Deseoso de que su dicha fuera realidad dentro del más breve plazo, don
Benigno arregló sus papeles y pidió los de Sola, que estaban en un
pueblo del reino de León. Entre tanto que venían aquellos malhadados
documentos, sin los cuales no es posible encender cristianamente la
antorcha de Himeneo, los futuros cónyuges vivían en intimidad honesta y
dulce, en una especie de luna de miel de la amistad, en pleno reinado
de la paz doméstica, cuyos encantos se multiplicaban con la deliciosa
existencia campesina. Los días pasaban empujándose suavemente unos
a otros, y cada uno de ellos tenía sobre sus propias alegrías la
esperanza de las alegrías del siguiente. Nunca faltaba una operación
de labranza, un paseo al monte, una merienda en las praderas del río,
y nunca como en aquellas gratas ocasiones se le venían a la memoria
al buen Cordero los pensamientos del filósofo de la libertad y la
naturaleza. Tan pronto recitaba aquel pasaje en que Rousseau encomia
las dulzuras de la amistad, como aquel otro en que hace el panegírico
de las _comidas rústicas preparadas por el ejercicio, sazonadas por el
apetito, la libertad y la alegría_. El anatema de los convites urbanos
no es menos enérgico que la apología de las meriendas sobre la hierba.
Emprendiéronse las reformas de la casa con gran actividad. Cordero
encargó a Madrid los regalos con que pensaba expresar a Sola la pureza
de su afecto y la enormidad de su admiración. También ella hacía sus
preparativos, aunque en pequeña escala, pues quería que los nuevos
dominios que iba a poseer se rigieran por la ley de sus dominios
antiguos, que era la modestia.
Solo una contrariedad agriaba el ánimo de Cordero, poniéndole de mal
humor a ratos. Era que los papeles de Sola no venían. Era que en
los libros parroquiales de La Bañeza había no sabemos qué embrollo
o confusión, y quizás algo de ineptitud o mala fe en la persona
comisionada para arreglar el asunto. Llegó el mes de agosto, y los
dichosos papeles no parecían. A mediados de dicho mes, el cansancio
de Cordero no podía ser mayor; y recordando que tenía en Madrid un
amigo que era el mejor agente de negocios eclesiásticos de toda
España, escribiole una larga carta encomendándole la reclamación y
pronto despacho de aquel asunto, que era la clave de su dicha. En el
sobrescrito puso: «Señor don Felicísimo Carnicero, calle del Duque de
Alba, en Madrid».
¿Y qué? ¿Perderemos esta ocasión de trasladarnos otra vez a la Villa
y Corte sin pagar costas de viaje? No mil veces; que estas ocasiones
no se presentan todos los días. Callandito nos deslizamos dentro de la
carta, y henos aquí en poder del ordinario de Toledo, que puntualmente
la llevará a su destino, y a nosotros con ella.
Muy bien se va dentro de una carta. Además de que no hay mejor
aposento que un pedazo de papel doblado, tenemos la ventaja de conocer
los secretos que nuestras compañeras de viaje, las señoras letras,
llevan consigo. Una oblea es llave de nuestra breve cárcel, y un dedo
vacilante, rompiendo la frágil pared, nos devuelve la libertad.
Ya estamos.
Abierto el papel, salimos un poco estropeados y entumecidos a causa de
la postura violenta que es indispensable en los viajes epistolares, y
pronto nos hallamos frente a frente de una tabla que se esforzaba en
ser semblante humano. Era don Felicísimo, que en aquel momento en que
le vemos, decía:
—Permítame usted que lea esta carta.
Tenía visita. Miramos, y en efecto, frente a la mesa estaba un
caballero de muy buena presencia, el cual, si no tenía cuarenta años,
andaba muy cerca de ellos. Vestía bien. Su rostro era moreno, su frente
alta y hermosa, su complexión robusta, sin dejar de ser delicada, su
modo de mirar triste, sus ojos negros y ardientes a la vez, como las
noches de verano.
Carnicero leyó la carta, y dijo entre dientes: «bueno».
Después la puso bajo el pie de cabrón, y prosiguió lo que con aquel
buen señor hablaba cuando llegamos.
—Decía que el negocio de usted es de los más delicados que he visto.
Parte de la fortuna de su tío de usted, el señor canónigo de la Sonora,
ha debido pasar al Monte Pío Beneficial de la diócesis de Pamplona. Lo
que está en la escribanía de la Puebla de Arganzón puede ser recogido
por usted si tiene valimiento y activa el asunto. ¿Por qué no se
presentó usted a recoger su herencia cuando tuvo noticia del depósito?
