I
En un rinconcito de los Italianos, Eduardo Travesedo y Alberto Díaz de
Guzmán daban fin a la cena, deglutiendo con gran precipitación diversas
clases de frutas.
--¡Ay! Se me ha colado un hueso de ciruela, mal pronóstico --dijo
Travesedo, balanceando su benévola cabeza miope, de modo reprobador.
--¿Mal pronóstico?
--Para la temporada del circo.
--Hombre, no veo concomitancia ninguna...
--Ni yo tampoco; pero estoy tan castigado que me voy haciendo
supersticioso. ¿Ves si son negras mis barbas? Pues más negra es mi
suerte --y aplicó la diestra mano, dúctil, inquieta y mórbida, a la
parte inferior del rostro; adhirió después los separados dedos a la
tiznada pelambre de la barba, de tal suerte, que parecían cinco lenguas
de lumbre lamiendo la enhollinada barriga de un pote; y a lo último
la retiró con los dedos en piño, después de haber afilado el lóbrego
ornamento capilar. Añadió--: Según todos los cálculos y racionales
previsiones, una temporada de invierno en el circo, con un programa
ameno y escogido de variedades, debe ser un gran éxito de taquilla,
¿verdad? El programa, excelente, no se le puede pedir más; ya has visto
los ensayos. Todos los números son debuts, y dos de ellos para repicar
gordo; una princesa rusa, la Tamará, que es princesa de veras, no lo
dudes, y luego, nada menos que la amante de un ministro de la corona,
y no hay golfo que no lo sepa a estas horas, aunque ella se haya
puesto Antígona, ¡vaya un nombrecito! Con todos estos antecedentes, lo
lógico, lo racional es que el circo esté hoy de bote en bote, porque
una función inaugural como la nuestra no se ve todos los días, me lo
concederás. Bueno, allá veremos. Te repito, mi suerte es más negra que
mis barbas.
--Te quejas un poco de vicio.
--Hombre, me rezuma la razón por todas partes. Cuidado si he tenido
mala pata en esta vida... Y todo por hacer cálculos y previsiones
racionales. En cuanto me he metido en un negocio, y he dicho, lo
racional es esto, ¡cataplum! ha sobrevenido lo irracional. No hay cosa
que tanto embarace y estorbe en la vida como la inteligencia. Por lo
que atañe al provecho, al lucro, en este mundo ser inteligente y ser
tonto vienen a ser la misma cosa. ¿No ha sido Hegel quien dijo que el
universo es un silogismo cristalizado? Sí, sí; una sandez empedernida,
más bien. Pero se hace tarde. En el circo tomaremos café.
Travesedo batió palmas, pagó el gasto y salió del restorán acompañado
de Alberto.
Llegaron al circo en coche de punto, con tres cuartos de horas de
anticipación.
--¿Hay gente? --preguntó Travesedo a uno de los porteros.
--No, señor. Es muy temprano todavía.
--¿Qué papeles son esos?
--La lista de los que tienen entrada libre.
--¿Quién se la ha dado a usted?
--El maestro Soler.
Travesedo hojeó tres pliegos que el portero le había entregado y se los
pasó a Alberto.
--Asómbrate. Todos esos que ahí ves tienen el circo a su disposición
sin pagar un cuarto.
Eran tres apretadas columnas de nombres, llenando seis páginas.
--No es posible. Con esto basta para atestar la sala --observó Alberto.
--Ahora dime si puede haber negocio de teatros en Madrid. Por supuesto,
aquí voy a entrar yo con la podadera, porque ya es demasiado. Como al
maestro Soler no le va ni le viene, mira qué trabajo le cuesta incluir
en la lista a las redacciones en pleno, al Conservatorio de música y
declamación, a la Escuela de Bellas Artes y al Hospicio provincial.
Travesedo pasó a la taquilla. Alberto le aguardó a la puerta.
--¿Qué te decía yo? --habló Travesedo, así que salió, y se mesaba las
barbas--. ¿Sabes lo que ha entrado en taquilla? Cien pesetas y pico:
dos palcos y una docena de butacas. Átame cabos; la nómina anda por las
mil al día; luego el alquiler, que es brutal; la luz, el servicio...
Buen pelo voy a echar.
--Hombre, para venir al circo no se toman las localidades de antemano,
sino a la hora de la función. No tienes motivo para preocuparte aún.
--Quita allá, inocente. Si es mi sino tenebroso. Debía haber, desde
hace tres días, torneos de boxeo delante de la taquilla por coger
sitio. Y si no, ven acá infeliz, ¿para cuándo se deja? Pues ahí es
moco de pavo una princesa y la amante de un ministro, que hasta los
gatos lo saben. Eso de haber retrasado la inauguración ocho días nos ha
perjudicado.
