VIII

Desde la calle de Jacometrezo hasta el número 30 de la de Fuencarral,

esto es, desde su vivienda a la de Alberto, Teófilo atravesó, a tiempo

que caminaba, tres ciclos de pensamientos.

El primero fue el ciclo amoroso. Nunca había sido afortunado en

amores. Entre los lejanos amoríos con su prima Lucrecia, pasatiempo

de mocedad y no otra cosa, y los tiernos amores con Rosina, a cuantas

mujeres había galanteado, ora en tono lírico mayor, madrigalizando,

como decía él, ora a la manera corriente y moliente del común de los

mortales, se le habían reído de sus versos, sus cuitas y su persona.

No se tenía por un dechado de belleza física, ni mucho menos; pero

como no era repulsivo, y en compensación consideraba muy por alto sus

dotes naturales de inteligencia y sensibilidad, creíase un ejemplar

de hombre apto por raro modo para inspirar pasiones y ser de ellas

víctima. Entró, pues, en la vida, imbuido de tales ilusiones. Pero

tantos descalabros hubo de sufrir que llegó a persuadirse de que en

las operaciones bursátiles del amor la inteligencia no se cotizaba.

Sin embargo, aun cuando hacía tiempo que había renunciado a que se le

amase por su rostro y talle, no se resolvía a renunciar a que algún

día se le amase y venerase por sus talentos y buenas cualidades del

sentimiento. Tropezó con Rosina, la amó y ella le correspondió. Y,

¡extraño fenómeno!, ahora Teófilo daba por sentado que Rosina lo

quería, no por poeta, sino por gustar de él, como hombre, más que del

resto de los hombres. Si algún amigo, o la propia Rosina, le hubieran

dicho «esa mujer te quiere porque te considera gran poeta, y un poco

también por simpatía a que tu pobreza le mueve», Teófilo recibiera al

oírlo el desencanto y amargura mayores de su vida.

Avanzaba por la oscura calle de Jacometrezo con el corazón henchido de

sollozos y de afán. Perder a Rosina y dejar de existir era todo uno.

¿Qué había sido su pobre vida anterior sino ansiedad no satisfecha,

purificación por el fuego de la adversidad y de la vergüenza,

preparación espiritual para esta nueva etapa de transportes cordiales

y gozo pleno; es decir, de vida verdadera? Perder a Rosina y dejar de

existir sería todo uno. Estaba salvajemente resuelto a no perderla, a

hacerla suya, costase lo que costase.

En la Red de San Luis Teófilo hubo de detenerse, en tanto pasaban

algunos coches. Eran la mayoría coches de lujo y, según pasaban,

Teófilo veía damas y caballeros repantigados en el interior. Por un

momento se imaginó a sí mismo con Rosina a su lado, volviendo de la

Castellana en coche propio, mejor en un auto, y esta fue la brecha

por donde se metió en el segundo ciclo de pensamientos. Pensó: «Sí;

el mundo es bueno, la vida es hermosa... Tiene razón ese animal de

Santonja...» Y luego, acordándose de las personas ricas que había visto

repantigadas dentro de los carruajes: «Esos brutos, bien comidos, bien

bebidos, bien vestidos, ¿qué derecho tienen a la vida y a la fortuna?

Vidas sordas, embotadas, absurdas... El que carece de inquietudes y

necesidades espirituales no tiene derecho a la vida.» Para Teófilo la

necesidad espiritual por antonomasia era componer versos alejandrinos.

No tenían derecho a la vida sino los poetas. Este postulado le sirvió

de trampolín, desde donde saltó al tercer ciclo de pensamientos, un

ciclo encantado y luminoso que gobiernan con graciosa liberalidad dos

hermanas mellizas: Ilusión y Esperanza. Ocurriósele de pronto, o por lo

menos él pensó que se le había ocurrido, el asunto de un drama poético.

