¿Y cómo habían de parecer, Santo Dios, si el cura de La Bañeza, a
consecuencia de una reyerta con el obispo de la diócesis, había hecho
la gracia de huir del pueblo, después de arrojar a un pozo todos los
libros parroquiales? Véase aquí por dónde la tremenda y sorda lucha que
entre el régimen absolutista y el espíritu moderno estaba empeñada,
había de estorbar la felicidad de aquel candoroso don Benigno, que
aunque liberal, en nada se metía.
Era el obispo de León, señor Abarca, absolutista furibundo de ideas y
aragonés de nacimiento, con lo que basta para pintarle. De consejero
áulico del rey y atizador de sus pasiones, pasó a la intimidad de
don Carlos y a la dirección del partido de este, llegando a ser más
tarde ministro universal de la corte de Oñate. El cura de La Bañeza
se diferenciaba de su pastor en lo de liberal, y se le igualaba en lo
de aragonés. Puede suponerse lo que sería una pendencia clerical y
política entre dos aragoneses de sotana. El obispo tenía, entre otros
defectos, el de los modos ásperos, los procedimientos brutales y las
palabras destempladas; el cura, sobre todas estas máculas, tenía la de
ser algo más presbítero de Baco que sacerdote de Cristo. Resistiose el
cura a dejar la parroquia (que precisamente estaba a cuatro pasos de
la taberna); insistió el obispo, salieron a relucir mil zarandajas,
canónicas de un lado, liberalescas de otro, y al fin vencido el
subalterno, escapó una noche antes de que le cayera encima el brazo
secular; pero como hombre de ideas filosóficas, pensó que los libros
parroquiales, por ser expresión de la verdad, debían estar como la
verdad misma, en el fondo de un pozo.
De orden de Su Ilustrísima hízose una información en el pueblo para
restablecer los libros, y al cabo de algunos meses, don Benigno supo
por Carnicero que en la partida de bautismo no había ya dificultades.
Pero el demonio, que siempre está inventando diabluras, hizo que
apareciese nueva contrariedad. Uno de los libros del registro de
matrimonios se había conservado, y en el tal libro constaba que
una Soledad Gil de la Cuadra había contraído nupcias en 1823.
Indudablemente no era esta Soledad nuestra simpática heroína; pero
mientras se ponía en claro, ji, ji (así lo decía don Felicísimo a su
cliente Cordero), había de pasar algún tiempo, siendo quizás preciso
llevar el asunto a un tribunal eclesiástico, pues estas delicadas cosas
no son buñuelos que se hacen en un segundo.
Así, entre obispos y curas aragoneses, pozos llenos de libros, agentes
eclesiásticos y torna y vuelve y daca, el héroe de Boteros sufrió el
martirio de Tántalo durante un año largo, pues hasta el verano de
1832 no se allanaron las dificultades. Cuando don Felicísimo escribió
a Cordero participándole este feliz suceso, añadía que solo faltaba
una firma del señor obispo Abarca para que todo aquel grandísimo lío
terminase.
Durante esta larga espera, la familia de Cordero continuaba sin novedad
en la salud y en las costumbres. El invierno lo pasaron en Madrid para
atender a la educación de los niños y a la tienda, que don Benigno juró
no abandonar mientras el edificio de sus felicidades no fuese coronado
con la gallarda cúpula del casamiento. A la entrada de la primavera
se trasladaron todos a los Cigarrales, acompañados de Alelí, que cada
día tomaba más afición a la familia y se entretenía en enseñar a
_Mosquetín_ a andar en dos pies.
Innecesario será decir, pero digámoslo, que don Benigno, si bien
trataba familiarmente a Sola, no traspasó jamás, en aquella larga
antesala de las bodas, los límites del decoro y de la dignidad. Se
estimaba demasiado a sí mismo y amaba a Sola lo bastante para proceder
de aquella manera delicada y caballerosa, magnificando su ya magnífica
conducta con el mérito nuevo de la castidad. Ni siquiera se permitía
tutear a su prometida, porque el tuteo, decía, trae insensiblemente
libertades peligrosas, y porque el decoro del lenguaje es siempre una
garantía del decoro de las acciones.
