Chipre, que les guardaria toda razon y justicia.

Con esta licencia los genízaros dejaron desocupada la puerta de la

tienda, y dieron lugar á que entrasen los que quisiesen. Mahamut hizo

que entrase con él Ricardo, que por ser esclavo de Hazan no se le

impidió la entrada.

Entraron á pedir justicia, así griegos cristianos como algunos turcos,

y todos de cosas de tan poca importancia, que las mas despachó el cadí

sin dar traslado á la parte, sin autos, demandas ni respuestas, que

todas las causas (si no son las matrimoniales) se despachan en pié y

en un punto, mas á juicio de buen varon que por ley alguna: y entre

aquellos bárbaros, si lo son en esto, el cadí es el juez competente

de todas las causas, que las abrevia en la uña, y las sentencia en un

soplo, sin que haya apelacion de su sentencia para otro tribunal.

En esto entró un chauz, que es como alguacil, y dijo que estaba á

la puerta de la tienda un judío, que traia á vender una hermosísima

cristiana: mandó el cadí que le hiciese entrar: salió el chauz, y

volvió á entrar luego, y con él un venerable judío que traia de la

mano á una mujer vestida en hábito berberisco, tan bien aderezada y

compuesta, que no lo pudiera estar tan bien la mas rica mora de Fez

ni de Marruecos, que en aderezarse llevan la ventaja á todas las

africanas, aunque entren las de Argel con sus perlas tantas: venia

cubierto el rostro con un tafetan carmesí; por las gargantas de los

piés que se descubrian, parecian dos carcajes (que así se llaman las

manillas en arábigo), al parecer de puro oro; y en los brazos, que

asimismo por una camisa de cendal delgado se descubrian ó traslucian,

traia otros carcajes de oro sembrados de muchas perlas: en resolucion,

en cuanto al traje, ella venia rica y gallardamente aderezada.

Admirados desta primera vista el cadí y los demas bajáes, ántes que

otra cosa dijesen ni preguntasen, mandaron al judío que hiciese que se

quitase el antifaz la cristiana: hízolo así, y descubrió un rostro que

así deslumbró los ojos y alegró los corazones de los circunstantes,

como el sol que por entre cerradas nubes despues de mucha escuridad

se ofrece á los ojos de los que le desean: tal era la belleza de la

cautiva cristiana, y tal su brio y su gallardía; pero en quien con mas

efecto hizo impresion la maravillosa luz que habia descubierto, fué en

el lastimado Ricardo, como en aquel que mejor que otro la conocia, pues

era su cruel y amada Leonisa, que tantas veces y con tantas lágrimas

por él habia sido tenida y llorada por muerta. Quedó á la improvisa

vista de la singular belleza de la cristiana, traspasado el corazon de

Alí, y en el mismo grado y con la misma herida se halló el de Hazan,

sin quedarse exento de la amorosa llaga el del cadí, que mas suspenso

que todos, no sabia quitar los ojos de los hermosos de Leonisa. Y para

encarecer las poderosas fuerzas de amor, se ha de saber que en aquel

mismo punto nació en los corazones de los tres, una á su parecer firme

esperanza de alcanzarla y de gozarla: y así, sin querer saber el cómo,

ni el dónde, ni cuándo habia venido á poder del judío, le preguntaron

el precio que por ella queria.

El codicioso judío respondió que cuatro mil doblas, que vienen á ser

dos mil escudos; mas apénas hubo declarado el precio, cuando Alí bajá

dijo que él los daba por ella, y que fuese luego á contar el dinero

á su tienda: empero Hazan bajá, que estaba de parecer de no dejarla,

aunque aventurase en ello la vida, dijo:

--Yo asimismo doy por ella las cuatro mil doblas que el judío pide,

y no las diera ni me pusiera á ser contrario de lo que Alí ha dicho,

si no me forzara lo que él mismo dirá que es razon que me obligue y

fuerce, y es que esta gentil esclava no pertenece para ninguno de

nosotros, sino para el Gran Señor solamente; y así digo que en su

nombre la compro: veamos agora quién será el atrevido que me la quite.

