BOCCACCIO.

I

Teófilo Pajares, «el príncipe de los poetas españoles, a cuyo paso

debía tenderse por tierra un tapiz de rosas» al decir de algunos

diarios de escasa circulación, el autor de _Danza macabra_ y _Muecas

espectrales_, bajaba poco a poco y como embebecido en cavilaciones

por la calle de Cervantes, cara al Botánico. Era una mañana de otoño;

el cielo, desnudo, y la luz, agria. Neblina incierta, de color hez de

vino, saturaba sombras y penumbras.

Lo primero que se echaba de ver en la persona del poeta Pajares era lo

aventajado de su estatura, lo insólito de su delgadez y el desaliño de

la indumentaria: desaliño de penuria económica y también por obra de

cierto desdén hacia las artes cosméticas. Las botas y los pantalones,

en particular, delataban con sañuda insolencia la inopia y desaseo

de Teófilo. Sin duda, este lo echaba de ver, porque, según caminaba

con las manos a la espalda y la cabeza caída hacia el pecho, miraba

pertinazmente pantalones y botas, y su rostro aguileño, cetrino y

enjuto, languidecía con mueca de consternación --una _mueca espectral_

hubiera dicho él--, como si encarándose con aquellas prendas tan

deleznables y mal acomodadas a los miembros las motejase de falta de

tenacidad ante el infortunio y de adhesión a su amo.

Detúvose Teófilo delante de una puerta y miró el número pintado en el

dintel: el 26. Volvió sobre sus pasos y penetró en el portal del 24.

Arrancaba a subir las escaleras, cuando la portera, enarbolando un

escobón, se precipitó a atajarle el paso:

--¡Eh!, tío frescales, ¿adónde va usted? --rugió la mujer, con

iracundia que a Teófilo le pareció incongruente en tal caso. Continuó,

casi frenética--: Aquí no se admiten méndigos, ¿lo oye usté, so

sinvergüenza, tísico?

Teófilo sintió helársele el alma. Sus ojos perdieron por un segundo la

visión. Teófilo, que había suspirado infinitas veces en verso por la

muerte, y había descrito con cínica deleitación y nauseabundos detalles

la orgía que con su carne pútrida habían de celebrar los gusanos, y

también el fantasmagórico haz de sus huesos, ya mondos, a la luz de la

luna; él, el cantor de la descomposición cadavérica, así que escuchaba

mentar la palabra _tisis_ desfallecía de miedo. Su zozobra constante

era si estaría tísico.

La portera había ganado la delantera a Teófilo. Estaba dos escalones

más alta que el poeta, con el escobón empuñado a la ofensiva y muy

despatarrada, de manera que, dado el terrible volumen de su vientre y

caderas, podía obstruir el paso con solo ladearse un poco a diestra o

siniestra, según por donde viniera el ataque.

--Señora... --tartamudeó Teófilo.

Como si del calificativo hubiera recibido la más bárbara injuria, la

portera reanudó sus voces con furor próximo al paroxismo. Esgrimía

el escobón con entrambas manos a modo de mandoble; amagaba, pero no

acometía.

Teófilo se mantuvo vacilante en un principio. Recobrado del

desfallecimiento, por reacción la sangre le invadía acelerada los

pulsos. Temblaba, sintiendo levantarse dentro de sí una fuerza indócil

a la voluntad.

--Pero, ¿es que no tiene usted orejas, so tísico? --gritó exasperada la

portera.

--Mujer, esté usted loca o no lo esté, esto se acabó, porque se me

ha acabado la paciencia --masculló Teófilo atropellando las sílabas.

