Teófilo tomó el rumbo del escenario, procurando evitar encuentros con
gente conocida; pero entrar en el pasillo y colgársele Angelón Ríos del
brazo fue todo a un tiempo.
--¿Al cuarto de Rosina? Yo también voy allá --dijo a voces Angelón--.
¿Cómo va la cosa? ¿Bien? Me alegro.
--Si me dejara usted hablar. Lo que yo quiero decirle es que se
equivoca de medio a medio al hacer hipótesis acerca de esa señorita en
relación conmigo. --Teófilo se puso muy grave.
--¿Qué? ¿Que usted le hace el amor y ella no le hace caso aún? Bah, no
se apure... Todo llega en este mundo. ¡Eh, tú, golfo! --gritó Angelón.
Apolinar Murillo se le acercó.
--Vaya un modo de escurrirse, que parece que no quieres que te vean.
--Usted perdone, don Ángel, es que no le había visto; por estas.
Angelón le agarró con la mano que tenía libre. Luego, picarescamente,
continuó diciendo:
--No se te ve el pelo, niño. ¿Qué? ¿Y de aquello?
--¿De aquello?...
--¿Te vas a hacer el lila?
--Como no me diga usted más...
--Vaya, niño. De lo de Conchita.
Apolinar sonrió con maligna petulancia.
--Te comprendo. Cayó, ¿eh? ¿Y qué tal?
Apolinar hizo racimo de los dedos, se besó las yemas, sorbió el aire,
puso en blanco los ojos y alentó con voz desvaída:
--¡Azúcar!
--Te creo. En fin, gracias.
--¿Gracias de qué?
--Parece que hoy estás con la bola desalquilada. ¿De qué? Pues, ¿de qué
va a ser? De habernos abierto el camino a los demás; mira tú este. Yo
no quiero cargos de conciencia. ¿Cuándo te vas?
--Anda, pues si estoy por quedarme... --y sonrió aviesamente.
--¿Eh? --inquirió Angelón muy alarmado.
--Era coba. En seguida me quedo yo. Pal gato.
--¿Y ella?
--Pues tan creída que va a haber tálamo nupcial con bendición del
párroco.
--De manera que ¿no se ha olido que te vas?
--Anda mal de pituitaria.
--¿Y cuándo te vas?
--Mañana mismo.
--Bien, niño. Y te ibas a ir sin despedirte de mí...
--¿Quién le ha dicho a usté eso? Pues bueno fuera...
Llegaron a la puerta de la dirección, que estaba abierta. Dentro de la
estancia oíanse grandes y desacompasadas voces, y entre ellas violentos
golpes de risa. La vociferante era la condesa Beniamina, la poseedora
del macaco brasileño. En su acostumbrada jerga bilingüe, pero con mayor
frenesí que la vez primera, aullaba así:
--Aquestas non son fiori... Fiori... fiori. Questo e pura m... Son
fiori de chimiterro. ¡Ma che! Yo non tiro tale fiori al público. Yo
non mi sporco con aquestas fiori, e con aquestos sporcacioni que sois
vosotros.
Cuando la dama, por ventura, se reparaba un minuto en el silencio para
interrumpir con nuevas energías, oíase la carcajada de Travesedo.
--Ma tu, che sei piu grosso che un rinoceronte, tu frate motilone, no
dices niente ¿Paro qué quieres el danaro? Il tuo danaro io me lo meto
qui, qui --en este punto se oyó algo que pudo ser palmada o azote.
Angelón y Teófilo entraron en la dirección. Apolinar corrió al
encuentro de Conchita, que a lo largo de angosto pasadizo, flanqueado
de cuartos de artistas, venía por averiguar a qué obedeciese aquel
alboroto. Otros danzantes asomaban la cabeza, a medio embadurnar, por
las puertas, y hacían preguntas o aventuraban algún donaire en un
lenguaje babilónico y bárbaro, amasijo de todos los idiomas conocidos.
Luego, cubriéndose malamente con batines y kimonos, salían hacia la
dirección, se amontonaban en abigarrados pelotones y chanceaban en
fraternal greguería, como si la caterva de castas humanas, escindida
por maldición divina en la torre de Babel, retornase a la amiganza
y unidad primeras por medio del culto a la vida en su forma más
rudimentaria y placentera, como es la exaltación de la energía física y
amor del juego y de la danza.
