XXX

En los primeros días del mes de septiembre, un viajero llegó a la

Posada del Segoviano en la Granja, y pidió cuarto y comida, exigencias

a que con tanto tesón como desabrimiento se negó el fondista. Era

inaudita frescura venir a pedir techo y manteles en una posada que por

su mucha fama y prez estaba llena de gente principal desde el sótano a

los desvanes ¡Ahí era nada en gracia de Dios lo de personajes que en

la casa había! Cuatro consejeros de Estado, un fiscal de la Rota, un

administrador del Noveno y Excusado, dos brigadieres exentos, un padre

prepósito, un definidor y seis cantores de ópera sobrellevaban allí con

paciencia las incomodidades de los cuartos, y compartían el ayuno de

las parcas comidas y mermadas cenas.

—Perdone por Dios, hermano —dijo a nuestro viajero el implacable dueño

del mesón, que reventaba de gordura y orgullo, considerando el buen

esquilmo de aquel año, gracias al ansia de los partidos que tanta gente

llevaba a San Ildefonso.

Y el viajero redoblaba su amabilidad suplicante, en vista de la

negativa venteril. Era tímido y circunspecto, quizá en demasía para

aquel caso en que tenía que habérselas con la ralea de posaderos y

fondistas.

—Deme usted un cuchitril cualquiera —dijo—. No estaré sino el tiempo

necesario para conseguir que Su Ilustrísima el señor Abarca eche una

firma en cierto documento.

—¿El señor Abarca?... Buena persona... Es muy amigo mío —replicó el

ventero—. Pero no puedo alojarle a usted... como no sea en la cuadra.

Ya se había decidido el atribulado señor a aceptar esta oferta, cuando

acertó a pasar don Juan de Pipaón. El viajero y el cortesano se vieron,

se saludaron, se abrazaron, y... ¿cómo había de consentir don Juan que

un tan querido amigo suyo se albergara entre cuadrúpedos, teniendo él

como tenía, en la casa de Pajes, dos hermosísimas y holgadas estancias,

donde estaba como garbanzo en olla?

—Venga conmigo el buen Cordero —dijo con generosa bizarría—, que le

hospedaré como a un príncipe. La Granja rebosa de gente. Amigo —añadió

hablándole al oído, cuando ambos marchaban hacia la casa de Pajes—, el

rey se nos muere.

—De modo que sobrevendrá...

—El diluvio universal... Háblase de componer la cosa en familia. Pero

vamos, vamos a que descanse usted.

Cordero dio un suspiro, y ambos entraron en la casa. Después de un

ligero descanso y del desayuno consiguiente, Cordero salió a ver los

jardines.

¡La Granja! ¿Quién no ha oído hablar de sus maravillosos jardines, de

sus risueños paisajes, de la sorprendente arquitectura líquida de

sus fuentes, de sus laberintos y vergeles?... Versalles, Aranjuez,

Fontainebleau, Caserta, Schönbrunn, Postdam, Windsor, sitios donde

se han labrado un nido los reyes europeos huyendo del tumulto de las

capitales y del roce del pueblo, podrán igualarle, pero no superan al

rinconcito que fundó el primer Borbón para descansar del gobierno. Y no

hay más remedio que admirar esta pasmosa obra del despotismo ilustrado,

reconociéndola conforme a la idea que la hizo nacer. El despotismo

ilustrado fomentó la riqueza en todos los órdenes, desterró abusos,

alivió contribuciones, acometió mejoras en bien del pueblo; pero todo

lo sometió a una reglamentación prolija. Hacía el bien como una merced,

y lo distribuía como se distribuye la sopa a los pobres recogidos en

un asilo. Todo había de sujetarse a canon y a medida, y la nación,

que nada podía hacer por sí, recibía los beneficios con arreglo a

disciplina de hospital.

El despotismo ilustrado da vida en el orden económico a los Pósitos,

a los Bancos privilegiados, a los Gremios; en el orden político crea

los pactos de familia, y en el artístico protege el clasicismo. Llega

al fin un día en que pone su mano en la naturaleza, y entonces aparece

Le Nôtre, el arquitecto de jardines. Este hombre somete la vegetación

a la geometría, y hace jardines con teodolito. A su mando inapelable

los árboles ya no pueden nacer libremente donde la tierra, el agua

y Dios quisieron que naciesen, y se ponen en filas, como soldados,

o en círculo, como bailarines. No basta esto para conseguir aquella

conformidad disciplinaria, que es el mayor gusto del despotismo

ilustrado, y son escogidos los árboles, como Federico de Prusia escoge

a sus granaderos. Es preciso que todos sean de un tamaño y que las

ramas crezcan con regularidad. El hacha se encarga de convertir un

bosque en alameda, y surgen, como por encanto, esos bellos escuadrones

de tilos y esas compañías de olmos, que parecen esperar el grito de un

pino para marchar en orden de parada.

