—Se ha fijado la gota en el pecho...
—Así parece.
—Peligro inminente..., ¡muerte!
—El Señor lo dispone así...
El que tal dijo (y lo dijo con el aplomo del que está en los secretos
de Dios y mantiene relaciones absolutamente familiares con Él) era
un anciano corpulento, recio y hasta majestuoso, vestido de luengas
ropas moradas. Parecía la efigie de un santo doctor bajado de los
altares, y sus palabras querían tener una autoridad semidivina. Hablaba
dogmáticamente y no admitía réplica. Era obispo y aragonés.
Su interlocutor vestía también ropas talares, pero negras, sin adorno
alguno ni preciadas insignias. No parecía tener más de treinta y cinco
años, y se distinguía por su hermosura, como el obispo de León por su
apostólica majestad. Era el padre Carranza, prepósito de los jesuitas,
hombre listo si los hay, y además de cara bonita, calidad que avaloraba
su extraordinaria elocuencia, de tal modo que cuando subía al púlpito
parecía un ángel con sotana, celestial mensajero para proclamar con
encantadora voz lo pecadores que somos. Por su elocuencia y talento (no
por otras de sus eminentes cualidades, como la malignidad ha dicho
alguna vez) ganó en absoluto la confianza de doña Francisca, a quien
conoceremos en seguida.
—Diga usted a Sus Altezas que Su Majestad me ha llamado para pedirme
consejo en estas críticas circunstancias. En este momento Su Excelencia
el señor Calomarde está en la cámara de Su Majestad, el cual..., Dios
lo quiere así..., continúa en malísimo estado, en deplorable estado...
Cúmplase la voluntad del Altísimo.
Esto se decía en lujosa antecámara de esas que abundan en nuestros
palacios reales, y que en su ornato y mueblaje ofrecían mezcla confusa
del estilo Luis XV y del gusto neoclásico puesto en moda por el
imperio francés. La tapicería era rica y graciosa; el piso, cubierto
de finísimo junco, daba carácter español al recinto, y por el techo
corrían, entre nubecillas semejantes a espuma de huevo batido, varias
ninfas a lo Bayeu que parecían representaciones de la retórica de
Hermosilla y de la poesía moratiniana, según las baratijas simbólicas
que cada una llevaba en la mano para dar a conocer su empleo en el
vasto reino de lo ideal. La luz que alumbraba la pieza era escasa;
apenas se distinguía un Carlos IV en traje de caza que en la pared
principal estaba, escopeta en mano, la bondadosa boca contraída por
la sonrisa, con la vista un poco extraviada hacia el techo, cual si
intentara dar un susto a las ninfas que por él se paseaban tranquilas
sin meterse con nadie.
La hermosa figura del obispo y el elegante cuerpo negro del jesuita
concordaban admirablemente con aquel fondo o decoración palatina. Ambos
dijeron algunas palabras precipitadas que no pudimos oír, y salieron
a prisa por distintas puertas. Seguiremos al jesuita guapo, quien
rápidamente nos llevó a otra monumental y vistosa sala, donde salieron
a recibirle dos damas más notables por su rango que por su belleza.
Eran la infanta doña Francisca y la princesa de Beira, brasileñas y
ambiciosas. La primera habría sido hermosa si no afeara sus facciones
el tinte rojizo, comúnmente llamado color de hígado. La segunda llamaba
la atención por su arremangada nariz, su boca fruncida, su entrecejo
displicente, rasgos de los cuales resultaba un conjunto orgulloso y
nada simpático, como emblema del despotismo degenerado que se usaba por
aquellos tiempos.
El padre Carranza les habló con nerviosa precipitación, y ellas le
oyeron con la complacencia, mejor dicho, con la fe que el buen señor
les inspiraba, y en el ardiente y vivísimo coloquio, semejante a un
secreteo de confesonario, se destacaban estas frases: «Dios lo dispone
así... Veremos lo que resulta de ese consejo... ¿Y qué hará esa pobre
Cristina?».
