Salió sin despedirse de Verónica. Llegó al vestíbulo; quedose mirando
un momento la sombra negra que el gabán de Tejero hacía; se apoderó
de las doscientas pesetas; abrió con sigilo la puerta y la cerró
sin mover ruido; huyó escaleras abajo, y cuando llegó al portal se
preguntó: «¿Qué he hecho?» Giró sobre los talones y comenzó a subir
las escaleras con propósito de restituir lo robado. Pero, ¿cómo iba a
hacerlo sin que lo echaran de ver? Salió a la calle. Metió las manos en
los bolsillos de la chaqueta y tropezó con los rollos de dinero, que
le escaldaron los dedos. Anduvo a pique de arrojar lo robado por una
boca de alcantarilla, pero se arrepintió al instante. «¡Qué estupidez!»
Murmuró: «Soy un cobarde que no merece vivir.» Comenzó a considerar
lo que acontecería en casa de Alberto. Quizás habían descubierto ya
el robo y dado necesariamente con el autor. Tendría que escaparse de
Madrid y acaso de España. Era lo mejor; emigraría con Rosa a un país
en donde el costo de la vida no fuera en detrimento de la dignidad.
¡Adiós, maldita España, para siempre! Se iría a América, y con el
primer dinero que ganase indemnizaría lo robado. Por lo pronto fue a
casa del camisero, y después de presentar la carta de Alberto, apartó
dos docenas de calcetines y varias corbatas, y encargó una docena
de calzoncillos y docena y media de camisas. Después fue a casa del
sastre; anduvo irresoluto gran tiempo ante las piezas de paño, sin
saber por cuales decidirse, y a la postre seleccionó tres trajes y un
gabán. Tomole el sastre las medidas y disponíase Teófilo a salir del
establecimiento cuando el sastre le detuvo.
--Usted perdone, señor Pajares; pero estamos tan escamados en fuerza de
micos, que aquí tenemos por costumbre no hacer ropa, como no sea a un
parroquiano antiguo, si no se paga por anticipado la mitad del importe
de la factura.
--Pero, el señor Díaz de Guzmán responde por mí.
--No, señor, no responde.
--¿Cómo que no? Él me ha dicho que sí.
--En efecto, en esta carta me dice que responde por usted. Pero esto no
me basta. Puesto que el señor Díaz de Guzmán está dispuesto a responder
de veras, dígale que me firme un pagaré por quinientas pesetas, que es
el importe de su factura. A no ser que usted quiera, que se me figura
que no querrá --el sastre sonrió de manera ofensiva--, hacerme el
anticipo de doscientas cincuenta.
Teófilo se engrifó, herido en su altivez.
--No llevo conmigo doscientas cincuenta. ¿Le bastan a usted doscientas
por ahora?
--Perfectamente, no hago hincapié en las cincuenta.
El sastre no creía lo que veía, y esto era cuarenta contantes y
sonantes duros en plata. Empleó veinte minutos en examinar uno por uno
los duros, porque le había entrado la sospecha de que Teófilo era un
monedero falso, y en cerciorándose de que todos poseían la apetecida
legitimidad, como salidos de las arcas del fisco, sonrió graciosamente
a Teófilo y dijo así:
--Usted perdone que los haya mirado tan despacio; he recibido tanto
chasco... La ropa estará lista en ocho días.
--Tiene que ser en cinco, a más tardar.
--Haremos lo posible. Se me olvidaba decirle que, como de los
escarmentados, y tal, y el gato escaldado, y tal, en este
establecimiento tenemos por costumbre no entregar los encargos hasta
tanto que no nos hayamos reintegrado del importe total, como no sea
cuando se trata de algún parroquiano antiguo.
--Muy bien. Me parece que será la última ropa que me haga aquí. Buenas
noches.
Teófilo salió de la sastrería con un temor más que vago de que las
por él mal adquiridas doscientas pesetas le iban a valer al sastre
cien años de perdón. Casi se alegraba, y sentía que la conciencia se
le aligeraba, como si el espectáculo de la picardía ajena mermase la
vergüenza de la suya propia. «Me está bien empleado», discurría. «Sin
duda existe una justicia natural; pero esta justicia natural no es
menos venal que la justicia social: dura para los hambrientos; untuosa
para los hartos. Unos medran con latrocinios, sin duda porque son
ladrones de ladrones, que roban en junto y sin esfuerzo lo que a los
ladronzuelos les costó trabajo y remordimientos añascar; otros, en
cuanto les apunta la uña, viene la justicia a cercenarles la mano. Dios
es tan cohechable como el mísero juez que un cacique crea a su medida.»
En estas consideraciones acertó a pasar frente a la _Maison Dorée_.
Un grupo de amigos le saludó. Entre ellos se hallaba un pintor llamado
Quijano. Teófilo le llamó aparte; había tenido una idea feliz.
--Tengo que pedirte un favor, Quijano.
--Por de contado.
--Tú tienes una casa en El Escorial, ¿verdad?
--Sí.
--¿Puedes prestármela unos días?
--¿Cómo prestártela?
--Cedérmela.
--Claro que sí.
--¿Hay muebles?
--Ya lo creo, los necesarios.
--Te advierto que es para ir con una mujer.
--Eso, allá tú. Te enviaré la llave.
--Yo vendré aquí mañana a recogerla.
Se despidieron. «Menos mal», pensó Teófilo. Y con aquel su ánimo
tornadizo, que así se entenebrecía como se iluminaba, dio por sentado
ahora que todo le iba a salir a pedir de boca. Sin embargo, sentía
recóndita desazón o reconcomio que no llegaba a malestar definido,
igual que una persona a quien se le ha olvidado que le duele un callo.
El dolor de callos de Teófilo estaba en la conciencia: era el primer
callo, tierno aún y en formación.
A la hora de cenar no discutió con Santonja, por más que este le
azuzaba, ni realizó aquellas proezas deglutivas que a todos los
huéspedes admiraban y a la patrona le metían el corazón en un puño.
Retirose a su aposento, y allí, ante la vista de la carta de su madre,
hecha pedazos, la desazón y reconcomio de antes se hicieron vergüenza
y miedo. Paseó un gran rato dentro de la angosta estancia; pero
haciéndosele insoportable la pesadumbre de sus cavilaciones, salió
a la calle, y, así como, a lo que se dice, el criminal, por impulso
irresistible, acostumbra volver varias veces al lugar del crimen,
Teófilo fue a casa de Alberto, decidido a enterarse de lo que había
pasado y a afrontar sus consecuencias.