El héroe: un juglar de humilde cuna que escala el trono e impone

deleitable tiranía de rimas y rosas. Tesis: la humanidad no existe por

y para sí propia, sino como pretexto, como abono, se pudiera decir en

puridad, que alimente al lirio, que vale tanto como decir al poeta, a

quien Dios adornó de hermosura y armonía, pues no otra cosa es sino

verbo divino, encarnado en forma mortal. El lugar de la acción: dudaba

si decidirse por la Provenza del Medioevo o la Italia del Renacimiento;

la elección la aplazó para más en adelante. Como el drama poético lo

probable y aun lo seguro era que le saliese un dechado, las empresas,

así que de él recibieran noticia, se lo habían de disputar. Teófilo

veía ya el dinero entrándosele a espuertas por casa, y en logrando

holgura y vagar sosegado, nuevos dramas habíanle de brotar a boca que

pides, que nada hay tan fecundo para las cosechas del ingenio como la

lluvia de oro. Y según subía las escaleras de la casa de Angelón, iba

diciéndose: «Qué necedad, no haber dado hasta ahora en lo del teatro,

que es lo único que produce dinero.»

Llamó a la puerta. Le salió a abrir Alberto y entrambos pasaron al

gabinete en donde Verónica estaba.

--Qué suerte la tuya, Verónica. Aquí tienes a tu ídolo. ¿No entiendes?

El poeta Teófilo Pajares.

Verónica se puso como la grana. Deseaba examinar a su entero talante

las particularidades físicas y apariencia corporal del poeta bohemio,

pero no se atrevía aún.

--Es una desaforada admiradora tuya, Teófilo. No hace una hora

todavía, me recitaba un soneto tuyo, algo así como un autorretrato

psicológico.

--Aquello que comienza: _soy poeta embrujado por rosas lujuriosas..._

--murmuró Verónica, cohibida.

--Pss. Es un soneto que escribí al correr de la pluma, por ganarme diez

duros: cincuenta pesetas de lirismo.

Teófilo dejaba caer las palabras como el árbol demasiadamente

enfrutecido deja caer el fruto, con absoluta indiferencia. Aparte

de que le envanecía sobremanera que alguien se tomase la molestia

de aprender de memoria sus versos, necesitaba en aquellos momentos

aparecer en posesión de su valer y un poco descuidado y desdeñoso hacia

la gente, porque tal se le antojaba el mejor diapasón para dar un

sablazo y acoquinar un tanto al sableado.

--¿Qué te trae por aquí? Hace un siglo que no nos vemos. ¿Cómo sabías

mi domicilio?

--Ángel Ríos me dijo que vivías con él, y que estabas un poco malucho.

Pues, me dije, voy a visitar a ese...

--¿Qué te haces? ¿Trabajas?

--Pss... Tengo un drama casi concluido. Tres actos. Me faltan algunas

escenas del último. Ya he leído los dos primeros a la Roldán y Pérez de

Toledo. Me invitaron un día a almorzar, y de sobremesa, la lectura. Les

gustó enormemente. Figúrate que cuando comencé a leer estaba la Roldán

en un butacón, en una esquina de la pieza, y su marido en otra esquina.

Yo iba leyendo, leyendo, metiéndome en situación, hasta olvidarme de lo

que me rodeaba. Concluyo de leer, vuelvo en mí, como quien dice, y me

veo a la Roldán y Pérez de Toledo, uno a cada lado mío, echados sobre

la mesa y bebiéndome materialmente con los ojos. Los había hipnotizado.

También Verónica sentía los primeros síntomas de la sugestión hipnótica.

--Si yo me atreviera... --balbuceó Verónica.

--Yo me atrevo por ti, Verónica, porque te he adivinado. Verónica

desearía que vinieras a leerle lo que llevas del drama, y yo te suplico

que la complazcas.

--Es el caso que tengo tanto que hacer...

--Hombre, dos horitas, mañana por ejemplo..., bien puedes dedicárselas.

Te anuncio que no puedes hallar mejor crítico, y si tienes ojos en la

cara las observaciones de Verónica te serán de mucho provecho.

Alberto sabía que el drama de Teófilo y las circunstancias de su

lectura eran pura patraña o cándida ilusión.

--Cállate tú, que eres un tío frescales --comentó Verónica, quien por

desahogarse del respeto que Teófilo le imponía sentíase arrastrada a

tratar a Alberto con extrema llaneza--. No le haga usté caso, yo soy

una tonta y no merezco que usté se moleste; pero si usté fuera tan

amable...

--¿Cómo no lo va a ser, siendo poeta?

--No veo la relación, querido Alberto...

