HOMERO.

I

--Largo de ahí, glotona, egoísta, que todo te lo comes tú --Verónica

palmoteó por ahuyentar una gallina extraordinariamente corpulenta y

voraz que entre una muchedumbre de otras aves de corral, a quienes

Verónica en aquellos momentos cebaba arrojándoles puñados de maíz,

ejercitaba escandalosa hegemonía, y cuándo por el terror y en fuerza

de picotazos, cuándo por diligencia, se embuchaba la mayor parte de la

comida.

Era el paraje mezcla de patio y de jardín, a espaldas de una casuca

de fisonomía aldeana, con corredor en el único piso que sobre el

entresuelo tenía. Entre los barrotes del corredor enredábase un

viejo parral sin fruto, a cuya sombra y en mangas de camisa Alberto

escribía. Cerraban el huertecillo de una parte la casuca, de otras dos,

perpendiculares a ella, sendos muros, no muy altos, medianeros con los

huertos de las casas vecinas, y completando el rectángulo, una verja

de hierro pintado de verde claro, que caía sobre el mar, porque casa y

huerto estaban asentados en peña viva del acantilado de la costa, como

todas las casas del pueblo, llamado Celorio. Desde el huerto se salía

al mar por una escalerilla de piedra, adonde podían atracar lanchas

estando alta la marea, y estando baja proporcionaba excelente baño para

quienes no supieran nadar.

Prosiguió Verónica:

--Esta mal educada de doña Baldomera no deja vivir a las demás, como si

no fueran hijas de Dios. Se están quedando en los huesos y se me van a

morir tísicas. Yo creo que lo mejor es venderla.

--O comérnosla.

--Eso no. ¿Tendrías valor para comerte ese animalito que primero has

visto vivo? A todo esto no te dejo trabajar; perdona, hijo, y continúa

con tus papelorios. Procuraré estarme callada, y eso que, al menos para

mí, es punto menos que imposible hacer un nudo en la lengua. Mira que

he cambiado desde que tú me has conocido hasta ahora: en todo, menos en

hablar por los codos. Bueno, he dicho.

Alberto se aplicó a corregir las pruebas de la primera parte de una

novela que estaba escribiendo. Verónica, encarnando momentáneamente la

personalidad de la diosa Temis, se esforzaba en poner algún orden en

aquel pequeño mundo gallináceo que ella regía, y en distribuir bienes

y satisfacer necesidades conforme a las puras normas de la justicia

distributiva. Hastiose muy pronto de asumir tan alta misión y vino a

donde Alberto escribía.

--Por hoy tienes que aguantarme y mandar al cuerno el trabajo. Quiero

hablar contigo y no tengo asadura para que se me pudran dentro del

cuerpo ciertas cosillas que me andan escarbando hace ya muchos días.

--Veamos qué es lo que te escarba. Renuncio a trabajar y te escucho.

--No, aquí no. Esos tienen cerradas las maderas, pero a lo mejor están

despiertos ya y nos oyen. Vamos de paseo hasta el Cabo de la Muerte;

por las peñas, si te parece, y de paso cogemos cangrejos, lapas y

bígaros. Y eso que lo que te voy a decir es muy serio y no tendré humor

para tales pequeñeces.

--Andando.

Salieron a la calle, llegaron hasta la iglesia, que era el último

edificio del pueblo, y siguieron en despoblado, orillando el mar por

encima de quebrados peñascos brunos.

--¿A ti no te parece que Rosina está enamorada de Fernando? --habló

Verónica, mirando al suelo como si buscase lugar seguro donde colocar

la planta.

--Sin duda.

--A pesar de que ella dice que lo aborrece. ¿Qué dices?

--Ya te he dicho que para mí está enamorada de Fernando.

--Entonces, ¿por qué engaña a este pobre Teófilo? Habla, di algo,

hombre.

--Engañar... Explícate mejor.

--Que Teófilo no le importa un comino, que se ríe de él, que lo tiene

como un pito para entretenerse y burlarse, que todas las zalemas y

mimos que le hace son fingidos, que es una mala mujer.

--No te acalores.

--No lo puedo remediar. Dime qué piensas tú, si es que te merezco

confianza.

--Creo que te equivocas.

--¿Que me equivoco? ¿Pretendes darme a entender que Rosina quiere a

Teófilo?

--Tal creo.

--¿Y al otro también?

--También. De distinta manera.

--¿Estás de guasa? ¿Qué, se puede querer a dos personas a un tiempo: lo

que se dice querer? Vamos. No sabes lo que te dices. Se quiere a una, a

una sola. Y si dices lo contrario es porque no sabes lo que es cariño.

¿Qué digo a un tiempo? En toda la vida, me oyes, en toda la vida no se

quiere sino a una sola persona. Y hasta sospecho que la mayor parte de

la gente no quiere a ninguna.

Se sentaron en la coyuntura de un alto peñascal, poblada de sombra

húmeda, verdiclara y sonora. Alberto miró atentamente a Verónica y dijo:

--¿Es eso todo lo que tenías que decirme?

--¿Por qué me miras así, Alberto? ¿Qué es lo que te figuras?

--En último término son cosas de ellos y a los demás ni nos va ni nos

viene.

--Tú no puedes sentir eso que dices. Teófilo es tu amigo. En ocasiones

me parecéis hermanos. ¿Crees que Teófilo es feliz?

--Teófilo no puede ser nunca feliz.

--Calla, calla.

--Y ahora está siendo todo lo feliz que puede ser.

--No sabes lo que dices, ¿me oyes? Con todos tus libros y tu ciencia,

yo, una mujer ignorante, te digo que no sabes lo que dices. Además, ¿no

te has dado cuenta de que esa mujer está matando a Teófilo? ¿No ves que

está enfermo, aun cuando él no lo note o lo disimule, y que empeora día

por día?

--Sí. Por eso digo que es todo lo feliz que puede ser.

--¿Te has vuelto loco?

Tomaron la vuelta de la casa en silencio.

Troteras y danzaderas: Novela · 第 60 / 72 题