corriendo salió á la sala, adonde habia dejado á Preciosa, y hallóla
rodeada de sus doncellas y criadas, todavía llorando; arremetió á ella,
y sin decirle nada, con gran priesa le desabrochó el pecho, y miró si
tenia debajo de la teta izquierda una señal pequeña á modo de lunar
blanco con que habia nacido, y hallóle ya grande, que con el tiempo se
habia dilatado: luego con la misma celeridad la descalzó, y descubrió
un pié de nieve y de marfil hecho á torno, y vió en él lo que buscaba,
que era que los dos dedos últimos del pié derecho se trababan el uno
con el otro por medio con un poquito de carne, la cual cuando niña
nunca se la habian querido cortar por no darle pesadumbre. El pecho,
los dedos, los brincos, el dia señalado del hurto, la confesion de la
jitana, y el sobresalto y alegría que habian recebido sus padres cuando
la vieron, con toda la verdad confirmaron en el alma de la corregidora
ser Preciosa su hija; y así cogiéndola en sus brazos se volvió con ella
adonde el corregidor y la jitana estaban.
Iba Preciosa confusa, que no sabia á qué efecto se habian hecho con
ella aquellas diligencias, y mas viéndose llevar en brazos de la
corregidora, y que le daba de un beso hasta ciento. Llegó en fin
con la preciosa carga Doña Guiomar á la presencia de su marido, y
trasladándola de sus brazos á los del corregidor, le dijo:
--Recebid, señor, á vuestra hija Costanza, que esta es sin duda; no lo
dudeis, señor, en ningun modo, que la señal de los dedos juntos y la
del pecho he visto; y mas que á mí me lo está diciendo el alma desde el
instante que mis ojos la vieron.
--No lo dudo, respondió el corregidor teniendo en sus brazos á
Preciosa, que los mismos efectos han pasado por la mia que por la
vuestra; y mas que tantas particularidades juntas ¿cómo podian suceder
si no fuera por milagro?
Toda la gente de casa andaba absorta, preguntando unos á otros qué
seria aquello, y todos daban bien léjos del blanco; que ¿quién habia de
imaginar que la Jitanilla era hija de sus señores?
El corregidor dijo á su mujer, y á su hija, y á la jitana vieja, que
aquel caso estuviese secreto hasta que él le descubriese: y asimismo
dijo á la vieja que él perdonaba el agravio que le habia hecho en
hurtarle la mitad de su alma, pues la recompensa de habérsela vuelto
mayores albricias merecia; y que solo le pesaba que sabiendo ella la
calidad de Preciosa, la hubiese desposado con un jitano, y mas con un
ladron y homicida.
--¡Ay! dijo á esto Preciosa, señor mio, que ni es jitano ni ladron,
puesto que es matador; pero fué del que le quitó la honra, y no pudo
hacer ménos de mostrar quién era, y matarle.
--¿Cómo que no es jitano, hija mia? dijo Doña Guiomar.
Entónces la jitana vieja contó brevemente la historia de Andres
Caballero, y que era hijo de D. Francisco de Cárcamo, caballero del
hábito de Santiago, y que se llamaba D. Juan de Cárcamo, asimismo del
mismo hábito, cuyos vestidos ella tenia cuando los mudó en los de
jitano. Contó tambien el concierto que entre Preciosa y D. Juan estaba
hecho de guardar dos años de aprobacion para desposarse ó no: puso en
su punto la honestidad de entrambos, y la agradable condicion de D.
Juan. Tanto se admiraron desto como del hallazgo de su hija, y mandó el
corregidor á la jitana que fuese por los vestidos de D. Juan: ella lo
hizo ansí, y volvió con otro jitano que los trujo.
En tanto que ella iba y volvia, hicieron sus padres á Preciosa cien mil
preguntas, á que respondió con tanta discrecion y gracia, que aunque
no la hubieran reconocido por hija, los enamorara: preguntáronla si
tenia alguna aficion á D. Juan: respondió que no mas de aquella que
le obligaba á ser agradecida á quien se habia querido humillar á ser
jitano por ella; pero que ya no se estenderia á mas el agradecimiento
de aquello que sus señores padres quisiesen.
--Calla, hija Preciosa, dijo su padre, que este nombre de Preciosa
quiero que se te quede en memoria de tu pérdida y de tu hallazgo, que
yo como tu padre tomo á cargo el ponerte en estado que no desdiga de
quien eres.
