Por fin vino el último día de junio, y el héroe, con sus dos hijos y el
padre Alelí, se embanastó en el coche, y helos aquí en camino de los
Cigarrales. Durante el viaje hablaba el fraile por siete, siendo tan
extremado aquel día el desorden caótico de su cabeza, que no hablara
mejor ni con más gracia el mismo descubridor de los _cerros de Úbeda_,
o el fabricante de los _pies de banco_. A cada instante suspendía sus
paliques para quedarse mirando al cielo, con el dedo en el labio y
el entrecejo lleno de pliegues y laberínticas arrugas, imagen exacta
de la confusión que dentro reinaba. Las únicas palabras que entonces
profería, eran estas:
—Benignillo, yo tenía que decirte una cosa... ¿Qué es lo que yo tenía
que decirte, Benignillo?... Pues no me acuerdo.
El de Boteros, aunque anheloso y lleno de dudas, tenía presentimientos
felices, y el corazón le auguraba que sería venturoso el término o
solución de sus amorosas ansiedades. Llegaron. Sola, doña Crucita y los
chicos menores, con regular escolta de perrillos y perrazos, salieron
a recibirles al camino. Por un rato no se oyó más que el estallido de
los besos con que se saludaban los hermanos. No poca parte del besuqueo
fue para la correa y las flacas manos de Alelí, el cual, sintiendo un
gozo superior a lo que las palabras podían expresar, echaba bendiciones
a derecha e izquierda, como sembrador que desparrama a puñados el trigo
sobre un fértil terreno. Don Benigno se encontró bastante cohibido en
presencia de Sola; y así sus frases fueron balbucientes, truncadas y
sosas. Ella estaba en su natural buen humor, alegre por la llegada
de los viajeros, y un poco más decidora que de costumbre. Crucita no
parecía la misma, y andaba por el campo hecha una zagaleja, vestida con
un _deshabillé_ extravagante y cómodo, que no era ciertamente tomado de
los figurines de la Arcadia ni del Zurguén.
Era una naturaleza constituida moralmente para la vida del campo, por
su amor a las flores y a los animales, su espíritu de independencia
y su actividad. Así, cuando vio trocadas las arboledas de sus
balcones por aquel espacioso tiesto en que había olivares, viñedos,
albaricoques, establos, huerta, cerros y horizonte, enloqueció de
contento, y todo el día andaba por aquellos campos con un pañuelo liado
a la cabeza y un garrote en la mano, echando de comer a las gallinas,
vigilando los carneros, expulsando a los guarros de los sitios donde
no debían estar, o bien cogiendo fruta, regando lechugas, arreglando
una espaldera de cañas para que se enredaran trepando las tiernas
y vacilantes judías. Los chicos, que ya llevaban un mes en aquella
vida, estaban negros como cuervos de tanto andar por el campo, jugando
a todas horas con tierra, palitroques y guijarros. Parecían dos
pintiparados paletos, y en sus caras, de color de pucheros de Alcorcón,
brillaban los ojos de azabache despidiendo centellas de picardías.
Antes de que llegara la noche, don Benigno recorrió la casa, hallando
en ella y en la distribución de sus escasos muebles tanta novedad y
arreglo, que su corazón bailó de contento. Ya se conocía bien qué manos
divinas habían andado por allí, y qué instinto sublime había hecho de
un caserón un hogar, y del desmantelado hueco un delicioso nido.
—¡Qué admirable, qué encantadora manera de responder a mi proposición!
—dijo Cordero para sí—. Me contesta con hechos, no con palabras. Estas
paredes y estos muebles me responden por ella, diciéndome: «Nos ha
arreglado la señora de la casa».
