II

No bien hubieron reanudado sus relaciones, después de aquella juerga en

la Bombilla, Teófilo había dicho a Rosina:

--Antes de continuar adelante es preciso que sepamos lo que vamos a

hacer. Separarme de ti me costaría la vida, estoy seguro; pero no

vacilo en renunciar a la vida antes que doblegarme a ser amante tuyo

a medias. De la primera vez a ahora las circunstancias han cambiado.

Tengo dinero; podremos vivir de mi trabajo. ¿Renuncias a todo, a todo

y a todos por mí? De lo contrario te juro que no volverás a verme,

costare lo que costare.

Rosina se había resistido a dar una respuesta categórica, evadiéndose

por la puerta falsa de las zalamerías y ambiguas frases apasionadas que

a nada comprometían; pero Teófilo se había mantenido en la cuestión

concreta, y a la postre ella hubo de prometer cuanto él quiso,

aunque sin ningún ánimo de cumplirlo y solo por el placer de guardar

prisionero aquel peregrino amador el mayor tiempo posible.

Rosina, con esa fecunda aptitud femenina para la ficción, que a veces

llega a convertirse en autosugestión, había presentado a Teófilo como

empresa punto menos que irrealizable la ruptura con Fernando. «Odio

a Fernando --aseguraba Rosina, justificando ante su conciencia la

magnitud de esta falsedad con el gozo resplandeciente que a Teófilo

causaba el oírla--, lo odio porque es un tirano y un explotador. De

aquí vienen todas las dificultades para romper de sopetón con él,

porque él ha sido siempre quien arregló y firmó mis contratos, quien

cobró mis nóminas y quien administró mi dinero. Cuanto he ganado en el

último invierno, que no es poco, está a nombre de él. Si yo ahora le

dijese, _se acabó todo_, no te quepa duda que se quedaba, y tan fresco,

con todas mis ganancias.» A esto Teófilo había respondido que más valía

acabar cuanto antes, aun cuando Fernando defraudase malamente aquel

dinero. Pero Rosina lloriqueaba, calificando de cruel a Teófilo que se

emperraba en que ella había de mandar a paseo lo que tan honradamente

había ganado. «Y sobre todo --añadió-- que ese capitalito, más que mío,

es de mi niña, y a eso nada tienes que decir.» En efecto, Teófilo nada

tuvo que decir a esto.

A principios de junio, Rosina retornó a París, con propósitos, a lo que

Teófilo creía, de arreglar sus asuntos con Fernando, darle la licencia

absoluta y volver a los brazos del poeta para no salir ya nunca de

ellos. Volvió al cabo de un mes, como había prometido, y en extremo

desolada, porque Fernando se había negado a darle cuentas del dinero,

y, por lo que atañe a la ruptura, había jurado matarla el día que le

abandonase. «Ten paciencia, Teófilo --había suplicado Rosina--. Lo

mejor es que vayamos a pasar el verano en mi tierra, junto al mar. Que

corra el tiempo, y allí, con toda calma, resolveremos lo que convenga

hacer.»

Cuanto Rosina había referido acerca de su estancia en París y sus

tentativas de ruptura con Fernando era una fábula. Habían vivido, como

siempre, unos días de ardorosa pasión, mutuamente participada. Luego,

Rosina habíale insinuado a Fernando que deseaba pasar el verano en

Asturias, con la niña, a lo cual Fernando accedió, si bien él no podía

acompañarla (cosa que de antemano sabía Rosina), por tener varios

contratos sucesivos en las playas del Norte de Francia.

Como Fernando estaba enamorado de veras y era algo celoso, Rosina

temía que por sorpresa se presentase en Asturias. Solo de pensar en

semejante contingencia se empavorecía. Pero, muy precavida y avispada,

acudió en un instante con el remedio, y fue llevarse a Verónica

consigo, de manera que si Fernando surgía de improviso, Teófilo pasase

por amante de la bailarina. Llamó, pues, a Verónica, y por medio de

hábiles circunloquios le descubrió su intención. Verónica no respondió

por el pronto, sino que quiso antes aconsejarse de Alberto, en cuyo

afecto y discreción fiaba.

--Chiquillo, estoy como si me hubieran dado un mamporro en la nuca

--dijo Verónica a Guzmán, y a seguida refirió su entrevista con Rosina.

Añadió--: Por estas que me costó mucho trabajo contenerme en un

principio. Mira tú que es desfachatez proponerme a mí que vaya, así,

sin más ni más, a tenerles la vela un santo verano. Pero luego lo pensé

mejor, y me dije: ¿Por qué no? Figúrate que viene el tal Fernandito y

los encuentra solos; nada, que se carga a Teófilo, no te quepa duda.

No lo quiero ni pensar. Pero niño, yo sola no voy: es mucho gorro para

mí sola. Pues se me ha ocurrido lo siguiente: que te vengas tú con

nosotros, y somos cuatro. No, no me digas que no, porque si no vienes

de tu motu propio te arrastro por las orejas.

--¿Qué pretendes? ¡Con claridad! ¿Diente por diente y gorro por gorro?

¿Ellos nos lo ponen y nosotros se lo ponemos?

--A ver si te doy una guantada. ¿Lo dices en serio? Yo creí que me

mirabas solo como una amiga, más que como una amiga, como un amigo. Ya

sabes que me he cortado la coleta, y contigo menos que con ninguno. De

manera que si quieres ayudarme a aguantar el gorro, con la condición

expresa, ¿te enteras?, de que no me has de decir ni una palabra de

aquello, por ningún concepto, ni una palabra; en este caso, digo, me

acompañas. Si no, te puedes ir al guano, y buen desengaño me llevo,

que siempre te tuve por un buen amigo.

--Arreglado. Te acompañaré, Verónica, y respetaré tu poda capilar. Yo

he sido siempre muy respetuoso con todos los tonsurados.

--Entonces, ¿qué? ¿La condición no es de tu gusto? ¿No quieres venir?

--Te he dicho que sí, Verónica.

--Es que como te habías disparado con esas chanfainas tuyas que ni el

diablo las entiende...

--Aludía a que te habías cortado la coleta, acto que yo respeto.

--Eres un barbián. Choca acá esos cinco.

--Y tú eres la mujer más salada y encantadora que he conocido. Ahí van

los cinco.

Cuando Travesedo, por boca de Guzmán, se informó del proyectado viaje,

permaneció unos minutos perplejo, y, en recobrándose, aborrascó las

cejas, se mesó las barbas con mal reprimido despecho, y procurando

emitir una voz patética, adusta y recriminatoria, dijo:

--Nunca lo hubiera creído de ti. Te consideraba amigo leal. No puedes

escudarte en la ignorancia de mi afecto y más que afecto por Verónica,

porque en hartas ocasiones hemos hablado acerca del asunto.

Guzmán explicó la condición que Verónica le había impuesto, a la cual

él se había sometido gustoso.

--Entonces --repuso Travesedo--, ¿por qué no ha venido Verónica a

solicitarme a mí? Yo me hubiera sometido también.

--¿Por qué? Por eso precisamente, creo yo. Porque tú piensas que te

someterías, lo piensas ahora, pero más tarde... siempre al lado de

ella... ¿No dices que te gusta demasiado? Ya sabes, se ha cortado la

coleta; y cuando una mujer se corta la coleta no sé que vendan en

ninguna parte el petróleo Gal que la haga renacer.

--Quizás solo en la Vicaría --concluyó Travesedo, después de pensarlo

un rato.

Troteras y danzaderas: Novela · 第 61 / 72 题