Se encaminaron al escenario a través de un pasillo circular, cuyos
muros estaban casi cubiertos con cartelones llamativos, representando
payasos, acróbatas, perros, troteras y danzaderas.
A la puerta del escenario, un grupo de hasta cinco tramoyistas fumaban
y bebían cerveza. Oíase un orfeón de ladridos, y entre el alboroto del
conjunto no era difícil desglosar la gama entera de la lírica perruna,
desde la voz de bajo doctoral del terranova, hasta el plañido _sfogato_
de la galga faldera, pasando por la elegante modulación abaritonada
del caniche, o perro de aguas, y las nítidas notas de soprano del
_fox-terrier_.
Cerca de la puerta del escenario arrancaba una escalera muy pina
que conducía a la dirección. Era esta una pieza angosta, empapelada
y amueblada de nuevo, que olía a cola de carpintero y a barniz de
alcohol. En las paredes, color verde dragón, destacaban aquí y acullá,
desplegados en forma de abanico, golpes de fotografías y postales
de cupletistas y bailarinas, y uno que otro atleta, con sendas
dedicatorias manuscritas al pie.
Apenas se habían sentado, Travesedo detrás de la mesa de despacho, y
Guzmán en una sillita, cuando repicaron con los nudillos a la puerta y
una voz rajada y mate dijo:
--¿Si puó?
--Sí, preciosa; adelante --gritó Travesedo poniéndose en pie, con los
ojos muy pajareros.
Alberto se levantó también, con la silla pegada a los pantalones, la
cual cayó a tierra en seguida, con sobrada sonoridad.
Entró en el aposento una dama elegante, que fue en derechura a la mesa
de despacho, frente a Travesedo, y le acarició con mimo las barbas.
--¿Estás bene, carino? Siéntate, siéntate, angelotti. ¡Oh, qué bello,
qué bello que estás! Hugolino, mío tesoro; besa a don Eduardo, que está
tanto bello; dale un bravo baciozzo.
Veía Alberto a la mujer por la espalda; el traje, azul oscuro, muy
escurrido y pegado al cuerpo; el sombrero en extremo chato, haldudo y
tan aplastado sobre los hombros que hacía sospechar que la dama fuese
acéfala. La dama alargó entrambos brazos hacia la cara de Travesedo,
presentándole algo que Alberto no podía ver y que Travesedo hubo
de rechazar con brusco manotazo, a tiempo que retiraba la cabeza y
malhumorado decía:
--No seas marrana. ¡Al diablo con ese bicho asqueroso!
Surgió entonces en el aire un a modo de enano cometa, flamígero y
estridente, de luengo rabo, que vino a caer en el pecho de Alberto, y
de allí salió rebotado con increíble viveza a un pequeño sofá, de cuyos
muelles recibió energías para subir deslizándose por un muro hasta
cerca de la techumbre, y en aquel punto el cometa se hizo centella que
comenzó a cruzar los ámbitos de la habitación en vertiginosos giros,
aullando con una voz alfeñicada y punzante. La dama perseguía a la
centella, riéndose y procurando imprimir a sus raudos movimientos
aquella gracia virginal de las zagalas que se afanan en pos de una
mariposa o de una quimera.
--¡Hugolino! ¡Hugolino! --suspiraba--. Viene a tua mamina.
En una de estas, Hugolino se plantó de un brinco en el pingüe y
túrgido seno de la dama, y como si estuviera abochornado de la pasada
travesura, se esforzaba en esconderse debajo de las pieles del boa.
Hugolino era un macaquillo brasileño, de imponderable pequeñez, sedosas
lanas doradas, enorme y peludo rabo, y ojuelos de infantil aflición.
Quejábase de continuo, con chillido enteco y áspero. La dama besó a
Hugolino repetidas veces, y el macaco, con sus manecitas morenas sobre
las mejillas de la mujer, volvíase a mirar tan pronto a Travesedo como
a Guzmán, lleno de sobresalto. Después de haber besuqueado al mico, la
dama se encaró con Travesedo, y soltó en retahíla los más pintorescos,
complicados, soeces y torpes insultos, con bilingüe promiscuidad y
latina facundia, que al de las negras barbas y sino negro le sacudían
de risa; y esta risa subió de punto cuando la dama, sin previa
gradación retórica ni cosa que lo hiciera presumir, se inclinó sobre
la mesa de despacho, depositó restallante beso sobre los rotundos
carrillos de Travesedo, y dulcificando cuanto pudo la cascajosa agrura
de su voz, melliza de la del macaco, exhaló estas palabras:
--¡Dame cincuenta lire de anticipo! ¡Qué eres carino, carino, bellino!