Yo seré, replicó Alí, porque para el mismo efeto la compro, y estáme á

mí mas á cuento hacer al Gran Señor este presente por la comodidad de

llevarla luego á Constantinopla, granjeando con él la voluntad del Gran

Señor; que como hombre que quedo (Hazan, como tú ves) sin cargo alguno,

he de buscar medios de tenerle, de lo que tú estás seguro por tres

años, pues hoy comienzas á mandar y á gobernar este riquísimo reino de

Chipre: así que por estas razones y por haber sido yo el primero que

ofrecí el precio por la cautiva, está puesto en razon, oh Hazan, que me

la dejes.

--Tanto mas es de agradecerme á mí, respondió Hazan, el procurarla

y enviarla al Gran Señor, cuanto lo hago sin moverme á ello interes

alguno; y en lo de la comodidad de llevarla, una galeota armaré con

sola mi chusma y mis esclavos, que la lleve.

Azoróse con estas razones Alí, y levantándose en pié, empuñó el

alfanje, diciendo:

--Siendo, oh Hazan, nuestros intentos unos, que es presentar y llevar

esta cristiana al Gran Señor, y habiendo sido yo el comprador primero,

está puesto en razon y en justicia que me la dejes á mí, y cuando otra

cosa pensares, este alfanje que empuño defenderá mi derecho y castigará

tu atrevimiento.

El cadí, que á todo estaba atento, y que no ménos que los dos ardia,

temeroso de quedar sin la cristiana, imaginó cómo poder atajar el gran

fuego que se habia encendido, y juntamente quedarse con la cautiva sin

dar alguna sospecha de su dañosa intencion y traidoras entrañas; y así,

levantándose en pié, se puso entre los dos, que tambien lo estaban, y

dijo:

--Sosiégate, Hazan, y tú, Alí, estáte quedo, que yo estoy aquí, que

sabré y podré componer vuestras diferencias de manera que los dos

consigais vuestros intentos, y el Gran Señor, como deseais, sea

servido, y quede juntamente agradecido y obligado á ambos.

Á las palabras del cadí obedecieron luego; y aun si otra cosa mas

dificultosa les mandara, hicieran lo mismo (tanto es el respeto que

tienen á sus canas los de aquella dañada secta); prosiguió pues el

cadí, diciendo:

--Tú dices, Alí, que quieres esta cristiana para el Gran Señor, y Hazan

dice lo mismo: tú alegas que por ser el primero en ofrecer el precio,

ha de ser tuya: Hazan te lo contradice, y aunque él no sabe fundar su

razon, yo hallo que tiene la misma que tú tienes, y es la intencion

que sin duda debió de nacer á un mismo tiempo que la tuya, en querer

comprar la esclava para el mismo efeto; solo le llevaste tú la ventaja

en haberte declarado primero, y esto no ha de ser parte para que de

todo en todo quede defraudado su buen deseo; y así me parece será bien

concertaros en esta forma: que la esclava sea de entrambos, y pues el

uso della ha de quedar á la voluntad del Gran Señor, para quien se

compró, á él toca disponer della; y en tanto pagarás tú, Hazan, dos mil

doblas, y Alí otras dos mil, y quédese la cautiva en poder mio para

que en nombre de entrambos yo la envíe á Constantinopla, porque no

quede sin algun premio, siquiera por haberme hallado presente: y así me

ofrezco de enviarla á mi costa, con la autoridad y decencia que se debe

á quien se envía, escribiendo al Gran Señor todo lo que aquí ha pasado,

y la voluntad que los dos habeis mostrado á su servicio.

No supieron, ni pudieron, ni quisieron contradecirle los dos enamorados

turcos; y aunque vieron que por aquel camino no conseguian su deseo,

hubieron de pasar por el parecer del cadí, formando y criando cada uno

allá en su ánimo una esperanza que, aunque dudosa, les prometia poder

llegar al fin de sus encendidos deseos. Hazan, que se quedaba por virey

de Chipre, pensaba dar tantas dádivas al cadí, que vencido y obligado,

le diese la cautiva. Alí imaginó de hacer un hecho que le aseguró

salir con lo que deseaba, y teniendo por cierto cada cual su designio,

vinieron con facilidad en lo que el cadí quiso, y de consentimiento y

voluntad de los dos, se la entregaron luego, y pagaron al judío cada

uno dos mil doblas.

