II

Habíanse entrado en la portería el señor Emeterio y la señá Donisia

cuando se oyeron grandes y majestuosas voces llamando al marido y a la

mujer. Acudieron estos al lugar de donde las voces partían, para lo

cual hubieron de atravesar un pasadizo que daba a un angosto patizuelo;

en él, una puerta con dos escalones, y por ella se entraron a una

pequeña antesala y luego a una ancha pieza, con vidrieras a un costado

y en el techo a modo de estudio de pintor. Estaba esta pieza atalajada

con pocos y vetustos muebles de nogal denegrido; un arcón tallado,

sillones fraileros, y en el respaldo de uno de ellos una casulla, una

mesa de patas salomónicas trabadas entre sí por hierros forjados, un

velón de Lucena, algunos cacharros de Talavera y Granada, una cama

con colcha de damasco de seda carmesí, y en la cama un hombre flaco,

barbudo y sombrío. A la primer ojeada, este hombre ofrecíase como el

más cabal trasunto corpóreo de Don Quijote de la Mancha. Luego, se

echaba de ver que era, con mucho, más barbado que el antiguo caballero,

porque las del actual eran barbas de capuchino; de otra parte, la

aguileña nariz de Don Quijote había olvidado su joroba al pasar al

nuevo rostro, y, aunque salediza, era ahora más bien nariz de lezna.

Estaba el caballero sentado en la cama, con una pierna encogida y la

rodilla muy empinada, haciendo de pupitre, sobre el cual sustentaba

un cartón con una cuartilla sujeta por cuatro chinches. Con la mano

derecha asía un lapicero. Despojose con la izquierda de las grandes

gafas redondas, con armazón de carey, y miró severamente al matrimonio.

Sin embargo, sus ojos, fuera por sinceridad, fuera por condición de la

miopía, delataban gran blandura de sentimientos.

--¿Me quiere usted decir, Dionisia, a qué obedece el escándalo que

usted ha movido en las escaleras? ¿No sabe usted, mujer, que no puedo

trabajar si hay ruido? ¿Quiere usted obligarme a que busque nuevo

alojamiento a cien leguas de su desordenada vocinglería? --habló el

caballero, con un tono semejante al de un actor joven representando un

papel de arzobispo.

--¡Por Dios, señorito! --rogó el señor Emeterio.

--¡Por Dios, don Alberto! --suplicó la señá Donisia con extremada y

dolida humildad.

Marido y mujer acercábanse siempre a don Alberto poseídos de medrosa

devoción. Lo amaban como el perro ama al hombre y el hombre ama a Dios,

como a un ser a medias familiar y a medias misterioso.

* * * * *

Don Alberto del Monte-Valdés, como los españoles de antaño, había dado

los nerviosos años de la juventud a las aventuras por tierras de Nueva

España, en cuyo descubrimiento y conquista, al decir de don Alberto,

habían tenido gloriosa parte antepasados suyos. Acercábase a la mitad

del camino de la vida cuando retornó a la metrópoli y cayó en la villa

y corte, luciendo extraña indumentaria y anunciando la buena nueva de

un arte extraño. Los transeúntes reían de su traza; los cabecillas

literarios hostilizaron con mofas sus escritos. Monte-Valdés, como

haciéndose fuerte en un baluarte, entonó la vida conforme a una pauta

de orgullo, mordacidad y extravagancia, que tales eran los tres ángulos

de su defensa contra burlas, insidias y rutinas ambientes. Algunos

escritores mozos le seguían y remedaban. Y a todo esto, el escaso

dinero con que había llegado a Madrid andaba a punto de consumirse. No

conseguía publicar ningún artículo en los periódicos, y si por acaso

alguna revista de poco fuste se lo acogía, no se lo pagaba, como no

fuera en elogios. Habiéndose reducido su caudal a dieciséis duros mal

contados, caminaba cierto día sin rumbo por las calles, considerando

lo que darían de sí y el tiempo que tardaría en ganarse otros

dieciséis, cuando un corro de apretada gente, al pie de una casa a

medio construir, le atrajo la atención. Abrió brecha entre los mirones

a codazos y descubrió en el centro un hombre lívido y quejumbroso,

yaciendo en tierra. Dos personas parecían prestarle auxilio y

examinarlo. Trajeron una camilla y en ella acomodaban al herido a

tiempo que Monte-Valdés, llegándose al lugar de la escena, interrogó a

una de aquellas dos personas, que resultó ser médico:

--¿Qué ha ocurrido?