Suspiró oyendo esto Preciosa, y su madre como discreta entendió que
suspiraba de enamorada de D. Juan, y dijo á su marido:
--Señor, siendo tan principal D. Juan de Cárcamo como lo es, y
queriendo tanto á nuestra hija, no nos estaria mal dársela por esposa.
Y él respondió:
--Aun apénas hoy la habemos hallado, ¿y ya quereis que la perdamos?
Gocémosla algun tiempo, que en casándola no será nuestra, sino de su
marido.
--Razon teneis, señor, respondió ella; pero dad órden de sacar á
D. Juan, que debe de estar en algun calabozo metido, pasando las
penalidades que se pueden considerar de sus prisiones, las humedades y
sabandijas inmundas, que inquietan á los pobres pacientes, que están
esperando salga el dia para gozarle, y verse libres de tanta opresion y
mala vecindad como padecen.
--Sí, estará, dijo Preciosa, que á un ladron matador, y sobre todo
jitano, no le habrán dado mejor estancia.
--Yo quiero ir á verle, como que le voy á tomar la confesion, respondió
el corregidor, y de nuevo os encargo, señora, que nadie sepa esta
historia hasta que yo lo quiera.
Y abrazando á Preciosa, fué luego á la cárcel y entró en el calabozo
donde D. Juan estaba, y no quiso que nadie entrase con él: hallóle con
entrambos piés en un cepo, y con las esposas á las manos, y que aun no
le habian quitado el piedeamigo: era la estancia escura, pero hizo que
por arriba abriesen una lumbrera, por donde entraba luz, aunque muy
escasa; y así como le vió, le dijo:
--¿Cómo está la buena pieza? que así tuviera yo atraillados cuantos
jitanos hay en España para acabar con ellos en un dia, como Neron
quisiera en otro con Roma, sin dar mas de un golpe: sabed, ladron
puntoso, que yo soy el corregidor desta ciudad, y vengo á saber de mí
á vos, si es verdad que es vuestra esposa una Jitanilla que viene con
vosotros.
Oyendo esto Andres imaginó que el corregidor se debia haber enamorado
de Preciosa; que los celos son de cuerpos sutiles y se entran por otros
cuerpos sin romperlos, apartarlos ni dividirlos; pero con todo esto
respondió:
--Si ella ha dicho que yo soy su esposo, es mucha verdad: y si ha
dicho que no lo soy, tambien ha dicho verdad, porque no es posible que
Preciosa diga mentira.
--¿Tan verdadera es? respondió el corregidor; no es poco serlo para
ser jitana: ahora bien, mancebo, ella ha dicho que es vuestra esposa,
pero que nunca os ha dado la mano; ha sabido que segun es vuestra culpa
habeis de morir por ella, y hame pedido que ántes de vuestra muerte la
despose con vos, porque se quiere honrar con quedar viuda de un tan
gran ladron como vos.
--Pues hágalo vuesa merced, señor corregidor, como ella lo suplica, que
como yo me despose con ella, iré contento á la otra vida como parta
desta con nombre de ser suyo.
--Mucho la debeis de querer, dijo el corregidor.
--Tanto, respondió el preso, que á poderlo decir no fuera nada: en
efecto, señor corregidor, mi causa se concluya: yo maté al que me quiso
quitar la honra: yo adoro á esa jitana, moriré contento si muero en su
gracia, y sé que no nos ha de faltar la de Dios, pues entrambos habemos
guardado honestamente y con puntualidad lo que nos prometimos.
--Pues esta noche enviaré por vos, dijo el corregidor, y en mi casa os
desposaréis con Preciosica, y mañana á mediodía estaréis en la horca,
con lo que yo habré cumplido con lo que pide la justicia y con el deseo
de entrambos.
Agradecióselo Andres; y el corregidor volvió á su casa y dió cuenta
á su mujer de lo que con D. Juan habia pasado, y de otras cosas que
pensaba hacer.