Dijo el judío que no la habia de dar con los vestidos que tenia, porque

valian otras dos mil doblas; y así era la verdad, á causa que en los

cabellos (que parte por las espaldas sueltos traia, y parte atados y

enlazados por la frente) se parecian algunas hileras de perlas que

con estremada gracia se enredaban con ellos: las manillas de los piés

y manos asimismo venian llenas de gruesas perlas: el vestido era una

almalafa de raso verde, toda bordada y llena de trencillas de oro: en

fin, les pareció á todos que el judío anduvo corto en el precio que

pidió por el vestido, y el cadí, por no mostrarse ménos liberal que

los dos bajáes, dijo que él queria pagarle, porque de aquella manera

se presentase al Gran Señor la cristiana: tuviéronlo por bien los dos

competidores, creyendo cada uno que todo habia de venir á su poder.

Falta ahora por decir lo que sintió Ricardo de ver andar en almoneda su

alma, y los pensamientos que en aquel punto le vinieron, y los temores

que le sobresaltaron viendo que el haber hallado á su querida prenda

era para mas perderla: no sabia darse á entender si estaba dormido ó

despierto, no dando crédito á sus mismos ojos de lo que veian; porque

le parecia cosa imposible ver tan impensadamente delante dellos á la

que pensaba que para siempre los habia cerrado: llegóse en esto á su

amigo Mahamut, y díjole:

--¿No la conoces, amigo?

--No la conozco, dijo Mahamut.

--Pues has de saber, replicó Ricardo, que es Leonisa.

--¿Qué es lo que dices, Ricardo? dijo Mahamut.

--Lo que has oido, dijo Ricardo.

--Pues calla, y no la descubras, dijo Mahamut; que la ventura va

ordenando que la tengas buena y próspera, porque ella va á poder de mi

amo.

--¿Parécete, dijo Ricardo, que será bien ponerme en parte donde pueda

ser visto?

--No, dijo Mahamut, porque no la sobresaltes ó te sobresaltes, y no

vengas á dar indicio de que la conoces ni que la has visto; que podria

ser que redundase en perjuicio de mi designio.

--Seguiré tu parecer, respondió Ricardo.

Y así anduvo huyendo de que sus ojos se encontrasen con los de

Leonisa, la cual tenia los suyos en tanto que esto pasaba clavados

en el suelo, derramando algunas lágrimas, cuyo valor podria competir

con las orientales perlas. Llegóse el cadí á ella, y asiéndola de la

mano, se la entregó á Mahamut; mandóle que la llevase á la ciudad y se

la entregase á su señora Halima, y le dijese la tratase como esclava

del Gran Señor: hízolo así Mahamut, y dejó solo á Ricardo, que con los

ojos fué siguiendo á su estrella hasta que se le encubrió con la nube

de los muros de Nicosia. Llegóse al judío, y preguntóle que adónde

habia comprado, ó en qué modo habia venido á su poder aquella cautiva

cristiana. El judío le respondió que en la isla de Pantanalea la habia

comprado á unos turcos que allí habian dado al traves; y queriendo

proseguir adelante, lo estorbó el venirle á llamar de parte de los

bajaés que querian preguntarle lo que Ricardo deseaba saber; y con esto

se despidió dél.

En el camino que habia desde las tiendas á la ciudad tuvo lugar Mahamut

de preguntar á Leonisa en lengua italiana que de qué lugar era. La cual

le respondió que de la ciudad de Trápana; preguntóle asimismo Mahamut,

si conocia en aquella ciudad á un caballero rico y noble que se llamaba

Ricardo. Oyendo lo cual Leonisa, dió un gran suspiro, y dijo:

--Sí conozco por mi mal.

--¿Cómo por vuestro mal? dijo Mahamut.

--Porque él me conoció á mí por el suyo y por mi desventura, respondió

Leonisa.

--¿Y por ventura, preguntó Mahamut, conocisteis tambien en la misma

ciudad á otro caballero de gentil disposicion, hijo de padres muy

ricos, y él por su persona muy valiente, muy liberal y muy discreto,

que se llamaba Cornelio?

--Tambien lo conozco, respondió Leonisa, y podré decir mas por mi

mal que no á Ricardo; mas ¿quién sois vos, señor, que los conoceis y

por ellos me preguntais? que sin duda el cielo, condolido de cuantos

trabajos y fortunas hasta aquí he pasado, me ha echado á parte donde,

ya que no se acaben, halle con quien me consuele en ellos.