Escuchaba Travesedo los denuestos de la Beniamina con irreprimible
hilaridad, y don Jovino, las pupilas proyectadas sobre el cielo raso y
en impasible quietud de fetiche, parecía no oírlos, porque los dioses,
falsos o verdaderos, rara vez prestan oídos a los clamores de los
mortales. El amigo de la dama del macaco, aun cuando sabía que los
sucios dicterios de esta y sus truculentas palabrotas eran proferidos
con ánimo sencillo y sin otro propósito que el de hacer reír, sentíase
en extremo conturbado al ver los muchos curiosos que afluían. Por
fortuna, cuando los mirones comenzaban a apiñarse en la puerta, la
condesa Beniamina cerró su alocución con un epílogo, como de costumbre,
osculatorio, y esta vez doble, que también _el Obispo retirado_ hubo de
recibir la gracia de un beso en sus orondos mofletes. Estaba la condesa
Beniamina en un traje casi edénico, con una camisilla no muy larga y
en extremo traslúcida y unas babuchas de cuero rojo; con todo, no era
mucho lo que mostraba de la piel, que casi toda la llevaba encubierta
bajo un enjambre de lunares postizos, infernalmente negros. Rompió por
entre la gente que había en los pasillos, seguida del caballero bozal,
con airoso vaivén de caderas, que resultaba de una comicidad aguda por
la fase sumaria del indumento de la condesa. Los que por allí estaban
celebraron su desenvoltura, requebrándola y jaleándola, y el clown
Spechio, su compatriota, la obsequió bonitamente con una sonora palmada
en lo más mollar y tentador de su persona, que no parecía sino que lo
estaba pidiendo.
Entre aquel solícito concurso de diligentes abejas que habían
abandonado su celdilla por libar en la flor de la curiosidad, había una
jamona traviesa y riente, cuyo traje no era más complicado que el de la
condesa. Estaba en mallas, y parecía un pollo pelado: tan considerable
era su caparazón y abdomen y tan enjutas las zancas.
--Concho, ¿tú por aquí? --dijo Angelón al bípedo implume.
--Ya ves, cada vez subiendo. Rediós, esta es la vida.
El nombre de esta clueca pelada era Hortensia Íñigo. Había dicho _cada
vez subiendo_ con ironía, porque en su ya larga carrera artística
había recorrido todos los géneros teatrales, bajando siempre. Había
comenzado de segunda dama en una conocida compañía dramática, de donde
había pasado a una compañía cómica, de aquí a una de zarzuela y, por
último, había caído en el género ínfimo. Era conocida por su avilantez
y desparpajo, y también porque de ella se murmuraba que había tenido
siete abortos voluntarios. Su enemistad con Monte-Valdés era pública
y proverbial, y databa, a lo que se decía, del estreno de una comedia
de aquel, en la cual había un personaje que era una dama cortesana
o entretenida, y como el director pretendiera encomendar el papel a
Hortensia, Monte-Valdés se opuso, exclamando con grandes voces austeras
que de todos fuesen oídas, que su personaje _lo era mucho_, _pero
nunca tanto_ como la Íñigo, y que no podía consentir que aquella mujer
achabacanase la comedia. Ello es que cuando por acaso se encontraban
Monte-Valdés y la Íñigo trabábanse a contender al punto, asaetándose
con pullas y embozados vituperios y agravios; pero, como el ingenio y
dicacidad del literato eran sobremanera despiertos y sutiles, la dama
salía siempre malparada y corrida, por donde llegó a aborrecer a su
antagonista y no veía la hora de vengarse, como quiera que fuese.
--¿Por qué no? --añadió Ríos--. Para mí, pasar del género chico a las
variedades me parece un ascenso.
--También tienes razón. Allí, aunque no muy chinchorrero, porque se ha
reducido a su mínima expresión, todavía conservan el emplasto de la
hipocresía. Mientras que aquí, ¡pichú, Angelón, pichú! --y elevó en el
aire una de sus entecas zancas--. Ven a mi cuarto y te daré una copa de
anís del mono.
--No bebo.
--¿Qué importa? Ven y charlaremos un momento.
Angelón acompañó a Hortensia a su cuarto. Danzantes y titiriteros se
habían acogido a sus madrigueras. Solo quedaban en el pasillo Conchita
y Apolinar, cuchicheando en un extremo de él, y en el otro, a la puerta
de la dirección, Teófilo, con una rosa en la mano y el corazón en la
garganta. Encaminose el poeta hacia el cuarto de Rosina, y en estando
cerca de la puerta llamó a Conchita.
