Antón Tejero era un joven filósofo con ciertas manifestaciones
tentaculares de carácter político, que había arrastrado a la zaga de su
persona y doctrina una pequeña mesnada de secuaces. Aunque sus obras
completas filosóficas apenas si llegaban a dos docenas mal contadas
de artículos, habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la
admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos,
sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que
la admiración. Filósofo, al fin, era demasiadamente inclinado a
las frases genéricas y vanas. Era también muy entusiasta, y como
toda persona entusiasta, carecía de la aptitud para emocionarse. De
talentos retóricos nada comunes, propendía a formular sus pensamientos
en términos donosos, paradójicos y epigramáticos, por lo cual se le
acusaba en ocasiones del defecto de oscuridad. Por ejemplo, había
anticipado el remedio de los males que acosan a España, con estas
palabras: «España se salvará, alzándose a la dignidad de nación
civilizada, el día que haya nueve españoles capaces de leer el Simposio
o banquete platónico en su original griego.» A esto, Luis Muro, el
poeta cómico, había respondido en la sección «Grajeas» del diario _La
Patria_:
Dan gusto nueve al garguero
en el festín de Platón;
mas, diga el señor Tejero,
¿y el piri, coci o puchero
del resto de la nación?
Sancho Panza, que no andaba mal de filosofía parda, y Juan Ruiz habían
asomado en el tintero del poeta jocoso.
La admirable pureza intelectual de Tejero trasparecía en sus ojos,
de asombrosa doncellez y pureza, sobre los cuales las imágenes de la
realidad resbalaban sin herirlos. Contrastaba con la doncellez de
los ojos una calvicie prematura. La forma y tamaño del cráneo, entre
teutónicos y socráticos; la armazón del cuerpo, chata y ancha; los pies
producían la ilusión de estar abiertos en un ángulo mayor de noventa
grados, de tal suerte que la figura parecía descansar sobre recia
peana. Trataba a todo el mundo con magistral benevolencia, y la risa
con que a menudo irrigaba sus frases era cordial y translúcida.
Hablaba ahora con Alberto, acerca de la última crisis política y le
proponía celebrar un mitin de protesta.
--Tenemos que hacer muchas cosas, Alberto --decía, y su corazón
rezumaba caricioso óleo de esperanza--. Este mitin dará mucho qué
hablar. ¿Qué dice usted de la idea del mitin?
--Hombre, la verdad, yo no sirvo para orador. De seguro haré un triste
papel.
--¡Qué disparate! Yo le aseguro que tiene usted grandes condiciones, y
si no, al tiempo.
--Aparte de las condiciones, es que lo considero tiempo perdido; me
falta el entusiasmo, la vehemencia del que se propone algo asequible.
Porque, ¿qué nos proponemos nosotros?
--¿Qué? Muchas, muchas cosas; enormidades. Despertar la conciencia del
país; inculcar el sentimiento de la responsabilidad política; purificar
la ética política...
--Está muy bien; pero no veo la necesidad de un mitin. Todo eso hay que
hacerlo, pero en otras partes y de manera más eficaz. ¡Discursos!...
Ese pobre D’Annunzio, de quien se dicen tantas y tan necias perrerías,
me parece a mí que ha dado en el clavo cuando asegura que la palabra
oral, dirigida directamente a la muchedumbre, no debe tener como fin
sino la acción, y ella a su vez ha de ser acción violenta. Solo, añade,
con esta condición, un espíritu algo seguro de sí propio es capaz, sin
disminuirse, de comunicarse con la plebe por medio de la virtud sensual
de la voz y del gesto. En cualquiera otro caso, concluye, la oratoria
es un juego de naturaleza histriónica. No perdamos el tiempo, querido
Antón, en romanzas de tablado. ¿A qué esforzarnos en dar a España una
educación política que no necesita aún, ni le sería de provecho? Lo
que hace falta es una educación estética que nadie se curó de darle
hasta la fecha. Mire por una vez siquiera, querido Antón, alrededor
suyo y hacia atrás en nuestra literatura, y verá una raza triste y
ciega, que ni siquiera puede andar a tientas, porque le falta el resto
de los sentidos. Labor y empresa nobilísimas se nos ofrece, y es la
de infundir en este cuerpo acecinado una sensibilidad; despertarle
los sentidos y dotarlo de aptitud para la simpatía hacia el mundo
externo. Hay un fenómeno rudimentario en psicología, y es que, cuando
por cualesquiera circunstancias los sentidos nos han informado mal o