--Soy, dijo Mahamut, natural de Palermo, que por varios accidentes

estoy en este traje y vestido diferente del que yo solia traer, y

conózcolos porque no ha muchos dias que entrambos estuvieron en mi

poder, que á Cornelio le cautivaron unos moros de Tripol de Berbería,

y le vendieron á un turco que le trujo á esta isla, donde vino con

mercancías, porque es mercader de Ródas, el cual fiaba de Cornelio toda

su hacienda.

--Bien se la sabrá guardar, dijo Leonisa, porque sabe guardar muy bien

la suya; pero decidme, señor, ¿cómo ó con quién vino Ricardo á esta

isla?

--Vino, respondió Mahamut, con un cosario que le cautivó estando en un

jardin de la marina de Trápana, y con él dijo que habia cautivado una

doncella que nunca me quiso decir su nombre: estuvo aquí algunos dias

con su amo, que iba á visitar el sepulcro de Mahoma, que está en la

ciudad de Almedina, y al tiempo de la partida cayó Ricardo tan enfermo

é indispuesto, que su amo me lo dejó por ser de mi tierra, para que

le curase y tuviese cargo dél hasta su vuelta, ó que si por aquí no

volviese, se le enviase á Constantinopla, que él me avisaria cuando

allá estuviese; pero el cielo lo ordenó de otra manera, pues al sin

ventura Ricardo, sin tener accidente alguno, en pocos dias se acabaron

los de su vida, que tanto aborrecia, siempre llamando entre sí á una

Leonisa, á quien él me habia dicho que queria mas que á su vida y á su

alma; la cual Leonisa, me dijo que en una galeota que habia dado al

traves en la isla de Pantanalea se habia ahogado, cuya muerte siempre

lloraba y siempre plañia, hasta que le trujo á término de perder la

vida, que yo no le sentí enfermedad en el cuerpo, sino muestras de

dolor en el alma.

--Decidme, señor, replicó Leonisa, ese mozo que decís, en las pláticas

que trató con vos (que, como de una patria, debieron ser muchas)

¿nombró alguna vez á esa Leonisa, contó el modo con que á ella y á

Ricardo cautivaron?

--Sí nombró, dijo Mahamut, y me preguntó si habia aportado por esta

isla una cristiana dese nombre, de tales y tales señas, á la cual

holgaria de hallar para rescatarla, si es que su amo se habia ya

desengañado de que no era tan rica como él pensaba, aunque podria ser

que por haberla gozado la tuviese en ménos; que como no pasasen de

trescientos ó cuatrocientos escudos, él los daria de muy buena gana por

ella, porque un tiempo la habia tenido alguna aficion.

--Bien poca debia de ser, dijo Leonisa, pues no pasaba de cuatrocientos

escudos: mas liberal era Ricardo, y mas valiente y comedido: Dios

perdone á quien fué causa de su muerte, que fuí yo, que yo soy la sin

ventura que él lloró por muerta: y sabe Dios si holgara de que él

fuera vivo para pagarle con el sentimiento que viera que tenia de su

desgracia el que él mostró de la mia; yo, señor, como ya os he dicho,

soy la poco querida de Cornelio, y la bien llorada de Ricardo, que

por muy muchos y varios casos he venido á este miserable estado en

que me veo; y aunque es tan peligroso, siempre por favor del cielo he

conservado en él la entereza de mi honor, con la cual vivo contenta en

mi miseria: ahora ni sé dónde estoy, ni quién es mi dueño, ni adónde

han de dar conmigo mis contrarios hados, por lo cual os ruego, señor,

siquiera por la sangre que de cristiano teneis, me aconsejeis en mis

trabajos; que puesto que el ser muchos me ha hecho algo advertida,

sobrevienen cada momento tantos y tales, que no sé cómo me he de avenir

con ellos.

