--El que yo pensaba llevar, replicó el mozo, no es sino á Sevilla, que

allí tengo un caballero jinoves, grande amigo del conde mi pariente,

que suele enviar á Jénova gran cantidad de plata, y llevo designio

que me acomode con los que la suelen llevar como uno dellos, y con

esta estratagema seguramente podré pasar hasta Cartagena, y de allí

á Italia, porque han de venir dos galeras muy presto á embarcar esta

plata. Esta es, buen amigo, mi historia: mirad si puedo decir que nace

mas de desgracia pura, que de amores aguados; pero si estos señores

jitanos quisiesen llevarme en su compañía hasta Sevilla, si es que

van allá, yo se lo pagaria muy bien, que me doy á entender que en su

compañía iria mas seguro, y no con el temor que llevo.

--Sí llevarán, respondió Andres; y si no fuéredes en nuestro aduar,

porque hasta ahora no sé si va al Andalucía, iréis en otro que creo que

habemos de topar dentro de dos ó tres dias, y con darles algo de lo que

llevais, facilitaréis con ellos otros imposibles mayores.

Dejóle Andres, y vino á dar cuenta á los demas jitanos de lo que el

mozo le habia contado y de lo que pretendia, con el ofrecimiento que

hacia de la buena paga y recompensa. Todos fueron de parecer que se

quedase en el aduar; solo Preciosa tuvo el contrario: y la abuela dijo

que ella no podia ir á Sevilla ni á sus contornos, á causa que los

años pasados habia hecho una burla en Sevilla á un gorrero llamado

Triguillos, muy conocido en ella, al cual le habia hecho meter en una

tinaja de agua hasta el cuello, desnudo en carnes, y en la cabeza

puesta una corona de cipres esperando el filo de la media noche, para

salir de la tinaja á cavar y sacar un gran tesoro que ella le habia

hecho creer que estaba en cierta parte de su casa: dijo que como oyó el

buen gorrero tocar á maitines, por no perder la coyuntura se dió tanta

priesa á salir de la tinaja, que dió con ella y con él en el suelo,

y con el golpe y con los cascos se magulló las carnes, derramándose

el agua, y él quedó nadando en ella y dando voces, que se anegaba:

acudieron al momento su mujer y sus vecinos con luces, y halláronle

haciendo efectos de nadador, soplando y arrastrando la barriga por

el suelo, y meneando los brazos y las piernas con mucha priesa, y

diciendo á grandes voces: Socorro, señores, que me ahogo; tal le tenia

el miedo, que verdaderamente pensó que se ahogaba: abrazáronse con él,

sacáronle de aquel peligro, volvió en sí, contó la burla de la jitana,

y con todo eso cavó en la parte señalada mas de un estado en hondo, á

pesar de todos cuantos le decian que era embuste mio; y si no se lo

estorbara un vecino suyo, que tocaba ya en los cimientos de su casa,

él diera con entrambas en el suelo, si le dejaran cavar todo cuanto él

quisiera: súpose este cuento por toda la ciudad, y hasta los muchachos

le señalaban con el dedo, y contaban su credulidad y mi embuste.

Esto contó la jitana vieja, y esto dió por escusa para no ir á Sevilla.

Los jitanos, que ya sabian de Andres Caballero que el mozo traia

dineros en cantidad, con facilidad le acogieron en su compañía y se

ofrecieron de guardarle y encubrirle todo el tiempo que él quisiese,

y determinaron de torcer el camino á mano izquierda, y entrarse en la

Mancha, y en el reino de Murcia.

Llamaron al mozo y diéronle cuenta de lo que pensaban hacer por él; él

se lo agradeció, y dió cien escudos de oro para que los repartiesen

entre todos. Con esta dádiva quedaron mas blandos que unas martas:

solo á Preciosa no contentó mucho la quedada de D. Sancho (que así

dijo el mozo que se llamaba), pero los jitanos se lo mudaron en el de

Clemente, y así le llamaron desde allí adelante: tambien quedó un poco

torcido Andres, y no bien satisfecho de haberse quedado Clemente, por

parecerle que con poco fundamento habia dejado sus primeros designios;

mas Clemente como si le leyera la intencion, entre otras cosas le dijo

se holgaba de ir al reino de Murcia por estar cerca de Cartagena,

adonde si viniesen galeras, como él pensaba que habian de venir,

pudiese con facilidad pasar á Italia. Finalmente, por traerle mas ante

los ojos, y mirar sus acciones, y escudriñar sus pensamientos, quiso

Andres que fuese Clemente su camarada, y Clemente tuvo esta amistad por

gran favor que se le hacia: andaban siempre juntos, gastaban largo,

llovian escudos, corrian, saltaban, bailaban y tiraban la barra mejor

que ninguno de los jitanos, y eran de las jitanas mas que medianamente

queridos, y de los jitanos en todo estremo respetados.