a medias de una cosa, creemos conocerla más profundamente y hallarnos
en vísperas de algún descubrimiento genial, porque aquel esfuerzo
nebuloso que el intelecto hace por desentrañar el sentido de los datos
insuficientes y la desazón que en consecuencia sentimos nos provocan
una a manera de misteriosa emoción, como si alguna inteligencia
trascendental obrase en aquellos momentos a través de nosotros,
otorgándonos un don divino de presunta adivinación. Esto y no otra cosa
es el misticismo: _el parto de los montes_. Somos una raza con los
sentidos romos, a través de los cuales la realidad apenas si se filtra
a intervalos y deformada, por donde la inteligencia está de continuo
en aquel punto de esfuerzo nebuloso y _desazón gustosa_, como decían
los místicos, como si Dios en persona estuviera para revelársele en su
interior morada. Todo español es un místico en este sentido: un hombre
en vísperas de la omnisciencia, y esta adquirida por vías infusas. El
idioma que hemos de usar los escritores es un idioma elaborado, batido
y ennoblecido por los místicos, un idioma a propósito para expresar
aquel _esfuerzo y desazón gustosos_, para expresar lo _inefable_;
es decir, para decir que no se tiene nada que decir, y si acontece
que se tiene algo que decir, cuesta Dios y ayuda dar con la forma
sobria, exacta y sugestiva. Un pueblo que no tiene sentidos no puede
tener imaginación; por eso, con solo una ojeada a través de nuestras
antologías líricas, se viene a dar en la cuenta de que imágenes y
tropos, siempre los mismos, en nuestros poetas no nacen directamente
de la contemplación de las cosas o confundidas con las emociones del
cantor, sino que son prendas de vestir o botargas que ya existían de
antemano y que el poeta toma al azar o después de precipitada elección,
porque sus ideas y sentimientos no salgan desnudos y en vergonzosa
entequez; son, en resolución, como calzado de bazar que cría callos, y
así anda la poesía de encallecida y coja. Y para concluir, sin sentidos
y sin imaginación, la simpatía falta; y sin pasar por la simpatía no
se llega al amor; sin amor no puede haber comprensión moral; y sin
comprensión moral no hay tolerancia. En España todos somos absolutistas.
Tejero sonreía, condescendiente:
--No le falta razón en muchas de las cosas que dice; pero son algo
desordenadas, necesitan mayor objetividad --a Tejero le mareaba el que
su interlocutor discurriese con ímpetu. En tales casos, el reproche que
acostumbraba hacer era la falta de objetividad, de cientificismo, como
un aviador que definiera los pájaros: «Aficionados a la aviación»--.
Pss... no está mal. Sí; es necesario colocar bien el problema de la
estética. En Alemania se preocupan mucho de estética. ¿De dónde hace
usted arrancar la estética?
--He pensado bastante acerca de ello; pero no lo he ordenado aún, como
usted dice. Para mí, el hecho primario en la actividad estética, el
hecho estético esencial es, yo diría, la confusión (fundirse con) o
transfusión (fundirse en) de uno mismo en los demás, y aun en los seres
inanimados, y aun en los fenómenos físicos, y aun en los más simples
esquemas o figuras geométricas: vivir por entero en la medida de lo
posible las emociones ajenas; y a los seres inanimados henchirlos y
saturarlos de emoción, _personificarlos_.
--Hay sus más y sus menos; pero, en fin, ese es el concepto que domina
hoy toda la especulación de la estética alemana, el _einfühlung_. Se ve
que ha leído usted algo acerca de ello.
--No he leído nada.
--¿Que no? Pues, ¿quién se lo ha enseñado a usted?
--Hombre, la cosa es tan clara que hace tiempo que yo mismo lo había
descubierto; pero quien me lo ha hecho penetrar más cabalmente ha
sido... una prostituta.
Tejero se puso serio.
--¡Cuándo se dejará usted de hacer humorismo!
Alberto se encogió de hombros.
--Se hace tarde y yo tengo que irme. Quedamos en que usted será uno de
los oradores del mitin.
--Ya le he dicho lo que pienso; pero, en último término, si usted se
empeña...
--Sí, sí, me empeño; y lo hará usted muy bien.
En esto entró Angelón. Alberto presentó a los dos hombres, que no
se conocían, y Angelón, así que cambió las acostumbradas fórmulas
corteses, se retiró, mirando de través a Tejero y Alberto, y por las
trazas muy malhumorado. Volvió a los dos minutos con un papel, que
entregó a Alberto: era la carta de Teófilo. Alberto la leyó en voz alta:
--¿Qué dice usted?