--¿Cincuenta liras? Estás fresca --respondió Travesedo, congestionado
de risa.
La dama se volvió hacia Alberto, desolada. Sus ojos eran grandes,
hondos, de un negror denso y suave; la tez, de un blanco clara de
huevo, como vaciado fresco de escayola, y sobre ella, artificiales
lunares, sin número y muy mal repartidos; la boca, de un rojo
quirúrgico, repelente.
--¡Está un bestia, un mascalzone! ¡Sí, sí! --murmuró, señalando con la
mano izquierda a Travesedo.
--Pero, mujer, ¡si te has llevado ya más del sueldo de la primera
semana en anticipos! ¿Qué más quieres? Si se os hiciera caso... buen
pelo íbamos a echar.
--Pelo, pelo... --y le asió de las barbas--. ¿Venticinque? No seas
cattivo. Va, va; venticinque.
--Ni ventichincue ni na... Además, no tengo las llaves de la caja.
--¡Tirano, bárbaro, leccatone! --por aliviar su aflición extrajo a
Hugolino de las sinuosas y tibias profundidades en donde se había
colado y lo colmó de besos y lengüetaditas, nuevamente.
--Pero, oye, ¿de qué te sirve ese novio que has pescado? Mira si tiene
suerte --agregó, dirigiéndose a Alberto--. No ha debutado aún y ya le
ha salido un adlátere.
--¡Oh! Es un querubín. Niente de carino, niente. Ma che; tanto buono...
Un angelo. A la puerta está. Paciente, pacientísimo como una pécora
--habló la dama, haciendo cuantas mimosas muecas le consentía la dureza
del estuco que llevaba sobre la piel.
Travesedo, al oír lo de pécora, soltose a reír con fresco brío.
--Atiza. Buen piropo para el pobre muchacho.
Alberto intervino:
--Pécora es oveja.
Y aquí la risa de Travesedo se multiplicó.
--Estos italianos son los seres más ridículos del orbe...
--¿Por lo de pécora? Es que pécora es oveja también en castellano.
--Vamos, hombre... Lo que es pécora ya me lo sé yo. Bueno, señorita
Pécora --dijo, hablando con la dama--; dile a la pécora macho que puede
entrar. --Volviéndose hacia Alberto--: Es un chico muy fino, agregado
en la legación de no sé cuál de esas republiquinas americanas.
Fue la dama a la puerta y entró el que Travesedo calificaba de pécora
macho. Después entró Verónica, de abrigo largo y mantilla. El amante de
la dueña de Hugolino era un joven fornido y aventajado de estatura,
con jeta de indio bozal, terroso el color y una gran nube, con visos
de ópalo, en el ojo derecho. Vestía con extraordinaria exageración a
la moda de París, y el vestido daba indicios de embarazarle, como si
lo llevase por primera vez y el mozo sintiera la nostalgia del dulce y
expeditivo taparrabos. Parecía poco hecho a vivir entre gentes; rodaba
la cabeza en torno, con sonrisas propiciatorias, como si suplicase
benevolencia.
Verónica venía algo excitada:
--Chicos, estoy nerviosa. Me siento.
--Siéntese usted también --dijo Travesedo al joven bozal.
La dama del macaco se adelantó a hablar:
--Andamos al mío camerino. ¿Hay fuego en el camerino? Porque si no hay
yo no me hago desnuda; y Hugolino, el poverino que siente tanto el
frío... ¿Las fiori?
--Luego te las llevarán.
Salieron la dama y su amigo. Verónica les fue siguiendo con los ojos, y
en cuanto los perdió de vista no pudo menos de manifestar su opinión.
--¡Cuidao que lleva basura encima de su alma! Pues, ¿y el gachó
que la sirve? Si tié unos labios que parecen talmente una pila pa
cristianar... Se ve ca cosa. ¿Se ha hecho usté daño? --preguntó a
Travesedo.
--Daño ¿en dónde?
--Ahí, en la cara, a la derecha, junto a la nariz.
Travesedo se tentó con la mano, siguiendo las puntuales sugestiones
topográficas de Verónica. Tenía en el lugar indicado una gran mancha
rojiza, que no era otra cosa que la huella osculatoria de la dama del
macaco. Cuando dieron en ello, todos celebraron el lance.