En el tiempo que él faltó de su casa, dió cuenta Preciosa á su madre
de todo el discurso de su vida, y de cómo siempre habia creido ser
jitana y ser nieta de aquella vieja; pero que siempre se habia estimado
en mucho mas de lo que de ser jitana se esperaba. Preguntóle su madre
que le dijese la verdad, si queria bien á D. Juan de Cárcamo. Ella
con vergüenza y con los ojos en el suelo le dijo que por haberse
considerado jitana, y que mejoraba su suerte con casarse con un
caballero de hábito y tan principal como D. Juan de Cárcamo, y por
haber visto por esperiencia su buena condicion y honesto trato, alguna
vez le habia mirado con ojos aficionados; pero que en resolucion ya
habia dicho que no tenia otra voluntad de aquella que ellos quisiesen.
Llegóse la noche, y siendo casi las diez sacaron á Andres de la cárcel
sin las esposas y el piedeamigo, pero no sin una gran cadena que desde
los piés todo el cuerpo le ceñia. Llegó deste modo sin ser visto de
nadie sino de los que le traian en casa del corregidor, y con silencio
y recato le entraron en un aposento donde le dejaron solo: de allí á
un rato entró un clérigo, y le dijo que se confesase, porque habia de
morir otro dia. Á lo cual respondió Andres:
--De muy buena gana me confesaré; pero ¿cómo no me desposan primero?
Y si me han de desposar, por cierto que es muy malo el tálamo que me
espera.
Doña Guiomar, que todo esto sabia, dijo á su marido que eran demasiados
los sustos que á D. Juan daba, que los moderase, porque podria ser
perdiese la vida con ellos. Parecióle buen consejo al corregidor y
así entró á llamar al que le confesaba, y díjole que primero habian
de desposar al jitano con Preciosa la jitana, y que despues se
confesaria, y que se encomendase á Dios de todo corazon, que muchas
veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están mas secas
las esperanzas.
En efecto, Andres salió á una sala donde estaban solamente Doña
Guiomar, el corregidor, Preciosa y otros dos criados de casa. Pero
cuando Preciosa vió á D. Juan ceñido y aherrojado con tan gran cadena,
descolorido el rostro y los ojos con muestra de haber llorado, se le
cubrió el corazon, y se arrimó al brazo de su madre que junto á ella
estaba, la cual abrazándola consigo, le dijo:
--Vuelve en tí, niña, que todo lo que ves ha de redundar en tu gusto y
provecho.
Ella, que estaba ignorante de aquello, no sabia cómo consolarse, y la
jitana vieja estaba turbada, y los circunstantes colgados del fin de
aquel caso.
El corregidor dijo:
--Señor tiniente-cura, este jitano y esta jitana son los que vuesa
merced ha de desposar.
--Eso no podré yo hacer, si no preceden primero las circunstancias que
para tal caso se requieren: ¿dónde se han hecho las amonestaciones?
¿adónde está la licencia de mi superior para que con ellas se haga el
desposorio?
--Inadvertencia ha sido mia, respondió el corregidor; pero yo haré que
el vicario la dé.
--Pues hasta que la vea, respondió el tiniente-cura, estos señores
perdonen.
Y sin replicar mas palabra, porque no sucediese algun escándalo, se
salió de casa, y los dejó á todos confusos.
--El padre ha hecho muy bien, dijo á esta sazon el corregidor, y podria
ser fuese providencia del cielo esta para que el suplicio de Andres se
dilate, porque en efecto él se ha de desposar con Preciosa, y han de
preceder primero las amonestaciones, donde se dará tiempo al tiempo,
que suele dar dulce salida á muchas amargas dificultades: y con todo
esto querria saber de Andres, si la suerte encaminase sus sucesos
de manera que sin estos sustos y sobresaltos se hallase esposo de
Preciosa, ¿si se tendria por dichoso ya siendo Andres Caballero, ó ya
D. Juan de Cárcamo?
Así como oyó Andres nombrarse por su nombre, dijo:
--Pues Preciosa no ha querido contenerse en los límites del silencio,
y ha descubierto quién soy, aunque esa buena dicha me hallara hecho
monarca del mundo, la tuviera en tanto que pusiera término á mis
deseos, sin osar desear otro bien sino el del cielo.
--Pues por ese buen ánimo que habeis mostrado, señor D. Juan de
Cárcamo, á su tiempo haré que Preciosa sea vuestra legítima consorte, y
agora os la doy y entrego en esperanza por la mas rica joya de mi casa,
y de mi vida, y de mi alma, y estimadla en lo que decís, porque en ella
os doy á Doña Costanza de Acevedo y Menéses, mi única hija, la cual si
os iguala en el amor, no os desdice nada en el linaje.