Á lo cual respondió Mahamut que él haria lo que pudiese en servirla,

aconsejando y ayudándola con su ingenio y con sus fuerzas;

advirtiéndola de la diferencia que por su causa habian tenido los

dos bajáes, y cómo quedaba en poder del cadí su amo para llevarla

presentada al gran turco Selin, á Constantinopla; pero que ántes que

esto tuviese efeto, tenia esperanza en el verdadero Dios, en quien

él creia, aunque mal cristiano, que lo habia de disponer de otra

manera, y que la aconsejaba se hubiese bien con Halima, la mujer del

cadí su amo, en cuyo poder habia de estar hasta que la enviasen á

Constantinopla, advirtiéndola de la condicion de Halima; y con estas

le dijo otras cosas de su provecho, hasta que la dejó en su casa y en

poder de Halima, á quien dijo el recado de su amo.

Recibióla bien la mora por verla tan bien aderezada y tan hermosa.

Mahamut se volvió á las tiendas á contar á Ricardo lo que con Leonisa

le habia pasado; y hallándole, se lo contó todo punto por punto, y

cuando llegó al del sentimiento que Leonisa habia hecho cuando le dijo

que era muerto, casi se le vinieron las lágrimas á los ojos: díjole

cómo habia fingido el cuento del cautiverio de Cornelio por ver lo que

ella sentia: advirtióle la tibieza y malicia con que Cornelio habia

hablado: todo lo cual fué píctima para el afligido corazon de Ricardo,

el cual dijo á Mahamut:

--Acuérdome, amigo Mahamut, de un cuento que me contó mi padre, que

ya sabes cuán curioso fué, y oiste cuánta honra le hizo el Emperador

Cárlos V, á quien siempre sirvió en honrosos cargos de la guerra. Digo

que me contó que cuando el emperador estuvo sobre Túnez, y la tomó con

la fuerza de la Goleta, estando un dia en la campaña y en su tienda, le

trujeron á presentar una mora por cosa singular en belleza, y que al

tiempo que se la presentaron entraban algunos rayos del sol por unas

partes de la tienda y daban en los cabellos de la mora, que con los

mismos del sol en ser rubios competian: cosa nueva en las moras, que

siempre se precian de tenerlos negros; contaba que en aquella ocasion

se hallaron en la tienda, entre otros muchos, dos caballeros españoles;

el uno era andaluz, y el otro era catalan, ambos muy discretos, y

ambos poetas; y habiéndola visto el andaluz, comenzó con admiracion

á decir unos versos que ellos llaman coplas, con unas consonancias ó

consonantes dificultosos, y parando en los cinco versos de la copla,

se detuvo sin darle fin ni á la copla ni á la sentencia, por no

ofrecérsele tan de improviso los consonantes necesarios para acabarla;

mas el otro caballero que estaba á su lado y habia oido los versos,

viéndole suspenso, como si le hurtara la media copla de la boca, la

prosiguió y acabó con las mismas consonancias, de que el Emperador

recibió particular contento; y esto mismo se me vino á la memoria

cuando vi entrar á la hermosísima Leonisa por la tienda del bajá, no

solamente escureciendo los rayos del sol si la tocaran, sino á todo el

cielo con sus luces y estrellas.

--Paso, no mas, dijo Mahamut, detente, amigo Ricardo, que á cada paso

temo que has de pasar tanto la raya en las alabanzas de tu bella y

hermosa Leonisa, que dejando de parecer cristiano, parezcas gentil:

díme, si quieres, esos versos ó coplas, ó como tú los llamas, que

despues de oirlos hablaremos en otras cosas que sean de mas gusto, y

aun quizá de mas provecho.

--En buen hora, dijo Ricardo, y vuélvote á advertir que los cinco

versos dijo el uno, y los otros cinco el otro, todos de improviso, y

son estos:

Como cuando el sol asoma

Por una montaña baja,

Y de súbito nos toma

Y con su vista nos doma

Nuestra vista y la relaja:

Como la piedra balaja

Que no consiente carcoma,

Tal es el tu rostro, Aja,

Dura lanza de Mahoma,

Que las mis entrañas raja.

--Bien me suenan al oido, dijo Mahamut, y mejor me suena y me parece

que estés para decir versos, Ricardo, porque el decirlos ó el

hacerlos requiere ánimos desapasionados.

--Tambien se suelen, respondió Ricardo, llorar endechas, como cantar

himnos, y todo es decir versos; pero dejando esto aparte, díme qué

piensas hacer en nuestro negocio, que puesto que no entendí lo que

los bajáes trataron en la tienda, en tanto que tú llevaste á Leonisa,

me lo contó un renegado de mi amo, veneciano, que se halló presente,

y entiende bien la lengua turquesca: y lo que es menester ante todas

cosas es buscar traza cómo Leonisa no vaya á mano del Gran Señor.