En este tiempo ocurrió también la dispersión de algunos personajes
muy principales de esta historia. Salvador se fue a Andalucía, donde
encontró abundancia de cuadros y antigüedades de mérito. Luego subió
por Extremadura a Salamanca, vino a Madrid en febrero de 1832 a exigir
de Carnicero el cumplimiento del pacto, y habiendo ocurrido dilaciones,
celebraron un nuevo pacto-prórroga, que terminó cuatro meses después
con feliz éxito el asunto. El aventurero vio al fin en sus manos la
mitad de la herencia de su tío, gracias a las uñas de don Felicísimo,
que acariciando la otra mitad, desenmarañó la madeja. Fue Salvador a
París en la primavera para rendir cuentas a Aguado, y en el verano
tornó a España y a Madrid para ultimar un asunto de vales reales que en
la corte tenía.
Jenara pasó en Madrid el invierno de 1831 a 1832, y en primavera se
trasladó a Valencia, volviendo al poco tiempo para instalarse en San
Ildefonso. La opinión pública que, tal vez sin motivo, le tenía mala
voluntad, hacía correr acerca de su conducta rumores poco favorables,
aunque eran de esos que cualquier dama ilustre de aquellos tiempos,
y de estos y de todos los tiempos soporta sin detrimento alguno en
el lustre de su casa, antes bien aumentándolo y viéndose cada día
más obsequiada y enaltecida. Si en el año anterior fue tildada de
aficionarse con exceso a la oratoria forense y parlamentaria, ahora
decían de ella que se pirraba por la poesía lírica, prefiriendo sobre
todos los géneros el _byroniano_, o sea de las desesperaciones y
lamentos, sin admitir consuelo alguno en este mundo ni en el otro.
Enorme escuadrón de amigos la despidió al marchar a la Granja. Adiós,
gentil Angélica, engañadora Circe. No podemos seguirte aún. Nos llaman
por algún tiempo en Madrid afecciones de literatos que nos son más
caras que las propias niñas de nuestros ojos. Y era curioso ver cómo
se iba encrespando aquel piélago de ideas, de temas literarios e
imágenes poéticas del cafetín llamado Parnasillo. Sin duda, de allí
había de salir algo grande. Ya se hablaba mucho y con ardor de un drama
célebre estrenado en París el 25 de febrero de 1830, y que tenía el
privilegio de dividir y enzarzar a todos los ingenios del mundo en
atroz contienda. El asunto, según algunos de los nuestros, no podía
ser más disparatado. Un príncipe apócrifo que se hace bandolero, una
dama obsequiada por tres pretendientes, un viejo prócer enamorado y un
emperador del mundo, son los personajes principales. Luego hay aquello
de que todos conspiran contra todos, y de que pasan cosas históricas
que la historia no ha tenido el honor de conocer jamás. Y hay un pasaje
en que el prócer que aborrece al bandido lo salva del emperador; y
luego el emperador se lleva la muchacha, y el bandolero se une al
prócer; y como uno de los dos está de más porque ambos quieren a la
señorita, el bandolero jura que se matará cuando el prócer toque un
cierto cuerno que aquel le da en prenda de su palabra; y cuando todo va
a acabar en bien porque el emperador ha perdonado a chicos y grandes
y viene el casorio de los amantes con espléndida fiesta, suena el
consabido cuerno: el príncipe bandolero recuerda que juró matarse, y,
en efecto, se mata.
Si a unos les parece esto el colmo del absurdo, a otros les parece
de perlas. Riñen los exaltados con los retóricos, y en medio de las
disputas sale a relucir una palabra que estos profieren con desprecio,
aquellos con orgullo. ¡_Románticos_!... Aguarde un poco el lector
que ya vendrán a su tiempo la amarillez del rostro, las largas y
descuidadas melenas, las estrechas casacas. Por ahora el romanticismo
no ha pasado a las maneras ni al vestido, y se mantiene gallardo y
majestuoso en la esfera del ideal.