--Hombre, bien. Pajares dará la nota pintoresca. Ea, adiós, querido
Alberto.
Salieron al vestíbulo. Alberto tomó el gabán de Tejero y le ayudó a
vestírselo.
--Hay que centrarse, Alberto --aconsejó Tejero, en tanto realizaba una
flexión de riñones, a fin de acertar con el agujero de la manga derecha.
--¿Centrarme? Diga usted que lo que necesito, como todos los españoles
necesitan, es descentrarme. ¿Conoce usted aquellos versos de Walt
Whitman: _I am an acme of things accomplished?_
Tejero respondió:
--No.
--«Soy, dice, la cima de todas las cosas realizadas y el compendio de
cuantas se han de realizar... A cada paso que doy piso haces de siglos;
y entre paso y paso, más nutridos haces... Allá lejos, en lo pretérito,
entre la enorme primera Nada, ya estaba yo allí... Inmensas han sido
las preparaciones para mí... Centurias y centurias condujeron mi cuna a
través del tiempo, remando y remando como alegres boteros... Todas las
fuerzas han sido empleadas abundosamente para completarme y placerme,
y heme aquí, en el centro del mundo con mi alma robusta.» Estos versos
debieran titularse: _Nací en la Mancha._
--Es usted tremendo --Tejero dio dos cariñosas palmaditas en el hombro
de Alberto, y después de despedirse salió escaleras abajo y luego a la
calle.
Sentía una rara impresión de ligereza e ingravidad. Iba pensando:
«Ello es un sentimiento espiritual, sin duda; pero tan neto y
determinado que casi parece una sensación física.» Las fuerzas
expansivas de un entusiasmo sordo le acariciaban el espíritu, pero
volvía insistentemente a requerirle la atención aquel sentimiento
de ingravidad que era muy aplaciente e intenso. Se acordó de San
Ignacio de Loyola, el cual acostumbraba conocer si sus visiones y
pensamientos venían de Dios o del diablo, según el estado consecutivo
que determinasen; si le traían serenidad y sosiego, es que habían sido
inspiradas por Dios; de lo contrario, su origen era satánico. Y también
de Epicuro, que decía: «¿Cómo conoceréis si es natural una necesidad y
habéis de satisfacerla, o es contra naturaleza y habéis de extirparla?
Por la sensación recibida: si a la satisfacción de lo que se juzga
necesidad se le sigue placer, quiere decir que era necesidad conforme
a naturaleza; si sufrimiento, es porque no era necesidad natural.» Y
Tejero, sonriéndose, se preguntaba: «¿Qué divina inspiración, o qué
acto meritorio, o qué necesidad natural he recibido, hecho o satisfecho
sin haberme dado cuenta?» Hasta que al pasar por delante de un librero
a quien debía una cuenta de libros dio con la causa de su ingravidad.
«¡Caracoles! --exclamó a media voz, con la sangre helada--. ¡Ya lo
creo que era sensación física!...» Recobrose en seguida, y pensó: «No
me venían mal a mí; pero al que se las ha llevado de seguro le hacían
mucha más falta. ¡Que le hagan buen provecho!» Y siguió adelante, con
el mismo sentimiento de ligereza alada en el corazón, pero ahora más
intenso y aplaciente aún.
X
De las miradas de través que Angelón había dirigido así a Tejero como
al propio Guzmán, y de su manera de vagar inquietamente con la cerviz
algo inclinada, muy mal síntoma en él, Alberto había deducido que algo
difícil de digerir tenía en el buche su gran y grande amigo. Apenas
marchó Tejero, Guzmán acudió adonde Ríos estaba, por averiguar las
razones de su irritación, bien que no fuera difícil de presumir que la
escasez de dinero tenía la culpa de todo.
En el gabinete había, además de Angelón y Verónica, un mozo como de
veinte a veinticinco años, de cara muy abierta y maliciosa, ojos
socarrones y un cauto sonreir como de burla. Vestía a lo menestral,
tirando a lo señorito.
--Buenas noches --habló el mozo.
--Hola, Apolinar.
Que tal era su nombre, Apolinar Murillo, de oficio encuadernador,
nacido en la calle de Embajadores, madrileño castizo y doctor graduado,
si los hay, en cuantos rentoys, máculas, socaliñas y artificios tiene
la picaresca de hogaño. Profesaba por Angelón Ríos la entusiasta
asiduidad del jabato al jabalí colmilludo. Venía con frecuencia por
casa de Angelón: este le decía: «Dame acá la panoplia», y Apolinar le
presentaba recado de escribir. Angelón escribía algunas cartas que eran
otros tantos _sablazos_ o peticiones de dinero, y Apolinar después las
traspasaba de la diestra del esgrimidor al corazón de sus víctimas.