Inclinó la cabeza, adelantó con el pie derecho un escalón y descargó

secamente sobre la barriga de la portera, y en su zona central y más

rotunda, un golpe recto con el puño. Como si el vientre fuese el fuelle

de una gaita gigantesca, y por la colisión del puño se hubiera vaciado

de pronto, los ámbitos de la caja de la escalera retemblaron: tal fue

el alarido de la portera. Cayó sentada la mujer, y Teófilo brincó

sobre ella, con propósito de huir escaleras arriba; pero la portera

logró asirle un pie, y en él hizo presa. Tiraba Teófilo con todas sus

fuerzas, y la mujer aferraba sin ceder, pidiendo auxilio. Oíanse pasos

apremiantes dentro de las viviendas. Teófilo, a la desesperada, dio

una sacudida y libertó el pie; pero al ponerlo en firme recibió rara

impresión de frío y falta de tacto, como si el pie no le perteneciese.

Mirose y vio que le faltaba la bota y le sobraban agujeros al calcetín,

color cardenal retinto. Vergüenza y rabia le encendieron las mejillas.

Le acometió la tentación de patear, con la bota que le quedaba, la

cabeza de la portera, la cual agitaba en su mano la otra bota a modo de

trofeo, y vociferaba:

--Este ladrón... este ladrón... ¡Emeteriooo...! Pero, ¿en dónde te

metes, bragazas? ¡Emeteriooo! --y poniendo un descanso en sus clamores,

hizo hito de la nariz de Teófilo y le lanzó la bota con tanta violencia

como pudo. La bota pasó por encima de la cabeza del poeta, rebotó en el

muro y deslizándose entre dos hierros del barandal fue a caer al pie de

la escalera. Para recobrarla, Teófilo debía pasar otra vez por encima

de la portera.

En el rellano del piso primero asomó un cuerpecito muy bien cortado;

una apicarada cabeza femenina por remate de él.

--Pero, ¿qué pasa, señá Donisia? ¿Es c’a caído un bólido?

Teófilo levantó la cabeza y respiró:

--¡Conchita! --dijo Teófilo--, con qué oportunidad sale usted... Esta

arpía --y señaló a la portera yacente-- no me dejaba subir; me amenazó,

quiso agredirme con la escoba, y me dirigió los insultos más groseros.

La portera comenzaba a incorporarse. El señor Emeterio, portero

consorte, surgió en este punto, liando un cigarrillo y en mangas de

camisa. Venía con aire pachorrudo y ceño escrutador, como hombre que

no se deja alucinar, sino que examina cabalmente los hechos antes de

emitir juicio. Adelantose, con esa prosopopeya cómica del pueblo bajo

madrileño. El frunce de su cara parecía decir: «vamos a ver lo que ha

pasao aquí».

--¿Pero no sabe usté, señá Donisia --preguntó desde lo alto Conchita--,

que el señor Pajares es visita de casa, amigo de la señorita?

--¿Cómo iba a fegurarme yo que este méndigo?... --comenzó a decir la

portera, adelantando, al llegar a _méndigo_, el labio inferior, en

señal de menosprecio. El señor Emeterio mutiló la frase incipiente de

su esposa con una mirada de través.

--Suba usté, don Teófilo --habló Conchita.

La señá Donisia no pudo reprimir una exclamación sarcástica.

--¡Uy, don Teófilo! ¡Qué mono!

El señor Emeterio dobló el brazo derecho en forma de cuello de cisne y

puso la mano como para oprimir un timbre; el dedo índice muy erecto,

apuntando a los labios de su mujer. Ordenó campanudamente:

--¡Tú, a callar! --y enderezando la mirada a Teófilo--: Vamos a ver,

¿le ha faltao mi señora?

Disponíase la portera a protestar, pero el señor Emeterio, con un

movimiento autoritario del brazo izquierdo, la redujo a silencio y

sumisión.

Teófilo estaba aturdido y nervioso. Comprendía que el señor Emeterio

estaba en la duda de dar o no una paliza a la señá Donisia, y que el

porvenir colgaba de su respuesta.

--¡Vaya! --intervino Conchita, impacientándose--, que se hace tarde

y no puedo estar toda la mañana a la puerta. Suba usté, don Teófilo.

¡Vaya si son ustedes pelmas!...

