--La señorita se levanta ahora mismo. Pase usté entretanto al gabinete.
--Si no hubiera dificultad, Conchita, yo preferiría esperar en el
comedor.
--A ver, ¿es que no nos hemos desayunao aún, don Teófilo? --soltose a
reír Conchita, como una chicuela. No había dado sentido literal a la
pregunta; creía haber dicho una agudeza, sin sospechar que atormentaba
a Teófilo.
--Es usted tremenda, Conchita --balbuceó Teófilo azorándose.
--Tráteme usted de tú, don Teófilo.
Teófilo pensaba: «Conchita se figura que estoy muerto de hambre. Con mi
facha...»
--Es que en el comedor hay más luz, Conchita.
--Más luz, ¿eh? Está usted apañao del quinqué. Cómprese unas gafas
ahumás.
Teófilo pensó ahora: «Se está burlando de mí. Le parezco ridículo.»
Aquella fuerza tiránica, indócil a la voluntad, que le había movido
a descargar gallardo golpe sobre el vientre de la portera, comenzaba
a insurgirse y dominarlo. «¿Quién me manda a mí venir a casa de una
_prostituta_?...» Cerebro y corazón se le quedaron en suspenso unos
instantes. Prosiguió el hilo del soliloquio mental: «Al fin y al
cabo, una _prostituta_.» _Al fin y al cabo_ valía tanto como «aunque
yo esté enamorado de ella; aunque quizás llegue a enamorarse de mí y
se regenere; aunque ando loco entre esperanzas y desesperanzas.» Y
Teófilo, dolido por lo que él juzgaba burlas de Conchita, continuaba
pensando: «Lo natural, lo decoroso, el _gesto bello_ de este trance
risible sería que le diese un puntapié en el trasero a Conchita,
para que aprenda a no ser desvergonzada.» Y aquella fuerza agresiva
e irreprimible le hormigueaba ya en una pierna. Pero de pronto tuvo
la sensación de quedar exangüe, con las venas vacías, y así como si
el corazón fuese una cosa flácida y hueca, susceptible de ser vuelto
del revés. A pesar suyo, volvió a formular con palabras las ideas:
«¡Pobrecita! ¿Qué culpa tiene ella de que yo sea pobre y grotesco?» Y
otra vez, de la palabra concreta descendió a derretirse en neblina y
angustias sentimentales. Era que tenía miedo de las palabras: miedo de
desvelar la verdad acerca de sí propio; y a tiempo que todo su ser, a
tientas, aspiraba a interrogarse y conocer si en realidad era un ser
grotesco, Teófilo se obstinaba en ignorar esta aspiración perentoria.
Cerraba los ojos de la conciencia igual que, después de algunos días
de hambre y algunas noches sin sueño, solía cerrar los del rostro al
pasar ante un espejo, por miedo a verse con toda la traza de un tísico
rematado. Tales estados de ánimo iban unidos siempre, en lo afectivo,
a una rara ternura y tolerancia hacia la maldad ajena, a un movimiento
de amor por todos los seres y las cosas, y en las líneas de la cara
trasparecían a modo de mueca simpática y pueril, como si con el gesto
dijese: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como
soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»
--¡Parece mentira! Y yo que te quiero tanto, Conchita... --cuando le
entró por los oídos el compungido acento de sus propias palabras,
Teófilo quedó estupefacto y corrido de haber hablado como por máquina,
sin el concurso de la voluntad.
--¡A ver, a ver, que yo me entere! --Conchita colocó los brazos en
jarras, se empinó sobre las puntas de los pies, entiesando el grácil
torso, y ladeó la cabecita para oír mejor. Ahora era Conchita quien
pensaba que se burlaban de ella.
Su engallada actitud de braveza y enojo era tan linda y graciosa que
Teófilo se deleitaba contemplándola y no pudo menos de sonreir.
--Te quiero como amigo, Conchita; nada más que como amigo. Sabes que
las aguas van por otro lado; aparte de que tú ya tienes novio.
--Eso es lo que a usté menos le importa --dijo Conchita con sequedad
que no era hostil.
--Claro que no me importa, si tú te empeñas. Bien; ahora llévame al
comedor.
--¡Y dale! ¡Qué pelmazo es usté, señor Pajares!
Conchita tomó de la mano al poeta, y corriendo de suerte que Teófilo
iba a remolque, le condujo al comedor.
--¿Lo ve usté? --preguntó la muchacha, mostrando el desorden de la
habitación.
Las sillas estaban unas encima de otras y algunas sobre la mesa; los
cortinajes, recogidos en los batientes de las puertas. Una vieja criada
barría.
--¿Se quiere usté quedar aquí, don Teófilo?
--Ya veo que tenías razón; pero es que el tal gabinetito me es
antipático.
--Anda, que si le oye a usted la señorita; está loca con él.
--¡Concha!... --gritó una voz tumultuosa, masculina, desde el interior
de un aposento.
--¿Qué hay? --respondió Conchita.
--¿Quién está ahí? --preguntó la voz.
Y Conchita:
--Un amigo de la señorita.
Y la voz:
--¿Es el señor Menistro? --por el tono se comprendía que lo pronunciaba
con letra mayúscula.
Y Conchita:
--No, señor.
Y la voz:
--Pero, será amigo del señor Menistro...
Y Conchita:
--No lo sé. Es un señor poeta.
Y la voz:
--Qué cosa ye más: ¿Menistro o poeta?
Y Conchita:
--Luego se lo diré, en cuanto lo averigüe --volvió a tomar de la mano a
Teófilo y salieron del comedor.
--¿Quién era? --interrogó Teófilo muy sorprendido.
--El padre de la señorita. Era marinero, al parecer, allá por el Norte,
no sé en dónde. Ahora está ciego.
--Y, desde luego, como si lo viera: al padre le parecerá muy bien la
vida que lleva su hija.
--Mía tú este; como al mío, si yo tuviera la suerte de ella. Vaya,
entre en el gabinete, que yo tengo que vestir a la señorita.