--Hombre, amable es lo digno de ser amado. En este sentido no creo que

haya nada más amable que un poeta. ¿No piensas tú lo mismo, Verónica?

Como que poco le falta ya a Verónica para enamorarse de ti.

--¡Calla, loco, calla! --rogó Verónica, en las últimas lindes de la

turbación.

--Y dime, Teófilo. ¿En qué época histórica has emplazado el drama?

--En la Italia renacentista-- respondió Teófilo, muy aplomado.

--¿Y en qué ciudad?

--¿En qué ciudad? --Teófilo vaciló un momento--. En Milán.

--No me parece una ciudad tipo del Renacimiento pero... Ya ves, Renán,

en su _Calibán_, coloca la acción también allí. ¿Y qué obras te han

ayudado principalmente para darte el espíritu de la época, detalles

episódicos y de fondo, etc., etc.?

--¿Qué obras? --Teófilo se amoscaba--. Pues varias obras: _La Divina

Comedia_, el..., la..., varias obras. Cualquiera se acuerda.

--Di más bien que no te has ayudado de ninguna. Tú no conoces la

historia; pero, como el otro, la presientes.

--Y aunque así fuese, ¿qué? Poeta y vate son lo mismo, y vate quiere

decir adivino. Las cosas no son como son, sino como el vate quiere que

sean o hayan sido. La naturaleza y la vida obedecen a la ley que el

vate les impone.

--Pero no el dinero, y eso que es cosa de la vida.

Teófilo hizo como que no había oído, y algo pálido, continuó:

--Shakespeare está plagado de anacronismos. Ahora os ha dado a unos

cuantos por machacarnos los oídos con la canturria de la cultura;

cultura, cultura, ¡puaf!: una cosa que tienen o pueden tener todos los

tontos y que es cuestión de posaderas.

--No te acalores, Teófilo. Puesto que has colocado la cuestión en

sitio tan plebeyo, ajustándome a tu tono te pregunto: ¿Crees que te

vendría mal un baño, aunque sea de asiento, de cultura? Permíteme por

un momento que sea un poco pedante. Sabes, y si no lo sabías lo vas a

saber ahora, que cuando el traidor Bellido Dolfos mata al rey Sancho

y huye a guardarse dentro de los muros de Zamora, el Cid cabalga para

darle alcance; pero no lo logra porque se le había olvidado calzarse

las espuelas, y entonces maldice de los caballeros que no llevan

siempre espuelas. Querido Teófilo, créeme que Pegaso es el rocín más

rocín, tirando a asno, cuando el que lo cabalga no lleva acicate, y el

acicate es la cultura.

--Me hallo muy a mi gusto siendo como soy. Cualquier cosa antes que dar

en esas metafísicas y sandeces que ahora son uso entre algunos jóvenes.

--A lo primero te respondo que no te hallas muy a tu gusto, sino que,

aunque te obstines en no declararlo, vives muy mal a gusto, no a causa

de la falta de dinero, que a todos nos aqueja, sino contigo mismo. Y

en cuanto a lo segundo, haces bien en no querer caer en el defecto

contrario del que tú tienes. Unos, como tú, porque no tienen por carga

espiritual sino su experiencia propia; otros, porque la carga es

mazacote de libros e infatuación escolástica, sin ninguna experiencia

personal de la vida; cuándo porque se ha ido a babor, cuándo a

estribor, sois como barcos mal estibados que al menor temporal zozobran.

--Pamplinas, Alberto.

--Dispensa que te haga una pregunta.

--A ver.

--¿De dónde eres?

--De Valladolid.

--¿Tienes parientes en algún pueblo de tierra de Campos ú ocasión de

irte a vivir allí?

--Sí, ¿por qué?

--¿Por qué? Porque viviendo de verdad en el campo harás buena poesía.

Deja a Madrid, hombre. ¿Qué haces aquí, como no sea corromperte y

anularte? ¿No te dice nada el ejemplo de Enrique de Mesa, de Gabriel y

Galán y, sobre todo, de Unamuno, el mejor poeta que tenemos y uno de

los más grandes que hemos tenido?

--Será para ti, y Dios te conserve la oreja.

--Y a ti Dios te la otorgue y algo más.

--Bueno, yo venía a hablarte de un asunto de importancia.

--Estoy a tu disposición.