Monte-Valdés, como Don Quijote, suspendía a quien por primera vez

hablaba, con una emoción entre imponente e hilarante. El médico

examinó despacio al advenedizo, se encogió de hombros y respondió

despegadamente:

--Nada; ya lo ve usted. Un albañil que se ha caído del andamio. Nada.

--¿Cómo que nada? --rezongó a lo sordo Monte-Valdés, sacudiendo barbas

y quevedos.

El médico volvió a examinar al intruso, pensando si estaría loco. Y

habló de nuevo, esta vez con cortesía:

--Digo que nada precisamente por eso, porque este _nada_ quiere decir

_todo_: quiere decir que el hombre quedará inútil para toda su vida,

cosa que, en resumidas cuentas le estará bien merecido, porque son unos

bestias, que no se cuidan de nada; eso, como no estuviera borracho. Y

digo que se quedará inútil porque el arreglo del brazo, que es donde

tiene la quebradura, no se puede hacer sino con un aparato ortopédico

que vendrá a costar setenta y cinco pesetas, y como él no tiene las

setenta y cinco pesetas ni quien se las dé, pues, ¡nada!

--¿Y quién le ha dicho a usted que no tiene quien se las dé? --bramó

opacamente Monte-Valdés, despidiendo centellas por los ojos. Ahora

fueron tan violentas las sacudidas de los quevedos que hubo de

afianzarlos en la nariz con insegura mano.

--Digo; como usted no las...

--Naturalmente que yo las doy.

En este punto apareció una mujer que hipaba y gemía, conduciendo de

la mano una chicuela morenucha y enclenque. El médico se acercó a la

mujer, y, en hablándole unas palabras, la mujer acudió a Monte-Valdés,

y quería besarle las manos. El escritor, con ademán y son evangélicos,

dijo:

--Mujer, no llores, que lo que hago no vale la pena. Toma los quince

duros.

La mujer quiso saber el nombre y domicilio del protector de su marido.

Resistíase Monte-Valdés, pero hubo de ceder al fin.

Una modistilla, arrastrada por ese instinto sentimental y burlesco que

es toda el alma de las madrileñas de clase humilde, gritó:

--¡Viva Don Quijote!

Y los testigos de lo acaecido, en su mayoría de pueblo bajo, hicieron

coro:

--¡Viva!

Monte-Valdés, gran enemigo de la plebe y despreciador de sus arrebatos,

huyó con ligero compás de pies. Las menestralas, que le veían de

espaldas, con su larga cabellera y extraño pergeño, lloraban de risa.

El albañil herido era el señor Emeterio; la mujer sollozante, la señá

Donisia.

A solas ya, Monte-Valdés contó el dinero que le quedaba; cuatro

pesetas y veinte céntimos. Tenía arrendado un cuarto y solía comer

en cafés y restoranes de precio módico, solo dos veces a la semana,

porque su sobriedad era tanta como las de algunos célebres españoles

de otros siglos. Es decir, que sus arbitrios pecuniarios no alcanzaban

a procurarle el sustento más arriba de una semana. No tenía amigos

a quienes acudir, ni, de otra parte, se hubiera doblegado nunca a

solicitar dineros.

Esforzábase en resolver tan intrincado problema cuando acertó a pasar

frente a la iglesia de las Góngoras. Entró en el templo, sentose en

un banco, y allí, estando con la cabeza gacha, los ojos entornados,

las aletas de la nariz dilatadas por el olor a incienso y peinándose

despaciosamente las barbas con los dedos, tuvo una revelación. Salió

confortado de la iglesia y se encaminó a una panadería, en donde compró

pan para un mes. Pan que luego conservó blando envolviéndolo en

pañizuelos, los cuales mantenía húmedos siempre, como los escultores

hacen con sus bocetos en barro. Antes de terminar el mes, y con él el

pan, Monte-Valdés colocó dos artículos que cobró a cinco duros cada

uno. Casi al mismo tiempo presentáronsele Emeterio, repuesto ya del

percance, y la mujer. Su agradecimiento y adhesión al caballero eran

tales, que a la vuelta de lagrimear y dar gracias centenares de veces,

la Dionisia habló así:

--Señorito, nosotros queremos servirle a usté, estar siempre con usté y

a sus órdenes pa lo que nos resta de vida.