El despotismo ilustrado y sus jardineros aspiran a más: aspiran a que

la naturaleza no parezca naturaleza, sino un reino fiel sometido a la

voluntad de su dueño y señor. Las tijeras, que antes solo eran arma

de los sastres, son ahora la primera herramienta de horticultura, y

con ella se establece una igualdad de vasallaje que confunde en un

solo tamaño al grande y al chico. Es un instrumento de corrección

como la lima de que tanto hablaban los clásicos, y que a fuerza de

pulimentar hacía que todos los versos fueran igualmente fastidiosos.

La tijera hace de los poéticos mirtos y del espeso boj las baratijas

más graciosas que puede imaginarse. Córtalos en todas las formas, y

talla guarniciones, muebles, dibujos, casitas, arcos, escudos, trofeos.

Los jardineros redondean los árboles, dejándoles cual si salieran del

torno, y las esbeltas copas se convierten en pelotas verdes. En el

bajo suelo cortan y recortan el césped como se cortaría el paño para

hacer una casaca, y luego bordan todo esto con flores vivas, que ponen

donde la topografía ordena. Hacen mil juegos y mosaicos, tapicerías y

arabescos. ¡Ay de aquella florecilla indisciplinada que se salga de

su sitio! La arrancan sin piedad. La lozanía excesiva tiene pena de

muerte, como la libertad entre los hombres.

A un jardín le hacen parecer teatro, plaza, cementerio o cosa

semejante. Resulta un lugar frío, triste, desabrido, que trae al

pensamiento las tragedias en que Alejandro salía vestido de Luis XIV.

Es preciso poner algo que anime aquella soledad, algo que se mueva.

¿Quién será el juglar de este escenario amanerado? Pues el agua. El

agua, que es la libertad misma, la independencia, el perpetuo correr,

la risa y la alegría del mundo, es sacada de los plácidos arroyos, de

las tranquilas lagunas, de los agrestes manantiales, sujeta con presas

y trasportada en cañerías, y luego sometida al martirio inquisitorial

de las fuentes, que la obligan a saltar y hacer cabriolas de un modo

indecoroso. El clasicismo hortícola quiere que en todo jardín haya

mucha mitología, faunos groseros, ninfas muy remilgadas, dioses

pedantes, geniecillos traviesos. Pues todos estos individuos no tienen

gracia si no echan un chorro de agua, quién por la boca, quién por

ánforas y caracoles, aquel por todas las partes de su musgoso cuerpo, y

diosa hay que arroja de sus pechos cantidad bastante para abrevar toda

la caballería de un ejército.

En la Granja, la fuente de la Fama escupe al cielo un surtidor de 184

pies de altura, y el Canastillo traza en el espacio todo un problema

geométrico con rayas de agua, mientras Neptuno, rigiendo sus caballos

pisciformes, eleva a los aires sorprendente arquitectura de movible

cristal, que con los juegos de la luz embelesa y fascina. Las fuentes

de Pomona, Anfitrite y los Dragones también hacen con el agua los

volatines más originales. Desde la plaza de las Ocho Calles se ven,

con solo girar la mirada, todas las extravagancias de gimnástica y

coreografía con que el pobre elemento esclavizado divierte a reyes y a

pueblos. Los atónitos ojos del espectador dudan si aquello será verdad

o será sueño, inclinándose a veces a creer que es un manicomio de ríos.

Era primer domingo de mes, y corrían las fuentes. Toda la sociedad

del Real Sitio estaba en los jardines disfrutando de la frescura del

ambiente y de la perspectiva de los árboles, cosa bellísima aunque

académica. Las damas de la corte y las que sin serlo habían ido a

veranear, los militares de todas graduaciones, los señores y los

consejeros, los lechuguinos, y, por último, la gente del pueblo, a

quien se permitía entrar aquel día por causa del correr de las fuentes,

formaban un conjunto tan curioso como rico en matices y animación. Por

aquí corrillos de pastoreo cortesano como el que inspiró a Watteau, por

allá rusticidades en crudo, más lejos Ariadnas que se quieren perder

en laberintillos de boj, y por todas las rectas calles grupos que se

cruzan, bandadas alegres que van y vienen. Como el agua salta risueña

de las tazas de mármol, así surge la conversación chispeante de los

movibles grupos. No se puede entender nada.