--¿Qué se le ocurre a usté, don Teófilo?
--¿Hay mucha gente?
--Bastante gente; pero sobre todo flores... así.
--¿Quiénes están?
--¿Qué sé yo? Señoritos de la Peña, periodistas, el hijo de don Sabas.
--Pues no entro. Toma esta rosa, Conchita; la colocas con disimulo, y
cuando esa gente se haya ido le dices que es mía. Yo vendré durante la
segunda parte, ¿qué te parece?
--Muy bien. Pa entonces estará sola.
Aun cuando Teófilo estaba harto ebrio con sus propias emociones, no
pudo por menos advertir algo raro y nuevo en Conchita. Era como si
del pecho al rostro se le rebasase la alegría con superabundancia
inquietante.
--De manera que ¿ese es tu novio? --preguntó Teófilo, señalando con los
ojos a Apolinar.
--Sí, señor; ¿le gusta a usté?
--Sí.
--También a mí --y Conchita rio de manera excesiva.
--Hasta luego, Conchita.
--Hasta luego, señor Pajares.
Teófilo se apartó pensando: «pobre muchacha». Y se acordó de sus
finos cabos, aquella vez que la había visto inclinándose a socorrer a
Sesostris, y de sus piernas gentiles y nerviosas, cuando Angelón la
traía a caballo sobre los lomos.
Teófilo descendió a los pasillos en donde el público se espaciaba en
espera de la segunda parte. Lo primero con que se tropezó fue con un
grupo de paseantes; en el centro el famoso torero Antonio Palacios,
_Toñito_, y en torno de él sus admiradores y devotos, los cuales
solicitaban con la mirada la envidia de los demás hombres y tenían
pintado en la expresión del rostro esa petulancia servil e inocente
del perro que conduce en la boca el bastón del dueño. _Toñito_ tenía
la cara aniñada y la sonrisa sin doblez de los hombres que han nacido
con una vocación y han confiado siempre en su destino. Tanto como el
arrojo y maestría en la lid con reses bravas, su sonrisa le había hecho
célebre: sonrisa que conservaba en los lances más azarientos y ante los
toros más temerosos y difíciles.
Teófilo pasó por delante del grupo del torero y su cohorte y fue
a sumarse a otro, compuesto de gentes de pluma, profesionales y
aficionados, entre los cuales se hallaba Alberto. Debatíanse asuntos de
toros.
--No sé cómo no os da vergüenza perder el tiempo hablando de chulerías
--habló Teófilo, agresivamente.
--Pero, hombre --replicó Honduras, un hombre deslabazado, rubicundo,
rollizo y muy alto, noble por la cuna y novelista perverso por
inclinación--, ¿no has dicho muchas veces en verso que adoras las
manolas y todas las cosas goyescas?
--¿Qué tiene que ver? Y tú, ¿qué entiendes de eso? Te figuras que por
haber escrito cuatro paparruchas imitadas de Lorrain y La Rochilde ya
puedes mezclarte en cosas de arte... No, hijo, todavía no.
--¡Ay, no te sofoques! --replicó Honduras, riéndose y culebreando
con la cintura, adamadamente. Luego, haciendo alarde de desenfado y
cinismo, añadió en tono equívoco--: Si yo también me perezco por los
manolos... La cuestión es que Alberto sostiene que _Toñito_ es el
primer torero del día, y yo replico que el torero que más emoción da es
el _Espartajo_. Aquella palidez morena... y sobre todo la erección que
tiene... al torear... Hay que verle armarse, cuando se echa la escopeta
a la cara...
Algunos celebraron con risotadas las peregrinas razones de Honduras.
--¡Qué sinvergüenza eres! --concluyó Teófilo.
--Realmente --intervino Alberto--, Teófilo tiene razón. Va a ser cosa
de dejar de hablar de toros y de ir a los toros, porque parece que de
día en día el criterio de Honduras y su punto de vista va ganando más
partidarios. Adiós, señores; voy a saludar a un amigo.
Y se apartó, saliendo al encuentro de Alfonso del Mármol, que paseaba
solo con elegante pereza, las manos a la espalda, la cabeza erguida y
un cigarro descomunal entre los dientes. Se estrecharon la mano con
efusión.