Los tres pasaron luego a la pieza inmediata, solo ocupada en aquel
momento por un hombre, en el cual conviene que nos fijemos por ser
de estos individuos que, aun careciendo de todo mérito personal y
también de maldades y vicios, dejan a su paso por el mundo más memoria
y un rastro mayor que todos los virtuosos y los malvados todos de
una generación. Hallábase sentado, apoyado el codo en el pupitre y la
mejilla en la palma de la mano, serio, meditabundo, parecido por causa
del lugar y las circunstancias a un grande emperador de cuyos planes y
designios depende la suerte del mundo. Y la de España dependía entonces
de aquel hombre, extraordinariamente pequeño para colocado en las
alturas de la monarquía. Tenía todas las cualidades de un buen padre
de familia y de un honrado vecino de cualquier villa o aldea; pero ni
una sola de las que son necesarias al oficio de rey verdadero. Siendo,
como era, rey de pretensiones, y, por lo tanto, batallador, su nulidad
se manifestaba más, y no hubo momento en su vida, desde que empezó la
reclamación armada de sus derechos, en que aquella nulidad no saliese a
relucir, ya en lo político, ya en lo marcial. Era un genio negativo, o
hablando familiarmente, no valía para maldita de Dios la cosa.
Su Alteza se parecía poco al rey Fernando. Su mirada turbia y sin
brillo no anunciaba, como en este, pasiones violentas, sino la
tranquilidad del hombre pasivo, cuyo destino es ser juguete de los
acontecimientos. Era su cara de esas que no tienen el don de hacer
amigos; y si no fuera por los derechos que llevaba en sí como un
prestigio indiscutible emanado del cielo, no habrían sido muchos los
secuaces de aquel hombre frío de rostro, de mirar, de palabra, de
afectos y de deseos, como no fuera el vehemente prurito de reinar. Su
boca era grande y menos fea que la de Fernando, pues su labio no iba
tan afuera; pero el gran desarrollo de su mandíbula inferior, alargando
considerablemente su cara, le hacía desmerecer mucho. El tipo austríaco
se revelaba en él más que el borbónico, y bajo sus facciones reales se
veía pasar confusa la fisonomía de aquel espectro que se llamó Carlos
II el Hechizado. A pesar del lejano parentesco, la quijada era la
misma, solo que tenía más carne.
Cuando entraron las infantas, don Carlos levantó los ojos de su
pupitre, miró con tristeza a las damas, después a un cuadro que frente
a él estaba, y era la imagen de la Purísima Concepción. El soberano
de los apostólicos dio un suspiro como los que daba don Quijote en la
presencia ideal de Dulcinea del Toboso, y luego se quedó mirando un
rato a la pintura cual si mentalmente rezara.
—Francisquita —dijo al concluir—, no me traigas recados, como no sean
para darme cuenta de la enfermedad de mi adorado hermano. No quiero
intrigas palaciegas, ni menos conspiraciones para sublevar tropa,
paisanos o voluntarios realistas. Mis derechos son claros y vienen de
Dios: no necesitan más que su propia fuerza divina para triunfar, y
aquí están de más las espadas y bayonetas. No se ha de derramar sangre
por mí, ni es necesario tampoco. Yo no conquisto, tomo lo mío de mano
del Altísimo que me lo ha de dar. Esa, esa augusta Señora —añadió
señalando el cuadro— es la patrona de mi causa y la generalísima
de nuestros ejércitos: ella nos dará todo hecho sin necesidad de
intrigas, ni de sangre, ni de conspiraciones y atropellos.
Doña Francisca miró a la imagen bendita, y aunque era, como su ilustre
esposo, mujer de sincera devoción, no parecía fiar mucho, en aquellos
momentos, de la excelsa patrona y generalísima. La de Beira fue la
primera que tomó la palabra para decir a Su Alteza:
—Carlitos, no podemos estar mano sobre mano ni esperar los
acontecimientos con esa santa calma tuya, cuando se van a decidir
las cosas más graves. Nosotras no intrigamos, lo que hacemos es
apercibirnos para cortar las intrigas que se traman contra ti, legítimo
heredero del trono, y contra nosotras. No conspiramos; pero estamos a
la mira de la conspiración asquerosa de los liberales, que ahora se
llamarán _cristinos_, para burlar tus derechos, emanados de Dios, y
alterar la ley sagrada de la sucesión a la corona. En este momento,
Cristina, por encargo del rey, llama a consejo al ministro Calomarde,
al obispo de León y al conde de la Alcudia. ¿Sabes para qué?
