--Esa es, oh Mahamut, respondió Ricardo, esa es, amigo, la causa

principal de todo mi bien y de toda mi desventura: esa es, que no

la perdida libertad, por quien mis ojos han derramado, derraman y

derramarán lágrimas sin cuento, y la por quien mis suspiros encienden

el aire cerca y léjos, y la por quien mis razones causan al cielo que

las escucha, y á los oidos que las oyen: esa es por quien tú me has

juzgado por loco, ó por lo ménos por de poco valor y ménos ánimo: esta

Leonisa, para mí leona, y mansa cordera para otro, es la que me tiene

en este miserable estado; porque has de saber que desde mis tiernos

años, ó á lo ménos desde que tuve uso de razon no solo la amé, mas

la adoré y serví con tanta solicitud como si no tuviera en la tierra

ni en el cielo otra deidad á quien sirviese ni adorase: sabian sus

deudos y sus padres mis deseos, y jamas dieron muestras de que les

pesase, considerando que iban encaminados á fin honesto y virtuoso; y

así muchas veces sé yo que se lo dijeron á Leonisa, para disponerle

la voluntad á que por su esposo me recebiese, conociendo mi calidad

y nobleza: mas ella, que tenia puestos los ojos en Cornelio, el hijo

de Ascanio Rótulo, que tú bien conoces (mancebo galan, atildado, de

blancas manos y rizos cabellos, de voz melíflua y de amorosas palabras,

y finalmente todo hecho de ámbar y de alfeñique, guarnecido de telas y

adornado de brocados), no quiso ponerlos en mi rostro no tan delicado

como el de Cornelio, ni quiso agradecer siquiera mis muchos y continuos

servicios, pagando mi voluntad con desdeñarme y aborrecerme; y á tanto

llegó el estremo de amarla, que tomara por partido dichoso que me

acabara á pura fuerza de desdenes y desagradecimientos, con que no

diera descubiertos aunque honestos favores á Cornelio: mira pues si

llegándose á la angustia del desden y aborrecimiento la mayor y mas

cruel rabia de los celos, cuál estaria mi alma de dos tan mortales

pestes combatida: disimulaban los padres de Leonisa los favores que

á Cornelio hacia, creyendo, como estaba en razon que creyesen, que

atraido el mozo de su incomparable y bellísima hermosura, la escogeria

por su esposa, y en ello granjearian yerno mas rico que conmigo: y bien

pudiera ser, si así fuera; pero no le alcanzarán, sin arrogancia sea

dicho, de mejor condicion que la mia, ni de mas altos pensamientos, ni

de mas conocido valor que el mio. Sucedió pues que en el discurso de mi

pretension alcancé á saber que un dia del mes pasado de mayo, que este

de hoy hace un año, tres dias, y cinco horas, Leonisa y sus padres, y

Cornelio y los suyos se iban á solazar con toda su parentela y criados

al jardin de Ascanio, que está cercano á la marina en el camino de las

salinas.

--Bien lo sé, dijo Mahamut, pasa adelante, Ricardo, que mas de cuatro

dias tuve en él, cuando Dios quiso, mas de cuatro buenos ratos.

--Súpelo, replicó Ricardo, y al mismo instante que lo supe me ocupó el

alma una furia, una rabia y un infierno de celos con tanta vehemencia

y rigor, que me sacó de mis sentidos, como lo verás por lo que luego

hice, que fué irme al jardin donde me dijeron que estaban, y hallé á la

mas de la gente solazándose, y debajo de un nogal sentados á Cornelio

y á Leonisa, aunque desviados un poco: cuál ellos quedaron de mi vista

no lo sé; de mí sé decir que quedé tal con la suya que perdí la de mis

ojos, y me quedé como estatua sin voz ni movimiento alguno; pero no

tardó mucho en despertar el enojo á la cólera, y la cólera á la sangre

del corazon, y la sangre á la ira, y la ira á las manos y la lengua:

puesto que las manos se ataron con el respeto á mi parecer debido al

hermoso rostro que tenia delante; pero la lengua rompió el silencio con

estas razones:

--Contenta estarás, oh enemiga mortal de mi descanso, en tener con

tanto sosiego delante de tus ojos la causa que hará que los mios

vivan en perpetuo y doloroso llanto: llégate, llégate, cruel, un poco

mas, y enrede tu yedra á ese inútil tronco que te busca: peina ó

ensortija aquesos cabellos de ese tu nuevo Ganimédes, que tibiamente

te solicita: acaba ya de entregarte á los banderizos años dese mozo en

quien contemplas; porque perdiendo yo la esperanza de alcanzarte, acabe

con ella la vida que aborrezco: ¿piensas por ventura, soberbia y mal

considerada doncella, que contigo sola se han de romper y faltar las

leyes y fueros que en semejantes casos en el mundo se usan? ¿Piensas,

quiero decir, que ese mozo altivo por su riqueza, arrogante por su

gallardía, inesperto por su edad poca, confiado por su linaje, ha de

querer, ni poder, ni saber guardar firmeza en sus amores, ni estimar

lo inestimable, ni conocer lo que conocen los maduros y esperimentados

años? No lo pienses, si lo piensas, porque no tiene otra cosa buena el

mundo, sino hacer sus acciones siempre de una misma manera, porque no

se engañe nadie sino por su propia ignorancia: en los pocos años está

la inconstancia mucha, en los ricos la soberbia, la vanidad en los

arrogantes, y en los hermosos el desden, y en los que todo esto tienen

la necedad, que es madre de todo mal suceso: y tú, ó mozo, que tan á

salvo piensas llevar el premio mas debido á mis buenos deseos que á los

ociosos tuyos, ¿por qué no te levantas dese estrado de flores donde

yaces, y vienes á sacarme el alma que tanto la tuya aborrece? y no

porque me ofendas en lo que haces, sino porque no sabes estimar el bien

que la ventura te concede: y vese claro que le tienes en poco, en que

no quieres moverte á defenderle por no ponerte á riesgo de descomponer

la afeitada compostura de tu galan vestido: si esa tu reposada

condicion tuviera Aquíles, bien seguro estuviera Ulíses de no salir con

su empresa, aunque mas le mostrara resplandecientes armas y acerados

alfanjes: véte, véte, y recréate entre las doncellas de tu madre, y

allí ten cuidado de tus cabellos y de tus manos, mas dispuestas á

devanar blando sirgo, que á empuñar la dura espada.

Á todas estas razones jamas se levantó Cornelio del lugar donde le

hallé sentado; ántes se estuvo quedo, mirándome como embelesado sin

moverse: y á las levantadas voces con que le dije lo que has oido,

se fué llegando la gente que por la huerta andaba, y se pusieron

á escuchar otros mas improperios que á Cornelio le dije, el cual

tomando ánimo con la gente que acudió, porque todos ó los mas eran sus

parientes, criados ó allegados, dió muestras de levantarse; mas ántes

que se pusiese en pié puse mano á mi espada y acometíle no solo á él,

sino á todos cuantos allí estaban; pero apénas vió Leonisa relucir

mi espada cuando le tomó un recio desmayo, cosa que me puso en mayor

coraje y mayor despecho; y no te sabré decir, si los muchos que me

acometieron atendian no mas de á defenderse, como quien se defiende de

un loco furioso, ó si fué mi buena suerte y diligencia, ó el cielo que

para mayores males queria guardarme, porque en efecto herí siete ú ocho

de los que hallé mas á mano: á Cornelio le valió su buena diligencia,

pues fué tanta la que puso en los piés huyendo, que se escapó de mis

manos.