--Chiquillo --habló Verónica, volviéndose hacia Alberto--, en casa
están que echan chiribitas. Sobre todo Pilar y mi madre. Que si debuto
porque soy una intriganta y una golfa, y el caos, Alberto. No desean
sino que me den un zumbío en el debut, y me da el corazón que se van
a salir con la suya. No puedo estar quieta en un sitio --se puso en
pie, llevando detrás de sí la silla, adosada al abrigo. Volviose
sobresaltada y la silla cayó con estrépito--. ¡Qué susto! Cualquiera
cosa me pone fuera de mí. Algo gordo me va a pasar...
--¿Y Angelón? --preguntó Travesedo.
--Luego vendrá.
Entraron Teófilo y el maestro Soler. Teófilo venía trajeado de nuevo,
pero sus botas, a pesar de la reverberación falaz que el limpiabotas
recientemente les había otorgado, descubrían su estado ruinoso, y el
sombrero, aun cuando Teófilo trataba de esconderlo, exhibía abusiva
exuberancia de superfluidades adiposas. Es decir, que la fábrica de
su elegancia era triste y caediza, sin cimientos ni remate. También
el rostro tenía un no sé qué de aflicción, mal disimulado bajo la
compostura afable. Traía una rosa en la mano.
--¿Hay gente, maestro? --inquirió Travesedo.
--Mucha gente.
--¡Bendito sea Dios!
--¿Lo ves? --dijo Alberto, acercándose a la puerta.
--¿No ha venido don Jovino? Tiene un cuajo... --habló Travesedo.
--Abajo está --respondió el músico--, hablando con las Petunias.
--Y Antígona, ¿no ha venido aún? --preguntó Teófilo.
--No sé --dijo Travesedo--. Ya debe ser la hora de empezar...
--Muy cerca. Yo voy a la orquesta.
Salieron todos. Por los pasillos y las escaleras iban y venían,
subían y bajaban, peregrinos ejemplares de todo linaje, edad, sexo y
condición, ataviados de manera inusitada y polícroma. El aire estaba
espeso con aromas de tocador y efluvios zoológicos, y dentro de él
temblaban derretidos cuchicheos, risas, voces y ladridos de canes.
Al pie de la escalera había una gran estufa, al rojo, que despedía
un calor plutónico, y en torno de ella un corrillo de bailarinas,
farsantes, titiriteros y el clown Spechio, la mayor parte en mallas o
con sucintas galas escénicas, y sobre los hombros chales, mantones,
abrigos, batas. Dos metros alongados de este corrillo estaban las
Petunias, dos jovencitas, la una delgaducha, alta y tiesa, la otra
pequeñuela, acogolladita y muy dengosa, vestidas todo de rojo, la
falda hasta el gozne de la rodilla. Las acompañaba don Jovino, el
empresario, conocido en el mundo de los holgorios madrileños por dos
remoquetes: _el Obispo retirado y el Fraile motilón_. Teófilo y Alberto
se acercaron a saludarle. Era don Jovino hombre obeso, como sus alias
hacían presumir, y de muy altas miras, no porque sus ideales morales
fueran elevados, sino por el extraño modo con que la cabeza encajaba
en el torso, caída hacia la espalda y de manera que se veía forzado a
mirar siempre al cielo o al cielo raso. La primera cosa de don Jovino
que acaparaba la atención, y lo que después continuaba acaparándola,
era el vientre, como acontece con algunos ídolos búdicos, y también,
como con tales ídolos acontece, cráneo, brazos y piernas parecían
desarticulados del corpachón, o estaban articulados malamente y en
sitios inadecuados o absurdos. Aun viéndole en pie se creía verle
en cuclillas, tal era la exigüidad de sus extremidades abdominales,
plegadas, por otra parte, en actitud fetal. Y no solo su facha, sino
además su conducta, tenía la serenidad idiótica de los ídolos. Rara
vez se molestaba en informarse de lo que alrededor suyo sucedía,
ni se dignaba intervenir en las conversaciones o responder si se le
preguntaba algo. Era rico, manirroto y mujeriego.
Cuando Teófilo y Alberto se apartaron de don Jovino, el poeta no pudo
por menos de lamentarse, en voz alta, de lo mal repartidas que en este
mundo andan las riquezas.
--Es irritante... Ya ves, ese buey... ¿Me quieres decir para qué le
sirve a él el dinero? En cambio yo...
Fueron a sentarse en una de las últimas filas de butacas.
La luz azulina de los arcos voltaicos, al mezclarse con la rojiza y
dorada de las bombillas eléctricas, ponía en el ambiente huideros
cambiantes, como de absintio, y era un poco mareante. La sala estaba
poblada de misterioso runruneo, como el que habita dentro de las
grandes caracolas.