Ya me ha dicho usted que en aquellos días estaba emigrado y perseguido
por las leyes. Pero eso no es una razón. Hoy también lo está usted, y
si se le deja en paz y aun se le permite abandonar la farsa del nombre
supuesto, es porque ha traído recomendaciones de altos personajes
legitimistas... Yo..., puesto en lugar de usted, me decidiría a perder
la mitad de la herencia del señor canónigo de la Sonora con tal de
sacar libre la otra mitad, y confiaría mi pleito a un agente hábil y
astuto que supiera mover los trastos y sacar adelante el negocio con
toda prontitud.
—Ya lo he pensado —dijo el caballero—, y no tengo inconveniente en
ceder la mitad de la herencia a la persona que arregle esta cuestión
sacando del Monte Pío Beneficial de Pamplona lo que indebidamente ha
sido llevado a él. ¿Quiere usted que hagamos el convenio ahora mismo?
Don Felicísimo pareció dudar. Su cara de fósil sufrió transformaciones
ligerísimas en color y contextura, cual si estuviera sometida en un
laboratorio a fuertes influencias químicas. Variaron sus mejillas del
gris cretáceo al rojo de cinabrio, su frente se llenó de arrugas como
un terreno que se cuartea a causa de un recalentamiento interior, y sus
ojos cambiaron un momento la transparencia imperfecta del talco por el
brillo del feldespato.
—La mitad, la mitad, y punto concluido —dijo el otro, que sin duda era
más vivo que un azogue y gustaba de las resoluciones prontas—. Hagamos
el contrato hoy mismo, y fijemos seis meses para el despacho del
negocio. Si a los seis meses está resuelto, la mitad para mí, la mitad
para usted.
Don Felicísimo empezó a balbucir excusas y a presentar sus muchos años
y su retraimiento de los negocios como un obstáculo para emprender
aquel que se le proponía. Habló mucho reconociéndose incapaz. Por los
dos ángulos de su boca salía la saliva como una erupción bituminosa,
que en aquellas concreciones y repliegues de la barba rapada se dividía
en menudos arroyos. El taimado viejo ponderaba las dificultades del
pleito y su ineptitud, sin duda porque no le parecía bastante la mitad
y quería dos tercios de la herencia.
—La mitad —manifestó resueltamente el otro—. ¿Quiere usted, sí o no?
—Por ser usted recomendado del señor don Alejandro Aguado, marqués de
las Marismas — replicó el viejo—, acepto y tomo a mi cargo su negocio.
—La mitad... seis meses.
—La mitad... seis meses —repitió Carnicero, y su vocecilla salió de la
espelunca de su boca rugiendo como el oso prehistórico—. Hagamos hoy
nuestra escritura.
Tomando el pie de cabrón con su mano de corcho, dio un porrazo sobre la
mesa que hizo temblar hasta en sus cimientos el montón de legajos.
Después rodó la conversación sobre diversos asuntos, y concluyó en
política. Acerca de ella dijo el caballero lo siguiente:
—He perdido todas las ilusiones. He vivido mucho tiempo en España en
medio de las tempestades de los partidos victoriosos, y mucho tiempo
también en el extranjero en medio del despecho de los españoles
vencidos y desterrados. La experiencia me ha hecho ver que son
igualmente estériles los gobiernos que persiguen defendiéndose y los
bandos que atacan conspirando. Yo he conspirado también algunas veces,
y en aquellos trabajos oscuros he visto en derredor mío pocos móviles
generosos y muchas, muchísimas ambiciones locas, apetitos y rencores
que no se diferenciaban de los del despotismo más que en el nombre. La
realidad me ha ido desencantando poco a poco y llenándome de hastío,
del cual nace este mi aborrecimiento de la política, y el propósito
firme de huir de ella en lo que me quedare de vida.
—Bien, bien —dijo don Felicísimo agitándose en su asiento y golpeando
sus manos una con otra en señal de júbilo—. Es usted un enemigo más
de esas endiabladas teorías constitucionales y de esas invenciones
satánicas llamadas partidos, y del estira y afloja de Cortes que
gobiernan y rey que reina, y hurga por aquí y escarba por allá, y el
demonio que lo entienda... De pensar así a ser apostólico, proclamando
esta gloriosa monarquía del porvenir, no hay más que un paso. Le veo a
usted en el buen camino y en jurisdicción apostólica.
El caballero no pudo reprimir la risa que estas palabras provocaron en
él.
—¡Yo apostólico! —dijo—. No espere tal cosa el señor don Felicísimo.