--¿Cuándo ha venido usted?
--Ayer por la mañana llegué.
--¿Qué ocurre en Pilares?
--Nada de particular. Lo de siempre. Que hay quien le espera a usted
minuto por minuto, y usted entretanto... De esta queda usted como un
cochero. Ya sé que vive usted con Angelón. Trabajará usted mucho,
¿verdad?
--Alfonso del Mármol, moralista: es lo que me quedaba por ver. ¿Cuánto
dinero ha perdido usted en las treinta y seis horas que lleva en Madrid?
--¿Cómo sabe usted?
--Pues es difícil de adivinar. ¿Ha venido usted una sola vez a Madrid
que no fuera a dejarse la piel o a echar otra nueva?
--Pss... Pero, ¿cómo sabe usted que anoche me he dejado media pelleja?
Pocas veces se me ha dado tan mal como ayer noche... ¡Qué barajas!
--¿Cuánto, en suma?
--¿A usted que le importa? --Mármol no se reía nunca como no fuera
interiormente. Ahora, ciertas convulsiones arbitrarias del cigarro puro
daban claras señales de que el fumador se reía entre pecho y espalda--.
Setenta mil pesetas.
--¿De veras?
Mármol, siempre flemático e impasible, asintió con la cabeza.
Estaban cerca de un corrillo, formado por pintores y escritores, de
los cuales los más conspicuos eran Monte-Valdés y Bobadilla, el autor
dramático.
--Aquel es Bobadilla, ¿eh? --interrogó Mármol, apuntando con el cigarro
descomunal al dramaturgo--. Lo digo por los retratos del _Nuevo Mundo_.
--Él es. Y el otro, el cojo, Monte-Valdés.
--Lo conozco.
--¿Personalmente?
--Lo conocía. Estudiábamos juntos en la Universidad de Santelmo: él,
para abogado; yo, para médico.
--¿Y no se han vuelto a ver desde entonces?
--No.
Alberto se acercó con Mármol al corrillo, y preguntó a Monte-Valdés.
--¿Conoce usted a este caballero?
--¡Pues no lo he de conocer! Mármol.
Se saludaron.
--No ha variado usted nada, salvo...
--Sí, salvo la pierna. Tampoco usted ha variado nada... Digo... Me
acuerdo que era usted un terrible jugador, el de más agallas de cuantos
he conocido.
--No ha variado nada --comentó Alberto.
--Y recuerdo también la trailla de cuarenta perros que usted tenía, y
no sé cuántos caballos. Pues, ¿y aquella célebre contienda que usted
mantuvo con Trelles, el guatemalteco? --Monte-Valdés volviose hacia
los circunstantes a explicar la contienda--: Era un día plomizo y de
cierzo. El señor y el otro contendiente estuvieron por espacio de doce
horas dándose de puñadas. El campo de la lucha era lo más empinado de
una loma que llaman de Santa Genoveva. Toda la Universidad, haciendo
alrededor un gran círculo, presenciaba el desaforado combate.
Los presentes daban con los ojos muestras de asombro, si bien presumían
que la fantasía de Monte-Valdés había colaborado con la historia y
engrandecido el hecho. Mármol, con su acostumbrada rigidez, echaba humo
por las narices y entornaba los párpados, como si nada de aquello fuese
con él. Reanudose la charla, interrumpida con la llegada de Mármol y
Guzmán. El tema era la política. Arsenio Bériz, el joven levantino,
defendía con mucha vehemencia las más radicales ideas y procedimientos
de gobierno. Monte-Valdés reprobaba los arrebatos del mozo, sacudiendo
la cabeza y con ella las barbas, y enarcando las cejas. Él era jaimista.
--¿Y es cierto que van a celebrar ustedes un mitin mañana? --preguntó
Monte-Valdés a Alberto.
--Sí, señor.
--Tejero, ¿hablará?
--El mitin es cosa de él.
--Gran talento tiene ese Tejero. Si el mitin es para condenar la
putrefacción e idiotez del nuevo Gabinete, me parece muy bien. Señores,
hay que ver ese don Sabas Sicilia, que no sé cómo no lo han colgado ya
de una pata y cabeza abajo en un farol de la Puerta del Sol, por ladrón
--Monte-Valdés agitaba los brazos, enardecido--. Ahora, si es para
hacer propaganda republicana... Vamos, que no acierto a explicarme cómo
están ustedes tan obcecados...