En la huerta halló Cordero nuevos motivos de admiración. No parecía
la misma que él había dejado al regresar a Madrid. Todos los cuadros
estaban sembrados de hortaliza; las gallinas, expulsadas de allí,
tenían mejor acomodo en un local admirablemente elegido y dispuesto. La
cerca, limpia y podada, reverdecía y echaba verdadera espuma de tiernos
renuevos, como si en sus venas hirviera la savia; las callejuelas y
paseos, admirablemente enarenados, parecían recibir con agradecimiento
la blanda pisada del amo, cuando por aquellos frescos contornos se
paseaba. La noria estaba ya compuesta, y no se desperdiciaba el agua,
ni quedaba ningún canjilón roto. Toda la máquina funcionaba dando
vueltas majestuosamente y sin chirridos, semejando una vida serena,
arreglada y prudente que iba sacando del hondo depósito del tiempo
futuro los días para vaciarlos serenamente en el manso río del pasado.
A don Benigno se le antojaba que los árboles habían crecido, y en
verdad que si no eran mayores, estaban verdes y lozanos por haber
sido limpiados de todo el ramaje viejo y seco. Extendían los morales
su fresquísimo follaje como diciendo: «Hemos echado estas hojas tan
grandes y tan verdes para coronar a la señora de la casa».
—Parece mentira —dijo don Benigno sintiendo su garganta oprimida por
un dogal de satisfacción, pues también hay dogales de gozo—; parece
mentira, apreciable Sola, que haya hecho usted tantas maravillas con el
poco dinero que le dejé. La casa está transformada y la huerta también.
De este tugurio y de este rincón de tierra, ha hecho usted con su mano
de oro un palacio y un edén.
Sola se ruborizó un poco, y dijo que era preciso echar abajo dos
tabiques y plantar una nueva fila de árboles, y traer algunos muebles.
¿Muebles? ¡Ah! Don Benigno habría traído, si en su mano estuviera,
el trono de las Españas para sentar en él a la que de este modo
inundaba su alma y su vida de esperanza y de alegría. Al hablar de
las reformas de la finca, Sola hablaba ingenuamente el lenguaje de la
señora de la casa. Y en esto no había afectación de ninguna clase, ni
menos desenfado de advenediza, sino que se expresaba así porque todo
aquello le parecía suyo y muy suyo de hecho, aunque no mediasen las
circunstancias que de derecho se lo iban a dar.
Cenaron. La cena fue alegre y opulenta. Abundante caza, sabrosos
salmorejos, perdices escabechadas; estofado de vaca, que propagó por
toda la casa su exquisito olor de refectorio; legumbres fritas en
menestra, festoneada con ruedecillas de huevos duros; vino viejo de
Esquivias, y luego un bandejón de albaricoques de la finca, frescos,
ruborizados, y echando pura miel por aquella boquirrita con que se
pegaban al árbol, compusieron la colación. En la mesa se contaron cosas
de los Cigarrales y cosas de Madrid. Llevaba en esto la palabra el
fraile, que en tocando a hablar se parecía a la noria tal como estaba
antes, echando agua sin concierto ni orden. Más de una vez se quedó
parado y lelo, diciendo:
—Benignillo, yo tenía que contarte una cosilla... ¡Ah!, ya caigo
—añadía dando un grito. Y después decía—: Pues no: se me fue. Me anda
dando vueltas por el magín y no la puedo atrapar.
Con estas cosas se acabó la cena y el fraile rezó el rosario,
contestado por Benigno y Sola, porque Crucita y los cuatro muchachos
se quedaron dormidos, teniendo entre los dientes el último hueso de
albaricoque y el primer padrenuestro.
—_Ite, mensa est_. A acostarse todo el mundo —gritó al concluir Alelí—.
Estamos muertos de cansancio.
