Román volvió a habilitar la tienda, y su comercio de platería marchó
viento en popa. Aleccionado por los días de penuria, puso coto a los
derroches de su mujer, cuyo carácter, por milagro sin duda de la Divina
Providencia, para quien no hay imposibles, mejoró notablemente.
Ovillitos enfermó de gravedad al descubrir que su tesoro se había
convertido en pájaro y volado del encierro. El infeliz ignoraba que el
dinero no es monje cartujo que gusta de estar guardado y criar moho, y
que es un libertino que se desvive por andar al aire libre y de mano en
mano. Mendigos ha habido, en todos los tiempos, que a su muerte han
dejado un caudal decente.
Román murió, ya en los tiempos de la república, repartiéndose entre sus
herederos una fortuna que se estimó en más de cincuenta mil pesos.
Una de las cláusulas de su testamento, que hemos leído, señala durante
veinticinco años la suma de treinta pesos al mes para misas en sufragio
del alma de Ovillitos.