Provisto de cuerda y sin cuidarse de escribir previamente esquelas de
despedida, como es de moda desde la invención de los nervios y del
romanticismo, se dirigió nuestro hombre al estanque de Santa Beatriz,
lugar amenisimo entonces y rodeado de naranjos y otros árboles, que no
parecía sino que estaban convidando al prójimo para colgarse de ellos y
dar al traste con el aburrimiento y pesadumbres.
Principió Román por pasar revista a los árboles, y a todos hallaba algún
pero que ponerles. Este no era bastante elevado; aquél no ofrecía
consistencia para soportar por fruto el cuerpo de un tagarote como él;
el otro era poco frondoso, y el de más allá un tanto encorvado. Cuando
uno se ahorca debe siquiera llevar el consuelo de haberlo hecho a su
regalado gusto. Al fin encontró árbol con las condiciones que el caso
requería y, encaramándose en él, ató la cuerda en una de las ramas más
vigorosas.
En estos preparativos reflexionó que, para no ser interrumpido y
quedarse a medio morir y tener tal vez que empezar de nuevo la faena, lo
mejor era esperar a que el camino estuviese desierto. Indias pescadoras
que venían de Chorrillos, hierbateros de Surco, yanaconas de Miraflores,
cimarrones de San Juan y peones de las haciendas, traficaban a esa hora
a pequeña distancia del estanque. No había forma de que un hombre
pudiera matarse en paz.
--¡Pues sería andrómina que, a lo mejor de la función, me descolgase un
transeúnte inoportuno! Si ello, al fin, ha de ser, nada se pierde con
esperar un rato, que no llega tarde quien llega.
En estas y otras cavilaciones hallábase Román escondido entre el espeso
ramaje del árbol, cuando vió llegar con tardo paso, y mirando a todas
partes con faz recelosa, un hombrecillo envuelto en un capote lleno de
remiendos.
Era éste un vejete español que vivía de la caridad pública, y a quien en
Lima conocían con el apodo de _Ovillitos_. El apodo le venía de que en
una época entraba de casa en casa vendiendo ovillos de hilo, hasta que
un día resolvió cambiar de oficio sentando plaza de mendigo.
Ovillitos, después de dirigir miradas escudriñadoras a las tapias y al
camino, se sentó bajo el árbol que cobijaba a Román, y sacando una
tijera, descosió dos de los infinitos parches que esmaltaban su
mugriento capote de barragán.
¿Cuál sería la sorpresa del encaramado Román al ver que de cada parche
sacó Ovillitos una onza de oro y que luego las enterró al pie del árbol,
después de haber permanecido gran espacio de tiempo contemplándolas
amorosamente?
--¡Qué suicidio ni qué ocho cuartos!--exclamó Román, descendiendo
listamente de su árbol apenas se alejó el mendigo--. Pues Dios me ha
venido a ver, aprovechemos la ocasión y empuñémosla por el único pelo de
la calva. ¡Arbol feliz el que tal abono tiene!
Y se puso a la obra, y desenterró poco más de cien peluconas, de esas
que bajo el _Indiae et Hispaniarum Rex_ lucían el busto de Carlos III o
Carlos IV.