Estando en este tan manifiesto peligro, cercado de mis enemigos,

que ya como ofendidos procuraban vengarse, me socorrió la ventura

con un remedio, que fuera mejor haber dejado allí la vida, que no

restaurándola por tan no pensado camino venir á perderla cada hora

mil y mil veces: y fué que de improviso dieron en el jardin mucha

cantidad de turcos de dos galeotas de cosarios de Viserta, que en

una cala que allí cerca estaba habian desembarcado sin ser sentidos

de las centinelas de las torres de la marina, ni descubiertos de los

corredores ó atajadores de la costa: cuando mis contrarios los vieron,

dejándome solo, con presta celeridad se pusieron en cobro: de cuantos

en el jardin estaban, no pudieron los turcos cautivar mas de á tres

personas, y á Leonisa que aun se estaba desmayada: á mí me cogieron con

cuatro disformes heridas, vengadas ántes por mi mano con cuatro turcos

que de otras cuatro dejé sin vida tendidos en el suelo.

Este asalto hicieron los turcos con su acostumbrada diligencia, y no

muy contentos del suceso se fueron á embarcar, y luego se hicieron á

la mar, y á vela y remo en breve espacio se pusieron en la Fabiana:

hicieron reseña por ver qué gente les faltaba, y viendo que los muertos

eran cuatro soldados de aquellos que ellos llaman levantes, y de los

mejores y mas estimados que traian, quisieron tomar en mí la venganza,

y así mandó el arraez de la capitana bajar la entena para ahorcarme.

Todo esto estaba mirando Leonisa, que ya habia vuelto en sí, y viéndose

en poder de los cosarios derramaba abundancia de hermosas lágrimas,

y torciendo sus manos delicadas, sin hablar palabra estaba atenta á

ver si entendia lo que los turcos decian: mas uno de los cristianos

del remo le dijo en italiano cómo el arraez mandaba ahorcar aquel

cristiano, señalándome á mí, porque habia muerto en su defensa á cuatro

de los mejores soldados de las galeotas: lo cual oido y entendido

por Leonisa, la vez primera que se mostró para mí piadosa, dijo al

cautivo que dijese á los turcos que no me ahorcasen, porque perderian

un gran rescate, y que les rogaba volviesen á Trápana, que luego me

rescatarian: esta, digo, fué la primera, y aun será la última caridad

que usó conmigo Leonisa, y todo para mayor mal mio. Oyendo pues los

turcos las razones que el cautivo italiano les decia, le creyeron

fácilmente, y mudóles el interes la cólera. Otro dia por la mañana,

alzando bandera de paz volvieron á Trápana: aquella noche la pasé con

el dolor que imaginarse puede, no tanto por el que mis heridas me

causaban, cuanto por imaginar el peligro en que la cruel enemiga mia

entre aquellos bárbaros estaba.

Llegados pues como digo á la ciudad, entró en el puerto la una galeota,

y la otra se quedó fuera: coronóse luego todo el puerto y la ribera

toda de cristianos, y el lindo de Cornelio desde léjos estaba mirando

lo que en la galeota pasaba: acudió luego un mayordomo mio á tratar de

mi rescate, al cual dije que en ninguna manera tratase de mi libertad

sino de la de Leonisa, y que diese por ella todo cuanto valia mi

hacienda, y mas le ordené que volviese á tierra, y dijese á los padres

de Leonisa, que le dejasen á él tratar de la libertad de su hija, y que

no se pusiesen en trabajo por ella. Hecho esto, el arraez principal,

que era un renegado griego llamado Yzuf, pidió por Leonisa seis mil

escudos, y por mí cuatro mil, añadiendo que no daria el uno sin el

otro: pidió esta gran suma, segun despues supe, porque estaba enamorado

de Leonisa, y no quisiera él rescatarla sino darla al arraez de la

otra galeota, con quien habia de partir las presas que se hiciesen por

mitad, á mí en precio de cuatro mil escudos, y mil en dinero que hacian

cinco mil, y quedarse con Leonisa por otros cinco mil: y esta fué la

causa porque nos apreció á los dos en diez mil escudos.