Dejaron pues á Estremadura, y entráronse en la Mancha, y poco á poco

fueron caminando al reino de Murcia: en todas las aldeas y lugares que

pasaban habia desafíos de pelota, de esgrima, de correr, de saltar, de

tirar la barra, y de otros ejercicios de fuerza, maña y lijereza, y de

todos salian vencedores Andres y Clemente, como de solo Andres queda

dicho; y en todo este tiempo, que fué mas de mes y medio, nunca tuvo

Clemente ocasion, ni él la procuró, de hablar á Preciosa, hasta que un

dia estando juntos Andres y ella, llegó él á la conversacion porque le

llamaron, y Preciosa le dijo:

--Desde la vez primera que llegaste á nuestro aduar te conocí,

Clemente, y se me vinieron á la memoria los versos que en Madrid me

diste; pero no quise decir nada por no saber con qué intencion venias

á nuestras estancias, y cuando supe tu desgracia me pesó en el alma, y

se aseguró mi pecho que estaba sobresaltado, pensando que como habia

D. Juanes en el mundo que se mudaban en Andreses, así podia haber D.

Sanchos que se mudasen en otros nombres: háblote desta manera, porque

Andres me ha dicho que te ha dado cuenta de quién es, y de la intencion

con que se ha vuelto jitano (y así era la verdad, que Andres le habia

hecho sabidor de toda su historia por poder comunicar con él sus

pensamientos): y no pienses que te fué de poco provecho el conocerte,

pues por mi respeto y por lo que yo de tí dije, se facilitó el acogerte

y admitirte en nuestra compañía, donde plega á Dios te suceda todo el

bien que acertares á desearte: este buen deseo quiero que me pagues en

que no afees á Andres la bajeza de su intento, ni le pintes cuán mal le

está perseverar en este estado: que puesto que yo imagino que debajo de

los candados de mi voluntad está la suya, todavía me pesaria de verle

dar muestras, por mínimas que fuesen, de algun arrepentimiento.

Á esto respondió Clemente:

--No pienses, Preciosa única, que D. Juan con lijereza de ánimo me

descubrió quién era: primero le conocí yo, y primero me descubrieron

sus ojos sus intentos: primero le dije yo quién era, y primero le

adiviné la prision de su voluntad que tú señalas, y él dándome el

crédito que era razon que me diese, fió de mi secreto el suyo, y él es

buen testigo si alabé su determinacion y escogido empleo; que no soy, ó

Preciosa, de tan corto ingenio que no alcance hasta dónde se estienden

las fuerzas de la hermosura; y la tuya, por pasar de los límites de los

mayores estremos de belleza, es disculpa bastante de mayores yerros,

si es que deben llamarse yerros los que se hacen con tan forzosas

causas: agradézcote, señora, lo que en mi crédito dijiste, y yo pienso

pagártelo en desear que estos enredos amorosos salgan á fines felices,

y que tú goces de tu Andres, y Andres de su Preciosa en conformidad y

gusto de sus padres, porque de tan hermosa junta veamos en el mundo los

mas bellos renuevos que pueda formar la bien intencionada naturaleza:

esto desearé yo, Preciosa, y esto le diré siempre á tu Andres, y no

cosa alguna que le divierta de sus bien colocados pensamientos.

Con tales afectos dijo las razones pasadas Clemente, que estuvo en

duda Andres si las habia dicho como enamorado ó como comedido; que la

infernal enfermedad celosa es tan delicada y de tal manera, que en los

átomos del sol se pega, y de los que tocan á la cosa amada se fatiga el

amante y se desespera; pero con todo esto no tuvo celos confirmados,

mas fiado de la bondad de Preciosa, que de la ventura suya; que siempre

los enamorados se tienen por infelices en tanto que no alcanzan lo que

desean. En fin, Andres y Clemente eran camaradas y grandes amigos,

asegurándolo todo la buena intencion de Clemente, y el recato y

prudencia de Preciosa, que jamas dió ocasion á que Andres tuviese della

celos.