Pero Apolinar tenía ya aspiraciones personales, y pareciéndole España
país harto esquilmado y poco a propósito para lograr en él nada de
sustancia, había rogado a su protector que viera de buscarle un pasaje
para América, el cual Angelón obtuvo gratis, y no solo esto, sino
también un pase de ferrocarril de Madrid a Barcelona, en donde había de
embarcar. Le faltaban ya muy pocos días para salir de España.
Aquella mañana había repartido Apolinar catorce cartas de Angelón; pero
las víctimas eran víctimas acorazadas y no soltaron un céntimo. Volvió
con tan desconsoladores informes a un café en donde Ríos le esperaba,
y por la manera que este tuvo de recibirle comprendió el mozo que su
protector estaba con el agua al cuello.
--¿Puedes venir por la tarde a eso de las cinco a este mismo café?
--Natural.
--Tendrás que llevar otras dos o cuatro cartas. Estas son seguras.
Contra cálculos y deseos de Angelón, el resultado de las cartas de
la tarde fue como el de las otras de la mañana, nulo. Retornaba al
café Apolinar muy amurriado y diciéndose para su sayo: «¡Concho con
don Ángel! Debe de estar pasando pero que las morás. Y él será lo
que se quiera, pero pa los afeztos le va el nombre que lleva como
las propias rosas. Y na, que a lo mejor, hoy, no ha catao entavía
el piri.» Iba discurriendo a este tenor, según se dirigía al café y
aguzando el ingenio por hallar un medio con que acudir en ayuda de
Angelón, y de esta suerte demostrarle agradecimiento por los favores
recibidos, cuando acertó a pasar por delante de una pescadería. Sobre
unos caballetes, a la entrada del tenducho, yacían diferentes peces y
crustáceos, y en lo más conspicuo del tinglado hasta media docena de
merluzas gigantescas.
La calle estaba oscura y despoblada en aquella sazón. Entre el
pescadero y la puerta había un grupo de cocineras, de espaldas a la
entrada. Apolinar agarró una merluza por la cola, tiró con tiento y se
apoderó de ella; siguió calle adelante sin apresurarse, luego se perdió
en las sombras de un callejón, buscó más tarde un puesto de periódicos
y allí envolvió la merluza, y en llegando al café se detuvo en la
puerta e hizo señas a Angelón que saliera.
--Pues na, don Ángel, que las epístolas misivas de la tarde han tenido
las mismas vecisitudes que por la mañana. Ni esto. Pero que como me
caía al paso, voy y me detengo en mi casa. Pues na, que mi madre que
le está a ustez muy agradecía por lo del pasaje y demás, pues le había
comprao una merluza pa ustez. Yo le digo: «madre, vaya un regalo. Ya
pudo ocurrírsele a ustez comprar una caja de puros.» Verdaz que como
ustez no fuma. Es una nimiedaz.
--Gracias, Apolinar. Dale las gracias a tu madre --rezongó Angelón y
echó a andar seguido del joven con la merluza, y así llegaron a casa.
Cuando entró al gabinete Alberto, el envoltorio de la merluza estaba
sobre una mesa de peluche rojo.
--¿Qué es eso? --inquirió Alberto.
--A usted ¿qué le importa? --dijo Angelón.
--Pero vamos a ver, ¿qué le ocurre a usted hoy?
--¿Qué le ha dicho usted a Verónica? Yo trabajando por usted, y usted
entretanto...
--Pero, ¿qué he dicho?
--A ver si vais a reñir por una tontería --interrumpió Verónica--. Se
refiere a lo de no tener dinero, que tú me has descubierto. No seas
tonto, Ángel; si a mí me hace una gracia atroz...
--¡Bah! ¿Eso era todo? No sea usted niño --y volviéndose a mirar la
merluza--: Pero ¿qué es eso tan rezumante y tan mal oliente?
--Una merluza que me regala la madre de Apolinar. Una merluza... ¿Qué
hacemos con una merluza? --Angelón habló con visible malhumor.
--Comérnosla --acudió Verónica.
--O empeñarla --intervino Apolinar con zumba.
--¿Eh? --Angelón apretó las cejas, permaneció meditabundo unos
instantes, y al cabo soltó el trapo a reír, con enorme jocundidad--. Tú
lo has dicho. A empeñarla. Una merluza no es un bien pignorable; pero,
¿para qué me dio Dios labia y trastienda? ¡A empeñarla! ¿Cuánto pesará?