Los padres de Leonisa no ofrecieron de su parte nada, atenidos á la

promesa que de mi parte mi mayordomo les habia hecho: ni Cornelio

movió los labios en su provecho; y así despues de muchas demandas

y respuestas, concluyó mi mayordomo en dar por Leonisa cinco mil,

y por mí tres mil escudos. Aceptó Yzuf este partido forzado de las

persuasiones de su compañero y de lo que todos sus soldados le decian;

mas como mi mayordomo no tenia junta tanta cantidad de dineros, pidió

tres dias de término para juntarlos, con intencion de malbaratar mi

hacienda hasta cumplir el rescate. Holgóse desto Yzuf, pensando hallar

en este tiempo ocasion para que el concierto no pasase adelante, y

volviéndose á la isla de la Fabiana, dijo que llegado el término de los

tres dias volveria por el dinero. Pero la ingrata fortuna, no cansada

de maltratarme, ordenó que estando desde lo mas alto de la isla puesta

á la guarda una centinela de los turcos, bien dentro á la mar descubrió

seis velas latinas, y entendió, como fué verdad, que debian ser ó la

escuadra de Malta, ó algunas de las de Sicilia: bajó corriendo á dar

la nueva, y en un pensamiento se embarcaron los turcos que estaban en

tierra, cuál guisando de comer, cuál lavando su ropa, y zarpando con

no vista presteza dieron al agua los remos y al viento las velas, y

puestas las proas en Berbería, en ménos de dos horas perdieron de

vista las galeras; y así cubiertos con la isla y con la noche que venia

cerca, se aseguraron del miedo que habian cobrado.

Á tu buena consideracion dejo, oh Mahamut amigo, que consideres cuál

iria mi ánimo en aquel viaje tan contrario del que yo esperaba; y

mas cuando otro dia habiendo llegado las dos galeotas á la isla de

la Pantanalea por la parte del mediodía, los turcos saltaron en

tierra á hacer leña y carne, como ellos dicen, y mas cuando vi que

los arraeces saltaron en tierra, y se pusieron á hacer las partes de

todas las presas que habian hecho; cada accion destas fué para mí una

dilatada muerte: viniendo pues á la particion mia y de Leonisa, Yzuf

dió á Fetala (que así se llamaba el arraez de la otra galeota) seis

cristianos, los cuatro para el remo, y dos muchachos hermosísimos, de

nacion corsos, y á mí con ellos, por quedarse con Leonisa, de lo cual

se contentó Fetala; y aunque estuve presente á todo esto, nunca pude

entender lo que decian, aunque sabia lo que hacian, ni entendiera por

entónces el modo de la particion, si Fetala no se llegara á mí y me

dijera en italiano:

--Cristiano, ya eres mio, en dos mil escudos de oro te me han dado; si

quieres libertad, has de dar cuatro mil, si no acá morir.

Preguntéle, si era tambien suya la cristiana: díjome que no, sino que

Yzuf se quedaba con ella con intencion de volverla mora y casarse con

ella: y así era la verdad, porque me lo dijo uno de los cautivos del

remo que entendia bien el turquesco, y se lo habia oido tratar á Yzuf

y á Fetala. Díjele á mi amo que hiciese de modo como se quedase con la

cristiana, y que le daria por su rescate solo diez mil escudos de oro

en oro. Respondióme no ser posible; pero que haria que Yzuf supiese

la gran suma que le ofrecia por la cristiana, que quizá llevado del

interese, mudaria de intencion y la rescataria.

Hízolo así, y mandó que todos los de su galeota se embarcasen luego,

porque se queria ir á Tripol de Berbería, de donde él era. Yzuf

asimismo determinó irse á Viserta: y así se embarcaron con la misma

priesa que suelen cuando descubren ó galeras de quien temer, ó bajeles

á quien robar: movióles á darse priesa, por parecerles que el tiempo

mudaba con muestras de borrasca. Estaba Leonisa en tierra, pero no en

parte que yo la pudiese ver, sino fué que al tiempo del embarcarnos

llegámos juntos á la marina: llevábala de la mano su nuevo amo y su

mas nuevo amante, y al entrar por la escala que estaba puesta desde

tierra á la galeota, volvió los ojos á mirarme, y los mios, que no se

quitaban della, la miraron con tan tierno sentimiento y dolor, que

sin saber cómo, se me puso una nube ante ellos que me quitó la vista,

y sin ella y sin sentido alguno di conmigo en el suelo: lo mismo me

dijeron despues que habia sucedido á Leonisa, porque la vieron caer de

la escala á la mar, y que Yzuf se habia echado tras ella y la sacó en

brazos.