Allá va Pipaón con su amigo. Al pasar oímos que este le dice:

—Y Jenara ¿dónde está? No la he visto por ninguna parte.

—¿Qué la has de ver, si ha ido a Cuéllar? —replicó el cortesano.

Y perdiéronse entre el gentío elegante. El vestir ceremonioso era

entonces de rúbrica en los paseos, y no había las libertades que

la comodidad ha introducido después. Entonces ni el calor ni el

esparcimiento estival eran razones bastantes para prescindir de la

etiqueta, y así, lo mismo en el Prado de Madrid que en los jardines de

San Ildefonso, el hombre culto tenía que encorbatinarse al uso de la

época, que era una elegante parodia de la pena de muerte en garrote

vil. ¡Ay de aquel cuya cabeza no se presentara sirviendo de cimiento a

un mediano torreón de felpa negra o blanca con pelos como de zalea, ala

estrecha y figura cónico-truncada que daba gloria verlo!

Las solapas altas, las mangas de pernil, las apretadas cinturas, son

accidentes muy conocidos para que necesitemos pintarlos. El paño oscuro

lo informaba todo, y entonces no había las rabicortas americanas de

frágil tela, ni los trajes cómodos, ni sombreros de paja, ni quitasoles.

¿Pues y el vestido y los diversos atavíos de las damas? Entonces el

peinarse era peinarse; había arquitectura de cabellos, y una peineta

solía tener más importancia que el Congreso de Verona. Para calle las

damas retorcían y alzaban por detrás su pelo, sujetándole en la corona

con una peineta que se llamaba _de teja, de sofá_ o _de pico de pato_,

según su forma. ¡Qué cosa tan bonita!, ¿no es verdad? Pues ved ahora

por delante los rizos batidos, como una fila de pequeños toneles negros

o rubios suspendidos sobre la frente. Esto era monísimo, sobre todo

si se completaba tan lindo artificio con la cadena a la _Ferronière_

y broche a la _Sévigné_ sujetando el cabello. Esto hacía creer que

las señoras llevaban el reloj en el moño, de lo que resultaba mucho

atractivo.

Tentado estoy de describiros el peinado a la _jirafa_ con tres grandes

lazos armados sobre un catafalco de alambre, los cuales lazos aparecían

como en un trono, rodeados de una servil cohorte de rizos huecos.

¡Cielos piadosos, quién pudiera ver ahora aquellas dulletas de

inglesina tan pomposas que parecían sacos, y aquellos abrigos de _gros

tornasol_, de casimir _Fernaux_ o tafetán de Florencia, guarnecidos

de _rulós_ y trenza, todo tan propio y rico que cada señora era un

almacén de modas! ¡Quién pudiera ver ahora resucitados y puestos en uso

aquellos vestidos de invierno, altos de talle, escurridos de falda, y

guarnecidos de marta o chinchilla! Lo más airoso de este traje era el

_gato_, o sea un desmedido rollo de piel que las señoras se envolvían

en el cuello, dejando caer la punta sobre el pecho, y así parecían

víctimas de la voracidad de una cruel serpiente.

Pero estas son cosas de invierno, y volvamos a nuestro verano y a

nuestros jardines de la Granja. Todos los que esto lean, convendrán

en que no podría darse cosa más bonita que aquellas mangas de jamón,

abultadas por medio de ahuecadores de ballena, y con los cuales las

señoras parecían llevar un globo aerostático en cada brazo. ¡Y dicen

que entonces no había modas elegantes! ¿Pues y dónde nos dejan aquel

talle, que por lo alto tocaba el cielo, y aquella falda, que intentaba

seguir el mismo camino huyendo de los pies, y aquel escote recto por

pecho y espalda, que a veces quería bajar al encuentro del talle y

que disimulaba su impudencia con hipocresía de _canesús_ y sofisma

de tules? Si no fuera porque las damas ataviadas en tal guisa se

asemejaban bastante a una alcarraza, este vestido merecía haberse

perpetuado. ¡Qué precioso era! Tenía la ventaja de no alterar las

formas, y entonces el pecho era pecho y las caderas, caderas.

¡Ay!, entonces también los pies eran pies, es decir, que no había

esas falsificaciones de pies que se llaman botinas. Los zapateros no

habían intentado aún enmendar la plana a Dios creando extremidades

convencionales al cuerpo humano. ¿Y qué cosa más bonita que aquellas

galgas y aquel cruzado de cintas por la pierna arriba hasta perderse

donde la vista no podía penetrar? La suela casi plana, el tacón

moderado, el empeine muy bajo, eran indudablemente la última parodia

de aquellas sandalias que usaban las heroínas antiguas, y que servían

para lo que no sirve ningún zapato moderno, para andar.