Para que eso suceda será preciso que Dios varíe mi natural ser, y
arranque de mí la memoria. Esa forma nueva del despotismo que se
anuncia ahora será más brutal que cuantos despotismos se han conocido,
porque sobre todos sus inconvenientes va a tener el de ser populachero.
No es el absolutismo de Felipe II o de Luis XIV, grande, aristocrático,
batallador, adornado de mil glorias militares y artísticas, y que
disculpa sus atrocidades con grandes empresas y conquistas de mundos;
va a ser un sistema de mojigatería y desconfianza, adicionado con
todas las corruptelas de las camarillas que vienen funcionando desde
los tiempos de Godoy. Se alimentará del suelo por dos grandes raíces,
una que estará en las sacristías, claustros y locutorios de monjas, y
otra que se fijará en las tabernas donde se reúnen los voluntarios
realistas. Va a ser una tiranía ramplona que si es sufrida por nuestro
país, lo que dudo mucho, pondrá a este en un lugar que no envidiará
seguramente ninguna región del África.
Al oír esto, don Felicísimo hizo un gesto tan displicente que su cara
se arrugó toda, y desaparecían los ojos, y los pliegues de sus labios
se extendieron, multiplicándose y describiendo un número infinito de
rayas hasta el último confín de las orejas.
—Según eso es usted liberal...
—Lo soy, sí señor, soy liberal en idea, y deploro que el país
entero no lo sea. Si no estuvieran tan arraigadas aquí las rutinas,
la ignorancia, y, sobre todo, la docilidad para dejarse gobernar,
otro gallo nos cantara. El absolutismo sería imposible y no habría
apostólicos más que en el Congo o en la Hotentocia. Por desgracia,
nuestro país no es liberal ni sabe lo que es libertad, ni tiene de los
nuevos modos de gobernar más que ideas vagas. Puede asegurarse que la
libertad no ha llegado todavía a él más que como un susurro. Es algo
que ha hecho ligera impresión en sus oídos, pero que no ha penetrado en
su entendimiento ni menos en su conciencia. No se tiene idea de lo que
es el respeto mutuo, ni se comprende que para establecer la libertad
fecunda es preciso que los pueblos se acostumbren a dos esclavitudes,
a la de las leyes y a la del trabajo. A excepción de tres docenas de
personas..., no pongo sino tres docenas..., los españoles que más
gritan pidiendo libertad, entienden que esta consiste en hacer cada
cual su santo gusto y en burlarse de la autoridad. En una palabra: cada
español, al pedir libertad, reclama la suya, importándole poco la del
prójimo...
—Luego usted —dijo don Felicísimo, que ya había recobrado la fijeza
pétrea de su rostro— no es liberal al modo de acá.
—Lo soy al modo mío, según mi idea, y creo que estos principios,
aprendidos donde no son solo principios, sino hechos, prevalecerán
en todo el mundo y conquistarán todas las tierras, incluso España;
pero cuando me detengo a calcular el tiempo que tardaremos en ser
conquistados, me confundo, me mareo, porque cien años me parecen pocos
para tan grande obra. De aquí mi escepticismo, que no es realmente
escepticismo, sino tristeza. Creo en la libertad porque he visto sus
frutos en otras partes; pero no creo que esa misma libertad pueda
darlos allí donde hay poquísimos liberales, y de estos la mayor parte
lo son de nombre. España tiene hoy la controversia en los labios, una
aspiración vaga en la mente, cierto instinto ciego de mudanza; pero el
despotismo está en su corazón y en sus venas. Es su naturaleza, es su
humor, es la herencia leprosa de los siglos, que no se cura sino con
medicina de siglos. He visto hombres que han predicado con elocuencia
las ideas liberales, que con ellas han hecho revoluciones y con ellas
han gobernado. Pues bien: esos han sido en todos sus autos déspotas
insufribles. Aquí es déspota el ministro liberal, déspota el empleado,
el portero y el miliciano nacional; es tiranuelo el periodista, el
muñidor de elecciones, el juntero del pueblo y el que grita por las
calles himnos y bravatas patrióticas. La idea de libertad, entrando
súbitamente aquí a principios del siglo, nos dio fórmulas, discursos,
modificó algo las inteligencias; pero, ¡ay!, los corazones siguen
perteneciendo al absolutismo que los crió. Mientras no se modifiquen
los sentimientos, mientras la envidia, que aquí es como una segunda
naturaleza, no ceda su puesto al respeto mutuo, no habrá libertades.