Esto me contaron dentro de la galeota de mi amo, donde me habian puesto

sin que yo lo sintiese; mas cuando volví de mi desmayo, y me vi solo

en la galeota, y que la otra tomando otra derrota, se apartaba de

nosotros, llevándose consigo la mitad de mi alma, ó por mejor decir

toda ella, cubrióseme el corazon de nuevo, y de nuevo maldije mi

ventura, y llamé á la muerte á voces; y eran tales los sentimientos

que hacia, que mi amo enfadado de oirme, con un grueso palo me amenazó

que si no callaba me maltrataria: reprimí las lágrimas, recogí los

suspiros, creyendo que con la fuerza que les hacia reventarian por

parte que abriesen puerta al alma, que tanto deseaba desamparar este

miserable cuerpo; mas la suerte, aun no contenta de haberme puesto

en tan encogido estrecho, ordenó de acabar con todo, quitándome las

esperanzas de todo mi remedio, y fué que en un instante se declaró

la borrasca que ya se temia, y el viento que de la parte de mediodía

soplaba y nos embestia por la proa comenzó á reforzar con tanto brio,

que fué forzoso volverle la popa y dejar correr el bajel por donde el

viento queria llevarle, con harto riesgo de los que en él llevaban

puesta la confianza de sus vidas.

Llevaba designio el arraez de despuntar la isla, y tomar abrigo en ella

por la banda del norte; mas sucedióle al reves su pensamiento, porque

el viento cargó con tanta furia, que todo lo que habíamos navegado

en dos dias, en poco mas de catorce horas nos vimos á seis millas

ó siete de la propia isla de donde habíamos partido, y sin remedio

alguno íbamos á embestir en ella, y no en alguna playa, sino en unas

muy levantadas peñas que á la vista se nos ofrecian, amenazando de

inevitable muerte nuestras vidas: vimos á nuestro lado la galeota de

nuestra conserva, donde estaba Leonisa, y todos sus turcos y cautivos

remeros haciendo fuerza con los remos para entretenerse y no dar en las

peñas: lo mismo hicieron los de la nuestra con mas ventaja y esfuerzo

á lo que pareció, que los de la otra, los cuales cansados del trabajo,

y vencidos del teson del viento y de la tormenta, soltando los remos

se abandonaron y se dejaron ir á vista de nuestros ojos á embestir en

las peñas, donde dió la galeota tan grande golpe, que toda se hizo

pedazos: comenzaba á cerrar la noche, y fué tamaña la grita de los que

se perdian y el sobresalto de los que en nuestro bajel temian perderse,

que ninguna cosa de las que nuestro arraez mandaba se entendia ni se

hacia; solo se atendia á no dejar los remos de las manos, tomando por

remedio volver la proa al viento y echar dos áncoras á la mar para

entretener con esto algun tiempo la muerte que por cierta tenian;

y aunque el miedo de morir era general en todos, en mí era muy al

contrario, porque con la esperanza engañosa de ver en el otro mundo á

la que habia tan poco que deste se habia apartado, cada punto que la

galeota tardaba en anegarse ó en embestir en las peñas, era para mí

un siglo de mas penosa muerte: las levantadas olas que por encima del

bajel y de mi cabeza pasaban, me hacian estar atento á ver si en ellas

venia el cuerpo de la desdichada Leonisa.