Bobadilla, el autor dramático, hombre mínimo de estatura y eminente
de agudeza e ingenio, pulquérrimo en el vestir, y cuyo cráneo era
un trasunto del de Mefistófeles, injerto en el de Shakespeare, se
atusaba los alongados bigotes, muy atento a cuanto se decía; pero
sin intervenir en el coloquio. Las manos de Bobadilla tenían extraña
expresión: dijérase que en ellas radicaba el misterio de su arte. Eran
unas manos pequeñuelas, cautas, meticulosas, elegantes, activas y, en
cierto modo tristes, desde las cuales se dijera que colgaban, por medio
de sutilísimos e invisibles hilos, gentiles marionetas, como si los
dedos conocieran los incógnitos movimientos de la tragicomedia humana.
--Ya, ya --decía Bériz con abierta prosodia levantina--. Miren que el
don Sabas ha de ser viejo.
--Pues aún pollea, aún pollea --glosó Bobadilla maliciosamente y con
voz muy suave, sin dejar de atusarse el bigote. De todas sus palabras
y obras lo característico era la finura y suavidad, cualidades estas
tan regulares y acabadas en él que hacían presumir la existencia de
un pesimismo disimulado y profundo, como esas puertas, con muelles
escondidos, que nunca se cierran de golpe.
Sonaron los timbres llamando a la segunda parte. Guzmán, Bériz y Mármol
fueron por un lado hacia el fondo del patio de butacas; el resto, por
otro hacia los asientos de orquesta.
Apenas se habían sentado, cuando Pascualito Sicilia se acercó a Alberto
y le habló de cosas indiferentes.
--¿Quién es aquel chimpancé de cría que está en aquel palco con la
chimpancé matrona y el chimpancé paterfamilias? --preguntó Pascualito.
--Me parece conocer la cara; pero, no sé.
Mármol respondió:
--Aquel chimpancé de cría es Angelines Tomelloso, y tiene la friolera
de dos millones de pesetas en cada pierna, si no tiene más.
--Sí, sí, ahora recuerdo. Es paisana nuestra --habló Alberto.
--¡Caracoles! --epilogaron a un tiempo mismo Bériz y Pascual Sicilia.
Cuando el hijo del ministro se hubo retirado, Mármol observó, en voz
alta, pero como si hablase consigo mismo:
--Cuidado que está apetitosa Rosina; más guapa que nunca. Y pensar que
ese viejo...
--Calla, pues no había caído en la cuenta --Guzmán se dio una palmada
en la frente--. Pues si es usted quien la ha lanzado... En rigor, lo
que ella ahora es a usted se lo debe. ¿Ha ido a visitarla?
--De su cuarto venía cuando nos encontramos.
--¿Y le ha recibido a usted bien?
--Es muy cariñosa. Se me figura...
--Qué, ¿quiere usted acotarla de nuevo?
--Yo no digo nada.
--Ella es todo lo fea que pueda ser una criatura humana, ché --acudió
Bériz.
--¿Quién? --investigó Alberto.
--Esa señorita de Tomelloso. Parece un sapo; pero mira tú, ché, que es
una tontería de millones.
Bériz no apartaba los ojos de la niña de Tomelloso, una jovencita como
de dieciocho años, minúscula y un si es no es contrahecha, la piel
amarillo-terroso, los ojos rojizos y blandos.
--Pero, ¿no me has dicho que tienes novia en tu pueblo?
--Sí; la hija de un abaniquero. Total mucho aire, ché. Pero aquí está
la auténtica y dulce pasta mineral catalana, que es la chipén.
--Vete a tu pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo. Aún es hora para ti.
Aquí terminarás por corromperte física, moral y artísticamente. Cuando
te acuerdes, quizás sea tarde. Ya has saboreado una dedada de vicio e
insensatez, y eso nunca está mal en la primera juventud, porque te dará
el claroscuro de la vida. Tú eres un raro ejemplar de español que tiene
sus cinco sentidos muy sagaces y despiertos. Cuida de no malograrte.
Y si, como dices, amas el arte, huye de Madrid de prisa, vete a tu
pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo.
--Buena homilía. Vaya, que el diablo harto de carne se mete a
predicador --y Bériz se reía aturdidamente. De pronto se quedó
pensativo, y murmuró como herido por súbito descubrimiento--: Puede que
tengas razón. Ya hablaremos, ché.