--la sompesó--. Lo menos ocho kilos. ¿Cómo está el kilo de merluza,
Verónica?
--Chico, no sé ahora. Solía costar de cinco a seis pesetas...
--Cinco por ocho cuarenta. ¿Que nos dan la mitad del precio? Veinte
pesetas. Sea como sea, en menos de veinte no la dejamos.
--¿Por qué no la vendéis en una pescadería? Es lo mejor --aconsejó
Verónica.
--Quita tú allá --atajó Apolinar--. Lo primero que ahora estarán
cerradas.
--¡A empeñarla! --gritó Angelón, y se rio otra vez a carcajadas.
Apolinar y Verónica le hacían el acompañamiento.
Antes de media hora estaban de vuelta Angelón y Apolinar. Traían
diferentes comestibles fiambres, pan y vino, y daban señales de mucho
alborozo.
Sentáronse todos cuatro a la mesa, y entre comida Ríos refirió,
entreverándolo con risotadas, el famoso lance de la pignoración y cómo
había tenido una polémica con el prestamista acerca de los bienes
fungibles y no fungibles y la naturaleza jurídica del préstamo con
prenda. En suma, que la merluza había dado de sí dieciséis pesetas.
Verónica mostraba gran regocijo.
--Pues si te vas a América, Apolinar, con la esperanza de encontrar
cosas extraordinarias, buena desilusión te espera, hijo --observó
Angelón--. De seguro en América no se empeñan merluzas.
--¿Cuándo marchas? --preguntó Alberto.
--La salida del barco es p’al dieciocho. Pero, es el caso... --Apolinar
sonrió apicaradamente--. Es el caso que ya va para dos años que una
gachí, que es talmente una fototipia sin ezsageración, me tiene
arrebatao y si cae o no cae; pero, ¡miau!, dice que no hay de qué como
no la conduzca al tálamo. Y yo, la verdá, marcharme sin conseguir
el fruto de mi trabajo de dos años, me paece feo. Conque estamos en
estas, y el tiempo corre y hay que despachar. Se llama la Concha y está
sirviendo con una que la dicen la Rosina. Y como digo, la niña se
merece cualquiera cosa. Si ustedes la vieran...
--Yo la conozco, y digo como tú que se merece cualquiera cosa. No seas
pazguato y aprovéchate antes de marchar --amonestó Ríos.
--¿No te da vergüenza decir esas cosas? --habló Verónica.
--¡Bah! --exclamó Angelón, enarcando las cejas en extremo--. Y ella,
¿sabe que te marchas?
--Vamos, ¿se lo iba yo a decir? Ni que fuera un pipi. Ahora el
subterfugio es convencerla de que va a haber enlace.
--Y serás capaz. ¡Qué asquerosos sois! --comentó Verónica, enojada--.
¿Qué dices tú, Alberto?
Alberto se encogió de hombros.
Después de la comida se presentó otro visitante, Arsenio Bériz, un
mancebo levantino, hijo de familia, que había venido a Madrid a
concluir la carrera de Filosofía y Letras; pero habiendo caído en
el Ateneo y hecho en él algunas amistades con escritores, se había
contagiado del virus literario y concebido grandes ambiciones, de
manera que, dejando para siempre los libros de texto, se pasaba la
vida hojeando novelas y tomos de versos y ensayándose en el cultivo
de todos los géneros literarios: crítica, novela, poesía, con gran
despejo y desenvoltura. Vestía de luto, e iba siempre acicalado con
meticulosidad. La salud, mocedad y alegría que de continuo bañaban
su rostro le hacían atrayente. Sus ojos, menudos y muy penetrativos,
andaban siempre como volando sobre las cosas externas e inducían al
recuerdo de esos livianos insectos que en ninguna parte se detienen y
cuya forma de conocimiento es clavar el aguijoncillo por un segundo
en todas partes. No tenía ideas en la cabeza, sino un enjambre de
pequeñas sensaciones polícromas y zumbadoras, que transparecían en
la expresión del rostro infundiéndole extraordinaria y simpática
movilidad. No disimulaba que el motivo esencial de su conducta era el
espíritu de lucro a la larga, y, en todo caso, la satisfacción de su
propio interés. Constituía un espécimen típico del hombre del litoral
mediterráneo, y en el trato de gentes adoptaba la norma semítica del
igualitarismo. Tuteaba a cualquiera a poco de hablarle, y se conducía
con gracioso desparpajo, aun ante personas muy respetables por la edad,
la dignidad, el gobierno o el mérito, las cuales, por lo general,
celebraban el desenfado del joven. A los pocos meses de estar en
Madrid entraba y salía en escenarios, ministerios y redacciones como
en su misma casa, y a los pocos minutos después que llegó al comedor
de Angelón, hablaba con este, Verónica y Apolinar como si fueran
habituales camaradas suyos de holgorios, y los había visto aquella
noche por vez primera. Lo mismo hizo con Pilarcita, la hermana de
Verónica, y su madre, que llegaron un cuarto de hora detrás de él.