El drama francés es un monstruo para algunos; pero ¡qué aliento de
vida, de inspiración, de grandeza en este monstruo, pariente sin duda
de las hidras calderonianas, ante cuya indómita arrogancia, a veces
sublime, salvaje a veces, parecen gatos disecados las esfinges del
clasicismo! Contra la frialdad de un arte moribundo protesta un arte
incendiario; la corrección es atropellada por el delirio; las reglas,
con sus gastados cachivaches, se hunden para dar paso a la regla
única y soberana de la inspiración. Se acaba la poesía que proscribe
los personajes que no sean reyes, y se proclama la igualdad en el
colosal imperio de los protagonistas. Rómpese como un código irrisorio
la jerarquía de las palabras nobles o innobles, y el pueblo, con su
sencillez y crudeza nativa, habla a las musas de _tú_. Caen heridos
de muerte todos los monopolios: ya no hay asuntos privilegiados, y al
templo del arte se le abren unas puertas muy grandes para dar paso a
la irrupción que se prepara. Se suprimen los títulos nobiliarios de
ciertas ideas, y se ordena que el Mar, por ejemplo, que de antiguo
venía metiendo bulla y soplándose mucho con los retumbantes dictados de
Nereo, Neptuno, Tetis, Anfitrite, sea despojado de estos tratamientos
y se llame simplemente Fulano de Tal, es decir, el _Mar_. Lo mismo les
pasa a la Tierra, al Viento, al Rayo.
Mucho podríamos decir sobre esta revolución que tuvimos la gloria de
presenciar; pero damos punto aquí porque no es llegada aún la sazón de
ella, y sus insignes jefes no eran todavía más que conspiradores. El
café del Príncipe era una logia literaria, donde se elaboraba entre
disputas la gloriosa emancipación de la fantasía, al grito mágico de
¡_España por Calderón_!
El teatro dormitaba solitario y triste; pero ya sonaban cerca las
espuelas de _Don Álvaro_. _Marsilla_ y _Manrique_ estaban más lejos;
pero también se sentían sus pisadas, estremeciendo las podridas tablas
de los antiguos corrales. Comenzaba a invadir los ánimos la fiebre del
sentimiento heroico, y las amarguras y melancolías se ponían de moda.
Las grandes obras de Espronceda no existían aún, y de él solo se
conocían el _Pelayo_, la _Serenata_ compuesta en Londres y otras
composiciones de calidad secundaria. Vivía sin asiento, derramando a
manos llenas los tesoros de la vida y de la inteligencia, llevando
sobre sí, como un fardo enojoso que para todo le estorbaba, su genio
potente y su corazón repleto de exaltados afectos. Unos versos
indiscretos le hicieron perder su puesto en la Guardia Real. Fue
desterrado a la villa de Cuéllar, donde se dedicó a escribir novelas.
Vega había escrito ya composiciones primorosas; pero sin entrar aún
en aquellas íntimas relaciones con Talía, que tanto dieron que hablar
a la Fama; Bretón había vuelto de Andalucía, y con sin igual ingenio
explotaba la rica hacienda heredada de Moratín; Martínez de la Rosa
trabajaba oscuramente en Granada; Gallego vivía a la sazón en Sevilla;
Gil y Zárate, perseguido siempre por la inquisitorial censura del padre
Carrillo, había abandonado el teatro por una cátedra de francés.
Caballero, Villalta, Revilla, Vedia, Segovia y otros insignes jóvenes
cultivaban con brío la lírica, la historia y la crítica.
Al propio tiempo la pintura de la vida real, es decir, del espíritu,
lenguaje y modo de la sociedad en que vivimos, era acometida por un
joven artista madrileño para quien esta grande empresa estaba guardada.
Miradle. No parece tener más de veintiséis o veintisiete años. Es
pequeño de cuerpo, usa anteojos, y siempre que mira parece que se
burla. Es, más que un hombre, la observación humanada uniéndose a la
gracia, y disimulando el aguijoncillo de la curiosidad maleante con el
floreo de la discreción. De sus ojos parte un rayo de viveza que en un
instante explora toda la superficie, y sin saber cómo se mete hasta el
fondo, sacando los corazones a la cara; y al hacerlo parece que se ríe,
como dando a entender que a nadie lastimará en sus disecciones de vivos.