Tenia Clemente sus puntas de poeta, como lo mostró en los versos

que dió á Preciosa, y Andres se picaba un poco, y entrambos eran

aficionados á la música. Sucedió pues que estando el aduar alojado

en un valle cuatro leguas de Murcia, una noche por entretenerse,

sentados los dos, Andres al pié de un alcornoque, Clemente al de una

encina, cada uno con una guitarra, convidados del silencio de la noche

comenzando Andres y respondiendo Clemente, cantaron estos versos:

A. Mira, Clemente, el estrellado velo

Con que esta noche fria

Compite con el dia,

De luces bellas adornado el cielo:

Y en esta semejanza,

Si tanto tu divino ingenio alcanza,

Aquel rostro figura

Donde asiste el estremo de hermosura.

C. Donde asiste el estremo de hermosura,

Y adonde la preciosa

Honestidad hermosa

Con todo estremo de bondad se apura:

En un sujeto cabe,

Que no hay humano ingenio que le alabe,

Si no toca en divino,

En alto, en raro, en grave y peregrino.

A. En alto, en raro, en grave y peregrino

Estilo nunca usado,

Al cielo levantado,

Por dulce al mundo y sin igual camino.

Tu nombre, ¡oh Jitanilla!

Causando asombro, espanto y maravilla,

La fama yo quisiera

Que le llevara hasta la octava esfera.

C. Que le llevara hasta la octava esfera

Fuera decente y justo,

Dando á los cielos gusto

Cuando el son de su nombre allá se oyera;

Y en la tierra causara

Por donde el dulce nombre resonara

Música en los oidos,

Paz en las almas, gloria en los sentidos.

A. Paz en las almas, gloria en los sentidos

Se siente cuando canta

La sirena que encanta,

Y adormece á los mas apercebidos:

Y tal es mi Preciosa,

Que es lo ménos que tiene ser hermosa:

Dulce regalo mio,

Corona del donaire, honor del brio.

C. Corona del donaire, honor del brio

Eres, bella Jitana,

Frescor de la mañana,

Céfiro blando en el ardiente estío:

Rayo con que amor ciego

Convierte el pecho mas de nieve en fuego:

Fuerza que ansí la hace

Que blandamente mata y satisface.

Señales iban dando de no acabar tan presto el libre y el cautivo, si no

sonara á sus espaldas la voz de Preciosa que las suyas habia escuchado:

suspendiólos el oirla, y sin moverse, prestándola maravillosa atencion,

la escucharan: ella (no sé si de improviso, ó si en algun tiempo los

versos que cantaba le compusieron) con estremada gracia, como si para

responderles fueran hechos, cantó los siguientes.

En esta empresa amorosa

Donde el amor entretengo,

Por mayor ventura tengo

Ser honesta que hermosa.

La que es mas humilde planta,

Si la subida endereza

Por gracia ó naturaleza,

Á los cielos se levanta.

En este mi bajo cobre

Siendo honestidad su esmalte,

No hay buen deseo que falte,

Ni riqueza que no sobre.

No me causa alguna pena

No quererme ó no estimarme;

Que yo pienso fabricarme

Mi suerte y ventura buena.

Haga yo lo que en mí es

Que á ser buena me encamine,

Y haga el cielo y determine

Lo que quisiere despues.

Quiero ver si la belleza

Tiene tal prerogativa,

Que me encumbre tan arriba

Que aspire á mayor alteza.

Si las almas son iguales,

Podrá la de un labrador

Igualarse por valor

Con las que son imperiales.

De la mia lo que siento

Me sube al grado mayor,

Porque majestad y amor

No tienen un mismo asiento.

Aquí dió fin Preciosa á su canto, y Andres y Clemente se levantaron

á recebilla: pasaron entre los tres discretas razones, y Preciosa

descubrió en las suyas su discrecion, su honestidad y su agudeza, de

tal manera que en Clemente halló disculpa la intencion de Andres, que

aun hasta entónces no la habia hallado, juzgando mas á mocedad que á

cordura su arrojada determinacion.