Mientras el amor al trabajo no venza los bajos apetitos y el prurito de
vivir a costa ajena, no habrá libertades. No habrá libertades mientras
no concluya lo que se llama sobriedad española, que es la holgazanería
del cuerpo y del espíritu alimentada por la rutina; porque las pasiones
sanguinarias, la envidia, la ociosidad, el vivir de limosna, el
esperarlo todo del suelo fértil o de la piedad de los ricos, el anhelo
de someter al prójimo, la ambición de sueldo y de destinos para tener
alguien sobre quien machacar, no son más que las distintas caras que
toma el absolutismo, el cual se manifiesta según las edades, ya servil
y rastrero, ya levantisco y alborotado.
—Según eso —dijo don Felicísimo confuso—, usted considera a nuestro
país inepto para las libertades. Por consiguiente, como no puede haber
más que dos clases de gobiernos, y el liberal es imposible, tenemos que
aceptar el absoluto.
—No —replicó el otro—, porque una ley ineludible arrastrará, mal
de su grado, a España por el camino que ha tomado la civilización.
La civilización ha sido en otras épocas conquista, privilegios,
conventos, fueros, obediencia ciega, y España ha marchado con ella
en lugar eminente; hoy la civilización, tan constante en la mudanza
de sus medios como en la fijeza de sus fines, es trabajo, industria,
investigación, igualdad, derechos, y no hay más remedio que seguir
adelante con ella, bien a la cabeza, bien a la cola. España se pone
las sandalias, toma su palo y anda: seguramente andará a trompicones,
cayendo y levantándose a cada paso; pero andará. El absolutismo es
una imposibilidad, y el liberalismo es una dificultad. A lo difícil
me atengo, rechazando lo imposible. Hemos de pasar por un siglo de
tentativas, ensayos, dolores y convulsiones terribles.
—¡Un siglo!
—Sí, y esta es la causa de mi tristeza. Yo me encuentro en la mitad de
mi vida. He trabajado mucho por la idea salvadora; pero ya me siento
fatigado y me reconozco sin fuerzas para esta labor inmensa, que será
cada día más dura. Otros vendrán que arrimen el hombro a tan terrible
carga. Yo no puedo más. Las circunstancias en que me encuentro, solo,
sin familia, lleno de tedio y viendo cuán poco hemos adelantado en
la cuarta parte de un siglo, me desaniman atrozmente. Reconozco que
cuanto de mis fuerzas dependía ya lo hice; está mi conciencia tranquila
y me retiro. Hasta hoy no he vivido para mí ni un solo día. Llega
la hora del egoísmo: necesito vivir un poco para mí. No obteniendo
gloria ni siquiera éxito, el sacrificio de mi existencia a un ideal
sería estéril; pues vivamos siquiera un poco y descansemos. Sobre las
ruinas de mis quiméricas ambiciones se levanta hoy una ambición grande,
potente; la ambición de ser feliz, tener una familia y vivir de los
afectos puros, humildes, domésticos. ¡Es tan dulce no ser nada para
el público y serlo todo para los nuestros! Apartado de la política,
deseando el olvido, miro a todas partes buscando un rincón en que
ocultarme y a donde no llegue el fragor de la lucha.
Don Felicísimo movía la cabeza sonriendo. Creía firmemente que el
caballero, su amigo y cliente, tenía la cabeza vacía de lo que llaman
seso; pues ¿qué mayor locura, en aquellos agitados días, que no ser
apostólico, ni absolutista, ni siquiera liberal?
Ya iba a decir algo muy ingenioso sobre esta enfermiza manía de no ser
nada, absolutamente nada, cuando entró Pipaón, y estrechando con ímpetu
amistoso la mano del caballero, le dijo:
—Enhorabuenas mil, queridísimo amigo. Vengo de ver a Su Excelencia,
que ya ha leído las cartas que trajiste del señor don Alejandro
Aguado, marqués de las Marismas, y de su parte te aseguro que puedes
vivir aquí tan libremente como en el mismo París o Londres. El señor
Aguado, como soberano absoluto del dinero, es una potencia de primer
orden, una autoridad indiscutible. Ahora bien: considerando que el
mencionado señor Aguado (Pipaón no abandonaba jamás su estilo de
expediente) garantiza bajo su palabra de oro que vienes exclusivamente
con la misión de comprarle cuadros para su rica galería, y además a
asuntillos tuyos que nada tienen que ver con la política, se ha dado
cuenta a Su Majestad de todo lo actuado, y Su Majestad se ha servido
disponer que no se te moleste en lo más mínimo. Tendreislo entendido, y
ahora, discreto amigo, ruégote que adoptes tu verdadero nombre y vengas
a comer conmigo a mi casa, donde encontrarás personas que más desean
verte que escribirte...
El caballero se levantó, y muy gozoso dijo:
—Confío sin vacilar en la libertad que se me ofrece, y recobro mi
nombre.