No quiero detenerme ahora, oh Mahamut, en contarte por menudo los

sobresaltos, los temores, las ansias, los pensamientos que en aquella

luenga y amarga noche tuve y pasé, por no ir contra lo que primero

propuse de contarte brevemente mi desventura; basta decirte que fueron

tantos y tales que si la muerte viniera en aquel tiempo, tuviera bien

poco que hacer en quitarme la vida.

Vino el dia con muestras de mayor tormenta que la pasada, y hallámos

que el bajel habia virado un gran trecho, habiéndose desviado de las

peñas un buen espacio, y llegádose á una punta de la isla; viéndose tan

á pique de doblarla turcos y cristianos con nueva esperanza y fuerzas

nuevas, al cabo de seis horas doblámos la punta, y hallámos mas blando

el mar y mas sosegado, de modo que mas fácilmente nos aprovechámos

de los remos, y abrigados con la isla tuvieron lugar los turcos de

saltar en tierra para ir á ver si habia quedado alguna reliquia de

la galeota que la noche ántes dió en las peñas; mas aun no quiso el

cielo concederme el alivio que esperaba tener de ver en mis brazos el

cuerpo de Leonisa, que aunque muerto y despedazado holgara de verle,

por romper aquel imposible que mi estrella me puso de juntarme con él

como mis buenos deseos merecian; y así rogué á un renegado que queria

desembarcarse, que le buscase y viese si la mar lo habia arrojado á la

orilla; pero, como ya he dicho, todo esto me negó el cielo, pues al

mismo instante tornó á embravecerse el viento de manera que el amparo

de la isla no fué de algun provecho: viendo esto Fetala, no quiso

contrastar contra la fortuna que tanto le perseguia; y así mandó poner

el trinquete al árbol y hacer un poco de vela, volvió la proa á la mar

y la popa al viento; y tomando él mismo el cargo del timon, se dejó

correr por el ancho mar, seguro que ningun impedimento le estorbaria su

camino: iban los remos igualados en la crujía, y toda la gente sentada

por los bancos y ballesteras, sin que en toda la galeota se descubriese

otra persona que la del cómitre, que por mas seguridad suya se hizo

atar fuertemente al estanterol: volaba el bajel con tanta ligereza que

en tres dias y tres noches, pasando á la vista de Trápana, de Melazo y

de Palermo, embocó por el Faro de Mesina, con maravilloso espanto de

los que iban dentro y de aquellos que desde la tierra los miraban.

En fin, por no ser tan prolijo en contar la tormenta como ella lo fué

en su porfía, digo que cansados, hambrientos y fatigados con tan largo

rodeo, como fué bojar casi toda la isla de Sicilia, llegámos á Tripol

de Berbería, donde á mi amo (ántes de haber hecho con sus levantes la

cuenta del despojo, y dádoles lo que les tocaba, y su quinto al rey,

como es costumbre), le dió un dolor de costado tal, que dentro de tres

dias dió con él en el infierno: púsose luego el rey de Tripol en toda

su hacienda, y el alcaide de los muertos que allí tiene el Gran Turco

(que como sabes es heredero de los que no le dejan en su muerte),

estos dos tomaron toda la hacienda de Fetala mi amo, y yo cupe á este

que entónces era virey de Tripol; y de allí á quince dias le vino

la patente de virey de Chipre, con el cual he venido hasta aquí sin

intento de rescatarme, porque aunque él me ha dicho muchas veces que

me rescate, pues soy hombre principal, como se lo dijeron los soldados

de Fetala, jamas he acudido á ello, ántes le he dicho que le engañaron

los que le dijeron grandezas de mi posibilidad: y si quieres, Mahamut,

que te diga todo mi pensamiento, has de saber que no quiero volver á

parte donde por alguna via pueda tener cosa que me consuele, y quiero

que juntándose á la vida del cautiverio los pensamientos y memorias que

jamas me dejan de la muerte de Leonisa, vengan á ser parte para que yo

no la tenga jamas de gusto alguno: y si es verdad que los continuos

dolores forzosamente se han de acabar ó acabar á quien los padece, los

mios no podrán dejar de hacerlo, porque pienso darles rienda de manera

que á pocos dias den alcance á la miserable vida que tan contra mi

voluntad sostengo.