Venía la vieja con firme resolución de pedir dinero a Angelón, y así la
vieja como la niña traían las tripas en ayunas. Pilarcita se precipitó
a arrebañar los despojos de comida que en la mesa quedaban, y bebió
dos vasos de vino, el cual subió al instante a encenderle el rostro
y alindárselo, y ya de suyo era muy lindo; pero estaba algo anémica
a causa de la falta de alimentación y de la edad crítica por que
atravesaba, y su color era de ordinario triste y amarillento.
Bériz se aplicó al punto a requebrar a la muchacha y acercarse a ella
cuanto podía, a lo cual correspondió Pilarcita con muchos dengues y
fingidos desdenes y ojeadas fugitivas, por donde a las claras daba a
entender que el joven le gustaba.
Aunque hostigada por el hambre, la vieja no sabía cómo arreglárselas
para pedir dinero, y así tomó a Verónica de intermediaria, y en un
descuido, teniéndola aparte, la conminó a que ella lo pidiese;
Verónica, a su vez, endosó el encargo a Alberto, que se prestó a
cumplirlo de buen grado.
--Después del gasto de la comida no me quedan sino siete pesetas
--respondió Angelón.
--Pues déselas usted.
--Justo, ¿y mañana?
--Mañana, Dios dirá; es su frase de usted.
--Tome usted cinco y déselas.
Alberto trasladó las cinco pesetas a la mano de Verónica y esta a la
de su madre. La vieja quería protestar de aquella mezquindad, o cuando
menos llevarse a Verónica:
--Hija, te vienes conmigo esta noche, con cualquier pretexto, y así,
que entre en celos y suelte la mosca. A lo mejor no le has dicho que
estamos muy apuradas, porque, cuidao, ties una asaura que te cuelga,
Veri. Nada, que hoy te vienes con nosotras.
--¡Quia! Me paece a mí que usté está chalá, madre.
--¿A que te ha dao dinero a ti y te lo has gastao en trapos o en
perfumes?
--No es por ahí, madre.
--Vaya, que no me cabe en la cabeza, un señorón como él.
Verónica se apartó de la vieja y fue a colocarse entre Bériz y
Pilarcita, interrumpiéndoles la cháchara, porque suponía que Alberto,
aunque lo disimulase, sufría en aquella coyuntura resquemor de celos.
Llamaron a la puerta, salió Angelón a abrir y a poco apareció de nuevo
acompañado de Juan Halconete, cogiéndole del brazo. La figura, el aire,
el rostro, orondo y rubicundo de Halconete tenían abacial prestancia.
Saludó, inclinándose en los umbrales, con ruborosa y sonriente timidez,
y luego avanzó hasta Alberto y se sentó al lado suyo.
--He encontrado a Tejero en la calle de Alcalá y me ha dicho que
estaba usted algo enfermo. ¿Qué es ello?
--Nada, realmente.
--Me alegro. Conque un mitin, ¿eh? Este Tejero es hombre de grandes
arranques. Nada menos que va a salvar a España. En verdad que me deja
perplejo este joven... Por lo pronto, no se contenta con menos que con
exterminarnos a todos los que somos conservadores.
--Usted no es conservador.
--Lo soy, y convencido.
En el rostro de Halconete había siempre singular combate entre la boca,
demasiadamente pequeña y una sonrisa sutil que pugnaba, sin cejar, por
abrirla y distenderla; y era esto de manera tan sugestiva y paradójica,
que hacía pensar en esos chicuelos que conducen por la calle un gran
perro atado con un cordel, y el perro tira de un lado, el chico de otro
y andan en un vaivén que amenaza romper la cuerda. Cuando la cuerda
rompía, muy de tarde en tarde, Halconete dejaba en libertad, repartida
en varios tiempos o saltos, una carcajada opaca.