Atónito quedó Andres viendo el amor que le mostraban, y en breves
razones Doña Guiomar contó la pérdida de su hija y su hallazgo con las
certísimas señas que la jitana vieja habia dado de su hurto, con que
acabó D. Juan de quedar atónito y suspenso, pero alegre sobre todo
encarecimiento abrazó á sus suegros, llamólos padres y señores suyos,
besó las manos á Preciosa, que con lágrimas le pedia las suyas.
Rompióse el secreto, salió la nueva del caso con la salida de los
criados que habian estado presentes: el cual sabido por el alcalde,
tio del muerto, vió tomados los caminos de su venganza, pues no habia
de tener lugar el rigor de la justicia para ejecutarla en el yerno del
corregidor.
Vistióse D. Juan los vestidos de camino que allí habia traido la
jitana; volviéronse las prisiones y cadenas de hierro en libertad y
cadenas de oro: la tristeza de los jitanos presos en alegría, pues otro
dia los dieron en fiado: recibió el tio del muerto la promesa de dos
mil ducados que le hicieron porque bajase de la querella y perdonase
á D. Juan, el cual no olvidándose de su camarada Clemente, le hizo
buscar; pero no le hallaron ni supieron dél hasta que desde allí á
cuatro dias tuvo nuevas ciertas que se habia embarcado en una de dos
galeras de Génova que estaban en el puerto de Cartagena y ya se habian
partido.
Dijo el corregidor á D. Juan que tenia por nueva cierta que su padre D.
Francisco de Cárcamo estaba proveido por corregidor de aquella ciudad,
y que seria bien esperalle para que con su beneplácito y consentimiento
se hiciesen las bodas. D. Juan dijo que no saldria de lo que él
ordenase; pero que ante todas cosas se habia de desposar con Preciosa.
Concedió licencia el arzobispo para que con sola una amonestacion se
hiciese. Hizo fiestas la ciudad, por ser muy bienquisto el corregidor,
con luminarias, toros y cañas el dia del desposorio: quedóse la
jitana vieja en casa, que no se quiso apartar de su nieta Preciosa:
llegaron las nuevas á la corte del caso y casamiento de la Jitanilla:
supo D. Francisco de Cárcamo ser su hijo el jitano, y ser la Preciosa
la Jitanilla que él habia visto, cuya hermosura disculpó con él la
liviandad de su hijo, que ya le tenia por perdido, por saber que no
habia ido á Flándes; y mas porque vió cuán bien le estaba el casarse
con hija de tan gran caballero y tan rico como era D. Fernando de
Acevedo: dió priesa á su partida por llegar presto á ver á sus hijos,
y dentro de veinte dias ya estaba en Murcia, con cuya llegada se
renovaron los gustos, se hicieron las bodas, se contaron las vidas, y
los poetas de la ciudad, que hay algunos y muy buenos, tomaron á cargo
celebrar el extraño caso, juntamente con la sin igual belleza de la
Jitanilla; y de tal manera escribió el famoso licenciado Pozo, que en
sus versos durará la fama de la Preciosa miéntras los siglos duraren.
Olvidábaseme de decir cómo la enamorada mesonera descubrió á la
justicia no ser verdad lo del hurto de Andres el jitano, y confesó su
amor y su culpa, á quien no respondió pena alguna, porque en la alegría
del hallazgo de los desposados se enterró la venganza y resucitó la
clemencia.
EL AMANTE LIBERAL.
--¡Oh lamentables ruinas de la desdichada Nicosia, apénas enjutas
de la sangre de vuestros valerosos y mal afortunados defensores! Si
como careceis de sentido, le tuviérades ahora, en esta soledad donde
estamos, pudiéramos lamentar juntamente nuestras desgracias, y quizá
el haber hallado compañía en ellas aliviaria nuestro tormento: esta
esperanza os puede haber quedado, mal derribados torreones, que otra
vez, aunque no para tan justa defensa como la en que os derribaron, os
podeis ver levantados; mas yo desdichado ¿qué bien podré esperar en
la miserable estrecheza en que me hallo, aunque vuelva al estado en
que estaba ántes deste en que me veo? tal es mi desdicha, que en la
libertad fuí sin ventura, y en el cautiverio ni la tengo ni la espero.
