III

--La señorita se levanta ahora mismo. Pase usté entretanto al gabinete.

--Si no hubiera dificultad, Conchita, yo preferiría esperar en el

comedor.

--A ver, ¿es que no nos hemos desayunao aún, don Teófilo? --soltose a

reír Conchita, como una chicuela. No había dado sentido literal a la

pregunta; creía haber dicho una agudeza, sin sospechar que atormentaba

a Teófilo.

--Es usted tremenda, Conchita --balbuceó Teófilo azorándose.

--Tráteme usted de tú, don Teófilo.

Teófilo pensaba: «Conchita se figura que estoy muerto de hambre. Con mi

facha...»

--Es que en el comedor hay más luz, Conchita.

--Más luz, ¿eh? Está usted apañao del quinqué. Cómprese unas gafas

ahumás.

Teófilo pensó ahora: «Se está burlando de mí. Le parezco ridículo.»

Aquella fuerza tiránica, indócil a la voluntad, que le había movido

a descargar gallardo golpe sobre el vientre de la portera, comenzaba

a insurgirse y dominarlo. «¿Quién me manda a mí venir a casa de una

_prostituta_?...» Cerebro y corazón se le quedaron en suspenso unos

instantes. Prosiguió el hilo del soliloquio mental: «Al fin y al

cabo, una _prostituta_.» _Al fin y al cabo_ valía tanto como «aunque

yo esté enamorado de ella; aunque quizás llegue a enamorarse de mí y

se regenere; aunque ando loco entre esperanzas y desesperanzas.» Y

Teófilo, dolido por lo que él juzgaba burlas de Conchita, continuaba

pensando: «Lo natural, lo decoroso, el _gesto bello_ de este trance

risible sería que le diese un puntapié en el trasero a Conchita,

para que aprenda a no ser desvergonzada.» Y aquella fuerza agresiva

e irreprimible le hormigueaba ya en una pierna. Pero de pronto tuvo

la sensación de quedar exangüe, con las venas vacías, y así como si

el corazón fuese una cosa flácida y hueca, susceptible de ser vuelto

del revés. A pesar suyo, volvió a formular con palabras las ideas:

«¡Pobrecita! ¿Qué culpa tiene ella de que yo sea pobre y grotesco?» Y

otra vez, de la palabra concreta descendió a derretirse en neblina y

angustias sentimentales. Era que tenía miedo de las palabras: miedo de

desvelar la verdad acerca de sí propio; y a tiempo que todo su ser, a

tientas, aspiraba a interrogarse y conocer si en realidad era un ser

grotesco, Teófilo se obstinaba en ignorar esta aspiración perentoria.

Cerraba los ojos de la conciencia igual que, después de algunos días

de hambre y algunas noches sin sueño, solía cerrar los del rostro al

pasar ante un espejo, por miedo a verse con toda la traza de un tísico

rematado. Tales estados de ánimo iban unidos siempre, en lo afectivo,

a una rara ternura y tolerancia hacia la maldad ajena, a un movimiento

de amor por todos los seres y las cosas, y en las líneas de la cara

trasparecían a modo de mueca simpática y pueril, como si con el gesto

dijese: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como

soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»

--¡Parece mentira! Y yo que te quiero tanto, Conchita... --cuando le

entró por los oídos el compungido acento de sus propias palabras,

Teófilo quedó estupefacto y corrido de haber hablado como por máquina,

sin el concurso de la voluntad.

--¡A ver, a ver, que yo me entere! --Conchita colocó los brazos en

jarras, se empinó sobre las puntas de los pies, entiesando el grácil

torso, y ladeó la cabecita para oír mejor. Ahora era Conchita quien

pensaba que se burlaban de ella.

Su engallada actitud de braveza y enojo era tan linda y graciosa que

Teófilo se deleitaba contemplándola y no pudo menos de sonreir.

--Te quiero como amigo, Conchita; nada más que como amigo. Sabes que

las aguas van por otro lado; aparte de que tú ya tienes novio.

--Eso es lo que a usté menos le importa --dijo Conchita con sequedad

que no era hostil.

--Claro que no me importa, si tú te empeñas. Bien; ahora llévame al

comedor.

--¡Y dale! ¡Qué pelmazo es usté, señor Pajares!

Conchita tomó de la mano al poeta, y corriendo de suerte que Teófilo

iba a remolque, le condujo al comedor.

--¿Lo ve usté? --preguntó la muchacha, mostrando el desorden de la

habitación.

Las sillas estaban unas encima de otras y algunas sobre la mesa; los

cortinajes, recogidos en los batientes de las puertas. Una vieja criada

barría.

--¿Se quiere usté quedar aquí, don Teófilo?

--Ya veo que tenías razón; pero es que el tal gabinetito me es

antipático.

--Anda, que si le oye a usted la señorita; está loca con él.

--¡Concha!... --gritó una voz tumultuosa, masculina, desde el interior

de un aposento.

--¿Qué hay? --respondió Conchita.

--¿Quién está ahí? --preguntó la voz.

Y Conchita:

--Un amigo de la señorita.

Y la voz:

--¿Es el señor Menistro? --por el tono se comprendía que lo pronunciaba

con letra mayúscula.

Y Conchita:

--No, señor.

Y la voz:

--Pero, será amigo del señor Menistro...

Y Conchita:

--No lo sé. Es un señor poeta.

Y la voz:

--Qué cosa ye más: ¿Menistro o poeta?

Y Conchita:

--Luego se lo diré, en cuanto lo averigüe --volvió a tomar de la mano a

Teófilo y salieron del comedor.

--¿Quién era? --interrogó Teófilo muy sorprendido.

--El padre de la señorita. Era marinero, al parecer, allá por el Norte,

no sé en dónde. Ahora está ciego.

--Y, desde luego, como si lo viera: al padre le parecerá muy bien la

vida que lleva su hija.

--Mía tú este; como al mío, si yo tuviera la suerte de ella. Vaya,

entre en el gabinete, que yo tengo que vestir a la señorita.

Troteras y danzaderas: Novela · 第 11 / 72 题