--¡Un hemistiquio, Conchita! --rogó el señor Emeterio.

--Un hemis... ¿qué? --y Conchita rio alegremente.

--Quiere decirse un momento --el señor Emeterio enarcó las cejas y

chascó la lengua; daba a entender que era tolerante con la ignorancia

de Conchita. Dirigiéndose a Teófilo, repitió--: Vamos a ver, ¿le ha

faltao mi señora?

--¡Oh... verá usted!... No; de ninguna manera --Teófilo no sabía qué

decir.

--Creía... --insinuó el señor Emeterio.

--¡Bah! --concluyó Teófilo, esforzándose en sonreir--. Una equivocación

cualquiera la tiene.

--Pero que muy bien dicho --comentó el señor Emeterio--. Quiere decirse

entonces que usté sabe disimular si mi señora ha tenido un lasus o

quiprocuó.

--Claro, claro --aseguró Teófilo sin atreverse a reconquistar la bota y

sustentándose en un pie.

--Pues, buenos días y disimular. ¡Tú, anda p’alante! --y el señor

Emeterio, en funciones de imperio conyugal, acompañó esta orden

haciendo castañuelas de los dedos.

La señá Donisia comenzó a retirarse con paso remolón y gesto reacio.

Volvíase de vez en vez a mirar de soslayo, tan pronto a Conchita como

a Teófilo, y sus ojeadas eran, respectivamente, de servilidad y de

encono. Desde el comienzo de la escena la conducta de la señá Donisia

había sido ejemplarmente canina. Recordaba esos perros de casa grande

que ladran con rabia descomunal al visitante humilde; luego, si por

ventura se han excedido en su celo, el visitante es admitido a la

mansión del dueño y ellos golpeados por un sirviente, vanse mohinos y

rabigachos, con ojos inquietos, tan pronto recelosos del castigo como

coléricos hacia el intruso.

Así como la señá Donisia descendió los cuatro escalones, Teófilo

recuperó y se calzó la bota, que era de elásticos, aun cuando había

renunciado ya a sus cualidades específicas de elasticidad; y como si se

hubiera ajustado al tobillo, no una bota, sino las alas de Mercurio,

voló, más que subió, al piso primero.

En estando a solas los dos porteros se les serenó la cara: la de la

señá Donisia dejó de ser iracunda y servil, y la del señor Emeterio

perdió su prosopopeya y toda suerte de aderezo figurado. Mirábanse

llanamente el uno al otro, como matrimonio bien avenido, y era evidente

que se comprendían sin hablarse.

--¡Pero miá tú que la señorita Rosa!... --chachareó la mujer,

conduciendo involuntariamente la mano al paraje en donde Teófilo había

descargado el golpe--. Si son unas guarras... Ya ves tú si el señor

Sicilia, y más ahora que le han hecho menistro, le dará lo que la pida

el cuerpo...

--¡Qué ha de dar, Donisia! A su edad...

--No seas picante, Emeterio. Digo que si le dará tantas pelas, ¡qué

pelas!, tantos pápiros como pesa. Pues na, que le ha de poner la

cornamenta. Y entavía, si fuera aquello de decirse con un señorito

decente. Pero, ¡hay que ver el chulo que ha selecionao!... Con una cara

de tísico... Pues, ¿y los tomates del calcetín? ¿Te has fijao?

--¿No m’había de fijar, Donisia? Las hay pa toos los gustos. Pero tú,

también, ¡vaya que has dao gusto a la muy! Y hay que tener púpila...

--Pero --acordándose del golpe recto de Teófilo--, si es que me ha

soltao un mamporro talmente aquí... --señalaba lo más avanzado del

vientre.

--Ya, ya. Y na, que hay que cerrar el pico, porque las propis de la

señorita Rosa...

--Es la princesa del Caramánchimai, Emeterio.

--Y que lo digas, Donisia.

Y se engolfaron en las tinieblas del cuchitril.

Troteras y danzaderas: Novela · 第 9 / 72 题