--Es reservado.

Alberto guió a Teófilo hasta el comedor.

--¿Qué es ello?

--Necesito que me prestes cincuenta duros. Es asunto de vida o muerte

para mí.

--No los tengo.

--No me los quieres prestar. Te figuras que no te los he de devolver.

En último término, si te parece mucha la cantidad, con treinta quizás

pueda arreglarme.

--No tengo un céntimo, Teófilo.

--Es decir que si te pidiera una peseta para comer me la negarías. Y

todo porque te he dicho lo de la oreja.

--No seas niño, Teófilo. Supones que tengo dinero y estoy como tú, si

no peor. No tengo un céntimo, créaslo o no lo creas. Pídeme todo lo

que tengo si lo necesitas para empeñar y te lo daré; pero no tengo un

céntimo. ¿No me crees?

--Pero tendrás a quien pedirlo.

--A nadie.

--No sabes en qué caso estoy, Alberto. Me matas --el acento de Teófilo

se cortó, como si fuera a llorar.

--¿Tan apurado es?

--De vida o muerte, ya te he dicho.

--¿Puedo saberlo?

--¿Por qué no? Una mujer... --comenzó Teófilo, con voz desmayada y rota.

--¡Bah! Una cualquiera que pretende sacarte los cuartos.

--¡No digas insensateces! --Teófilo se encrespó--. Es mujer que no

necesita de mi dinero. Estoy loco por ella, y ella parece que me

quiere. A mí no me ha querido nunca nadie, nadie... ¿Crees que cuando

he deseado la muerte en mis versos eran literaturas? Nadie, nadie...

En cambio yo no he querido nunca mal a nadie, te lo juro, lo que se

llama querer mal. Y tengo tesoros de ternura en mi corazón que no he

podido derramar nunca; y ahora, ahora que llega el momento, ya ves...

he de hacer el ridículo. Y ¿qué amor hay que resista al ridículo? ¿No

comprendes?

--Sí, comprendo, Teófilo. Aguarda un momento y discurramos con calma.

No te acongojes, hombre --Alberto estaba un poco enternecido--. Una

mujer decente, ¿eh?

Teófilo dudó un momento.

--Sí.

--No, no; di la verdad.

--Es... una _cocota_; pero es un ángel. Pero, ¿no comprendes?

--Claro que comprendo. Tú qué piensas, sinceramente, ¿que se ha

enamorado de ti como poeta o como hombre?

--Como hombre --afirmó Teófilo--. Te repito que es un ángel. Habíamos

concertado un viaje... Nos queremos como dos niños. No ha habido aún

ninguna impureza en nuestro amor --y con una transición que a poco hace

reír a Alberto--: Si pudieras darme una carta para tu camisero y tu

sastre...

--Sí; te las escribo ahora mismo. Y en cuanto al dinero del viaje...

No me atrevo a esperanzarte, porque, mi palabra de honor, mis amigos,

aquellos a quienes en confianza pudiera pedir dinero, están tan

tronados como yo.

Teófilo estrechó efusivamente las manos de Alberto.

--Vamos al gabinete.

Alberto escribió las cartas. Después hablaron unos momentos. Se oyeron

unos golpes en la puerta.

--Oye, Alberto, si es algún conocido pásalo a otra habitación. No tengo

deseos de ver a nadie.

Quedaron a solas Verónica y Teófilo. Llegaban desde el comedor la

voz de Alberto y de otra persona, y se podía seguir el curso de la

conversación.

--¿Quién es? ¿Le conoce usted por la voz?

--Sí, es Antonio Tejero, Antón Tejero le dicen, ¿no has oído hablar de

él?

Teófilo tuteó a Verónica considerándola mujer de baja condición.

La muchacha, atribuyéndolo a afectuosidad, viose colmada de tanto

agradecimiento que no acertó a abrir los labios.

La voz de Alberto:

--Si no tiene usted mucha prisa deje usted el gabán en el perchero.

La voz de Antón:

--Sí, lo voy a dejar, porque pesa de una manera horrible. Figúrese,

¿sabe usted lo que es esto?

La voz de Alberto:

--Parecen dos salchichones.