Aquella mañana se levantó el aduar, y se fueron á alojar en un lugar de

la jurisdicion de Murcia, tres leguas de la ciudad, donde le sucedió

á Andres una desgracia que le puso en punto de perder la vida; y fué

que despues de haber dado en aquel lugar algunos vasos y prendas de

plata en fianzas como tenian de costumbre, Preciosa y su abuela, y

Cristina con otras dos jitanillas, y los dos, Clemente y Andres, se

alojaron en un meson de una viuda rica, la cual tenia una hija de edad

de diez y siete ó diez y ocho años, algo mas desenvuelta que hermosa,

y por mas señas se llamaba Juana Carducha: esta habiendo visto bailar

á las jitanas y jitanos, la tomó el diablo, y se enamoró de Andres

tan fuertemente que propuso de decírselo y tomarle por marido, si

él quisiese, aunque á todos sus parientes les pesase; y así buscó

coyuntura para decírselo, y hallóla en un corral donde Andres habia

entrado á requerir dos pollinos: llegóse á él, y con priesa por no ser

vista le dijo:

--Andres (que ya sabia su nombre), yo soy doncella y rica, que mi madre

no tiene otro hijo sino á mí, y este meson es suyo, y amen desto tiene

muchos majuelos, y otros dos pares de casas; hasme parecido bien; si

me quieres por esposa, á tí te está bien, respóndeme presto, y si eres

discreto quédate, y verás qué vida nos damos.

Admirado quedó Andres de la resolucion de la Carducha, y con la

presteza que ella pedia, le respondió:

--Señora doncella, yo estoy apalabrado para casarme, y los jitanos no

nos casamos sino con jitanas: guárdela Dios por la merced que me queria

hacer, de que yo no soy digno.

No estuvo en dos dedos de caerse muerta la Carducha con la aceda

respuesta de Andres, á quien replicara, si no viera que entraban en el

corral otras jitanas: salióse corrida y asendereada, y de buena gana

se vengara si pudiera. Andres como discreto determinó de poner tierra

en medio, y desviarse de aquella ocasion que el diablo le ofrecia; que

bien leyó en los ojos de la Carducha que sin los lazos matrimoniales se

le entregara á toda su voluntad, y no quiso verse pié á pié y solo en

aquella estacada; y así pidió á todos los jitanos que aquella noche se

partiesen de aquel lugar. Ellos, que siempre le obedecian, lo pusieron

luego por obra, y cobrando sus fianzas aquella tarde, se fueron.

La Carducha, que vió que en irse Andres se le iba la mitad de su alma,

y que no le quedaba tiempo para solicitar el cumplimiento de sus

deseos, ordenó de hacer quedar á Andres por fuerza, ya que de grado no

podia: y así con la industria, sagacidad y secreto que su mal intento

le enseñó, puso entre las alhajas de Andres, que ella conoció por

suyas, unos ricos corales, y dos patenas de plata con otros brincos

suyos; y apénas habian salido del meson, cuando dió voces diciendo que

aquellos jitanos le llevaban robadas sus joyas, á cuyas voces acudió la

justicia y toda la gente del pueblo.

Los jitanos hicieron alto, y todos juraban que ninguna cosa llevaban

hurtada, y que ellos harian patentes todos los sacos y repuestos de

su aduar: desto se congojó mucho la jitana vieja, temiendo en aquel

escrutinio no se manifestasen los dijes de la Preciosa y los vestidos

de Andres, que ella con gran cuidado y recato guardaba; pero la buena

de la Carducha lo remedió con mucha brevedad todo, porque al segundo

envoltorio que miraron, dijo que preguntasen cuál era el de aquel

jitano gran bailador que ella habia visto entrar en su aposento dos

veces, y que podria ser que aquel las llevase. Entendió Andres que por

él lo decia, y riéndose, dijo:

--Señora doncella, esta es mi recámara, y este es mi pollino; si vos

halláredes en ella ni en él lo que os falta, yo os lo pagaré con las

setenas, fuera de sujetarme al castigo que la ley da á los ladrones.

Acudieron luego los ministros de la justicia á desbalijar el pollino, y

á pocas vueltas dieron con el hurto, de que quedó tan espantado Andres

y tan absorto, que no pareció sino estatua sin voz, de piedra dura.

--¿No sospeché yo bien? dijo á esta sazon la Carducha: mirad con qué

buena cara se encubre un ladron tan grande.

