II

Desde el día de la original declaración de amor a Rosina, el encuentro

con don Sabas, el robo de las doscientas pesetas y la última carta de

su madre, habían transcurrido quince días, que Teófilo calificaba así,

mentalmente: «los más intensos de mi vida.» A raíz de saberse amado por

Rosina, había resuelto no desnaturalizar el delicado y gustoso carácter

de sus relaciones platónicas hasta tanto que no pudiera hacerla suya,

suya por entero y para siempre; pero ocurrió que, como menudease las

visitas y no escaseasen besos, abrazos y otras encarecidas y ardorosas

muestras de amor, cierta tarde, en que por fortuna llevaba ropa

interior nueva, el frágil e inocente tinglado platónico desapareció,

disuelto entre ígneos arrebatos y deleites, como pobre ermita que

estuviera levantada sobre un volcán. Después de haber hecho suya

a Rosina, Teófilo quedó como atónito y el ánimo turbado por tan

contrarios sentimientos y tan dulcísimas zozobras, que no sabía decir

si había alcanzado la felicidad suma en la tierra o había entrado por

los umbrales de la suprema desventura.

La experiencia amorosa de Teófilo se reducía a aventurillas mercenarias

de ínfimo jaez, las cuales, no pocas veces, por la virtud lustral y

metamorfoseante de la poesía, se habían purificado y convertido en

intrigas cuya heroína era una princesa de manos abaciales y sabias

en el arte de tañer el clavicordio. Rosina no era princesa ni le

hacía ninguna falta para ser una mujer deleitable sobremanera:

inteligente, bella, efusiva, tan pronto arrebatada y devoradora como

lánguida y pueril, y en todo momento suave, suave, con una suavidad

aplaciente, sutil y enervante, que se metía hasta el meollo del alma

y la anestesiaba y adormecía como sobre mullido lecho de neblinosas

ensoñaciones. Tarde se le había revelado el amor a Teófilo; pero se

le había revelado al fin nimbado en gloria celestial, envuelto en

inmarcesible lumbre, tan viva, que lo mismo los ojos del espíritu

que los del cuerpo los tenía alelados y en pasajera ceguedad. Todo

su ser sufría la agridulce tiranía de una voluptuosidad que no le

admitía hartura. Y así, en lugar de hacer suya a Rosina por entero,

sin reservas y para siempre, él era quien se había entregado a la

mujer de lleno, sin escatimarle nada y quizás para toda la vida.

Cuando no estaba junto a ella se iba a encerrar en la alcoba de la

casa de huéspedes en donde vivía. Unas veces se le infundía en el

pecho un júbilo doloroso, porque amenazaba no admitir freno y era casi

una comezón de locura. Otras veces su tristeza era tan grande que

deseaba llorar, y no era raro que llorase. Pensó libertarse de aquella

exuberancia emotiva componiendo versos, y en esta labor empleaba

algunas horas.

Rosina hacía de él lo que le venía en gana. Sin esfuerzo ninguno le

convenció de que lo conveniente y lo sabroso era mantener ocultas sus

relaciones:

--Mira, bobo, en rigor, para el caso es como si Sabas fuera el marido y

tú el amante. El papel de marido es ridículo, el de amante honroso. Yo

me explico que don Juan Tenorio anduviera siempre con la cabeza alta.

¿Habrá cosa mejor que saber lo que otros no saben e ir pensando: «si

estos infelices supieran?...» Quiero decir que todos creen, pongo por

caso, que yo soy la amante de Sicilia, y ni sospechan que las cosas van

por otro camino, que no quiero sino a ti. ¡Qué satisfacción y qué risa

por dentro cuando andes entre todos esos desdichados que no saben de

la misa la media! Yo te juro que no creo que haya nada tan dulce como

guardar un secreto. Solo los tontos y las tontas venden los secretos.

Y esos estúpidos impíos que hablan de la confesión y del arma que es

en manos de los curas... Están apañados. Yo, cura, en seguida iba a

revelar lo que se me contara. Pero no comprenden, no comprenden, y Dios

me perdone si he dicho o pensado algo irrespetuoso contra la religión

--se santiguaba, porque era supersticiosa.