--Lo primero que se ha de hacer, respondió Mahamut, es que tú vengas á

poder de mi amo, que esto hecho, despues nos aconsejaremos en lo que

mas nos conviniere.

En esto vino el guardian de los cautivos cristianos de Hazan, y llevó

consigo á Ricardo: el cadí volvió á la ciudad con Hazan, que en breves

dias hizo la residencia de Alí, y se la dió cerrada y sellada, para que

se fuese á Constantinopla: él se fué luego, dejando muy encargado al

cadí, que con brevedad enviase la cautiva, escribiendo al Gran Señor

de modo que le aprovechase para sus pretensiones. Prometióselo el cadí

con traidoras entrañas, porque las tenia hechas ceniza por la cautiva:

ido Alí lleno de falsas esperanzas, y quedando Hazan no vacío dellas,

Mahamut hizo de modo que Ricardo vino á poder de su amo: íbanse los

dias, y el deseo de ver á Leonisa apretaba tanto á Ricardo, que no

alcanzaba un punto de sosiego; mudóse Ricardo el nombre en el de Mario,

porque no llegase el suyo á oidos de Leonisa ántes que él la viese,

y el verla era muy dificultoso á causa que los moros son en estremo

celosos, y encubren de todos los hombres los rostros de sus mujeres,

puesto que en mostrarse ellas á los cristianos no se les hace de mal,

quizá debe de ser que por ser cautivos no los tienen por hombres

cabales.

Avino pues que un dia la señora Halima vió á su esclavo Mario, y tan

visto y tan mirado fué, que se le quedó grabado en el corazon y fijo

en la memoria: y quizá poco contenta de los abrazos flojos de su

anciano marido, con facilidad dió lugar á un mal deseo, y con la misma

dió cuenta dél á Leonisa, á quien ya queria mucho por su agradable

condicion y proceder discreto, y tratábala con mucho respeto, por ser

prenda del Gran Señor: díjole cómo el cadí habia traido á casa un

cautivo cristiano de tan gentil donaire y parecer, que á sus ojos no

habia visto mas lindo hombre en toda su vida, y que decian que era

chilibí, que quiere decir caballero, y de la misma tierra de Mahamut

su renegado, y que no sabia cómo darle á entender su voluntad, sin que

el cristiano la tuviese en poco por habérsela declarado: preguntóle

Leonisa cómo se llamaba el cautivo, y díjole Halima que se llamaba

Mario; á lo cual replicó Leonisa:

--Si él fuera caballero y del lugar que dicen, yo le conociera; mas

dese nombre Mario no hay ninguno en Trápana; pero haz, señora, que yo

le vea y hable, que te diré quién es y lo que dél se puede esperar.

Así será, dijo Halima, porque el viérnes, cuando esté el cadí haciendo

la zala en la mezquita, le haré entrar acá dentro, donde le podrás

hablar á solas, y si te pareciere darle indicios de mi deseo, haráslo

por el mejor modo que pudieres.

Esto dijo Halima á Leonisa, y no habian pasado dos horas cuando el

cadí llamó á Mahamut y á Mario, y con no ménos eficacia que Halima

habia descubierto su pecho á Leonisa, descubrió el enamorado viejo el

suyo á sus dos esclavos, pidiéndoles consejos en lo que haria para

gozar de la cristiana, y cumplir con el Gran Señor, cuya ella era,

diciéndoles que ántes pensaba morir mil veces que entregarla al Gran

Turco. Con tales afectos decia su pasion el religioso moro, que la puso

en los corazones de sus dos esclavos, que todo lo contrario de lo que

él pensaba, pensaban. Quedó puesto entre ellos que Mario, como hombre

de su tierra, aunque habia dicho que no la conocia, tomase la mano en

solicitarla y en declararle la voluntad suya, y cuando por este modo

no se pudiese alcanzar, que usaria él de la fuerza, pues estaba en su

poder; y esto hecho, con decir que era muerta se escusarian de enviarla

á Constantinopla.

Novelas ejemplares · 第 7 / 41 段