Y se acostaron todos. Don Benigno durmió con plácido sosiego, y soñó
que estaba su cabeza circundada de una aureola, de un disco de luz
como el que tienen los santos. Por la mañana, cuando se levantó y salió
de su alcoba, persistía en él la ilusión de tener en su cabeza el nimbo
y de estar despidiendo de sus sienes chorros de luz. Tomó su chocolate,
encendió un cigarrillo, entró en la sala baja, y vio a Sola que estaba
abriendo las maderas para que entrara el aire puro del campo, y al
mismo tiempo para atar la cuerda donde se había de colgar la ropa que
se estaba lavando. El otro extremo de la cuerda debía atarse en el
moral grande que había en medio de la huerta. Don Benigno tomó la soga
y salió muy contento de ayudar a su protegida en aquel trajín doméstico.
—Más fuerte —le dijo Sola riendo.
Si Cordero se atara la soga en el mismo cogollo de su corazón, no
sintiera este más alborotado y palpitante.
—Más flojo —dijo Sola.
—¿Así?
—No tanto. Si se tira mucho se rompe, y si se afloja mucho, el viento
se lleva la ropa. Ahora está bien.
Don Benigno volvió a la sala. Una gran cesta de ropa blanca aguardaba a
la robusta moza que había de llevarla a la huerta. La moza salió; Sola
se quedó allí mirando al campo. Don Benigno se acercó a ella. Ambos
hablaron un rato, diciéndose todo lo más quince palabras que nadie pudo
oír, ni aun el narrador mismo, que todo lo oye. La moza y dos criados
más entraron. Salió don Benigno con la aureola de su cabeza tan
crecida, que le parecía ir derramando una claridad celestial por donde
quiera que iba. Pasó a la huerta, donde topó de manos a boca con un
maestro de obras que había mandado venir de Toledo para encargarle las
reformas de la casa.
Aunque don Benigno no le conocía, le dio un abrazo. Estaba muy
nervioso; pero su discreción y buen juicio pugnaron por sobreponerse a
aquella exaltación, y al fin pudo lograrlo.
—Maestro —dijo—, es preciso emprender las obras inmediatamente. Hay
que derribar dos tabiques y construir una galería exterior sobre la
huerta... En fin, la señora le dirá a usted; póngase usted a las
órdenes de la señora. ¡Ah!... Lo principal es arreglar la pieza que
va a ser gabinete de la señora, ¿me entiende usted?, gabinete de la
señora. ¿Cuánto se tardará en las obras? Hay que concluirlas pronto;
pero muy pronto. ¡Tienen ustedes una calma!...
—Señor...
—Sí, mucha calma. Empiece usted pronto. ¿Ha traído las herramientas?
—Si no sabía...
—¡Qué cachaza! Quiero que la casa sea una tacita de plata. La señora
dirigirá las obras. Pensamos vivir aquí constantemente. ¿Qué hace usted
que no toma medidas? ¡Qué cachaza! ¡Barástolis, barástolis!
El maestro se excusó de no haber empezado las obras que aún no estaban
formalmente encargadas, y don Benigno, que en los momentos de mayor
exaltación era hombre razonable, comprendió la justicia de las excusas
y le dio otro abrazo. Juntos recorrieron la casa. Uniose a ellos Sola,
y durante un rato no se habló más que de pies castellanos, de una
puerta por aquí, de cuatro vigas por allá, de las paredes que debían
empapelarse y de las que debían ser pintadas, del nuevo corredor para
ir a la cocina, del cielo raso y de otras menudencias. Sola explanaba
sus proyectos y deseos con una claridad admirable, demostrando en todo
la elevación de su genio doméstico.
Cuando el maestro se retiró, Cordero y Sola hablaron larguísimo rato.
Separáronse al fin, porque ella no podía abandonar ciertas ocupaciones
de la casa, y cuando entró Sola en el cuarto donde estaban planchando
se secó los ojos, que pestañeaban como si quisieran lloriquear un
poquito. Después cantó entre dientes, apartando la ropa que iba a
repasar.
Don Benigno salió a la huerta y de la huerta al campo, porque
necesitaba dar un paseo largo que sirviera de expansión a su alma. Iba
por en medio de los olivos, cuando oyó la voz de Alelí que decía:
—Benigno, ¿dónde estás?