Estas razones decia un cautivo cristiano, mirando desde un recuesto las
murallas derribadas de la ya perdida Nicosia, y así hablaba con ellas,
y hacia comparacion de sus miserias á las suyas, como si ellas fueran
capaces de entenderle (propia condicion de afligidos, que llevados
de sus imaginaciones hacen y dicen cosas ajenas de toda razon y buen
discurso).
En esto salió de un pabellon ó tienda, de cuatro que estaban en aquella
campaña puestas, un turco mancebo de muy buena disposicion y gallardía,
y llegándose al cristiano le dijo:
--Apostaria yo, Ricardo amigo, que te traen por estos lugares tus
continuos pensamientos.
--Sí traen, respondió Ricardo (que este era el nombre del cautivo); mas
¿qué aprovecha si en ninguna parte á do voy hallo tregua ni descanso
en ellos, ántes me los han acrecentado estas ruinas que desde aquí se
descubren?
--Por las de Nicosia dirás, dijo el turco.
--Pues ¿por cuáles quieres que lo diga, repitió Ricardo, si no hay
otras que á los ojos por aquí se ofrezcan?
--Bien tendrás que llorar, replicó el turco, si en esas contemplaciones
entras; porque los que vieron habrá dos años á esta nombrada y rica
isla de Chipre en su tranquilidad y sosiego, gozando sus moradores
en ella de todo aquello que la felicidad humana puede conceder á los
hombres, y ahora los ven, ó contemplan ó desterrados della, ó en ella
cautivos y miserables, ¿cómo podrán dejar de no dolerse de su calamidad
y desventura? Pero dejemos estas cosas, pues no llevan remedio, y
vengamos á las tuyas, que quiero ver si le tienen; y así te ruego
por lo que debes á la buena voluntad que te he mostrado y por lo que
te obliga el ser entrambos de una misma patria, y habernos criado en
nuestra niñez juntos, que me digas ¿qué es la causa que te trae tan
demasiadamente triste? que puesto caso que sola la del cautiverio es
bastante para entristecer el corazon mas alegre del mundo, todavía
imagino que de mas atras traen la corriente tus desgracias; porque
los generosos ánimos como el tuyo no suelen rendirse á las comunes
desdichas tanto que den muestras de estraordinarios sentimientos: y
háceme creer esto, el saber yo que no eres tan pobre que te falte
para dar cuanto pidieren para tu rescate; ni estás en las torres del
mar Negro, como cautivo de consideracion que tarde ó nunca alcanza
la deseada libertad: así que no habiéndote quitado la mala suerte
las esperanzas de verte libre, y con todo esto verte rendido á dar
miserables muestras de tu desventura, no es mucho que imagine que tu
pena procede de otra causa que de la libertad que perdiste, la cual
causa te suplico me digas, ofreciéndote cuanto puedo y valgo; quizá
para que yo te sirva ha traido la fortuna este rodeo de haberme hecho
vestir deste hábito, que aborrezco. Ya sabes, Ricardo, que es mi amo el
cadí desta ciudad (que es lo mismo que ser su obispo); sabes tambien
lo mucho que vale y lo mucho que con él puedo: juntamente con esto
no ignoras el deseo encendido que tengo de no morir en este estado
que parece que profeso, pues cuando mas no pueda tengo de confesar
y publicar á voces la fe de Jesucristo, de quien me apartó mi poca
edad y ménos entendimiento, puesto que sé que tal confesion me ha de
costar la vida, que á trueco de no perder la del alma, daré por bien
empleado perder la del cuerpo: de todo lo dicho quiero que infieras y
que consideres que te puede ser de algun provecho mi amistad, y que
para saber qué remedios ó alivios puede tener tu desdicha, es menester
que me la cuentes como ha menester el médico la relacion del enfermo,
asegurándote que la depositaré en lo mas escondido del silencio.