--Usted no es conservador o se cansará muy pronto de serlo. Me
explicaré. Yo creo que todas las cosas, así de la materia como del
espíritu, en último análisis, quedan reducidas a tres términos o a tres
dimensiones. De aquí viene, sin duda, la existencia de una trinidad en
la mayor parte de las religiones y el suponer al número tres dotado de
virtudes místicas. La política es el arte de conducir a los hombres.
Ahora bien; se puede creer, primero, que el hombre es fundamentalmente
malo y no tiene remedio; segundo, que es fundamentalmente bueno, y
los malos son los tiempos o las leyes; tercero, que no es lo uno
ni lo otro, sino un fantoche, o por mejor decir, que es tonto.
Según se adopten uno de estos tres postulados, se es en política,
primero, conservador; segundo, liberal, y tercero, arribista, como
ahora se dice. Claro que en España la grey política se compone casi
exclusivamente de arribistas, o sea, hombres que juzgan tontos a los
demás y no piensan sino en medrar, como quiera que sea. También pienso
que hay conservadores de buena fe, y a estos la lógica les impone como
único instrumento de gobierno el palo y tente tieso. No niego que
haya uno que otro liberal; pero no se mezclan en la política activa,
y así va el partido. Si del hombre en particular pasamos al universo,
cuya expresión es el arte, se puede creer que el mundo es malo, que
el mundo es bueno o que el mundo es tonto; es decir, tenemos el arte
melodramático, el arte trágico y el arte humorístico. Pues yo digo, y
perdóneme la franqueza, que usted no puede ser conservador sincero,
como no puede ser un urdidor de arte melodramático, sino, en todo caso,
un poco arribista en política y un mucho humorista en arte.
Halconete y Alberto estaban en un ángulo del comedor, alongados un
trecho del resto de las personas, de manera que estas no podían oír lo
que ellos entre sí hablaban. Cuando Alberto dio fin a su disquisición,
Ríos, Bériz y Apolinar corrían la mesa a una parte, dejando libre el
centro de la pieza. Halconete parecía observar la maniobra con mucho
interés.
--¡Y ahora a bailar, niña! --jaleó Angelón, golpeando una botella con
un cuchillo.
Apolinar se había sentado en una actitud inverosímil, con la rabadilla
tangente al borde del asiento, y las posaderas avanzando en el aire,
que no parecía tener base segura de sustentación, y aún hizo más, que
fue levantar una pierna y apoyarla por el tobillo en la rodilla de la
otra, enhiestar el torso cuanto pudo, derribar hacia atrás la cabeza,
batir palmas y castañuelear con los dedos, y arrancarse a canturrear
por lo jondo.
Pilarcita salió al centro de la estancia y comenzó a marcarse un tango
que la madre comentaba con suspiros, enarcamientos de cejas y elevación
extática de las pupilas.
--¡Qué niña! ¡Cómo pespuntea! --insinuaba la vieja, volviéndose a mirar
a los concurrentes, como solicitando alguna prueba de aprobación,
que todos otorgaron con prodigalidad, menos Verónica y Halconete,
que era hombre muy callado y tímido. Pero, a pesar de su silencio y
circunspección, Halconete era, de todos los allí reunidos, el que más
refinada emoción recibía viendo bailar a Pilarcita.
Bériz mostrábase evidentemente encalabrinado por obra y gracia de
la joven, y esta, mareada de aclamaciones y jaleos, saltaba, reía y
retozaba aquí y acullá, y al fin, volviendo al centro de la pieza diose
a girar y girar sobre las puntas de los pies, hasta que las faldas se
desplegaron al aire a modo de hongo o paracaídas, de suerte que dejaban
en descubierto los blancos pantaloncillos, y las piernas, calzadas de
negro, sutilísimas, maravillosas.
Alberto observaba más a Halconete que a Pilarcita. Estaba Halconete
con entrambas manos apoyadas sobre el puño del bastón; el aire de su
persona era más abacial que nunca. Recordaba a aquellos pulidos abades
de otro tiempo, doctos en Humanidades y meticulosos catadores de la
vida y sus más recónditos placeres. Sus ojos, entre azules y violeta,
eran, como el acanto de Plinio, dulces y casi fluidos, y se entornaban
ahora para mirar a Pilarcita con gesto de suma voluptuosidad.