El alcalde, que estaba presente, comenzó á decir mil injurias á Andres

y á todos los jitanos, llamándolos de públicos ladrones y salteadores

de caminos. Á todo callaba Andres, suspenso é imaginativo, y no acababa

de caer en la traicion de la Carducha. En esto se llegó á él un soldado

bizarro, sobrino del alcalde, diciendo:

--¿No veis cuál se ha quedado el jitanico podrido de hurtar? apostaré

yo que hace melindres, y que niega el hurto con habérsele cogido en

las manos: que bien haya quien no os echa en galeras á todos; mirad si

estuviera mejor este bellaco en ellas, sirviendo á su Majestad, que no

andarse bailando de lugar en lugar, y hurtando de venta en monte: á fe

de soldado, que estoy por darle una bofetada que le derribe á mis piés.

Y diciendo esto, sin mas ni mas alzó la mano, y le dió un bofeton tal

que le hizo volver de su embelesamiento, y le hizo acordar que no era

Andres Caballero, sino D. Juan y caballero; y arremetiendo al soldado

con mucha presteza y mas cólera le arrancó su misma espada de la vaina,

y se la envainó en el cuerpo, dando con él muerto en tierra.

Aquí fué el gritar del pueblo: aquí el amohinarse el tio alcalde: aquí

el desmayarse Preciosa, y el turbarse Andres de verla desmayada:

aquí el acudir todos á las armas, y dar tras el homicida; creció la

confusion, creció la grita, y por acudir Andres al desmayo de Preciosa,

dejó de acudir á su defensa; y quiso la suerte que Clemente no se

hallase al desastrado suceso, que con los bagajes habia ya salido del

pueblo: finalmente, tantos cargaron sobre Andres, que le prendieron y

le aherrojaron con dos muy gruesas cadenas: bien quisiera el alcalde

ahorcarle luego, si estuviera en su mano; pero hubo de remitirle á

Murcia, por ser de su jurisdicion: no le llevaron hasta otro dia, y en

el que allí estuvo pasó Andres muchos martirios y vituperios, que el

indignado alcalde y sus ministros, y todos los del lugar le hicieron.

Prendió el alcalde todos los mas jitanos y jitanas que pudo, porque los

mas huyeron, y entre ellos Clemente, que temió ser cogido y descubierto.

Finalmente, con la sumaria del caso, y con una gran cáfila de jitanos

entraron el alcalde y sus ministros, con otra mucha gente armada, en

Murcia, entre los cuales iba Preciosa, y el pobre Andres ceñido de

cadenas sobre un macho y con esposas y piedeamigo. Salió toda Murcia á

ver los presos, que ya se tenia noticia de la muerte del soldado. Pero

la hermosura de Preciosa aquel dia fué tanta, que ninguno la miraba

que no la bendecia, y llegó la nueva de su belleza á los oidos de la

señora corregidora, que por curiosidad de verla hizo que el corregidor

su marido mandase que aquella jitanica no entrase en la cárcel, y todos

los demas sí, y á Andres le pusieron en un estrecho calabozo, cuya

escuridad y la falta de la luz de Preciosa le trataron de manera, que

bien pensó no salir de allí sino para la sepultura. Llevaron á Preciosa

con su abuela á que la corregidora la viese, y así como la vió, dijo:

--Con razon la alaban de hermosa.

Y llegándola á sí la abrazó tiernamente, y no se hartaba de mirarla; y

preguntó á su abuela que qué edad tendria aquella niña.

--Quince años, respondió la jitana, dos meses mas ó ménos.

--Esos tuviera agora la desdichada de mi Costanza: ¡ay, amigas! que

esta niña me ha renovado mi desventura, dijo la corregidora.

Tomó en esto Preciosa las manos de la corregidora, y besándoselas

muchas veces se las bañaba con lágrimas, y le decia:

--Señora mia, el jitano que está preso no tiene culpa, porque fué

provocado: llamáronle ladron, y no lo es: diéronle un bofeton en su

rostro, que es tal que en él se descubre la bondad de su ánimo: por

Dios y por quien vos sois, señora, que le hagais guardar su justicia, y

que el señor corregidor no se dé priesa á ejecutar en él el castigo con

que las leyes le amenazan: y si algun agrado os ha dado mi hermosura,

entretenedla con entretener el preso, porque en el fin de su vida está

el de la mia: él ha de ser mi esposo, y justos y honestos impedimentos

han estorbado que aun hasta ahora no nos habemos dado las manos:

si dineros fueren menester para alcanzar perdon de la parte, todo

nuestro aduar se venderá en pública almoneda, y se dará aun mas de lo

que pidieren: señora mia, si sabeis qué es amor, y algun tiempo le

tuvisteis, y ahora le teneis á vuestro esposo, doléos de mí, que amo

tierna y honestamente al mio.