—¿Para qué?
—Para proponer un arreglo, una componenda —dijo prontamente doña
Francisca, no menos iracunda que su hermana—. Pronto lo sabremos. Esa
pobre Cristina apelará a todos los medios para embrollar las cosas y
ganar tiempo, hasta que se desencadenen las furias de la revolución,
que es su esperanza.
—¡Un arreglo!... —dijo don Carlos con entereza—. ¿Con quién y de qué?
Entre los derechos legítimos, sagrados y la usurpación ilegal no puede
haber arreglo posible.
Dijo esto con tanto aplomo, que parecía un sabio. Después miró a la
Virgen como para tener la satisfacción de ver que ella opinaba lo mismo.
—Basta de cuestiones políticas —dijo Su Alteza volviendo a tomar una
actitud tranquila—. ¿Sigue Fernando más aliviado del paroxismo de esta
tarde?
—Hasta ahora no hay síntomas de que se repita...
—Pero puede suceder que de un momento a otro...
—¡Pobre Fernando! —exclamó don Carlos dando un gran suspiro y apoyando
la barba en el pecho. Incapaz de fingimiento y de mentira, la
apariencia tétrica del infante era fiel expresión de la vivísima pena
que sentía. Amaba entrañablemente a su hermano. Para que todo fuera
en desventaja de los españoles, Dios quiso que estos se dividieran en
bandos de aborrecimiento, mientras los hermanos que ocasionaron tantos
desastres vivieron siempre enlazados por el afecto más leal y cariñoso.
Poco más de lo transcrito hablaron el infante y las dos damas,
porque empezó a reunirse la camarilla en el salón inmediato, y doña
Francisca y su hermana abandonaron a don Carlos para recibir a los
aduladores, pretendientes y cofrades reverendos de aquella cortesana
intriga. En poco tiempo llenose la cámara de personajes diversos:
el conde de Negri, el padre Carranza, el embajador de Nápoles,
vendido secretamente a los apostólicos desde mucho antes, y don Juan
de Pipaón, que, según todas las apariencias, representaba en el
seno de la comunidad apostólica a Calomarde. Luego aparecieron el
obispo de León y el conde de la Alcudia, y entonces la cámara fue un
hervidero de preguntas y comentarios. Vanidad, servilismo, adulación,
los rostros pálidos, las palabras ansiosas, el respeto olvidado, el
rencor no satisfecho, la esperanza cohibida por el temor... todo esto
había bajo aquel techo habitado por sosas ninfas, entre aquellos
tapices representando borracheras a lo Teniers, remilgadas pastoras, o
cabriolas de sátiros en los jardines de Helicona.
—Una proposición inaudita, señores —dijo el reverendo obispo con
fiereza—. Veremos lo que opina el señor. Ahí es nada... Quieren que
durante la enfermedad del rey se encargue del gobierno doña Cristina, y
que el serenísimo señor infante sea... su consejero.
Una exclamación de horror acogió estas palabras. La princesa de Beira
casi lloraba de rabia, y a la orgullosa doña Francisca le temblaban los
labios y no podía hablar.
—Es una desvergüenza —se atrevió a decir Pipaón, que siempre quería
dejar atrás a todos en la expresión extremada del entusiasmo apostólico.
—Es una jugarreta napolitana —indicó Negri, que en estas ocasiones
gustaba de decir algo que hiciera reír.
—Es burlarse de los designios del Altísimo —afirmó Abarca, atento
siempre a entrometer a la Divinidad en aquellas danzas.
—Es simplemente una tontería —dijo el de la Alcudia—. Veamos la opinión
de Su Alteza.
El ministro y el obispo pasaron a ver a don Carlos, que hasta entonces
tenía la digna costumbre de huir de los conventículos donde se
ventilaban entre aspavientos y lamentaciones los intereses de su causa,
y al poco rato salieron radiantes de gozo. Su Alteza había contestado
con enérgica negativa a la proposición de la _madre de Isabelita_; que
de este modo solían allí nombrar a la reina Cristina.