Teófilo se avenía a todo lo que Rosina deseaba y se dejaba llevar,

sin curiosidad por saber adónde, antes con un oscuro temor de pensar

en ello. Sugestionado por Rosina, admitió en seguida, como el más

refinado, astuto y fuerte placer mantener recónditos sus amores, de

tal manera que nadie lo echase de ver ni por asomo. Aunque muy por

lo turbio, presentía que no había de tardar en recibir dinero de su

amante, mejor dicho, de don Sabas a través de Rosina, y también por lo

turbio se justificaba de antemano con la fuerza de la pasión, que, al

igual del fuego, todo lo limpia y acrisola.

Su estado económico era cada vez más angustioso, complicándose con las

primeras deudas contraídas de mala fe, angosto portillo por donde

se sale al campo abierto del bandolerismo habitual. El día de la

inauguración del circo, su patrona le había requerido para que pagase

por anticipado la mensualidad, como tenía por costumbre, so pena de que

ella le plantase en la calle y no le abriese la puerta a la noche. No

tenía, al recibir el _ultimatum_ de la patrona, arriba de dos pesetas

en el bolsillo, con las cuales se lustró las botas y compró una rosa

roja para ofrecérsela a Rosina.

Allí, al lado de Alberto, en una de las últimas filas de butacas, se le

planteaba perentoriamente el problema de dónde había de pasar la noche.

Rosina le había admitido ya varias noches en su compañía. «Pero, ¿y si

esta noche no me dice nada, como parece lo probable, con la emoción y

distracción del debut?», pensaba Teófilo.

--Alberto --bisbiseó Teófilo--, tengo que pedirte un gran favor.

--Si está en mi mano...

--No tengo dónde dormir esta noche. ¿No hay en casa de Angelón alguna

cama?... Un diván, un sofá, cualquiera cosa; por una noche...

--Sin duda. Por esta noche y aun varias, no pases cuidado. La cuestión

es para lo porvenir.

--Lo porvenir no me apura. Tengo una gran esperanza de que todo me va a

salir bien. Mañana es el mitin, ¿verdad?

--Sí, mañana.

--¿Hablas tú?

--Se empeña Tejero.

--Yo no puedo, no puedo. Os suplico que me perdonéis. Si supieras cómo

estoy...

--¿Dura el lío amoroso aún?...

--Flaca memoria tienes. Te he dicho la primera vez que te hablé de esto

que era toda mi vida.

--¿Quién es la dama?

--Perdona, pero no se puede saber; es asunto de honor.

--¿Y el viaje a El Escorial?

--No hemos podido realizarlo.

--¡Vaya por Dios!

--Si vieras cuánto siento no poder tomar parte en el mitin... Odio

a aquel infecto anciano --murmuró Teófilo, señalando con ademán

teatral el palco en donde estaba don Sabas Sicilia con sus dos hijos,

Pascualito y Angelín. Y después, como se diera cuenta que Alberto le

miraba de un modo significativo, preguntó azorado--: ¿Por qué me miras

así?

--Por nada; es decir, porque Pascualito es uno de tus muñidores, de

los que más te han alabado y te anda poniendo siempre por las nubes, y

ahora sales con que odias al padre. ¿Por qué?

--Es un sentimiento moral, político pudiera decirse. ¿Por qué te

sonríes con ese aire de burla? Vosotros, los mestizos de literatos y

sociólogos, se os figura que nadie sabe nada de nada. Quiero decir que

es un movimiento desinteresado, de repugnancia al ver que los destinos

de la nación puedan estar en manos de semejante viejo.

--¡Bah! Es un bravo viejo anacreóntico, según tu fraseología.

En escena había un baturro dándole con gran arremango al guitarrillo.

Una baturra, que estaba en pie al lado de él, cantó:

¿Cuándo nos veremos, maño,

como los pies del Señor,

uno encimica del otro

y un clavito entre los dos?

El público celebró la donosura con grandes carcajadas.

--¡Qué asco! --susurró Teófilo, y paseó sus ojos por la muchedumbre con

una contracción en el rostro, como de aquel que sufre bascas--. Mira

alrededor tuyo, Alberto; sáciate con el espectáculo de un gran concurso

de humanidad. ¡Qué idiota! Digo que yo soy el idiota. ¿Pues no te he

hablado hace un momento de mítines y discursos, y otras ridiculeces

semejantes? La salud del pueblo... El pueblo... ¿Qué es el pueblo?

Observa aquí el pueblo, si puedes sin que se te revuelvan las tripas.

Observa qué vientres, qué caras, qué cabezas, y eso que habría que

verlas por dentro...