Este es, oh Mahamut hermano, el triste suceso mio: esta es la causa

de mis suspiros y de mis lágrimas, mira tú ahora y considera si

es bastante para sacarlos de lo profundo de mis entrañas, y para

engendrarlos en la sequedad de mi lastimado pecho. Leonisa murió, y

con ella mi esperanza; que puesto que la que tenia ella viviendo, se

sustentaba de un delgado cabello, todavía, todavía...

Y en este todavía se le pegó la lengua al paladar, de manera que

no pudo hablar mas palabra ni detener las lágrimas que, como suele

decirse, hilo á hilo le corrian por el rostro en tanta abundancia

que llegaron á humedecer el suelo. Acompañóle en ellas Mahamut; pero

pasándose aquel parasismo causado de la memoria renovada en el amargo

cuento, quiso Mahamut consolar á Ricardo con las mejores razones que

supo; mas él las atajó diciéndole:

--Lo que has de hacer, amigo, es aconsejarme qué haré yo para caer en

desgracia de mi amo y de todos aquellos con quien yo comunicare, para

que siendo aborrecido dél y dellos, los unos y los otros me maltraten y

persigan de suerte, que añadiendo dolor á dolor y pena á pena, alcance

con brevedad lo que deseo, que es acabar la vida.

--Ahora he hallado ser verdadero, dijo Mahamut, lo que suele decirse,

que lo que se sabe sentir se sabe decir, puesto que algunas veces el

sentimiento enmudece la lengua; pero como quiera que ello sea, Ricardo

(ora llegue tu dolor á tus palabras, ora ellas se le aventajen),

siempre has de hallar en mí un verdadero amigo ó para ayuda ó para

consejo; que aunque mis pocos años y el desatino que he hecho en

vestirme este hábito, están dando voces que de ninguna destas dos cosas

que te ofrezco se puede fiar ni esperar cosa alguna, yo procuraré que

no salga verdadera esta sospecha, ni pueda tenerse por cierta tal

opinion; y puesto que tú no quieras ni ser aconsejado ni favorecido,

no por eso dejaré de hacer lo que te conviniere, como suele hacerse

con el enfermo que pide lo que no le dan y le dan lo que le conviene:

no hay en toda esta ciudad quien pueda ni valga como el cadí mi amo,

ni aun el tuyo, que viene por visorey della, ha de poder tanto: y

siendo esto así, como lo es, yo puedo decir que soy el que mas puedo

en la ciudad, pues puedo con mi patron todo lo que quiero: digo esto,

porque podria ser dar traza con él para que vinieses á ser suyo, y

estando en mi compañía, el tiempo nos dirá lo que habemos de hacer, á

tí para consolarte si quieres ó pudieres tener consuelo, y á mí para

salir desta á mejor vida ó á lo ménos á parte donde la tenga mas segura

cuando la deje.

--Yo te agradezco, contestó Ricardo, Mahamut, la amistad que me

ofreces, aunque estoy cierto que con cuanto hicieres no has de poder

cosa que en mi provecho resulte; pero dejemos ahora esto, y vamos á las

tiendas, porque á lo que veo, sale de la ciudad mucha gente, y sin duda

es el antiguo virey que sale á estarse en la campaña por dar lugar á mi

amo que entre en la ciudad á hacer la residencia.

--Así es, dijo Mahamut; ven pues, Ricardo, y verás las ceremonias con

que se reciben, que sé que gustarás de verlas.

--Vamos en buen hora, dijo Ricardo, quizá te habré menester, si acaso

el guardian de cautivos de mi amo me ha echado ménos, que es un

renegado corso de nacion, y de no muy piadosas entrañas.

Con esto dejaron la plática, y llegaron á las tiendas á tiempo que

llegaba el antiguo bajá, y el nuevo le salia á recibir á la puerta de

la tienda.

Novelas ejemplares · 第 6 / 41 段