Corrieron entonces los cortesanos del cuarto del infante a la cámara
real, donde, en vista de la denegación, se buscaban nuevas fórmulas
para llegar al deseado arreglo. Hora y media pasó en ansiedades y locas
impaciencias. La reina y los ministros conferenciaban en la antecámara
del rey. En la alcoba de este nadie podía penetrar, a excepción de
Cristina, los médicos y los ayudas de cámara de Su Majestad. El infante
no salía del rincón de su cuarto en que se recogía como un cenobita que
hace penitencia; pero la bulliciosa infanta, la implacable princesa
de Beira, su hijo don Sebastián y la mujer de este no se daban punto
de reposo, inquiriendo, atisbando, en medio del vertiginoso ciclón de
cortesanos que iba y venía y volteaba con mareante susurro.
Al fin aparecieron el obispo y el conde de la Alcudia trayendo las
nuevas proposiciones de arreglo. ¿Cuáles eran? «¡Una regencia compuesta
de Cristina y don Carlos, con tal que este empeñase solemnemente su
palabra de no atentar a los derechos de la princesa Isabel!». Tal era
la proposición, que a unos parecía absurda, a otros insolente, a los
más ridícula. Hubo exclamaciones, monosílabos de desprecio y amargas
risas. «¡Los derechos de Isabelita!». Esta idea ponía fuera de sí a la
enfática y siempre hinchada princesa de Beira.
¿Y quién sabrá pintar la escena del cuarto de don Carlos, cuando el
obispo y el ministro le comunicaron la última proposición de los reyes?
Por todos los santos se puede jurar que el que tal escena vio no la
olvidará aunque mil años viva. Nosotros, que la vimos presente, la
tenemos cual si hubiera pasado ayer; ¿pero cómo acertar a describirla?
Es tan rica de matices y al propio tiempo tan sencilla, que fácilmente
se perderá en las manos del arte. ¡Pasó allí tan poca cosa, y fue de
tanta transcendencia lo que allí pasó!... No hubo ruido; pero en el
silencio grave de aquella sala se engendraron las mayores tempestades
españolas del siglo.
Al ver entrar al obispo y al ministro, seguidos de las infantas, don
Sebastián y el agraciadísimo padre Carranza, levantose don Carlos
solemnemente. Era hombre que sabía dar a ciertos actos una majestad
severa que contrastaba con su llaneza en la vida privada. Mientras
Alcudia leía el borrador del decreto en que se establecía la doble
regencia, la princesa de Beira estaba lívida y doña Francisca mordía
las puntas del pañuelo. Ambas hermanas vestían modestamente. ¿Quién
olvidará sus talles altos, sus ampulosos senos, sus peinados de tres
lazos y sus pañoletas de colores? Eran como dos estatuas de la ambición
doméstico-palatina, erigidas en el centro del arco que formaba la
comisión de príncipes y magnates. Miraban ansiosos a don Carlos, cual
si temieran que el grande amor que al rey tenía venciera su entereza
en aquel crítico instante, haciéndole incurrir en una debilidad que se
confundiría con la bajeza.
Don Carlos no tenía talento, pero tenía fe, una fe tan grande en sus
derechos, que estos y los Santos Evangelios venían a ser para Su Alteza
Serenísima una misma cosa. La fe, que en lo moral producía en él la
honradez más pura y en los actos políticos una terquedad lamentable,
fue lo que en tal momento salvó la causa apostólica, llenando de júbilo
los corazones de aquellos señorones codiciosos y princesas levantiscas.
Mientras duró la lectura, don Carlos no quitó los ojos del cuadro de
la Purísima, a quien sería mejor llamar Capitana por las prerrogativas
militares que el príncipe le había dado. Siguió a esto una pausa
silenciosa, durante la cual no se oía más que el rumorcillo del papel
al ser doblado por el conde de la Alcudia. Las infantas miraban a los
labios de don Carlos, y don Carlos se puso pálido, alzó la frente, más
ancha que hermosa, y tosió ligeramente. Parecía que iba a decir las
cosas más estupendas de que es capaz la palabra humana, o a dictar
leyes al mundo como su homónimo el de Gante las dictaba desde un rincón
del Alcázar de Toledo. Con voz campanuda dijo así:
—No ambiciono ser rey; antes por el contrario, desearía librarme de
carga tan pesada, que reconozco superior a mis fuerzas... pero...