Á todas estas razones estuvo callando Ricardo, y viéndose obligado
dellas y de la necesidad le respondió con estas:
--Si así como has acertado, oh amigo Mahamut (que así se llamaba el
turco), en lo que de mi desdicha imaginas, acertaras en su remedio,
tuviera por bien perdida mi libertad, y no trocara mi desgracia con la
mayor ventura que imaginarse pudiera; mas yo sé que ella es tal que
todo el mundo podrá saber bien la causa de donde procede, mas no habrá
en él persona que se atreva no solo á hallarle remedio, pero ni aun
alivio: y para que quedes satisfecho desta verdad, te la contaré en las
ménos razones que pudiere; pero ántes que entre en el confuso laberinto
de mis males, quiero que me digas ¿qué es la causa que Azam bajá mi amo
ha hecho plantar en esta campaña estas tiendas y pabellones ántes de
entrar en Nicosia, adonde viene proveido por virey, ó por bajá como los
turcos llaman á los vireyes?
--Yo te satisfaré brevemente, respondió Mahamut; y así has de saber que
es costumbre entre los turcos, que los que van por vireyes de alguna
provincia no entran en la ciudad donde su antecesor habita hasta que
él salga della y deje hacer libremente al que viene la residencia; y
en tanto que el bajá nuevo la hace, el antiguo se está en la campaña
esperando lo que resulta de sus cargos, los cuales se hacen sin que
él pueda intervenir á valerse de sobornos y amistades, si ya primero
no lo ha hecho: hecha pues la residencia se la dan al que deja el
cargo en un pergamino cerrado y sellado, y con ella se presenta á la
Puerta del Gran Señor, que es como decir en la corte ante el gran
consejo del turco: la cual vista por el visir bajá, y por los otros
cuatro bajáes menores (como si dijésemos ante el presidente del real
consejo y oidores), ó le premian ó le castigan segun la relacion de
la residencia; puesto que si viene culpado, con dineros rescata y
escusa el castigo; si no viene culpado y no le premian, como sucede
de ordinario, con dádivas y presentes alcanza el cargo que mas se le
antoja, porque no se dan allí los cargos y oficios por merecimientos,
sino por dineros: todo se vende y todo se compra: los proveedores de
los cargos roban á los proveidos en ellos y los desuellan: deste oficio
comprado sale la sustancia para comprar otro que mas ganancia promete:
todo va como digo, todo este imperio es violento, señal que prometia no
ser durable; pero á lo que yo creo, y así debe de ser verdad, le tienen
sobre sus hombros nuestros pecados: quiero decir, los de aquellos que
descaradamente y á rienda suelta ofenden á Dios como yo hago: él se
acuerde de mí por quien es él. Por la causa que he dicho pues, tu amo
Hazan bajá ha estado en esta campaña cuatro dias, y si el de Nicosia no
ha salido como debia, ha sido por haber estado muy malo; pero ya está
mejor y saldrá hoy ó mañana sin duda alguna, y se ha de alojar en unas
tiendas que están detras deste recuesto que tú no has visto, y tu amo
entrará luego en la ciudad: y esto es lo que hay que saber de lo que me
preguntaste.
--Escucha pues, dijo Ricardo; mas no sé si podré cumplir lo que ántes
dije, que en breves razones te contaria mi desventura, por ser ella
tan larga y desmedida, que no se puede medir con razon alguna; con
todo eso haré lo que pudiere y lo que el tiempo diere lugar: y así te
pregunto primero, si conoces en nuestro lugar de Trápana una doncella
á quien la fama daba nombre de la mas hermosa mujer que habia en toda
Sicilia: una doncella, digo, por quien decian todas las curiosas
lenguas y afirmaban los mas raros entendimientos, que era la de mas
perfecta hermosura que tuvo la edad pasada, tiene la presente y espera
tener la que está por venir: una por quien los poetas cantaban que
tenia los cabellos de oro, y que eran sus ojos dos resplandecientes
soles, y sus mejillas purpúreas rosas, sus dientes perlas, sus labios
rubíes, su garganta alabastro: y que sus partes con el todo, y el todo
con sus partes hacian una maravillosa y concertada armonía, esparciendo
naturaleza sobre todo una suavidad de colores tan natural y perfecta,
que jamas pudo la envidia hallar cosa en que ponerle tacha. Que, ¿es
posible, Mahamut, que ya no me has dicho quién es y cómo se llama? Sin
duda creo, ó que no me oyes, ó que cuando en Trápana estabas carecias
de sentido.
--En verdad, Ricardo, respondió Mahamut, que si la que has pintado
con tantos estremos de hermosura no es Leonisa, la hija de Rodolfo
Florencio, no sé quién sea, que esta sola tenia la fama que dices.