La espesura de los árboles no permitía que se vieran.
—¿Dónde está usted, padre Monumento?
—Hijo, aquí estoy. Este enemigo malo, esta buena pieza de Jacobito me
ha traído a estos andurriales para que viera un nido, y aquí estoy en
una zanja de donde no puedo salir.
Acercose Cordero a donde la voz sonaba, y vio a su venerable amigo en
lo más bajo de una hondonada. Jacobito se había subido a los hombros
del fraile, montando a horcajadas sobre su cuello, y desde aquella
eminencia alargaba la mano con un palo, queriendo alcanzar el nido.
—Mírame aquí sirviendo de caballería al bergante de tu hijo... Lobezno,
si coges el nido o lo rompes te tiro al suelo. No espolees, verdugo,
que me rompes una clavícula. Benigno, por Dios, quítame este jinete y
ayúdame a salir del hoyo.
—Abajo, abajo, atrevido, insolente chiquillo —dijo Benigno riendo—.
¿Pues qué, nuestro amigo es campanario?
Desmontose el muchacho, y Alelí, libre de tan molesto peso y ayudado de
Cordero, salió del atolladero en que estaba. Arreglándose el hábito,
tomó de la mano a su amigo y le dijo así:
—Ya me acuerdo qué tenía que decirte. Vaya con mi memoria, que está
dando vueltas como una veleta, y tan pronto apunta al norte como al
sur. ¿Sabes lo que tenía que decirte? Pues era que se susurra que Su
Majestad napolitana está otra vez encinta. Como salga varón, ¡quién
verá la cara que ponen mis señores los apostólicos!
—Eso me lo ha dicho usted catorce veces durante el viaje, tío
Engarza-Credos.
—Dale bola, es verdad —repitió Alelí pegando en el suelo—. Pues no era
eso. Era que... ¿qué era?
Después de una larga pausa diose un palmetazo en la frente, y agarrando
a don Benigno por la solapa, tiró de él y le dijo:
—Ya lo pesqué... ya di con mi idea... ¡Cómo se escapan las ideas! Oye
tú, _don Sábelo Todo_. ¿Quién es _monsieure_ Servet?
Don Benigno miró al cielo.
—No sé —dijo—, ni me importa.
Después estuvo un momento confuso, porque aquel nombre sonaba en sus
oídos de un modo extraño.
—Pues el día de nuestra salida, cuando tú estabas fuera de casa
arreglando las cosas del viaje y yo en tu tienda charlando con el
mancebo, llegó un caballero preguntando por ti. Preguntó por todos los
de la casa, y dijo que no podía esperar porque tenía prisa. Se fue
soltándonos su nombre, que era don _Yo no sé cuántos_ Servet, y como
por el empaque y el modo de vestir, por la arrogancia, el habla y el
sonsonete del apellido me pareció francés, lo llamo _monsieure_.
Alelí pronunciaba esta palabra, así como toda palabra francesa, lo
mismo que se escribe.
—¿Y no dejó recado?
—Que ya volvería. Pero la del humo. El mancebo y yo opinamos que es un
extranjero de los que vienen a enredar y hacer revoluciones.
Don Benigno meditó un momento. Después desechó las ideas que le
asaltaban, diciendo:
—No sé quién es, ni me importa. Ese apellido lo han llevado otras
personas que ya no existen. Conque, padre Monumento, basta de sandeces
y vamos de paseo. Jacobito, ven. Corre por delante: no te alejes de
nosotros... Reverendísimo fraile, todo va bien, muy bien.
—Gracias a Dios... ¿Y para cuándo?
—Lo más pronto posible. Hoy mismo se pedirán los papeles. Barástolis...
—Sí, echa, echa de ese cuerpo dos docenas de barástolis, y yo te
acompañaré echando cuatro... Ya era tiempo, ya era tiempo.