Este joven, a quien estaba destinado el resucitar en nuestro siglo
la muerta y casi olvidada pintura de la realidad de la vida española
tal como la practicó Cervantes, comenzó en 1832 su labor fecunda, que
había de ser principio y fundamento de una larga escuela de prosistas.
Él trajo el cuadro de costumbres, la sátira amena, la rica pintura
de la vida, elementos de que toma su sustancia y hechura la novela.
Él arrojó en esta gran alquitara, donde bulliciosa hierve nuestra
cultura, un género nuevo, despreciado de los clásicos, olvidado de
los románticos, y él solo había de darle su mayor desarrollo y toda
la perfección posible. Tuvo secuaces, como Larra, cuya originalidad
consiste en la crítica literaria y la sátira política, siendo en la
pintura de costumbres discípulo y continuador de _El Curioso Parlante_;
tuvo imitadores sin cuento, y tantos, tantos admiradores que, en su
larga vida, los españoles no han cesado de poner laureles en la frente
de este valeroso soldado de Cervantes.
En 1831 escribió el _Manual de Madrid_, anunciando en él sus dotes
literarias y una pasión que había de ocuparle toda la vida, la
pasión de Madrid. En enero del año siguiente publicó _El Retrato_
en las _Cartas Españolas_ de Carnerero, y tras _El Retrato_ vino
sin interrupción esa galería de deliciosos cuadros matritenses, que
servirá, el día en que la capital de España se pierda, para encontrarla
aunque se meta cien estados bajo tierra. ¡Asombroso poder del ingenio!
Aquellos revueltos tiempos en que se decidió la suerte de la nación
española han quedado más impresos en nuestra mente por su literatura
que por su historia; y antes que la Pragmática Sanción, y el Carlismo
y la Amnistía, antes que el Auto acordado y la Corte de Oñate y el
Estatuto, viven en nuestra memoria don Plácido Cascabelillo, don
Pascual Bailón Corredera, don Solícito Ganzúa, don Homobono Quiñones y
otras dignas personas nacidas de la realidad y lanzadas al mundo con el
perdurable sello del arte.
En agosto del mismo año de 1832 principió a salir el _Pobrecito
Hablador_, de Larra. De este quisiéramos hablar un poco; pero el
insoportable calor nos obliga a salir de Madrid.
Antes de partir haremos una visita a don Felicísimo, en cuya casa
hallamos grandísima novedad, y es que al cabo de no pocas dudas y
vacilaciones, el insigne Pipaón se decidió a manifestar a Micaelita
su propósito de tomarla por esposa, considerando que si buenos
desperfectos tenía, con buenas talegas iban disimulados. Es opinión
admitida por todos los historiadores que Micaelita no rezó ningún
padrenuestro al oír nueva tan lisonjera de los labios del cortesano de
1815. Don Felicísimo y doña Sagrario se regocijaron, pues no podían
soñar mejor partido para aquel poco solicitado género que un individuo
encaminado a ser, por sus prendas excepcionales, el Calomarde de los
tiempos futuros.
Nuestra buena suerte quiso que, al dar un vistazo al agente de asuntos
eclésiasticos, halláramos al señor de Pipaón, que también se despedía.
Deleitosa conversación se entabló entre los dos. Cuando el cortesano
estrechó entre los suyos fuertísimos los dedos de corcho del señor don
Felicísimo, este exhaló un hipo y dijo:
—Me olvidaba... Querido Pipaón, puesto que va usted inmediatamente para
allá, hágame el favor de llevar esta carta.
Y diciéndolo, el anciano levantó el pie de cabrón con ademán que algo
tenía de ceremonioso y cabalístico, como el mágico que alza cubiletes y
descubre signos. El sobre de la carta de que se hizo cargo Pipaón decía:
_Al señor don Carlos Navarro, en San Ildefonso._