Aquí se detuvo buscando la frase. Doña Francisca estuvo a punto de
desmayarse, y la de Beira echaba fuego por sus ojos.
—Pero Dios —añadió don Carlos—, que me ha colocado en esta posición, me
guiará en este valle de lágrimas... Dios me permitirá cumplir tan alta
empresa.
Aún no se sabía qué empresa era aquella que Dios, protector decidido de
la causa, tomaba a su cargo en este valle de lágrimas. El conde de la
Alcudia, que a pesar de estar secretamente afiliado al partido de don
Carlos quería cumplir la misión que le había dado el rey, dijo algunas
palabras en pro de la avenencia. Pero entonces don Carlos, como si
recibiera una inspiración del cielo, habló con facilidad y energía en
estos términos, que son exactos y textuales:
—«No estoy engañado, no, pues sé muy bien que si yo por cualquier
motivo cediese esta corona a quien no tiene derecho a ella, me tomaría
Dios estrechísima cuenta en el otro mundo, y mi confesor en este no me
lo perdonaría; y esta cuenta sería aún más estrecha, perjudicando yo a
tantos otros y siendo yo causa de todo lo que resultare; por tanto, no
hay que cansarse, pues no mudo de parecer».
Dijo, y se sentó cansado. Las infantas dejaron a sus abanicos
la expresión del orgullo y vanagloria que sentían por aquellas
cristianísimas palabras. ¿Qué cosa más admirable que un príncipe
decidido a reinar sobre nosotros, no por ambición, no por deseo de
aplicar al gobierno un entendimiento que se siente poderoso, sino
por cristianismo puro, por temor de Dios y por miedo al infierno? En
aquel breve discurso nos explicó Su Alteza Serenísima la clave de sus
ideas, de su modo de hacer la guerra y de gobernar. No era ambicioso
ni conquistador, sino una especie de cruzado de la Tierra Santa de
sus derechos. Según él, Dios estaba profundamente interesado en aquel
negocio; no se sabe lo que habría pasado en los reinos celestiales si
al buen infante le da la mala tentación de dejar reinar a _Isabelita_.
Es sabido que estas contiendas de familia se miran allá arriba como
cosa de casa. Bien enterado estaba de todo el confesor de Su Alteza,
que así le había pintado la imposibilidad de ser modesto, y la urgente
precisión de ceñirse la corona, por estar así acordado allá donde se
hacen y deshacen los imperios. ¿Y cómo se iba a atrever el pobre don
Carlos a confesar en el temeroso tribunal de la penitencia el horrible
delito de no querer ser rey? ¿Y además, no estaba de por medio la
infeliz España, a quien Dios no podía abandonar? ¿Y qué era el príncipe
más que el instrumento de Dios, protector decidido en todos tiempos
de nuestra nación, con preferencia a todas las demás que ocupan la
interesante Europa, la América lozana, la negra África y el Asia
opulenta? ¡Instrumento de la Providencia! Esto y no otra cosa era don
Carlos, y bien lo comprendía así el bueno, el evangélico, el seráfico
obispo de León, cuando al salir de la cámara del infante se abrió paso
entre la multitud de cortesanos, diciendo con entusiasmo:
—¡Paso al partido del Altísimo!
Olvidábamos decir que don Carlos, luego que dio aquella respuesta digna
de un arcángel encargado de defender una celestial fortaleza sitiada
por los pícaros demonios, habló con sus amigos y con su esposa y
cuñada, repitiéndoles lo que ya les había dicho muchas veces, a saber:
que se negaba resueltamente a apelar a las armas, que desaprobaba todas
las conspiraciones fraguadas en su nombre, y que se le enterase cada
poco rato del estado de la salud del rey.
Luego se encerró en su oratorio, donde rezó gran parte de la noche,
pidiendo a Dios, su superior jerárquico, y a la Limpia y Pura, su
generala en jefe, que salvaran la vida de su amado hermano Fernando.
Tal era, ni más ni menos, aquel don Carlos que en España ha llenado
el siglo con su nombre lúgubre, monstruo de candor y de fanatismo, de
honradez y de ineptitud.