III

Provisto de cuerda y sin cuidarse de escribir previamente esquelas de

despedida, como es de moda desde la invención de los nervios y del

romanticismo, se dirigió nuestro hombre al estanque de Santa Beatriz,

lugar amenisimo entonces y rodeado de naranjos y otros árboles, que no

parecía sino que estaban convidando al prójimo para colgarse de ellos y

dar al traste con el aburrimiento y pesadumbres.

Principió Román por pasar revista a los árboles, y a todos hallaba algún

pero que ponerles. Este no era bastante elevado; aquél no ofrecía

consistencia para soportar por fruto el cuerpo de un tagarote como él;

el otro era poco frondoso, y el de más allá un tanto encorvado. Cuando

uno se ahorca debe siquiera llevar el consuelo de haberlo hecho a su

regalado gusto. Al fin encontró árbol con las condiciones que el caso

requería y, encaramándose en él, ató la cuerda en una de las ramas más

vigorosas.

En estos preparativos reflexionó que, para no ser interrumpido y

quedarse a medio morir y tener tal vez que empezar de nuevo la faena, lo

mejor era esperar a que el camino estuviese desierto. Indias pescadoras

que venían de Chorrillos, hierbateros de Surco, yanaconas de Miraflores,

cimarrones de San Juan y peones de las haciendas, traficaban a esa hora

a pequeña distancia del estanque. No había forma de que un hombre

pudiera matarse en paz.

--¡Pues sería andrómina que, a lo mejor de la función, me descolgase un

transeúnte inoportuno! Si ello, al fin, ha de ser, nada se pierde con

esperar un rato, que no llega tarde quien llega.

En estas y otras cavilaciones hallábase Román escondido entre el espeso

ramaje del árbol, cuando vió llegar con tardo paso, y mirando a todas

partes con faz recelosa, un hombrecillo envuelto en un capote lleno de

remiendos.

Era éste un vejete español que vivía de la caridad pública, y a quien en

Lima conocían con el apodo de _Ovillitos_. El apodo le venía de que en

una época entraba de casa en casa vendiendo ovillos de hilo, hasta que

un día resolvió cambiar de oficio sentando plaza de mendigo.

Ovillitos, después de dirigir miradas escudriñadoras a las tapias y al

camino, se sentó bajo el árbol que cobijaba a Román, y sacando una

tijera, descosió dos de los infinitos parches que esmaltaban su

mugriento capote de barragán.

¿Cuál sería la sorpresa del encaramado Román al ver que de cada parche

sacó Ovillitos una onza de oro y que luego las enterró al pie del árbol,

después de haber permanecido gran espacio de tiempo contemplándolas

amorosamente?

--¡Qué suicidio ni qué ocho cuartos!--exclamó Román, descendiendo

listamente de su árbol apenas se alejó el mendigo--. Pues Dios me ha

venido a ver, aprovechemos la ocasión y empuñémosla por el único pelo de

la calva. ¡Arbol feliz el que tal abono tiene!

Y se puso a la obra, y desenterró poco más de cien peluconas, de esas

que bajo el _Indiae et Hispaniarum Rex_ lucían el busto de Carlos III o

Carlos IV.

Tradiciones peruanas · 第 55 / 96 题