Observando a Halconete, Alberto vino a caer en que había una cuarta
postura frente a la vida, además de las que él había enumerado: se
puede creer que el mundo es malo, o que es bueno, o que no es lo uno ni
lo otro, sino tonto, y también se puede no preocuparse de cómo es, sino
simplemente de que es, y por ser, gozarse en su existencia, sentirse
vivir, decorar el presente con las más suaves fruiciones, o sea,
contraer la obsesión del tiempo que corre. Esta cuarta postura engendra
una estética y una ética peculiares y lleva consigo el sentimiento así
de una gran ternura por lo huidero, fugitivo, frágil y momentáneo, como
de una gran afición a aquello a que el tiempo no hace menoscabo, antes
lo enaltece y mejora; en suma, el gusto de los amigos viejos, de los
libros viejos, de los viejos vinos, tres cosas que ganan con los años,
y de las adolescentes hermosas, lo más efímero de la tierra: gustos los
cuatro que siempre han sido característicos del buen epicúreo.
--¡Estas cendolillas! --exclamó Halconete con acento algo agitado.
(Cendolilla, mozuela de poco juicio.)
Nuevos golpes a la puerta y segunda aparición de Teófilo. Venía lívido.
--Qué sorpresa... Nunca pude imaginar que volvieras --dijo Alberto.
Teófilo livideció más aún; pensó: «Ya se ha descubierto.» Y balbuceó:
--¿Por qué?
--Porque has estado aquí esta tarde...
Después de saludar a los presentes llamó aparte a Alberto. Preguntó:
--¿Qué ha dicho Antón Tejero?
--¿De qué?
--No disimules, porque necesito saberlo cuanto antes.
--¡Ah, ya! ¿Del mitin? Pues, muy bien. Leímos tu nota y Tejero dijo que
venías que ni pintado para ocupar la casilla del orador-poeta. ¿Te ha
picado también a ti la tarántula política?
Teófilo pensó: «Este no sabe nada, porque no es posible que sea tan
zorramplín y ladino.» Habló en voz alta:
--Dime, ¿llegó Angelón antes de que se hubiera marchado Tejero?
--Sí; algún tiempo antes. ¿Por qué lo preguntas? ¿Por si se ha enterado
de lo del mitin?
--Justo --y pensó: «Quizás haya cargado él con el mochuelo.»
--Es tarde y yo me voy con Pilarcita --dijo la vieja, poniéndose en pie.
--Y yo les acompaño a ustedes hasta su casa --añadió Bériz.
Despidiéronse. Bériz, a tiempo que daba la mano a Halconete, insinuole
en voz bisbiseada este pronóstico:
--A la niña me la beneficio yo, si Dios quiere.
Poco después de la vieja, la niña y el mancebo levantino, Halconete se
marchó también, y Apolinar. Más tarde salieron Angelón y Verónica a
tomar el aire y quedaron a solas Teófilo y Alberto. Habló este:
--Estoy fatigado, Teófilo. Voy a mi alcoba y me acostaré en unos
minutos. No pienses que lo digo por que te vayas; es que no me siento
nada bien.
--Tengo que irme yo también, en unos minutos, así que te haga una
pregunta --la pregunta de Teófilo concernía al sastre.
Alberto echó a andar hacia su alcoba; Teófilo le seguía.
En la mesa de noche había un retrato de mujer, reclinado en el muro, y
más arriba un papel manuscrito, sujeto con alfileres.
--¿Es tu novia?
--Sí.
--Es bonita. ¿Qué dice este papel?
--Son unas palabras de Goethe, que traducidas, dicen así: «Todos los
días se debe por lo menos oír una pequeña canción, leer una buena
poesía, ver un buen cuadro y, si fuera posible, decir algunas palabras
razonables.»
--Para no perder el día, claro está.
--Según Goethe.
Teófilo se recogió a recordar:
--Pues yo no he perdido el día. Todo eso hice y algo más.
--Yo no hice nada de eso.
Teófilo se acercó al papelillo:
--Pues aún hay más aquí: «Día sin haber reído, día perdido» --Teófilo
hizo por recordar de nuevo--. Si ello fuera verdad, que no lo es, he
perdido el día, y aun semanas y meses...
--¿Qué era la pregunta que querías hacerme?
Teófilo refirió la aventura con el sastre, modificando por supuesto la
cifra de pesetas, las cuales dijo haber recibido de un rico paisano
suyo y admirador con quien por ventura había tropezado en la calle, y,
por último, sus temores de que el ladino alfayate se quedara con el
santo y la limosna.
--No pases ninguna inquietud, Teófilo. Si mañana salgo yo iré a verlo y
hablarle. Si no mañana, el primer día que salga. No te apures.
Retirose Teófilo y Alberto se encontró, por fin, solo, cruzado de
brazos, frente a un retrato inanimado y gris, triste trasunto de una
juventud que allá en el Norte, entre neblina y silencio, se consumía
sin fruto, como también la de él se iba consumiendo poco a poco.