Ni que me maten dejaré de hablar de las mantillas, las cuales entonces

eran a propósito para echar abajo la teoría de que esta prenda no

sirve para nada. Entonces las mantillas eran mantillas; como que había

unas que se llamaban de toalla, y esto pinta su longitud. Aquellas

prendas tapaban y tenían infinito número de pliegues, cuya disposición

y gobierno, sometidos a la mano de la mujer que la llevaba, eran

casi un lenguaje. La toquilla de ahora es un adorno; la mantilla de

entonces era la persona misma. Las toquillas de hoy se _llevan_; las

mantillas de entonces se _ponían_. Los pliegues relumbrones de su raso

interior, el brillo severo de su terciopelo, la niebla negra de sus

encajes, hechura fantástica de hilos tejidos por moscas, la pasamanería

de sus guarniciones, reunían en derredor de una cara hermosa no sé

qué misterioso cortejo de geniecillos, que ora parecían serios, ora

risueños, y a su modo expresaban el pudor o la provocación, la reserva

o el desenfado. El ideal se hizo trapo, y se llamó mantilla.

En cambio de otras ventajas que el vestir moderno lleva al antiguo,

aquellos tenían la de la variedad de tonos. Entonces los colores eran

colores, y no como hogaño, variantes de gris, del canelo y de los

tintes metálicos. Entonces la gente se vestía de verde, de colorado, de

amarillo, y los jardines de la Granja, vistos a lo lejos, eran un prado

de pintadas florecillas. El alepín, la cúbica, el tafetán de la reina,

el _muaré antic_, las sargas, la inglesina, el _cotepali_, ofrecían

variedad de bultos y colores. Los parisienses, que en esto de hacer

modas se pintan solos, y cuando no pueden inventar formas y colores

nuevos les dan nombres extraños, habían lanzado al mundo el color

_jirafa_, el _pasa de Corinto_, el no menos gracioso _La Vallière_, el

azul _Cristina_; pero los que verdaderamente merecen un puesto en la

historia, son el color _ayes de Polonia_ y el _humo de Marengo_.

El cuadro de interés indumentario con fondos de verdor académico que

hemos trazado, carece aún de ciertos tonos fuertes que echará de menos

todo el que hubiera contemplado el original. Con el pincel gordo

apuntaremos en los primeros términos algunas manchas de encarnado

rabioso, amarillo y pardo, que son las pintorescas sayas de las mujeres

del campo venidas de los inmediatos pueblos. La elegancia de estos

trajes se pierde en la oscuridad de los tiempos, y a nuestro siglo

solo ha llegado una especie de alcachofa de burdos refajos, dentro de

la cual, el cuerpo femenino no parece tal cuerpo, sino una peonza que

da vuelta sobre los pies, mientras los hombres (aquí es preciso volcar

sobre el cuadro toda la pintura negra), fajados y oprimidos dentro de

las enjutas chaquetas y los ahogados pantalones y las medias de punto,

parecen saltamontes puestos de pie, guardando la cabeza bajo anchísimo

queso negro.

El pincel más amanerado nos servirá para apuntar, oscilando sobre esta

multitud de cabezas como las llamas de Pentecostés, los pompones

de los militares; y si hubiera tiempo y lienzo pondríamos en último

término, con tintas graciosas, un zaguanete de alabarderos que,

semejante a un ejército de zarzuela, pasa por el jardín precedido de

su música de tambor y pífanos. Lejos, más lejos aún que la vaporosa

proyección del agua en el aire, ponemos la fachada del palacio,

rectilínea, clásica, de formas discretas y limadas como los versos de

una oda. ¡Ay!, en el momento en que lo contemplamos, gran gentío de

cortesanos, militares y personajes de todas las categorías entra y sale

por las tres grandes puertas del centro con afán oficioso. De pronto el

murmullo alegre de las fuentes cesa, y todas dejan de correr. El agua

vacila en los aires, los chorros se truncan, se desmayan, descienden,

caen, como castillos fantásticos deshechos por la luz de la razón, y en

estanques y tazones se extingue el último silbido de los surtidores,

que vuelven a esconderse en sus misteriosas cañerías. En los jardines

reina un estupor lúgubre; la gente se para, pregunta, contesta,

murmura, y de boca en boca van pasando, como chispazos de pólvora

fugaz, estas palabras: «El rey se muere, el rey se muere».

Las puertas del palacio se abren de par en par. Entremos.

Los apostólicos · 第 31 / 37 题