--Me place. Yo no puedo vivir sino rodeado de servidumbre --y comenzó a

peinarse las barbas, signo en él de reflexión--. Pero debo advertirles

que yo soy un hidalgo pobre.

--Con usté, aunque fuese morir de hambre --afirmó decidido Emeterio--.

¡Mejor que con el Rochil!

--¡Sea! --concluyó Monte-Valdés.

A partir de este punto comenzó la época misteriosamente heroica de la

vida de Monte-Valdés, la época de la conquista: conquista de renombre

y, en segundo término, si ello viniera de añadidura, conquista de

bienestar. Y así como la enjuta Castilla de los tiempos del Emperador,

con el hambre en casa y la miseria, conquistaba el mundo lidiando por

la fe, y tanto como se le apretaban las tripas se le erguía la cabeza

ante ojos ajenos, Monte-Valdés peleaba, a su modo, por un ideal de

arte, y cuanto más recia era la escasez en casa, más se le entiesaba

y endurecía la raspa, que no la doblaba ante nadie. Solamente entre

españoles se encuentra el tipo de hombre que ha hecho compatible el

hambre con el orgullo y a quien no envilece la pobreza. No era raro que

durante aquella época de conquista Monte-Valdés permaneciera algunos

días sin salir del lecho, habiendo empeñado el único traje que poseía,

por no morirse de hambre él y su servidumbre. Y si acaso en tales

ocasiones aportaba un amigo de visita, recibíale Monte-Valdés en cama,

con afable prestancia y un como natural olvido de las humildes cosas en

torno de ellos, que no parecía sino que el lecho era estrado.

Era pendenciero, porque consideraba que en la adversidad los ánimos

nobles se enardecen. Una de sus pendencias hubo de costarle una pierna,

la derecha, que sustituyó con otra de palo. Si se le hubiera de creer a

él, de este accidente recibió gran contento, porque le hacía semejante

a Lord Byron, que también era cojo, si bien de distinta cojera.

--Lo que me duele --exclamaba a veces componiendo un gesto de

consternación irónica-- es sentirme incapacitado para aplicar puntapiés

a los galopines de las letras y no poder desbravar potros cerriles

--cosa la última que dejaba un tanto perplejo al interlocutor.

Tras muchas y ásperas campañas, la fortuna comenzó a serle amiga y el

éxito a lisonjearlo. Iba camino de alcanzar cuanto se había propuesto.

El señor Emeterio, que había dejado el oficio, y la señá Donisia,

que había incurrido en menesteres porteriles por distraerse, decía

ella, habían seguido caninamente a Monte-Valdés en todas sus andanzas

y participado, con resuelto corazón, de sus privaciones. Sentían,

además de amor, cierto orgullo reflejo por su señorito: esa jactancia

de servir a buen amo, que es la verdadera cadena y muestra visible de

todas las servidumbres. Por eso le amaban como el perro ama al hombre

y el hombre ama a Dios, como un ser a medias familiar y a medias

misterioso.

--Es que, verá usté, señorito --empezó a explicar la señá Donisia--, se

cuela un méndigo en el portal, porque talmente era un méndigo. Ya sabe

usté que el casero no quiere méndigos. Lo mismo da decir ladrón que

méndigo.

--Mendigo, mujer, y no méndigo, como ha dicho usted por cuatro veces.

--Ladrón me paece más al caso. Pues como le digo, voy y no le dejo

pasar. Pues que se arranca a decirme perrerías, y va y me da un

puñetazo en el vientre; y na, que resulta que es el chulo de la

señorita Rosa.

Monte-Valdés se peinaba las barbas. Al oír el nombre de Rosa, alargó el

brazo y dijo:

--Basta, Dionisia. Que no le oiga a usted llamar señorita a una mala

mujer. Veo que en esta casa no se puede vivir. Y como quiera que ya

vengo pensándolo hace varios días, usted, Emeterio, irá hoy a verse

con el casero y le dirá que me mudo en seguida. Yo mismo buscaré nuevo

cuarto, y ustedes, si quieren seguir sirviéndome, me acompañan; si

prefieren la portería y los gajes que le pueden venir de una mala

mujer, se quedan.

--Pero es que... señorito --el señor Emeterio titubeaba.

--He dicho basta. Dionisia, traiga agua caliente que quiero vestirme al

punto.

Troteras y danzaderas: Novela · 第 10 / 72 题