La voz de Antón:

--Pues son dos paquetes de cien pesetas, en duros. Vengo de cobrar la

nómina en la Universidad, y me han cargado, que quieras que no quieras,

con doscientas pesetas en plata. Bueno; lo dejaremos en el perchero.

Supongo que estará seguro, ¿eh?

La voz de Alberto:

--Naturalmente.

Doscientas pesetas... Teófilo hincó los codos en las piernas y hundió

el rostro entre las manos. Las fuerzas se le huían. La lógica de la

realidad exigía de Teófilo que hurtase las doscientas pesetas. Según

su conciencia, un robo, dadas sus circunstancias, no era acción

reprobable; antes bien, de arcana justicia trascendental, como si

Dios en persona le brindase al alcance de la mano y en tan apretado

trance aquel socorro de las doscientas pesetas, como compensación de

mil amarguras y privaciones pretéritas. Era justo que se apropiase

el dinero; pero no se determinaba en ello: le faltaba valor. «¡Qué

asquerosamente cobarde soy! Yo tampoco tengo derecho a la vida», se

dijo.

Verónica, entretanto, no apartaba de Teófilo los ojos. Lo escudriñaba,

examinándolo de arriba a abajo, y no se resolvía a decidir que fuese

una persona tejida con la misma estofa burda del resto de los hombres.

Hasta la absoluta ausencia de ella en que Teófilo se mantenía, como

si realmente la muchacha no existiese, era para Verónica muestra

inequívoca de grandeza, digna de veneración. Verónica hubiera dado

media vida porque Teófilo le otorgara el honor, que ella no merecía, de

hablarle con simpatía y afecto. En suma, estaba tan absorta en el culto

de Teófilo, que no paraba atención alguna en lo que hablaban los otros

dos hombres, en el comedor.

Por incógnitas razones, una palabra de Tejero vino a herir el oído de

Teófilo y a sacarle de sus meditaciones. Enderezó el torso, y, a pesar

suyo, fue siguiendo el curso de la conversación entre Antón y Alberto.

La voz de Tejero:

--Sí, un mitin. Los jóvenes tenemos el deber moral de hacer política

activa, Alberto, de pensar en los destinos de la patria. Toda otra

labor es estéril si no se ataca lo primero el problema de la ética

política. La última crisis ha sido bochornosamente anticonstitucional

y avergüenza pertenecer a una nación que tales farsas consiente. Y

luego, ¡qué Gabinete el nuevo! Las heces de la inmoralidad pública.

Ese don Sabas Sicilia, un viejo cínico y corrupto, como todos saben,

acusado de negocios impuros en connivencia con el erario del Estado...

La podre de la podre. Y los demás del mismo jaez. Quiero que celebremos

un mitin los jóvenes. Usted tiene que hablar. Buscaremos algunos más;

por supuesto, sin tacha en la conducta. ¿No le parece bien que haya

un orador para representar cada orden de actividad intelectual? Un

novelista, por ejemplo, un poeta, un crítico..., etcétera, etc. Que

vean que la juventud es antidinástica, limpia y peligrosa.

Teófilo pensó: «¿Cómo he podido ser tan miserable y flaquear ante la

tentación de tan ruin delito? Una ratería... ¡Si mi madre pudiera

adivinar!...» El corazón se le dilató, colmado de un vapor tibio y

ascendente, carne ingrávida y efímera de una nueva quimera. «Un joven

español no tiene porvenir como no sea en la política.» Y Teófilo

imaginábase ya conduciendo, por la virtud de su elocuencia, vastas

muchedumbres, con la misteriosa agilidad con que el viento conduce

rebaños de nubes. Se acercó a la mesa, y en un trozo de papel escribió

con lápiz:

«_Querido Alberto: He oído lo del mitin. Me parece una bella idea.

Es hora que la juventud tenga un gesto bello. ¿Queréis aceptarme

como orador-poeta? Espero que sí. Me prepararé lo mejor que pueda.

Avísame el día. Ocurre también que por razones privadas_ (como no

estaba seguro de la ortografía de _privado_ trazó a mitad de la

palabra un tipo mixto entre _b_ y _v_) _aborrezco al viejo cipote

teñido: aludo a don Sabas Sicilia. Te dejo esta nota porque llevo

mucha prisa y no puedo detenerme. Un abrazo,_

Troteras y danzaderas: Novela · 第 31 / 72 题