En todo el tiempo que esto decia, nunca la dejó las manos ni apartó los

ojos de mirarla atentísimamente, derramando amargas y piadosas lágrimas

en mucha abundancia: asimismo la corregidora la tenia á ella asida de

las suyas, mirándola ni mas ni ménos con no menor ahinco, y con no

mas pocas lágrimas. Estando en esto entró el corregidor, y hallando á

su mujer y á Preciosa tan llorosas y tan encadenadas, quedó suspenso

así de su llanto como de su hermosura: preguntó la causa de aquel

sentimiento, y la respuesta que dió Preciosa fué soltar las manos de la

corregidora, y asirse de los piés del corregidor, diciéndole:

--Señor, misericordia: si mi esposo muere, yo soy muerta: él no tiene

culpa, pero si la tiene, déseme á mí la pena: y si esto no puede ser, á

lo ménos entreténgase el pleito en tanto que se procuran y buscan los

medios posibles para su libertad; que podrá ser que al que no pecó de

malicia le enviase el cielo la salud de gracia.

Con nueva suspension quedó el corregidor de oir las discretas razones

de la jitanilla, y que ya, si no fuera por no dar indicios de flaqueza,

le acompañara en sus lágrimas. En tanto que esto pasaba, estaba la

jitana vieja considerando grandes, muchas y diversas cosas, y al cabo

de toda esta suspension é imaginacion, dijo:

--Espérenme vuesas mercedes, señores mios, un poco, que yo haré que

estos llantos se conviertan en risa, aunque á mí cueste la vida.

Y así con lijero paso se salió de donde estaba, dejando á los presentes

confusos con lo que dicho habia.

En tanto pues que ella volvia, nunca dejó Preciosa las lágrimas ni los

ruegos de que se entretuviese la causa de su esposo, con intencion de

avisar á su padre que viniese á entender en ella. Volvió la jitana con

un pequeño cofre debajo del brazo, y dijo al corregidor que con su

mujer y ella se entrasen en un aposento, que tenia grandes cosas que

decirles en secreto. El corregidor, creyendo que algunos hurtos de los

jitanos queria descubrirle por tenerle propicio en el pleito del preso,

al momento se retiró con ella y con su mujer en su recámara, adonde la

jitana, hincándose de rodillas ante los dos, les dijo:

--Si las buenas nuevas que os quiero dar, señores, no merecieren

alcanzar en albricias el perdon de un gran pecado mio, aquí estoy para

recebir el castigo que quisiéredes darme; pero ántes que lo confiese,

quiero que me digais, señores, primero, si conoceis estas joyas.

Y descubriendo un cofrecito donde venian las de Preciosa, se le

puso en las manos al corregidor, y en abriéndole vió aquellos dijes

pueriles; pero no cayó en lo que podian significar: mirólos tambien la

corregidora, pero tampoco dió en la cuenta; solo dijo:

--Estos son adornos de alguna pequeña criatura.

--Así es la verdad, dijo la jitana, y de qué criatura sean lo dice ese

escrito que está en ese papel doblado.

Abrióle con priesa el corregidor, y leyó que decia:

_Llamábase la niña Doña Costanza de Acevedo y de Menéses, su

madre Doña Guiomar de Menéses, y su padre D. Fernando de Acevedo,

caballero del hábito de Calatrava: desparecíla dia de la Ascension

del Señor, á las ocho de la mañana, del año de mil y quinientos y

noventa y cinco: traia la niña puestos estos brincos que en este

cofre están guardados._

Apénas hubo oido la corregidora las razones del papel, cuando reconoció

los brincos, se los puso á la boca, y dándoles infinitos besos, se

cayó desmayada; acudió el corregidor á ella ántes que á preguntar á la

jitana por su hija, y habiendo vuelto en sí, dijo:

--Mujer buena, ántes ángel que jitana, ¿adónde está el dueño, digo, la

criatura cuyos eran estos dijes?

--¿Adónde, señora? respondió la jitana: en vuestra casa la teneis,

aquella jitanica que os sacó las lágrimas de los ojos es su dueño, y es

sin duda alguna vuestra hija, que yo la hurté en Madrid de vuestra casa

el dia y hora que ese papel dice.

Novelas ejemplares · 第 4 / 41 段