--Chss --se oyó en la sala, y algunas se volvieron a mirar a Teófilo y

Alberto. El poeta hizo rostro muy osado a los mirones y refunfuñó:

--¿Qué? ¿Qué ocurre? --continuó hablando con Alberto, ahora en voz muy

tenue--. ¿Para qué vive esta gente?

--¿Para qué vives tú? --le atajó Alberto.

--Quiero decir, ¿qué pretexto verdad tienen para vivir?

--¿Qué pretexto verdad tienes tú?

--Yo soy un artista, un poeta.

--Doy por sentado que lo eres, y en este caso tú no eres sino el

pretexto de ellos, de esa gente; tú no vives por y para ti, sino por y

para esa gente.

--No lo veo claro.

--Sí, ya sé que Nietzsche ha dicho: «Un pueblo o una raza es la

disipación de energía que la Naturaleza se permite para crear seis

grandes hombres y para destruirlos en seguida.» ¿No es eso lo que tú

querías decir?

--Exactamente.

--Pues yo digo al revés: «Esos seis grandes hombres son la disipación

de energía que de vez en cuando la Naturaleza se permite para que los

pueblos y las razas vivan; esto es, para que tengan conciencia clara

de que viven.» Y si no, suprime de un golpe la masa gris y neutra de

la humanidad, esa que no tiene pretexto para vivir, como tú dices,

y déjame solo los grandes hombres, seis o seis docenas, artistas y

sabios. ¿Quieres decirme qué pretexto tienen en este caso el Arte y

la Ciencia? ¿Quieres decirme qué pretexto tendría el manubrio de un

organillo sin el escondido tinglado de martillejos, clavijas y cuerdas?

Ya sabes que en los presidios ingleses tienen un linaje especial de

tortura y dicen que es lo más horrible que se puede imaginar: consiste

en meter un manubrio en un agujero de la pared y obligan al penado a

que le dé vueltas, horas y más horas, y esto de hacer algo a sabiendas

de que no se hace nada parece ser que vuelve locos o idiotas a los

presidiarios. El Arte por el Arte, tal como tú lo entiendes, es una

cosa semejante.

--No me convences.

En esto vinieron a sentarse delante de Teófilo y Alberto dos hombres:

el uno rollizo, como de cuarenta y cinco años, muy jacarandoso, de ojos

insinuantes y lánguidos y una sonrisa melosa y satisfecha; el otro,

joven, recio y hermoso.

--¿Quién es ese pollo que ha entrado con don Bernabé Barajas? Me parece

conocer la cara... --dijo Alberto.

Teófilo examinó a los recién llegados. Don Bernabé saludaba, agitando

la mano, a Angelín, el hijo de don Sabas.

--No sé --repuso Teófilo--. Cualquier sinvergüencilla que don Bernabé

haya pescado y estará en vías de hacerle actor.

Don Bernabé susurraba algo muy melifluo, a juzgar por la turgencia

sonriente de sus mejillas, al oído del joven, el cual se inclinaba de

aquella parte y medio se volvía por oír mejor. En este punto, Alberto

le reconoció. Adelantose a tocarle en el hombro, con movimiento nacido

de la sorpresa, y le llamó:

--¡Fernando!

--¡Don Alberto!... --respondió el joven, enrojeciendo de pronto.

Don Bernabé flexionó sobre la cintura y se escorzó hasta ver quién era

el que así había aturdido a su joven amigo.

--¡Ah! ¿Es usted, grande hombre? ¿Y conocía usted a Fernandito?

--Ya lo creo.

Algunas personas impusieron silencio chicheando.

--¿Quién es? --preguntó Teófilo.

--Un titiritero. Como yo he sido payaso una temporadilla y anduve en

una compañía de saltimbanquis...

--Vaya, hombre. En serio.

--En serio. Este era el hércules de la pandilla. Solo sé que se llama

Fernando y que tiene una fuerza brutal, aunque no lo parece.

Teófilo miraba a Alberto enojadamente. Terminó la primera parte del

espectáculo, compuesta de números de mogollón.

--Ea, adiós --habló Teófilo, poniéndose en pie.

--¿Adónde vas?

--Pss... No sé. Quizás arriba, a los cuartos, a saludar a las muchachas.

--Voy contigo.

Teófilo palideció un tanto, lo cual no pasó inadvertido para Alberto,

quien añadió:

--O si no, mejor me quedo aquí abajo. Ahí veo a Monte, a Bobadilla, a

Honduras... Voy a hablar con ellos.

Troteras y danzaderas: Novela · 第 37 / 72 题